CAPÍTULO II

#El agua del desierto#

Para comprender la importancia que han tenido los manantiales y los

arroyos en la vida de las sociedades, es preciso transportarse, aunque

sólo sea con el pensamiento, á los países donde la tierra avara no deja

brotar más que muy raras fuentes. Acostados blanda y cómodamente sobre

la hierba de nuestros prados, cerca del agua que se escapa á borbotones,

es muy fácil abandonarnos á la voluptuosidad de vivir, contentándonos

sólo con los encantadores horizontes de nuestro clima; pero dejemos

nuestro espíritu vagar bastante más allá de los límites donde alcanza

nuestra mirada. Viajemos á capricho lejos de las matas gramíneas que se

balancean á nuestro lado á la otra parte de los álamos que hacen sombra

á la fuente, y de los surcos que rayan la falda de la colina; más allá

todavía de las ondulaciones vaporosas de las crestas que marcan las

fronteras del valle y de los blancos jirones de nubes que festonean el

horizonte. Sigamos en su vuelo, al otro lado de los montes y los mares,

al pájaro que se marcha hacia otros continentes. La frente refleja un

instante su rápida imagen pero bien pronto desaparece en el espacio.

Aquí, en nuestros ricos valles de la Europa occidental, el agua corre en

abundancia; las plantas bien regadas, se desarrollan con toda su

belleza; las ramas de los árboles, con su corteza lisa y tierna, están

rebosando savia; el aire tibio está cargado de vapores. Por influencia

del contraste, es natural pensar en otras comarcas menos felices, en las

que la atmósfera no produce lluvia, y el suelo, demasiado árido, da vida

raquítica á una insignificante vegetación. En esas regiones es donde las

gentes saben apreciar el agua en su justo valor. En el interior del

Asia, en la Península arábiga, en el Sahara y el desierto del Africa

Central, en las llanuras del Nuevo Mundo, y hasta en ciertas regiones de

España, cada fuente es algo más que el símbolo de la vida; es la vida

misma: que el agua sea abundante y la prosperidad del país se

acrecentará; si la cantidad disminuye ó desaparece completamente, los

pueblos se empobrecen ó mueren: su historia es la del hilo de agua,

cerca del cual construyen sus cabañas.

Los orientales, cuando tienen ensueños de felicidad, se ven siempre al

borde de un arroyuelo, y en sus cantos celebran, sobre todo, la belleza

de las fuentes. Mientras que en nuestra Europa, con bastante agua para

el desenvolvimiento de la vida, nos saludamos burguesamente

preguntándonos por la salud y los negocios, los gallos del Africa

oriental, se preguntan inclinándose. «¿Has hallado agua?» En el

Indostán, al criado encargado de refrescar la morada rociando el piso,

le llaman el «paradisiaco».

En las costas del Perú y de Bolivia, donde el agua pura es muy rara,

miran frecuentemente con desesperación la vasta extensión de las ondas

saladas. La tierra árida tiene un color amarillo, el cielo es azul ó de

un color de acero. Sucede á veces que una nube se forma en la atmósfera:

inmediatamente, las gentes se juntan para seguir con la mirada el

hermoso lienzo de vapor que se deshace en el espacio sin resolverse en

lluvia. No obstante, después de meses y años de espera, un feliz

movimiento del aire funde en agua á la nube sobre las arideces de la

costa. ¡Qué alegría, ver caer el chaparrón tanto tiempo esperado! Los

niños salen de la casa para recibir la lluvia sobre sus cuerpos

desnudos y se bañan en las charcas lanzando gritos de alegría; los

adultos esperan impacientes el final de la tormenta para salir al aire

libre y gozar del contacto con las moléculas húmedas que flotan todavía

en la atmósfera. La lluvia que acaba de caer va á renacer por todas

partes, no en fuentes, sino cambiada por la maravillosa química del

suelo, en verdura, en flores y en aromas, para transformar durante

algunos días el desierto árido en hermoso prado. Por desgracia, esas

hierbas se secan en muy pocas semanas, la tierra se calcina de nuevo, y

los habitantes, afligidos, se ven obligados á ir en busca del agua

necesaria, á las llanuras lejanas cubiertas de eflorescencias

salitrosas. El agua se deposita en grandes tinajas, y les gusta mirarse

en ella, lo mismo que en nuestros felices climas podemos hacer en el

mágico espejo de nuestras fuentes.

