#El agua del desierto#
Para comprender la importancia que han tenido los manantiales y los
arroyos en la vida de las sociedades, es preciso transportarse, aunque
sólo sea con el pensamiento, á los países donde la tierra avara no deja
brotar más que muy raras fuentes. Acostados blanda y cómodamente sobre
la hierba de nuestros prados, cerca del agua que se escapa á borbotones,
es muy fácil abandonarnos á la voluptuosidad de vivir, contentándonos
sólo con los encantadores horizontes de nuestro clima; pero dejemos
nuestro espíritu vagar bastante más allá de los límites donde alcanza
nuestra mirada. Viajemos á capricho lejos de las matas gramíneas que se
balancean á nuestro lado á la otra parte de los álamos que hacen sombra
á la fuente, y de los surcos que rayan la falda de la colina; más allá
todavía de las ondulaciones vaporosas de las crestas que marcan las
fronteras del valle y de los blancos jirones de nubes que festonean el
horizonte. Sigamos en su vuelo, al otro lado de los montes y los mares,
al pájaro que se marcha hacia otros continentes. La frente refleja un
instante su rápida imagen pero bien pronto desaparece en el espacio.
Aquí, en nuestros ricos valles de la Europa occidental, el agua corre en
abundancia; las plantas bien regadas, se desarrollan con toda su
belleza; las ramas de los árboles, con su corteza lisa y tierna, están
rebosando savia; el aire tibio está cargado de vapores. Por influencia
del contraste, es natural pensar en otras comarcas menos felices, en las
que la atmósfera no produce lluvia, y el suelo, demasiado árido, da vida
raquítica á una insignificante vegetación. En esas regiones es donde las
gentes saben apreciar el agua en su justo valor. En el interior del
Asia, en la Península arábiga, en el Sahara y el desierto del Africa
Central, en las llanuras del Nuevo Mundo, y hasta en ciertas regiones de
España, cada fuente es algo más que el símbolo de la vida; es la vida
misma: que el agua sea abundante y la prosperidad del país se
acrecentará; si la cantidad disminuye ó desaparece completamente, los
pueblos se empobrecen ó mueren: su historia es la del hilo de agua,
cerca del cual construyen sus cabañas.
Los orientales, cuando tienen ensueños de felicidad, se ven siempre al
borde de un arroyuelo, y en sus cantos celebran, sobre todo, la belleza
de las fuentes. Mientras que en nuestra Europa, con bastante agua para
el desenvolvimiento de la vida, nos saludamos burguesamente
preguntándonos por la salud y los negocios, los gallos del Africa
oriental, se preguntan inclinándose. «¿Has hallado agua?» En el
Indostán, al criado encargado de refrescar la morada rociando el piso,
le llaman el «paradisiaco».
En las costas del Perú y de Bolivia, donde el agua pura es muy rara,
miran frecuentemente con desesperación la vasta extensión de las ondas
saladas. La tierra árida tiene un color amarillo, el cielo es azul ó de
un color de acero. Sucede á veces que una nube se forma en la atmósfera:
inmediatamente, las gentes se juntan para seguir con la mirada el
hermoso lienzo de vapor que se deshace en el espacio sin resolverse en
lluvia. No obstante, después de meses y años de espera, un feliz
movimiento del aire funde en agua á la nube sobre las arideces de la
costa. ¡Qué alegría, ver caer el chaparrón tanto tiempo esperado! Los
niños salen de la casa para recibir la lluvia sobre sus cuerpos
desnudos y se bañan en las charcas lanzando gritos de alegría; los
adultos esperan impacientes el final de la tormenta para salir al aire
libre y gozar del contacto con las moléculas húmedas que flotan todavía
en la atmósfera. La lluvia que acaba de caer va á renacer por todas
partes, no en fuentes, sino cambiada por la maravillosa química del
suelo, en verdura, en flores y en aromas, para transformar durante
algunos días el desierto árido en hermoso prado. Por desgracia, esas
hierbas se secan en muy pocas semanas, la tierra se calcina de nuevo, y
los habitantes, afligidos, se ven obligados á ir en busca del agua
necesaria, á las llanuras lejanas cubiertas de eflorescencias
salitrosas. El agua se deposita en grandes tinajas, y les gusta mirarse
en ella, lo mismo que en nuestros felices climas podemos hacer en el
mágico espejo de nuestras fuentes.
