Frente á la casa de don Pedro, por el callejón de San Marcos, se
veía, en muestra negra con letras blancas, el título de un periódico.
En el piso bajo estaba la redacción, y en el sótano la imprenta y
máquinas del mismo. Felipe, siempre que salía, se paraba delante de
las ventanas mirando por los cristales á los señores que escribían
el diario, reunidos alrededor de una mesa con tapete verde, en la
cual había papeles cortados, manojos de cuartillas, grandes tijeras
y obleas rojas. Los tales eran, según Felipe, los hombres más sabios
de la tierra, porque inventaban todas aquellas cosas saladísimas
que salían en el papel al día siguiente. Les miraba él desde fuera
con supersticioso respeto, y se admiraba de que, siendo todos tan
sabios, no tuvieran mejor pelaje. Disputaban, reían, y mientras el
uno escribía, otro daba grandes tijeretazos sin piedad en distintos
papeles más largos que sábanas. De todos aquellos simpáticos señores,
el que más atraía la atención de Felipe era uno que siempre se
sentaba frente á la ventana, y por eso se le veía mejor desde la
calle. No era joven; tenía la cara redonda, la nariz muy chica
y picuda, la expresión avinagrada, el mirar soberano, y grande,
espaciosa y reluciente calva, por la cual se pasaba suavemente la
mano para acariciar sus ideas. Vaya, que si toda aquella cabeza
estaba llena de talento, aquél debía ser el hombre del siglo. ¡Con
qué gravedad tomaba, ora las tijeras, ora la pluma, y con qué aire se
acomodaba á cada momento los anteojos sobre la nariz!... Observando
estas cosas, Felipe se detenía en la calle más de lo regular; los
recados tardaban eternidades, y luego doña Claudia ó Marcelina ponían
el grito en el cielo y llovían bofetadas. Mayores fueron aún las
distracciones de Centeno cuando se hizo amigo de otro chico de la
misma edad, poco más ó menos, que era hijo del mozo de la redacción y
servía en ésta y en la imprenta para hacer recados y llevar pruebas.
No salía nunca el Doctor á un mandado sin asomar las narices á la
puerta de la redacción para ver si estaba su amigo. Éste también le
buscaba, y como se encontraran, ambos se pasaban las horas jugando,
olvidados de su deber. Desde que se vieron simpatizaron, y desde que
se hablaron su afecto apareció tan vivo como si fuera antiguo. El
primer cambio de palabras fué para enterarse de los nombres.
--¿Cómo te llamas tú?
--¿Yo? Felipe Centeno. ¿Y tú?
--Yo me llamo Juanito del Socorro.
En figura y en genio no tenían semejanza, pues Socorro representaba
menos edad de la verdadera; era delgado, flexible y escurridizo como
una lagartija. Parecía tener alas en los pies, porque no andaba sino
á saltos, y hablaba haciendo mil contorsiones y monerías. Era más
embustero que el inventor de las mentiras, que, según parece, fué la
serpiente del Paraíso, y además vanidoso y lleno de las más graciosas
y ridículas presunciones. Se comía la mitad de las palabras, y
dándose aires de protector, llamaba á su amigo _hijito_, con un
retintín que habría hecho reir á la rueda de una noria. Por Socorro
supo Felipe que el señor de la calva y de los espejuelos sobre la
nariz chica, era el que escribía los artículos y sueltos de Hacienda.
--¡De Hacienda!--exclamó Centeno, abriendo la boca todo lo que se
puede abrir.
--Hijí... tú no sabes: es un señor que siempre está muy enfadado,
y cuando escribe, dice que la Deuda... ¡bum! la Hacienda, ¡bum! el
_Porsupuesto_, ¡bum!... y echa unas carretadas de números que te
quedas bizco.
Felipe le oía con la boca abierta, lleno de admiración.
--¡Vaya un hombre!... ¡Cór...!
--Pues mira, hijí... cuando no está en la casa, los otros _relatores_
se ríen de él, y dicen que es más tonto que el cepillo de las ánimas.
Voy á comprarle cigarros... Que se espere.
En estas conversaciones pasaban el tiempo, y se acompañaban el uno
al otro en sus recados. Á menudo Juanito hacía ponderaciones de su
estado y familia, diciendo:
--Hijí... cuando menos lo pienses, te he de colocar... porque mira,
mi padre tiene muchas haciendas, y aunque está sirviendo, es porque
van á subir los de acá, y lo menos le hacen _comendante_... Yo como
todos los días gallina y jamón, porque mamá tiene una amiga que es
duquesa y le manda regalos... Un día de éstos verás el caballo que me
va á comprar papá. Lo van á traer de las haciendas, ¿estás?
