Por desgracia de Centeno, la antipatía que inspiró á doña Claudia,
en vez de disminuir con el tiempo, iba creciendo fomentada por el
carácter seco y desabrido de aquella señora. Era la roca árida en
que había nacido la negra encina que llamamos don Pedro Polo. Luego
la maldita criada agravaba la situación de Felipe con sus enredosos
chismes. De todo lo malo que en la casa pasaba había de tener la
culpa el sin ventura hijo de Socartes. Si algo traía, traíalo tarde;
si se le confiaba cualquier faena de la cocina, echábala á perder; si
redoblaba su esmero, resultaba que, por atropellar las cosas, salían
mal; si al ir á comprar algo lo hacía con poco dinero, lo que había
traído era detestable; si resultaba caro, era un sisón; si hablaba,
era entrometido; si se callaba, sin duda estaba meditando picardías;
si se limpiaba la ropa, era un presumido; si no, era un Adán. En
resumidas cuentas, habría deseado el Doctor (pues dieron en llamarle
de este modo, y también el _Doctorcillo_) tener la sabiduría de aquel
señor tan despejado de que habla la Historia Sagrada, Salomón, para
poder complacer á la doméstica y á la señora. Los regaños de ésta,
importunos y soeces, le ponían en tal tristeza, que le entraban
deseos de marcharse de la casa. Viendo que sus leales esfuerzos no
tenían estímulo ni recompensa, desmayaba su valeroso ánimo, y lo
mismo le importaba cumplir que no. Así, cuando iba á recados, se
detenía en las calles mirando los escaparates ó añadiéndose al corro
que por cualquier motivo se formara, ó entablando sabroso palique con
éste ó el otro amigo.
En tanto, las horas de servicio crecían de lo lindo y las de
enseñanza mermaban. Viéndole cada día más torpe, apenas se le tomaba
lección de aquellas condenadas materias que tan poca gracia le
hacían, y el gran don José Ido, al llegar á él, decía:
--Mira, Doctor, más vale que te vayas á subir agua, que estas cosas
no son para tí.
Y él veía el cielo abierto, porque más le gustaba y más le instruía
sacar agua del pozo y cargar una cuba que repetir aquello de que
_el artículo sirve para entresacar el nombre de la masa común de su
especie_.
De las enseñanzas de la escuela, lo único que le agradaba era la
Geografía. Cierto día, teniendo delante un mapa muy bonito, donde se
veían los países pintados con rayas y masas de colores, y el mar azul
y las islas de extraña forma, sintió una tentación que sin duda debía
de ser mala. ¡Diablos de chicos, no hay cosa que no inventen!...
Pues se le ocurrió nada menos que dejar á un lado los palotes, como
se arroja fatigosa carga, y ponerse con toda su alma á _retratar_ el
mapa, imitando los contornos y perfiles que allí parecían el propio
rostro de las naciones. ¡Qué lástima no tener caja de pinturas, ó al
menos lápices de colores! Así, así debían ser enseñadas todas las
cosas. ¿Por qué no se han de pintar la Gramática y la Doctrina?...
Manos á la obra y venga papel. Sacó del bolsillo un pedazo de lápiz,
y aquí te quiero ver, talento. Raya por allí, raya por allá; aquí
un pico, más allá un hueco, todito iba saliendo á maravilla: la
Inglaterra, que es una isluca con muchas púas; Suecia, que parece una
gran pieza de bacalao; Franciota con luengas narices; Portugalito con
la boca risueña, que es la del Tajo; Italia como una bota; Grecia
cual manojo de pueblecitos, y Rusia grandísima, informe, esteparia,
soñolienta, sin fisonomía... Muy bien. La cosa prometía. El retrato
estaba hablando, y aunque á algunas de las naciones no las conocería
ni la mala mujer que las inventó, si el artista tuviera goma con que
borrar para rehacer su trabajo... ¡re-contra!... Tan engolfado estaba
en sus golfos, y tan aislado dentro de sus islas, que no vió venir á
don Pedro, el cual se acercó por detrás pasito á pasito... ¡Ay, Dios
mío! Del primer cosque poco faltó para que los nudillos del maestro
penetraran hasta la masa cerebral del geógrafo pintor, y detrás otro
y otro, dados al compás de estas cariñosas frases:
--¡Animal, siempre de juego, pum!... ¡Si te voy á freir! ¿De esa
manera, ¡pum!... correspondes al bien que te he hecho recogiéndote...
