#El riego#
Consolémonos, no obstante. En el porvenir que nos prepara la explotación
científica de la tierra y sus riquezas, la mayor utilidad del arroyo no
será la de ser una fábrica de carne viva. El agua que entra en tan
grandes proporciones en todos los organismos, plantas y animales, no
cesará de emplearse, como actualmente se hace, en alimentar el mundo
vegetal de sus orillas. Bebida por las raíces que se mojan en el arroyo,
el agua sube de poro en poro por los intersticios capilares del suelo,
hincha de savia multitudes sin fin de árboles y hierbas, y sirve así
indirectamente á la alimentación del hombre por tubérculos, matas,
hojas, frutos y simientes. En el trabajo agrícola es donde
principalmente el arroyo se hace un poderoso auxiliar de la humanidad.
Después del sol, que lo renueva todo con sus rayos, el aire, que con sus
vientos y la mezcla incesante de gases puede llamarse «hálito del
planeta», el agua del arroyo es el principal agente de renovación. Por
el amor inmenso que hacia todo cambio sentimos, escuchamos con
satisfacción el relato de las metamorfosis, sobre todo, aquellos de
nosotros que son aún niños y que el conocimiento de las inflexibles
leyes no turba todavía su ingenua credulidad. Leyendo las _Mil y una
noches_, se complace nuestro espíritu viendo cómo los genios se
convierten en vapor y los monstruos nacen de un reguero de sangre; nos
gusta contemplar todos los objetos de la naturaleza, bajo los aspectos y
formas que adquieren sucesivamente, lo mismo que en el aire caliente del
desierto distinguimos tan pronto palacios con columnatas como ejércitos
en marcha.
En las fábulas de la antigüedad griega, en los mitos persas y en los
viejos cantos indostanes, lo lo que más nos seduce son las
transformaciones de la piedra y de la hierba, del animal, del hombre y
del dios, símbolos primitivos del encadenamiento infinito de la vida en
el universo. A la vista del niño, cualquier viejo tapiz se puebla de
seres animados. ¡Con qué sencilla fe contempla sobre los viejos y
apolillados lienzos la imagen de Syrinx extendiendo aún los brazos,
cuando ya está convertida á medias en grupo de cañas, Procrios echando
raíces para convertirse en álamo, ó la ninfa Byblis fundiéndose en
llanto, para correr eternamente en forma de fuente!
Pues bien; cambios parecidos á los que inventaron la imaginación de los
pueblos en su infancia y la ficción de los poetas, no cesan de
realizarse en el gran laboratorio de la naturaleza; sólo que se efectúan
por un lento trabajo interior, por transición gradual de vida y de
muerte entre todo lo que muere y lo que nace, y no por súbitos milagros.
La gota de agua se cambia en célula de planta, esta se transforma en
simiente, luego en pan y, en el cuerpo del hombre, en parte de vida.
Parece á primera vista que el arroyo no pueda transformarse así en otras
plantas que en las de sus orillas. Sin duda que la vegetación de los
márgenes, aspirando la humedad por sus raíces y bebiendo abundante vapor
por sus hojas, es bastante más viva y alegre; las parras salvajes, los
álamos blancos y el temblón con sus hojas de plata constantemente
estremecidas, se levantan hacia el espacio altos, derechos, hinchadas de
jugo sus fibras y lisa su corteza, rompiéndose por el impulso de la
savia que se desborda. Las hierbas, en apiñados y compactos grupos, y
multitud de arbustos, llenan los intersticios entre los troncos; el más
pequeño espacio vacío se puebla inmediatamente de plantas deseosas de
aproximarse al arroyo bienhechor. Pero el agua realiza también su obra
lejos de sus bordes. Hasta durante la sequía, extiende su vivificante
frescura rezumando por las pedregosas y arenosas márgenes, y penetra en
el subsuelo donde alimenta las raicillas de las plantas. Después de las
lluvias, cuando se eleva el nivel del arroyo, la percolación subterránea
se propaga y se extiende á lo lejos bajo las capas superficiales del
suelo de los campos, y durante las grandes crecidas, las aguas
desbordadas renuevan la tierra, la saturan de humedad y suministran así
los elementos de vida á la multitud vegetal.
El espectáculo de los campos inundados es triste ciertamente. Los cercos
medio cubiertos determinan aún los límites bien conocidos que separan la
propiedad; los árboles frutales, inclinados por la corriente, sumergen
en el agua fangosa la extremidad de sus ramas; corrientes y remolinos
socavan el suelo donde crecían hermosas cosechas. Hasta los bordes del
lago temporal, todos los surcos abiertos por el arado, se convierten en
otros tantos regueros, y los caballones dibujan en la corriente largas
estelas paralelas.