El extranjero que se aventura por ciertos pueblos del alto Aragón,
construídos sobre las cumbres de los montes que sirven de base á los
Pirineos lo mismo que rocas á punto de rodar hasta el valle, se ve
sorprendido por la tierra roja que cimenta las piedras irregulares de
las miserables casuchas. Supone que la roja argamasa se ha amasado con
arena rojiza, pero no es así; los constructores, avaros de su agua, han
preferido hacer el mortero con vino. La cosecha del año anterior ha sido
buena, sus bodegas están llenas de líquido, y si se quiere colocar la
nueva cosecha, no tiene otro recurso que vaciar una buena parte. Para ir
en busca del agua, muy lejos en el valle, al pie de las colinas, sería
necesario perder días enteros y cargar numerosas caravanas de mulas. En
cuanto á servirse del agua que cae gota á gota por la hendidura de la
roca inmediata, es un sacrilegio en el cual nadie piensa. Esta agua, las
mujeres que van todos los días á recogerla en sus cántaros, la conservan
con un amor religioso.
¡Cuánto más viva todavía debe ser la admiración que por el agua siente
el viajero que atraviesa el desierto de piedras ó de arena, y que ignora
si tendrá la suerte de hallar un poco de humedad en algún pozo, cuyas
paredes están formadas con huesos de camello! Llega al punto indicado,
pero la última gota acaba de ser evaporada por el sol; ahonda el húmedo
suelo con la punta de su lanza; todo inútil, la fuente que buscaba no
volverá á tener agua hasta la próxima temporada de lluvias. ¿Qué tiene,
pues, de extraño que su imaginación, siempre obsesionada por la visión
de las fuentes, dirigida hacia la imagen de las aguas, se las haga
aparecer repentinamente? El espejismo no es sólo, tal como lo dice la
física moderna, una ilusión de la vista producida por la refracción de
los rayos del sol al través de un plano en el que la temperatura no es
en todas partes la misma; es también con frecuencia una alucinación del
fatigado viajero. Para él, el colmo de su felicidad sería ver aparecer
á sus pies mismo un lago de agua fresca, en el cual pudiera al mismo
tiempo que calmar su sed, refrescar su cuerpo, y tal es la intensidad de
su deseo, que transforma su ensueño en una imagen visible. El hermoso
lago que describe en su pensamiento, se le aparece al fin reflejando á
lo lejos la luz del sol y presentando á su vista la orilla dilatada
hasta el horizonte, poblada de tupidas y elegantes palmeras. Dentro de
algunos minutos nadará voluptuosamente en sus aguas, y ya que no puede
gozar de la realidad, disfruta al menos con la ilusión.
¡Qué momento de entusiasmo y alegría aquel en que el guía de la
caravana, dotado de vista más penetrante que sus compañeros, divisa en
el horizonte el punto negro que le revela el verdadero oasis! Lo señala
con el dedo á los que le siguen, y todos sienten en el mismo instante
disminuir la laxitud: la vista de ese pequeño punto casi imperceptible
ha sido suficiente para reparar sus fuerzas y cambiar en alegría su
desesperación; las caballerías alargan el paso, porque también ellas
saben que la terrible jornada va á tener pronto fin. El punto negro
aumenta poco á poco; ahora se presenta ya como una nube indecisa,
contrastando por su color negro con la superficie inmensa del desierto
de un color rojo deslumbrador; luego la nube se extiende y se levanta
sobre la llanura: es un bosque, sobre el cual empiezan á distinguirse
las redondas cimas de las palmeras, parecidas á bandadas de gigantescos
pájaros. Al fin, el viajero penetra bajo la alegre sombra, y ahora sí
que es agua, agua verdadera, lo que oye murmurar al pie de los árboles.
¡Pero qué cuidado religioso ponen los habitantes del oasis en utilizar
hasta la última gota del precioso líquido! Dividen el nacimiento en una
multitud de pequeños regueros, con objeto de esparcir la vida sobre la
mayor extensión posible, y trazan á todas estas pequeñas venas de agua
el camino más recto hacia las plantaciones y los cultivos. Empleada así
hasta la última gota, la fuente no va á perderse en el arroyo y en el
desierto: sus límites son los del oasis mismo; donde crecen los últimos
arbustos, allí acaban las últimas arterias del agua, absorbida por las
raíces para transformarla en savia. ¡Extraño contraste el de las cosas!
