#La sima#
No lejos de la caverna, gran laboratorio de la naturaleza, donde se ve
la formación de un arroyo gota á gota, se abre un valle tranquilo en el
fondo del cual brota otra fuente. Sale también de la roca, pero esta
roca no se levanta perpendicular como la de la gran caverna; se ha
inclinado á consecuencia de algún desprendimiento. Del césped que la
cubre crecen algunas plantas salvajes; y en su base, alrededor de la
cristalina fuente, se han agrupado grandes árboles, cuyas ramas
entrelazadas se balancean armoniosa y rítmicamente, impulsadas por la
brisa. Todo es apacible y encantador en ese pequeño rincón del universo.
La laguna es transparente, casi sin ondas, y el agua, saliendo por un
arco de algunas pulgadas de altura, se extiende sin temor.
Inclinado sobre el agua que centellea por los rayos del sol, medito
mirando la sombra por donde sale, y envidio la pequeña araña acuática
que corre patinando sobre la superficie líquida y va á refugiarse en un
agujero de la roca. En la entrada distingo todavía algunas sinuosidades
del fondo; piedras blancas, un poco de arena que se mueve lentamente,
empujada por el agua que sale, produciendo ruidos de hervor; un poco
hacia dentro se distinguen aún los rizos de las pequeñitas ondulaciones,
y las diminutas columnas que soportan la bóveda; alumbradas vagamente
por reflejos de luz, parecen temblar en la sombra: diríase que una
redecilla de seda flota sobre ella con ligeras ondulaciones. Más allá
todo está negro; la corriente subterránea no se revela ya, más que á
veces, por el ahogado susurro. ¿Qué sinuosidades son las del agua más
adentro del punto á donde alcanzan los últimos reflejos de luz? Esas
curvas del arroyo son las que yo intenté buscar con la imaginación. En
mis ensueños de hombre curioso, me convierto en un ser pequeñísimo, de
algunas pulgadas de alto, como el gnomo de las leyendas, y saltando de
piedra en piedra, insinuándome por debajo de las protuberancias de la
bóveda, observo todos los confluentes de los arroyuelos en miniatura, y
remonto los imperceptibles hilos de agua, hasta que convertido en átomo,
llego por fin al punto donde la primera gota de agua rezuma en la
piedra.
No obstante, sin convertirnos en genios como hacían nuestros antepasados
en los tiempos fabulosos, podemos, paseando tranquilamente por los
campos cultivados ó las áridas lomas, reconocer en la superficie del
suelo los indicios que revelan el curso del oculto arroyo. Un sendero
tortuoso que empieza al borde mismo de la fuente, sube por el flanco de
la colina, contornando los troncos de los árboles, desaparece luego
cubierto por las altas plantas en un repliegue del terreno, y llega, por
fin, al llano, sembrado de hermoso trigo. Con frecuencia, cuando yo era
un colegial libre, subía corriendo ese sendero para bajarlo después en
pocos saltos; á veces, también me aventuraba alejándome algo por el
llano, hasta perder de vista el bosquecillo de la fuente; pero en un
ángulo del camino me paraba sorprendido y sin aliento para ir más lejos.
A mi lado veía abierto un abismo en forma de embudo, lleno de parras y
zarzas enlazadas. Piedras de bastante peso, arrojadas por los
transeuntes ó arrastradas por las lluvias violentas, se veían flotando
sobre el follaje polvoriento y mortecino; en el fondo se entrelazaban
algunas ramas gruesas, y por entre sus hojas veía la negrura temida de
un abismo. Un sordo murmullo salía de allí constantemente como quejidos
de algún animal encerrado.
Actualmente me alegro de volver á encontrar el «gran agujero» y hasta me
atrevo á descender por él aunque para ello tenga que asustar á los
animales que se refugian en su maleza. Pero en otro tiempo, ¡con qué
horror mirábamos, cuando niños todavía, se cruzaba en nuestro camino
este siniestro pozo en cuyo borde se detenía el arado! Una noche
tranquila, de hermosa luna, tuve que pasar solo cerca del sitio
terrible. Aun tiemblo al recordarlo. El abismo me miraba, me atraía;
mis rodillas se doblaban desobedeciendo mi esfuerzo y los tallos de los
arbustos avanzaban para arrastrarme hacia la negra boca. Pasé, sin
embargo, golpeando con mis pies el suelo cavernoso y ocultando el pavor
que me invadía; pero detrás de mí un gigante inmenso, formado de vapor,
surgió inmediatamente: se inclinó para cogerme y el murmullo del abismo
resonó en mi oído durante largo rato como risa de odio ó de triunfo.
