III

Quince días habían pasado desde que el buen Doctor dejó con tan

mala ventura la casa de don Pedro Polo... Cayó, como el cabello que

cortado se arroja, á los rincones y vertederos urbanos, allá donde

las escobas parece que arrastran, con los restos de todo lo útil,

algo que es como desperdicio vivo, lo que sobra, lo que está de

más, lo que no tiene otra aplicación que descomponerse moralmente y

volver á la barbarie y al vicio. ¿Quién le seguirá por esta zona, á

donde llegan arrastrados todos los despojos de la eliminación social

en uno y otro orden? ¿Quién le seguirá á las casas de dormir, á las

compañías del Rastro, á los bodegones y tabernas, á los tejares y

chozas de la Arganzuela ó las Yeserías, á la vagancia, á las rondas

del Sur, inundadas de estiércol, miseria y malicia? La historia del

héroe ofrece aquí un gran vacío que es como reticencia hecha en lo

mejor de una confesión. Sólo se sabe que á los dos días de su salida

de la casa de Polo, se extinguió el último ochavo de las seis pesetas

que le diera la cristiana y al mismo tiempo pagana _Emperadora_,

figura hermosísima que él había visto en alguna parte, sí: en ésta

ó la otra página de sus estudios, en la Doctrina Cristiana y en

la Mitología. ¡Misterios de la óptica moral! Fuera lo que Dios

quisiere, él se había prometido no olvidar á aquella señora en todo

el tiempo que durase su vida...

Se sabe también que algunas noches durmió en lo que vulgarmente se

llama la _posada de la estrella_, ó sea al aire libre; que pasó

grandes y tormentosas escaseces; que iba todos los días á la subida

del Observatorio con esperanza de encontrar al que le protegió,

le amparó y le dió ánimos en aquella feliz ocasión; que al fin su

puntual fidelidad obtuvo recompensa, como se ha visto, deparándole

Dios el encuentro de Alejandro Miquis, prólogo de los importantes

acontecimientos que vienen ahora, y paso primero en el nuevo rumbo

que toma la vida del héroe, como verán los que no se hayan aburrido

de esta lectura y quieran seguir adelante.

Emprendió, pues, la marcha el Doctor para desempeñar su recado, y

en la Puerta del Sol, ¡inesperado estorbo! se encontró con que no

podía pasar, parque todo estaba lleno y apelmazado de gente. Él,

no obstante, había de penetrar entre la multitud para ver por qué

motivo se reunían tantas personas. Metióse por las grietas que en la

humana masa se abrían; navegó con trabajo por entre codos, piernas,

espaldas, y pudo ganar al fin la esquina de la calle de Carretas.

Felizmente, había allí un farol que no estaba ocupado, y se subió

á él, guardando cuidadosamente la carta en el pecho. ¡Qué bien se

veía todo desde aquella altura! «¡Ya!... entierrito tenemos.» Y

que el muerto era persona grande lo manifestaba la muchedumbre de

acompañantes y de curiosos. Vió Felipe el carro mortuorio, tirado por

caballos negros y flacos, con penachos que parecían haber servido

para limpiar el polvo de los cementerios; vió el armatoste donde el

difunto venía, balanceándose como una lancha negra en medio de las

olas de un mar de sombreros de copa; vió los asilados, los lacayos

fúnebres, de malísima catadura, y el lucido acompañamiento, ejército

sin fin de personas diversas, elevadas y humildes, todo obscuro,

triste y hosco. Iba detrás, en primer término, un señor alto y gordo,

de presencia majestuosa; á su lado otros muchos, gruesos ó flacos, y

detrás un río de levitas y chaquetas. ¡Cómo serpenteaba la fatídica

procesión, cómo se detenía de trecho en trecho, cómo empujaba! Era

cuña que en las plazas abría la masa de curiosos, y en las calles se

dejaba oprimir á su vez por aquélla... Felipe se unió á la comitiva.

