CAPÍTULO VIII

#Las corrientes y las cascadas#

Mezclándolo todo en su cauce, lo mismo las aguas que bajan del monte que

las fuentes que brotan del suelo, manantiales fríos, tibios y termales,

salinos, calcáreos y ferruginosos, el arroyo crece y crece sin cesar en

cada vuelta del valle, á cada nuevo afluente. Rápido y alegre como joven

que entra en la vida, ruge y salta desordenadamente; ya le llegará la

calma y hará más lenta su corriente al llegar á la llanura horizontal y

monótona; en el momento se resbala con alegría por la pendiente

precipitándose hacia el mar. Es que se encuentra todavía en el período

heroico de su existencia.

En esta parte de su curso, las corrientes, las cascadas y los saltos,

son los grandes fenómenos de la vida del arroyo. No siendo todavía

bastante fuerte para regularizar completamente la inclinación de su

lecho, y minar las bases de la roca, arrasar los salientes de la piedra

y reducir á polvo los cantos esparcidos, tiene el arroyo que salvar

estos obstáculos saltando por encima ó escaparse por los lados.

Los saltos varían hasta el infinito, según la altura de las piedras que

ha de franquear, la inclinación de la pendiente, la abundancia de las

aguas, el aspecto de sus orillas, la vegetación de sus riberas y el

volumen de las piedras emergidas. Aunque diferentes entre sí, todas son

igualmente hermosas, ya por su graciosa forma, ya por su majestad,

sintiéndose alegre y satisfecho quien se deja mojar los pies.

Las corrientes son el bosquejo de las cascadas donde toman estas su

ímpetu, para detenerse luego y precipitarse después. Aquí, el agua que

choca contra una piedra musgosa la envuelve como con un globo de

transparente cristal, y ciñe su base con una orla de espuma; allá, la

corriente inclinada desaparece rápidamente por entre dos rocas, y

después, por encima de ocultos escollos, se repliega en ondas paralelas;

más lejos, el caudal se divide en varias curvas lanzándose por saltos

desiguales. El hoyo profundo, la sutil capa de agua y la franja de

espuma, se suceden con desorden hasta abajo de la pendiente donde el

arroyo recobra su calma y la regularidad de su curso.

¡Y cuán grande es también la diversidad de las cascadas! Yo conozco una,

encantadora entre todas, que se oculta bajo las flores y el follaje.

Antes de precipitarse, la superficie del arroyo es completamente lisa y

pura; ni una roca saliente, ni una hierba en su fondo interrumpen su

curso rápido y silencioso; el agua cae en un canal trazado con igual

regularidad que si fuera obra del hombre. Pero en el punto de la caída,

el cambio es repentino. Sobre la cornisa de donde el agua se lanza en

cascada, se levantan macizos de roca parecidos á pilares de un puente

derribado, apoyándose sobre anchos estribos cuya base lame la espuma.

Grupos de saponáceas y otras plantas salvajes, crecen como en jarrones

de adorno en las anfractuosidades de los puntos dominados por las

cascadas, mientras que las zarzas y clemátides, desplegadas como

cortinajes, descansan sus guirnaldas sobre los salientes de la piedra y

velan los distintos despeñaderos de la caída. La espesa red de verdura

oscila lentamente por la presión del aire que arrastra el agua al caer,

y las lianas aisladas, cuyas extremidades se bañan en los remolinos de

espuma, se estremecen incesantemente. Los pájaros hacen su nido en este

follaje y se dejan balancear por el aire. Hermoseado por las flores en

primavera, adornado de frutos en verano y otoño, el cortinaje suspendido

delante de la catarata ahoga en parte el estrépito; hasta podría

suponérsele lejana si el sol, penetrando sus rayos por entre las ramas,

no hiciera brillar por diversos puntos el gigantesco diamante que oculta

la verdura.

