CAPÍTULO PRIMERO

#La fuente#

La historia de un arroyo, hasta la del más pequeño que nace y se pierde

entre el musgo, es la historia del infinito. Sus gotas centelleantes han

atravesado el granito, la roca calcárea y la arcilla; han sido nieve

sobre la cumbre del frío monte, molécula de vapor en la nube, blanca

espuma en las erizadas olas. El sol, en su carrera diaria, las ha hecho

resplandecer con hermosos reflejos; la pálida luz de la luna las ha

irisado apenas perceptiblemente; el rayo la ha convertido en hidrógeno y

oxígeno, y luego, en un nuevo choque, ha hecho descender en forma de

lluvia sus elementos primitivos. Todos los agentes de la atmósfera y el

espacio y todas las fuerzas cósmicas, han trabajado en concierto para

modificar incesantemente el aspecto y la posición de la imperceptible

gota; á su vez, ella misma es un mundo como los astros enormes que dan

vueltas por los cielos, y su órbita se desenvuelve de cielo en cielo

eternamente y sin reposo.

Toda nuestra imaginación no basta para abarcar en su conjunto el

circuito de la gota y por eso nos limitamos á seguirla en su curso y su

caída, desde su aparición en la fuente, hasta mezclarse con el agua del

caudaloso río y el océano inmenso. Como seres débiles, intentamos medir

la naturaleza con nuestra propia talla; cada uno de sus fenómenos se

resume para nosotros en un pequeño número de impresiones que hemos

sentido. ¿Qué es el arroyo, sino el sitio hermoso y apacible donde hemos

visto correr el agua cristalina bajo la sombra de los álamos,

balancearse sus hierbas largas como serpentinas y temblar agitados los

juncos de sus islitas? La orilla florida donde gozábamos acostándonos al

sol, soñando en la libertad, el sendero tortuoso que bordea el margen y

que nosotros seguimos con paso lento contemplando el curso del agua, la

arista de la piedra desde la cual el agua unida en apretado haz se

precipita en cascada ó se deshace en espuma; he ahí lo que en nuestro

recuerdo es el arroyo, casi con toda su infinita y compleja naturaleza,

puesto que lo restante se pierde en las obscuridades de lo inconcebible.

La fuente, el punto donde el chorro de agua, oculto hasta allí, se

manifiesta repentinamente, es el paraje encantador hacia el cual nos

sentimos invenciblemente atraídos; que ésta parezca adormecida en un

prado como simple balsa entre los juncos, que salga á borbotones de la

arena arrastrando laminitas de cuarzo ó de mica, que suben y bajan

arremolinándose en un torbellino sin fin, que brote modestamente entre

dos piedras, á la sombra discreta de los grandes árboles, ó bien que

salga con estrépito de una abertura de la roca ¿cómo no sentirse

fascinado por el agua que acaba de salir de la obscuridad y tan

alegremente refleja la luz? Gozando nosotros del espectáculo encantador

que el manantial nos ofrece, nos es fácil comprender por qué los árabes,

los españoles, los campesinos de los Pirineos y otros muchos hombres de

todas las razas y de todos los climas han creído ver en las fuentes

«ojos» de seres encerrados en las tenebrosas entrañas de las rocas, con

los cuales contemplan el espacio y la verdura. Libre de la cárcel que la

aprisionaba, la ninfa alegre mira el cielo azul, los árboles, las

hierbas, las cañas que se balancean; refleja la inmensa naturaleza en el

hermoso zafiro de sus aguas, y, sugestionados por sus límpidas miradas,

nos sentimos poseídos de misteriosa ternura.

La transparencia de las fuentes fué en todo tiempo el símbolo de la

pureza moral; en la poesía de todos los pueblos, la inocencia se compara

con el agua cristalina de las fuentes, y el recuerdo de esta imagen,

transmitido de siglo en siglo, se ha convertido para nosotros en

atractivo.

