Cuando la criada de la tiíta Isabel abría la puerta, lo primero que
se veía... Hablemos con claridad: allí no se veía nada hasta que el
visitante se iba acostumbrando á la obscuridad; hasta que sus ojos,
ávidos de ver, no pescaban, digámoslo de este modo, en el fondo de
las tinieblas, éste ó el otro objeto para sacarlo al espacio visible.
Antes que ocurriera tal fenómeno, y no ocurría jamás sin gran trabajo
y paciencia de la retina, el visitante percibía gratísimos olores
de plantas aromáticas, tomillo, mejorana y orégano, de tal manera
fuertes, que se creía en un establecimiento de herbolario... Después
que había olido bien, empezaba la percepción visual, y lo primerito
era una pareja de gatos, grandes, gordos, manchados, saltones. Se
daban á conocer primeramente por sus dorados ojos, alguna vez con
reflejos verdosos como los del fondo del mar, y luego se distinguían
sus blandas piruetas y sus escurridizos rabos. En la sala, repentino
contraste: mucha luz esparcida y un no sé qué de regocijo. Allí
aparecía de nuevo la familia gatesca, aumentada con dos ó tres
chiquitos y muy monos, y reforzada con vivaracho perrillo, el cual no
cesaba de ladrar ó de rezongar, debajo de un mueble, todo el tiempo
que duraba la visita.
La sala tiene que ver. El que no sepa guardar las formas respetuosas
que exigen ciertos lugares consagrados por el tiempo y la virtud, que
se vaya á la calle y me deje solo. Solo y extático contemplaré el
nogal de aquellos sillones y mesas, bruñido por la edad y el aseo;
nogal que salió de los primeros árboles que dieron cosecha de nueces
en el mundo. Admiraré aquella madera tan fregoteada, que algunas
cosas de mérito se hallan deslucidas y feas de puro limpias.
¿Quién no hace una reverencia ante el paleontológico sofá,
interesantísimo, pintado que fué de rojo y oro, con patas curvas y
dos respaldos tiesos con cojincillos de tela encarnada; pieza de
tal forma, que el que se apoyara sin estudio en cualquiera de sus
costados, corría peligro de romperse un codo? Vargueño y tablas
que en esta pared estáis, ¿quién os lavó tanto que os quitó la
mitad de la pintura y casi todo el dorado, dejándoos en los huesos?
Los candeleros de oro echan chispas de sus repulidas facetas, y
hasta la estera de junco, amarillosa con golpes rojos, parece que
se compone de varillas metálicas, según lo lustrosa que está...
Veamos esas láminas. Sus rótulos nos dirán lo que representan:
_Diana, hallándose con sus ninfas en el baño, sorprende y descubre
el estado interesante de la ninfa Calisto_... _Juno convierte á
Calisto en osa_... _Matilde, hermana de Ricardo Corazón de León,
desembarca vestida de monja en la Tierra Santa_... _Matilde ve á
Malek-Adhel_... _Malek-Adhel roba á Matilde, y echa á correr con ella
por los desiertos campos_. Á esta otra parte hallamos algo más que
admirar: _Vista de Mahón y sus fortalezas_... Muy bien. Pero lo que
más nos cautiva es una miniatura sobre marfil, monísima, graciosa
de contornos, transparente y fina de color. Es retrato de esbelta y
delicada joven, como de quince años, de negros ojos y ensortijado
cabello. Su talle es alto, muy alto; su cuerpo enjuto, enjutísimo.
Con su mano derecha nos muestra una rosa, tamaña como un cañamón, y
en la izquierda tiene un abanico semiabierto, en el cual se lee su
bonito nombre: «Isabel Godoy de la Hinojosa.» La fecha está borrada.
