#Los manantiales del valle#
A todos los arroyuelos visibles é invisibles que descienden de barrancos
y vallecillos hacia el arroyo principal, se unen aún á centenares
infinidad de pequeñas fuentes y venas de agua, todas diferentes por el
aspecto y el paisaje de las piedras, los zarzales, arbustos ó árboles
que las rodean, diferenciándose también por la cantidad de sus aguas y
por la oscilación de su nivel, según los meteoros y las estaciones del
año.
Algunas de ellas sólo tienen una existencia temporal; después de haber
manado durante cierto número de horas, se secan repentinamente; los
pequeños saltos de agua cesan de susurrar, las paredes de su balsita se
secan y las hierbas que humedecía se doblan lánguidamente. Luego,
pasados minutos ú horas, se oye un murmullo subterráneo y he aquí el
agua que sale nuevamente de su cárcel de piedra, para devolver la vida á
las raíces y las flores; con sus argentinos sonidos anuncia alegremente
su resurrección á los insectos ocultos entre el césped, á todo un mundo
infinitamente pequeño que esperaba su despertar para despertar ellos
mismos. Los hombres de ciencia nos explican la causa de estas
intermitencias; nos dicen el por qué de ese salir y ocultarse del agua
alternativamente en las cavidades subterráneas, dispuestas en forma de
sifón. Todo esto es hermoso, pero á estos juegos de la naturaleza, á
esas fuentes que aparecen y se ocultan en un instante, preferimos los
manantiales permanentes de los que oímos constantemente su alegre
murmullo, y en los cuales, á cualquiera hora, podemos ver cómo se
refleja la luz, rielando en su ondulada superficie. Más encantadora aun
me parece la discreta fuente que nace en el fondo del arroyo á la que
sólo contemplan los observadores estudiosos de la naturaleza. En medio
del agua transparente, no siempre se sabe distinguir la columna líquida
del manantial que brota, pero se revela por las ondulaciones de las
hierbas que acaricia su onda ascendente, por las burbujas que salen de
la arena y vienen á deshacerse al contacto del aire, y por el silencioso
hervor que se produce en la superficie del agua y se propaga alejándose
en rizos ondulados que disminuyen gradualmente.
Desiguales por su caudal y por el paisaje que las rodea, no lo son menos
por la gran diversidad de substancias minerales que llevan en
suspensión. Por muy pura que el agua del manantial parezca á nuestra
vista, no es esta, como la química dice, una combinación de dos cuerpos
simples, el hidrógeno, que forma, según dicen, los inmensos torbellinos
de las más lejanas nebulosas, y el oxígeno, que para todos los seres es
el gran alimento de la vida; contiene además muchas otras substancias,
ya rodando por su cauce en estado de arena, ya disueltas en su masa
líquida y transparentes como ella. Entre las fuentes tributarias del
arroyo, hay algunas que, surgiendo de la dura peña, arrastran pepitas de
oro en sus aluviones. Si arrastraran grandes cantidades como ciertos
manantiales de California, Colombia, el Brasil ó los Urales,
inmediatamente una multitud de hombres se precipitaría con avidez hacia
las fuentes bienhechoras, y las arenas depositadas en sus orillas,
serían muy pronto tamizadas, y hasta la roca sería atacada por los picos
y azadones y sus fragmentos serían sometidos á los martillos de la
fundición; poco tiempo después, á las cabañas de un villorrio, habitadas
por mineros, reemplazarían los grandes árboles de los prados y los
valles. Tal vez el país al ser más rico, más populoso y próspero, sería
también, á la larga, más instruído y feliz; no obstante, nos paseamos
llenos de noble alegría por las vírgenes orillas de nuestro Pactolo,
desconocido de la multitud, en el que hallamos la soledad y el silencio,
como en los días que vimos brillar por vez primera las pepitas de oro.
En sus alrededores sólo existe, afortunadamente, un solo buscador de
pepitas, viejo geólogo que enseña con orgullo algunos granos brillantes
contenidos dentro de una caja de cartón, donde posee todo el fruto de
sus largos trabajos.
