#La navegación y la armadía#
Al través de los siglos, los progresos materiales de la humanidad pueden
medirse por los distintos servicios que el arroyo ha prestado.
Actualmente, el impulso de su corriente se transforma en fuerza viva
para moler el trigo, tejer telas y producir un sinnúmero de
transformaciones en la primera materia. Sus aguas y aluviones se cambian
en savia y tejidos vegetales en los prados y alamedas; en la agricultura
y la industria es nuestro gran auxiliar.
En otro tiempo no sucedía así. El bosque sin límites cubría los montes y
llanuras; las sendas que serpenteaban entre los árboles eran muy raras y
mal trazadas, obstruídas por hierbas y maleza; por eso, los salvajes
utilizaban la superficie del arroyo para ascender ó descender por su
cauce sobre el tronco de árbol vaciado que les servía de embarcación.
En nuestros días, gracias á las carreteras, caminos y sendas que
atraviesan nuestras campiñas en todas direcciones, la navegación seria
sobre el arroyo es cosa casi desconocida; sólo se boga ya por el placer
de remar y sentirse balanceado muellemente por las rizadas ondas. Para
el hombre es este uno de los más agradables recreos físicos que pueda
proporcionarse. No nos es posible tener un ensueño de felicidad, sin
imaginarnos inmediatamente que flotamos con seres queridos en una barca
que surca las aguas impelida por remos que se sumergen acompasadamente.
Hasta cuando estamos solos, es una voluptuosidad real poder animar con
los brazos uno de esos barquitos afilados que cortan el agua con
agilidad de pez. Se cambia de punto á capricho; tan pronto nos acercamos
á una cascada, como descansamos en un charco tranquilo; aquí nos rozamos
con el césped de la orilla, allá con el tronco de un sauce; se pasa de
la obscura avenida, negra de sombra, á la superficie salpicada de luces
que cae como lluvia á través del follaje. Y además, ¿no se forma un
mismo cuerpo con la barquilla, especie de extraño animal á la vez hombre
y delfín? Con sus largos remos, parecidos á poderosas aletas, se
producen remolinos en cada lado de la barca y se hace caer como lluvia
de perlas las gotas sobre la superficie del agua; á voluntad se abre el
líquido en surcos espumosos, y detrás se deja una larga estela donde
vibra la luz serpenteando.
Desgraciadamente, sobre el arroyo las embarcaciones no se ven con
frecuencia. Apenas si barquichuelos de uno ó dos remos se reflejan en
los remansos donde las aguas se acumulan antes de caer sobre las ruedas
de la fábrica y poner en movimiento muelas y engranajes. A veces suele
verse algún viejo barquillo atado con una cadenita á una rama
cualquiera, ó á una estaca clavada en la orilla; casi siempre está medio
sumergido en el agua; indudablemente en otro tiempo sirvió á algún
pescador, pero ahora sus tablas están desunidas, el agua penetra por
todas partes y los únicos navegantes que se aventuran á utilizarla son
los malos estudiantes en los días que hacen _novillos_; poniendo cada
uno de los pies sobre una de las bordas, adelantan con precaución para
mantener el equilibrio; luego, apoyándose en el bichero, empujan la casi
deshecha embarcación al medio de la corriente, y, de un salto vigoroso,
alcanzan la opuesta orilla; á veces se quedan cortos y caen sobre el
barro, pero la travesía, bien ó mal, se ha realizado y se marchan
alegres á continuar sus proezas por el monte. A todo esto se reduce para
los niños la navegación por el arroyo. No obstante, cuando llega la
primavera, se entretienen construyendo pequeños navíos vaciando un
pedazo de corcho donde plantan un palito cualquiera ó á veces el
portaplumas, adornado en su extremidad con una bandera roja ó azul;
luego, con gritos de alegría, lo arrojan al agua, dándole por toda
tripulación algún insecto, esclavo de los terribles calafates.
Perfectamente inútil para el transporte de viajeros, el arroyo es casi
innecesario para la navegación. Los bosques de la llanura han
desaparecido, reemplazados por los prados, los campos y los pueblos y
para los árboles cortados sobre las colinas, los caminos han facilitado
medios de transportes menos caprichosos que la corriente del arroyo.