No cabe duda que esta agua se enturbiará más lejos; pasará por rocas que

le dejarán materias impuras y arrastrará vegetales en putrefacción; se

escurrirá por sucias tierras y se cargará de inmundancias por los

animales y los hombres; pero aquí, en su balsa de piedra Ó en su cuna de

juncos, es tan pura, tan luminosa, que parece aire condensado: los

reflejos movibles de la superficie, los repentinos borbotones, los

círculos concéntricos de sus rizos, los contornos indecisos y flotantes

de las piedras sumergidas, es lo único que revela que ese fluido tan

claro, es agua lo mismo que los ríos cenagosos. Inclinándonos sobre la

fuente y viendo en ella reflejada nuestra cara fatigada y con frecuencia

nada buena sobre su límpida superficie, no hay nadie que no repita

instintivamente, hasta sin haberlo aprendido, el antiguo canto que los

güebros enseñaban á sus hijos:

Acércate á la flor, pero no la deshojes,

Mírala y dí en voz baja: ¡Oh, quién fuera tan bueno!

En fuente cristalina no arrojes nunca piedras;

Contémplala y exclama: ¡Oh, quién fuera tan puro!

¡Qué hermosas son esas cabezas de náyade con la cabellera coronada de

hojas y flores que los artistas helénicos han burilado en sus medallas y

esas estatuas de ninfas que han elevado sobre las columnatas y los

templos! ¡Cuán encantadoras son esas imágenes ligeras y vaporosas que

Goujon ha sabido, no obstante, fijar para los siglos en el mármol de sus

fuentes! Cuán graciosa y alegre no es esa fuente que el viejo Ingres ha

casi esculpido con su pincel! Nada parece ser tan fugitivo, tan

indeciso como el agua corriente vista entre juncos; es cosa de

preguntarse cómo una mano humana puede atreverse á simular la fuente,

con sus rasgos precisos, en el mármol ó la tela; pero pintor ó escultor,

el artista no tiene más que mirar esta agua transparente, dejarse

seducir por el sentimiento que le invade, para ver que aparece ante su

vista la imagen graciosa y de redondeces abultadas y hermosas. Héla ahí,

bella y desnuda, sonriendo á la vida, fresca como la onda en la que su

pie se baña; es joven y no envejecerá jamás; aunque las generaciones

pasen rápidas ante ella, sus formas serán siempre igualmente suaves, su

mirada igualmente pura, y el agua que se extiende como perlas en su urna

encantada, brillará siempre al sol con iguales resplandores. ¡Qué

importa que la ninfa inocente, desconocedora de las miserias de la vida,

no tenga en su cabeza un torbellino de ideas! Feliz ella, no sueña en

nada; pero su dulce mirada nos hace soñar á nosotros y, á su vista, nos

prometemos ser sinceros y buenos hasta ser su igual, y su virtud nos

fortalece contra el mundo odioso del vicio y la calumnia.

La leyenda romana nos dice que Numa Pompilio tenía como consejera á la

ninfa Egeria. Penetraba solo en el interior de los bosques, bajo la

sombra misteriosa de las encinas; se aproximaba confiadamente á la gruta

sagrada y con su sola presencia, al agua pura de la cascada, con su

ropaje bordado de espuma y el flotante velo de vapor, irisado, adquiría

la forma de una mujer hermosa y le sonreía con amor. Numa, el mísero

mortal, la hablaba como á su igual, y la ninfa le contestaba con voz

cristalina, á la que se mezclaban como un coro lejano el murmullo del

follaje y los ruidos del bosque. El legislador aprendió allí su

sabiduría. Ningún anciano con su barba blanca hubiera pronunciado

palabras tan juiciosas como las que salían de los labios de la ninfa,

inmortal y eternamente joven.

¿Qué nos dice esta leyenda, sino que sólo la naturaleza y no la baraúnda

de las multitudes puede iniciarnos en la verdad? ¿qué para iniciarse en

los misterios de la ciencia es preciso retirarse á la soledad y

desarrollar su inteligencia por la reflexión? Numa Pompilio, Egeria, no

son más que nombres simbólicos que resumen todo un período de la

historia del pueblo romano, lo mismo que la de toda sociedad naciente: á

las ninfas, ó, por mejor decir, á las fuentes; á los bosques, á los

montes deben los hombres la inspiración de sus costumbres y sus leyes en

el origen de la civilización. Y aun cuando fuera cierto que la discreta

naturaleza hubiera dado así consejos á los legisladores, transformados

bien pronto en opresores de la humanidad, ¡cuánto bien no ha hecho sobre

ella en favor de los que sufren en la tierra, para darles energía,

consolarlos en las horas de desgracia y fortalecerlos para la gran

batalla de la vida! Si los oprimidos no hubieren tenido donde templar

las energías y crearse un alma fuerte contemplando la tierra y sus

grandes paisajes, la iniciativa y la audacia hubieran muerto ha muchos

siglos. Todas las cabezas se hubieran inclinado ante unos cuantos

déspotas y todas las inteligencias hubieran caído en una indestructible

red de sutilezas y mentiras.

