Es forzoso repetir que la crueldad de don Pedro era convicción, y
su barbarie fruto áspero, pero madurísimo, de la conciencia. No
era un maestro severo, sino un honrado vándalo. Entraba á saco
los entendimientos, y arrasaba cuanto se le ponía delante. Era
el evangelista de la aridez, que iba arrancando toda flor que
encontrase, y asolando las amenidades que embelesan el campo de la
infancia, para plantar luego las estacas de un saber disecado y sin
jugo. Pisoteaba rosas y plantaba cañas. Su aliento de exterminio
ponía la desolación allí donde estaban las gracias; destruía la vida
propia de la inteligencia para erigir en su lugar muñecos vestidos
de trapos pedantescos. Segaba impío la espontaneidad, arrancaba
cuanto retoño brotara de la savia natural y del sabio esfuerzo de
la Naturaleza, y luego aquí y allí ponía flores de papel inodoras,
pintorreadas, muertas. Por uno de esos errores que no se comprenden
en hombre tan bueno, estaba muy satisfecho de su trabajo, y veía
con gozo que sus discípulos se lucían en los Institutos, sacando
á espuertas las notas de _sobresaliente_. Don Pedro decía: _ellos
llevan el cuerpo bien punteado de cardenales, pero bien sabidos van_.
Á los tres años de esta ordenada vida capellanesca, escolástica y
cardenalicia, la familia se encontraba en un pie de comodidades que
nunca había conocido. Doña Claudia Cortés se trataba con azafatas,
alabarderas, tal cual camarista y otras personas bien puestas en
Palacio. Marcelina Polo, que llevaba el peso de la casa, había
logrado decorar ésta con cierta elegancia relativa. En el reducido
círculo de las relaciones de la familia pasaba ya por dogma que en
ningún cacareado colegio de Madrid recibían los muchachos educación
tan sólida, cristiana y de machaca-martillo como en el del padre
Polo. Llegó día en que eran necesarias las recomendaciones para
admitir una nueva víctima en el presidio escolar. Desgraciadamente
para la familia, los ingresos, aunque regularcitos, no correspondían
á la fama del llamado colegio, por tener don Pedro una cualidad
excelsa en el terreno moral, pero muy desastrosa en el económico:
era una extremada y nunca vista delicadeza en cuestiones de dinero.
Aquella voluntad de hierro, aquel carácter duro se trocaban en
timidez siempre que era preciso reclamar de algún chico ó de sus
padres el pago de los honorarios. Así es que muchos no le pagaban
maldita cosa, y él antes se cortara una mano que despedirles. Este
sublime desinterés lo tuvo también el padre de don Pedro, de donde
le vino, al decir de sus contemporáneos, que muriera en afrentosa
cárcel. La economía política debe llamar á esta virtud _voto de
pobreza_, es evidente que estorba para todo negocio que no sea el
importantísimo de la salvación.
Pero bueno es decir que los fallidos ocasionados en la caja por los
efectos de esta santidad los compensaba Polo y Cortés con otros
ingresos que le sobrevinieron cuando menos pensaba. Alentado por
varios amigos, se metió á predicador. Hizo una tentativa: le salió
regular; animóse; fué entrando en calor, y al año se lo disputaban
las cofradías. El no era por sí elocuente; pero le favorecían su
voz grave, llena, hermosa, á veces dulce, á veces patética, y su
facilidad de dicción. En tres ó cuatro leídas se apropiaba un sermón
de cualquiera de las colecciones que existen. De su propia cosecha
ponía muy poco. Había tenido también el talento de asimilarse el
énfasis declamatorio y la mímica del púlpito, que tan grande parte
tienen en el éxito. Cada perorata le valía una onza, y á su madre
le daba con cada sermón diez años de vida, porque, según ella, los
ángeles mismos no dirían cosas tan sublimes y cristianas como las
que su hijo echaba por aquel pico de oro. No se desvanecía don Pedro
con estas lisonjas, flores preciosas del amor materno, y á solas con
su conciencia literaria, cuando bajaba del púlpito, iba diciendo:
«Dios me perdone las tontadas que he dicho.»