La inundación, que desvanece la esperanza del campesino, es una
desgracia, y, sin embargo, en sus temidas aguas, lleva el arroyo un
tesoro para años venideros. Al destruir las cosechas del año presente,
deposita el aluvión fertilizante que alimentará las futuras
fructificaciones. El suelo de la llanura, removido constantemente por el
trabajo del labrador, se esterilizaría bien pronto si las rocas de la
montaña, trituradas y tamizadas por la corriente, no se extendieran en
capas renovadoras y fecundas sobre los campos de la ribera. Según nos
enseñan los sondeos geológicos, la tierra vegetal y el subsuelo son
capas de aluvión sucesivamente depositadas de siglo en siglo y
arrastradas desde las estribaciones de las rocas. En el llano ninguna
planta hubiera podido germinar si la montaña no se deshiciera sin cesar,
y si el arroyo no bajara cada año estos residuos para suministrar un
nuevo elemento á la vegetación de sus riberas. ¿Pero qué hacer para
evitar que las aguas desbordadas devasten los cultivos y depositen al
mismo tiempo el aluvión fertilizante? ¿Cómo regularizar las oscilaciones
del nivel para aprovechar sus beneficios, sin tener que sufrir sus
desbordamientos? Poco numerosos son los agricultores que han sabido
resolver ya ese problema, hallando el medio de dominar al arroyo,
dirigiéndolo á su gusto. Durante el verano la corriente no es más que un
pequeño hilo líquido, y el campesino se queja; en otras épocas, en la
primavera y el otoño, según los climas, el arroyo se sale de madre y el
campesino se queja también.
Por otra parte, se lamentará siempre, y con razón, hasta que sepa
asociarse con su vecino para utilizar los recursos que ofrece el agua
corriente. Actualmente la explotación de esas riquezas se hace con el
mayor desorden y casi al azar, según el capricho de los propietarios
ribereños, siendo el resultado de estos disparates, el desastre para
todos, con muchísima frecuencia. Uno seca terrenos pantanosos,
construyendo canales subterráneos que desembocan en el arroyo y aumentan
su caudal; otro lo empobrece, al contrario, haciéndole sangrías á
derecha é izquierda para regar sus campos; otro aun, rebaja su nivel
medio limpiando el fondo, destruyendo las aristas de las piedras en las
corrientes y cascadas, mientras que en otra parte, los industriales,
elevan la superficie del arroyo, construyendo presas para llevar el agua
á sus fábricas. Todo esto son fantasías contradictorias, avideces en
conflicto, que pretenden todas, no obstante, determinar la marcha del
arroyo. ¿Qué sería de un pobre árbol, á cuántas enfermedades monstruosas
no se vería condenado, si, lozano y lleno de vida, fuera repartido entre
varios propietarios, si numerosos dueños pudieran ejercer el derecho de
uso y abuso, uno sobre sus raíces, otro sobre su tronco, sus ramas, sus
hojas y sus flores? El arroyo, en conjunto, puede ser comparado con un
organismo vivo como el de un árbol. También él, desde su nacimiento
hasta su desembocadura, forma un todo armónico con sus manantiales, sus
sinuosidades y las oscilaciones regulares de sus aguas, y es una
desgracia pública el que la serie natural de sus fenómenos sea alterada
por la explotación caprichosa de propietarios ignaros. Gracias á la
ciencia y á los esfuerzos particulares, podemos desde hoy vislumbrar la
época en que el arroyo será útil al interés común de los pueblos. Como
riqueza perteneciente á todos, el trabajo asociado lo transformará en
una verdadera arteria de vida para la producción agrícola.
Los numerosos trabajos de canalización, presas y azudes ejecutados para
el riego de los campos en muchas partes á orillas de los ríos, nos
permiten imaginar cuál será el régimen de nuestro arroyo en un porvenir
más ó menos lejano: con la previsión que nos da la ciencia, lo vemos ya
desde hoy. Como en los tiempos antiguos, antes de la explotación del
bosque, pinos y hayas entremezclados, volverán á crecer en las faldas de
la montaña, de donde bajan las primeras aguas; las raíces que brotan, el
musgo que las cubre, las hierbas que la rodean y que la cabra no vendrá
á arrasar, contendrán en su caída las gotas de lluvia y los hilillos de
nieve fundida. En vez de convertirse en corrientes de una hora, el agua
se filtrará en el interior del suelo durante las lluvias, y descendiendo
lentamente por los poros, reaparecerá en el lecho inferior del arroyo
durante las épocas de sequía. El caudal medio de la corriente será más
igual, y no pasará súbitamente de la sequía á la inundación. En los
abruptos declives no se ahondarán repentinamente profundos barrancos, y
las praderas del valle no desaparecerán bajo los amontonamientos de
piedras y troncos arrastrados desde las laderas. Acequias abiertas en
líneas paralelas sobre las redondeces, alternativamente salientes y
entrantes de las curvas y promontorios, llevarán la vida y harán
germinar las flores hasta en las áridas pendientes.
