CAPÍTULO VII

#Los manantiales del valle#

A todos los arroyuelos visibles é invisibles que descienden de barrancos

y vallecillos hacia el arroyo principal, se unen aún á centenares

infinidad de pequeñas fuentes y venas de agua, todas diferentes por el

aspecto y el paisaje de las piedras, los zarzales, arbustos ó árboles

que las rodean, diferenciándose también por la cantidad de sus aguas y

por la oscilación de su nivel, según los meteoros y las estaciones del

año.

Algunas de ellas sólo tienen una existencia temporal; después de haber

manado durante cierto número de horas, se secan repentinamente; los

pequeños saltos de agua cesan de susurrar, las paredes de su balsita se

secan y las hierbas que humedecía se doblan lánguidamente. Luego,

pasados minutos ú horas, se oye un murmullo subterráneo y he aquí el

agua que sale nuevamente de su cárcel de piedra, para devolver la vida á

las raíces y las flores; con sus argentinos sonidos anuncia alegremente

su resurrección á los insectos ocultos entre el césped, á todo un mundo

infinitamente pequeño que esperaba su despertar para despertar ellos

mismos. Los hombres de ciencia nos explican la causa de estas

intermitencias; nos dicen el por qué de ese salir y ocultarse del agua

alternativamente en las cavidades subterráneas, dispuestas en forma de

sifón. Todo esto es hermoso, pero á estos juegos de la naturaleza, á

esas fuentes que aparecen y se ocultan en un instante, preferimos los

manantiales permanentes de los que oímos constantemente su alegre

murmullo, y en los cuales, á cualquiera hora, podemos ver cómo se

refleja la luz, rielando en su ondulada superficie. Más encantadora aun

me parece la discreta fuente que nace en el fondo del arroyo á la que

sólo contemplan los observadores estudiosos de la naturaleza. En medio

del agua transparente, no siempre se sabe distinguir la columna líquida

del manantial que brota, pero se revela por las ondulaciones de las

hierbas que acaricia su onda ascendente, por las burbujas que salen de

la arena y vienen á deshacerse al contacto del aire, y por el silencioso

hervor que se produce en la superficie del agua y se propaga alejándose

en rizos ondulados que disminuyen gradualmente.

Desiguales por su caudal y por el paisaje que las rodea, no lo son menos

por la gran diversidad de substancias minerales que llevan en

suspensión. Por muy pura que el agua del manantial parezca á nuestra

vista, no es esta, como la química dice, una combinación de dos cuerpos

simples, el hidrógeno, que forma, según dicen, los inmensos torbellinos

de las más lejanas nebulosas, y el oxígeno, que para todos los seres es

el gran alimento de la vida; contiene además muchas otras substancias,

ya rodando por su cauce en estado de arena, ya disueltas en su masa

líquida y transparentes como ella. Entre las fuentes tributarias del

arroyo, hay algunas que, surgiendo de la dura peña, arrastran pepitas de

oro en sus aluviones. Si arrastraran grandes cantidades como ciertos

manantiales de California, Colombia, el Brasil ó los Urales,

inmediatamente una multitud de hombres se precipitaría con avidez hacia

las fuentes bienhechoras, y las arenas depositadas en sus orillas,

serían muy pronto tamizadas, y hasta la roca sería atacada por los picos

y azadones y sus fragmentos serían sometidos á los martillos de la

fundición; poco tiempo después, á las cabañas de un villorrio, habitadas

por mineros, reemplazarían los grandes árboles de los prados y los

valles. Tal vez el país al ser más rico, más populoso y próspero, sería

también, á la larga, más instruído y feliz; no obstante, nos paseamos

llenos de noble alegría por las vírgenes orillas de nuestro Pactolo,

desconocido de la multitud, en el que hallamos la soledad y el silencio,

como en los días que vimos brillar por vez primera las pepitas de oro.

En sus alrededores sólo existe, afortunadamente, un solo buscador de

pepitas, viejo geólogo que enseña con orgullo algunos granos brillantes

contenidos dentro de una caja de cartón, donde posee todo el fruto de

sus largos trabajos.

