IV

Es forzoso repetir que la crueldad de don Pedro era convicción, y

su barbarie fruto áspero, pero madurísimo, de la conciencia. No

era un maestro severo, sino un honrado vándalo. Entraba á saco

los entendimientos, y arrasaba cuanto se le ponía delante. Era

el evangelista de la aridez, que iba arrancando toda flor que

encontrase, y asolando las amenidades que embelesan el campo de la

infancia, para plantar luego las estacas de un saber disecado y sin

jugo. Pisoteaba rosas y plantaba cañas. Su aliento de exterminio

ponía la desolación allí donde estaban las gracias; destruía la vida

propia de la inteligencia para erigir en su lugar muñecos vestidos

de trapos pedantescos. Segaba impío la espontaneidad, arrancaba

cuanto retoño brotara de la savia natural y del sabio esfuerzo de

la Naturaleza, y luego aquí y allí ponía flores de papel inodoras,

pintorreadas, muertas. Por uno de esos errores que no se comprenden

en hombre tan bueno, estaba muy satisfecho de su trabajo, y veía

con gozo que sus discípulos se lucían en los Institutos, sacando

á espuertas las notas de _sobresaliente_. Don Pedro decía: _ellos

llevan el cuerpo bien punteado de cardenales, pero bien sabidos van_.

Á los tres años de esta ordenada vida capellanesca, escolástica y

cardenalicia, la familia se encontraba en un pie de comodidades que

nunca había conocido. Doña Claudia Cortés se trataba con azafatas,

alabarderas, tal cual camarista y otras personas bien puestas en

Palacio. Marcelina Polo, que llevaba el peso de la casa, había

logrado decorar ésta con cierta elegancia relativa. En el reducido

círculo de las relaciones de la familia pasaba ya por dogma que en

ningún cacareado colegio de Madrid recibían los muchachos educación

tan sólida, cristiana y de machaca-martillo como en el del padre

Polo. Llegó día en que eran necesarias las recomendaciones para

admitir una nueva víctima en el presidio escolar. Desgraciadamente

para la familia, los ingresos, aunque regularcitos, no correspondían

á la fama del llamado colegio, por tener don Pedro una cualidad

excelsa en el terreno moral, pero muy desastrosa en el económico:

era una extremada y nunca vista delicadeza en cuestiones de dinero.

Aquella voluntad de hierro, aquel carácter duro se trocaban en

timidez siempre que era preciso reclamar de algún chico ó de sus

padres el pago de los honorarios. Así es que muchos no le pagaban

maldita cosa, y él antes se cortara una mano que despedirles. Este

sublime desinterés lo tuvo también el padre de don Pedro, de donde

le vino, al decir de sus contemporáneos, que muriera en afrentosa

cárcel. La economía política debe llamar á esta virtud _voto de

pobreza_, es evidente que estorba para todo negocio que no sea el

importantísimo de la salvación.

Pero bueno es decir que los fallidos ocasionados en la caja por los

efectos de esta santidad los compensaba Polo y Cortés con otros

ingresos que le sobrevinieron cuando menos pensaba. Alentado por

varios amigos, se metió á predicador. Hizo una tentativa: le salió

regular; animóse; fué entrando en calor, y al año se lo disputaban

las cofradías. El no era por sí elocuente; pero le favorecían su

voz grave, llena, hermosa, á veces dulce, á veces patética, y su

facilidad de dicción. En tres ó cuatro leídas se apropiaba un sermón

de cualquiera de las colecciones que existen. De su propia cosecha

ponía muy poco. Había tenido también el talento de asimilarse el

énfasis declamatorio y la mímica del púlpito, que tan grande parte

tienen en el éxito. Cada perorata le valía una onza, y á su madre

le daba con cada sermón diez años de vida, porque, según ella, los

ángeles mismos no dirían cosas tan sublimes y cristianas como las

que su hijo echaba por aquel pico de oro. No se desvanecía don Pedro

con estas lisonjas, flores preciosas del amor materno, y á solas con

su conciencia literaria, cuando bajaba del púlpito, iba diciendo:

«Dios me perdone las tontadas que he dicho.»

