#La gruta#
Al pie de un promontorio de base escarpada y redonda cima, poblado de
grandes árboles, el torrente de la montaña viene á chocar con otro
arroyo, casi tan abundante, y como él, corriendo y saltando por un plano
excesivamente inclinado. Las aguas del afluente, que se mezclan á las
mas caudalosas corrientes, formando anchos torbellinos bordeados de
espuma, son de una pureza cristalina; ni una molécula de arcilla
enturbia su transparencia, y por el fondo de limpia roca, ni siquiera se
arrastra un grano de arena. La masa líquida no ha tenido todavía tiempo
para ensuciarse, derribando las orillas y mezclándose con el barro que
el suelo rezuma; acaba da salir del seno de la colina, y lo mismo que
corría por un cauce tenebroso, salta ahora transparente de luz y de
alegría.
La gruta de donde sale el arroyo no está lejos del confluente; apenas se
han andado algunos pasos, cuando se ve ya, por entre las ramas que se
cruzan, la puerta grande y negra que da acceso al templo subterráneo. El
umbral aparece cubierto por el agua que se esparce en raudal sobre las
piedras amontonadas; pero saltando de uno á otro saliente de las rocas ó
sobre las piedras que el agua no llega á cubrir, se puede penetrar en la
gruta y seguir junto á la corriente, una estrecha y resbaladiza cornisa
por la cual se puede ascender, no sin peligro.
A los pocos pasos se siente el curioso transportado á otro mundo. Un
frío húmedo sorprende repentinamente; el aire estancado, donde los
bienhechores rayos del sol no penetran jamás, tiene yo no sé qué de
agrio, como si no lo debieran respirar los pulmones humanos; el murmullo
del agua repercute en ecos lejanos por sonoras cavidades, y parece
oirse á las rocas lanzar clamores, unas repercutiendo á lo lejos, y
otras exhalando sordos y delicados suspiros en las subterráneas
galerías. Todos los objetos adquieren formas fantásticas: cualquier
orificio practicado en la roca se nos antoja un abismo; la convexidad
insignificante que aparece en la regularidad de la bóveda adquiere las
proporciones de un monte derribado; las concreciones calcáreas
entrevistas aquí y allá toman el aspecto de monstruos enormes; un
murciélago que vuela, cualquier cosa que se desprende, nos produce un
extremecimiento de horror. No es esto el palacio encantado, rico y
espléndido que nos describe el poeta árabe de las _Mil y una noches_;
es, al contrario, un antro sombrío y siniestro, un lugar terrible.
Esta sensación la sentiremos, sobre todo, si para gozar como artistas de
la emoción del espanto, que experimenta hasta el hombre más fuerte y
bravo al entrar en una caverna, nos atrevemos á penetrar sin compañero y
sin guía: sin la emulación que proporciona la compañía de los amigos,
sin el amor propio que nos induce á adoptar una actitud audaz, sin el
embriagamiento ficticio que producen las exclamaciones, el eco de las
voces, la luz de las antorchas, sólo osamos marchar con el santo terror
del griego al entrar en el infierno. A cada momento volvemos atrás la
mirada para ver la hermosa luz del día: como en un cuadro, el paisaje
sonriente y vaporoso aparece entre las sombrías paredes, festoneadas en
la entrada de hiedra y de viña virgen.
A medida que se avanza, el foco luminoso disminuye gradualmente; de
repente, una salida de la roca nos oculta la luz, y sólo una claridad
mortecina se refleja sobre las paredes y pilares de la caverna. Luego
penetramos en la obscuridad sin fondo de las tinieblas, y, para
guiarnos, sólo tenemos la incierta y caprichosa luz de las antorchas. El
viaje es penoso y parece largo á causa del temor á lo desconocido que
llena las simas y las galerías. En ciertos parajes, sólo se puede
avanzar con mucha pena: es preciso entrar en el cauce de la corriente y
tenerse en equilibrio sobre las piedras resbaladizas; más lejos, la
bóveda se rebaja por una curva repentina, y sólo deja un estrecho paso,
que es preciso atravesar arrastrándose. Se sale del paso lleno de barro,
y se sube á una roca escalonada, por cuyas desiguales gradas se asciende
temblando. Las salas, con bóvedas inmensas, suceden á los desfiladeros y
éstos á las salas; montones de piedras desprendidas del techo se
levantan como islas en medio del agua. El riachuelo, siempre variando,
diferente siempre, salta sobre las rocas; en algunos puntos se extiende
como tranquila laguna, turbada sólo por las gotas que caen por las
grietas de la bóveda. Más arriba, se oculta por el asiento de una
piedra; ni siquiera se oye el ruido, pero en una curva violenta, aparece
de nuevo saltando rápidamente, hasta que, por fin, se llega ante una
estrecha abertura, de donde el agua sale como por la boca de un tubo.
Al llegar aquí, nuestro viaje, siguiendo el curso del arroyo, se ve
forzosamente detenido.