En nuestras universidades é institutos, muchos profesores, sin saber lo

que hacen ó creyendo hacer bien, intentan disminuir el valor de la

juventud educando la fuerza y la originalidad según sus propias ideas,

imponiendo á todos la misma disciplina y mediocridad. Existe una tribu

de pieles rojas en la que las madres intentan hacer hijos para

consejeros y para la guerra haciéndoles inclinar la cabeza hacia

adelante ó hacia atrás por medio de sólidos instrumentos de madera y

vendajes apropiados; lo mismo que esta tribu existen pedagogos que se

consagran á la obra funesta de fabricar cabezas de funcionario y otros

cargos, lo cual consiguen, desgraciadamente, con harta frecuencia. Pero

pasan los diez meses de cadena, los diez largos meses de estudios, y

llegan los días felices de vacaciones: la juventud adquiere su libertad;

vuelve al campo, ve nuevamente los álamos del prado, los árboles del

bosque, y la fuente sobre cuyas aguas flotan ya las primeras hojas

amarillas que el otoño marchita; llenan sus pulmones con el aire puro de

la campiña, renuevan su sangre, fortalecen un cuerpo y todos los

aburrimientos de la escuela serán insuficientes para hacer que

desaparezcan del cerebro los recuerdos de la naturaleza libre. Que el

colegial salido de la cárcel, escéptico y extenuado, se aficione á

seguir el tortuoso sendero que bordea al arroyo, que contemple los

remolinos de las aguas, que separe las hojas ó levante las piedras para

ver salir el agua de los pequeños manantiales, y este ejercicio le hará

muy pronto sencillo de corazón, jovial y cándido.

Y lo mismo que sucede á los jóvenes sucede á los pueblos en su

adolescencia. A miles, los sacerdotes y directores de las naciones,

pérfidos ó llenos de buenas intenciones, se han armado del látigo y la

mordaza, ó bien, con mayor habilidad se han limitado á hacer repetir en

todos los siglos las ideas de obediencia con objeto de matar las

voluntades y envilecer los espíritus; pero, afortunadamente, todos esos

_pastores_ que han querido esclavizar al hombre por el terror, la

ignorancia ó la aplastante rutina, no han conseguido crear un mundo á su

imagen, no han podido hacer de la naturaleza un gran jardín de olorosos

naranjos, con árboles retorcidos en forma de monstruos y de enanos, con

valles cortados como figuras geométricas y rocas talladas á la última

moda. La tierra, por la magnificencia de sus horizontes, las frescuras

de sus bosques y la pureza de sus fuentes, ha sido y continúa siendo la

gran educadora y no ha cesado de llamar á las naciones á la armonía y á

la conquista de la libertad. Tal monte cuyas nieves y hielos aparecen

en pleno cielo por encima de las nubes, tal bosque en el que el viento

ruge, ó tal riachuelo que corre susurrante por prados y valles, han

hecho con frecuencia mucho más que formidables ejércitos por la libertad

de un pueblo. Así lo sintieron los antiguos vascos, nobles descendientes

de los íberos, nuestros abuelos: por el anhelo de libertad y altiva

valentía, construían sus residencias al borde de las fuentes, á la

sombra de los grandes árboles, y más aún que su fiereza, el amor á la

naturaleza aseguró durante siglos su independencia.

Nuestros otros antepasados, los arios de Asia, adoraban las aguas

corrientes, y desde el origen de las edades históricas, fueron objeto de

un culto verdadero. Vivían en la salida de los hermosos valles que

descendían de Palmira, el «techo del mundo», sabían utilizar todos los

torrentes de agua clara dividiéndolos en numerosos canales,

transformando así en fértiles huertas sus áridas tierras, y si invocaban

á las fuentes, si las ofrecían sacrificios, no era sólo porque el agua

fertilizaba sus campos y hacía crecer sus árboles y calmaba la sed de

ellos y sus ganados, sino también, según decían, porque el agua purifica

á los hombres, equilibra las pasiones y calma los «deseos desmedidos».