Otro manantial, vecino al pequeño Eldorado, se presenta también pródigo

en pepitas brillantes pero de bien distinta especie. Es un chorro de

agua que surge de rocas micáceas y que arrastra sus partículas hacia la

luz. Las pepitas que la corriente hace rodar por el fondo se arremolinan

un momento y luego se depositan llanas sobre otras láminas, de modo que

se ve siempre lucir sus reflejos bajo la temblorosa superficie. Los

niños de la vecindad se divierten en sus juegos, viniendo á sacar con

sus manos esta arena brillante; apilan en montoncitos las pepitas de oro

y las de plata, sabiendo, afortunadamente, los pobres niños, que la masa

reluciente no es oro y plata más que en apariencia; de otro modo,

empezarían, tal vez, en la orilla de la apacible fuente, esa dura

batalla por la vida, que más tarde, cuando sean hombres, tendrán que

emprender unos contra otros para arrancarse, en forma de moneda, el pan

de cada día.

En un pequeño valle, al pie de rocas calcáreas, nace otra fuentecita

que, lejos de arrastrar pepitas brillantes, recubre, al contrario, de

una especie de baño gris las piedras, las hojas y las ramitas caídas de

los arbustos que la adornan. Este baño se compone de innumerables

moléculas calcáreas disueltas por el agua en el interior de la colina.

Contenida el agua por un obstáculo cualquiera, la corriente se

desprende de las partículas de piedra de que estaba saturada. Al lado de

la balsita crece un helecho que balancea sus verdes hojas agitadas por

el aire húmedo, mientras que sus raíces, sumergidas en el agua, están

recubiertas de una capa de piedra.

La naturaleza de los manantiales varía por las substancias sólidas y

gaseosas que arrastran ó disuelven en su curso subterráneo y que sacan

al exterior. Hay algunas que contienen sal, otras son ricas en hierro,

en cobre y en diversos metales, habiendo alguna que exhala ácido

carbónico ó emanaciones de gases sulfurosos. La proporción de mezclas

que se operan así en el laboratorio de las fuentes difiere cada una de

ellas, y el químico que quiere conocer esta proporción de un modo

preciso, se ve obligado á hacer un largo análisis especial, que tiene

que repetir varias veces. Luego, cuando ha pesado las diversas

substancias, utilizando los medios prodigiosos que actualmente le

suministra la ciencia, tiene que estudiar los rayos coloreados que el

agua del manantial despide en un espectro luminoso. Estas rayas que

permiten al astrónomo descubrir los metales en los astros, brillan como

un punto en el fondo del espacio infinito y advierten al químico la

existencia de cuerpos que se hallan en cantidades infinitesimales en la

pequeña gota de agua del manantial. El día que dos alemanes señalaron, ó

mejor dicho, arrancaron á la fuente por la fuerza de la ciencia,

metales que no eran todavía conocidos, es uno de los grandes días de la

historia. Comparados con esta fecha, ¡cuán insignificantes son en los

anales de la humanidad las victorias ó la muerte de los más célebres

conquistadores!

Las fuentes, diferentes entre sí por las substancias que arrancan en sus

viajes subterráneos, arrastrándolas al arroyo, son también diferentes

por sus temperaturas diversas. En algunas, el calor de sus aguas es la

temperatura media del país; otras están por debajo de este término

medio, porque descienden de las nieves ó porque una fuerte evaporación

se verifica en sus canales interiores bajo la influencia de las

corrientes de aire; otras también, presentan al exterior tibias ó

calientes sus aguas; se encuentran á diversas temperaturas desde la del

hielo hasta la del vapor á gran presión. Por su temperatura, la fuente

nos resume su historia subterránea: con sólo mojar un dedo en sus aguas,

podemos saber cómo ha sido su viaje á través de los ocultos abismos.

Desde la orilla de un manantial frío, miramos los montes nevados y

podemos decir: «¡Esta agua baja de allá arriba!» Pero si sale tibia, es,

sin duda alguna, porque ha descendido, saltando de hueco en hueco hasta

bajar á grandes profundidades, habiéndose calentado en esos conductos

tenebrosos antes de salir á la superficie. Y, en fin, cuando la

temperatura de una fuente se aproxima á la del vapor á grandes

presiones, sabemos por ello que sus aguas han llegado á dos ó tres

kilómetros bajo la superficie del suelo, porque sólo á tal profundidad

la temperatura de las rocas es la misma que la del agua en ebullición.

