CAPÍTULO III

#El torrente de la montaña#

Entre los innumerables arroyos que corren por la superficie de la tierra

y se precipitan en el mar ó se reúnen para formar grandes ríos, éste,

cuyo curso vamos á seguir, no tiene nada que particularmente atraiga la

atención de los hombres. No sale de altos montes cubiertos de hielo; sus

orillas no aparecen pobladas de una especial vegetación; su nombre no es

tampoco célebre en la historia. No obstante, es encantador, ¿pero qué

arroyo no lo es, á menos de que corra por fétidas tierras pantanosas,

por el desagüe de las ciudades ó que sus orillas no hayan sido afeadas

por un cultivo sin arte?

Los montes de donde nacen aguas del arroyuelo son de una mediana

elevación: verdes hasta la cima, aparecen afelpados por los prados de

sus hondonadas; las pequeñas colinas que le rodean están pobladas de

bosque, y los terrenos para el pastoreo, medio cubiertos por los

azulados vapores del aire, tapizan las altas pendientes. Una cima de

ancho lomo domina las demás cumbres, que, alineándose en larga fila,

forman una prolongada cadena de colinas entre los valles laterales. Las

bruscas escarpaduras y los promontorios avanzados, no permiten encerrar

el paisaje en una mirada: al pronto sólo se ve una especie de laberinto

donde depresiones y alturas alternan sin orden; pero si voláramos como

los pájaros, ó si nos balanceáramos en la barquilla de un globo, se

vería que los límites de las vertientes se redondean alrededor de todas

las fuentes del arroyo como un anfiteatro, y que los barrancos abiertos

en la vasta redondez se inclinan y convergen para reunirse en un valle

común. La cadena principal de las alturas forma el borde más elevado del

circo; otros dos lados los forman cadenas laterales que, bajando

gradualmente, se alejan de la grande arista, y algunas pequeñas colinas

se aproximan para cerrar el circo paralelamente á los grandes montes;

dejan, sin embargo, una abertura por la cual se escapa el arroyo.

Los montes, diferentes por su elevación, lo son también por la

naturaleza de los terrenos, el perfil y el aspecto general. La cima más

elevada, que parece el pastor del rebaño de montes, es una ancha cúpula

con resistentes bases; la masa de granito, oculta bajo las plantas, se

revela por los majestuosos movimientos de la verdura que forma su

relieve. Otras cimas más humildes, enseñan en las inmediaciones sus

largas crestas como dientes de sierra gigantesca en rápidos declives:

son asientos esquistosos que el cono central de granito ha formado al

levantarse. Más lejos aparecen alturas calcáreas, cortadas verticalmente

y se continúan por vastas mesetas ligeramente redondeadas. Cada cima

tiene su vida propia; como un ser distinto, tiene su osamenta

particular y su forma exterior correspondiente; cada arroyuelo que corre

por sus flancos tiene su curso y accidentes particulares y su lenguaje,

su murmullo y su estruendo propio.

La fuente que nace á mayor altura es la que brota del pico más elevado y

la que por consecuencia recorre más espacio hasta llegar al valle. Con

frecuencia, en los días lluviosos, y hasta en los que están los campos

alumbrados por un sol hermoso, hemos visto, á una distancia de varias

leguas, formarse la fuente en las alturas del aire.

Una nube blanca se levanta como una humareda de la cima lejana, crece

poco á poco ó rápidamente y cubre los prados, dividiéndose en jirones

impelida por el viento. «El monte se pone el sombrero», dice el

campesino, y ese sombrero de nubes no es otra cosa que la fuente bajo

diferente forma: después de haber sido nube, niebla y lluvia, reaparece

ya fuente algunos cientos de metros más abajo de la cima por una

hendidura de la roca ó por un ligero repliegue del terreno.

Durante el invierno y parte de la primavera, el viento deposita en las

alturas en forma de nieve el agua que ha de brotar del suelo como fuente

permanente. Las nubes grises que se pegan al suelo de la cumbre, no se

evaporan sin dejar huellas de su paso; en el punto donde antes se veía

la verde dehesa se extiende ahora un vasto lienzo de blanca nieve. Esta

blanca capa de copos, es todavía, bajo una nueva forma, la nube de

vapor que se condensaba en el espacio, que bien pronto será el arroyo

que se dirija alegremente hacia la llanura. Mientras que la superficie

de la nieve caída se endurece por el frío del invierno, sobre todo

durante las noches, un sordo trabajo se realiza debajo del gran

laboratorio del monte: las gotas que el sol ha fundido durante el día,

penetran en el suelo hasta las rocas de granito y de un grano de arena á

otro, y del cristal de cuarzo á la molécula de arcilla, desciende

imperceptiblemente por la pendiente; se juntan unas gotas á otras, se

hacen más gruesas, á su vez éstas se reúnen y se forman hilillos de agua

que corren subterráneamente por entre las raíces del césped ó por las

fisuras de la roca subyacente. Luego, cuando llegan los primeros calores

del verano, la nieve se funde rápidamente en agua, para aumentar el

caudal de las corrientes ocultas, y la hierba, que parece abrasada por

un incendio, reaparece á la luz y adquiere nuevamente su color verde.