El agua era quien les evitaba los odios y furias insensatos de sus

vecinos, los semitas del desierto, y ella era quien les había salvado de

la vida errante fecundando sus campos y alimentando sus cultivos; á ella

debían el haber podido fijar la primera piedra del hogar, y luego, la

población y la ciudad, ensanchando así el círculo de sus sentimientos y

sus ideas. Sus hijos, los helenos, comprendieron la importancia del agua

y su influencia decisiva en el origen de las sociedades, según más tarde

demostraron construyendo un templo y levantando la estatua de un dios al

borde de cada una de sus fuentes.

Hasta entre nosotros, últimos descendientes de los arios, subsiste en

algunos puntos un resto de la antigua adoración á las fuentes. Después

de la muerte de los antiguos dioses y la destrucción de sus templos, los

pueblos cristianos continuaron en muchas partes venerando el agua de los

manantiales: así en el nacimiento del Cefiso en Beocia, se ve una al

lado de otra, las ruinas de dos ninfeos griegos con sus elegantes

columnas y la pesada arquitectura de una capilla de la Edad Media. En la

Europa occidental algunas iglesias y conventos han sido construídos en

la orilla de las fuentes; pero en muchos más puntos aun, los sitios

encantadores en donde alegremente salen del suelo las aguas cristalinas,

han sido maldecidos como parajes frecuentados por demonios. Durante los

dolorosos siglos de la Edad Media, el temor transformó los hombres, y

este sentimiento funesto les hizo ver caras gesticulantes y ridículas,

en donde nuestros antepasados sorprendieron la sonrisa de los dioses,

transformando en antesala del infierno la alegre tierra que para los

helenos fué la base del Olimpo. Los negros sacerdotes, comprendiendo

por instinto que la libertad podría renacer del amor á la naturaleza,

habían entregado la tierra á los genios infernales; habían puesto los

demonios y los fantasmas en el mismo punto que antes ocupaban los

dríadas y las fuentes donde en otro tiempo se bañaban las ninfas. Al

nacimiento de las aguas acudían los espectros de los muertos para unir

sus sollozos con los quejidos lastimeros de los árboles y el murmullo

del agua al chocar con las piedras; era también el punto de reunión de

las bestias salvajes, en donde por las noches el siniestro duende se

emboscaba detrás de una breña para lanzarse de un salto sobre los

caminantes y convertirlos en cabalgadura suya. En Francia, como en

España ¡cuántas «fuentes del diablo» y «bocas de infierno» existen, no

frecuentadas por los campesinos supersticiosos, y teniendo únicamente de

infernal, sin embargo, esas fuentes temidas y esos antros subterráneos,

la majestad salvaje del lugar ó la azul profundidad de sus aguas!