El extranjero que se aventura por ciertos pueblos del alto Aragón,

construídos sobre las cumbres de los montes que sirven de base á los

Pirineos lo mismo que rocas á punto de rodar hasta el valle, se ve

sorprendido por la tierra roja que cimenta las piedras irregulares de

las miserables casuchas. Supone que la roja argamasa se ha amasado con

arena rojiza, pero no es así; los constructores, avaros de su agua, han

preferido hacer el mortero con vino. La cosecha del año anterior ha sido

buena, sus bodegas están llenas de líquido, y si se quiere colocar la

nueva cosecha, no tiene otro recurso que vaciar una buena parte. Para ir

en busca del agua, muy lejos en el valle, al pie de las colinas, sería

necesario perder días enteros y cargar numerosas caravanas de mulas. En

cuanto á servirse del agua que cae gota á gota por la hendidura de la

roca inmediata, es un sacrilegio en el cual nadie piensa. Esta agua, las

mujeres que van todos los días á recogerla en sus cántaros, la conservan

con un amor religioso.

¡Cuánto más viva todavía debe ser la admiración que por el agua siente

el viajero que atraviesa el desierto de piedras ó de arena, y que ignora

si tendrá la suerte de hallar un poco de humedad en algún pozo, cuyas

paredes están formadas con huesos de camello! Llega al punto indicado,

pero la última gota acaba de ser evaporada por el sol; ahonda el húmedo

suelo con la punta de su lanza; todo inútil, la fuente que buscaba no

volverá á tener agua hasta la próxima temporada de lluvias. ¿Qué tiene,

pues, de extraño que su imaginación, siempre obsesionada por la visión

de las fuentes, dirigida hacia la imagen de las aguas, se las haga

aparecer repentinamente? El espejismo no es sólo, tal como lo dice la

física moderna, una ilusión de la vista producida por la refracción de

los rayos del sol al través de un plano en el que la temperatura no es

en todas partes la misma; es también con frecuencia una alucinación del

fatigado viajero. Para él, el colmo de su felicidad sería ver aparecer

á sus pies mismo un lago de agua fresca, en el cual pudiera al mismo

tiempo que calmar su sed, refrescar su cuerpo, y tal es la intensidad de

su deseo, que transforma su ensueño en una imagen visible. El hermoso

lago que describe en su pensamiento, se le aparece al fin reflejando á

lo lejos la luz del sol y presentando á su vista la orilla dilatada

hasta el horizonte, poblada de tupidas y elegantes palmeras. Dentro de

algunos minutos nadará voluptuosamente en sus aguas, y ya que no puede

gozar de la realidad, disfruta al menos con la ilusión.

¡Qué momento de entusiasmo y alegría aquel en que el guía de la

caravana, dotado de vista más penetrante que sus compañeros, divisa en

el horizonte el punto negro que le revela el verdadero oasis! Lo señala

con el dedo á los que le siguen, y todos sienten en el mismo instante

disminuir la laxitud: la vista de ese pequeño punto casi imperceptible

ha sido suficiente para reparar sus fuerzas y cambiar en alegría su

desesperación; las caballerías alargan el paso, porque también ellas

saben que la terrible jornada va á tener pronto fin. El punto negro

aumenta poco á poco; ahora se presenta ya como una nube indecisa,

contrastando por su color negro con la superficie inmensa del desierto

de un color rojo deslumbrador; luego la nube se extiende y se levanta

sobre la llanura: es un bosque, sobre el cual empiezan á distinguirse

las redondas cimas de las palmeras, parecidas á bandadas de gigantescos

pájaros. Al fin, el viajero penetra bajo la alegre sombra, y ahora sí

que es agua, agua verdadera, lo que oye murmurar al pie de los árboles.

¡Pero qué cuidado religioso ponen los habitantes del oasis en utilizar

hasta la última gota del precioso líquido! Dividen el nacimiento en una

multitud de pequeños regueros, con objeto de esparcir la vida sobre la

mayor extensión posible, y trazan á todas estas pequeñas venas de agua

el camino más recto hacia las plantaciones y los cultivos. Empleada así

hasta la última gota, la fuente no va á perderse en el arroyo y en el

desierto: sus límites son los del oasis mismo; donde crecen los últimos

arbustos, allí acaban las últimas arterias del agua, absorbida por las

raíces para transformarla en savia. ¡Extraño contraste el de las cosas!

