Desde que Muñoz y Nones le dijo: «La cosa es hecha; esto es claro
como la luz del mediodía: la semana que entra le traigo á usted
su dinero,» doña Isabel creyó oportuno comunicar su vengativo
pensamiento al bueno de Alejandro, el cual lo tuvo, justo es
decirlo, por el más disparatado que podía nacer en humano cerebro.
Ya tenía él vislumbres de que, en el de su tiíta, la cantidad de
seso iba mermando rápidamente; pero al llegar aquella ocasión, lo
juzgó completamente vacío. Cosa más inverosímil y absurda no había
él oído jamás. Se avenía bien con la casa de su tía, y con la
persona de ésta; persona, casa, trato y aliños en que todo semejaba
embrujamientos y hechicerías. Mas como era tan en provecho suyo la
locura que la dama cometía; como en aquellos días estaba escasísimo
de dinero y sólo abundante de compromisos, deudas y necesidades,
no tuvo nada que decir contra la generosa oferta. Eso sí: cuando
la Godoy le puso por condición el honrado y juicioso empleo del
dinero, hizo él votos solemnes de consagrarlo á su mejoramiento
social y educativo... ¡Pues á fe que era poco formal! En la vida más
entraría en un café: todo el que quisiera verle, que le buscara en
las bibliotecas, en las cátedras, y por las noches en algún salón
de embajada ó en cualquiera palaciega tertulia, donde el trato de
finísimas damas perfilara sus modales.
--Eso, eso, eso--dijo la tiíta con crédulo alborozo.--Si no lo
haces así, perderemos las amistades. Ya ves, sería un cargo de
conciencia... Bueno, pues la semana que entra... ¡Caballito del
diablo, arre... arre!
Al decir esto, la aristocrática manchega no se estaba quieta, sino
que iba de un paraje á otro de la sala, sin dirección ni tino,
trémula y como picada de la tarántula. Sus brazos hacían la mímica de
apartar algo que revolaba en su alrededor, y sus ojos echaban unos
reflejos plateados y verdosos que habrían dado á Miquis mucho miedo
si éste no hubiese visto repetidas veces á su tiíta en tan lastimoso
estado.
Ahora se comprende el desasosiego de Alejandro en los días que
mediaron desde la promesa de su tía hasta la realización del
donativo. Estaba el infeliz muchacho como el que padece obsesión,
pensando siempre en la fortuna que se le ofrecía, lleno de dudas
y congojas. Porque el dinero le venía como aguas de Abril. ¿Y si
después de prometérselo resultaba que todo era un estrafalario juego
de los derretidos sesos de su tía...? Si el metal entraba en su
bolsa, creeríase el más venturoso de los nacidos; si todo era una
burla, ¡qué horrendo desengaño! Por esto en la noche del sábado no se
le podía sufrir: tan caviloso y pesado estaba. Sin explicar el motivo
de su pena, á todos sus amigos nos pedía que le tomáramos el pulso...
Tenía fiebre.
--Y quién sabe--decía.--Puede ser que la semana que entra no me
cambie por el duque de Osuna.
Vino el domingo, memorable por el entierro de Calvo Asensio, y en la
mañana de aquel día fué con Cienfuegos al Observatorio, y ocurrió
aquello del horóscopo, el encuentro de Centeno y el recado que éste
llevó... Volviendo á la casa de la calle del Almendro, se dirá que el
sábado recibió doña Isabel, de Muñoz y Nones, la suma producida por
la venta del papel que la Hacienda reintegraba en pago de la secular
deuda. Llevóse el notario su parte, y de lo restante hizo doña Isabel
dos, que, bien separaditas, guardó en el lugar de los secretos,
tabernáculo de dulces memorias, que era un cajoncillo situado en
la tercera gaveta de la cómoda panzuda. El domingo por la tarde,
cuando abrió su balcón para ver qué tal iba la cosecha de higos, vió
un desalmado chico que desde media calle la miraba. ¡Insolente!...
Á poco rato llamaron. La señora leyó la carta de su sobrino, en la
cual, con expresivas y francas razones, inspiradas en la verdad, le
hacía ver que la pingüe oferta nunca como en aquella ocasión sería
tan feliz y oportuna si se realizaba. La misma doña Isabel salió al
recibimiento á decir á Felipe:
--Dí á mi sobrino que sí, ¿entiendes? que sí, y que puede venir
cuando quiera.
Como exhalación corrió Centeno al Observatorio, donde estaba
Alejandro, más muerto que vivo, cual en día de examen, lleno de
ansias y sobresalto. Sus dos amigos se habían ido al entierro, y él
se quedó solo, paseando de una casa á otra. Dióle Felipe el recado,
y el estudiante, que con las nuevas verbales sentía en el alma los
turbulentos halagos de la esperanza sin perder sus dudas, hizo
propósito de salir de ellas al momento, corriendo á casa de su tía.
--No puedo pasar la noche en esta incertidumbre--afirmó
resueltamente.--Vamos allá.
Al decir «vamos,» Felipe se cosió á los faldones del manchego, y
éste, en un rapto de amistad, de generosidad, de benevolencia, que
eran el destellar más común de su alma, le dijo así cuando iban por
la rampa abajo:
--Te tomo de criado... Si esto me sale bien, serás mi criado... mi
escudero, porque verdaderamente necesito... ¡Qué lejos está esa calle
del Almendro!
El otro, de puro asombrado y agradecido, no decía nada. En su alma se
había metido también una desusada grandeza, una esperanza embargante,
un pedazo de cielo que entró en su cuerpo con el aliento y se le
atravesaba al respirar. Ambos tenían una suerte de inspiración, de
Dios interior que les agitaba y les hacía pensar, si no decir, cosas
admirables... ¡Y cómo corrían! La noche estaba próxima, y Alejandro
anhelaba llegar de día, porque la Godoy tenía la costumbre de echar
todos los cerrojos de su casa á la hora en que se acuestan las
gallinas. ¡Ay! á todo término, por lejano que sea, llegamos al fin,
y ambos muchachos entraron en la calle del Almendro. ¡Qué soledad,
qué paz! y ellos dos ¡qué palpitación de corazones, qué latido de
arterias! Llevaban en sí toda la vida que faltaba al dormido barrio,
y podrían derramarla á raudales sobre aquel vacío escenario de las
aventuras matritenses de otros siglos.