CAPÍTULO XVIII

#El agua de la ciudad#

En nuestros países de la Europa civilizada, donde el hombre interviene

por todas partes para modificar la naturaleza á su gusto, el arroyo cesa

de ser libre y se convierte en cosa de los habitantes de sus riberas. Lo

utilizan, según les conviene, para regar las tierras ó para moler el

trigo. Pero, frecuentemente, no saben utilizarlo con inteligencia y lo

aprisionan entre murallas mal construídas que la corriente derriba;

conducen el agua hacia hondonadas donde se estaciona en charcas

pestilentes; las llenan de basura que debiera servir de abono á sus

campos y transforman el alegre arroyo en lugar inmundo.

A medida que se va acercando á la gran ciudad industrial, el arroyo se

llena de impurezas. Las aguas de las casas inmediatas se mezclan á su

curso; viscosidades de todos los colores alteran su transparencia,

repugnantes haces llenan sus orillas cenagosas y cuando el sol las seca

un olor fétido se esparce por la atmósfera. Por fin, el arroyo,

convertido en cloaca, entra en la ciudad, donde su primer afluente es

una repugnante alcantarilla, con su enorme boca ovalada, cerrada con

barrotes de hierro. Casi sin corriente, por la escasa inclinación del

suelo, la masa fangosa corre lentamente por entre dos líneas de casas

con sus paredes cubiertas de algas verdosas, su maderamen roído por la

humedad y sus enlucidos cayéndose á pedazos. Por esas casas, donde

trabajan los peleteros, los curtidores y otros industriales, la

corriente cenagosa es aún una riqueza, y sin cesar los obreros

aprovechan el agua nauseabunda. Sus márgenes han perdido toda forma

natural; ahora son murallas perpendiculares, en las que á trechos se ven

algunas gradas de escalera; sus orillas están cubiertas de resbaladizas

losas; las curvas son aquí repentinas vueltas; en vez de ramas y

follaje, ropas extendidas sobre cuerdas, se balancean por encima del

foso, y tabiques ú otras barreras, pasando de uno á otro lado, indican

los límites de propiedad.

Al fin la obscura masa penetra bajo una siniestra bóveda. El arroyo que

yo he visto salir á la luz, tan limpio y alegre en el manantial, no es

ahora más que una alcantarilla, en la que toda una ciudad arroja sus

desechos.

En un intervalo de algunos kilómetros el contraste es grande. Allá

arriba, en el libre monte, el agua centellea al sol y transparente, á

pesar de la profundidad, deja ver las blancas piedras, la arena y las

hierbas estremecidas de su lecho; murmura dulcemente entre las cañas;

los peces surcan la corriente, rápidos, como flechas de plata, y los

pájaros hacen temblar la superficie al choque de sus alas. En sus

orillas surgen mazos de flores; árboles llenos de savia extienden sus

largos brazos, y el que se pasea á lo largo de su orilla puede

tranquilamente descansar á su sombra, contemplando el espléndido cuadro

que se desarrolla entre dos sinuosidades.

¡Cuán diferente es el arroyo bajo las ciudades! El agua es igual en

substancia, pero sólo para el químico. En realidad, aparece cargada de

tantas inmundicias, que hasta es viscosa. No se ve luz bajo la sombría

bóveda, sino de trecho en trecho, en que algún rayo de sol pasa por

entre barrotes de hierro, reflejándose sobre las viscosas paredes. La

vida parece ausente de esas tinieblas, pero existe, no obstante;

repugnantes hongos, alimentados por la podredumbre, crecen en los

rincones; infinidad de ratas se ocultan en sus agujeros. Los únicos

seres humanos que se aventuran por tan tristes lugares son albañaleros,

encargados de restablecer la corriente separando los amontonamientos de

barro.

Por fin, la infecta masa llega al río, desembocando en él pesadamente.

Negra ó violácea, se prolonga á lo largo de la orilla, sin mezclarse con

el agua relativamente pura de la corriente, y determinando una línea

sinuosa francamente trazada. Durante larga distancia se ve esta masa

corriendo por un flanco del río sin mezclarse con él; pero los

remolinos, los reflujos de toda especie causados por los accidentes del

fondo y las sinuosidades de la orilla, consiguen al fin la fusión de las

aguas; la línea que las separaba se borra poco á poco, gruesos y

transparentes borbotones surgen del fondo á través de la masa cenagosa;

las materias impuras, más pesadas que el agua que las arrastra, se

depositan en los márgenes. El arroyo se purifica cada vez más, pero al

mismo tiempo deja de ser el mismo, y se pierde en la poderosa corriente

del río, que lo lleva hacia el océano. Su pequeña masa, gota á gota y

molécula á molécula, se ha confundido con la gran masa: la historia del

arroyo ha terminado, al menos en apariencia.