Para los que habitan el oasis es este un presidio; para los que lo

divisan de lejos ó lo ven sólo con la imaginación, es un paraíso.

Sitiado por el inmenso desierto, donde el viajero desorientado sólo

halla hambre, sed, la locura, ó tal vez la muerte, los habitantes del

oasis son además diezmados por las fiebres que la pestilencia de las

aguas producen, al pie mismo de las poéticas palmeras. Cuando los

emperadores romanos, modelo de todos los que les han sucedido en la

historia de la autoridad, tenían interés en deshacerse de un enemigo sin

necesidad de derramar sangre, se limitaban á desterrarlos á un oasis, y

poco tiempo después tenían la alegría de saber que la muerte había hecho

rápidamente el servicio esperado. Y no obstante, esos oasis mortíferos,

gracias á sus aguas cristalinas y al contraste que ofrecen con las

soledades áridas, hacen surgir en el hombre la idea de un lugar de

delicias y han llegado á ser el símbolo mismo de la felicidad. En sus

viajes de conquista á través del mundo, los árabes, deseosos de crearse

una patria en todas las comarcas á donde les llevaba el amor de

conquista y el fanatismo de la fe, intentaron crear por doquier pasaban

pequeños oasis. ¿Qué son en Andalucía esos jardines encerrados entre las

tristes murallas de un alcázar moro, sino miniaturas del oasis, que les

recordaban los del desierto? Por el lado de la población y de sus calles

llenas de polvo, las altas murallas coronadas de almenas y agujereadas

de trecho en trecho por algunas angostas aberturas, presentan un aspecto

terrible; pero cuando se ha penetrado en el recinto y se han pasado las

bóvedas, los corredores y las arcadas, se nos presenta el jardín rodeado

de elegantes columnas que recuerdan los esbeltos troncos de las

palmeras. Las plantas trepadoras se enlazan en los fustes de mármol, las

flores llenan el reducido espacio con su perfume penetrante, y el agua,

poco abundante, pero distribuida con el mayor arte, cae como perlas

sonoras en el vaso de la fuente.

En presencia de las hermosas fuentes de nuestro clima, cuya agua nos

apaga la sed y nos enriquece, se nos ocurre preguntar cuál de los

agentes naturales de la civilización ha hecho más para ayudar á la

humanidad en su lento desenvolvimiento. ¿Es acaso el mar con sus aguas

pobladas de vidas, con sus playas, que fueron los primeros caminos

empleados por el hombre, y su superficie infinita excitando en el

bárbaro el deseo de recorrerla de una á otra orilla? ¿Es acaso el monte

con sus altas cimas, que son la belleza de la tierra, sus profundos

valles, donde los pueblos hallan abrigo, su atmósfera pura, que da á los

que la respiran una alma fuerte? ¿O será tal vez la humilde fuente, hija

del mar y de los montes? Sí; la historia de las naciones nos enseña cómo

la fuente y el arroyo han contribuido directamente al progreso del

hombre más que el océano, los montes y toda otra parte del gran cuerpo

del planeta que habitamos. Costumbres, religiones, estado social,

dependen, sobre todo, de la abundancia de aguas corrientes.

Según una leyenda oriental, fué á la orilla de una fuente del desierto

donde los legendarios antepasados de las tres grandes razas del antiguo

mundo cesaron de ser hermanos para convertirse en enemigos. Los tres,

fatigados por la marcha á través de la arena, se sentían morir de calor

y de sed. Llenos de alegría al divisar una fuente, corrieron para

arrojarse en sus aguas. El más joven que llegó primero, salió

transformado; su color, negro como el de sus hermanos antes de

sumergirse en la fuente, había tomado el color de un blanco rosado, y

sobre sus espaldas brillaban rubios cabellos. El agua desaparecía por

momentos, y el segundo hermano no pudo bañarse por entero; no obstante,

se revolcó sobre la arena húmeda, y su piel se tiñó de un color dorado.

A su vez el tercero se arrojó en la balsa, poro no quedaba ya ni una

gota de agua. El desgraciado se agitaba inútilmente queriendo beber y

humedecer su cuerpo; pero sólo las plantas de los pies y las palmas de

sus manos, apretando la arena se humedecieron un poco y adquirieron un

matiz ligeramente blanco.

