#El molino y la fábrica#
El valiente arroyo no se limita sólo á fertilizar nuestras tierras; sabe
también trabajar de otro modo cuando no se le emplea completamente en el
riego de los campos. Es un gran factor en nuestras empresas
industriales. Mientras su aluvión y sus aguas se transforman cada año en
trigo por la maravillosa química del suelo, su corriente sirve para
convertir el grano en harina, lo mismo que podría amasar esta misma
harina para convertirla en pan si quisiéramos confiarle este trabajo. Si
su masa líquida es suficiente, el arroyo sustituye con su fuerza la de
los brazos humanos para realizar todo lo que en otros tiempos hacían los
esclavos ó las mujeres siervas de su brutal marido: monda el trigo,
muele los minerales, tritura la cal convirtiéndola en mortero, prepara
el cáñamo y teje telas. Por eso el humilde molino, aun cuando su base
esté carcomida y sus paredes pobladas de plantas parásitas, me inspira
veneración; gracias á él, millones de seres humanos no están ya tratados
como bestias de carga; han podido erguir la cabeza y ganar en dignidad
al mismo tiempo que en felicidad.
¡Qué recuerdo más encantador conservamos del pequeño molino de nuestra
aldea! Estaba medio oculto, y tal vez lo esté todavía, en un nido de
grandes árboles, álamos, chopos, nogales y sauces; á lo lejos se oía su
tic-tac, pero sin ver la casa, oculta por la vegetación. Sólo en
invierno, las paredes sucias y agrietadas se veían por entre las ramas
desprovistas de hoja; pero en cualquiera otra época del año, para ver el
molino, había que penetrar en la plazoleta que se extendía ante su
puerta, espantar el grupo de ocas y despertar de su cuchitril al perro
guardián, siempre gruñendo. No obstante, protegidos por el niño de la
casa, compañero nuestro de colegio y de juego, nos atrevíamos á llegar
cerca del leal Cerbero y hasta aproximar nuestra mano á su terrible
boca, acariciándole dulcemente la cabeza. El monstruo se dignaba al fin
reconocernos y meneaba su rabo con benevolencia en señal de
hospitalidad.
Nuestro sitio predilecto era una pequeña isla en la cual podíamos
entrar, bien pasando por el molino, construído transversalmente sobre el
arroyo, ó resbalándonos á lo largo de una estrecha cornisa construida en
forma de acera en el exterior de la casa; allí estaban las palas y
adonde el molinero iba á regularizar la marcha del agua. Nuestro camino
preferido era este. En unos cuantos saltos llegábamos á nuestro islote,
instalándonos bajo la sombra de un gigantesco nogal can su corteza lisa
por los frecuentes escalos. Desde allí, los árboles, el arroyo, las
cascadas y las viejas paredes, se presentaban á nuestra vista en su
aspecto más encantador. Cerca de nosotros, en el gran brazo del arroyo,
un dique formado por fuertes maderos contenía la corriente; una cascada
caía por encima del obstáculo y la espuma iba á chocar contra las pilas
de un puente con sus grietas pobladas de verdura. Al otro lado, el viejo
molino llenaba todo el espacio desde los árboles de la orilla hasta los
del islote. Del fondo de una sombría arcada, practicada bajo las
murallas, el agua agitada salía como arrojada por un monstruo, y en la
negra profundidad del antro abierto distinguíamos vagamente pilotajes
musgosos, ruedas medio dislocadas que daban vueltas torpemente como ala
rota de gigantesco pájaro, y palas que se sumergían en el torbellino
produciendo cada una su pequeña cascadita. Alrededor de la arcada,
espesa hiedra tapizaba las paredes y, trepando hasta el tejado, enlazaba
las vigas con su cordaje nudoso y se estremecía alegremente por encima
de las tejas.