Otro manantial, vecino al pequeño Eldorado, se presenta también pródigo
en pepitas brillantes pero de bien distinta especie. Es un chorro de
agua que surge de rocas micáceas y que arrastra sus partículas hacia la
luz. Las pepitas que la corriente hace rodar por el fondo se arremolinan
un momento y luego se depositan llanas sobre otras láminas, de modo que
se ve siempre lucir sus reflejos bajo la temblorosa superficie. Los
niños de la vecindad se divierten en sus juegos, viniendo á sacar con
sus manos esta arena brillante; apilan en montoncitos las pepitas de oro
y las de plata, sabiendo, afortunadamente, los pobres niños, que la masa
reluciente no es oro y plata más que en apariencia; de otro modo,
empezarían, tal vez, en la orilla de la apacible fuente, esa dura
batalla por la vida, que más tarde, cuando sean hombres, tendrán que
emprender unos contra otros para arrancarse, en forma de moneda, el pan
de cada día.
En un pequeño valle, al pie de rocas calcáreas, nace otra fuentecita
que, lejos de arrastrar pepitas brillantes, recubre, al contrario, de
una especie de baño gris las piedras, las hojas y las ramitas caídas de
los arbustos que la adornan. Este baño se compone de innumerables
moléculas calcáreas disueltas por el agua en el interior de la colina.
Contenida el agua por un obstáculo cualquiera, la corriente se
desprende de las partículas de piedra de que estaba saturada. Al lado de
la balsita crece un helecho que balancea sus verdes hojas agitadas por
el aire húmedo, mientras que sus raíces, sumergidas en el agua, están
recubiertas de una capa de piedra.
La naturaleza de los manantiales varía por las substancias sólidas y
gaseosas que arrastran ó disuelven en su curso subterráneo y que sacan
al exterior. Hay algunas que contienen sal, otras son ricas en hierro,
en cobre y en diversos metales, habiendo alguna que exhala ácido
carbónico ó emanaciones de gases sulfurosos. La proporción de mezclas
que se operan así en el laboratorio de las fuentes difiere cada una de
ellas, y el químico que quiere conocer esta proporción de un modo
preciso, se ve obligado á hacer un largo análisis especial, que tiene
que repetir varias veces. Luego, cuando ha pesado las diversas
substancias, utilizando los medios prodigiosos que actualmente le
suministra la ciencia, tiene que estudiar los rayos coloreados que el
agua del manantial despide en un espectro luminoso. Estas rayas que
permiten al astrónomo descubrir los metales en los astros, brillan como
un punto en el fondo del espacio infinito y advierten al químico la
existencia de cuerpos que se hallan en cantidades infinitesimales en la
pequeña gota de agua del manantial. El día que dos alemanes señalaron, ó
mejor dicho, arrancaron á la fuente por la fuerza de la ciencia,
metales que no eran todavía conocidos, es uno de los grandes días de la
historia. Comparados con esta fecha, ¡cuán insignificantes son en los
anales de la humanidad las victorias ó la muerte de los más célebres
conquistadores!
Las fuentes, diferentes entre sí por las substancias que arrancan en sus
viajes subterráneos, arrastrándolas al arroyo, son también diferentes
por sus temperaturas diversas. En algunas, el calor de sus aguas es la
temperatura media del país; otras están por debajo de este término
medio, porque descienden de las nieves ó porque una fuerte evaporación
se verifica en sus canales interiores bajo la influencia de las
corrientes de aire; otras también, presentan al exterior tibias ó
calientes sus aguas; se encuentran á diversas temperaturas desde la del
hielo hasta la del vapor á gran presión. Por su temperatura, la fuente
nos resume su historia subterránea: con sólo mojar un dedo en sus aguas,
podemos saber cómo ha sido su viaje á través de los ocultos abismos.
Desde la orilla de un manantial frío, miramos los montes nevados y
podemos decir: «¡Esta agua baja de allá arriba!» Pero si sale tibia, es,
sin duda alguna, porque ha descendido, saltando de hueco en hueco hasta
bajar á grandes profundidades, habiéndose calentado en esos conductos
tenebrosos antes de salir á la superficie. Y, en fin, cuando la
temperatura de una fuente se aproxima á la del vapor á grandes
presiones, sabemos por ello que sus aguas han llegado á dos ó tres
kilómetros bajo la superficie del suelo, porque sólo á tal profundidad
la temperatura de las rocas es la misma que la del agua en ebullición.