El gabinete que con la sala se comunica podría llamarse bien _el
museo de las cómodas_, porque hay tres... ¿qué tres? Al entrar vemos
que son cuatro, de diferente forma y edad, siendo la más notable
una panzuda, estilo Luis XV, pintada de rojo y oro. Su vecina es de
taracea, y ambas ostentan encima cofrecillos y algún santo vestido
con ropita limpia, búcaros con flores y tocador de aquéllos que
tienen el espejo montado á pivote sobre dos columnas. Almohadilla
con muchos alfileres y agujas no faltaba en otra de las cómodas, la
cual sostenía también un camello de porcelana cargado de un montón de
botellitas y copas de limpio cristal.
Brasero de cobre sobre claveteada tarima ocupaba el centro del
gabinete; pero no le veríais lleno de frías cenizas ni de brasas
ardientes, pues jamás, ni en invierno ni en verano, sirvió para
calentar la habitación, sino que hacía diariamente el papel de
búcaro, ostentando un gran ramo de hierbas olorosas y algunas flores.
Era pebetero más que estufa. En vez de calentarse con fuego, sin duda
la habitadora de aquel recinto se confortaba con aromas y se templaba
con poesía.
Ya llega: vedla salir por la puerta de su alcoba, y venir afable
y obsequiosa á nuestro lado... ¡Admirable figura! Sólo el que en
absoluto esté privado de memoria, podría dejar de recordarla. Tenía
el cabello enteramente blanco y rizado; los ojos obscuros, alegres y
amorosos; era delgada, derecha como un huso, ágil, dispuesta, y más
que dispuesta, inquieta y con hormiguilla. Su edad, ¿quién la sabe?
Decía Alejandro que su tiíta era contemporánea del protoplasma, para
expresar así la más larga fecha que cabe imaginar. Puede decirse,
en corroboración de esto, que la señora era una de esas naturalezas
escogidas que han celebrado tregua ó armisticio con el tiempo, y
que tienen el don de prolongarse y conservarse momificadas en vida
para dar qué decir y qué envidiar á dos ó tres generaciones. Quién
le echaba noventa años, quién sólo le contaba setenta y seis, y no
faltaba algún computador que ponía ciento y un pico. Cualquiera que
fuese su edad, era gran maravilla cómo sabía conservar su salud y sus
bríos. Mujeres hay de veinte años que si se sentaran y se levantaran,
y dieran las vueltas por la casa que daba esta señora al cabo del
día, caerían rendidas de cansancio. No le hablaran á ella de estarse
quieta. Sin movimiento y vaivén constante no podía aquella señora
vivir. Tenía la ligereza de la ardilla, y algo de lo impalpable y
escurridizo de la salamanquesa. Entraba y salía por aquellas puertas
sin hacer ruido alguno. Sus pasos no se sentían. Calzaba zapatillas
con suela de fieltro, y su cuerpo, más que compuesto de huesos y
músculos, parecía un apretado y enjuto lío de algodón en rama. Su
cara, como observó muy bien Felipe, era cual las de las muñecas de
barniz, con un rosicler intenso y extraordinario lustre. Por don
especial de su naturaleza, aquel lustre purísimo le disimulaba las
arrugas, y su estirada piel se había endurecido, tomando aspecto de
porcelana. Atribuía ella esta virtud á la costumbre de lavarse y
fregotearse bien con agua fría y jabón de Castilla todas las mañanas,
y darse luego unos restregones que la ponían como un tomate. Se
envolvía la cabeza con un pañuelo de hierbas, cruzándolo y anudándolo
con cierto arte á estilo vizcaíno, dejando ver parte de sus cabellos
blancos y ensortijados como el vellón del Cordero Pascual.
