Ruiz, taciturno y atento sólo á su deber, hizo la observación del
paso del sol por el meridiano. No se efectuó el acto sin cierta
solemnidad como religiosa, con silencio, sosiego y aun algo de
poesía, por cuya circunstancia, y por ser operación diaria, decía
Miquis que aquello era la misa astronómica. Cinco minutos antes del
momento en que el péndulo sidéreo marcara el paso de Su Majestad,
manipuló Ruiz en el telégrafo para subir la bola de la Puerta del
Sol. Estuvo luego atento, callado, observando el mesurado latir del
péndulo; preparó el anteojo con cristal opaco, se puso en el sillón,
abrió las compuertas, miró. Una sección del globo inmenso entraba en
el campo del objetivo, y su tangencia en los hilos de araña permitía
determinar, por cálculo, el mediodía medio, por donde regulamos y
medimos estas divisiones convencionales del tiempo, á las cuales
acomodamos nuestro vivir. Luego manipuló otra vez para hacer caer
la bola de la Puerta del Sol, y cerradas las compuertas y tapado
el anteojo, registró los cronómetros y apuntó su observación en un
cuaderno. Cienfuegos y Miquis, que habían visto esto muchas veces,
permanecieron indiferentes, como los sacristanes ante los sagrados
ritos. El uno leía un periódico, el otro se paseaba inquieto á lo
largo de la sala.
Pensar que tres españoles, dos de ellos de poca edad, pueden estar
en el lugar más solemne sin sacar de este lugar motivo de alguna
broma, es pensar lo imposible. Á la iglesia van muchos á pasar ratos
divertidos, cuanto más á una sala meridiana donde no hay más respeto
que el de la ciencia, donde se entra con el sombrero puesto, y aun
se fumaría si la susceptibilidad de los instrumentos lo permitiera.
No había concluído Ruiz sus apuntes, cuando Miquis se echó atrás el
sombrero, y poniéndole la mano sobre el hombro, le dijo:
--Á ver tú... ¿por qué no me sacas mi horóscopo?
Era el mismo demonio aquel Miquis; ¡y qué cosas se le ocurrían!
Si Ruiz no fuera un si es no es guasón y maleante, se habría
escandalizado de aquella proposición sacrílega. Pero como no tenía
entusiasmo por la ciencia, no tenía tampoco ese respeto fanático
que impone deberes de compostura en ciertos sitios. ¡Oh! Sin ir más
lejos... si él hubiera nacido en Inglaterra ó en Francia, habría
tenido aquél y otros respetos, sí, señor, porque seguramente ganaría
mucho dinero con la ciencia; ¡pero aquí, en este perro país!... Como
español (y gato de Madrid, por más señas), podía hacer mofa de todo.
Manos á la obra. ¿Horóscopo dijiste? Bien; ¿y de qué se trataba?
Cienfuegos, que sentado en una silla leía _La Iberia_, alzó los ojos
del papel para decir:
--Ya los astros no dicen nada del destino humano. No quieren meterse
en vidas ajenas... Desde que se ha empezado á decir de ellos que
tienen miseria en sus cabelleras luminosas, es á saber, que están
habitados, se han amoscado y no quieren cuentas con nosotros... ¡Oh!
si hablaran, Miquis lo agradecería... Está el pobre que no le llega
la camisa al cuerpo, pendiente de una resolución, de una sentencia...
Ambos le miraron. Miquis se paseaba á lo largo de la sala, con las
manos en los bolsillos, arrastrando sus miradas por el suelo.
--¿Qué es eso, Alejandrito?... ¿Amores?
--¡No, no: valiente tontería! Mejor dicho, vida ó muerte
para mí--dijo el estudiante de Derecho parándose ante el
astrónomo.--Figúrate que con esta vida jamás está uno en fondos, y la
verdad... mejor sería no carecer de nada.
--Eso, aunque no lo digan los astros, es matemático.
--Yo te diré lo que hay--manifestó Cienfuegos.--Alejandro tiene una
tía, que le ha prometido darle trigo... pero trigo... en gordo...
Pasan días y días, y el recadito de la tía no parece.
--Me dijo que á mitad de la semana, y la semana ha concluído.
--Un día más ó menos...
--Es que tengo un desasosiego...--suspiró Miquis, mostrando bien en
su voz y en su gesto lo que decía.--Temo que si pasa tiempo, recobre
mi tía el juicio.
--Que lo pierda, querrás decir.
