Quince días habían pasado desde que el buen Doctor dejó con tan
mala ventura la casa de don Pedro Polo... Cayó, como el cabello que
cortado se arroja, á los rincones y vertederos urbanos, allá donde
las escobas parece que arrastran, con los restos de todo lo útil,
algo que es como desperdicio vivo, lo que sobra, lo que está de
más, lo que no tiene otra aplicación que descomponerse moralmente y
volver á la barbarie y al vicio. ¿Quién le seguirá por esta zona, á
donde llegan arrastrados todos los despojos de la eliminación social
en uno y otro orden? ¿Quién le seguirá á las casas de dormir, á las
compañías del Rastro, á los bodegones y tabernas, á los tejares y
chozas de la Arganzuela ó las Yeserías, á la vagancia, á las rondas
del Sur, inundadas de estiércol, miseria y malicia? La historia del
héroe ofrece aquí un gran vacío que es como reticencia hecha en lo
mejor de una confesión. Sólo se sabe que á los dos días de su salida
de la casa de Polo, se extinguió el último ochavo de las seis pesetas
que le diera la cristiana y al mismo tiempo pagana _Emperadora_,
figura hermosísima que él había visto en alguna parte, sí: en ésta
ó la otra página de sus estudios, en la Doctrina Cristiana y en
la Mitología. ¡Misterios de la óptica moral! Fuera lo que Dios
quisiere, él se había prometido no olvidar á aquella señora en todo
el tiempo que durase su vida...
Se sabe también que algunas noches durmió en lo que vulgarmente se
llama la _posada de la estrella_, ó sea al aire libre; que pasó
grandes y tormentosas escaseces; que iba todos los días á la subida
del Observatorio con esperanza de encontrar al que le protegió,
le amparó y le dió ánimos en aquella feliz ocasión; que al fin su
puntual fidelidad obtuvo recompensa, como se ha visto, deparándole
Dios el encuentro de Alejandro Miquis, prólogo de los importantes
acontecimientos que vienen ahora, y paso primero en el nuevo rumbo
que toma la vida del héroe, como verán los que no se hayan aburrido
de esta lectura y quieran seguir adelante.
Emprendió, pues, la marcha el Doctor para desempeñar su recado, y
en la Puerta del Sol, ¡inesperado estorbo! se encontró con que no
podía pasar, parque todo estaba lleno y apelmazado de gente. Él,
no obstante, había de penetrar entre la multitud para ver por qué
motivo se reunían tantas personas. Metióse por las grietas que en la
humana masa se abrían; navegó con trabajo por entre codos, piernas,
espaldas, y pudo ganar al fin la esquina de la calle de Carretas.
Felizmente, había allí un farol que no estaba ocupado, y se subió
á él, guardando cuidadosamente la carta en el pecho. ¡Qué bien se
veía todo desde aquella altura! «¡Ya!... entierrito tenemos.» Y
que el muerto era persona grande lo manifestaba la muchedumbre de
acompañantes y de curiosos. Vió Felipe el carro mortuorio, tirado por
caballos negros y flacos, con penachos que parecían haber servido
para limpiar el polvo de los cementerios; vió el armatoste donde el
difunto venía, balanceándose como una lancha negra en medio de las
olas de un mar de sombreros de copa; vió los asilados, los lacayos
fúnebres, de malísima catadura, y el lucido acompañamiento, ejército
sin fin de personas diversas, elevadas y humildes, todo obscuro,
triste y hosco. Iba detrás, en primer término, un señor alto y gordo,
de presencia majestuosa; á su lado otros muchos, gruesos ó flacos, y
detrás un río de levitas y chaquetas. ¡Cómo serpenteaba la fatídica
procesión, cómo se detenía de trecho en trecho, cómo empujaba! Era
cuña que en las plazas abría la masa de curiosos, y en las calles se
dejaba oprimir á su vez por aquélla... Felipe se unió á la comitiva.