Tenía un fanatismo que la avasallaba: el de la limpieza. Su vida
se distribuía en dos clases de ocupaciones, correspondiendo á una
división metódica del día en dos partes. Por la mañana, consagraba
tres horas á la parroquia de San Pedro, donde oía cuatro ó
cinco misas. Desde que tornaba á su casa hasta la noche, pasaba
invariablemente el tiempo limpiando todo, frotando el nogal de
los muebles, lavando con un trapito las imágenes de madera y los
cristales de los cuadros, persiguiendo el polvo hasta en los más
recónditos huequecillos, dando sustento á los pájaros y limpiándoles
los comederos, las jaulas, los palitos en que se posan, regando las
flores de sus amenos balcones. Esto no había tenido variación en
muchísimos años, ni lo tendría hasta el acabamiento de doña Isabel
Godoy de la Hinojosa. La limpieza general se hacía diariamente. Ya no
era costumbre, era un dogma. Tenía doña Isabel una criada, de edad
madura, de toda confianza, y entre ambas se repartían el trabajo por
igual. Doña Isabel barría también, sacudía, estropajeaba, llevaba
muebles de aquí para allí, y metía sus activas manos en todo.
¡Comer!... Aquí viene uno de los aspectos (para hablar el lenguaje de
la Historia) más notables, del carácter de la Godoy. El aseo, llevado
al frenesí, se manifestaba en ella paralelamente á los escrúpulos en
materia de alimento, de tal modo, que no entraba por la boca de la
dama cosa alguna que no aderezara ella misma; pues ni de su criada,
más que criada, amiga, se fiaba para esto. No comía carne de vaca,
porque siendo este artículo de muy poco ó ningún uso en la Mancha, su
patria, siempre lo miró con repugnancia. Cuando se dignaba admitir
en su cocina medio cabrito, ó recental, ó bien gorda gallina, lo
lavaba tanto y en tantas aguas, que le hacía perder toda substancia.
El vino no lo probaba, por ser de las cosas más sucias que existen.
El pan de las tahonas... _vade retro_. El ordinario de Quintanar le
traía mensualmente hogazas duras y bollos y tortas, con otras cosas
de que se hablará más adelante. En el chocolate ponía doña Isabel
todo su esmero, por ser lo que le gustaba más y lo único que tomaba
con deleite. No compraba nunca el de los molinos y fábricas, que se
compone de mil ingredientes nocivos ó asquerosos: llevaba un mozo
á la casa para que le labrara la tarea de cuatro meses, y ella le
inspeccionaba, sin quitarle la vista de encima, por si se atravesaba
una mosca ó se le caía al buen hombre de la trabajadora frente alguna
gota de sudor... Luego hacía ella misma la onza de cada mañana en
una cocinilla de espíritu, y ponía en esta operación un cuidado, un
esmero, que ni los del sacerdote, manejando el Pan eucarístico, se le
igualara. Acompañaba el chocolate, no de mojicones, no de bizcochos
traídos de las tiendas, sino de unos como piruétanos ó cachirulos que
le mandaban las monjas Franciscas del Toboso.
Delicadísima y llena de ascos en materias de comer, doña Isabel no
podía pasarse sin los manjares y golosinas de su tierra. Era de esas
personas refractarias á la adaptación alimenticia, y que por do
quiera que van han de llevar el bocado con que las criaron. Su olla
era enteramente castellana por los cuatro costados, y en vez de
sopa, comía todos los días gachas, preparadas según el más puro rito
manchego. No las hacía de harina de trigo, sino de _titos_, que es un
guisante pequeño, y en los días grandes añadíale el tocino, el hígado
de cerdo bien machacado y siempre bastante pimienta y orégano. Esta
olorosa especia sazonaba y aromatizaba todos los guisos de la cocina
de doña Isabel. Su aroma, juntamente con el de otras hierbas, llenaba
la atmósfera de la casa. Conviene añadir, para que no pierdan las
gachas su carácter, que doña Isabel, fiel á los manchegos usos, no
las comía con cuchara, sino con rebanadas de pan y en la misma sartén.
El ordinario de Quintanar, que paraba en la posada de Ocaña, surtía
mensualmente á la Godoy de diferentes artículos del país, sin los
cuales infaliblemente la señora se habría dejado morir de inanición.