Para los que habitan el oasis es este un presidio; para los que lo
divisan de lejos ó lo ven sólo con la imaginación, es un paraíso.
Sitiado por el inmenso desierto, donde el viajero desorientado sólo
halla hambre, sed, la locura, ó tal vez la muerte, los habitantes del
oasis son además diezmados por las fiebres que la pestilencia de las
aguas producen, al pie mismo de las poéticas palmeras. Cuando los
emperadores romanos, modelo de todos los que les han sucedido en la
historia de la autoridad, tenían interés en deshacerse de un enemigo sin
necesidad de derramar sangre, se limitaban á desterrarlos á un oasis, y
poco tiempo después tenían la alegría de saber que la muerte había hecho
rápidamente el servicio esperado. Y no obstante, esos oasis mortíferos,
gracias á sus aguas cristalinas y al contraste que ofrecen con las
soledades áridas, hacen surgir en el hombre la idea de un lugar de
delicias y han llegado á ser el símbolo mismo de la felicidad. En sus
viajes de conquista á través del mundo, los árabes, deseosos de crearse
una patria en todas las comarcas á donde les llevaba el amor de
conquista y el fanatismo de la fe, intentaron crear por doquier pasaban
pequeños oasis. ¿Qué son en Andalucía esos jardines encerrados entre las
tristes murallas de un alcázar moro, sino miniaturas del oasis, que les
recordaban los del desierto? Por el lado de la población y de sus calles
llenas de polvo, las altas murallas coronadas de almenas y agujereadas
de trecho en trecho por algunas angostas aberturas, presentan un aspecto
terrible; pero cuando se ha penetrado en el recinto y se han pasado las
bóvedas, los corredores y las arcadas, se nos presenta el jardín rodeado
de elegantes columnas que recuerdan los esbeltos troncos de las
palmeras. Las plantas trepadoras se enlazan en los fustes de mármol, las
flores llenan el reducido espacio con su perfume penetrante, y el agua,
poco abundante, pero distribuida con el mayor arte, cae como perlas
sonoras en el vaso de la fuente.
En presencia de las hermosas fuentes de nuestro clima, cuya agua nos
apaga la sed y nos enriquece, se nos ocurre preguntar cuál de los
agentes naturales de la civilización ha hecho más para ayudar á la
humanidad en su lento desenvolvimiento. ¿Es acaso el mar con sus aguas
pobladas de vidas, con sus playas, que fueron los primeros caminos
empleados por el hombre, y su superficie infinita excitando en el
bárbaro el deseo de recorrerla de una á otra orilla? ¿Es acaso el monte
con sus altas cimas, que son la belleza de la tierra, sus profundos
valles, donde los pueblos hallan abrigo, su atmósfera pura, que da á los
que la respiran una alma fuerte? ¿O será tal vez la humilde fuente, hija
del mar y de los montes? Sí; la historia de las naciones nos enseña cómo
la fuente y el arroyo han contribuido directamente al progreso del
hombre más que el océano, los montes y toda otra parte del gran cuerpo
del planeta que habitamos. Costumbres, religiones, estado social,
dependen, sobre todo, de la abundancia de aguas corrientes.
Según una leyenda oriental, fué á la orilla de una fuente del desierto
donde los legendarios antepasados de las tres grandes razas del antiguo
mundo cesaron de ser hermanos para convertirse en enemigos. Los tres,
fatigados por la marcha á través de la arena, se sentían morir de calor
y de sed. Llenos de alegría al divisar una fuente, corrieron para
arrojarse en sus aguas. El más joven que llegó primero, salió
transformado; su color, negro como el de sus hermanos antes de
sumergirse en la fuente, había tomado el color de un blanco rosado, y
sobre sus espaldas brillaban rubios cabellos. El agua desaparecía por
momentos, y el segundo hermano no pudo bañarse por entero; no obstante,
se revolcó sobre la arena húmeda, y su piel se tiñó de un color dorado.
A su vez el tercero se arrojó en la balsa, poro no quedaba ya ni una
gota de agua. El desgraciado se agitaba inútilmente queriendo beber y
humedecer su cuerpo; pero sólo las plantas de los pies y las palmas de
sus manos, apretando la arena se humedecieron un poco y adquirieron un
matiz ligeramente blanco.
