#Las sinuosidades y los remolinos#
Puesto que desde la cumbre del monte hasta la llanura baja, el suelo
removido por las aguas durante el curso de las edades se inclina en
pendiente regular hacia el océano, el arroyo, empujado por su peso,
debía, al parecer, descender en línea recta; pero, por el contrario, su
curso es una sucesión de curvas. La línea recta es una pura abstracción
del espíritu, otra quimera como el punto matemático, que no existe más
que para los geómetras. En la inmensidad del espacio, el sol y los
cometas ruedan en curvas inmensas; en nuestro globo planetario,
arrastrado como los demás en una espiral de elipses infinitas, los
huracanes, las trombas, los aires, el más insignificante céfiro, se
propagan en líneas curvas; las aguas del mar se pliegan y desarrollan,
en curvadas olas; todas las formas orgánicas, animales y plantas, no
ofrecen en sus células y cavidades más que superficies curvas y
sinuosidades; hasta los duros cristales, mirados con el microscopio, no
tienen esos planos regulares, esas aristas inflexibles que aparecen á
simple vista. Los dientes, las agujas, las estrías de los minerales y de
los organismos infinitamente pequeños, revelan, bajo la mirada del
instrumento que los analiza, las suaves ondulaciones de sus contornos.
Donde se produzca un movimiento, tanto en la piedra como en otro cuerpo
ó en la juntura de los mundos, este movimiento, resultante de diversas
fuerzas, se realiza siguiendo una dirección curvilínea.
Para ver las sinuosidades de los arroyos, no es preciso que nos armemos
de un microscopio. El cauce tortuoso y bajo los árboles que le dan
sombra, se desarrolla en círculos, en remolinos, en espirales; las
hierbas del fondo, cabelleras ondulosas, los rizos de la superficie, las
libélulas que revolotean entre los juncos y que se juntan y se separan
para volverse á reunir; los mosquitos que giran en círculos sin fin, el
viento que pasa matizando de obscuro la brillante capa sobre la que
dibuja sus circulares soplos, en todo, en fin, no veo más que curvas
graciosamente cruzadas, círculos enlazados y figuras de contornos
flotantes. Tal cual lo indican las inmersiones y emersiones sucesivas de
la hoja arrastrada, el agua que baja al fondo remonta en nueva curva
hacia la superficie, aparece á la luz y desaparece otra vez bajo las
curvas líquidas, que, al mismo tiempo, han descendido hasta el fondo
del cauce. Por la Impulsión de la corriente, las moléculas de agua
cambian constantemente su posición respectiva; dirígense unas hacia la
derecha y otras se desvían hacía la izquierda. En el cauce común cada
gota tiene su curso particular, graciosa serie de curvas verticales,
horizontales, oblicuas, comprimidas en las grandes sinuosidades del
arroyo: así es también como el circuito de un planeta se desenvuelve en
la órbita inmensa del sistema solar que lo arrastra.
Estudiado en conjunto, el arroyo se desvía á un lado y á otro como las
gotas que lo componen. Su masa, contenida por una piedra ó un tronco de
árbol que obstruye su lecho, se desvía un poco y va á chocar contra una
orilla. Rechazado por el obstáculo, se dirige hacia la orilla opuesta,
la hiere y, nuevamente rechazado, se lanza en sentido inverso. Así la
corriente se dirige sin cesar de un lado á otro trazando curvas
sucesivas: desde el manantial á la desembocadura, el agua no hace más
que rebotar contra los dos ribazos. Las ondulaciones cóncavas y convexas
alternan en toda la longitud de sus bordes: para la mirada es esto un
ritmo, una música.