Tan pronto iba delante con los incluseros, tan pronto atrás, cerca
de aquellos señores tan guapotes. Pero él se mantenía siempre á
respetuosa distancia: miraba, y nada más. No era como el intruso
y farsante Juanito del Socorro, á quien Felipe vió delante de los
caballos, apartando el gentío con ridículos y oficiosos aspavientos.
«¡Fantasioso!» pensó el Doctor; y poco después, allá cuando iban
por la calle de la Concepción Jerónima, vióle atrás, pegado á los
faldones del respetabilísimo caballero obeso y de blancas patillas
que presidía... «¡Otro más entrometido que Juanito...!»
Por la calle de Toledo, _Redator_ distinguió á su amigo entre la
multitud y se fué derecho á él. ¡Qué facha la de Juanito! Llevaba
las mismas alpargatas ó babuchas de orillo que usaba siempre, una
chaqueta de papá y una corbata negra que su mamá le había hecho para
aquella lúgubre ocasión. Se saludaron con un par de estrujones, y
Juanito dijo al otro:
--Estoy rendido... Yo fui á avisar á la parroquia para que llevaran
los _Oles_... Después, recado por arriba y por abajo... llevar mucha
papeleta, y ahora traer coches... Voy aquí con don Salustiano.
Hijí... éste sí que es peje.
Al decir esto, señalaba al señor grueso, persona de tan admirable
presencia que á Felipe le parecía, si no rey, un dedito menos. En
efecto: el Doctor vió á su amigo meterse entre los señores que
iban en la delantera del acompañamiento, estrujándoles la ropa y
estorbándoles el paso. Alguien le daba empellones para echarle fuera;
pero él á meterse volvía. Al fin de la calle de Toledo, muchos
empezaron á ocupar los coches... Felipe entonces, satisfecho de
haber visto bastante, acordóse de su deber, y retrocedió para buscar
la calle del Almendro.
La cola del inmenso cortejo estaba aún por San Isidro. Allí se apartó
Felipe; dió varias vueltas por Puerta Cerrada, mirando letreros, y
por fin se internó en la calle del Nuncio. Estaba en camino. Los
lacayos de la Nunciatura excitaron su curiosidad, y perdió un ratito
admirando tanto galón y tan buenas aposturas. Algunos pasos más, y ya
estaba mi hombre en el fin de su viaje. ¡Qué silencio, qué sepulcral
quietud la de aquellos lugares! Eran más fúnebres que el entierro y
más solitarios que la soledad. Después del bullicio, de la confusión
y gentío que había presenciado, verse allí era como caer en un pozo.
Y la tal calle se enroscaba marcando una vuelta tan brusca, que no
se veía ni el principio ni el fin de ella. Parecía una trampa armada
al descuidado transeunte; y todo el que entrase en ella, no como
Felipe, sin ver, por ser niño, el sentido de las cosas, creeríase
más en Toledo que en Madrid, ó bajo la dominación de los reyes
austríacos, amenazado de las uñas de Rinconete. Hoy es la calle del
Almendro recogida y silenciosa; júzguese cómo sería hace veinte años,
cuando aún la ley de las transformaciones municipales no la había
comunicado, derribando casas, con la Cava Baja. Entonces, nadie
pasaba por allí que no fuera habitante de la misma calle. Componían
gran parte de su caserío las cocheras de la casa de Aransis; la casa
de Vargas, sola, misteriosa, abandonada, pues al parecer sólo mora
en ella el espíritu de San Isidro. No se conocía en ella ninguna
industria, como no fuera la de un colchonero que tenía por muestra un
colchoncito de media vara. Había escudos sobre puertas que jamás se
abrían, y balcones de hierro que á pedazos, corroídos por el orín, se
desbarataban. Dos ó tres casas de alquiler, relativamente modernas,
existían en la tortuosa longitud de la calle. Una de ellas, la del
núm. 11, que era la que buscaba Felipe, estaba en la rinconada que ha
desaparecido para establecer la comunicación de aquel embudo con la
Cava Baja. De modo que la casa de la tía de Miquis no existe ya. Hay
que figurarla; pero como no faltan memoria y datos, puede decirse que
era un edificio del siglo XVII, ordinario, vulgarísimo, feo, con dos
pisos altos, puerta de piedra, en cuyo clave se veía grabada la común
inscripción _Jesús, María y José_, y lo demás de revoco.
