#El barranco#
Descendiendo por el curso del arroyo, en el que vienen á unirse el
ruidoso torrente de la montaña, el arroyuelo nacido en la caverna y el
agua apacible del manantial, vemos á derecha é izquierda sucederse los
valles, diferentes unos de otros por la naturaleza de sus terrenos, su
pendiente, el aspecto que presentan y la vegetación, distinguiéndose
además por el caudal de aguas que aportan al cauce general del valle.
Casi enfrente de un torrente pequeño y murmurador, que salta alegremente
de piedra en piedra para sumarse á la bastante considerable cantidad de
agua del arroyo, se abre un barranco de rápida pendiente y seco con
frecuencia. Es probable que este barranco, formado por la depresión en
un suelo poroso, esté sobre el cauce subterráneo de un arroyo
permanente; este barranco sólo se ve bañado por la corriente de agua
después de chubascos tempestuosos ó de grandes lluvias. Como todos los
pequeños valles laterales, el barranco es tributario del cauce central,
pero tributario intermitente. Sin embargo, es curiosísimo el visitarlo,
porque paseándose sobre su seco cauce, se puede estudiar detenidamente
la acción del curso de las aguas.
Un pequeño sendero que los surcos del labrador destruye cada otoño, y
que el tránsito de los caminantes marca de nuevo muy pronto, serpentea
sobre la ribera del barranco. Es verdad que las ramas de espino,
plantadas por el campesino avariento, prohiben el paso; pero el humilde
obstáculo, simulacro del temible dios Término, no tiene nada de
terrorífico para los agricultores vecinos, y el camino, practicado tal
vez por los hombres desde la edad de piedra, no cesa de reformarse de
año en año. Sería, pues, fácil remontar el barranco en su largo curso
sin tener necesidad de servirse de las manos para salvar los
accidentados obstáculos de su cauce, pero quien ama la naturaleza y la
quiere gozar de cerca, abandona el pequeño sendero y se lanza con
entusiasmo por el estrecho espacio abierto entre sus bordes. Desde los
primeros pasos se halla como separado del mundo. Por detrás, una curva
de la desembocadura le oculta el arroyo y los verdes prados que riega;
por delante, el horizonte se limita bruscamente por una serie de gradas
que el agua salta en pequeñas cascadas después de la lluvia; por encima,
las branchas de árboles que bordean las riberas se curvan y entrelazan
formando bóveda, y los ruidos de fuera no penetran en este salvaje cauce
casi subterráneo.
Es una gran alegría hallarse así en la naturaleza virgen, sólo á algunos
pasos de los campos arados en surcos paralelos y sentirse obligado á
trazarse un camino por entre las piedras y la maleza, no lejos del
honesto burgués que se pasea plácidamente contemplando sus cosechas. A
cada vuelta del tortuoso barranco, la inclinación y la forma del lecho
cambian bruscamente: los saltos y los hoyos se suceden contrastando de
un modo extraño.
Encima de un grupo de arbustos enlazados por zarzas que el agua invade
sólo en las mayores crecidas, se extiende un pequeño prado de algunos
metros de ancho y frecuentemente bañado por las inundaciones de un
momento. Alrededor del prado y el grupo de arbustos, se desarrolla en
semicírculo una playa arenosa, en donde los materiales finos ó gruesos,
se han depositado con orden, según la fuerza de la corriente que los
arrastró. El modesto lecho fluvial, de donde el agua ha desaparecido, es
aún tal cual lo trazó el torrente efímero, y revela tanto mejor las
leyes de su formación, por cuanto ni un pequeño charco de agua se halla
en su curso. Una especie de foso con su borde lleno de cieno seco y
hojas en descomposición, nos enseña que en este paraje el curso de las
aguas es tranquilo y casi sin corriente; más lejos, el lecho aparece
apenas trazado porque las aguas se resbalan con rapidez por la gran
pendiente; en otra parte, las aristas paralelas de los asientos rocosos
atraviesan oblicuamente el fondo desde una á otra orilla, formando
obstáculos sobre los cuales la corriente se descompone formando pequeñas
ondas. Una gran piedra ha hecho determinar una curva á la corriente,
lanzando á ésta contra otra orilla, formando una brusca sinuosidad, y
así gradualmente se ha cavado un cauce según su capacidad: más arriba,
ramas encadenadas; hierbas y piedras, han servido de punto de apoyo para
formar uno ó varios islotes rodeados de cauces tortuosos llenos de arena
hermosamente blanca. A unos cuantos pasos de allí, el aspecto del
barranco cambia todavía. Aquí el fondo no es más que un pequeño reguero
practicado por el agua en arcilla dura, casi rocosa; no sin pena,
consigo pasar por el desfiladero asiéndome de algunas ramas que se mecen
sobre mi cabeza. El hilo de agua ó la columna líquida, según la fuerza
del arroyo periódico, murmura dulcemente ó ruge con estrépito por el
estrecho corredor resbalándose rápidamente por una sucesión de grados;
luego, al pie de la caída, ha formado una especie de cubo, ancha balsa
donde las piedras arrastradas ruedan empujadas por la presión de las
aguas. Después de haber pasado el desfiladero, encuentro aún algo que
fueron islas en otro tiempo, curvas, rápidas corrientes, cascadas: hasta
encuentro fuentes extinguidas que reconozco por la humedad de la arena y
las fisuras rocosas. El borde desde donde se lanza una cascada lo forman
dos raíces enlazadas, sujetas sólo por un lado, encrustadas en la
arcilla.