¡Ella comer cosas de este Madrid puerquísimo...! Además de la harina
de titos, el ordinario le traía las indígenas tortas de manteca,
hojaldradas, con sabrosos chicharros dentro; traíale también grandes
cántaros de mostillo y arrope del mejor que se hace en Miguel
Esteban, queso del campo de Criptana, bizcochos de Villanueva del
Gardete, bañados y tiernísimos, que tienen fama en toda España.
Pero lo más importante que recibía la Godoy era el lomo, frito y en
manteca, de modo que con él se improvisaba un principio en un decir
Jesús. También se lo mandaban en la forma que llaman rollos, envuelto
en masa de harina y aceite, y acompañado interiormente de huevos,
chorizos y jamón.
Con estos elementos aderezaba diariamente la señora su comida. En
Cuaresma hacía lo que llaman por allá un _ajillo de patatas_, y
el día del Corpus, por ser costumbre inmemorial é infalible en la
tierra, no podía faltar en su mesa cordero con arroz. Hasta los
postres venían del Toboso ó de Quintanar por mano de aquel bendito
ordinario. Consistían en el manjar más inocente del mundo, que de
ordinario sirve para sustento de los pajarillos: cañamones tostados.
Á la señora le gustaban mucho, y ningún día, á no ser los de gran
ayuno, dejaba de comerse una docena. Las Franciscas del Toboso solían
mandarle almendras garapiñadas, que eran su especialidad. Con ser
manchega de pura raza y tener sus propiedades arrendadas para el
cultivo del azafrán, doña Isabel no usaba nunca esta droga tintórea.
Por las infusiones teínas de diferentes hierbas tenía verdadera
pasión, y un surtido y acopio tan abundantes, que le faltaba poco
á la casa para ser la más completa herbolería. No se acostaba sin
tomarse un tazón de salvia ó de manzanilla, según los casos; á veces
de hierba-luisa. Jamás probó el té chinesco, y el café no lo conocía
más que de nombre.
La criada, que desde luengos años la servía, era una mujer de
bastante edad, toda cargada de refajos verdes y amarillos, y con gran
moño de trenza, atado con cordón que terminaba en el huesecillo que
llaman _higa_, para librarse del mal de ojo. La comunidad de vida con
doña Isabel la asimiló pasmosamente con ésta. Pegáronsele primero
los escrúpulos, luego los gustos, las costumbres, y, por último, el
modo de hablar y hasta la fisonomía... Últimamente todo era en ellas
común: el trabajo, la comida, los rezos y hasta los pensamientos.
Sólo el que frecuentara la casa habría podido separar bien aquellos
dos rostros y caracteres, destruyendo la aparente combinación ó
cambio molecular que entre ellas había, y dar á cada una lo suyo,
presentando á Teresa cual mujer sesuda, grave y de bien sentados
razonamientos; haciendo ver, por el contrario, en doña Isabel un
cerebro soliviantado, dentro del cual parecía que trinaban con más
gusto que en sus jaulas todos los verderones y jilgueros que en la
casa había.
V
Historia. Doña Isabel Godoy de la Hinojosa era tía de la madre de
nuestros amigos Augusto y Alejandro Miquis.
No atendáis al olor de privanza que aquel apellido tiene, para
suponer parentesco entre esta familia y el Príncipe de la Paz. Aunque
de procedencia extremeña, estos Godoyes nada tenían que ver con aquél
por tantas razones famosísimo y más desgraciado que perverso. Desde
el siglo pasado aparece prepotente en Almagro, y poco después en el
Toboso y en Quintanar, la estirpe de doña Isabel, consagrada á la
propiedad territorial y á la caza. Y fué tan fecunda en segundones,
que dió al Estado más de un consejero de Indias, muchos guardias de
Corps al Ejército, á la Iglesia regular y secular doctos definidores
y capellanes de Reyes Nuevos.