¡pum! de las calles? No se puede... ¡pum! sacar partido de tí. Anda,
anda arriba...
El resto de tan cristiano discurso fué, más que pronunciado, escrito
con las manos del maestro sobre las mejillas rojas del criminal y
sobre otras partes de su cuerpo. Cada lagrimón que le caía abultaba
más que un garbanzo. La suerte es que se los iba bebiendo á medida
que llegaban á la boca; que si los dejara rodar, seguramente le
mojarían la ropa. Al subir, se tentaba el cráneo para indagar cuántos
y de qué calibre eran los agujeros que en él, á su parecer, tenía.
Por tres motivos estaba de malísimo talante aquel día doña Claudia.
Primeramente le dolía la cabeza, como atestiguaba la venda que se
la oprimía, sujetando dos ruedas de patata sobre las sienes. Añadid
á esto el disgusto que le ocasionaba la lista grande, que acababa
de leer, en cuyo documento, por uno de esos descuidos tan propios
de nuestra mala administración, no aparecía premiado ningún número
de los que la señora tenía. Seguramente la lista estaba equivocada.
Por último, doña Claudia había descubierto en la criada cosas de que
no se podía echar la culpa á Felipe. Así, cuando éste se presentó y
le dijo llorando: «El señor me ha mandado que suba,» doña Claudia
se puso en pie, dió al aire las dos aspas de sus brazos, y con
voz desabrida le contestó: «Dí á mi hijo que aquí no hacen falta
monigotes.» Felipe tornó al piso bajo; mas no tuvo ánimo para entrar
en la clase, y sentóse junto á la puerta de ella, esperando á que don
Pedro saliera y le dijese algo.
Allí estuvo largo rato, oyendo el rumor hondo del aula, tan semejante
al del mar, y como éste, músico y peregrino. Lo componen un vagido
constante de cláusulas que vienen y van, salpicar de letras,
restallido de palmetazos y aquel fondo mugidor de la murmuración
infantil, que es como el constante silbar de la brisa. Este fenómeno,
sobre que entristecía el alma del buen Doctor, le convidaba á
mecerse en meditaciones... ¡Qué desfallecimiento el suyo! No podía ya
dudar que era el más bruto, el más torpe y necio de la escuela.
Él lo comprendía bien, por virtud de su propio entendimiento, en
que cada esfuerzo era un fracaso, y además cierto debía de ser,
porque lo aseguraban personas como Polo y don José Ido, que eran dos
templos de sabiduría. Verdaderamente, el Doctor Centeno no estaba
en su lugar sino en Socartes, rodeado de sus iguales, las piedras,
y de sus dignos prójimos, las mulas. ¿Por qué algunos chicos decían
tan bien sus lecciones, y él no daba pie con bola?... ¡Qué cosa más
triste! ¡Toda la vida sería un animal!... Sí: tan médico sería él
como puede serlo una calabaza. ¡Qué desengaño! Y no era por falta de
voluntad, que si la voluntad hiciera sabios, él se reiría del mismo
Salomón. Era porque le faltaba algo en aquella condenada y cien
veces maldita cabeza... Pero no, no lo podía remediar, ni estaba
en su mano corregir su natural barbarie. Había hecho fatigosos y
titánicos esfuerzos por retener las sabias respuestas de los libros,
y las palabras se le salían de la memoria como se saldrían las
moscas si se las quisiera encerrar en una jaula de pájaros... El
Doctor Centeno para nada servía, absolutamente para nada. ¡Malditos
libros, y cómo los odiaba! Y era tan bobo Felipe, que se le había
ocurrido aprender muchas cosas preguntándolas al pasante. Porque en
los cansados libros no se mentaba nada de lo que á él le ponía tan
pensativo, nada de tanto y tanto problema constantemente ofrecido á
su curiosidad ansiosa. ¡Oh! si el doctísimo don José le respondiese
á sus preguntas, ¡cuánto aprendería! Adquiriría infinitos saberes,
verbigracia: por qué las cosas, cuando se sueltan en el aire, caen al
suelo; por qué el agua corre y no se está quieta; qué es el llover;
qué es el arder una cosa; qué virtud tiene una pajita para dejarse
quemar, y por qué no la tiene un clavo; por qué se quita el frío
cuando uno se abriga, y por qué el aceite nada sobre el agua; qué
parentesco tiene el cristal con el hielo, que el uno se hace agua y
el otro no; por qué una rueda da vueltas; qué es esto de echar agua
por los ojos cuando uno llora; qué significa el morirse, etc., etc.