En el interior de la casa ¡cuán extraño nos parecía todo, desde el asno
filósofo doblándose bajo el peso de los sacos que descargaban cerca de
las muelas, hasta el molinero mismo con su larga blusa siempre blanca
por la harina! En toda la casa ni un sólo objeto dejaba de agitarse
convulsivamente ó vibrar por la trepidación de la invisible cascada que
rugía bajo nuestros pies. Las paredes, los tabiques, el techo, todo
temblaba incesantemente por las sacudidas de la fuerza oculta. En un
rincón del molino, el árbol motor rodaba y rodaba como el genio del
caserón; ruedas dentadas, correas tendidas de uno á otro extremo del
local, transmitían el movimiento á las rechinantes muelas, á la tolva
oscilante, con ruido seco, á una porción de artefactos de madera ó
metal, que cantaban, crugían ó gritaban en hermoso concierto. La harina,
que salía como humo de los granos molidos, flotaba en el aire de la
casa, blanqueando todos los objetos con su fino polvillo; las telarañas
colgadas en las vigas del techo estaban rotas por el peso que las
cargaba y se balanceaban como blancos cordajes; las huellas de nuestros
pasos se marcaban en negro sobre el piso.
En el inmenso estruendo que producían todos aquellos engranajes, muelas,
aparatos, y hasta las paredes mismas, apenas se podía oir mi propia voz
por más que ni siquiera osaba hablar, preguntándome si el habitante de
este extraño caserón no sería brujo ó hechicero. Su hijo, mi compañero
de colegio, me parecía menos temible, y en ciertas ocasiones no tenía
miedo de ir con él á todas partes; sin embargo, no podía remediar el
error de ver en mi simpático amiguito un sér misterioso, con cierto
dominio sobre las fuerzas de la naturaleza. Conocía todos los secretos
del fondo del agua; nos decía el nombre de hierbas y peces; podía
distinguir en la arena ó el cieno movimientos imperceptibles á nuestras
miradas y revelarnos dramas íntimos sólo por él visibles. Sus compañeros
le creíamos anfibio, no defendiéndose apenas de nuestras acusaciones.
Habíase paseado por el cauce del arroyo hasta en los sitios más
profundos y medía con exactitud extraña los remolinos que nuestras
perchas no alcanzaban á sondear. Conocía también la fuerza de la
corriente en todos los puntos contra la cual había luchado nadando ó con
los remos; más de una vez había estado próximo á ser arrastrado por las
ruedas y triturado entre los engranajes; pero familiarizado con el
peligro, lo desafiaba resueltamente, contando con su fuerza y con una
cuerda que le arrojarían en último caso. Uno de sus hermanos, menos
afortunado, halló la muerte en una concavidad de la roca, á donde le
arrastró un remolino. Nosotros mirábamos asustados el paraje siniestro
al que el padre, lleno de un horror sagrado, había hecho arrojar piedra
y tierra.
El misterio que para nosotros rodeaba al viejo molino, no envolvía á la
gigantesca fábrica, situada bastante más abajo, en la llanura, donde el
arroyo ha recibido ya á todos sus afluentes. La fábrica, desde luego, es
una enorme construcción que, lejos de estar rodeada de árboles, se
levanta en medio de un espacio desnudo casi á la altura de las colinas
cercanas. Al lado del edificio, una chimenea parecida á un obelisco, se
eleva á más de diez metros sobre el edificio y parece aún prolongarse
hacia el cielo por las negras columnas de humo que de ella salen.
Durante el día, sus paredes enjalbegadas la destacan en blanco del fondo
verde de la huerta que le rodea; por las tardes, en cuanto el sol se
pone, centenares de cristales se alumbran en su fachada; ya de noche,
las luces del interior irradian su luz por las ventanas, y, como la de
un faro, brillan á diez leguas de distancia.