Para imaginarnos el aspecto de nuestra corriente de agua y los servicios
para que la utilizaron nuestros antepasados en los tiempos de la
barbarie primitiva, nos es preciso atravesar el Océano y desembarcar
cerca de las costas del mar de las Antillas, en uno de esos bosques de
Honduras, del Yucatán y el Mosquitos, donde los caribes y los zambos
cortan la acacia, el cedro y el campeche. El arroyo no es más que una
larga calle abierta en el espesor del bosque; la superficie líquida,
sombreada por las bóvedas de árboles, está unida como un cristal; solo
los oblicuos rayos de luz que en algunos puntos agujerean la espesa
enramada, hacen brillar como pepitas de oro los más pequeños insectos y
hasta el polen de las plantas; las lianas que se mojan en el agua la
rayan con pequeñitos surcos negros donde vacila un instante la imagen de
las ramas. Repentinamente, en una vuelta aparecen algunos hombres
sentados en un tronco vaciado y seguidos de un gran haz de troncos,
medio sumergidos en el agua: es la armadía de acacia que resbala
silenciosa por la superficie del arroyo. La tripulación no tiene que
hacer más que dejar á la deriva el montón que le sigue, acompañando con
su cantinela la cadencia de los remos. Si algún obstáculo se presenta,
si los troncos se detienen sobre un banco de arena ó una roca oculta,
los atletas caribes, de músculos poderosos y ancho tórax de bronce,
ponen bien pronto á flote el convoy entero, y cuando llegan á la playa
donde los esperan grandes navíos, un fuerte movimiento con el palo que
les sirve de remo basta para abordar.
¡Cuan hermosos resultan, esos hombres de la naturaleza, cuando á la
desembocadura de los ríos, y más heroicos aun en plena mar, se aventuran
en su débil esquife sobre las grandes olas, donde tan pronto parecen
sepultados bajo las aguas como reaparecen rodeados de espuma! ¡Y cuán
abnegados y honrados son estos buenos bárbaros, y qué profunda y grata
impresión dejan en el cansado viajero que ha recibido una sola vez
hospitalidad en su cabaña! La historia de su raza es la de las grandes
degollaciones de su país; en sus antepasados, tal vez no haya uno
durante tres siglos después de la conquista de las Antillas, que no haya
sido brutalmente degollado por algún _civilizador_; sin embargo, no
conservan ningún rencor, y su honrada bondad se armoniza con su límpido
cielo, sus tierras tan fecundas, y sus arroyos con inmarcesibles y
encantadoras riberas.
El trabajo de nuestros madereros de Europa es mucho más penoso. La tala
gradual de los bosques de la llanura les ha obligado á continuar su
industria en los accidentados desfiladeros de las sierras. En vez de
dejarse mecer dulcemente por el curso tranquilo de una corriente
sinuosa, es preciso disciplinar el salvaje torrente, refrenar ese
monstruo furioso deteniéndolo unas veces y activando su corriente otras.
El peligro les amenaza á cada instante, y si muchas veces salvan su
vida, no es más que por la fuerza, la agilidad y un continuo heroísmo.
El paraje mismo donde trabajan, tiene en sí algo de terrible; no durante
el verano, cuyo ardiente sol dora las hojas de los árboles y hace
sonreir hasta el horror de los precipicios, pero en el otoño, cuando las
nubes pasan corriendo por encima de los sombríos barrancos y dejan en
las cimas de los montes sus jirones como gigantescos lienzos rotos, y el
viento, ya helado, penetra con estruendo en los estrechos valles,
produciendo un prolongado ruido de trueno que repercute á lo lejos.
Luego, la nieve se extiende sobre las alturas, y, con frecuencia, la
niebla que sube por la pendiente del monte, deja tras sí un triple
fenómeno de tristeza; en lo más alto ha teñido de blanco el obscuro
bosque; más abajo, un color gris de agua y de nieve, y en las gargantas
de la sierra lluvia fría y abundante. No obstante, en la glacial
atmósfera los cortadores de madera sudan á chorros porque manejan el
hacha y cada golpe descargado sobre el tronco del árbol, pone en
movimiento todos sus músculos. En lucha con el enorme pino, que desde
muchos siglos vivía libremente en las faldas del monte, se sienten poco
á poco poseídos de ese furor que se apodera siempre de los hombres
consagrados á destruir otras existencias. Como el cazador persiguiendo
su presa, como el soldado dedicado á matar á sus semejantes, el cortador
de árboles enloquece en su obra de destrucción porque siente tener ante
sí á un sér vivo. El tronco gime por la mordedura del acero, y su
lamento se repite de árbol en árbol por todo el bosque, como si
participaran de su dolor y comprendieran que el hacha se volverá contra
ellos también.