Ahora ya lo sé; ese abismo es una sima que sirve de respiradero al
arroyo, y el sordo ruido que de ella sale es el que produce el agua
chocando con las piedras. En una época no conocida, mucho antes que
fueran redactados por el notario del país los primeros documentos de
propiedad, uno de los asientos de las rocas que forman el valle
subterráneo se hundía en el lecho del arroyo; luego, las tierras, faltas
de base, fueron gradualmente arrastradas hacia el llano; poco á poco el
_gran agujero_ se fué abriendo, y las aguas, corriendo por sus declives,
le dieron la forma de un embudo casi regular. Los campesinos de la
comarca que pasan con frecuencia cerca de él, le llaman el _Bebe-todo_,
porque bebe en efecto, todas las lluvias que podrían fertilizar los
campos. El agua caída en la llanura que la tierra se niega á embeber,
corre hacia el agujero en pequeñas corrientes, coloreadas por la
arcilla, para reaparecer luego en la fuente, cuya cristalina pureza
enturbia durante algunas horas.
La sima que me asustaba en mi infancia, no es la única que se ha
abierto sobre las galerías profundas. Siguiendo la parte más baja,
determinada por una especie de repliegue del suelo en la llanura, se
pasa por cerca de otras cavidades que indican á los transeuntes el curso
interior de las aguas. Estas cavidades son diferentes en forma y
dimensiones. Algunas son enormes pozos donde desaparecerían enormes
ríos; otras son simples depresiones del suelo, especies de nidos bien
tapizados por el césped, donde en los hermosos días de otoño se puede
gozar de las tibias caricias del sol, sin temor al aire que pasa
silbando sobre las hierbas secas del llano. Algunos de esos agujeros se
obstruyen y se llenan gradualmente; pero hay otros que se ensanchan y se
ahondan de año en año visiblemente. Algunas aberturas que nos parecían
refugio de serpientes, en las que no hubiéramos metido la mano por temor
á ser mordidos, eran un principio del abismo; las lluvias y los
derrumbamientos interiores las han ensanchado tanto, que muchas de ellas
son hoy principios con declives de roja arcilla, surcados por la
corriente de las aguas. De estos pozos naturales, los más pintorescos
son los más alejados del nacimiento de la fuente. Donde se encuentran
éstos, el llano, cuyo plano es ya más desigual, termina bruscamente al
pie de una muralla rocosa, al lado de la cual se abre un valle que lleva
sus aguas á un río lejano. Las rocas levantan hasta el cielo sus bellos
frontis dorados por la luz; pero sus bases están ocultas por un
bosquecillo de encinas y castaños; gracias á la verdura y variedad del
follaje, el contraste demasiado duro que formaría la abrupta pared de
las rocas con la superficie horizontal del llano, aparece suave. En el
paraje más espeso del bosque, es donde se encuentra el abismo. Sobre sus
bordes, algunos arbustos inclinan sus tallos hacia la superficie azul,
que se ve por entre las ramas de la encina; sólo un abedul deja caer por
encima de la sima sus ramas delicadas. Al llegar á estos parajes es
preciso tomar algunas precauciones, porque el suelo está demasiado
accidentado y los pozos no tienen ningún brocal como los que construyen
los ingenieros. Avanzamos lentamente arrastrándonos bajo las ramas;
luego, tendidos sobre el vientre, apoyando la cabeza en nuestras manos,
dirigimos nuestra mirada hacia el vacío.
Las paredes del pozo circular, ennegrecidas á trozos por la humedad que
destila la roca, descienden verticalmente; apenas si algún pequeño
saliente se insinúa fuera del plano de los muros de piedra. Matas de
helechos y escolopandras crecen en las anfractuosidades más altas; más
abajo la vegetación desaparece, á menos que una mancha roja que se ve en
la obscuridad del fondo, sobre un saliente de la roca, sea un grupo de
algas infinitamente pequeño. A primera vista, en el fondo no hay más que
tinieblas; pero nuestros ojos, acostumbrándose poco á poco á la
obscuridad, distinguen luego una superficie de agua clara sobre un
lecho de arena.