Muchas amistades cultivaba don Pedro en Madrid. Eran principales
amigos un empleado de Hacienda que conoció en Toledo, y un fotógrafo,
excelente persona, extremeño, y también Cortés de nombre y genio. Las
señoras de ambos visitaban á doña Claudia, y tomaban participación
en sus jugadas de lotería. Porque es bueno saber que á la madre
de don Pedro le había entrado pasión tan ardiente por la Lotería
Nacional, que en todas las extracciones probaba fortuna, y se pasaba
la vida discurriendo y combinando números. Éste era bonito, aquél
feo, tal otro había sido afortunado, cuál refractario á la suerte;
pero la suya era con todos tan mala, como incorregible su manía de
probarla dos ó tres veces al mes. El empleado de Hacienda paseaba
con don Pedro algunas tardes, y las de día de fiesta infaliblemente.
Se ponían los dos muy guapos, de guante y gabán, y medían todo el
Retiro, hablando de la cosa pública, del reconocimiento del reino
de Italia y de la guerra de Santo Domingo. El fotógrafo no había
encontrado manera mejor de corresponder á la amistad de los Polos que
retratándolos á todos con profusa variedad. Por esto se veían las
paredes de la salita salpicadas de diferentes imágenes en cuantas
formas se pueden idear: don Pedro, de hábitos, sentado; don Pedro,
de paisano, con un libro en la mano; Marcelina, de mantilla, ante un
fondo de ruinas y lago con barquilla; don Pedro y su madre, sobre
telón de selva con cascada, ella sentada y estupefacta, él en pie
mirándola, y otros muchos...
Dos parentescos tenían los Polos en Madrid, ambos con venerables
conserjes de establecimientos científicos. El de la escuela de
Farmacia, padre de las dos guapas chicas que vimos aquel día en donde
queda dicho, se declaraba primo de don Pedro en tercer grado. Su
apellido era Sánchez y Emperador; pero á las niñas se las llamaba
comúnmente _las de_ ó _las del Emperador_. Doña Saturna, esposa
de aquel don Florencio Morales que se emborrachaba con agua, era
sobrina de doña Claudia. Á estos parientes consideraban más que á
nadie los Polos, no sólo por sus cualidades y virtudes, sino porque
doña Saturna poseía entre éstas una de grandísimo valor para don
Pedro. Era la tal señora la más eminente cocinera que se ha visto,
doctora por lo que sabía, genio por lo que inventaba, y artista por
su exquisito gusto. Cuentan que en su juventud había vivido con
monjas y servido después en casas de gran rumbo. Todo lo dominaba:
la cocina rancia española y la extranjera, la confitería caliente y
fría. De aquí que don Pedro la trajera en palmitas, porque el buen
señor, al pasar de su primitiva vida miserable á la regalona en que
entonces estaba, se pasó también gradualmente, y sin darse cuenta
de ello, de la sobriedad del cazador á la glotonería del cortesano.
Le acometían punzantes apetitos, y mientras más rarezas coquinarias
probaba, más se relamía con todas y más deseaba las nuevas y aún no
conocidas. Su gusto se refinó grandemente, y sin aborrecer los platos
nacionales, adoraba algunos de los extranjeros connaturalizados
en España. Su madre alentaba esto mimándole y engolosinándole sin
tasa, discurriendo las cosas más aperitivas y confabulándose con
doña Saturna para proporcionarle un día y otro esta novedad, aquella
sorpresa.
Siempre que los Polos invitaban á algún amigo á comer, doña Saturna
se personaba en la casa muy tempranito, y cuando Morales celebraba
sus días ó los de su esposa, el primer convidado era Polo. Las de
Emperador iban á una y otra parte, y en ambas eran muy agasajadas por
sus méritos, por su índole modesta, por ser huérfanas de madre, y por
su mansedumbre graciosa y un tanto sentimental.