Si el monte tuviera grietas profundas, las aguas se sumergirían por las

hendiduras y no reaparecerían sino muy lejos en la llanura, ó hasta

pudiera ser que no renacieran otra vez; pero no, la roca es compacta y

sólo ligeramente hendida en la superficie; el agua corriente no se

introduce mucho en el monte y héla nuevamente, de una depresión del

suelo, salir en pequeños borbotones levantando granillos de arena y

balanceando blandamente las verdes hojas del berro. Es cierto que la

hermosa fuente no es abundante, sobre todo durante los calores del

verano, cuando sólo queda en la tierra la humedad de las nubes y la

niebla; acostándose en el suelo para beber en la fuente, se ve disminuir

su recipiente á medida que los labios la absorben; pero el pequeño

depósito medio vacío se llena de nuevo, y el agua pura se desborda por

la pendiente para emprender su viaje por el mundo exterior.

La fuente más alta y el césped que la rodea son el paraje más delicioso

de todas las montañas. Allí se está en el límite de dos mundos; de un

lado, por encima de los promontorios poblados de vegetación exuberante,

aparece el valle frondoso con sus cultivos, sus casas, sus aguas

tranquilas, y la bruma indistinta que allá lejos pesa sobre la ciudad;

por el otro lado, se extienden las laderas solitarias y el pico bañado

en el profundo azul del cielo. El aire es fortificante y suave: se

sienten deseos de lanzarse al espacio, y cuando se divisa el águila

volando á lo lejos sostenida por sus fuertes alas, llegamos casi á

preguntarnos por qué nosotros no volamos también, como ella, sobre los

montes y los llanos, mirando desde arriba las pequeñas obras de los

hombres. ¡Cuántas veces, más por la voluptuosidad de ver que por las

dulzuras del reposo, me he sentado cerca del alto manantial del monte,

apartando mis miradas de la discreta fuente para dirigirlas hacia ese

mundo que se difuminaba á lo lejos dentro del gran círculo del

horizonte!

De la pequeña laguna de la fuente se escapa un chorrito de agua que

desaparece entre las hendiduras del suelo y por entre las raíces del

césped para aparecer y desaparecer alternativamente, produciendo el

efecto de una serie de fuentes escalonadas. A cada salida, la pequeña

corriente adquiere una fisonomía nueva; choca contra el saliente de una

roca y salta en grupos de perlas; se rompe entre las piedras, luego se

extiende en un pequeño rellano arenoso, lanzándose en seguida en una

pequeña cascada cuyas gotas, separadas en el salto, van á mojar las

hierbas de la orilla. A derecha é izquierda, nuevos manantiales vienen á

aumentar el caudal uniéndose á la principal corriente, y muy pronto la

masa líquida es bastante abundante para poder correr por la superficie:

cuando en su curso llega á una roca inclinada, se extiende ampliamente

en un vasto lienzo, que se puede ver desde el llano á algunos kilómetros

de distancia. Esa agua que cae resbalando por la piedra, y que el sol

hace brillar, aparece á lo lejos como una placa de pulido metal.

Descendiendo sin cesar y creciendo constantemente, el arroyo se vuelve

estrepitoso; cerca del nacimiento apenas si su arrullo era perceptible;

en ciertos puntos, para oir el susurro de las aguas es preciso prestar

mucha atención, escuchando de un modo indefinido el pequeño

estremecimiento de la hierba y el choque insensible contra las pequeñas

piedras; pero he aquí que el pequeño arroyo habla con voz clara, luego

se hace ruidoso, y cuando corre por rápidas pendientes ó se arroja en

cascadas, su ruido lo repercuten los ecos del bosque y las concavidades

del monte. Más abajo todavía, sus saltos producen el ruido del trueno, y

hasta en los parajes de su curso donde el cauce es casi horizontal, el

arroyo muge y produce sordos murmullos al rozar en las orillas y

arrastrarse sobre el fondo sinuoso. Al principio sólo arrastra pequeños

granos de arena; luego, más fuerte ya, mueve los pequeños guijarros; y

ahora arrastra en su marcha piedras enormes que chocan unas con otras

produciendo sordos ruidos; mina en su base las paredes de la roca que le

aprisionan, y hace caer masas de tierra y piedra, rompiendo las raíces

de los árboles que le prestan su sombra.

Así, la pequeña hebra líquida, apenas perceptible, se ha cambiado en

arroyuelo, y más tarde en verdadero torrente. Con los nuevos barrancos

tributarios aumenta el caudal de sus aguas, é impetuoso y alborotador,

sale al fin de los desfiladeros del monte para correr más lentamente por

el ancho valle dominado sólo por las redondeadas colinas. El intrépido

explorador que ha seguido su curso desde su nacimiento hasta la

superficie menos accidentada del valle, ha visto, durante su largo

descenso, en muchas partes peligroso, las más bruscas desigualdades del

terreno, con sus inesperadas diferencias de inclinación: á los rellanos

en donde el agua parece estancada, suceden repentinamente los

precipicios perpendiculares donde el arroyo se arroja furioso; abismos,

declives más ó menos rápidos, superficies horizontales, aparecen sin

orden aparente á primera vista; y, sin embargo, cuando el geógrafo, sin

hacer caso de detalles, calcula y traza sobre el papel la curva descrita

por el arroyo desde la fuente situada en la región de los pastos hasta

el valle frondoso, se ve que esta curva es de una regularidad casi

perfecta. El torrente trabaja sin descanso para formarse un cauce, y,

rebajando los salientes y llenando de arena y arcilla los agujeros de la

roca, ha conseguido determinar una parábola regular, parecida á la que

describe un carro bajando desde lo alto de una montaña rusa.

El Arroyo · 第 7 / 26 题