Por fin, el pino cae pesadamente sobre el suelo, rompiendo en su caída
las ramas de los árboles vecinos. Los leñadores rodean al coloso caído;
cortan las ramas y las extremidades flexibles, y luego, cuando está
limpio el tronco, lo arrastran por las vertientes que rayan los flancos
del monte y por las cuales corren las piedras desprendidas y las nieves
fundidas en la altura. Cientos y á veces miles de palos se aproximan
sucesivamente cerca del precipicio con objeto de que un simple empujón
baste para lanzarlos rodando por la pendiente.
Cuando todos los preparativos están terminados empieza el arrastre: los
troncos se ponen en movimiento por el plano inclinado; al principio
lentos y luego, con velocidad creciente, terminan su carrera en rapidez
vertiginosa, y, embadurnados de barro y despojados de su corteza,
arrastran en la caída tempestades de piedra para ir á parar al lago de
agua que se ha formado por un azud, al pie mismo de la pendiente.
Generalmente, los árboles caen así, sin detenerse, pero á veces la
extremidad saliente de una roca ó una punta de palo clavado en el suelo,
contiene la avalancha en su descenso; entonces es preciso que un hombre
baje y, con exposición de su vida, pone en movimiento nuevamente los
troncos detenidos.
Por fin, todos los maderos, más ó menos enteros, se reúnen en el lago
artificial; amontonados unos sobre otros, se mueven débilmente por la
presión del agua. Como animales cansados que el pastor acaba de encerrar
en el parque, descansan los troncos, esperando el momento de ponerse en
marcha. Nada más extraño durante la noche que ver el espectáculo de esos
grandes monstruos tendidos y reflejando luz por los rayos de la luna.
Una mañana, todos los maderos bajados del monte, se han agrupado sobre
la piedra del desfiladero, al lado de la barricada que contiene las
aguas del lago, y sobre la cual cae el agua sobrante en débil cascada.
Los troncos de pino, los pies derechos y contrafuertes que sostienen
sólidamente el dique, se retiran con cuidado; luego, á una señal, la
traviesa que servía de cerrojo á la enorme puerta, es precipitada al
fondo, la compuerta se levanta y la masa impetuosa del agua corre con
furor hacia la salida que le acaban de abrir. Levantada del centro para
salir por el orificio en columna poderosa, se precipita en cataratas
para convertir en río tumultuoso el tranquilo arroyo que corría sin
ruido por las profundidades del desfiladero. Pero el nuevo río no corre
solo; arrastra con él toda la madera amontonada en el depósito lacustre.
Los troncos se dirigen hacia la salida como enormes reptiles; se chocan,
ruedan y saltan; luego, inclinándose por la cascada, se juntan y dan
vueltas, enseñando á través de la espuma las rojas manchas del hacha, y
desaparecen un instante en el abismo para surgir más lejos en el hervor
del agua, y resbalarse oscilando sobre la corriente rápida. Así se
suceden en una serie de inmersiones los troncos que no ha mucho se
balanceaban en el bosque, produciendo murmullos que eran la voz del
monte. Todos los ruidos aislados se pierden en el estruendo de ese lago
y esa selva que desaparecen juntos por el sonoro valle.
Lanzados por la fuerza de proyección del gran depósito, los troncos
corren precipitadamente unos tras otros, y detrás de ellos, por el
pedregoso camino que baja serpenteando por la ladera, corren los
leñadores. Marinos á su modo, tienen que dirigir la navegación de la
flotilla de madera. Al principio les basta con seguir á lo largo del
torrente, pero muy pronto es necesario que intervengan directamente, y
entonces los intrépidos compañeros necesitan todo el vigor de sus agudos
ganchos, toda la agilidad de sus brazos, toda la habilidad de su mirada
y toda la energía de su voluntad. Si un palo se detiene dando vueltas
en un remolino, un leñador lo ha de sacar de la atracción del
torbellino; armado de su bichero salta de saliente en saliente hasta
llegar al margen del agua con grave peligro de caer en el círculo
líquido; se deja entonces caer hasta cerca del agua, casi suspendido de
una fuerte raíz, y con su gancho, empuja al tronco hacia el hilo de la
corriente haciéndole salir del círculo fatal. Más lejos, otro tronco ha
sido cogido entre el promontorio y una anfractuosidad de la piedra, y,
aunque vibrando por la presión del agua, no puede continuar su camino.