Marcelina Polo las quería entrañablemente, y hacía para ellas
laborcillas de gancho, corbatas y mil enredos y regalitos. Ya que
hemos nombrado á la hermana del capellán, conviene decir que esta
señora, de más edad que don Pedro, era lo que en toda la amplitud
de la palabra se llama una mujer fea. Su cara se salía ya de los
términos de la estética, y era verdaderamente una cara ilícita,
esto es, que quedaba debajo del fuero del poder judicial. Debía,
por consiguiente, recaer sobre ella la prohibición de mostrarse en
público. Así lo conocía la dueña de aquel monumento azteca, y ni
tenía en su habitación espejos que se lo reprodujeran, ni salía más
que para ir á la iglesia, ó á visitar amigas de confianza. Era una
persona insignificante, pero que tratada de cerca inspiraba algunas
simpatías. Ocupábase de cuidar la casa, de hacer obras de mano,
generalmente de poco mérito, y de rezar, escribir cartitas á las
monjas ó enredar un poco en la sacristía de la iglesia. Resumiendo
todo lo que nos dice Clío respecto á estas tres personas, resulta
que se avenían y ajustaban maravillosamente, viviendo bajo un mismo
techo y amándose con ardor, tres diferentes pasiones: Gula, Religión,
Lotería.
V
--¡No, si no te he de pasar nada; si te he de brear y batanear y
curtir, hasta que seas otro y no te parezcas á lo que fuiste!... Haz
cuenta de que naces. ¿Dices que quieres aprender y ser hombre? Pues
ahora te las verás conmigo.
Esto decía Polo á su nuevo alumno, recogido por caridad un domingo
por la tarde, en momentos de satisfacción digesta. Se vieron, se
hablaron, se comprendieron, simpatizaron y de la simpatía salió
el siguiente contrato: don Pedro sería maestro de su criado, y el
criado sería discípulo de su amo. Perfectamente... Á la familia le
hacía falta un chiquillín que desempeñase recados, barriese casa
y escuela, que á veces no podían con más polvo, y prestara además
otros servicios. Doña Claudia se veía negra muchas veces para
poder repartir á domicilio los papelitos en que hacía constar las
participaciones que ésta ó la otra persona tenían en sus jugadas.
Marcelina recibió á Felipe con benevolencia. ¡Cuántas veces había
dejado de mandar á las monjas un recado importante por no tener
quien lo llevara! Agradó á todos el muchacho, y como llevaba la
buena ropa que le había dado Miquis, casi casi parecía un paje, un
caballerito... Señaláronle para su vivienda un cuarto, ó más bien una
garita, en los deshabitados desvanes de la casa, los cuales, aunque
llenos de trastos y polvo y telarañas, fueron para él mejores que
cuantos palacios puede soñar la fantasía.
Hasta aquí muy bien. Grande, inesperada fortuna del héroe, que decía
gozoso: «¡Ahora no hay quien me tosa! ¡Si la Nela me viera en medio
de tantos santos, blandones, _murumentos_ y animales!...» Y era
verdad que en compañía de todo esto se hallaba, porque los sotabancos
del caserón de Aquila-Fuente servían á las monjas para depósito de
objetos inútiles, ó de otros que no tenían hueco en la sacristía, y
allí había cantidad de imágenes, las unas rotas, las otras desnudas;
aparejos de funeral, y diversas piezas del monumento de Semana Santa
en cartón y madera. Los animales eran los que acompañan y simbolizan
á tres de los Evangelistas, piezas enormes y algo pavorosas, cuya
vista daría miedo á quien no tuviera corazón tan esforzado como el de
Felipe.