Esta leyenda relativa á los habitantes de los tres continentes del

Antiguo Mundo, nos cuenta, tal vez en forma velada, cuáles son las

verdaderas causas de la prosperidad de las razas. Las naciones de Europa

han llegado á ser las más morales, las más inteligentes y las más

felices, no porque lleven en sí preeminencia alguna, sino porque gozan

de un mayor número de ríos y fuentes, y sus cuencas fluviales están más

felizmente distribuídas. El Asia, donde muchos pueblos son del mismo

origen ario que las principales naciones de Europa, tiene una historia

mucho más antigua, y ha hecho, no obstante, menos progresos en

civilización y poderío sobre la naturaleza porque sus canales de riego

están peor distribuídos, y porque vastos desiertos separan sus fértiles

valles. Y el Africa, continente informe, poblado de desiertos, de

mesetas, de llanuras tostadas por el sol, y de pantanos, hace largos

siglos que es la tierra desheredada á causa de la falta de fuentes y de

ríos. Pero á pesar de los odios y las guerras, en auge todavía, los

pueblos se hacen más solidarios cada día, y saben ya comunicarse sus

privilegios para hacer de ellos un patrimonio común; gracias á la

ciencia y á la industria que se propagan de día en día, saben ya hacer

brotar el agua donde nuestros antepasados no sabían hallarla, y poner en

comunicación unos ríos con otros, aunque estén muy distantes. Los tres

primeros hombres se separaron enemigos en la fuente de la Discordia,

pero la misma leyenda añade que se reconciliaron un día en el manantial

de la Igualdad, para ser eternamente hermanos.

En las regiones predilectas del sol, donde tradiciones y mitos van á

buscar la mayor parte de las causas de la civilización de las naciones,

es alrededor de la fuente, condición principal de la vida, donde afirman

que por vez primera se reunieron los hombres. En medio del desierto, la

tribu vive aprisionada en el oasis; forzosamente agrícola, los límites

de su territorio están marcados por el alcance que el agua tiene. Las

estepas de abundante hierba, más fáciles de atravesar que el desierto,

no mantienen en cautiverio á las tribus, y los pastores nómadas

conduciendo sus rebaños, viajan, según la temporada, de un extremo á

otro de la llanura; pero los puntos de reunión son siempre las fuentes,

y de la mayor ó menor abundancia del manantial depende el poderío de la

tribu. La institución patriarcal de los semitas del Asia occidental y de

las demás razas del mundo, es debida sobre todo á la carencia de

manantiales.

La altiva ciudad griega, y con ella la admirable civilización de los

helenos, que continuará resplandeciente á través de la historia, se

explica también en gran parte por la forma del Hélada, donde numerosos

lagos, separados unos de otros por colinas y elevadas montañas, tienen

cada uno su pequeña familia de arroyuelos y de valles. ¿Se puede

imaginar Esparta sin el Eurotas, Olimpia sin el Alfeo y Atenas sin el

Iliso? Además, los poetas griegos supieron reconocer lo que debía su

patria á esas pequeñas corrientes de agua que un salvaje de América ni

siquiera se dignaría mirar. Los aborígenes del Nuevo Mundo desprecian al

arroyo porque ven correr con su terrible majestad los grandes ríos como

el Madeira, el Tapajoz y el Amazonas; pero esas enormes masas de agua no

las comprenden ni siquiera lo necesario para apreciar su potencia, y al

contemplarlas se quedan como estúpidos. El griego, al contrario, lleno

de gratitud por el más insignificante hilillo de agua, lo deificaba como

una fuerza natural; le construía templos, le erigía estatuas y acuñaba

medallas en su honor. Y el artista que grababa ó esculpía esos rasgos

divinizados, comprendía tan perfectamente las virtudes íntimas de la

fuente, que, al ver la imagen los ciudadanos que corrían á contemplarla,

la reconocían inmediatamente.

¡Cuán célebres son los nombres de los pequeños arroyuelos del Hélada y

del Asia Menor así transfigurados por los escultores y los poetas!