Otras veces, Juanito, que era listo y conservaba en su memoria lo que
oía en la redacción, decía á su amigo con misterioso acento:
--Hijí... hijí... ¿no sabes? _Esto se va_... Vamos al decir, que
viene revolución. Los señores lo dicen. Ya está la tropa apalabrada.
Se arma, se arma.
Centeno, al oir esto, sentía en su espíritu el pasmo que ocasiona
todo anuncio de cosas insólitas, sobrehumanas y jamás vistas ni
comprendidas.
--Sí, hijí... cuando yo te lo digo... Esto anda mal, y los curas
tienen la culpa de todo... Mi padre, que sabe mucho y es amigo de los
pejes gordos, dice que cuando venga la cosa, hay que ahorcar á mucho
pillo. Á un hermano de papá le mataron en otra trifulca, y papá dice
que se la han de pagar... porque cuando venga la cosa, habrá lo que
llaman _melicia_.
--Pues algo va á pasar--manifestó Felipe, dándose
importancia,--porque ayer don Pedro, en la mesa, dijo que esto
se pone feo... ¿oyes? y habló del Gobierno, de la tropa, del
_Porsupuesto_... Él también lee por las mañanas un papel, y el otro
día contaba que... pues, no me acuerdo. Tú que sabes estas cosucas,
dí, ¿qué quiere decir _las turbas_?
--¿Las turbas?... pues las turbas... Hijí... eso está claro. Las
turbas somos nosotros.
Alguna vez les sorprendía don Pedro, al salir de noche, en estas
conferencias, sentados en la puerta de la redacción ó en otra más
allá, fumando entre los dos á turno un roto cigarrillo. El maestro no
se contentaba con reprender y castigar á Felipe, sino que á los dos
les sacudía algunos pescozones, diciéndoles:
--Tunantes, id á vuestra obligación.
Don Pedro salía todas ó las más de las noches. Aquel hombre,
consagrado á rudo trabajo, necesitaba esparcimiento y ejercicio.
En los primeros años de su vida escolástica, solía tertuliar con
su madre y hermana después de la cena, hasta la hora de acostarse.
Pero llegaron días de mayor cansancio; las digestiones no eran tan
fáciles, y sobre este malestar vinieron unas melancolías tan negras
que no era posible hacer salir de la boca del capellán una sola
palabra. Se paseaba por el comedor mirando al suelo; luego se metía
en su cuarto y se estaba allí larguísimo rato solo y á obscuras...
De repente sentíasele revolviendo en la habitación, y al fin aparecía
de paisano, envuelto en su capa.
--Sí--le decía en un bostezo doña Claudia:--bueno es que hagas
ejercicio.
Marcelina le miraba sin decir nada; pero sus miradas traducían
tímidamente esta observación: «Ya le entró á mi hermano la calentura.»
Don Pedro decía: «voy á dar una vuelta,» y se iba. Regresaba á las
once, cuando ya su madre dormía. Su hermana le esperaba siempre, y le
alumbraba hasta llegar á la alcoba. Don Pedro sólo decía alguna frase
referente al tiempo.
Vino después larga temporada en que parecía luchar consigo mismo para
evitar la salida. Después de comer se entregaba á la lectura. Compró
muchos libros, y otros se los prestaba el fotógrafo, que tenía gran
copia de ellos. El leer más grato á su espíritu varonil era el de
cosas heróicas y fuera de lo común, historias de bravas conquistas
ó descubrimientos. También se entretenía con novelas, prefiriendo
las de mucho enredo, llenas de pasos y lances estupendos. Los viajes
arriesgados por islas y tierras de bárbaros le deleitaban, y todo
aquello en que hubiera lucha con feroces bestias ó con los elementos;
dificultades, trabajos y el siempre sublime sacrificio del hombre por
la cruz y la civilización. Su temperamento se empapaba en esto y se
condimentaba, dirémoslo así, como ciertos manjares se guisan en su
propio jugo.
Jamás se le vió leer libro místico; y cuando tenía que preparar un
sermón, cogía la _Cadena de Oro de Predicadores_, el _Alivio de
Párrocos_, ó bien el socorrido _Troncoso_, únicos libros religiosos
que guardaba, y entresacando de aquí y de allí, esto quiero, esto no
quiero, una de cal y otra de arena, componía sus enfáticas oraciones;
y aprendidas de memoria, las soltaba como un seráfico papagayo, del
mismo modo que sus venturosos discípulos decían las definiciones. ¡Y
qué pico de oro!