Esta leyenda relativa á los habitantes de los tres continentes del
Antiguo Mundo, nos cuenta, tal vez en forma velada, cuáles son las
verdaderas causas de la prosperidad de las razas. Las naciones de Europa
han llegado á ser las más morales, las más inteligentes y las más
felices, no porque lleven en sí preeminencia alguna, sino porque gozan
de un mayor número de ríos y fuentes, y sus cuencas fluviales están más
felizmente distribuídas. El Asia, donde muchos pueblos son del mismo
origen ario que las principales naciones de Europa, tiene una historia
mucho más antigua, y ha hecho, no obstante, menos progresos en
civilización y poderío sobre la naturaleza porque sus canales de riego
están peor distribuídos, y porque vastos desiertos separan sus fértiles
valles. Y el Africa, continente informe, poblado de desiertos, de
mesetas, de llanuras tostadas por el sol, y de pantanos, hace largos
siglos que es la tierra desheredada á causa de la falta de fuentes y de
ríos. Pero á pesar de los odios y las guerras, en auge todavía, los
pueblos se hacen más solidarios cada día, y saben ya comunicarse sus
privilegios para hacer de ellos un patrimonio común; gracias á la
ciencia y á la industria que se propagan de día en día, saben ya hacer
brotar el agua donde nuestros antepasados no sabían hallarla, y poner en
comunicación unos ríos con otros, aunque estén muy distantes. Los tres
primeros hombres se separaron enemigos en la fuente de la Discordia,
pero la misma leyenda añade que se reconciliaron un día en el manantial
de la Igualdad, para ser eternamente hermanos.
En las regiones predilectas del sol, donde tradiciones y mitos van á
buscar la mayor parte de las causas de la civilización de las naciones,
es alrededor de la fuente, condición principal de la vida, donde afirman
que por vez primera se reunieron los hombres. En medio del desierto, la
tribu vive aprisionada en el oasis; forzosamente agrícola, los límites
de su territorio están marcados por el alcance que el agua tiene. Las
estepas de abundante hierba, más fáciles de atravesar que el desierto,
no mantienen en cautiverio á las tribus, y los pastores nómadas
conduciendo sus rebaños, viajan, según la temporada, de un extremo á
otro de la llanura; pero los puntos de reunión son siempre las fuentes,
y de la mayor ó menor abundancia del manantial depende el poderío de la
tribu. La institución patriarcal de los semitas del Asia occidental y de
las demás razas del mundo, es debida sobre todo á la carencia de
manantiales.
La altiva ciudad griega, y con ella la admirable civilización de los
helenos, que continuará resplandeciente á través de la historia, se
explica también en gran parte por la forma del Hélada, donde numerosos
lagos, separados unos de otros por colinas y elevadas montañas, tienen
cada uno su pequeña familia de arroyuelos y de valles. ¿Se puede
imaginar Esparta sin el Eurotas, Olimpia sin el Alfeo y Atenas sin el
Iliso? Además, los poetas griegos supieron reconocer lo que debía su
patria á esas pequeñas corrientes de agua que un salvaje de América ni
siquiera se dignaría mirar. Los aborígenes del Nuevo Mundo desprecian al
arroyo porque ven correr con su terrible majestad los grandes ríos como
el Madeira, el Tapajoz y el Amazonas; pero esas enormes masas de agua no
las comprenden ni siquiera lo necesario para apreciar su potencia, y al
contemplarlas se quedan como estúpidos. El griego, al contrario, lleno
de gratitud por el más insignificante hilillo de agua, lo deificaba como
una fuerza natural; le construía templos, le erigía estatuas y acuñaba
medallas en su honor. Y el artista que grababa ó esculpía esos rasgos
divinizados, comprendía tan perfectamente las virtudes íntimas de la
fuente, que, al ver la imagen los ciudadanos que corrían á contemplarla,
la reconocían inmediatamente.
¡Cuán célebres son los nombres de los pequeños arroyuelos del Hélada y
del Asia Menor así transfigurados por los escultores y los poetas!