Tan pronto iba delante con los incluseros, tan pronto atrás, cerca

de aquellos señores tan guapotes. Pero él se mantenía siempre á

respetuosa distancia: miraba, y nada más. No era como el intruso

y farsante Juanito del Socorro, á quien Felipe vió delante de los

caballos, apartando el gentío con ridículos y oficiosos aspavientos.

«¡Fantasioso!» pensó el Doctor; y poco después, allá cuando iban

por la calle de la Concepción Jerónima, vióle atrás, pegado á los

faldones del respetabilísimo caballero obeso y de blancas patillas

que presidía... «¡Otro más entrometido que Juanito...!»

Por la calle de Toledo, _Redator_ distinguió á su amigo entre la

multitud y se fué derecho á él. ¡Qué facha la de Juanito! Llevaba

las mismas alpargatas ó babuchas de orillo que usaba siempre, una

chaqueta de papá y una corbata negra que su mamá le había hecho para

aquella lúgubre ocasión. Se saludaron con un par de estrujones, y

Juanito dijo al otro:

--Estoy rendido... Yo fui á avisar á la parroquia para que llevaran

los _Oles_... Después, recado por arriba y por abajo... llevar mucha

papeleta, y ahora traer coches... Voy aquí con don Salustiano.

Hijí... éste sí que es peje.

Al decir esto, señalaba al señor grueso, persona de tan admirable

presencia que á Felipe le parecía, si no rey, un dedito menos. En

efecto: el Doctor vió á su amigo meterse entre los señores que

iban en la delantera del acompañamiento, estrujándoles la ropa y

estorbándoles el paso. Alguien le daba empellones para echarle fuera;

pero él á meterse volvía. Al fin de la calle de Toledo, muchos

empezaron á ocupar los coches... Felipe entonces, satisfecho de

haber visto bastante, acordóse de su deber, y retrocedió para buscar

la calle del Almendro.

La cola del inmenso cortejo estaba aún por San Isidro. Allí se apartó

Felipe; dió varias vueltas por Puerta Cerrada, mirando letreros, y

por fin se internó en la calle del Nuncio. Estaba en camino. Los

lacayos de la Nunciatura excitaron su curiosidad, y perdió un ratito

admirando tanto galón y tan buenas aposturas. Algunos pasos más, y ya

estaba mi hombre en el fin de su viaje. ¡Qué silencio, qué sepulcral

quietud la de aquellos lugares! Eran más fúnebres que el entierro y

más solitarios que la soledad. Después del bullicio, de la confusión

y gentío que había presenciado, verse allí era como caer en un pozo.

Y la tal calle se enroscaba marcando una vuelta tan brusca, que no

se veía ni el principio ni el fin de ella. Parecía una trampa armada

al descuidado transeunte; y todo el que entrase en ella, no como

Felipe, sin ver, por ser niño, el sentido de las cosas, creeríase

más en Toledo que en Madrid, ó bajo la dominación de los reyes

austríacos, amenazado de las uñas de Rinconete. Hoy es la calle del

Almendro recogida y silenciosa; júzguese cómo sería hace veinte años,

cuando aún la ley de las transformaciones municipales no la había

comunicado, derribando casas, con la Cava Baja. Entonces, nadie

pasaba por allí que no fuera habitante de la misma calle. Componían

gran parte de su caserío las cocheras de la casa de Aransis; la casa

de Vargas, sola, misteriosa, abandonada, pues al parecer sólo mora

en ella el espíritu de San Isidro. No se conocía en ella ninguna

industria, como no fuera la de un colchonero que tenía por muestra un

colchoncito de media vara. Había escudos sobre puertas que jamás se

abrían, y balcones de hierro que á pedazos, corroídos por el orín, se

desbarataban. Dos ó tres casas de alquiler, relativamente modernas,

existían en la tortuosa longitud de la calle. Una de ellas, la del

núm. 11, que era la que buscaba Felipe, estaba en la rinconada que ha

desaparecido para establecer la comunicación de aquel embudo con la

Cava Baja. De modo que la casa de la tía de Miquis no existe ya. Hay

que figurarla; pero como no faltan memoria y datos, puede decirse que

era un edificio del siglo XVII, ordinario, vulgarísimo, feo, con dos

pisos altos, puerta de piedra, en cuyo clave se veía grabada la común

inscripción _Jesús, María y José_, y lo demás de revoco.