Muchas amistades cultivaba don Pedro en Madrid. Eran principales

amigos un empleado de Hacienda que conoció en Toledo, y un fotógrafo,

excelente persona, extremeño, y también Cortés de nombre y genio. Las

señoras de ambos visitaban á doña Claudia, y tomaban participación

en sus jugadas de lotería. Porque es bueno saber que á la madre

de don Pedro le había entrado pasión tan ardiente por la Lotería

Nacional, que en todas las extracciones probaba fortuna, y se pasaba

la vida discurriendo y combinando números. Éste era bonito, aquél

feo, tal otro había sido afortunado, cuál refractario á la suerte;

pero la suya era con todos tan mala, como incorregible su manía de

probarla dos ó tres veces al mes. El empleado de Hacienda paseaba

con don Pedro algunas tardes, y las de día de fiesta infaliblemente.

Se ponían los dos muy guapos, de guante y gabán, y medían todo el

Retiro, hablando de la cosa pública, del reconocimiento del reino

de Italia y de la guerra de Santo Domingo. El fotógrafo no había

encontrado manera mejor de corresponder á la amistad de los Polos que

retratándolos á todos con profusa variedad. Por esto se veían las

paredes de la salita salpicadas de diferentes imágenes en cuantas

formas se pueden idear: don Pedro, de hábitos, sentado; don Pedro,

de paisano, con un libro en la mano; Marcelina, de mantilla, ante un

fondo de ruinas y lago con barquilla; don Pedro y su madre, sobre

telón de selva con cascada, ella sentada y estupefacta, él en pie

mirándola, y otros muchos...

Dos parentescos tenían los Polos en Madrid, ambos con venerables

conserjes de establecimientos científicos. El de la escuela de

Farmacia, padre de las dos guapas chicas que vimos aquel día en donde

queda dicho, se declaraba primo de don Pedro en tercer grado. Su

apellido era Sánchez y Emperador; pero á las niñas se las llamaba

comúnmente _las de_ ó _las del Emperador_. Doña Saturna, esposa

de aquel don Florencio Morales que se emborrachaba con agua, era

sobrina de doña Claudia. Á estos parientes consideraban más que á

nadie los Polos, no sólo por sus cualidades y virtudes, sino porque

doña Saturna poseía entre éstas una de grandísimo valor para don

Pedro. Era la tal señora la más eminente cocinera que se ha visto,

doctora por lo que sabía, genio por lo que inventaba, y artista por

su exquisito gusto. Cuentan que en su juventud había vivido con

monjas y servido después en casas de gran rumbo. Todo lo dominaba:

la cocina rancia española y la extranjera, la confitería caliente y

fría. De aquí que don Pedro la trajera en palmitas, porque el buen

señor, al pasar de su primitiva vida miserable á la regalona en que

entonces estaba, se pasó también gradualmente, y sin darse cuenta

de ello, de la sobriedad del cazador á la glotonería del cortesano.

Le acometían punzantes apetitos, y mientras más rarezas coquinarias

probaba, más se relamía con todas y más deseaba las nuevas y aún no

conocidas. Su gusto se refinó grandemente, y sin aborrecer los platos

nacionales, adoraba algunos de los extranjeros connaturalizados

en España. Su madre alentaba esto mimándole y engolosinándole sin

tasa, discurriendo las cosas más aperitivas y confabulándose con

doña Saturna para proporcionarle un día y otro esta novedad, aquella

sorpresa.

Siempre que los Polos invitaban á algún amigo á comer, doña Saturna

se personaba en la casa muy tempranito, y cuando Morales celebraba

sus días ó los de su esposa, el primer convidado era Polo. Las de

Emperador iban á una y otra parte, y en ambas eran muy agasajadas por

sus méritos, por su índole modesta, por ser huérfanas de madre, y por

su mansedumbre graciosa y un tanto sentimental.