¡Cuando el viajero desembarca en el Helesponto, sobre las mismas playas
donde Ulises y Aquiles sacaron sus embarcaciones sobre la arena; cuando
apercibe el llano que en otro tiempo sostenía las murallas de Troya y ve
su propia imagen reflejarse, bien en los famosos manantiales del
Escamandro, ó en el agua cristalina del pequeño río Simois, donde estuvo
á punto de perecer el valiente Ajax, bien pobre es su imaginación y bien
rebelde su corazón si no se siente profundamente conmovido en presencia
de esas aguas que el viejo Homero ha cantado! ¿Quién no se sentirá
conmovido al visitar esas fuentes de Grecia, con sus hombres armoniosos
de Caliroe, Mnemosina, Hipocrene, Castalia?... El agua que entonces
manaba y que continúa naciendo todavía, es la que los poetas miraban con
amor como si la inspiración hubiera salido del suelo al mismo tiempo que
las fuentes; á esos hilillos transparentes iban á beber, pensando en la
inmortalidad y queriendo leer el destino de sus obras en los rizos de la
pequeña laguna y en las pequeñas ondulaciones de la cascadita.
¡No es posible que haya un viajero que no se deleite recordando esas
célebres fuentes, si ha tenido la felicidad de contemplarlas un día! Yo
recuerdo todavía con verdadera emoción las horas y los minutos en que,
cual humilde amante de las fuentes, pude dirigir mi mirada hacia las
aguas puras de los manantiales de la Sicilia griega, y sor prender en
su alegre nacimiento, acariciados por la luz del sol, los pequeños
torrentes Aeis y Amenanos, y los borbotones transparentes de Cianea y
Aretusa. Es cierto que estas fuentes son hermosas, pero me parecían mil
vecen más encantadoras al recordar que muchos millones de hombres ya
desaparecidos, las habían admirado como yo: una especie de piedad filial
me hacía participar de los sentimientos de todos aquellos, que desde el
juicioso Ulises, se habían detenido al borde de esas aguas para
satisfacer su sed, ó tan sólo para contemplar la profundidad azul y la
cristalina corriente. El recuerdo de los pueblos que se habían unido
alrededor de esas fuentes, y cuyos palacios y templos se habían
reflejado temblando sobre la rizada superficie, se mezclaba para mí con
el murmullo de la fuente saliendo fuera de su cárcel calcárea ó de lava.
Los pueblos han sido destruidos; diversas civilizaciones se han sucedido
con su flujo y reflujo de progreso y decadencia; pero la fuente, con su
voz clara, no cesa un instante de contar la historia de las antiguas
ciudades griegas: más aun que la grave historia, las fábulas con las que
los poetas han adornado la descripción de las fuentes, sirven en
nuestros días para resucitar ante nosotros las pasadas generaciones. El
riachuelo Acis que festejaban Galatea y las ninfas del bosque y que el
gigante Polifemo medio enterró entre las rocas, nos habla de una
erupción del Etna, el gigante terrible, con la mirada de fuego,
encendida sobre la como el ojo fijo del Ciclope; Cifanelo ó el Azulado
que se coronaba de flores cuando el negro Platón vino á llevarse á
Proserpina para abismarse con ella en las cavernas del infierno, nos
hace aparecer los dioses jóvenes en la época de sus amores con la tierra
virgen todavía; la encantadora Aretusa que la leyenda nos dice haber
venido de Grecia nadando á través de las olas del mar Jónico, siguiendo
la estela de las embarcaciones dóricas, nos cuenta la emigración de los
colonos griegos en su marcha gradual de progreso hacia Occidente. Alfeo,
el río de Olimpia, corriendo en persecución de la bella Aretusa, había
también salvado el mar y mezclado sus aguas, en las costas de Sicilia,
con la onda adorada de la fuente. Según dicen los marinos, se ve á veces
al Alfeo levantarse sobre el mar en grandes borbotones, cerca de los
muelles de Siracusa, y en su corriente arremolina las hojas, las flores
y los frutos de Grecia. La naturaleza entera, con sus aguas y sus
plantas, había seguido al heleno á su nueva patria.
Más cerca de nosotros, en el Mediodía de Francia, pero también sobre
esas vertientes del Mediterráneo que, por sus rocas blancas, su
vegetación y su clima se parece más al Africa y á Siria que á la Europa
templada, una fuente, la de Nimes, nos cuenta las bienandanzas del agua
de los manantiales. Fuera de la población, se abre un anfiteatro de
rocas poblado de pinos, cuyas cimas superiores están inclinadas por el
viento que baja de la torre Magua: en el fondo de este anfiteatro,
entre murallas blancas con balaustres de mármol es donde aparece la
balsa de la fuente. Alrededor se ven algunos restos de construcción
antigua. En la orilla misma se levantan aun las ruinas de un templo de
las ninfas que se creía en otro tiempo haber sido consagrado á Diana, la
diosa casta, á causa, sin duda, de la belleza de las noches, en las que
se refleja sobre las aguas el disco de la luna rielante y tembloroso.