Sentados sobre el césped, al borde del manantial, con toda comodidad

podemos seguir con el pensamiento el itinerario recorrido por el pequeño

canal del agua en las entrañas del monte antes de salir á la luz,

ayudados de los datos científicos que la dolorosa experiencia del minero

ha adquirido habitando las profundas galerías.

Las aguas tibias ó termales, mucho más que las frías, contribuyen á

disolver las piedras en el interior de los montes, para depositarla bajo

otra forma á su salida. En muchos parajes, el agua caliente que corre á

unirse con el arroyo, se extiende primero en un gran lago que ella misma

ha formado molécula tras molécula; al lado se encuentran otras lagunas

secas, y á uno y otro lado las fisuras abiertas en la piedra están

bordadas por hermosas concreciones parecidas á los adornos de mármol que

vemos ornamentando las fachadas de nuestros edificios. ¡Pero cuán

insignificantes son esos depósitos silíceos ó calcáreos comparados con

las enormes construcciones erigidas en diversos países del mundo por

esos ríos termales, como por ejemplo los de Holly-Springs, en los

Estados Unidos! Los viajeros nos cuentan que esas aguas calientes

edifican verdaderos palacios, ciudadelas y murallas de algunos

kilómetros de longitud. Blancos como el alabastro, los pilares y

basamentos crecen incesantemente por el depósito de las cascadas

susurrantes que poco á poco ocupan la llanura. El agua, construyendo sin

cesar, se cierra el paso, y, buscando continuamente un nuevo cauce, deja

detrás grandes balsas, puentes no terminados y bosquejos de admirables

columnatas. Montes enteros que el geólogo explora con admiración, han

sido formados por los torrentes de agua caliente al salir de las

profundidades.

Pero esas maravillas lejanas y nada numerosas, pocos de nosotros las han

podido contemplar y ver al mismo tiempo esos ríos de agua caliente cómo

trabajan en la construcción de sus marmóreos edificios. Mucho más

modesta, la fuente de la pequeña laguna no cambia los accidentes del

terreno ni el aspecto del país en algunos años; pero empleando siglos y

siglos en su trabajo, llega por fin á renovar todo el espacio que baña;

cambian poco á poco la piedra y se trazan un cauce diferente al que les

había preparado la naturaleza. El geólogo y el minero que penetran por

la fuerza con su pico y martillo en las entrañas de la roca, descubren

venas de jaspe y otras piedras transparentes ó coloreadas; es el hilillo

de agua termal, arrastrando arcilla en disolución, que lo ha depositado

en la fisura por donde corría, y que luego ha cambiado de curso. Todos

esos filones sinuosos que atraviesan las rocas como arterias de cristal,

deben su origen á modestas corrientes de agua. Es cierto que en la

mayor parte de los casos, el agua sale de las profundidades del suelo,

no en forma de líquido, sino en forma de vapor y á elevada temperatura,

porque de otro modo no podría disolver los materiales que tapizan las

paredes de sus antiguos lechos. Así los minerales de oro y plata han

sido arrancados de las entradas de la roca por los vapores de un Pactolo

subterráneo.

Fuertes por el enorme poder que les da el tiempo, los manantiales que

disuelven las piedras y oxidan los metales, consiguen también alguna vez

hacer temblar los montes. En una hermosa tarde de otoño, un temblor de

tierra se dejó sentir en la pequeña cuenca del arroyo; las casas se

balancearon con gran terror de sus habitantes, y algunas paredes ya

agrietadas se derrumbaron con estrépito. El temblor de tierra no tuvo

otras funestas consecuencias, pero fué el tema que durante algún tiempo

preocupó á los sabios é ignorantes de los pueblos y aldeas. Unos

hablaban de un mar de fuego que llenaría la tierra, y que una tempestad

había agitado sus olas; otros pretendían que un volcán intentaba surgir

en las inmediaciones, y que dentro de poco tiempo, el cráter se abriría;

había quien no sabiendo nada de fuego central, ni habiendo jamás visto

cráteres ni corrientes de lava, pensaba en un grupo de fuentes salinas y

yesosas que nacían en un vallecillo al pie de una ladera pedregosa; al

notar que después del temblor sus aguas se habían enturbiado y

arrastraban lodo, y que algunas de ellas habían cambiado de orificio de

salida, se preguntaban si no serían ellas la verdadera y única causa.