Pero la boca de la alcantarilla no ha vomitado en el río toda el agua

que corría entre las márgenes sombreadas más arriba de la ciudad y de

sus fábricas. Mientras que una parte de la corriente sigue su cauce

natural, transformado en foso y luego en canal subterráneo por la mano

del hombre, otra parte del arroyo, arrancado de su curso normal, entra

en un amplio acueducto y se dirige hacia la ciudad, siguiendo el flanco

de las colinas y pasando por enormes sifones por debajo de los

barrancos. El agua, protegida contra la evaporación por las paredes de

piedra ó de metal, llena á su entrada en la ciudad un vasto depósito de

mampostería, especie de lago artificial donde el líquido se detiene y

purifica. De allí es de donde sale para distribuirse de barrio en

barrio, de calle en calle, por las casas y por los pisos, por conductos

y ramificaciones infinitas y sobre la gran superficie habitada. El agua

es indispensable en todas partes; se necesita para limpiar las calles y

las habitaciones; para beber todos los seres que tienen vida, desde el

hombre y los animales domésticos, hasta la modesta flor que crece en la

maceta de la ventana ó en el césped que humedece el vapor emanado de las

fuentes. Por esas miríadas de bocas y de poros absorbiendo

incesantemente venillas, gotas ó simple humedad derivada del arroyo, la

ciudad se convierte en un inmenso organismo, en un monstruo prodigioso

absorbiendo torrentes de un solo sorbo para calmar su sed. Hay ciudades

que no se satisfacen con sólo un arroyo y se alimentan á la vez de

varios, afluyendo de todos lados por acueductos divergentes. Una sola

ciudad, Londres, la capital más populosa del mundo, consume cada día más

de un millón de metros cúbicos de agua, los suficientes para llenar un

sitio donde pudieran flotar cómodamente cien navíos de gran porte.

Después de infinitas ramificaciones por las calles y casas, el agua de

los acueductos, ya sucia por el uso y mezclada á impurezas de toda

clase, emprende nuevamente su camino para alejarse de la ciudad donde

engendraría la peste. Cada cañería vomita como boca inmunda las aguas de

uso doméstico y de las calles, y se convierte en un torrente

nauseabundo; al llegar á una curva se precipita en cascada por un

tragadero. Este torrente impuro es el único que los niños de la ciudad

pueden estudiar y que contribuye, más de lo que parece, á hacernos amar

á la naturaleza. Recuerdo todavía lo que hacía de niño. Cuando la fuerte

lluvia había limpiado las piedras de la calle, llenándola casi de agua,

otros amiguitos y yo construíamos vallas, encerrábamos las aguas en un

desfiladero, la hacíamos precipitar en corrientes y formábamos á

capricho islas y penínsulas. Llegados á hombres, los pequeños ingenieros

que chapoteaban en el agua con tanto júbilo, no pueden recordar sin

alegría los juegos de su infancia; á pesar suyo miran con cierta emoción

el pequeño torrente cenagoso que corre junto á la acera. ¡Desde los

primeros años de nuestra niñez, en el espacio de una generación, cuántos

y cuán diversos residuos, arrastrados por la corriente viscosa, han

seguido su camino hacia el mar! ¡Hasta la sangre de los ciudadanos se ha

mezclado con el barro!

Todas las impuras corrientes de las calles se dirigen hacia un centro

común que, con frecuencia, suele ser el del antiguo arroyo, de modo que

la ciudad se parece á esos pólipos cuyo único orificio se abre

alternativamente para la defecación y el alimento. Sin embargo, en la

mayor parte de las corrientes subterráneas de nuestras ciudades, se ha

tenido el cuidado de establecer cierta separación entre dos distintas

direcciones del agua. Tubos de hierro ó de obra superpuestos, sirven de

conductos á distintas corrientes cuya dirección suele ser inversa; unos

llevan el agua pura que va á ramificarse por las casas; otros el agua

sucia que sale de ellas. Como en el cuerpo animal, las arterias y las

venas se acompañan; un círculo no interrumpido se forma entra la

corriente que lleva la vida y la que produciría la muerte.