Tampoco la regularidad de las curvas es matemática; las sinuosidades
varían de forma hasta el infinito, según la naturaleza del terreno, el
declive del suelo, la violencia de la corriente y los guijarros que
rueden por su cauce. Entre las paredes de las rocas, los ángulos se
redondean ligeramente en las vueltas repentinas; el agua, impotente para
minar los asientos de las piedras, retrocede bruscamente; en los montes,
sobre todo, donde la pendiente del cauce es muy considerable, el
torrente encajonado por los desfiladeros, serpentea á uno y otro lado
con ímpetus sucesivos, como animal perseguido que procura salirse de la
puntería del cazador. En el llano, sus riberas, consolidadas por las
raíces de grandes árboles, resisten también durante mucho tiempo á la
acción de la corriente, y en muchos puntos el cauce del arroyo no ofrece
más que ligeras sinuosidades en un gran trecho: asiéndose fuertemente de
una rama é inclinándose por encima de las aguas, se ve á lo lejos la
perspectiva de ramas y troncos reflejados sobre el movible cristal,
rayado por la luz de trecho en trecho. No obstante, también aquí, donde
el curso parece casi recto, concluye por determinar una sinuosidad á la
que suceden otros rodeos hasta que el arroyo se mezcla con las aguas del
río para confundirse con las del mar.
Las corrientes que más encantadoramente presentan esta rítmica sucesión
de rincones y pequeñas penínsulas, son los torrentes cuyo cauce se
extiende por un amplio lecho de arenas y guijarros, y los riachuelos ó
barrancos que corren por prados, entre orillas arenosas que se hunden
fácilmente por la acción de la corriente. Tales son las orillas de
nuestro arroyo en casi todo su curso que empieza en la base de los
montes. Al igual que muchas otras aguas corrientes cantadas por los
poetas, esta despierta en la imaginación la idea de una gigantesca
serpiente que se resbala bajo la hierba reflejando sus círculos. Visto
desde la cumbre de una colina, sus curvas brillan á la luz como los
pliegues y repliegues de una culebra con reflejos de plata; sólo que,
mayor que los dragones de la antigua mitología, estas enormes serpientes
tienen por lecho un valle que se extiende hasta perderse de vista, desde
los montes hasta la tierra baja ó hasta las arenosas playas del océano.
En casi todas las comarcas del mundo, los campesinos han tenido la
natural idea de asimilar el nacimiento del arroyo á la cabeza de un
animal inmenso: para ellos la fuente es el «Jefe del Agua», _Ras el
Ain_.
Lo mismo que nuestro arroyo y todos los riachuelos y ríos del mundo,
igual que el tortuoso Meandro de Asia, que ha dado su nombre á las
sinuosidades de su curso, los arroyuelos de algunos metros de largo que
se determinan en las playas del océano, después de los reflejos de la
marea, tienen también graciosas formas serpentinas. Cada uno de estos
pequeños surcos, con sus afluentes casi imperceptibles que á él
convergen, se dibuja sobre el suelo como la imagen de un arbusto cuyas
ramas sacude el aire. El mar, poderoso, con una sola de sus olas cubre
de arena todos esos pequeños sistemas de ríos en miniatura; pero los
hilillos de agua que descienden luego se practican un nuevo cauce, y
sus lechos, de sólo algunos milímetros de ancho, se determinan otra vez
en una serie de ondulaciones regulares. Si se practica un agujero en la
arena por encima de un cuerpo sólido arrastrado tras la corriente, ó en
el punto ocupado por una concha marina, el pequeño torrente de unas
cuantas gotas, atraído hacia este hoyo, desaparece dando vueltas en
movimiento análogo al de un tornillo. Cuando el microscopio nos revela
los misterios de la simple gota de agua apenas perceptible á primera
vista ¿qué vemos en ella, sino corrientes sinuosas y remolinos
circulares, como en el río y el gran océano? El viaje del agua que baja
desde el monte al mar se verifica por un circuito de curvas que se
suceden constantemente. ¿Es tal vez por esto por lo que la leyenda
germánica nos representa las ondinas de los arroyos volando durante las
noches en vastos círculos, tocando con el pie el agua de las fuentes?
Por encima de los remolinos y torbellinos es donde las danzas de las
ninfas, vistas por la imaginación de los poetas, deben ser interminables
porque el agua da vueltos sin fin en un círculo sin salida. Al pie de
una cascada, un promontorio de rocas, sitiado por el espumoso torrente,
protege con su masa un hoyo tranquilo donde ruedan las aguas que la
corriente lanza lateralmente. Nada más alegre á primera vista, ni más
entristecedor que el espectáculo ofrecido por el movimiento de un
objeto que se ha perdido en el remolino al precipitarse con la cascada.
