Para concluir. Doña Isabel Godoy era supersticiosa en grado
extremo; fenómeno que, si se examina bien, no es incompatible con
la devoción maniática, ni con los rezos de papagayo. Con ser una de
las principales ostras de los bancos parroquiales de San Pedro y
San Andrés, más raíces tenían en el espíritu de esta señora ciertas
creencias y temores vulgares que la pura idea religiosa. Cierto que
ella defendía con rutinario tesón los dogmas de la Fe; pero les
añadía innúmeros suplementos, fundados en todo lo vano, pueril y ñoño
que ha imaginado el miedo y la ignorancia del pueblo. Creía en las
fatalidades del núm. 13, de la sal vertida y de los espejos rotos;
sentía horror del murciélago, por suponerlo emisario del Demonio;
atribuía mil ridiculeces al erizo ó puerco-espín; creía, como el
Evangelio, que las culebras maman y que hablan las cigüeñas; que hay
gallos que ponen huevos, y que el pelícano se saca la sangre para
alimentar á sus polluelos; sostenía la existencia de los dragones,
salamandras y basiliscos con sus propiedades mitológicas; creía
también en el ave fénix y en las influencias de los astros benignos
ó adversos y de los cabelludos cometas, precursores de calamidades;
daba fe á la influencia de la imaginación materna sobre el crío y á
los antojos; prestaba crédito á las buenaventuras de los gitanos,
y era para ella artículo dogmático la existencia de los zahorís,
personas que, por haber nacido en Jueves Santo, tienen la virtud de
ver lo que hay bajo tierra. Como la propia doña Isabel había nacido
en Jueves Santo, se tenía por zahorí de lo más sutil y agudo que
pudiera existir. Igualmente daba oídos á los saludadores, que todo lo
curan con saliva, y á los embrujados. No había quien le quitara de la
cabeza que hay personas que aojan, es decir, que hacen mal de ojo, y
matan ó resecan á los niños sólo con mirarles. Los sueños eran para
ella revelaciones de incontrovertibles verdades. Si oía por la noche
el aullido de un perro, ya tenía por seguro un mal caso; si entraba
en la sala una mariposa negra ó moscardón, señal era de inevitable
desdicha; si alguno hacía girar una silla sobre una pata, indicio era
de contiendas. Al salir á la calle, cuidaba de sacar primero el pie
derecho que el izquierdo, pues, de otro modo, no volvería á casa sin
dar un mal paso.
Quiso su mala suerte, para acabar de rematarla, que tuviera por
vecina en Madrid á una de estas sacerdotisas de la magia, que,
contra todo el fuero de la verdad y la civilización, existen aún
para explotar la inocencia y barbarie de la gente. Y no son las más
humildes, que jamás vieron el abecedario, las que estos tugurios de
la magia frecuentan, sino que allá van alguna vez damas principales á
que les echen las cartas. Esto parece mentira; ¡pero qué verdad es!
Doña Isabel trabó amistad con su vecina: hizo la prueba de un
oráculo, y quedó tan complacida, que le entró descomunal afición
á tales patrañas. No había semana que no bajase un par de veces
á consultar la filosofía hermética en el libro de las cuarenta y
ocho hojas, y de cada consulta le salían admirables predicciones y
avisos que escrupulosamente seguía. La vecina de doña Isabel gozó en
aquellos años de mucho auge y prosperidad. Tenía para sus trabajos
de cartomancia un aposento con muchas imágenes de santos, alumbrados
con velas verdes, y sobre una mesa bonitísima hacía sus juegos y
arrumacos. Según lo que se le pagaba, así eran largos ó breves los
aspavientos y el quita y pon de naipes, todo acompañado de palabras
obscuras.
Doña Isabel se iba siempre á lo más gordo, haciéndose aplicar la
tarifa máxima, que le aseguraba misterios muy hondos y desconocidos.
¡Eterno anhelo de ciertas almas, ver lo distante, conocer lo que
no ha pasado aún, robar al tiempo sus secretos planes, plagiar á
Dios, y hacer una escapada y meterse en lo infinito! Doña Isabel
había consultado últimamente un negocio de la mayor importancia.
Cortada la baraja con la mano izquierda, y divididos los naipes de
cinco en cinco, la pitonisa había contado de derecha á izquierda
(uso oriental) explicando la significación de los que aparecían en
la séptima y sus múltiplos. Veamos: el _tres de copas_ anunciaba un
negocio próspero; el _rey de espadas_, que un letrado se mezclaría en
el asunto; el _caballo de copas_, ó sea el Diablo, procuraría echarlo
á perder; finalmente, el _as de oros_ decía clarito, como tres y dos
son cinco, que todo saldría por maravilla, y que el maldito renegado
_caballo de copas_ (léase don Pedro Miquis) quedaría confundido,
maltrecho y hecho pedazos.