Marcelina Polo las quería entrañablemente, y hacía para ellas

laborcillas de gancho, corbatas y mil enredos y regalitos. Ya que

hemos nombrado á la hermana del capellán, conviene decir que esta

señora, de más edad que don Pedro, era lo que en toda la amplitud

de la palabra se llama una mujer fea. Su cara se salía ya de los

términos de la estética, y era verdaderamente una cara ilícita,

esto es, que quedaba debajo del fuero del poder judicial. Debía,

por consiguiente, recaer sobre ella la prohibición de mostrarse en

público. Así lo conocía la dueña de aquel monumento azteca, y ni

tenía en su habitación espejos que se lo reprodujeran, ni salía más

que para ir á la iglesia, ó á visitar amigas de confianza. Era una

persona insignificante, pero que tratada de cerca inspiraba algunas

simpatías. Ocupábase de cuidar la casa, de hacer obras de mano,

generalmente de poco mérito, y de rezar, escribir cartitas á las

monjas ó enredar un poco en la sacristía de la iglesia. Resumiendo

todo lo que nos dice Clío respecto á estas tres personas, resulta

que se avenían y ajustaban maravillosamente, viviendo bajo un mismo

techo y amándose con ardor, tres diferentes pasiones: Gula, Religión,

Lotería.

V

--¡No, si no te he de pasar nada; si te he de brear y batanear y

curtir, hasta que seas otro y no te parezcas á lo que fuiste!... Haz

cuenta de que naces. ¿Dices que quieres aprender y ser hombre? Pues

ahora te las verás conmigo.

Esto decía Polo á su nuevo alumno, recogido por caridad un domingo

por la tarde, en momentos de satisfacción digesta. Se vieron, se

hablaron, se comprendieron, simpatizaron y de la simpatía salió

el siguiente contrato: don Pedro sería maestro de su criado, y el

criado sería discípulo de su amo. Perfectamente... Á la familia le

hacía falta un chiquillín que desempeñase recados, barriese casa

y escuela, que á veces no podían con más polvo, y prestara además

otros servicios. Doña Claudia se veía negra muchas veces para

poder repartir á domicilio los papelitos en que hacía constar las

participaciones que ésta ó la otra persona tenían en sus jugadas.

Marcelina recibió á Felipe con benevolencia. ¡Cuántas veces había

dejado de mandar á las monjas un recado importante por no tener

quien lo llevara! Agradó á todos el muchacho, y como llevaba la

buena ropa que le había dado Miquis, casi casi parecía un paje, un

caballerito... Señaláronle para su vivienda un cuarto, ó más bien una

garita, en los deshabitados desvanes de la casa, los cuales, aunque

llenos de trastos y polvo y telarañas, fueron para él mejores que

cuantos palacios puede soñar la fantasía.

Hasta aquí muy bien. Grande, inesperada fortuna del héroe, que decía

gozoso: «¡Ahora no hay quien me tosa! ¡Si la Nela me viera en medio

de tantos santos, blandones, _murumentos_ y animales!...» Y era

verdad que en compañía de todo esto se hallaba, porque los sotabancos

del caserón de Aquila-Fuente servían á las monjas para depósito de

objetos inútiles, ó de otros que no tenían hueco en la sacristía, y

allí había cantidad de imágenes, las unas rotas, las otras desnudas;

aparejos de funeral, y diversas piezas del monumento de Semana Santa

en cartón y madera. Los animales eran los que acompañan y simbolizan

á tres de los Evangelistas, piezas enormes y algo pavorosas, cuya

vista daría miedo á quien no tuviera corazón tan esforzado como el de

Felipe.