Sentados sobre el césped, al borde del manantial, con toda comodidad
podemos seguir con el pensamiento el itinerario recorrido por el pequeño
canal del agua en las entrañas del monte antes de salir á la luz,
ayudados de los datos científicos que la dolorosa experiencia del minero
ha adquirido habitando las profundas galerías.
Las aguas tibias ó termales, mucho más que las frías, contribuyen á
disolver las piedras en el interior de los montes, para depositarla bajo
otra forma á su salida. En muchos parajes, el agua caliente que corre á
unirse con el arroyo, se extiende primero en un gran lago que ella misma
ha formado molécula tras molécula; al lado se encuentran otras lagunas
secas, y á uno y otro lado las fisuras abiertas en la piedra están
bordadas por hermosas concreciones parecidas á los adornos de mármol que
vemos ornamentando las fachadas de nuestros edificios. ¡Pero cuán
insignificantes son esos depósitos silíceos ó calcáreos comparados con
las enormes construcciones erigidas en diversos países del mundo por
esos ríos termales, como por ejemplo los de Holly-Springs, en los
Estados Unidos! Los viajeros nos cuentan que esas aguas calientes
edifican verdaderos palacios, ciudadelas y murallas de algunos
kilómetros de longitud. Blancos como el alabastro, los pilares y
basamentos crecen incesantemente por el depósito de las cascadas
susurrantes que poco á poco ocupan la llanura. El agua, construyendo sin
cesar, se cierra el paso, y, buscando continuamente un nuevo cauce, deja
detrás grandes balsas, puentes no terminados y bosquejos de admirables
columnatas. Montes enteros que el geólogo explora con admiración, han
sido formados por los torrentes de agua caliente al salir de las
profundidades.
Pero esas maravillas lejanas y nada numerosas, pocos de nosotros las han
podido contemplar y ver al mismo tiempo esos ríos de agua caliente cómo
trabajan en la construcción de sus marmóreos edificios. Mucho más
modesta, la fuente de la pequeña laguna no cambia los accidentes del
terreno ni el aspecto del país en algunos años; pero empleando siglos y
siglos en su trabajo, llega por fin á renovar todo el espacio que baña;
cambian poco á poco la piedra y se trazan un cauce diferente al que les
había preparado la naturaleza. El geólogo y el minero que penetran por
la fuerza con su pico y martillo en las entrañas de la roca, descubren
venas de jaspe y otras piedras transparentes ó coloreadas; es el hilillo
de agua termal, arrastrando arcilla en disolución, que lo ha depositado
en la fisura por donde corría, y que luego ha cambiado de curso. Todos
esos filones sinuosos que atraviesan las rocas como arterias de cristal,
deben su origen á modestas corrientes de agua. Es cierto que en la
mayor parte de los casos, el agua sale de las profundidades del suelo,
no en forma de líquido, sino en forma de vapor y á elevada temperatura,
porque de otro modo no podría disolver los materiales que tapizan las
paredes de sus antiguos lechos. Así los minerales de oro y plata han
sido arrancados de las entradas de la roca por los vapores de un Pactolo
subterráneo.
Fuertes por el enorme poder que les da el tiempo, los manantiales que
disuelven las piedras y oxidan los metales, consiguen también alguna vez
hacer temblar los montes. En una hermosa tarde de otoño, un temblor de
tierra se dejó sentir en la pequeña cuenca del arroyo; las casas se
balancearon con gran terror de sus habitantes, y algunas paredes ya
agrietadas se derrumbaron con estrépito. El temblor de tierra no tuvo
otras funestas consecuencias, pero fué el tema que durante algún tiempo
preocupó á los sabios é ignorantes de los pueblos y aldeas. Unos
hablaban de un mar de fuego que llenaría la tierra, y que una tempestad
había agitado sus olas; otros pretendían que un volcán intentaba surgir
en las inmediaciones, y que dentro de poco tiempo, el cráter se abriría;
había quien no sabiendo nada de fuego central, ni habiendo jamás visto
cráteres ni corrientes de lava, pensaba en un grupo de fuentes salinas y
yesosas que nacían en un vallecillo al pie de una ladera pedregosa; al
notar que después del temblor sus aguas se habían enturbiado y
arrastraban lodo, y que algunas de ellas habían cambiado de orificio de
salida, se preguntaban si no serían ellas la verdadera y única causa.