Nos hallamos en el rincón más interesante quizás de este Madrid
que tantas curiosidades encierra, y que hoy presenta revueltas,
en algunas zonas, las primicias de la civilización y los restos
agonizantes del mundo antiguo. Dos huecos tenía cada piso de la casa
vetusta, que Felipe comparó, _in mente_, con un seis de copas. En
la ventana baja, inmediata á la puerta, no había señal de vivienda
humana. Rotos estaban los vidrios y cerradas las maderas. Era el
depósito de una cofradía caducada, y ya se ignoraba quién tenía las
llaves. En los dos balcones del principal había muchos tiestos,
descollando entre ellos una grande y bien florecida adelfa que daba
alegría á la casa y aun á la calle toda. No tengamos reparo en decir,
aunque sea indiscreto y prematuro, que allí vivía una mujer ó señora
que _echaba las cartas_ y tenía gran parroquia, muy tapadamente, en
todo Madrid.
Si los balcones del principal eran alegritos con tanta hierba y
verdura, los del segundo éranlo mucho más, porque en ellos el follaje
se desbordaba por los hierros, subía y aun daba grata sombra. Era
ya una vegetación arborescente, impropia de balcones y que traía á
la memoria lo que de Babilonia se cuenta. Los tiestos de diversa
forma estaban unos sobre otros; había pucheros, cajones, tibores,
medias tinajas y barriletes, todo admirablemente cultivado y lleno de
variedad gratísima de plantas. Descollaban una higuera con higos, un
manzano con manzanas, un níspero también con fruto, un albaricoque
y hasta una parra que ofrecía en sus ya pintados racimos abundante
esquilmo de Octubre. Y entre estas familias mayores, las capuchinas
de doradas florecillas subían por la jamba, agarrándose á cuerdas muy
bien colocadas; lo mismo hacían las campánulas, el guisante de olor
y otras trepadoras. Achaparrados y asomando por entre los hierros,
veíanse los claveles, el sándalo, la hierba-buena, la medicinal ruda,
la balsamina, el perejil de la reina, el geranio de pluma y otras
especies domésticas. Colgadas á un lado y otro de los balcones había
hasta media docena de jaulas chiquitas con verderones y jilgueros
presos; pero tan cantantes, que no cesaban ni un momento de arrojar
sobre la calle sus deliciosos trinos.
Al reconocer el número, avanzó Felipe hasta el centro del arroyo y
se quedó como lelo, mirando la casa. Era para él tan misteriosa,
emblemática é incomprensible como una de aquellas páginas de la
Gramática ó de la Aritmética, llenas de definiciones y guarismos
que no había entendido nunca. Miraba y miraba, descifrando con el
incipiente prurito de su mente investigadora... Hacía lo menos quince
minutos que duraba este contemplativo examen, cuando observó que se
abrían los cristales de uno de los balcones del segundo. Por entre
el follaje distinguió una mano delgadísima que apretaba los higos de
la higuera como para ver si estaban maduros. Luego acariciaba los
racimitos de la frondosa parra... Mirando más, y cambiando de sitio,
pudo distinguir una cara... Era blanca, fina y lustrosa, como las
caras de las muñecas de barniz que se ven en las tiendas de juguetes,
con ojos negros y vivos. En la cabeza tenía un lío amarillo, al
modo de turbante... Felipe se vió mirado y examinado por los ojos
de la muñeca, pero con tal fijeza, que hubo de turbarse y no supo
qué hacer. Aquélla era la tía del señor de Miquis. ¿Por qué le tenía
miedo? ¿por qué se quedaba absorto y como fascinado delante de la
casa...? Es preciso entrar. Atrévete, hombre.