Una bellota de encina, todavía dentro de su cúpula, acaba de ser
arrastrada por la caída y reaparece en medio de la espuma. Durante
algunos instantes parece desaparecer con la corriente, pero un
movimiento oblicuo del agua la rechaza y separa; entra nuevamente en el
remolino y, flotando, rozando la base del promontorio, vuelve poco á
poco hacia la cascada. Se encuentra de nuevo en la lucha de las aguas
que chocan, pero avanza lentamente, sin embargo, para llegar bien pronto
bajo la masa del arroyo que se despeña; entonces, como animada de un
súbito arranque de la voluntad, se sumerge en el pequeño abismo, dando
una serie de piruetas. Más abajo reaparece en las tranquilas aguas, pero
para continuar su camino y sumergirse de nuevo por la fuerza de nuevas
duchas. A veces se aleja tanto, que se la llega á creer definitivamente
libre de la atracción del remolino y parece decidida á marcharse
juntamente con un copo de espuma; pero no; se detiene todavía y luego,
como si fuera un barco obediente al timón, vuelve su cabeza hacia la
cascada y empieza nuevamente su movimiento giratorio. Tal vez estas
vueltas sin fin, durarán hasta que, separada la bellota de su cúpula, ya
completamente impregnada de agua, descienda al fondo del pozo para
disgregarse y convertirse en lodo. Con frecuencia suelen hallarse sobre
las orillas del arroyo extrañas bolas erizadas de pinchos como castañas
en el árbol todavía; son agrupaciones de espinas que se han aglomerado
rodando por el remolino.
Durante las grandes crecidas del arroyo, cuando sus aguas arrastran
hacia el mar, no solamente bellotas de encina y ramitas de espino, sino
árboles enteros, en el torbellino del pozo es donde termina, al menos
por algún tiempo, la odisea de los troncos viajeros.
Una mañana, algunos amigos y yo fuimos á visitar la cascada para ver
brillar á los primeros rayos del sol la espuma matizada de rosa. Un gran
pino, desbranchado por sus choques contra las piedras, rodaba
pesadamente por el charco. Jóvenes y muy ignorantes aún de las cosas de
la naturaleza, mirábamos con extrañesa los sobresaltos é inmersiones del
destrozado árbol. Traqueteado el tronco incesantemente por el movimiento
de las aguas, iba desde la cascada á la roca y volvía luego de esta á la
cascada; giraba aquí un momento, se perdía un instante en las olas de
agua y espuma, y luego reaparecía por otro lado, levantándose fuera del
abismo como el palo de un navío naufragado. Volviendo á caer con
estrépito, flotaba lentamente hasta la extremidad del charco y chocaba
contra una orilla, haciéndolo retroceder á la catarata. Símbolo de los
desgraciados á quienes persigue el destino inexorable, daba vueltas y
más vueltas con la incesante desesperación de una fiera salvaje
encerrada en una jaula de hierro. Entretanto, nosotros esperábamos
cándidamente que saliera del círculo fatal para verlo flotar sobre la
corriente. Secretamente irritados contra él por su tardanza en continuar
su viaje, nos habíamos prometido no marcharnos de allí hasta su salida
para saborear con tal triunfo nuestra comida. Pero, ¡ay de nosotros! el
monstruo no puso término á sus vueltas é inmersiones, y, atormentados
por el hambre, nos hubimos de resignar á marcharnos avergonzados, no sin
lanzar una mirada furiosa al tronco de pino que, impasible, continuaba
dando vueltas aún. Antes de decidirse á partir, esperaba que la
corriente cambiara de nivel.
No solamente corre el agua por numerosas sinuosidades, torbellinos,
curvas y remolinos, sino que además toda impulsión que viene de fuera se
propaga en la superficie del arroyo, determinando redondeadas formas.
Una hoja que se desprenda del árbol, un grano de arena que caiga de la
orilla, hace rizarse el agua formando ligeros pliegues. Alrededor de la
depresión se levanta un reborde circular rodeado por un pequeño foso. Un
segundo círculo concéntrico, luego un tercero, y otro y otros se forman
alrededor del primero; la superficie entera del arroyo se cubre de
redondeces tanto más anchas y desiguales cuanto más se alejan del
centro. Golpeando en la orilla, cada onda de agua se propaga en sentido
inverso cruzando las olitas que la siguen; otras series de pliegues
producidos por la caída de un nuevo grano de arena ó por un
estremecimiento de la onda, se confunden con las primeras y una
multitud de líneas, propagándose en todas direcciones, suben y bajan
como las mallas de una red cuya trama sólo la mirada hábil puede
distinguir. Comparadas con el ancho del arroyo, sus débiles ondulaciones
son mil veces mayores que las más formidables é impetuosas olas del mar.