El leñador tiene que penetrar en el arroyo con agua hasta la cintura y
coger por una extremidad la viga para lanzarla al medio del arroyo. En
otra parte, un tronco se ha atravesado en el cauce, deteniendo como un
dique todas las maderas que bajan. Se forma una presa, presa irregular y
graciosa que aumenta sin cesar con todos los troncos que arrastra la
corriente. Allí es donde los conductores del convoy tienen que desafiar
la muerte cara á cara. Las aguas, detenidas por la barrera, aumentando
su nivel y salvando los obstáculos, se desbordan en cascadas; el
torrente, fuera de su curso normal, se lanza en repentinos y gigantescos
borbotones; los monstruos se agitan convulsivamente haciendo temblar y
gemir su madera. A este caos movible tiene que atacar con denuedo el
conductor de la armadía. Los valientes leñadores se han de lanzar sobre
ese andamiaje engañador que tiembla bajo sus pies; uno á uno tienen que
arrancar todos los troncos superiores y hacerlos rodar por encima del
dique á la parte libre del arroyo, pero bien un palo medio libre se
levanta de improviso, ó un pie resbala sobre la madera lisa y mojada, ó
un salto de agua, un remolino repentinamente formado viene á chocar
contra la madera donde él flota, ó un palo caído en la corriente salta
hacia los leñadores, y algunos de ellos, lívidos y sangrientos, flotarán
también en compañía de los muertos pinos, por el río abajo; los que á
fuerza de energía, destreza y suerte, escapan de todos esos peligros,
los que desde el bosque á la serrería saben conducir la flotilla de
pinos sin tener ninguna desgracia, tienen motivos para creerse
afortunados; pero que esperen semanas y meses porque el cortejo de las
enfermedades les sigue con paso incierto.
Algunas veces sucede que son vanos todos sus esfuerzos para conducir los
pinos á la serrería que los ha de cortar; el agua falta en el arroyo, y
contra todo el ingenio y la fuerza de los trabajadores, no pueden
conseguir que floten las pesadas masas que se detienen en todas partes,
sobre los bancos de arena, sobre las piedras del fondo y sobre las
puntas de las rocas. Tienen que esperar la crecida que ponga en
movimiento los troncos atascados; pero entonces, éstos, arrastrados
demasiado pronto y demasiado rápidos, suelen salvar las márgenes y se
van á lo lejos á correr mundo, á pesar de los obreros que los miran
codiciosos al pasar. En las desembocaduras de los ríos que bajan de los
Apeninos al Mediterráneo, multitud de pinos, sorprendidos de repente por
la inundación, van á perderse en el mar y convertirse en islas flotantes
que los marinos extranjeros toman por escollos. Los barqueros que se
lanzan en busca de los troncos extraviados, van á pescarlos como
cachalotes, y los conducen atados á la popa de sus barcas.
Más ó menos pronto, esta industria de armadía, actualmente relegada á
los más lejanos é inaccesibles montes, dejará de existir. Las carreteras
y caminos de fácil tránsito, van subiendo desde los valles hacia los mas
inaccesibles promontorios, y llegarán á sitios los más elevados de los
montes; los caminos de hierro y todas las poderosas máquinas inventadas,
vienen á ponerse también al lado del leñador para facilitarle su tarea;
los bosques combatidos por los agricultores, se baten en retirada hacia
las altas cimas, y allí donde se mantengan, donde conquisten extensión,
tomarán un aspecto nuevo, porque los árboles en vez de crecer en
libertad, se plantan en todas partes á distancias regulares y crecen
bajo la vigilancia de guardabosques que los cortan antes de la edad.
Nuestros descendientes no conocerán más que por tradición la flota de
armadías, rudo empleo de la navegación, que sin duda inspiró á los
salvajes ascendientes de Cook y de Bougainville la idea de aventurarse
sobre las olas del océano. Disciplinadas en lo sucesivo las aguas del
arroyo, ni siquiera nos servirán para transportar á nuestras
poblaciones astillas y leña para el fuego.