En este barranco, en el cual penetramos con alegría para contemplar en
un pequeño espacio el cuadro de la naturaleza libre y para huir del
aburrimiento de los campos cultivados con bárbara monotonía, una
multitud de animalejos de varias especies, refractarios como nosotros al
exterior, penetran también buscando un refugio contra el hombre,
inflexible perseguidor; desgraciadamente, el tenaz cazador los persigue
hasta este retiro, á pesar de las zarzas y las raíces. Las tierras
recientemente removidas, los negros agujeros practicados en las paredes
de la orilla, nos revelan el sitio donde se ocultan los conejos y los
zorros; al notar nuestra presencia, las serpientes enroscadas
desenrrollan rápidamente sus círculos y desaparecen en la espesura; las
lagartijas, más rápidas, corren haciendo crugir las hojas caídas; los
insectos saltan sobre la arena ó se balancean por las hierbas. En las
ramas de los arbustos se ven nidos de pájaros: todo un mundo de
fugitivos puebla este asilo, en donde se encuentra abrigo y comida.
Y es que, en efecto, dentro de este pequeño barranco, de algunos metros
de ancho, la vegetación es muy variada; una multitud de plantas de
origen y altitud diversos se encuentra aquí reunida, mientras que en los
campos vecinos la uniformidad del terreno cultivado deja germinar
apenas, además de la simiente arrojada por el campesino, hasta cuatro ó
cinco «malas hierbas», trivial adorno de los campos arados. En esta
estrecha hendidura, invisible de lejos, á no ser por la verdura de sus
orillas, todas las cualidades del suelo, todos los contrastes de sequía
y humedad, todas las diferencias de la sombra y el sol se encuentran en
yuxtaposición y, como consecuencia, numerosas plantas, desterradas de
vulgares terrenos de cultivo, hallan en este rincón, respetado por el
hombre, el ambiente propio para su desarrollo. La arena tamizada por las
aguas tiene sus plantas especiales, lo mismo que los amontonamientos de
piedras arrastradas, la arcilla color de ocre y los intersticios de la
dura roca. Las tierras vegetales, mezcladas en diversas proporciones,
tienen también su flora y su fauna; las rápidas pendientes expuestas al
sol del mediodía, se encuentran pobladas de hierbas y arbustos que
fabrican su savia en terreno seco; el fondo húmedo donde jamás llega un
rayo de sol, da también vida á otra vegetación y el cieno que el agua
cubre aún, aparece cubierto por un mundo vegetal que le es peculiar.
¡Y, sin embargo, nada aparece desordenado en esta diversidad! Al
contrario, las plantas, libremente agrupadas, según sus secretas
afinidades y la naturaleza del terreno que les da vida, constituyen en
conjunto un espectáculo que llena el alma de una impresión singular de
paz y armonía. Nada hay aquí de artificial ni de impuesto como en un
regimiento de soldados con sus movimientos mecánicos y sus uniformes,
sino lo pintoresco, el encanto poético, la libertad de actitud y de vida
como en una multitud de hombres de todos los países, aproximándose por
afinidad cada cual á los suyos. Es cierto que en este barranco, al igual
que en toda la tierra, la batalla de la vida por el goce del aire, del
agua, del espacio y de la luz, no cesa un instante entre las especies y
las familias vegetales; pero esta lucha no ha sido regularizada todavía
por la intervención del hombre, y parece que en medio de estas plantas
tan diversas y tan graciosamente asociadas, nos encontramos en una
república federativa en la que cada vida está garantizada por la alianza
de todas. Hasta las colonias de plantas extrañas á la naturaleza libre,
son respetadas, al menos por algún tiempo: sobre una cornisa de tierra
rebajada que ha quedado suspendida al flanco de la ribera, veo
balancearse las cañas flexibles de una mata de avena, humilde colonia de
esclavos fugitivos aventurados en un mundo de libres héroes bárbaros.