Los primeros días pasaron bien. En la escuela, la torpeza del neófito

no causaba sorpresa al maestro ni á don José Ido, por estar el

chico en estado completamente cerril ó primitivo. Ni en el servicio

doméstico había tiempo aún de juzgarle, porque su ignorancia de todas

las cosas le disculpaba de su inhabilidad. Si no sabía el destino de

los objetos más usuales, como una bandeja, la badila, el molinillo

de café, ¿cómo se le podía inculpar equitativamente de no traer lo

que se le pedía, de equivocarse casi siempre y aun de romper alguna

cosa? Marcelina llevaba con cierta resignación sus desaliños, le

aleccionaba con paciencia y le alentaba con discretos plácemes cuando

era puntual. Menos tolerante doña Claudia, exageraba las faltas de él

y ponía las manos á la altura de sus anteojos siempre que la criada,

muerta de risa, venía contando alguna fechoría ó gansada del pobre

Felipe. Porque Maritornes, preciso es decirlo para que cada cual

tenga su verdadero puesto, le había declarado guerra á muerte desde

el principio, y muchas cosas que él hubiera hecho bien las hacía mal

porque ella le confundía con sus gritos y le atropellaba con sus

lenguarajos. No habían pasado tres semanas, cuando doña Claudia decía

á todo el que la quisiera oir:

--¡Qué cosas tiene mi hijo!... Habernos traído aquí este muñeco... Lo

que digo, es un número sin premio.

Una cualidad buena reconocían todos en Felipe, y era que jamás

contestaba á las reprimendas, ni se daba por aludido de los

pellizcos, coscorrones y demás argumentos en vivo que en la escuela

y en la cocina se le hacían. Todo lo llevaba con paciencia aquel

estoico, pequeño de cuerpo. Si no llegaba á decir, como el otro,

que el dolor es bueno, en su interior lo diputaba justo y merecido,

y á solas lloraba de rabia, encolerizado contra sí mismo, ó se

ponía de hoja de perejil, encareciendo su torpeza y brutalidad...

¡Si aquello parecía arte del demonio! Él procuraba salir airoso en

sus obligaciones, y todo le salía lo peor posible. ¿De qué le valía

poner en cada faena sus cinco sentidos y aun alguno más? Notaba en

sus manos una tosquedad que las hacía ineptas para todo lo que no

fuera cargar espuertas de tierra. Mal ó bien, ya se iba haciendo

á manejar platos y tazas; pero cuando le ponían una pluma entre

sus tiesos y duros dedos; cuando le sentaban delante de un papel

rayado y le mandaban trazar... ¡Dios de los pequeños, Dios de los

débiles! ¡qué sudores, qué congojas, qué doloroso esfuerzo! La mano

se le ponía rígida y trémula; era una mano de cartón que, en vez de

sangre, estaba llena de cosquillas. Para someterla á la voluntad, el

angustiado alumno alargaba el hocico, hacía trompeta de sus labios,

distendía todos los músculos de su cuerpo, contraía los dedos de los

pies... Ni por esas: sólo conseguía mancharse de tinta hasta el codo,

y en tanto el infame palote no salía. Daba grima ver aquel trazo

curvo, erizado de púas como un cardo... Y cuando, al fin, parecía que

iba saliendo un poquito más derecho... ¡cataplum! un coscorrón del

pasante que le hacía soltar el papel para llevarse la mano á la parte

dolorida, y rascársela cuanto permitieran las iracundas miradas de

don Pedro... Nueva tentativa, nuevo fracaso acompañado de esta lluvia

de flores:

--Burro, eso no es escribir: eso es dar coces...

En lectura iba bien. Pero cuando, pasado algún tiempo, le pusieron

á desflorar los elementos de las artes y las ciencias... ¡Dios

misericordioso, amparo de la ignorancia!... Nada, nada: Polo y

don José Ido convinieron unánimes en que carecía absolutamente de

memoria y entendimiento. No había fuerza humana que pudiera hacerle

decir bien ninguna de aquellas sabias definiciones que compendian

la sabiduría de nuestros libros escolares. No son para contados los

testimonios que levantaba y los trastrueques que hacía al intentar

decir que _el participio es una parte de la oración que participa

de la índole del verbo y del adjetivo_. En otras definiciones se

trabucaba más por no conocer el valor y significado de las palabras.

¡Flojita cosa era para él saber lo que es _Gramática_! ¡Re-córcholis,

si no sabía lo que es _arte_... si no sabía lo que quiere decir

_correctamente_!... Por algo, sí, por algo, Dios de justicia, pensaba

el pobre Centeno que fabricar ciertas definiciones y asar la manteca

eran cosas harto semejantes.

