La casa del seis de copas estaba aún abierta... Adentro. Llamaron á
la puerta de aquel templo de la Quiromancia. La mente de Alejandro
ardía con vagorosa luz, desparramada y flotante como la llama que
baila sobre el alcohol. Sorprendida quedó doña Isabel de verse
visitada por su sobrino á hora tan intempestiva, pues nunca lo había
visto en su casa de noche. También mostró la señora alguna extrañeza
al ver á Felipe.
--Es un chico que me acompaña y me hace recados,--dijo Alejandro con
voz trémula.
Permaneció Felipe en el recibimiento, sentado sobre un cajón, y al
punto rodeáronle los gatos y el perrillo, con tantas pruebas de
amistad, que él les estaba muy agradecido. Doña Isabel entró con
Alejandro en el gabinete de las cuatro cómodas, alumbrado por un
candil de cuatro mecheros, de aquéllos bien labrados y pesadísimos
que van desapareciendo con la industria española. Lo primero que hizo
la señora fué tomar una mano de su sobrino y acercarla á la luz para
mirarla bien, diciendo:
--¡Qué uñas!... ¡Pero, hijo!...
Alejandro sintió vivamente haber olvidado aquel detalle, pues la
primera condición para agradar á su tía era el aseo.
--Es que... estuve toda la tarde revolviendo libros muy empolvados...
--Pero dí--prosiguió ella observándole la ropa.--¿No tienes cepillo
en casa? ¿Pues y esa cabeza? Parece que te has peinado con una
escoba... ¡Qué niños éstos del día!... Luego queréis agradar á las
damas. No sé cómo hay mujer que os mire... Verdad que ellas están
buenas también. Muy emperejiladas por fuera, y luego, si se va á
mirar... Veremos si te modificas, ahora que no te faltará dinero...
Al oir esta última palabra, Alejandro se estremeció de íntimo placer.
Los dedos de una divinidad escondida y misteriosa le acariciaban las
entrañas.
--¿Pero qué?...--dijo la tiíta con vacilación, acercando sus manos de
torneado marfil á la cómoda.--¿Te vas á llevar eso esta noche?...
¿No tienes miedo á los ladrones?
No queriendo mostrar Alejandro, por delicadeza, los abrasadores
deseos que tenía de poseer aquel tesoro, murmuró estas palabras:
--Como usted quiera, tiíta...
--Mañana...
Aquel mañana le parecía á Alejandro inesperado alejamiento de un día
grande, la inmistión antipática de lo infinito entre el hoy y su
felicidad. ¡Mañana!... ¡el siglo que viene!...
--Por los ladrones no sea... ¿Cree usted que me voy á dejar robar?...
Pero si usted no quiere...
--Pues de una vez,--dijo la Godoy tirando del tercer cajón de la
cómoda, que hizo un ruido músico y dulce como de puerta celestial de
áureos goznes.
Y tornando á vacilar:
--La cosa es que...
En lo íntimo de su ser, Miquis se sublevaba contra la prórroga de su
dicha. Tenía los labios secos... le ocurrió una idea...
--La cosa es--observó,--que mañana quizás no pueda venir.
--Ya que estás aquí...--indicó la señora sacando al fin el pesado
cajón.
Alejandro echó sus ansiosas miradas dentro de aquella cavidad, de
la cual salía fortísimo aroma de flores secas, de rosas seculares
y como embalsamadas. Los dedos de la señora abrieron la tapa de
una caja, que tenía encima una bonita pintura de Adonis herido, y
expirando en brazos de Venus. Dentro vió Alejandro las que fueron
rosas y eran ya una masa seca, pero aún olorosa, cual momia que
conservara también momificada el alma... Después apareció un
retrato, preciosa miniatura. Era un joven muy guapo, pálido, con los
cabellos encrespados y revueltos... Alejandro se inclinó, movido
de curiosidad, para ver aquella imagen, que al pronto creyó la de
su abuelo; mas doña Isabel, con movimiento rapidísimo y airado, le
apartó diciendo:
--Quita de aquí tus ojos puercos...
Él se apartó con discreción, no sin atisbar algún paquete de cartas
de color amarillo, atadas con cintita roja, de las que sirven de
marca en los devocionarios. De debajo del paquete sacó al fin la
tiíta una cartera de terciopelo, y de la cartera... ¡ay!...
--Aquí tienes tu parte...