Doña Isabel y su hermana, llamada doña Piedad, fueron la única
sucesión del don Gaspar Godoy, uno de los más frondosos y enhiestos
ramos de aquel tronco de los Godoyes manchegos. Eran ambas hermanas
discretas, bonitas, instruiditas, bien educadas y tirando á lo
sentimental, conforme á las costumbres y á la literatura de aquellos
tiempos. Dígase también que la tradición las designaba como las
personas más leídas de toda la Mancha. Se sabían casi de memoria la
_Casandra_, novela de tanto sentimiento, que el que la leía se estaba
llorando á moco y baba tres meses. Conocían también otras obras,
muy en boga entonces, como _Ipsiboe_ y _El Solitario_, del vizconde
D’Arlincourt, llenas de desmayos, lloros, pucheros y ternezas. Pero
la lectura que más particularmente había afectado á Isabel Godoy era
la de aquella dramática y espasmódica novela de _Madame Cottin_,
_Matilde ó Las Cruzadas_, la comidilla más sabrosa de aquella
generación archi-sensible. Por mucho tiempo duró en el espíritu de la
joven la influencia de tales lecturas, suministrándole, casi hasta
nuestros días, motivos de comparaciones. Así, decía: «es un moreno
atrevidísimo como Malek-Adhel», ó bien «celoso y fiero como un Guido
de Lusignan.» Las anticuadas láminas de Epinal que su sala ostentaba,
habían tenido ya su período de éxito en la casa paterna.
No faltaba, veinte ó treinta años há, entre los desocupados del
Toboso, algún viejo que contase algo de remotos sucesos acaecidos
cuando le hicieron á doña Isabel la preciosa miniatura que hemos
visto en su sala. Según rezaba la tal crónica viva, hubo por aquellas
calendas en el Quintanar un galán de hermosa presencia, tan notable
por su gallardía como por sus modales y educación, hombre peregrino
en aquellas tierras, á las que fué con hastío de la Corte, buscando
un descanso á sus viajes y á las fatigas de la moda y del mundo.
Doña Isabel se apasionó locamente del tal, que era de gran familia,
los Herreras de Almagro, y tenía tíos y primos en el Toboso. Él le
correspondía; eran públicos y honestos sus amores; parecía natural
que la solución y término de esto fuera el matrimonio... mas no
sucedió así. De la noche á la mañana, con pasmo y hablilla de todo el
pueblo, Herrera se casó, no con doña Isabel, sino con su hermana.
Guardó la ofendida las apariencias de conformidad, y ni en su rostro
ni en su lenguaje revelaba el dolor de la tremenda herida, que sólo
cicatrizaron los años, muchos años, y un sosiego y régimen de vida
muy reparadores. Las dos hermanas se querían entrañablemente lo mismo
antes que después del repentino inexplicable cambalache. Piedad tuvo
una niña, y murió al año de casada; murió, ¡ay! según se dice, de
ignorada y misteriosa pesadumbre; de una tristeza que le entró de
súbito y la fué secando, secando, hasta que, no teniendo más que los
huesos y el alma, ésta se partió sin dolor, porque nada había ya en
aquel cuerpo que pudiera doler. Poco tiempo después del fallecimiento
de su mujer, Herrera se fué á América, en donde hizo dos cosas
igualmente desatinadas: se volvió á casar y se murió de la fiebre.
Á la niña que nació de Herrera y de Piedad Godoy, pusiéronla también
Piedad, por ser este nombre el de la patrona de aquellas tierras, y
tan común allí, que no hay familia donde no haya un par de Piedades.
Crióla con extremado mimo doña Isabel, que á ella se consagró,
haciendo voto de soltería eterna. No se consideraba tía, sino
verdadera madre, por exaltación de su espíritu y maniobra sutilísima
de su entendimiento. Consumada idealista, empapando sin cesar su
espíritu en la memoria de su hermana, había logrado realizar el
fenómeno psicológico de la transubstanciación. En sus soledades
y abstracciones había llegado á decir casi sin pensarlo: «Yo soy
Piedad... yo soy mi hermana...» Y otra vez se le escaparon estas
palabras: «La que se murió fué Isabelita.»