Bajo la terraja del templo, un doble hemiciclo de mármol rodea la fuente
y sus gradas, donde las jóvenes iban en otro tiempo á aprovisionarse de
agua, bajan hasta hundirse en el líquido cristalino. La fuente es de un
azul insondable á la mirada. Saliendo del fondo de un abismo abierto
como un embudo, la masa de agua se ensancha subiendo y se extiende
circularmente en la superficie. Como un enorme ramo de verdura que
sobresale del jarro, las hierbas acuáticas con sus plateadas hojas que
crecen al borde de la fuente, y las algas de limo con sus largas cuerdas
enguirnaldadas cediendo á la presión del agua que rebasa, se doblan
hacia afuera por el borde del estanque; por entre su espesa capa la
corriente se escapa abriendo anchos regueros con su cauce adornado de
flotantes serpentinas. Al escaparse del tazón de la fuente, el arroyo
acaba de nacer; se sumerge á lo lejos bajo bóvedas sonoras, se precipita
en pequeñas cascadas por entre los troncos sombreados de grandes
castaños; luego, encerrado en un canal de piedra, atraviesa la ciudad,
de la que es arteria de vida, y más lejos, cargado de sedimentos
impuros, se corrompe, convertido en canal de inmundicias. Sin la fuente
que le alimenta, Nimes no se hubiera fundado; y si las aguas se
extinguieran, la ciudad dejaría tal vez de existir: en los años de
sequía, cuando el manantial arroja tan sólo un hilito de agua, los
habitantes emigran en gran número. Sin duda, los naturales de Nimes
podrían traer de lejos á sus calles y plazas muchas otras fuentes y
hasta un brazo del Ardeche ó el Ródano; pero, ¡en cuántos trabajos
fútiles no distraen su actividad sin pensar antes en procurarse lo
indispensable, es decir, agua abundante para proporcionarse con ella
bienestar é higiene! Como para burlarse de su propia incuria, los
nimeses han erigido en una de sus plazas, la más árida y llena de polvo,
un grupo magnífico de ríos adornados con tridentes y arroyuelos
coronados de nenúfares; pero, á pesar de ese fausto escultural, el único
recurso es siempre la fuente venerada, hermosa y pura como en los días
en que sus antepasados los galos construyeron la primera cabaña al borde
mismo de sus aguas.
En los países del Norte, regados casi todos con abundancia por fuentes,
arroyos y ríos, los manantiales no han atraído hacia ellos, como las
fuentes del Mediodía, la poesía de las leyendas y la atención de la
historia. Como bárbaros que miramos sólo las ventajas del tráfico,
admiramos el río caudaloso en proporción al número de sacos ó toneladas
que transportan durante el año, y apenas si nos ocupamos de los ríos
secundarios que lo forman y de las fuentes que los alimentan. Entre los
muchos millones de hombres que habitan en las orillas de los grandes
ríos de la Europa occidental, sólo algunos millares, en sus paseos ó
viajes, se dignan desviarse un poco de su camino para ir á contemplar
las fuentes principales del río que riega sus ricas tierras de la vega
donde nacieron, pone en movimiento sus fábricas y mantiene á flote las
embarcaciones. Algunas fuentes, admirables por la transparencia de sus
aguas y por el encanto del paisaje que las rodea, permanecen
completamente ignoradas para los burgueses de la ciudad vecina, que,
fieles á las rutinas en boga, van todos los años á llenarse de polvo por
las calles y caminos de las ciudades en moda. Como viven una existencia
artificial, han olvidado completamente á la naturaleza y no saben
siquiera abrir los ojos para contemplar el horizonte, ni mirar lo que
existe en donde ponen sus pies. ¡Poco nos importa! ¿Es acaso la
naturaleza menos hermosa porque ellos la miren con indiferencia? ¿Porque
jamás se hayan dignado mirarlas, son menos encantadoras las pequeñas
fuentes que nacen susurrantes en medio de las flores y el poderoso
manantial que se escapa á borbotones de las concavidades de la roca?