Tal vez, los aldeanos tenían razón. Es verdad que ni en un segundo,

estas fuentes arrastraban una pequeña cantidad de sulfato de cal y otras

substancias sólidas; pero en el transcurso de años y siglos, los hilos

de agua subterráneos han ido destruyendo la base de los montes.

Debilitados los colosales cimientos del gigantesco edificio, ceden al

peso, las bóvedas se hunden, el monte se estremece, y la tierra se agita

algunos cientos de kilómetros alrededor, como si una terrible explosión

hubiera dislocado sus capas. El gigante Encelado que ha hecho temblar

así los montes, las colinas y los llanos, es el tranquilo manantial que

puede ocultar una mata de hierba.

Afortunadamente, las fuentes saben hacer que las perdonemos los momentos

de terror que nos causan á veces haciendo trepidar el suelo. Ellas nos

dan agua para beber nosotros y abrevar nuestros ganados, fertilizan

nuestros campos y hacen germinar las simientes, alimentan nuestros

árboles y nos traen del fondo de la tierra tesoros que sin ellas jamás

hubiéramos conocido; fortifican, en fin, nuestro cuerpo, nos devuelven

la salud perdida y restablecen el equilibrio en nuestro trastornado

espíritu. Tales son al salir de la tierra bienhechora las virtudes

curativas de las fuentes termales y minerales, que en todos los países

civilizados se han construído edificios en los nacimientos de los

manantiales, para aprisionar el agua y medir cuidadosamente el empleo

en los baños y piscinas.

Con objeto de recoger hasta la última gota del precioso líquido, los

ingenieros cavan á lo lejos las rocas para sorprender en su curso el

pequeño hilo de agua que corre por las hendiduras interiores y el escape

de vapor que sube desde las ocultas profundidades. Ávidos de salud, los

enfermos utilizan todo lo que el manantial lleva consigo y todo lo que

bañan sus aguas; respiran el gas que desprenden, se envuelven en el lodo

negro que forman la arcilla y la arena y llegan á cubrirse como tritones

con el verde limo que se extiendo cual tapiz sobre las aguas. Sin

embargo, no llevan la religión hasta acariciar contra sus cuerpos los

animales que nacen y se desarrollan al dulce calor del agua termal.

Existen bonitas culebras, muy numerosas en algunas fuentes. Cuando el

bañista ve al reptil ondulando á su lado sus graciosos anillos, no cree

en la maravillosa aparición de la serpiente de Esculapio, sino que,

lleno de terror, salta sobresaltado prorrumpiendo en grandes gritos.

En otro tiempo, los hechiceros y los adivinos eran los encargados de

enseñar á los enfermos los manantiales donde encontrarían la salud ó el

alivio de sus males; hoy los médicos y los químicos reemplazan á los

magos de la Edad Media, indicándonos con mayor autoridad el agua

bienhechora que nos ha de devolver las fuerzas y ha de darnos una

segunda juventud. Cuando la ciencia se complete con nuevos

conocimientos, el hombre, sabiendo perfectamente cuál debe ser su género

de vida, sabrá también qué aguas, qué atmósfera son útiles para curar

sus males y entonces gozará plenamente de la vida hasta el término

natural, con la sola condición de que nuestro estado social no sea el de

odiarnos y exterminarnos. En Arabia, los fanáticos soberanos de

Wahabites hacían tapar cuidadosamente todas las fuentes termales y

minerales, por temor á que sus súbditos, convencidos de la virtud de las

aguas de sus manantiales, se olvidaran de poner toda su confianza en el

solo poder de Alah. En el porvenir, al contrario, sabremos utilizar

todas las gotas que surjan del suelo, todas las moléculas que salgan á

la superficie y sabremos designar su función para el provecho de la

humanidad.

El Arroyo · 第 11 / 26 题