Desgraciadamente, el organismo artificial de las ciudades, está lejos

todavía de parecerse por su perfección á los organismos naturales de los

cuerpos vivos. La sangre venosa, expulsada del corazón á los pulmones,

se renueva al contacto del aire; se limpia de todos los productos

impuros de la combustión interior, y, recibiendo de fuera el alimento de

su propia llama, puede emprender de nuevo su viaje desde el corazón á

las extremidades, llevando el calor de la vida desde las mayores á las

más pequeñas arterias. En nuestras ciudades, al contrario; cuerpo

informe donde se bosqueja la organización, el agua sucia continúa

corriendo por las alcantarillas y va á enturbiar los ríos, donde no se

purifica sino lentamente, cuando la industria humana no la recoge para

alimentar la ciudad entrando en la circulación subterránea. Pero en esta

depuración que la ciencia del hombre comete la torpeza de no llevar á

efecto, las fuerzas de la naturaleza trabajan de concierto con los

habitantes del agua. En las desembocaduras de las grandes

alcantarillas, donde no sumerge su ávido anzuelo el pescador de caña,

multitud de peces, amontonados en verdaderos bancos como los arenques

del mar, se nutren con los restos del festín arrastrados por el cenagoso

torrente; el limo de las murallas, las márgenes y las hierbas del fondo,

detienen también y hacen entrar en sus propias substancias el cieno que

las baña; los residuos más pesados descienden y se mezclan con la grava

del fondo, los objetos flotantes son arrojados á la orilla ó se detienen

en los bancos de arena; poco á poco el agua se clarifica; gracias á su

fauna y á su flora hasta se desembaraza de las substancias disueltas que

la desnaturalizan, y si en su curso no fuera ensuciada de nuevo por

otras impurezas arrastradas de otras ciudades, concluiría por volver á

su primitiva pureza antes de llegar al océano.

En la ciudad futura, lo que aconseje la ciencia harán los hombres. Ya

muchas ciudades, sobre todo en la inteligente Inglaterra, ensayan

crearse un sistema arterial y venoso, funcionando con regularidad

perfecta y uniéndose el uno al otro, de modo que se complete un pequeño

circuito de las aguas, análogo al que se produce en la naturaleza entre

los montes y el mar por los manantiales y las nubes. Al salir de la

ciudad las aguas de las alcantarillas, aspiradas por máquinas, como la

sangre lo es por el jugo de los músculos, se dirigirán hacia un ancho

depósito cubierto, donde se recogerá el agua mezclada con inmundicias.

Allí otras máquinas se apoderarán de este líquido fangoso y lo lanzarán

por caños hacia diversos conductos que correrán bajo el suelo de los

campos. Aberturas practicadas de trecho en trecho sobre la cubierta de

los acueductos, permitirán que salga á la superficie lo que no pueda

contener el canal, pero en cantidades calculadas anticipadamente y sobre

todos los campos empobrecidos que sea preciso regenerar por el abono.

Esta cenagosa corriente, que sería la muerte de la población si se

estancase en ella ó corriera por los ríos, se convierte, por el

contrario, en vida para las naciones, puesto que se transforma en

alimentos para el hombre. El suelo más estéril y hasta la arena pura,

producen una vegetación exuberante cuando se empapan de este líquido;

por otra parte, el agua que servía de vehículo á todas las materias del

albañal, se encuentra así limpia por la operación química de las hierbas

y raíces; recogida subterráneamente en los conductos paralelos á las

cañerías de agua sucia, puede entrar en la ciudad para limpiarla y

proveerla ó bien dirigirse hacia el río sin enturbiar la límpida

corriente. En otros tiempos, debajo de la primera ciudad que bañaba, el

río no era otra cosa, hasta el océano, sino un gran canal de

inmundicias; en nuestros días recobra la belleza de los tiempos

antiguos. Los edificios de las ciudades y los arcos de los puentes, que

durante siglos no se han reflejado más que sobre turbias ondas, empiezan

ahora á mirarse en un espejo transparente.

El Arroyo · 第 22 / 26 题