CAPÍTULO V

#La sima#

No lejos de la caverna, gran laboratorio de la naturaleza, donde se ve

la formación de un arroyo gota á gota, se abre un valle tranquilo en el

fondo del cual brota otra fuente. Sale también de la roca, pero esta

roca no se levanta perpendicular como la de la gran caverna; se ha

inclinado á consecuencia de algún desprendimiento. Del césped que la

cubre crecen algunas plantas salvajes; y en su base, alrededor de la

cristalina fuente, se han agrupado grandes árboles, cuyas ramas

entrelazadas se balancean armoniosa y rítmicamente, impulsadas por la

brisa. Todo es apacible y encantador en ese pequeño rincón del universo.

La laguna es transparente, casi sin ondas, y el agua, saliendo por un

arco de algunas pulgadas de altura, se extiende sin temor.

Inclinado sobre el agua que centellea por los rayos del sol, medito

mirando la sombra por donde sale, y envidio la pequeña araña acuática

que corre patinando sobre la superficie líquida y va á refugiarse en un

agujero de la roca. En la entrada distingo todavía algunas sinuosidades

del fondo; piedras blancas, un poco de arena que se mueve lentamente,

empujada por el agua que sale, produciendo ruidos de hervor; un poco

hacia dentro se distinguen aún los rizos de las pequeñitas ondulaciones,

y las diminutas columnas que soportan la bóveda; alumbradas vagamente

por reflejos de luz, parecen temblar en la sombra: diríase que una

redecilla de seda flota sobre ella con ligeras ondulaciones. Más allá

todo está negro; la corriente subterránea no se revela ya, más que á

veces, por el ahogado susurro. ¿Qué sinuosidades son las del agua más

adentro del punto á donde alcanzan los últimos reflejos de luz? Esas

curvas del arroyo son las que yo intenté buscar con la imaginación. En

mis ensueños de hombre curioso, me convierto en un ser pequeñísimo, de

algunas pulgadas de alto, como el gnomo de las leyendas, y saltando de

piedra en piedra, insinuándome por debajo de las protuberancias de la

bóveda, observo todos los confluentes de los arroyuelos en miniatura, y

remonto los imperceptibles hilos de agua, hasta que convertido en átomo,

llego por fin al punto donde la primera gota de agua rezuma en la

piedra.

No obstante, sin convertirnos en genios como hacían nuestros antepasados

en los tiempos fabulosos, podemos, paseando tranquilamente por los

campos cultivados ó las áridas lomas, reconocer en la superficie del

suelo los indicios que revelan el curso del oculto arroyo. Un sendero

tortuoso que empieza al borde mismo de la fuente, sube por el flanco de

la colina, contornando los troncos de los árboles, desaparece luego

cubierto por las altas plantas en un repliegue del terreno, y llega, por

fin, al llano, sembrado de hermoso trigo. Con frecuencia, cuando yo era

un colegial libre, subía corriendo ese sendero para bajarlo después en

pocos saltos; á veces, también me aventuraba alejándome algo por el

llano, hasta perder de vista el bosquecillo de la fuente; pero en un

ángulo del camino me paraba sorprendido y sin aliento para ir más lejos.

A mi lado veía abierto un abismo en forma de embudo, lleno de parras y

zarzas enlazadas. Piedras de bastante peso, arrojadas por los

transeuntes ó arrastradas por las lluvias violentas, se veían flotando

sobre el follaje polvoriento y mortecino; en el fondo se entrelazaban

algunas ramas gruesas, y por entre sus hojas veía la negrura temida de

un abismo. Un sordo murmullo salía de allí constantemente como quejidos

de algún animal encerrado.

Actualmente me alegro de volver á encontrar el «gran agujero» y hasta me

atrevo á descender por él aunque para ello tenga que asustar á los

animales que se refugian en su maleza. Pero en otro tiempo, ¡con qué

horror mirábamos, cuando niños todavía, se cruzaba en nuestro camino

este siniestro pozo en cuyo borde se detenía el arado! Una noche

tranquila, de hermosa luna, tuve que pasar solo cerca del sitio

terrible. Aun tiemblo al recordarlo. El abismo me miraba, me atraía;

mis rodillas se doblaban desobedeciendo mi esfuerzo y los tallos de los

arbustos avanzaban para arrastrarme hacia la negra boca. Pasé, sin

embargo, golpeando con mis pies el suelo cavernoso y ocultando el pavor

que me invadía; pero detrás de mí un gigante inmenso, formado de vapor,

surgió inmediatamente: se inclinó para cogerme y el murmullo del abismo

resonó en mi oído durante largo rato como risa de odio ó de triunfo.