--No, hombre, no, porque mi tía está loca, y al darme lo que ha
prometido, si es que me lo da, se acreditará de rematada... Estoy
agonizando... ¿Se habrá arrepentido? ¿Habrá entrado en aquel cerebro
un rayo de esa luz del sentido común que anda esparcida por el mundo,
sin que la vean muchos de los que tienen ojos? Porque se dan casos de
que la vean, antes que nadie, los topos.
--Pues vete á su casa, tonto, y pregúntale, y dile: «Señora tía, ¿me
da usted ó no lo que me ha prometido?»
--Es tan nervioso y tan pusilánime--observó Cienfuegos,--que no se
atreve á ir, porque si la señora le dice que no hay nada, se desmaya.
--¡Yo no voy, yo no voy!--declaró el manchego volviendo á
pasearse.--Si después de haberme consentido dice nones, creo que
cojo una enfermedad.
Ruiz se frotaba las manos, riendo con aquella expresión burlona que
tenía para todo, para lo grave y lo cómico.
--Te voy á sacar el horóscopo, Alejandrito. Vamos á ver. Hay que
principiar por saber la fecha del nacimiento de tu querida tía.
--¡La fecha del nacimiento!--exclamó Cienfuegos.--Debió ser el año de
la Nanita.
--Eso lo sabrá la diosa Isis. Creo que mi tía no tiene fecha. Debe
proceder del antiguo Egipto. ¡La pobre es tan buena!... es lo mismo
que los chiquillos, ¡y me quiere tanto...! No nos burlemos... señores.
--¡No, no nos burlemos!--declamó Ruiz, remedando la tiesura de un
sacerdote de ópera.--Siento no tener aquí una sotana de ala de mosca
y un cucurucho lleno de sapos y culebras. Cuando te digo que te voy á
sacar el gran horóscopo, y á adivinarte lo que deseas... Sin ir más
lejos: en este momento, ¿qué hora es? las doce y veintidós minutos
y tres segundos. Al pelo, chico. Mira: el Sol está saliendo de la
constelación del León, á quien yo llamaría San Marcos, y entra en
Virgo... ¡La Virgen! tu tía... Luego viene la Balanza... ¡dinero...!
Esto es más claro que el agua. Tenemos también á Mercurio sobre
nuestras cabezas. Este caballero representa el comercio, las jugadas
de Bolsa, el papel-moneda. Lo dicho, dicho: el encuentro de Mercurio
y la Virgen, puede considerarse como felicísimo augurio. Y si
añadimos que al entrar en la Balanza pasa junto al Centauro, que yo
llamaría San Ignacio de Loyola, resulta lo siguiente: ¿Qué representa
Mercurio? El comercio, las transacciones, el correo. Por algo le
representaban aquellos brutos con aladas zapatillas. El correo,
fíjate bien. De todo se desprende que debes escribir una carta á tu
tía prehistórica, preguntándole qué vuelta llevan esos dinerillos que
te prometió, y que no has visto todavía.
--Pues eso no me parece mal--dijo Miquis meditando.--¿Y si me
contesta que no?
--Pues si te contesta que no, te metes las manos en los bolsillos
vacíos, y te quedas fresquecito, de verano...
Alejandro volvió á pasearse, y Cienfuegos á leer su periódico.
De repente, el manchego, con la súbita vehemencia del que tras
vacilaciones dolorosas se decide á tomar un partido, gritó:
--¡Pluma, papel, tinta!... Voy á escribir la carta á la diosa Isis...
--Calma, calma: iremos á la Biblioteca. No hay que alborotar en esta
santa casa.
--¿Y quién llevará la carta? ¡Es tan lejos!...
--No faltará quien la lleve. No te apures. Irá el Centauro, ó
mandaremos al mismo Mercurio. Vamos á la Biblioteca.
Pasaron á donde decía Ruiz, y Miquis se puso á escribir. ¡Dios mío,
qué premioso estaba aquel día! No sabía cómo empezar, ni en qué forma
y con qué materiales construir la deseada epístola. Tres ó cuatro
empezó y las tuvo que romper, porque ninguna de ellas respondía bien
á su pensamiento. La una decía:
«Querida tiíta Isabel: Tengo que ir esta noche al baile de la
Embajada austriaca, de frac; y como usted comprenderá...»
Ésta no servía. Ras... Empezó otra así:
«Estoy enfermo en cama. Me visitan siete médicos, y con tanta visita
y gastos de botica, se me acabó el dinero que tenía. Como usted me
prometió...»
Ras, ras... tampoco valía...
Otra:
«Estoy en casa de los catedráticos haciendo un trabajo...»