A poca distancia de esta cascada cubierta por las hojas y las flores,

otro asiento de peñascos atraviesa el arroyo, pero estos son tan duros

que el agua ha hecho muy poca mella en ellos y apenas si está trazado su

lecho. Ha tenido por consecuencia que extenderse á lo ancho y, rodeando

piedras y arrastrando tierras vegetales, se ha dividido en numerosos

hilos de agua, procurándose cada cual un curso favorable para llegar al

punto de caída. Cortado en su paso por una roca pulida que se levanta en

medio de sus cascaditas, los vemos saltar por todas partes; unos

bastante fuertes para arrastrar las piedras y otros tan débiles que

apenas pueden descubrir las raíces del césped. Aquí una pequeña capa de

agua se extiende sobre una roca cubierta de verdoso limo y luego resbala

por un asiento inclinado rodeado de helechos, ocultándose furtivamente

por entre dos ramas de sauce que se inclinan hacia el líquido. Más

lejos un pequeñísimo hilo de agua, contenido en una pequeña hendidura,

corre, centellea y murmura en mi caída. Otro se precipita por una fisura

negra y no se distingue desde fuera más que por centelleos indistintos;

otro aun se lanza por aquí y allá retorciéndose como una serpiente de

círculos alternativamente negros y plateados. A través de las rocas, los

arbustos y las hierbas, todos los arroyuelillos, después de un momento

en reposo, se juntan nuevamente como una porción de niños al grito de la

madre. Y todo esto ríe y canta con alegría. Cada cascadita tiene su voz,

dulce ó grave, argentina ó profunda, produciendo en conjunto un

encantador concierto que adormece el pensamiento, dándole, al igual que

la música, un movimiento acompasado y rítmico. Por fin, todas las

fracciones se han reunido en el cauce común; chocan las corrientes

bordadas de espuma y luego juntas emprenden el camino hacia la llanura.

La catarata es otra cosa distinta. En ella las aguas no se extienden

sobre un ancho espacio para precipitarse luego al azar; se reúnen, al

contrario, para lanzarse en masa compacta por el estrecho paso abierto

entre dos puntas de roca. Deprimido en sus orillas é hinchado en el

medio por la presión de la corriente, el arroyo se estrecha y se curva

hasta el corte, desde donde se lanza al vacío. El agua, empujada por

rápida velocidad, ha perdido sus ondulaciones y sus pequeñas olas; todos

sus rizos, prolongados por la rapidez del torrente se han cambiado en

otras tantos líneas perpendiculares como trazadas por la punta de un

estilete. Parecida á una tela sedosa que se despliega, el lienzo líquido

se desprende de la arista de la roca y se curva por encima de un negro

corredor, en el fondo del cual bullen las aguas en torbellino. La base

de la catarata es un caos de espuma. La masa que cae se deshace en olas

que chocan entre sí, dirigiéndose en tumulto hacia el chorro enorme

contra el que se precipitan como para escalarlo. En el estruendoso

remolino, el agua y el aire, arrastrados á un mismo tiempo por la

tromba, se confunden en una masa blanca que se agita incesantemente.

Cada torrente, cambiando á cada instante de forma, es un caos en el

caos.

Escapándose del torbellino, el aire aprisionado levanta millares de

gotas pequeñas, que al dirigirse hacia el espacio producen fina niebla

que el sol irisa. A veces también, encerrado bajo la masa del agua,

arrastra torrentes espumosos que se ven entre ella escurrirse á lo largo

de la roca como blancos espectros; bastante lejos, delante de la caída,

continúa el torbellino del arroyo. Por cada lado ruedan violentos

remolinos en el fondo de los cuales chocan las piedras, produciendo para

las edades futuras «ollas de gigante». Por la fuerza del huracán que la

empuja, el agua, blanca y chispeante, entra rápida en el canal; sin

embargo, poco á poco su marcha se hace lenta y adquiere un tono de azul

calizo como el del ópalo; luego, sólo presenta ligeras estrías de

espuma, y poco después encuentra su calma y su reflejo azul. Nada

recuerda ya la estrepitosa caída del arroyo, si no es la niebla de

imperceptibles gotas que se ve brillar á lo lejos sobre el raudal que

cae, produciendo un continuo mugido que hace vibrar la atmósfera.