Al decir esto, despedían sus ojos los mismos fulgores plateados y
verdosos que Alejandro había observado otras veces en el extraño
mirar de su tía. Y otra vez hacía la Godoy el consabido gesto en el
aire con la nerviosa mano, diciendo:
--Arre, arre, caballito del diablo... ¡Esto no es tuyo, no es tuyo!
Sintió Miquis como un gran temor, y alargando la mano para tomar lo
que se le daba, apenas á tocarlo se atrevía. Pero ella, cerrada de un
golpe la cómoda, se sentó, y extendiendo sobre su regazo los billetes
de Banco, puso las cosas en la realidad con esta salmodia aritmética:
--Entérate... Quinientos y quinientos, mil... Dos mil, cuatro,
ocho... doce, diez y seis... El pico aquí está: diez duros y tres
pesetas...
¿Qué pensaba y qué sentía el estudiante al ver aquel sueño hecho
vida, aquella mentira verdad, aquella fiebre de su alma resuelta
en oro, ni más ni menos que todo el movimiento del Universo, según
dicen, se resuelve en calor? Pues su mente poderosa, aunque infantil,
no sabía descender á la realidad desde el firmamento de las leyendas;
cerníase arriba, en las preñadas nubes de donde llueven la magia, la
quiromancia y los sortilegios. No podía bajar á la verdad terrestre;
y como por la mañana había entretenido su afán con aquellas quimeras
de los astros que hablan y del horóscopo, creíase en lo más tenebroso
y poético de la Edad Media, entre magos y nigromantes. Conociendo
la afición de su tía á echar las cartas, todos los pormenores de
aquel suceso estaban muy en su lugar: era la casa laboratorio de
alquimista, al cual sólo faltaban las telarañas para estar en
perfecto carácter. Sí: aquel dinero había venido á sus manos por
arte de alquimia ó por dictamen de estrellas, coluros ó melenudos
cometas. Quizás eran figurados los billetes, en realidad engañosos
naipes egipcios, que se iban á deshacer en sus manos tan pronto como
los tocara.
--Cuéntalos tú ahora...
--No, si está bien... No faltaba más.
--Hazme el favor de contarlo... No quiero que...
--Por Dios, tiíta...--balbució Miquis con gran torpeza de lengua y de
manos.
Los billetes eran billetes... Al tomarlos, sensación dulce y
placentera se extendió por su cuerpo, partiendo de las yemas de los
dedos. Contarlos no le parecía bien. Además, en su febril dicha, no
le importaba recibir un billete de menos.
--Como quieras...
Y él los recogía, los doblaba... ¡Ay, qué momento! Si se hubiera
puesto á contar el dinero, de seguro lo habría contado mal. Su
espíritu, súbitamente atacado de una exaltación loca, no estaba
para cuentas; era insensible al orden y á la fría disciplina de
los números... Perdió la noción de la cantidad que representaban
aquellos sobados papeles verdes y azules, y no veía más que un caudal
abrupto, una suma tan grande como sus sueños, suficiente á todas las
necesidades del momento y de mucha parte de su juventud; una suma
que duraría eternidades... Se lo metió todo en el bolsillo del pecho,
y á cada instante, con disimulo, tocaba á la parte donde su corazón y
su ventura estaban, juntitos, como amantes en la luna de miel...
Y en tanto, doña Isabel, atacada de la verbosidad que era uno de
los caracteres de su mental dolencia, hablaba, hablaba... ¿De qué?
Alejandro la oía sin entender nada. Hacía que escuchaba, moviendo
afirmativamente la cabeza, cual muñeco que tiene por pescuezo un
resorte; pero estaba su espíritu en otras regiones, y sólo llegaban
hasta él palabras sueltas, una cantinela monstruosa: los Herreras,
los Miquis, el fielato, la subasta de bienes del clero, la juventud
ordinaria del día, las tierras plantadas de anís, el precio del
azafrán, la Virgen de la Piedad...
Como se oye una campanada lúgubre, oyó Alejandro al fin de la
cancamurria esta horripilante cláusula:
--Te quedarás á cenar conmigo.
¡Alquimia y cartomancia! Cenar con la tía era permanecer allí dos
horas más, oyendo la cansada cantinela; era igualmente el mal paso
de tener que comer gachas, piruétanos, cañamones, y beberse á la
postre un jarro de aguas cocidas; era oir una salmodia antiestomacal,
impregnada de orégano; estar bajo la presión y entre las garras de
un desordenado y misterioso genio de ojos plateados y verdes; caer
bajo el obscuro poder de la magia; era beber, con la salvia, el jugo
de la locura, y comer, con los cañamones, el tuétano y substancia de
todos los desvaríos posibles.