Fuera.
Por último, encontró la fórmula y la carta quedó escrita. Dió un
suspiro al cerrarla y repitió su queja:
--No vamos á tener quien la lleve.
--¡Qué pesadez!--dijo Cienfuegos, suspendiendo otra vez su
lectura.--Cuando éste coge un tema... La llevaré yo, si es preciso.
--Si es en los quintos infiernos... allá, donde Cristo dió las tres
voces.
--Sea donde fuere... Ese es atroz cuando da en encontrar dificultades
y en echar lamentos.
--Vamos á casa--dijo Ruiz.--Veremos si hay algún ordenanza. Don
Florencio nos sacará del paso...
Salieron, y lo primero que vió Miquis fué el famoso héroe de aquel
otro domingo, que gozoso y algo conmovido se acercó á saludarle,
gorra en mano.
--Hola, mequetrefe, ¿tú por aquí otra vez? ¿Qué es de tu vida?
Felipe, confuso, no sabía qué contestar, pues érale muy difícil
exponer en breves palabras los motivos de su salida de la paternal
casa de don Pedro. Temía que su protector, por falta de explicaciones
circunstanciadas, atribuyera la expulsión á cualquier falta
denigrante y odiosa.
--Te has civilizado... ¡Pero qué bonita has puesto mi ropa! Es verdad
que lleva tiempo... Y hablas ya como la gente. Lo que menos creías tú
era verme aquí.
--Señor, estoy viniendo todos los días á ver si le veo...
--Pues mira, hoy caes aquí como agua de Mayo. Nunca podrías ser más
oportuno. Me vas á hacer un recado.
--¡Un recado!...--exclamó el Doctor con alegría.--Si los señoritos me
buscaran una colocación...
--Sí, para colocaciones estamos,--dijo Cienfuegos.
--Como me traigas buenas noticias--indicó Miquis,--te prometo...
--¡Adiós! ya está éste tocando el violón... No prometas nada,
Alejandro, no prometas.
--Vas á llevarme esta carta.
--Sí, señor.
--Á la calle del Almendro. Entérate bien ó te pego. ¿Sabes dónde está?
Felipe vacilaba.
--Entras por Puerta Cerrada...
--Sí, sí... démela, démela.
--Bien claritas he puesto las señas. Número 11, cuarto segundo.
¿Sabes leer?
--¡Pues ya!...
--Preguntas por doña Isabel... esperas contestación, te la da, y me
la traes aquí.
Llegó cuando menos se le esperaba don Florencio, muy peripuesto,
vestido de negro, con el rostro enmascarado de cierta tristeza
fúnebre, y saludó á los tres amigos.
--Ya sabemos á dónde va usted, señor Morales y Tempra...do, don
Florencio.
Con solemnidad luctuosa, haciendo con ambas manos una elocuente
mímica de ese dolor mesurado y correcto que es propio de las
tragedias clásicas, el señor don Florencio dejó caer de su boca esta
frase:
--Voy al entierro del gran hombre.
--¡Pobre Calvo Asensio!
En tal día enterraban con gran aparato de gente y público luto al
atleta de las rudas polémicas, al luchador que había caído en lo más
recio del combate, herido de mortal cansancio y de fiebre; hombre
tosco y valiente, inteligencia ruda, que no servía para esclarecer,
sino para empujar; voluntad de acero, sin temple de espada, pero
con fortaleza de palanca; palabra áspera y macerante; temperamento
organizador de la demolición. Reventó como culebrina atacada con
excesiva carga, y su muerte fué una prórroga de las catástrofes
que la Historia preparaba. Don Florencio, que era su amigo, hacía
aspavientos de dolor comedido y decía:
--Entre paréntesis, si no hubiera cambiado su farmacia por esta
condenada política, todavía viviría. Era un mocetón... Vamos á
echarle un puñado de tierra.
Después, fijándose en Felipe, que oía con el mayor respeto aquellas
elegiacas razones, le consagró también á él, pequeñito, una frase
llena de socrático sentido:
--Doctor Centeno, ¿qué haces por aquí? ¿Sirves á estos señores? Como
te portes bien, medrarás. Si no... Ya me contó Pedro que tienes mañas
sacrílegas y dices muchas mentiras... Ojo, señores, ojo...
Ofendido y malhumorado oyó Felipe estos conceptos; mas nada quiso
contestar. Apremiado por Miquis para que fuera pronto al recado de la
cartita, echó á correr por la rampa abajo, dejando atrás muy pronto á
Morales, que iba con su metódico paso de procesión cívica.