Ahora ya lo sé; ese abismo es una sima que sirve de respiradero al

arroyo, y el sordo ruido que de ella sale es el que produce el agua

chocando con las piedras. En una época no conocida, mucho antes que

fueran redactados por el notario del país los primeros documentos de

propiedad, uno de los asientos de las rocas que forman el valle

subterráneo se hundía en el lecho del arroyo; luego, las tierras, faltas

de base, fueron gradualmente arrastradas hacia el llano; poco á poco el

_gran agujero_ se fué abriendo, y las aguas, corriendo por sus declives,

le dieron la forma de un embudo casi regular. Los campesinos de la

comarca que pasan con frecuencia cerca de él, le llaman el _Bebe-todo_,

porque bebe en efecto, todas las lluvias que podrían fertilizar los

campos. El agua caída en la llanura que la tierra se niega á embeber,

corre hacia el agujero en pequeñas corrientes, coloreadas por la

arcilla, para reaparecer luego en la fuente, cuya cristalina pureza

enturbia durante algunas horas.

La sima que me asustaba en mi infancia, no es la única que se ha

abierto sobre las galerías profundas. Siguiendo la parte más baja,

determinada por una especie de repliegue del suelo en la llanura, se

pasa por cerca de otras cavidades que indican á los transeuntes el curso

interior de las aguas. Estas cavidades son diferentes en forma y

dimensiones. Algunas son enormes pozos donde desaparecerían enormes

ríos; otras son simples depresiones del suelo, especies de nidos bien

tapizados por el césped, donde en los hermosos días de otoño se puede

gozar de las tibias caricias del sol, sin temor al aire que pasa

silbando sobre las hierbas secas del llano. Algunos de esos agujeros se

obstruyen y se llenan gradualmente; pero hay otros que se ensanchan y se

ahondan de año en año visiblemente. Algunas aberturas que nos parecían

refugio de serpientes, en las que no hubiéramos metido la mano por temor

á ser mordidos, eran un principio del abismo; las lluvias y los

derrumbamientos interiores las han ensanchado tanto, que muchas de ellas

son hoy principios con declives de roja arcilla, surcados por la

corriente de las aguas. De estos pozos naturales, los más pintorescos

son los más alejados del nacimiento de la fuente. Donde se encuentran

éstos, el llano, cuyo plano es ya más desigual, termina bruscamente al

pie de una muralla rocosa, al lado de la cual se abre un valle que lleva

sus aguas á un río lejano. Las rocas levantan hasta el cielo sus bellos

frontis dorados por la luz; pero sus bases están ocultas por un

bosquecillo de encinas y castaños; gracias á la verdura y variedad del

follaje, el contraste demasiado duro que formaría la abrupta pared de

las rocas con la superficie horizontal del llano, aparece suave. En el

paraje más espeso del bosque, es donde se encuentra el abismo. Sobre sus

bordes, algunos arbustos inclinan sus tallos hacia la superficie azul,

que se ve por entre las ramas de la encina; sólo un abedul deja caer por

encima de la sima sus ramas delicadas. Al llegar á estos parajes es

preciso tomar algunas precauciones, porque el suelo está demasiado

accidentado y los pozos no tienen ningún brocal como los que construyen

los ingenieros. Avanzamos lentamente arrastrándonos bajo las ramas;

luego, tendidos sobre el vientre, apoyando la cabeza en nuestras manos,

dirigimos nuestra mirada hacia el vacío.

Las paredes del pozo circular, ennegrecidas á trozos por la humedad que

destila la roca, descienden verticalmente; apenas si algún pequeño

saliente se insinúa fuera del plano de los muros de piedra. Matas de

helechos y escolopandras crecen en las anfractuosidades más altas; más

abajo la vegetación desaparece, á menos que una mancha roja que se ve en

la obscuridad del fondo, sobre un saliente de la roca, sea un grupo de

algas infinitamente pequeño. A primera vista, en el fondo no hay más que

tinieblas; pero nuestros ojos, acostumbrándose poco á poco á la

obscuridad, distinguen luego una superficie de agua clara sobre un

lecho de arena.