Los primeros días pasaron bien. En la escuela, la torpeza del neófito
no causaba sorpresa al maestro ni á don José Ido, por estar el
chico en estado completamente cerril ó primitivo. Ni en el servicio
doméstico había tiempo aún de juzgarle, porque su ignorancia de todas
las cosas le disculpaba de su inhabilidad. Si no sabía el destino de
los objetos más usuales, como una bandeja, la badila, el molinillo
de café, ¿cómo se le podía inculpar equitativamente de no traer lo
que se le pedía, de equivocarse casi siempre y aun de romper alguna
cosa? Marcelina llevaba con cierta resignación sus desaliños, le
aleccionaba con paciencia y le alentaba con discretos plácemes cuando
era puntual. Menos tolerante doña Claudia, exageraba las faltas de él
y ponía las manos á la altura de sus anteojos siempre que la criada,
muerta de risa, venía contando alguna fechoría ó gansada del pobre
Felipe. Porque Maritornes, preciso es decirlo para que cada cual
tenga su verdadero puesto, le había declarado guerra á muerte desde
el principio, y muchas cosas que él hubiera hecho bien las hacía mal
porque ella le confundía con sus gritos y le atropellaba con sus
lenguarajos. No habían pasado tres semanas, cuando doña Claudia decía
á todo el que la quisiera oir:
--¡Qué cosas tiene mi hijo!... Habernos traído aquí este muñeco... Lo
que digo, es un número sin premio.
Una cualidad buena reconocían todos en Felipe, y era que jamás
contestaba á las reprimendas, ni se daba por aludido de los
pellizcos, coscorrones y demás argumentos en vivo que en la escuela
y en la cocina se le hacían. Todo lo llevaba con paciencia aquel
estoico, pequeño de cuerpo. Si no llegaba á decir, como el otro,
que el dolor es bueno, en su interior lo diputaba justo y merecido,
y á solas lloraba de rabia, encolerizado contra sí mismo, ó se
ponía de hoja de perejil, encareciendo su torpeza y brutalidad...
¡Si aquello parecía arte del demonio! Él procuraba salir airoso en
sus obligaciones, y todo le salía lo peor posible. ¿De qué le valía
poner en cada faena sus cinco sentidos y aun alguno más? Notaba en
sus manos una tosquedad que las hacía ineptas para todo lo que no
fuera cargar espuertas de tierra. Mal ó bien, ya se iba haciendo
á manejar platos y tazas; pero cuando le ponían una pluma entre
sus tiesos y duros dedos; cuando le sentaban delante de un papel
rayado y le mandaban trazar... ¡Dios de los pequeños, Dios de los
débiles! ¡qué sudores, qué congojas, qué doloroso esfuerzo! La mano
se le ponía rígida y trémula; era una mano de cartón que, en vez de
sangre, estaba llena de cosquillas. Para someterla á la voluntad, el
angustiado alumno alargaba el hocico, hacía trompeta de sus labios,
distendía todos los músculos de su cuerpo, contraía los dedos de los
pies... Ni por esas: sólo conseguía mancharse de tinta hasta el codo,
y en tanto el infame palote no salía. Daba grima ver aquel trazo
curvo, erizado de púas como un cardo... Y cuando, al fin, parecía que
iba saliendo un poquito más derecho... ¡cataplum! un coscorrón del
pasante que le hacía soltar el papel para llevarse la mano á la parte
dolorida, y rascársela cuanto permitieran las iracundas miradas de
don Pedro... Nueva tentativa, nuevo fracaso acompañado de esta lluvia
de flores:
--Burro, eso no es escribir: eso es dar coces...
En lectura iba bien. Pero cuando, pasado algún tiempo, le pusieron
á desflorar los elementos de las artes y las ciencias... ¡Dios
misericordioso, amparo de la ignorancia!... Nada, nada: Polo y
don José Ido convinieron unánimes en que carecía absolutamente de
memoria y entendimiento. No había fuerza humana que pudiera hacerle
decir bien ninguna de aquellas sabias definiciones que compendian
la sabiduría de nuestros libros escolares. No son para contados los
testimonios que levantaba y los trastrueques que hacía al intentar
decir que _el participio es una parte de la oración que participa
de la índole del verbo y del adjetivo_. En otras definiciones se
trabucaba más por no conocer el valor y significado de las palabras.
¡Flojita cosa era para él saber lo que es _Gramática_! ¡Re-córcholis,
si no sabía lo que es _arte_... si no sabía lo que quiere decir
_correctamente_!... Por algo, sí, por algo, Dios de justicia, pensaba
el pobre Centeno que fabricar ciertas definiciones y asar la manteca
eran cosas harto semejantes.