¡Cuando el viajero desembarca en el Helesponto, sobre las mismas playas

donde Ulises y Aquiles sacaron sus embarcaciones sobre la arena; cuando

apercibe el llano que en otro tiempo sostenía las murallas de Troya y ve

su propia imagen reflejarse, bien en los famosos manantiales del

Escamandro, ó en el agua cristalina del pequeño río Simois, donde estuvo

á punto de perecer el valiente Ajax, bien pobre es su imaginación y bien

rebelde su corazón si no se siente profundamente conmovido en presencia

de esas aguas que el viejo Homero ha cantado! ¿Quién no se sentirá

conmovido al visitar esas fuentes de Grecia, con sus hombres armoniosos

de Caliroe, Mnemosina, Hipocrene, Castalia?... El agua que entonces

manaba y que continúa naciendo todavía, es la que los poetas miraban con

amor como si la inspiración hubiera salido del suelo al mismo tiempo que

las fuentes; á esos hilillos transparentes iban á beber, pensando en la

inmortalidad y queriendo leer el destino de sus obras en los rizos de la

pequeña laguna y en las pequeñas ondulaciones de la cascadita.

¡No es posible que haya un viajero que no se deleite recordando esas

célebres fuentes, si ha tenido la felicidad de contemplarlas un día! Yo

recuerdo todavía con verdadera emoción las horas y los minutos en que,

cual humilde amante de las fuentes, pude dirigir mi mirada hacia las

aguas puras de los manantiales de la Sicilia griega, y sor prender en

su alegre nacimiento, acariciados por la luz del sol, los pequeños

torrentes Aeis y Amenanos, y los borbotones transparentes de Cianea y

Aretusa. Es cierto que estas fuentes son hermosas, pero me parecían mil

vecen más encantadoras al recordar que muchos millones de hombres ya

desaparecidos, las habían admirado como yo: una especie de piedad filial

me hacía participar de los sentimientos de todos aquellos, que desde el

juicioso Ulises, se habían detenido al borde de esas aguas para

satisfacer su sed, ó tan sólo para contemplar la profundidad azul y la

cristalina corriente. El recuerdo de los pueblos que se habían unido

alrededor de esas fuentes, y cuyos palacios y templos se habían

reflejado temblando sobre la rizada superficie, se mezclaba para mí con

el murmullo de la fuente saliendo fuera de su cárcel calcárea ó de lava.

Los pueblos han sido destruidos; diversas civilizaciones se han sucedido

con su flujo y reflujo de progreso y decadencia; pero la fuente, con su

voz clara, no cesa un instante de contar la historia de las antiguas

ciudades griegas: más aun que la grave historia, las fábulas con las que

los poetas han adornado la descripción de las fuentes, sirven en

nuestros días para resucitar ante nosotros las pasadas generaciones. El

riachuelo Acis que festejaban Galatea y las ninfas del bosque y que el

gigante Polifemo medio enterró entre las rocas, nos habla de una

erupción del Etna, el gigante terrible, con la mirada de fuego,

encendida sobre la como el ojo fijo del Ciclope; Cifanelo ó el Azulado

que se coronaba de flores cuando el negro Platón vino á llevarse á

Proserpina para abismarse con ella en las cavernas del infierno, nos

hace aparecer los dioses jóvenes en la época de sus amores con la tierra

virgen todavía; la encantadora Aretusa que la leyenda nos dice haber

venido de Grecia nadando á través de las olas del mar Jónico, siguiendo

la estela de las embarcaciones dóricas, nos cuenta la emigración de los

colonos griegos en su marcha gradual de progreso hacia Occidente. Alfeo,

el río de Olimpia, corriendo en persecución de la bella Aretusa, había

también salvado el mar y mezclado sus aguas, en las costas de Sicilia,

con la onda adorada de la fuente. Según dicen los marinos, se ve á veces

al Alfeo levantarse sobre el mar en grandes borbotones, cerca de los

muelles de Siracusa, y en su corriente arremolina las hojas, las flores

y los frutos de Grecia. La naturaleza entera, con sus aguas y sus

plantas, había seguido al heleno á su nueva patria.

Más cerca de nosotros, en el Mediodía de Francia, pero también sobre

esas vertientes del Mediterráneo que, por sus rocas blancas, su

vegetación y su clima se parece más al Africa y á Siria que á la Europa

templada, una fuente, la de Nimes, nos cuenta las bienandanzas del agua

de los manantiales. Fuera de la población, se abre un anfiteatro de

rocas poblado de pinos, cuyas cimas superiores están inclinadas por el

viento que baja de la torre Magua: en el fondo de este anfiteatro,

entre murallas blancas con balaustres de mármol es donde aparece la

balsa de la fuente. Alrededor se ven algunos restos de construcción

antigua. En la orilla misma se levantan aun las ruinas de un templo de

las ninfas que se creía en otro tiempo haber sido consagrado á Diana, la

diosa casta, á causa, sin duda, de la belleza de las noches, en las que

se refleja sobre las aguas el disco de la luna rielante y tembloroso.