La Piedad pequeña creció al lado de su tía y otros parientes.
Mimáronla mucho y la querían con delirio. Todo iba bien, todo fué
regocijo y paces hasta que llegó á ser mujer. Aquí viene el punto
capital de esta historia retrospectiva y el motivo del singularísimo
aspecto con que se nos presenta doña Isabel. La adorada, la mimada,
la enaltecida hija-sobrina de esta señora, la heredera de los claros
nombres de Herrera y Godoy, se enamoriscó de un tal Pedro Miquis;
resistió tenaz y heróicamente la oposición de su familia; se dejó
depositar y se casó con él... ¡Abominación! Los Miquis habían sido
criados de los Godoyes.
¡Pobrecita doña Isabel! El espanto y dolor que el caso produjo en
ella no son para referidos. Parecía increíble que este nuevo traspaso
de su corazón, añadido á las llagas pasadas, no le quitara la vida.
Decía con toda su alma: «Mi niña ha muerto.» Porque pensar que ella
había de transigir con tal ignominia, era pensar en las nubes de
antaño... Llena de tesón, hizo la cruz al Toboso, á Quintanar, á toda
la Mancha; escribió en su corazón un segundo epitafio, y se vino á
Madrid. Su odio á los Miquis era tan profundo, estaba tan entretejido
con sus convicciones, que en cuanto se tocaba este punto, rompía
en una charla de tarabilla, y su interlocutor, aburrido, tenía que
marcharse y dejarla hablando sola. Nombrar á los Miquis era nombrar
lo más bajo de la humanidad. Los Miquis del Toboso eran escoria,
desperdicios de nuestro linaje. En semejante muladar había caído
aquella temprana rosa. No era posible sacarla; y aunque se la sacara
con pinzas, ¿de qué serviría ya?
Los años suavizaron un tanto estas asperezas. Después de escribir
muchas cartas cariñosísimas y humildes á su tía-madre, la Miquis
consiguió obtener una contestación, aunque muy desabrida. De allá le
enviaban regalitos de arrope, lomo en manteca, bollos y cañamones
tostados, sin conseguir que aceptara. Por fin aceptó algo, y las
relaciones se restablecieron fríamente, por escrito. Pasados quince
años, el lenguaje epistolar de la tiíta Isabel despedía cierto calor.
El tiempo, que tantas maravillas había obrado en ella, hacía nueva
conquista de paz en su indomable espíritu. La reconciliación con
Piedad llegó á ser un hecho; pero en ninguna de sus cartas dejaba de
poner la Godoy una frase desdeñosa para su yerno y toda su aborrecida
parentela.
Cuando el primogénito de Piedad, Alejandrito, hecho ya un hombre y
con lisonjeras esperanzas de serlo de provecho, fué á estudiar á
Madrid, llevó encargo de visitar á la tiíta. ¡Cuánto le aleccionó su
madre sobre esto, y qué de advertencias le hizo, previniéndole lo
que le había de decir, lo que debía callar!... En la primera visita,
doña Isabel hubo de recibir al muchacho con circunspección y recelo.
Le miró mucho, y de pronto lanzó una exclamación de lástima y amor,
diciendo:
--¡Eres el vivo retrato de mi niña!
Al instante se le descompuso la estudiada severidad, echóse á llorar,
y estuvo besándole sin tregua más de una hora, en los cabellos, en
las sienes, en las mejillas.
--Vente por aquí todas las semanas--le dijo:--creo que no podré estar
muchos días sin verte. Siempre que quieras comerás conmigo.
Pero Alejandro, no bien probó una vez la extraña comida de su tiíta,
hizo firme propósito de no volver más. Porque verdaderamente los
piruétanos, las gachas, el ajillo, y, sobre todo, aquel postre
ornitológico de cañamones, no eran, no, para estómagos de cristianos.