Vivía doña Isabel de las rentas de sus tierras, que no eran
valiosas. Casi toda su fortuna estaba en fragmentos ó piezas muy
pequeñas, diseminadas por los términos de Miguel Esteban, el Toboso
y Villanueva del Gardete. Junto á las lagunas de Ruidera poseía unas
estepas salitrosas de más de dos leguas, que no le daban veinte duros
al año. Las piezas de valor teníalas arrendadas á los labradores
pobres de la comarca, que cultivan el azafrán, esa droga que debiera
llamarse oro vegetal, porque vale tanto como el más fino de la Arabia
ó el de los peruanos montes. No obstante, los que crían y peinan
las doradas hebras de esta rica florecilla son los más pobres de
la Mancha, porque el cultivo del azafrán es muy costoso y el mucho
esmero que exige embebe todas las ganancias. Doña Isabel vivía, pues,
de esa pintura de las comidas españolas; droga, además, de valor en
la farmacia y en la industria tintórea. Sus tierras daban los menudos
hilillos de oro, que el mercader coge con respeto en las puntas de
los dedos para pesarlo. Se cotizaba antes á onza la onza, es decir,
oro por oro. Hoy vale doce duros y aún menos.
El administrador de la señora en el Toboso se entendía con Muñoz y
Nones, Notario de Madrid, manchego, y éste entregaba mensualmente
á doña Isabel una cantidad no grande, pero sobrada para sus
necesidades. Todos los años, al dar cuentas, recogía los ahorros de
la señora para ponerlos á interés.
Vamos al negocio.--En la dirección de la Deuda tenía doña Isabel un
expediente de liquidación y conversión de juros. El origen de este
papel era un préstamo hecho por Godoy á la Real Hacienda, allá en
tiempos remotísimos, con la garantía de las alcabalas de Almagro.
Solicitó la señora la conversión con arreglo á la ley del 55; pero lo
que pasa... el expediente se eternizaba en el encantado laberinto de
nuestras oficinas. Por dicha, desde que lo tomó por su cuenta Muñoz
y Nones, el expediente empezó á despertar de su letargo, dió señales
de vida, fué de aquí para allá, de mesa en mesa, de departamento
en departamento, y ahora me le echan una firma, después dos, ya le
añadían papelotes, ya le agregaban números, hasta que por fin se
le señaló día para salir de aquel Purgatorio, y fué un hecho la
conversión de la antigua deuda por renta perpetua del 3 por 100.
Es incalculable lo que pierde el dinero en estos traspasos y caídas
al través de la tortuosa Historia nacional. Los 900.000 reales que
los Godoyes, con patriótica candidez, prestaron al Rey, quedaban
reducidos, á causa de los rozamientos financieros, á 48.636 reales.
La tercera parte era, según convenio, para Muñoz y Nones. Doña Isabel
percibió 32.424 reales. ¿Á quién pertenecía este capital? Á doña
Isabel y á su hermana Piedad. No existiendo ésta jurídicamente, si
bien su espíritu existía compenetrado en la propia alma de doña
Isabel, la mitad de los dinerillos correspondía en rigor de derecho
(porque el jus no entiende de transubstanciaciones), correspondía,
decimos, á los herederos de Piedad, á su hija única, Piedad también,
esposa de _Micomicón_... ¡Dar á Miquis los 16.212 reales que á su
mujer pertenecían! ¡Jesús, qué absurdo! Antes se partiría el mundo
en dos pedazos... Porque si el dinero se le entregaba á Piedad, lo
cogería Miquis, administrador de los bienes matrimoniales. No, y mil
veces no.
El encono profundísimo que la Godoy sentía contra aquella nefanda
estirpe de plebeyos groserísimos, avarientos y sin ley, sugirióle los
razonamientos que puntualmente se copian aquí:
«Si doy el dinero á mi sobrina, se lo doy al cafre de los cafres,
que bastante ha tragado ya, prestando dinero á mi familia al 18 por
100. No, no, Dios de justicia: con tu santo permiso, voy á jugarle
una trastada... ¡Pero qué linda y pesada jugarreta! Me la aconseja
San Antonio bendito, y la he visto clara en el frío lenguaje de las
cartas, movidas y barajadas por los mismos ángeles... Pero si me
guardo ese dinero, es pecado. ¿Lo daré á mi hija, encargándole...?
No, no puede ser... El salvaje metería sus uñas al instante... No,
no; digo que no. Veamos: ¿cuál es el pecado de aquel bárbaro entre
los bárbaros? La avaricia. ¿Cuál es el castigo del avaro? La forzada
liberalidad. Pues yo hago forzosamente generoso al _Mecifuf_, y le
doy grandísima desazón entregando el dinero á su hijo y mi nieto,
no para que lo gaste en golosinas, no para que lo tire con amigotes
soeces, sino para que lo emplee en buenos libros, para que emprenda
algún instructivo viaje, para que se haga ropas muy majas con que ir
á las embajadas y al Real Palacio, para que se afine y decore, viva
como un caballero y sepa ilustrar el hermosísimo nombre de Herrera.»
Esto pensó, esto dijo, y se estuvo riendo tres horas seguidas.
Aquella noche soñó con la venganza que de los aborrecidos _Mengues_
tomaba, y vió á don Pedro zumbar en torno á su cabeza en forma de
caballito del diablo. Pero ella, valerosa, le decía: «Rabia, rabia,
que el dinero no es para tí. Revienta, Judas; muérete, Holofernes.»