Pensando en estas simplezas, dieron las doce y terminó la clase de
la mañana. ¡Momento feliz! Creeríase que el día, perezoso, daba un
salto y se ponía de pie... Iban saliendo los escolares á escape y
atropelladamente: el último quería ser el primero. Todos, al pasar
por donde Centeno estaba, le decían alguna cosa. Éste le daba con
el pie; el otro le incitaba á que saliera también para jugar en la
calle, y unos con desvío, los más con afecto, todos tenían para él
palabra, pellizco ó arrechucho. Don Pedro le vió en la puerta, y
ceñudo le dijo:
--Hoy estás sin comer.
Ni asombro ni pena causó esto á Felipe, por lo acostumbrado que
estaba á tales penitencias. De los seis días de labor de cada semana,
tres por lo menos se los pasaba á la buena de Dios. Es forzoso
repetir que Polo hacía estas justiciadas á toda conciencia, creyendo
poner en práctica el más juicioso y eficaz sistema docente; no lo
hacía por ruindad, ni por la sórdida idea de ahorrar la comida de su
Doctor sirviente.
Los condenados al ayuno se quedaban en la clase. Se les obligaba á
estudiar en aquella triste hora, vigilados por el pasante, á quien
una mujer andrajosa llevaba la comida en dos cazuelillos. Mientras
ellos leían ó charlaban, él comía sus sopas y un guisote de salsa.
Á veces, cuando les veía muy desconsolados, dábales algo. Después
hacía traer un café, y repartía el azúcar que sobraba; siendo tal
su bondad, que generalmente tomaba el brebaje muy amargo para que
no faltara á los hambrientos la golosina. Alguno había tan mal
agradecido, que cuando Ido se distraía reprendiendo á otro, echábale
bonitamente dentro del vaso un pedazo de tiza de la que servía para
escribir en el encerado.
Centeno, por estar privado de comida, no dejaba de servir la de sus
amos en el comedor. Luego, cuando la criada ponía la mesa en la
cocina, se le mandaba bajar á clase con el estómago más vacío que las
arcas del Tesoro. Era tan desgraciado, que siempre llegaba después
que el seráfico don José había repartido los terroncillos. Pero algún
alma tolerante y cristiana se acordaba de él, hay que decirlo claro;
sí: Marcelina le guardaba siempre alguna cosita, para dársela al
anochecer, á escondidas de su hermano y de doña Claudia, que decía:
--¿Sabes lo que haces con esos mimos? Pues consentirle y echarle á
perder más.
Y á pesar de tantos y tan variados rigores, Felipe tenía cariño á
don Pedro; le quería, le respetaba y se desvivía por agradarle. Las
reprimendas que su amo le echaba heríanle en lo más vivo de su alma,
y ésta se le inundaba de contento cuando sorprendía en el semblante
de él señales ó vislumbres, por débiles que fueran, de aprobación.
Le miraba como á un sér eminente y escogido, instrumento de la
Providencia, grande y terrorífico como aquel Moisés que hacía tan
vistoso papel en las Escrituras. Algunos domingos, el terrible don
Pedro tenía un arranque de generosidad, digno de su alma varonil.
Aquella rigidez se doblaba; aquella dureza se fundía; aquel bronce se
hacía carne. Llamaba á Felipe, y echando mano al bolsillo, le daba un
par de cuartos, diciéndole:
--Toma, hombre: vete por ahí de paseo y compra alguna golosina.