Nos hallamos en el rincón más interesante quizás de este Madrid

que tantas curiosidades encierra, y que hoy presenta revueltas,

en algunas zonas, las primicias de la civilización y los restos

agonizantes del mundo antiguo. Dos huecos tenía cada piso de la casa

vetusta, que Felipe comparó, _in mente_, con un seis de copas. En

la ventana baja, inmediata á la puerta, no había señal de vivienda

humana. Rotos estaban los vidrios y cerradas las maderas. Era el

depósito de una cofradía caducada, y ya se ignoraba quién tenía las

llaves. En los dos balcones del principal había muchos tiestos,

descollando entre ellos una grande y bien florecida adelfa que daba

alegría á la casa y aun á la calle toda. No tengamos reparo en decir,

aunque sea indiscreto y prematuro, que allí vivía una mujer ó señora

que _echaba las cartas_ y tenía gran parroquia, muy tapadamente, en

todo Madrid.

Si los balcones del principal eran alegritos con tanta hierba y

verdura, los del segundo éranlo mucho más, porque en ellos el follaje

se desbordaba por los hierros, subía y aun daba grata sombra. Era

ya una vegetación arborescente, impropia de balcones y que traía á

la memoria lo que de Babilonia se cuenta. Los tiestos de diversa

forma estaban unos sobre otros; había pucheros, cajones, tibores,

medias tinajas y barriletes, todo admirablemente cultivado y lleno de

variedad gratísima de plantas. Descollaban una higuera con higos, un

manzano con manzanas, un níspero también con fruto, un albaricoque

y hasta una parra que ofrecía en sus ya pintados racimos abundante

esquilmo de Octubre. Y entre estas familias mayores, las capuchinas

de doradas florecillas subían por la jamba, agarrándose á cuerdas muy

bien colocadas; lo mismo hacían las campánulas, el guisante de olor

y otras trepadoras. Achaparrados y asomando por entre los hierros,

veíanse los claveles, el sándalo, la hierba-buena, la medicinal ruda,

la balsamina, el perejil de la reina, el geranio de pluma y otras

especies domésticas. Colgadas á un lado y otro de los balcones había

hasta media docena de jaulas chiquitas con verderones y jilgueros

presos; pero tan cantantes, que no cesaban ni un momento de arrojar

sobre la calle sus deliciosos trinos.

Al reconocer el número, avanzó Felipe hasta el centro del arroyo y

se quedó como lelo, mirando la casa. Era para él tan misteriosa,

emblemática é incomprensible como una de aquellas páginas de la

Gramática ó de la Aritmética, llenas de definiciones y guarismos

que no había entendido nunca. Miraba y miraba, descifrando con el

incipiente prurito de su mente investigadora... Hacía lo menos quince

minutos que duraba este contemplativo examen, cuando observó que se

abrían los cristales de uno de los balcones del segundo. Por entre

el follaje distinguió una mano delgadísima que apretaba los higos de

la higuera como para ver si estaban maduros. Luego acariciaba los

racimitos de la frondosa parra... Mirando más, y cambiando de sitio,

pudo distinguir una cara... Era blanca, fina y lustrosa, como las

caras de las muñecas de barniz que se ven en las tiendas de juguetes,

con ojos negros y vivos. En la cabeza tenía un lío amarillo, al

modo de turbante... Felipe se vió mirado y examinado por los ojos

de la muñeca, pero con tal fijeza, que hubo de turbarse y no supo

qué hacer. Aquélla era la tía del señor de Miquis. ¿Por qué le tenía

miedo? ¿por qué se quedaba absorto y como fascinado delante de la

casa...? Es preciso entrar. Atrévete, hombre.

El Doctor Centeno (Tomo I) · 第 24 / 35 题