Luego, la señora le hacía tomar de sobremesa un tazón de salvia que
le ponía enfermo. En dos días no se apartaba de su olfato aquel
maldito olor de orégano y anís, que eran inseparables de la imagen
de su tía, del recuerdo de la casa, de los pájaros y del camello que
estaba sobre la cómoda.
Otro motivo de disgusto para Alejandro era que la tiíta no se
recataba de manifestar descaradamente ante él su desprecio de los
Miquis, de su padre y tíos, tan queridos y respetados en toda la
Mancha, y les daba nombres chabacanos, como los Micifuces, los
_Mengues_, los Micomicones.
--Tu abuelo--le decía,--fué mozo de mulas en mi casa, cuando yo
levantaba tanto así. Era un bruto. Me parece que le veo con su
gorro de pelo y su manta al hombro. Sus hijos se engrandecieron,
como se engrandecen todos los brutos en estos tiempos de faramalla
y de equivocaciones. Uno compró bienes del clero por un pedazo de
pan, y se hizo rico negociando con la fortuna de la Iglesia, con
lo que es de Dios y de sus ministros. Gumersindo Miquis y tu padre
también han hecho mil picardías para enriquecerse. ¡Qué manera de
juntar dinero! Con la contrata del fielato, vejando y martirizando
á los pobres paletos que entraban dos docenas de huevos... Una vez
desnudaron á una pobre mujer que entraba media sarta de chorizos en
el refajo. Eran odiados en toda la Mancha... Gaspar Miquis ya sabemos
que contratando carreteras ha hecho un capital. Así están aquellos
caminos. Donde debía poner piedra ponía barro, y el puente sobre el
Jigüela creo que lo hicieron de papel... En las Casas Consistoriales
de Quintanar hay cada expediente... Pero ellos, ya se sabe, sacando
votos para los diputados han hecho lo que han querido y se han
burlado de la justicia... En mi tiempo, hijo, había, sí, ladrones
de caminos, gentuza mala, es verdad; pero no había caciques, no
había estos salteadores públicos que hacen lo que les da la gana:
oprimen al pobre, roban al rico, amparados de la política. ¿No es un
horror ver á Gaspar Miquis repartiendo las contribuciones y echando
á algunos tantísima cuota, mientras él, que es el primer propietario
de Criptana, no paga nada? Tu papaíto también es buena pieza. Compra
el azafrán á seis duros, valiéndose de la miseria de los pobres
labradores, y luego lo vende á catorce... Así se han hecho poderosos.
Yo me acuerdo de haber visto al padre de tu abuelo, á tu bisabuelito,
sí, venir á casa todos los sábados á recoger las limosnas que daba
papá. Aquel viejo, con ser mendigo, era más decente que todos sus
hijos y nietos. Últimamente se entregó á la bebida; pero cuando
estaba bueno, tenía mucho arte para coger cangrejos del Jigüela, por
Cuaresma, y le traía espuertas llenas á papá, que gustaba mucho de
ellos...
Don Pedro Miquis no participaba de esta inquina, y en las cartas á
su hijo solía poner un párrafo como éste: «No dejes de visitar con
frecuencia á la tiíta Isabel, y aguántale sus rarezas.» Otras veces
le decía: «Cuidado con la tiíta. No te incomodes si la oyes decir
algún disparate. Esta buena señora tiene la cabeza como Dios quiere.
Siempre fué lo mismo. No hay que llevarle la contraria, sino decirle
á todo amén, aunque luego no se haga lo que mande.» Ya hacía tres
años que Alejandro estudiaba, cuando en una carta de su padre halló
esto: «Ha llegado don Santiago Quijano y me ha dicho que la pobre
está rematadamente loca. ¡Pobre señora! Visítala; sírvela en lo que
puedas, y trátala con tacto y estudio para no ofenderla.»
Casi en los mismos días en que Alejandro recibía esta carta, su tía,
hablando con él de cosas de la Mancha y de antepasados, que era la
conversación más de su gusto, le dijo así:
--¡Ay! qué trastada le voy á jugar á los Micifuces.