Además, puede descenderse al pozo, y yo soy uno de los que han tenido
ese placer. La aventura produce una agradable sorpresa, puesto que es un
viaje de exploración; pero en sí misma no tiene nada de seductora, y
ninguno de los que han hecho estos descensos al abismo quedan en
disposición de repetirlo. Una cuerda, prestada por un campesino de las
inmediaciones, se ata fuertemente al tronco de una encina, y dejándola
caer al fondo del abismo, oscila dulcemente por la impulsión de la
pequeña corriente de agua, en la cual se moja la extremidad libre. El
viajero aéreo se coge fuertemente á la cuerda, al mismo tiempo que con
las manos, con las rodillas y los pies, y desciende con lentitud por la
boca tenebrosa. El descenso no es siempre fácil, desgraciadamente; se da
vueltas con la cuerda alrededor de sí mismo, se enreda en las matas de
helecho, que el peso del cuerpo rompen, se choca varias veces contra la
roca llena de asperezas, y con la ropa se enjuga el agua fría que las
paredes rezuman. Por fin se aborda una cornisa, se descansa un poco en
ella para tomar aliento y equilibrio, y luego se lanza nuevamente en el
vacío para descansar más tarde sobre el fondo de tierra firme.
Yo recuerdo sin alegría mi estancia durante algunos instantes en el
fondo del abismo. Mis pies, estaban dentro del agua; el aire era frío y
húmedo; la roca estaba cubierta de una especie de pasta resbaladiza de
arcilla diluída; una sombra siniestra me rodeaba y un resplandor tibio,
vago reflejo de la luz del día, me revelaba solamente algunas formas
indecisas y una gruta llena de arrogantes protuberancias. A pesar mío,
mis ojos se dirigían hacia la zona iluminada que aparecía redonda sobre
la boca de la sima; miraba con amor la guirnalda de verdura que adornaba
el borde del pozo, las grandes ramas con su follaje superpuesto, que los
rayos del sol doraban alegremente, y los pájaros lejanos volando con
libertad por el azul del cielo. Tenía vehementes deseos de volver á la
luz; dí el grito de aviso y mis compañeros me sacaron fuera del pozo,
ayudados por mí, que ascendía apoyando mis pies en las sinuosidades de
las rocas.
Como cándido joven, me creía un gran héroe por haber realizado el
pequeño descenso á los «infiernos», á unos treinta metros de
profundidad, y buscaba en mi cabeza algunas rimas para el poeta que se
aventura á bajar al fondo de un abismo para sorprender la sonrisa de una
ninfa encantada, mientras olvidaba á los verdaderos héroes, que, sin
recitar jamás versos por sus frecuentes entrevistas con las divinidades
subterráneas, se relacionan con ellas durante días y semanas enteros.
Estos son los que conocen bien el misterio de las aguas ocultas. Al lado
de sus cabezas, la pequeña gota, suspendida de las estalactitas de la
bóveda, brilla como un diamante á la luz de sus lámparas, y cae sobre el
pequeño charco estancado, produciendo un ruido seco que repercute el
eco de las galerías. Pequeñas corrientes de agua, formadas por ese
destilamiento de gotas, corren bajo sus pies, y formando regueros y más
regueros se dirigen hacia la balsa de recepción, donde la bomba á vapor,
parecida á un coloso encadenado, sumerge alternativamente sus dos brazos
de hierro, lanzando prolongados gemidos á cada esfuerzo. Al ruido de las
aguas de la mina se mezcla á veces el sordo rumor de las aguas
exteriores que un desgraciado golpe de pico puede hacer inundar
repentinamente la galería. Mineros hay que no tienen temor en llevar sus
trabajos de zapa hasta debajo del mar, desde donde no cesan de oir al
terrible océano arrastrar constantemente los guijarros de granito por
encima de la bóveda que los protege; durante los días de tempestad, sólo
á algunos metros de donde ellos trabajan van á estrellarse los navíos
contra las rocas.