Sin embargo, la gruta se ramifica hasta el infinito en las profundidades
del monte. A derecha é izquierda se abren, como bocas de monstruo, las
negras avenidas de las galerías laterales. Mientras que en el libre
valle, corriendo sin cesar, acariciado por la luz, el arroyo ha
derribado y arrastrado los escombros de las enormes masas de piedra que
unían las aristas de los montes, actualmente cortadas, el agua de las
cavernas que con el auxilio del ácido carbónico atacaba á la dura roca
para disolverla y agujerearla paulatinamente, ha practicado también
galerías, balsas y túneles, sin haber hecho hundirse al enorme edificio
en cuyas entrañas nace. En cientos de metros de altura y algunas leguas
de largo, la masa de las rocas está agujereada en todos sentidos por
antiguos lechos que el agua ha formado y que luego ha abandonado por
haber hallado una nueva salida. Las cavidades inmensas como salas de
fabulosos palacios, se suceden á estrechos desfiladeros y éstos á
aquéllas; chimeneas, abiertas en la roca por antiguas cascadas, aparecen
en la bóveda; al borde de estos pozos siniestros nos detenemos con
horror, en los cuales, las piedras que arrojamos, bajan chocando contra
los salientes de las paredes y sólo después de algunos segundos deja de
oirse el ruido que produce en la caída. Desgraciado del que se
desorientara en el laberinto infinito de las grutas paralelas y
ramificadas que suben y bajan; tendría que tomar la resolución de
sentarse sobre un banco de estalagmitas, y contemplar cómo su antorcha
se apagaba lentamente, lo mismo que su vida, si tenía bastante
resignación para no morir desesperado.
No obstante, esas cavernas sombrías, en donde hasta acompañado de un
guía y sin perder de vista los lejanos reflejos del sol, sentimos el
corazón oprimido por el terror, eran los antros que habitaban nuestros
antepasados. Para reverenciar el pasado, nos dirigimos en peregrinación
á las ruinas de las ciudades muertes, y contemplamos con emoción
uniformes montones de piedras, porque sabemos que bajo esos escombros
yacen los huesos de hombres que trabajaron y sufrieron por nosotros,
creando penosamente con la miseria y la lucha la preciosa herencia de
experiencias que llamamos historia. Pero si la veneración á las
generaciones pasadas no es más que un vano sentimiento, ¡con cuánto más
respeto todavía debiéramos recorrer estas cavernas, donde se refugiaban
nuestros primeros abuelos, los bárbaros iniciadores de toda
civilización! Buscando detenidamente en la gruta y escudriñando los
depósitos calcáreos, podemos hallar las cenizas y el carbón del antiguo
hogar donde se agrupaba la familia naciente; al lado están los huesos
roídos, restos de festines que se celebraron hace cientos de millares
de años, y en un rincón cualquiera se encuentran los esqueletos de los
seres que en él tomaron parte rodeados de sus armas de piedra, hachas,
mazas y venablos. No cabe duda que entre esos restos humanos, mezclados
con los de rinocerontes, hienas y osos de las cavernas, ninguno
encerraba el cerebro de un Esquilo ó de un Hiperco; pero ni Hiperco ni
Esquilo hubieran existido si los primeros trogloditas divinizados por
los griegos con el símbolo de Hércules, no hubiesen conquistado el fuego
del rayo ó del volcán, si no hubiesen fabricado armas para limpiar la
tierra de los monstruos que la poblaban, si no hubieran así, en una
inmensa batalla que duró siglos y siglos, preparado para sus
descendientes las épocas de relativo descanso, durante las cuales se ha
elaborado el pensamiento.
La labor de nuestros antepasados fué ruda, y su existencia llena de
terrores. Salidos de la gruta para ir en busca de caza, arrastrábanse
por entre las hierbas y raíces para sorprender su presa, y luchaban
cuerpo á cuerpo con las más feroces bestias; á veces tenían que luchar
con otros hombres, fuertes y ágiles como ellos; durante la noche,
temiendo la sorpresa, vigilaban la entrada de la caverna, para lanzar él
grito de alarma en cuanto advirtieran la presencia de un enemigo y tener
tiempo suficiente para que las familias pudieran esconderse en el dédalo
de las galerías superiores. Sin embargo, también ellos debían tener
momentos de reposo y alegría. Cuando volvían de la excursión de caza ó
de la batalla, se regocijaban oyendo el murmullo del arroyo y el
acompasado y monótono ritmo de las gotas que caían; lo mismo que el
leñador al volver á su cabaña, miraban con piedad nuestros primeros
padres los pilares de la gruta bajo los cuales descansaban sus mujeres y
en donde habían nacido sus hijos. En cuanto á éstos, corrían y jugaban á
lo largo del arroyo subterráneo, en los lagos cristalinos, bajo la ducha
de las cascadas; se divertían ocultándose en los tenebrosos corredores
como los niños de nuestros días en los andenes de los jardines, y tal
vez en medio de sus alegres proezas treparan por las paredes para
sorprender á los murciélagos en sus negros refugios, practicados en la
bóveda.