Y el regocijo ponía extrañas claridades en sus ojos; se reía y daba
palmadas, aplaudiéndose á sí misma, como los niños cuando están
contentos ó proyectando alguna travesura. Alejandro nunca le pidió
explicaciones de estas rarezas, porque siempre que la Godoy ponía
de oro y azul á sus enemigos, él, entre avergonzado y colérico, no
chistaba. En otra ocasión dijo la señora:
--¡Cómo me voy á reir! Me parece que estoy viendo á tu padre,
furioso, echando espumarajos por aquella boca... ¡Que reviente...
mejor! Digan lo que quieran, todos los _Mengues_, uno tras otro, han
de tener su castigo en este mundo.
Alejandro no daba gran importancia á estas razones, porque tenía en
muy poco el juicio de doña Isabel, y las juzgaba rarezas y tonterías.
Por otra parte, si la tiíta arrojaba diariamente á los caciques del
Toboso toda clase de invectivas, con Alejandro (ella le decía siempre
Alejandro Herrera) estaba siempre á partir un piñón. Le recibía
gozosa, y alguna vez, después de hacerle mil preguntas sobre sus
estudios, sus relaciones y pasatiempos, abría un cajón de la cómoda
panzuda, y de un bolsillico muy mono sacaba una moneda de dos duros.
--¿Ves? ¡qué rica!--le decía, mostrándosela entre dos dedos.--¿Te
gusta esta golosina? Es para que vayas al teatro á ver una función
honesta y entretenida.
Más de un sermón le echó sobre la bajeza y grosería de la juventud de
estos tiempos.
--Los chicos de hoy--le decía,--sabrán más que los de mi tiempo:
en eso no me meto. Y no sé, no sé: si de lo que aprenden hoy se
quitan las herejías y maldades, poco ha de quedar. Pero sea lo que
quiera, si en ciencia valen más, lo que es en urbanidad y en modales
están muy por debajo. Y si no, dime tú, ¿conoces entre tus amigos
alguno que sepa trinchar un ave en una mesa de cumplimiento? ¿Cuál
habrá que sepa sentarse derecho en una silla, decir finuras á una
dama, y sostener con ella conversación amena, cortés y escogida?
Ninguno. Todos son unos ordinarios, que sólo saben decir palabrotas,
recostarse en los asientos de los cafés, disputar á gritos, escupir
en el suelo y ponerlo como una estercolera, fumar y expresarse como
los jayanes y matachines. Poco del mundo actual conozco, porque no
salgo de mi casa; pero lo poco que he visto me da mucho asco... Es
menester que tú no te parezcas á esos gandules de los cafés; es
preciso que adquieras buenos modales, que seas fino, que frecuentes
la sociedad, que te hagas presentar en alguna honesta reunión, y
que huyas de las tertulias hombrunas, donde no se aprenden más que
groserías.
Para tenerla contenta, y siguiendo el consejo de su padre, que le
ordenaba llevar en todo el genio á la tiíta, Alejandro le llenaba la
cabeza con éstos y otros inocentes embustes:
--Pues, tiíta, yo voy todas las noches á una tertulia de señoras
finas, donde no se habla más que de cosas honradas... Me van á llevar
á los bailes de la Embajada de Austria, para lo cual me he encargado
ya el frac... Tengo pensado ir á Palacio. Un amigo quiere presentarme
á Su Majestad...
Entusiasmábase con esto doña Isabel, y decía:
--¡Así, así te quiero!... Lo de ir á Palacio á besar la mano de esa
perla de las reinas, me enamora. Yo, si no estuviera tan vieja, iría
también... Tengo prometida una visita á Su Majestad; pero ¿para qué
quiere la señora ver vejestorios en su real casa? Yo rezo por ella
y por la felicidad de su reinado, así como por todos los príncipes
cristianos... ¡Viva Isabel, y muera la cobarde facción!