Tanto en el interior como en el exterior, la fábrica no presenta más que
ángulos rectos y líneas geométricas. Sus grandes salas llenas de la luz
que entra á raudales por las ventanas, tienen no obstante algo de
terrible en su aspecto. Pilares de hierro se levantan á distancias
iguales, sosteniendo el techo; máquinas, también de hierro, hacen dar
vueltas á sus ruedas con movimientos regulares, lo mismo que sus bielas
y curvos brazos; dientes de acero cogen la materia que se les echa para
dividir, triturar, moler ó amasarla de nuevo, y la convierten en pasta,
en hilos ó en nube apenas perceptible, según lo exige la voluntad del
dueño. De todos esos monstruos de metal, el hombre ha hecho sus
esclavos; los hace producir la labor para que fueron creados y los
detiene en su furioso triturar cuando ha concluído la tarea; sin
embargo, tiembla ante esa fuerza brutal que ha dominado. Que olvide el
desgraciado obrero por un sólo instante poner en armonía su propio
trabajo con el de la formidable máquina, que bajo la impresión de una
idea, de un sentimiento, se detenga en sus movimientos rítmicos, y tal
vez el poderoso mecanismo lo descuartice lanzándolo contra la pared,
convertido en masa sangrienta. Las ruedas dan vueltas con movimiento
uniforme, lo mismo si aplastan á un obrero que si tuercen un hilo apenas
visible. De lejos, cuando nos paseamos por las colinas, oímos el
terrible gemido de la máquina que hace vibrar á su alrededor la
atmósfera y la tierra.
Esta fuerza disciplinada y, no obstante, temible, con sus engranajes y
brazos de hierro, no es otra cosa que la fuerza del arroyo transformada
en energía mecánica. El agua, que en otro tiempo no realizaba más
trabajo que derribar sus márgenes para establecer otros y ahondar unas
partes de su lecho para elevar otras, es ahora el auxiliar directo del
hombre para tejer ropas y moler granos. Guiado por el ingeniero, el
movimiento torpe del agua sigue la dirección que se le traza, y se la ha
distribuído por las más finas pinzas y delicadas brochas, igual que por
los más fuertes engranajes de la poderosa máquina. Su impulso indirecto
rompe y tritura cuanto ponen bajo el martillo-pilón y estira los metales
pasados por el laminador; pero sabe también elegir y juntar los hilos
casi imperceptibles, amalgamar los colores, afelpar las telas y realizar
á la vez los más diversos trabajos, los que ni siquiera podía soñar un
Hércules, y los que no podrían realizar los hábiles dedos de un Aracneo.
Dando su fuerza á la máquina, el arroyo se ha convertido en un
gigantesco esclavo, reemplazando él solo á los millares de prisioneros
de guerra y la servidumbre de mujeres que llenaban los palacios de los
reyes; toda la labor de estos tristes animales encadenados, sabe el
torrente hacerla mejor que jamás fué hecha, ¡y cuántas otras cosas haría
además! Bien utilizada, una catarata como la del Niágara animaría las
máquinas suficientes para realizar todo el trabajo de una nación.
Incalculables son las riquezas con que la fábrica ha enriquecido á la
humanidad, y estas aumentan cada año, gracias á la fuerza que se sabe
sacar de los combustibles, y gracias también al empleo más sabio y
general que se da á las aguas corrientes que ruedan por el inclinado
cauce del arroyo. Y, sin embargo, esos productos tan numerosos que salen
de las fábricas para enriquecer á la humanidad entera, é iniciar de
cambio en cambio á los más lejanos pueblos en una civilización superior,
no alcanzan á todos los hombres, dejando en la más negra miseria á los
que los producen. No lejos de la majestuosa fábrica, cuyos monstruos de
hierro han costado tanto; no lejos de esa magnífica residencia señorial,
rodeada de hermosos árboles exóticos, importados con grandes gastos del
Himalaya, del Japón y de California, pequeñitas casas de ladrillo,
ennegrecido por la hulla, se alínean en medio de un espacio lleno de
amontonamientos antiestéticos y de charcas de agua fétida. En esas
humildes habitaciones, menos repugnantes, es cierto, que los tugurios de
los siervos dominados por el castillo del señor feudal, las familias se
reúnen raramente alrededor de la misma mesa; unas veces el padre, otras
la madre ó los hijos, llamados por la inexorable campana de la fábrica,
deben alejarse del hogar y sucederse al servicio de las máquinas, que
trabajan sin tregua ni descanso, lo mismo que la corriente del arroyo
que las pone en movimiento. Con frecuencia, la honrada casita se
encuentra completamente vacía, á menos que en cualquier rincón no quede
algún niño de teta, reclamando inútilmente la presencia de su madre con
llantos desesperados ó enternecedores suspiros. La pobre criatura,
envuelta en húmedos pañales, crece raquítica á causa de la falta de aire
ó de cuidados, y tarde ó temprano será roída por el escrofulismo á menos
que una enfermedad cualquiera, tisis, sarampión ó cólera no se la lleve
en sus primeros años.