Tal vez, los aldeanos tenían razón. Es verdad que ni en un segundo,
estas fuentes arrastraban una pequeña cantidad de sulfato de cal y otras
substancias sólidas; pero en el transcurso de años y siglos, los hilos
de agua subterráneos han ido destruyendo la base de los montes.
Debilitados los colosales cimientos del gigantesco edificio, ceden al
peso, las bóvedas se hunden, el monte se estremece, y la tierra se agita
algunos cientos de kilómetros alrededor, como si una terrible explosión
hubiera dislocado sus capas. El gigante Encelado que ha hecho temblar
así los montes, las colinas y los llanos, es el tranquilo manantial que
puede ocultar una mata de hierba.
Afortunadamente, las fuentes saben hacer que las perdonemos los momentos
de terror que nos causan á veces haciendo trepidar el suelo. Ellas nos
dan agua para beber nosotros y abrevar nuestros ganados, fertilizan
nuestros campos y hacen germinar las simientes, alimentan nuestros
árboles y nos traen del fondo de la tierra tesoros que sin ellas jamás
hubiéramos conocido; fortifican, en fin, nuestro cuerpo, nos devuelven
la salud perdida y restablecen el equilibrio en nuestro trastornado
espíritu. Tales son al salir de la tierra bienhechora las virtudes
curativas de las fuentes termales y minerales, que en todos los países
civilizados se han construído edificios en los nacimientos de los
manantiales, para aprisionar el agua y medir cuidadosamente el empleo
en los baños y piscinas.
Con objeto de recoger hasta la última gota del precioso líquido, los
ingenieros cavan á lo lejos las rocas para sorprender en su curso el
pequeño hilo de agua que corre por las hendiduras interiores y el escape
de vapor que sube desde las ocultas profundidades. Ávidos de salud, los
enfermos utilizan todo lo que el manantial lleva consigo y todo lo que
bañan sus aguas; respiran el gas que desprenden, se envuelven en el lodo
negro que forman la arcilla y la arena y llegan á cubrirse como tritones
con el verde limo que se extiendo cual tapiz sobre las aguas. Sin
embargo, no llevan la religión hasta acariciar contra sus cuerpos los
animales que nacen y se desarrollan al dulce calor del agua termal.
Existen bonitas culebras, muy numerosas en algunas fuentes. Cuando el
bañista ve al reptil ondulando á su lado sus graciosos anillos, no cree
en la maravillosa aparición de la serpiente de Esculapio, sino que,
lleno de terror, salta sobresaltado prorrumpiendo en grandes gritos.
En otro tiempo, los hechiceros y los adivinos eran los encargados de
enseñar á los enfermos los manantiales donde encontrarían la salud ó el
alivio de sus males; hoy los médicos y los químicos reemplazan á los
magos de la Edad Media, indicándonos con mayor autoridad el agua
bienhechora que nos ha de devolver las fuerzas y ha de darnos una
segunda juventud. Cuando la ciencia se complete con nuevos
conocimientos, el hombre, sabiendo perfectamente cuál debe ser su género
de vida, sabrá también qué aguas, qué atmósfera son útiles para curar
sus males y entonces gozará plenamente de la vida hasta el término
natural, con la sola condición de que nuestro estado social no sea el de
odiarnos y exterminarnos. En Arabia, los fanáticos soberanos de
Wahabites hacían tapar cuidadosamente todas las fuentes termales y
minerales, por temor á que sus súbditos, convencidos de la virtud de las
aguas de sus manantiales, se olvidaran de poner toda su confianza en el
solo poder de Alah. En el porvenir, al contrario, sabremos utilizar
todas las gotas que surjan del suelo, todas las moléculas que salgan á
la superficie y sabremos designar su función para el provecho de la
humanidad.