Ciertamente no seremos nosotros los que afirmemos que la existencia
actual sea menos penosa para el hombre. Muchos de nosotros, desheredados
todavía, viven en las alcantarillas de los palacios que habitan sus
hermanos más felices que ellos; miles y millones de individuos del mundo
civilizado habitan chozas estrechas y húmedas, grutas artificiales
bastante más insanas que las cavernas naturales donde se refugiaban
nuestros antepasados. Pero si consideramos la situación en conjunto, nos
es preciso reconocer que los progreses realizados desde aquellos tiempos
son bien grandes. El aire y la luz entran en la mayor parte de nuestras
residencias; el sol penetra por las ventanas; á través de los árboles
vemos brillar á lo lejos las perlas líquidas del arroyo y á nuestra
vista se presenta hasta el inmenso horizonte. Es cierto que el minero
habita durante la mayor parte de su existencia las galerías subterráneas
que él mismo ha vaciado, pero esas sombras de muerte donde se deposita
el grisú, no son su única patria; si trabaja en ellas, su pensamiento
está en otra parte, arriba, sobre la tierra alegre, al borde del fresco
arroyo que murmura bajo los olmos, festoneado de juncos.
A veces, cuando nos cuentan escenas de guerras antiguas, horribles
episodios nos recuerdan lo que debió ser la vida de nuestros antepasados
los trogloditas, y lo que sería la nuestra si ellos no nos hubieran
preparado días más felices que los suyos. Muchas tribus perseguidas se
han refugiado en las cavernas que sirvieron de morada común á sus
abuelos, y á los perseguidores bárbaros ó pretendidos civilizados,
negros ó blancos, vestidos con pieles ó uniformados con bordados y
condecoraciones, no se les ha ocurrido nada más humano que asfixiar por
el humo á los refugiados en ellas, encendiendo hogueras á la entrada de
la gruta. En otras partes, los desgraciados encerrados han tenido que
comerse unos á otros, y luego morir de hambre, intentando roer algunos
restos de huesos; multitud de cadáveres han quedado esparcidos por el
suelo, y durante muchos años se han visto rodar sus esqueletos, antes
que el agua caída de las bóvedas los haya envuelto en un blanco sudario
de estalagmitas. Como símbolo del tiempo que todo lo modifica, la gota,
cargada de la piedra que ha disuelto, hace desaparecer lentamente las
huellas de nuestros crímenes.
Hasta las grutas dejan de existir por la acción del tiempo. La lluvia
que cae sobre el monte y penetra en las fisuras de la piedra, se carga
constantemente de moléculas calcáreas. Cuando después de un recorrido
más ó menos largo, viene á caer temblando por la bóveda de la caverna,
una parte de líquido se evapora en el aire, y una pequeña partícula de
piedra, prolongada como la gota que la tenía en suspensión, queda
suspendida de la roca; una nueva gota deposita otra partícula sobre la
primera, luego se deposita una tercera y millares de millones hasta el
infinito. Lo mismo que árboles de piedra, los estalactitas crecen por
capas concéntricas endureciéndose poco á poco. Bajo ellas, en el suelo
de la gruta, el agua caída se evapora igualmente y deja en su puesto
otras concreciones calcáreas, que, de hoja en hoja, se levantan por
grados hacia la bóveda. Con el tiempo, las irregularidades de arriba y
los conos de abajo, llegan á encontrarse; primero se convierten en
pilares y luego acaban por convertirse en paredes que se extienden á lo
largo de la galería, y la gruta así obstruida, se encuentra dividida en
una serie de salas distintas. En el interior del monte, los
rezumamientos y los hilos de agua que se asocian para formar el arroyo,
realizan así dos trabajos inversos: de un lado, ensanchan las fisuras,
agujeran las rocas y forman anchos cauces; y de otro, cierran las
hendiduras del monte, apoyan la bóveda con columnas y llenan de piedra
los enormes agujeros que ellas mismas practicaron miles de años antes.
De otra parte, las estalactitas, como todas las cosas de la naturaleza,
varían hasta el infinito, según la forma de la gruta, la disposición de
las fisuras y la más ó menos cantidad de gotas que depositan las
revocaciones calcáreas. A pesar de las obscuras tinieblas que las
llenan, infinidad de cavernas se han cambiado así en maravillosos
palacios subterráneos. Verdaderos cortinajes de piedra con innumerables
y elegantes pliegues, coloreados á trozos por el ocre de rojo y
amarillo, se extienden como escaparates de tejidos en las entradas de
las salas; en el interior se suceden hasta perderse de vista las
columnas con basamentos y capiteles adornados con relieves caprichosos;
monstruos, quimeras y grifos, se retuercen en grupos fantásticos en las
naves laterales; altas estatuas de dioses se levanten aisladas, y á
veces, á la luz de las antorchas, parece que su mirada se anima y que,
con enérgico ademán, alargan sus brazos hacia nosotros. Esas roperías de
piedra, esas columnatas, esos grupos de animales, esas figuras de
hombres ó de dioses, las ha esculpido el agua, y cada día, cada minuto,
sin cesar en su obra, trabaja para añadir alguna modificación graciosa
á la inmensa arquitectura.