Cierto que la modesta catarata del arroyo no es un mar que se despeña

como el salto del Niágara; pero por pequeño que sea, no deja de producir

una impresión de grandeza á quien sabe mirarlo, y no pasa indiferente

por su lado. Irresistible é implacable, como si fuera empujada por el

destino, el agua que cae lleva tal velocidad, que ni el pensamiento

puede seguirla: se cree tener ante la vista la mitad visible de una

ancha rueda que gira incesantemente alrededor de la roca.

Contemplando esta corriente siempre la misma y renovándose sin cesar, se

pierde la noción de la realidad. Pero para sentirse poderosamente

atraído por el vértigo de la cascada, es preciso mirar hacia arriba, por

encima del sitio donde el agua cesa de correr y, describiendo su curva,

se lanza libre al espacio. Los botones de espuma y las hojas

arrastradas, llagan lentamente á la compacta masa como viajeros cuya

quietud nadie turba; después, repentinamente, se les ve temblar, dar

vueltas sobre sí mismos y, aumentando la rapidez á cada instante, se

precipitan en los pliegues del agua para desaparecer en la caída. Así,

en infinita procesión, todo lo que baja por la superficie del agua

obedece á la atracción del abismo; todos estos objetos se ven

desaparecer como rápidas estrías, como pequeñas visiones que desaparecen

en el momento de ser vistas; la mirada misma, arrastrada por la

pendiente, por ese pasar desordenado de hojas y archipiélagos de espuma,

tiende á descender al abismo hacia el cual todo parece marchar, como si

fuese allí, en el rugiente pozo, donde debe hallarse la paz.

Frecuentemente se ve llegar un insecto que hace esfuerzos ó que intenta

subir sobre una hoja flotante, arrastrado también hacia el precipicio.

Se le ve agitar sus patas y antenas á la desesperada, se mueve y

retuerce en todas direcciones, pero en cuanto ha sentido la invencible

atracción, cuando ha empezado á describir con la masa de agua la gran

curva de la caída, cesa repentinamente todos sus movimientos

abandonándose á su destino. Del mismo modo, un indio y su mujer, remando

en su piragua, á corta distancia de la catarata del Niágara, fueron

cogidos en un violento remolino y arrastrados hacia la caída. Durante

largo rato intentaron luchar contra la terrible presión; los asustados

espectadores que estaban en las orillas creyeron durante un momento que

conseguirían dominar la corriente; pero no; la piragua, vencida en su

esfuerzo, cede y cede sin cesar; la arrastra la corriente; se acerca á

la terrible curva, se ha perdido toda esperanza. Entonces los dos

indios cesan de remar, se cruzan de brazos, miran con serenidad el

turbulento espacio que les rodea y altivos hasta en la muerte, como es

propio á los héroes, desaparecen en la inmensa tromba.

Contemplada por la mirada de la ciencia en el infinito de las edades, la

cascada en sí no es un fenómeno menos pasajero que los insectos ó los

seres humanos arrastrados hacia el abismo, porque también ella ha nacido

y desaparecerá. En la superficie de la tierra todo nace, envejece y se

renueva como el planeta mismo. Todo valle, cuando fué recorrido la

primera vez por el río ó el arroyo que hoy lo baña, estaba bastante más

accidentado que en la actualidad; la graciosa sucesión de fisuras y de

charcos, no ofrecía más que una serie de lagos unidos y de cascadas que

se sumergían en ellos; pero poco á poco la pendiente se ha determinado,

los huecos se han llenado de aluvión, las cascadas que desgastaban

gradualmente la roca se convirtieron en torrentes y después en arroyos

pacíficos. Tarde ó temprano la corriente descenderá hacia el mar,

siguiendo un curso tranquilo y regular. Al fin, toda irregularidad

desaparecería si la tierra, al envejecer por un lado, no rejuveneciera

por otro. Si hay montes que desaparecen, roídos por el tiempo y la

intemperie, hay otros que surgen empujados hacia la luz por fuerzas

subterráneas; mientras unos ríos se secan lentamente absorbidos por el

desierto, otros torrentes nacen y crecen; unas cascadas se obliteran,

pero otras, después de haber roto las paredes que las retenían, se

desprenden de los altos lagos desplegándose en ligeras velas ó se lanzan

en compactas masas sobre las faldas de los montes.

El Arroyo · 第 12 / 26 题