Luego venía la Historia Sagrada con sus cáfilas de nombres, sus
genealogías, sus guerras, sus episodios patéticos y trágicos. Aquello
era otra cosa. Aun en insulso extracto, la historia de Israel ofrece
interés á la infancia. Pero el entendimiento del pobre Centeno no
estaba hecho, no, para retener tanto y tanto nombre de individuos y
pueblos. Deploraba la fecundidad de Jacob, y las tribus le traían á
mal traer, porque confundía una con otra, ó le colgaba un parentesco
al más pintado. Él no sabía de linajes, ¡contra! y lo mismo daba Juan
que Pedro. Un día cometió un desliz bíblico-mitológico achacando á
Nabucodonosor excesos y desmanes del señor de Júpiter; y al ver que
todos se reían, dijo con mucho desenfado:
--Lo mismo da: tan pillo era el uno como el otro.
La algazara que produjo esta observación fué tan grande, que don
Pedro tuvo que dar zurribanda general para imponer silencio, aunque
él mismo no contenía la risa.
Venía luego la Doctrina Cristiana. Al fin, al fin se iba á lucir.
Como que ya sabía él algo, y aun algos, de cosa tan buena, santa y
admirable, de que se deriva la máquina toda del humano saber. Pero
á las primeras de cambio, ¡Dios de los tontos! empezó mi sabio á
desbarrar. Érale imposible retener en la memoria las respuestas que
comprenden y definen los altos principios del Cristianismo. Cuando
las cláusulas eran breves y sencillas, menos mal: mi hombre las
espetaba de corrido; pero ¡ay! cuando venía una de aquellas cosas
hondas, largas, enrevesadas y obscuras que guardaba el librito
en sus últimas hojas, ya era Felipe hombre perdido... Allá iban
proposiciones que harían estremecer de espanto á los Santos Padres.
¡Risas, escándalo y patadas en la clase! No se ha visto ni verá más
atrevido heresiarca. ¡Decir que la gracia _es un sér divino que nos
hace esclavos del demonio_!... ¡Ciérrate, boca nefanda!
Un día, que fué de los más infelices que tuvo Centeno en la casa de
don Pedro, á los tres meses de haber entrado en ella; un día en que
todo lo dijo mal y lo hizo peor, y echó por aquella boca los más
horribles despropósitos que pueden oirse, don Pedro tuvo una idea
entre humorística y sanguinaria que al punto quiso poner por obra
como saludable escarmiento y visible lección de sus alumnos. Porque
cuando el tal don Pedro, siempre tan serio y ceñudo, con aquella cara
de juez inexorable y aquella expresión de patíbulo, tenía humoradas,
eran éstas ferozmente irónicas, verdaderas caricias de puñal, como
los epigramas de Shakespeare. Cogió á Felipe, me le puso de rodillas
sobre un banco, le encasquetó en la cabeza el bochornoso y orejudo
casco de papel que servía para la coronación de los desaplicados.
Luego, en el airoso pico de esta mitra, colgó un papel que decía con
letras gordas, trazadas gallardamente por don José Ido: EL DOCTOR
CENTENO.
¡Dios de Dios, qué risa, qué estruendo, qué ovación! Aquel día tuvo
don Pedro humor burlesco. Su alma de pedernal echaba chispas, y de
su verbosidad chancera brotaban cuchillos. De sus chistes resultaba
el escarnio. Paseándose delante de la víctima, con la palmeta en la
mano, decía:
--Este señor vino á Madrid para ser médico. Como es tan aprovechado,
tan sabio, tan eminente, pronto le veremos con la borla en la
cabeza... Ánimo, hombre, no llores... No hay carrera sin trabajos...
Ya estás á medio camino. Si sabes más que ese tintero... Serás
médico: tómale el pulso á la pata de la mesa.
¡Risas, confusión, aplausos, bramidos! Don Pedro era el maestro más
gracioso...