Bajo la terraja del templo, un doble hemiciclo de mármol rodea la fuente

y sus gradas, donde las jóvenes iban en otro tiempo á aprovisionarse de

agua, bajan hasta hundirse en el líquido cristalino. La fuente es de un

azul insondable á la mirada. Saliendo del fondo de un abismo abierto

como un embudo, la masa de agua se ensancha subiendo y se extiende

circularmente en la superficie. Como un enorme ramo de verdura que

sobresale del jarro, las hierbas acuáticas con sus plateadas hojas que

crecen al borde de la fuente, y las algas de limo con sus largas cuerdas

enguirnaldadas cediendo á la presión del agua que rebasa, se doblan

hacia afuera por el borde del estanque; por entre su espesa capa la

corriente se escapa abriendo anchos regueros con su cauce adornado de

flotantes serpentinas. Al escaparse del tazón de la fuente, el arroyo

acaba de nacer; se sumerge á lo lejos bajo bóvedas sonoras, se precipita

en pequeñas cascadas por entre los troncos sombreados de grandes

castaños; luego, encerrado en un canal de piedra, atraviesa la ciudad,

de la que es arteria de vida, y más lejos, cargado de sedimentos

impuros, se corrompe, convertido en canal de inmundicias. Sin la fuente

que le alimenta, Nimes no se hubiera fundado; y si las aguas se

extinguieran, la ciudad dejaría tal vez de existir: en los años de

sequía, cuando el manantial arroja tan sólo un hilito de agua, los

habitantes emigran en gran número. Sin duda, los naturales de Nimes

podrían traer de lejos á sus calles y plazas muchas otras fuentes y

hasta un brazo del Ardeche ó el Ródano; pero, ¡en cuántos trabajos

fútiles no distraen su actividad sin pensar antes en procurarse lo

indispensable, es decir, agua abundante para proporcionarse con ella

bienestar é higiene! Como para burlarse de su propia incuria, los

nimeses han erigido en una de sus plazas, la más árida y llena de polvo,

un grupo magnífico de ríos adornados con tridentes y arroyuelos

coronados de nenúfares; pero, á pesar de ese fausto escultural, el único

recurso es siempre la fuente venerada, hermosa y pura como en los días

en que sus antepasados los galos construyeron la primera cabaña al borde

mismo de sus aguas.

En los países del Norte, regados casi todos con abundancia por fuentes,

arroyos y ríos, los manantiales no han atraído hacia ellos, como las

fuentes del Mediodía, la poesía de las leyendas y la atención de la

historia. Como bárbaros que miramos sólo las ventajas del tráfico,

admiramos el río caudaloso en proporción al número de sacos ó toneladas

que transportan durante el año, y apenas si nos ocupamos de los ríos

secundarios que lo forman y de las fuentes que los alimentan. Entre los

muchos millones de hombres que habitan en las orillas de los grandes

ríos de la Europa occidental, sólo algunos millares, en sus paseos ó

viajes, se dignan desviarse un poco de su camino para ir á contemplar

las fuentes principales del río que riega sus ricas tierras de la vega

donde nacieron, pone en movimiento sus fábricas y mantiene á flote las

embarcaciones. Algunas fuentes, admirables por la transparencia de sus

aguas y por el encanto del paisaje que las rodea, permanecen

completamente ignoradas para los burgueses de la ciudad vecina, que,

fieles á las rutinas en boga, van todos los años á llenarse de polvo por

las calles y caminos de las ciudades en moda. Como viven una existencia

artificial, han olvidado completamente á la naturaleza y no saben

siquiera abrir los ojos para contemplar el horizonte, ni mirar lo que

existe en donde ponen sus pies. ¡Poco nos importa! ¿Es acaso la

naturaleza menos hermosa porque ellos la miren con indiferencia? ¿Porque

jamás se hayan dignado mirarlas, son menos encantadoras las pequeñas

fuentes que nacen susurrantes en medio de las flores y el poderoso

manantial que se escapa á borbotones de las concavidades de la roca?

El Arroyo · 第 6 / 26 题