Reflejados en el ondulado cristal de la superficie líquida, los árboles
de la orilla, las ramas cruzadas y las nubes del cielo, se retuercen y
desplazan en rítmicas curvas; el espacio infinito parece danzar sobre el
centelleante espejo.
Si la líquida masa del arroyo no se arrastrara hacia el mar y estuviera
inmóvil como la de un lago ó estanque, cada ola concéntrica se
extendería en círculo con perfecta regularidad; pero la corriente es
rápida, las moléculas de agua cambian de punto constantemente y, por
consecuencia, el círculo regular, como la línea recta, son una pura
abstracción. De esta deformación de círculos resulta una variedad más en
el entrecruzamiento de los líquidos rizos. Las desigualdades de la
corriente que arrastra el sistema entero de ondulaciones, modifica sus
curvas, aproximándolas ó alejándolas unas de otras; un obstáculo
comprime y frunce las olas, un impulso rápido las separa y prolonga
alisando la superficie: por la duración de cada intervalo entre los
rizos de agua se puede calcular exactamente la velocidad de las pequeñas
corrientes parciales que componen el torrente total. En los sitios en
que es mayor la profundidad, cada piedra sirve de dique para contener
la corriente, cada estrecho entre dos guijarros es una esclusa por la
que el agua se precipita y el caudal del arroyo queda dividido en
infinidad de pequeños triángulos esféricos, multitud infinita de
ondulaciones que es á la vez red luminosa que hace vibrar y centellear
las bruñidas piedras del fondo.
Además, no son solamente cuerpos inertes los que ondulan la superficie
del arroyo, hay también seres vivos que, cambiando de punto, transforman
al mismo tiempo el centro de las ondulaciones. Un pez que pasa como un
dardo da al conjunto de las vibraciones la forma de un óvalo muy
prolongado; el insecto flotante que se mueve por impulsos sucesivos,
deja tras sí dos estelas oblicuas en las que se encierran círculos
desiguales; otro bicho, una abeja tal vez caída de un árbol, se deshace
dando vueltas agitando sus alas con tal rapidez que el agua se riza con
una miríada de líneas vibrantes, entrecruzando sus innumerables
círculos: el insecto que se agita con tanta viveza, es lentamente
arrastrado por el curso del arroyo y á veces lo vemos desaparecer
repentinamente; es que un pez, con rapidez incomparable, acaba de
tragarse al insecto, cesando todo su cortejo de líneas circulares.
Y yo también, tranquilo contemplador del arroyo y sus maravillas, puedo
variar hasta el infinito el aspecto de la superficie líquida con sólo
sumergir mi mano en la corriente. Dirigiéndola al azar, lenta ó
rápidamente, cada uno de mis movimientos modifica las ondulaciones de
la superficie movible. Las ondas, los remolinos y los torbellinos
cambian de punto; todo el régimen del curso líquido varía por mi
voluntad según la posición de mi brazo, y las ondas que se forman ante
mí las veo agruparse hacia la corriente, mezclarse á otras ondulaciones
y, cada vez más débiles, pero siempre visibles, se extienden hasta la
inmediata curva del arroyo. La presencia de esa superficie rizada,
obedeciendo al impulso de mi mano, despierta en mí una especie de
tranquila alegría mezclada con no sé qué de melancolía. Las pequeñas
ondulaciones que yo provoco en la superficie del agua se propagan á lo
lejos de ola en ola á grandes distancias. De igual modo, toda idea
vigorosa, toda palabra enérgica y firme, todo esfuerzo en el gran
combate de la justicia y la libertad, repercuten al salir de nosotros de
hombre en hombre, de pueblo en pueblo, y desde los más remotos tiempos á
las edades futuras. Pero si nos colocamos en otro punto de vista, y
observamos la interminable sucesión de las cosas, entonces, la historia
entera de la humanidad no es otra cosa, según la expresión de Heimholz,
que una ola casi imperceptible en el mar sin límites del tiempo.