Por esta razón no todo es alegría y felicidad en las orillas del
encantador arroyo, donde la vida parece ser tan agradable, donde parece
natural que todos se amen y gocen de la existencia. También allí la
guerra social produce sus estragos; también allí los hombres aparecen
envueltos en ese torbellino de «la lucha por la existencia.» Lo mismo
que en la gota de agua las mónadas y los vibriones procuran arrancarse
la presa unos á otros, igual sobre las márgenes cada planta busca quitar
á la vecina su parte de sombra y humedad. En el arroyo el sollo se
arroja sobre la espínola, y ésta á su vez sobre el gubio: todo animal
es para otro un cebo, un plato ya servido. Entre los hombres, la lucha
no ofrece ese aspecto de tranquila ferocidad, pero nos miramos unos á
otros con rencor y odio, envidiosos del manjar que nuestro hermano se
lleva á la boca, al cual no todos tenemos derecho, según parece. Los
espectros del hambre y la miseria se levantan tras nosotros, y para
evitar que nosotros y nuestras familias seamos presas de sus terribles
garras, corremos todos tras la fortuna, aunque la hayamos de conquistar,
directa ó indirectamente, en detrimento de nuestros semejantes. Sin duda
esto nos entristece á muchos, pero movidos por el engranaje, igual que
el martillo-pilón que se levanta y aplasta, aplastamos también nosotros
sin querer hacer daño.
¿Tendrá fin esta lucha feroz, por la existencia entre los hombres
nacidos para amarnos? ¿Seremos siempre enemigos unos de otros? Los ricos
¿se abrogarán eternamente el derecho de despreciar á los pobres, y éstos
á su vez, condenados á la miseria, no cesarán de contestar al desprecio
con el odio y á la opresión con el furor? No; no será siempre así.
En su amor á la justicia, la humanidad, que cambia incesantemente, ha
empezado ya su evolución hacia un nuevo orden de cosas. Estudiando con
calma la marcha de la historia, vemos al ideal de cada siglo convertirse
en la realidad del siglo siguiente, vemos el ensueño del utopista
adquirir forma precisa, para hacerse necesidad social en la voluntad de
todos.
Con la imaginación podemos ya contemplar la fábrica y los campos que la
circundan tal cual el porvenir los habrá cambiado. El parque se ha
ensanchado; actualmente comprende la llanura entera; grandes columnatas
se levantan sobre la verdura, chorros de agua caen por encima de los
macizos de flores, y alegres niños corren por sus avenidas. La fábrica
está allí todavía; ahora más que nunca se ha convertido en un gran
laboratorio de riquezas, pero estos tesoros no se dividen ya en dos
partes, de las cuales una pertenece á uno solo, siendo la otra, la de
los obreros, una miserable limosna; definitivamente pertenece á todos
los trabajadores asociados. Gracias á la ciencia que les hace utilizar
mejor el poder de la corriente y otras fuerzas de la naturaleza, los
obreros no son los esclavos desgraciados de la máquina de hierro;
después del trabajo del día, gozan del reposo y de la fiesta, las
alegrías de la familia, las lecciones del anfiteatro, las emociones de
la escena. Son iguales y libres, son dueños de sí mismos y se miran
frente á frente con la cabeza erguida, porque ninguno lleva en su cara
impreso el estigma de la esclavitud. Tal es el cuadro que podemos
contemplar anticipadamente parándonos por la tarde cerca del arroyo
querido, cuando el sol poniente se rodea de un círculo de oro con las
volutas de vapor que se escapan de la fábrica. Esto no es aún más que
un espejismo, pero si la justicia no es una palabra vana, este
espejismo nos refleja ya la ciudad lejana, medio oculta detrás del
horizonte.