Luego venía la Historia Sagrada con sus cáfilas de nombres, sus

genealogías, sus guerras, sus episodios patéticos y trágicos. Aquello

era otra cosa. Aun en insulso extracto, la historia de Israel ofrece

interés á la infancia. Pero el entendimiento del pobre Centeno no

estaba hecho, no, para retener tanto y tanto nombre de individuos y

pueblos. Deploraba la fecundidad de Jacob, y las tribus le traían á

mal traer, porque confundía una con otra, ó le colgaba un parentesco

al más pintado. Él no sabía de linajes, ¡contra! y lo mismo daba Juan

que Pedro. Un día cometió un desliz bíblico-mitológico achacando á

Nabucodonosor excesos y desmanes del señor de Júpiter; y al ver que

todos se reían, dijo con mucho desenfado:

--Lo mismo da: tan pillo era el uno como el otro.

La algazara que produjo esta observación fué tan grande, que don

Pedro tuvo que dar zurribanda general para imponer silencio, aunque

él mismo no contenía la risa.

Venía luego la Doctrina Cristiana. Al fin, al fin se iba á lucir.

Como que ya sabía él algo, y aun algos, de cosa tan buena, santa y

admirable, de que se deriva la máquina toda del humano saber. Pero

á las primeras de cambio, ¡Dios de los tontos! empezó mi sabio á

desbarrar. Érale imposible retener en la memoria las respuestas que

comprenden y definen los altos principios del Cristianismo. Cuando

las cláusulas eran breves y sencillas, menos mal: mi hombre las

espetaba de corrido; pero ¡ay! cuando venía una de aquellas cosas

hondas, largas, enrevesadas y obscuras que guardaba el librito

en sus últimas hojas, ya era Felipe hombre perdido... Allá iban

proposiciones que harían estremecer de espanto á los Santos Padres.

¡Risas, escándalo y patadas en la clase! No se ha visto ni verá más

atrevido heresiarca. ¡Decir que la gracia _es un sér divino que nos

hace esclavos del demonio_!... ¡Ciérrate, boca nefanda!

Un día, que fué de los más infelices que tuvo Centeno en la casa de

don Pedro, á los tres meses de haber entrado en ella; un día en que

todo lo dijo mal y lo hizo peor, y echó por aquella boca los más

horribles despropósitos que pueden oirse, don Pedro tuvo una idea

entre humorística y sanguinaria que al punto quiso poner por obra

como saludable escarmiento y visible lección de sus alumnos. Porque

cuando el tal don Pedro, siempre tan serio y ceñudo, con aquella cara

de juez inexorable y aquella expresión de patíbulo, tenía humoradas,

eran éstas ferozmente irónicas, verdaderas caricias de puñal, como

los epigramas de Shakespeare. Cogió á Felipe, me le puso de rodillas

sobre un banco, le encasquetó en la cabeza el bochornoso y orejudo

casco de papel que servía para la coronación de los desaplicados.

Luego, en el airoso pico de esta mitra, colgó un papel que decía con

letras gordas, trazadas gallardamente por don José Ido: EL DOCTOR

CENTENO.

¡Dios de Dios, qué risa, qué estruendo, qué ovación! Aquel día tuvo

don Pedro humor burlesco. Su alma de pedernal echaba chispas, y de

su verbosidad chancera brotaban cuchillos. De sus chistes resultaba

el escarnio. Paseándose delante de la víctima, con la palmeta en la

mano, decía:

--Este señor vino á Madrid para ser médico. Como es tan aprovechado,

tan sabio, tan eminente, pronto le veremos con la borla en la

cabeza... Ánimo, hombre, no llores... No hay carrera sin trabajos...

Ya estás á medio camino. Si sabes más que ese tintero... Serás

médico: tómale el pulso á la pata de la mesa.

¡Risas, confusión, aplausos, bramidos! Don Pedro era el maestro más

gracioso...

El Doctor Centeno (Tomo I) · 第 13 / 35 题