Puede suceder que la acción reguladora de los bosques y el empleo de las
aguas del torrente en el riego de las altas huertas, no fuera suficiente
para prevenir las repentinas crecidas por lluvias torrenciales; pero hay
otros recursos para evitar este peligro. El valle no es igualmente ancho
en toda su longitud. En ciertos parajes, su fondo nivelado se extiende
en forma de círculo ó de óvalo, donde antes hubo un antiguo lago,
llenado gradualmente por sucesivas capas de aluvión; en otras partes,
las alturas rocosas que se levantan á derecha é izquierda del arroyo, se
aproximan unas á otras, y sólo están separadas por una estrecha fisura,
por la cual se desliza el agua rugiendo. En este punto se encontraba
antes el dique que contenía las olas del lago. Durante las grandes
lluvias, esta muralla retenía las aguas crecientes, las obligaba á
extenderse hacia arriba hasta los estribos de las colinas, y,
lentamente, salvando la valla inferior, descendían por la llanura,
saltando de cascada en cascada. La naturaleza, con su incesante trabajo,
ha concluído por derribar esta presa; los troncos, arrastrados como
palos de buque por la corriente, han conmovido las rocas; el agua se ha
infiltrado por las hendiduras, y más ó menos pronto, el lago ha podido
vaciarse, abriéndose paso por la brecha practicada entre las dos
colinas. Pues bien; este lago puede crearlo el hombre nuevamente y
determinar á su gusto la altura, la extensión y el contenido; puede
levantar el dique calculando con precisión su fuerza para resistir la
presión de las aguas en las grandes crecidas.
Posesor de este lago artificial y de ese parapeto con sus esclusas
movibles, el agricultor se convierte en director de las lluvias y
sequías; impide á las aguas impetuosas correr en torrentes devastadores
sobre los campos cultivados, prohibe al arroyo bajar en demasía su nivel
durante la época de sequía, y le obliga á alimentar constantemente los
canales de riego, llevando á los campos la frescura y la vida. El
aluvión depositado en el fondo del lago, le servirá además para renovar
el vigor de sus cultivos, y si quiere, encargará al arroyo el transporte
de todos esos abonos al suelo que debe ser fecundado. Esperamos también,
puesto que soñamos en el porvenir y hacia él se dirigen nuestras
miradas, que los ingenieros encargados de la regularización del arroyo,
sabrán hacer del gran depósito líquido de alimentación, no una charca
vulgar con sus playas malsanas y aguas corrompidas, sino un lago puro y
encantador, sembrado por grandes árboles y bordado de plantas acuáticas,
para que el artista, lo mismo que el labrador, experimente un gran
placer al contemplar las aguas cristalinas bajadas de la montaña.
El verdadero peligro para el porvenir, es el que el agua, considerada
con justicia por los campesinos como el más preciado de sus tesoros, sea
utilizada hasta la última gota por los primeros en disfrutarla. En vez
de amenazar los campos con sus crecidas, el arroyo, sangrado por
innumerables arterias, puede quedarse seco, dejando en la pobreza á los
ribereños de su curso interior. Tal es la desgracia que ocurre ya en
algunas regiones del Mediodía, en la Provenza, en España, en Italia, en
la India. A su salida de los montes, el susurrante arroyo parece que
vaya á salvar de un sólo salto la distancia que le separa del mar; su
espuma choca contra las piedras, corre precipitadamente por las
pendientes y llena las depresiones profundas de un azul insondable. Como
joven que entra en la vida sin desconfianzas, el arroyo encuentra
delante el espacio inmenso y quiere aprovecharlo; pero, á derecha é
izquierda, pérfidas presas y pequeñas esclusas, restan á su caudal
porciones de agua que van á ramificarse á lo lejos por los jardines y
las huertas. Empobrecido de azud en azud, el arroyo se convierte en
pequeño torrente, sus aguas sin impulso se arrastran serpenteando por
entre las piedras y luego desaparece bajo la arena, en la que el
campesino practica hoyos para recoger las últimas gotas del precioso
líquido. Al llegar á los primeros campos de la llanura, el alegre arroyo
de los montes ha desaparecido por completo.
Sin embargo, desapareciendo de su cauce el agua corriente y dividida en
pequeñas arterias sin nombre, no cesa un instante de trabajar. Reducida
á hilitos bastante pequeños para ser bebidos á su paso por las raicillas
de las plantas, entra más fácilmente en el torrente de la circulación
vegetal para cambiarse en savia, luego en madera, en hojas y en flores,
y esparcirse de nuevo por la atmósfera mezclándose con los perfumes de
las corolas. En el llano, transformado en inmenso cultivo, no se ve agua
en parte alguna y, no obstante, ella es quien da á la tierra la frescura
y fecundidad; la que puebla los jardines de flores, arbustos y follaje;
la que multiplica las ramas dando así á las umbrosas avenidas el
profundo misterio que nos encanta. Bajo otra forma, es también el agua
la que nos rodea y nos hechiza. A veces oímos á nuestros pies un
murmullo argentino como ruido de perlas rodando por el suelo; es la voz
del agua que corre por un canal subterráneo, y cuyos fugitivos reflejos
nos aparecen vagamente á través de los intersticios de las losas. Cerca
de una casita, oculta bajo la verdura, un pequeño chorro de agua se
lanza al vacío descubriendo una curva que el viento ondula, y las
gotitas de niebla irisada caen á lo lejos sobre las flores como rocío de
diamantes.