Además, puede descenderse al pozo, y yo soy uno de los que han tenido

ese placer. La aventura produce una agradable sorpresa, puesto que es un

viaje de exploración; pero en sí misma no tiene nada de seductora, y

ninguno de los que han hecho estos descensos al abismo quedan en

disposición de repetirlo. Una cuerda, prestada por un campesino de las

inmediaciones, se ata fuertemente al tronco de una encina, y dejándola

caer al fondo del abismo, oscila dulcemente por la impulsión de la

pequeña corriente de agua, en la cual se moja la extremidad libre. El

viajero aéreo se coge fuertemente á la cuerda, al mismo tiempo que con

las manos, con las rodillas y los pies, y desciende con lentitud por la

boca tenebrosa. El descenso no es siempre fácil, desgraciadamente; se da

vueltas con la cuerda alrededor de sí mismo, se enreda en las matas de

helecho, que el peso del cuerpo rompen, se choca varias veces contra la

roca llena de asperezas, y con la ropa se enjuga el agua fría que las

paredes rezuman. Por fin se aborda una cornisa, se descansa un poco en

ella para tomar aliento y equilibrio, y luego se lanza nuevamente en el

vacío para descansar más tarde sobre el fondo de tierra firme.

Yo recuerdo sin alegría mi estancia durante algunos instantes en el

fondo del abismo. Mis pies, estaban dentro del agua; el aire era frío y

húmedo; la roca estaba cubierta de una especie de pasta resbaladiza de

arcilla diluída; una sombra siniestra me rodeaba y un resplandor tibio,

vago reflejo de la luz del día, me revelaba solamente algunas formas

indecisas y una gruta llena de arrogantes protuberancias. A pesar mío,

mis ojos se dirigían hacia la zona iluminada que aparecía redonda sobre

la boca de la sima; miraba con amor la guirnalda de verdura que adornaba

el borde del pozo, las grandes ramas con su follaje superpuesto, que los

rayos del sol doraban alegremente, y los pájaros lejanos volando con

libertad por el azul del cielo. Tenía vehementes deseos de volver á la

luz; dí el grito de aviso y mis compañeros me sacaron fuera del pozo,

ayudados por mí, que ascendía apoyando mis pies en las sinuosidades de

las rocas.

Como cándido joven, me creía un gran héroe por haber realizado el

pequeño descenso á los «infiernos», á unos treinta metros de

profundidad, y buscaba en mi cabeza algunas rimas para el poeta que se

aventura á bajar al fondo de un abismo para sorprender la sonrisa de una

ninfa encantada, mientras olvidaba á los verdaderos héroes, que, sin

recitar jamás versos por sus frecuentes entrevistas con las divinidades

subterráneas, se relacionan con ellas durante días y semanas enteros.

Estos son los que conocen bien el misterio de las aguas ocultas. Al lado

de sus cabezas, la pequeña gota, suspendida de las estalactitas de la

bóveda, brilla como un diamante á la luz de sus lámparas, y cae sobre el

pequeño charco estancado, produciendo un ruido seco que repercute el

eco de las galerías. Pequeñas corrientes de agua, formadas por ese

destilamiento de gotas, corren bajo sus pies, y formando regueros y más

regueros se dirigen hacia la balsa de recepción, donde la bomba á vapor,

parecida á un coloso encadenado, sumerge alternativamente sus dos brazos

de hierro, lanzando prolongados gemidos á cada esfuerzo. Al ruido de las

aguas de la mina se mezcla á veces el sordo rumor de las aguas

exteriores que un desgraciado golpe de pico puede hacer inundar

repentinamente la galería. Mineros hay que no tienen temor en llevar sus

trabajos de zapa hasta debajo del mar, desde donde no cesan de oir al

terrible océano arrastrar constantemente los guijarros de granito por

encima de la bóveda que los protege; durante los días de tempestad, sólo

á algunos metros de donde ellos trabajan van á estrellarse los navíos

contra las rocas.

El Arroyo · 第 9 / 26 题