En adelante, á todos los hombres que aman á la vez la poesía y la

ciencia, á todos los que deben trabajar de común acuerdo para el

bienestar general, corresponde el deber de levantar la maldición

arrojada sobre las fecundas y encantadoras fuentes por los sacerdotes de

la Edad Media. No adoraremos, es cierto, como nuestros antepasados,

arios, semitas ó íberos, el agua transparente que sale á borbotones del

suelo; para manifestar nuestro agradecimiento por la vida y las

riquezas que produce á las sociedades, no lo construiremos ningún

ninfeo, no le dedicaremos ninguna libación solemne, pero en honor de la

fuente haremos más que todo eso. Estudiaremos en sus aguas, en su

espuma, en la arena que arrastra, en las tierras que disuelve y, á pesar

de las tinieblas, remontaremos el curso subterráneo hasta la primera

gota que la roca transpira; á la luz del día la seguiremos de cascada en

cascada, de curva en curva, hasta llegar al inmensa depósito del mar á

donde va á confundirse, y conoceremos con exactitud el papel importante

que desempeña en la historia del planeta. Al mismo tiempo, aprenderemos

á utilizarla de un modo completo en el riego de nuestros campos,

convirtiéndola en una de nuestras riquezas, poniéndola al servicio común

de la humanidad, en vez de dejarla arrasar los cultivos ó perderse en

pestilentes pantanos. Cuando hayamos, en fin, comprendido á la fuente

con exacta perfección, entonces será nuestra fiel asociada en la obra de

embellecimiento del globo; entonces apreciaremos prácticamente su

encanto y su belleza, y nuestras miradas no serán ya de infantil

admiración. El agua, como la tierra que vivifica, nos parecerá cada día

más hermosa en cuanto se haya purificado, no sin pena, de su larga

maldición. Las tradiciones de nuestros antepasados, los ciudadanos

helénicos, que miraban con tanto amor el perfil de los montes, el

nacimiento de las aguas y el contorno accidentado de las orillas del

arroyo, han sido vueltas á la vida por nuestros artistas para la tierra

entera como para la fuente, y gracias á esta resurrección la humanidad

florece de nuevo en su juventud y su alegría.

Cuando empezó el renacimiento de los pueblos europeos, un mito extraño

se propagó entre los hombres. Se contaba que lejos, muy lejos, más allá

de los límites del mundo conocido, existía una fuente maravillosa, que

reunía las virtudes de todas las demás fuentes; no sólo curaba los males

sino que rejuvenecía y daba la inmortalidad. El vulgo creyó esta fábula

y se puso á buscar la «Fuente dé la Juventud,» esperando encontrarla, no

en la entrada de los infiernos, como la laguna Estigia, sino al

contrario, en un paraíso terrestre, en medio de flores y verdura, bajo

una primavera eterna. Después del descubrimiento del Nuevo Mundo, los

soldados españoles, á millares, se aventuraban con heroísmo inusitado en

medio de tierras desconocidas, á través de los bosques, pantanos,

barrancos y montes, y en regiones pobladas de enemigos; iban siempre

adelante, y cada una de sus etapas se marcaba con la muerte de muchos de

ellos; pero los que quedaban avanzaban sin detenerse, esperando hallar

al fin, en recompensa de sus esfuerzos, esa agua maravillosa cuyo

contacto les haría vencer á la muerte. Aun hoy, según se dice, los

pescadores descendientes de los primeros conquistadores españoles dan

vueltas alrededor de las islas del estrecho de las Bahamas, con la

esperanza de ver en alguna playa salir á borbotones la maravillosa agua.

¿Y á qué es debido el que hombres, gozando después, de todo de un

excelente buen sentido y gran fuerza de voluntad, buscaran con tanta

pasión la fuente divina que debía renovar sus cuerpos y se exponían

alegremente á todos los peligros con la esperanza de encontrarla?

Consiste en que nada les parecía imposible á los que habían visto

realizarse las maravillas del Renacimiento. En Italia, los sabios habían

sabido resucitar el mundo griego con sus pensadores y artistas; en la

brumosa Alemania los magos de la verdad habían descubierto la maravilla

de hacer grabar el metal y la madera; los libros se imprimían, y el

dominio infinito de las ciencias se abría así á las masas del pueblo,

condenadas en otro tiempo á la obscuridad de la ignorancia; en fin, los

navegantes genoveses, venecianos, españoles y portugueses habían hecho

surgir, como un segundo planeta unido al nuestro, un continente nuevo

con sus plantas, sus animales, sus pueblos y sus dioses. La inmensa

renovación de las cosas había embriagado los espíritus; sólo lo posible

parecía quimérico. La Edad Media desapareció en el abismo de los siglos

pasados, y, para los hombres empezaba una nueva era, más libre y feliz.

Los que por el estudio se habían emancipado del error y las

supersticiones, comprendieron que la ciencia, el trabajo y la unión

fraternal podían sólo aumentar el poder de la humanidad y hacerla

triunfar definitivamente de la influencia del pasado; pero los soldados

groseros, héroes contra el buen sentido, iban buscando en el pasado

legendario esa gran era de renovación que se abría precisamente por las

conquistas de la observación y la negación del milagro; tenían necesidad

de un símbolo material para creer en el progreso, y este símbolo era el

de la fuente, en donde los miembros del anciano recobraran la fuerza y

la belleza. La imagen que se presentaba naturalmente á su imaginación

era la de la fuente, naciendo á la libertad del fondo tenebroso del

suelo y haciendo crecer en seguida sobre sus orillas frondosas las

plantas, las flores y la juventud.

El Arroyo · 第 5 / 26 题