Lo mismo que el arroyo del valle y los grandes ríos del llano, el
pequeño barranco tiene sus orillas sombreadas por árboles. El álamo
blanco se levanta al lado del haya y el abedul; las hojas finamente
cortadas del fresno, aparecen por entre dos altos olmos con su ramaje
como arreglado por la mano del hombre; el tronco blanco del abedul
resalta al lado de la rugosa y sombría corteza de la encina. En lo más
alto de la ladera, donde el barranco no es más que un repliegue del
terreno, los pinos, en actitud grave y de hojas casi negras, se ven
reunidos como en un concilio. Alrededor de ellos, la tierra sin
vegetación ha desaparecido bajo una espesa capa de agujas color de
hierro oxidado mientras que no lejos de allí, un alegre alerce color
verde claro, levanta su cima, hermosamente adornada por clemátides,
sobre un grupo de arbustos y plantas. A causa de la extrema variedad de
las condiciones del suelo, el estrecho barranco es bastante más rico en
especies diversas que los grandes bosques que cubren vastos territorios.
En algunos parajes, los troncos están tan juntos que de una á otra
ribera no se ve penetrar ni un rayo de sol; del fondo de las
hondanadas, los árboles suben como columnas amontonadas para un
edificio; luego, al nivel de los bordes, las ramas se extienden
ampliamente, cubren la madera con su verdura y se prolongan sobre las
tierras cultivadas buscando ávidamente su alimento de aire y de luz.
Bajo sus sombrías bóvedas, en las profundidades del barranco, la
temperatura es siempre fresca, hasta en lo más fuerte del verano; las
ramas enlazadas impiden á la húmeda atmósfera su salida hacia el espacio
y, gracias al acuoso vapor, los helechos, con sus grandes hojas caídas y
los hongos, agrupados fraternalmente en pequeñas asambleas, crecen y
prosperan en las orillas. El aire está tan cargado de humedad, que basta
cerrar los ojos para hacerse la ilusión de que se está á la orilla de un
arroyo, cuyas tranquilas aguas corren silenciosas. Después de todo, el
agua allí está; si ha desaparecido es sólo en apariencia. El musgo que
tapiza el fondo del barranco y recubre las raíces de los árboles, se
presenta hinchado del líquido absorbido durante la última inundación:
dilatados como esponjas, guardan, durante mucho tiempo, la fecunda y
bienhechora humedad; después, á la más insignificante lluvia, se hinchan
de nuevo, empapándose con avidez de las gotas caídas. Así, de musgo á
musgo y de planta á planta, en la multitud infinita de células
orgánicas, se encuentra aún el caudal de aguas corrientes del arroyuelo,
desde, el principio al fin del barranco. Es verdad que no se ve esta
corriente, que no se oye su murmullo, pero se adivina y se goza la dulce
frescura que esparce por la atmósfera.
Sin embargo, hay algo que me encanta y admira. Este arroyuelo es pobre é
intermitente, pero su acción geológica no es menos grande; es tanto más
poderosa relativamente cuanto más insignificante es el agua que por él
corre. Una pequeñita corriente ha cavado el enorme foso, ha abierto esas
profundas hendiduras á través de la arcilla y la dura roca, ha esculpido
las gradas de sus pequeñas cascadas, y por los hundimientos de tierra ha
formado esos amplios círculos en sus orillas. Él es también quien da
vida á la rica vegetación de musgo, hierbas, arbustos y grandes árboles.
¿Es que el Misisipi, ó el Amazonas proporcionalmente á su caudal de
agua, realizan en la superficie de la tierra la milésima parte del
trabajo de éste? Si los caudalosos ríos tuvieran igual fuerza relativa
que el pequeño arroyuelo intermitente, arrasarían las cordilleras,
serían sus cauces abismos de algunos millares de metros de profundidad,
alimentarían bosques con árboles cuyas cimas irían á balancearse en las
más elevadas capas atmosféricas. Precisamente, en estos pequeños retiros
es donde la naturaleza se nos muestra en todo su esplendor. Acostado
sobre un tapiz de musgo, entre dos raíces que me sirven de apoyo,
contemplo con admiración estas altas riberas, sus desfiladeros, sus
circos, sus gradas y la bóveda de follaje, que me cuentan con tanta
elocuencia la grandiosa obra de la pequeña gota de agua.