--¡Cenar con usted!--murmuró vacilante entre el horror y la
cortesía.--¡Qué más quisiera yo que cenar con usted, tiíta... qué
más quisiera yo...! Pero es el caso que en mi casa me esperan, y los
demás compañeros se estarán sin comer hasta que yo vaya... Gastan en
mi casa unos cumplidos...
Al decir esto, Miquis sentía que en su cuerpo le habían nacido alas.
Su impaciencia por echar á correr era, no ya febril, sino como
desazón epiléptica. Le quemaba el asiento, y en pies y manos tenía
hormigueo abrasador.
--Entonces--indicó doña Isabel con el más dulce tono de su bondad
tolerante,--más vale que te vayas.
Por poco da Miquis un salto al oir el _vayas_; pero no le faltó
fuerza de voluntad para reportarse, y levantándose con estudiada
lentitud, dijo en un tono que parecía el de la mayor naturalidad:
--¡Qué tarde se ha hecho!
--Sí: ya los días son nada.
--¡Cosa tan rara!... á las seis de la tarde, noche.
--El tiempo vuela.
Alejandro le alargaba su mano, cuando la señora, resistiéndose á
estrecharla con la suya, le dijo:
--No, grandísimo gorrino; no juntarás tu mano asquerosa con la de una
dama... Es preciso que te civilices. Ven acá y lávate.
Llevóle á su cuarto, y echando agua en la jofaina, le obligó á darse
una buena fregadura en las manos. Ella misma le ayudaba con tanta
fuerza, que por poco le despelleja. Esto lo hacía casi siempre que el
estudiante iba á su casa. Mientras se lavaba, la Godoy decía:
--Así, así. ¡Oh! ¡qué niños éstos! ¡Cuándo se había de ver en mi
tiempo un joven con esas manazas de cavador!... Otra cosa hay que
me estomaca, y es esas barbas que han dado en usar ahora todos los
hombres.
Alejandro tenía en su cara un vello, ya muy crecido para bozo, si
bien corto aún para ser barba, en el cual nunca había entrado la
navaja, por tener su dueño el propósito de ser con el tiempo un
sujeto barbudo, conforme á la moda corriente. Doña Isabel, mientras
él purificaba sus manos, tirábale de aquellos miserables pelos,
diciéndole:
--¡Qué bonito! Pero ¿qué hermosura encontráis en esta suciedad? Por
fuerza los espejos de hoy no son como los de mi tiempo, y hacen ver
las cosas de otro modo. Pareces un chivo. Si quieres que te quiera,
échate abajo ese perejil mal sembrado.
Á todo se mostraba él conforme, y más cuando ella pronunció, con tono
de familiar amenaza, estas palabras:
--Cuidadito con el comportamiento... Cuidadito con la manera de
gastar el dinero... Mira que yo lo sé todo; mira, Alejandro, que nada
se me oculta, y que sin salir nunca de este rincón, puedo enterarme
de todo lo que haces. ¡Mira, Alejandrito, que yo he nacido en Jueves
Santo!... Tú no seas malo... Mira que te estoy mirando siempre...
Él prometió ser todo lo bueno, juicioso y arreglado que en lo
humano cabe. Pues no faltaba más... Al prometerlo así, hablaba
como una máquina: su entendimiento seguía en rebelión, arrastrado
en el velocísimo giro de un vórtice de disparates. Su tía, cuando
concluyó de amonestarle, se sintió tocada otra vez de aquel prurito
de recorrer la habitación y apartar un insecto... Vestía la Godoy
traje blanco, y el pañuelo se le había desatado y le caía como toca
flotante. Alejandro no pudo menos de representársela semejante á la
imagen de la novelesca Matilde, vestida de blanquísimo hábito monjil,
y los aspavientos de la buena señora eran lo más adecuado á los
ademanes de la heroína cuando Malek-Adhel la roba y se la lleva en
brazos, á caballo, por los polvorosos desiertos.
--Adiós, tía.
Arrojóse la señora en brazos de su sobrino y le dió un cariñoso
beso... ¡Plata y verde relucieron en su mirada! Á los ojos de
Miquis, todo se transformaba. Por momentos, doña Isabel parecía
volver al prístino estado que representaba su retrato en galana y
fresca miniatura; la estera amarilla y roja tomaba las sucias tintas
azuladas y los garabatos de los billetes de Banco; el camello echaba
bendiciones; al santo le salía una joroba, y él mismo, Alejandro...
¡Á la calle!