III

También dice la chismosa Clío que el temperamento de don Pedro Polo

era sanguíneo, tirando á bilioso, de donde los conocedores del cuerpo

humano podrían sacar razones bastantes para suponerle hostigado

de grandes ansias, ambicioso y emprendedor, como lo fueron César,

Napoleón y Cromwell. Sobre esto de los temperamentos hay mucho que

hablar, por lo cual mejor será no decir nada. Quédese para otros el

fundar en el predominio de la acción del hígado el genio violentísimo

de nuestro capellán, y en el desarrollo del sistema vascular, así

como en la superioridad de las funciones de nutrición sobre las

de relación, la intensidad de sus anhelos, su fuerza de voluntad

incontrastable. Cierto es que si se dedicara, como su paisano, á

conquistar imperios, los habría ganado con rapidez. Habiéndose

metido, por la fatalidad de los tiempos y de las circunstancias,

á instruir muchachos, los instruía por los modos y estilo que el

otro empleó en domar naciones. Y no comprendía Polo la enseñanza de

otra manera. Se le representaba el entendimiento de un niño como

castillo que debía ser embestido y tomado á viva fuerza, y á veces

por sorpresa. La máxima antigua de _la letra con sangre entra_,

tenía dentro del magín de Polo la fijeza de uno de esos preceptos

intuitivos y primordiales del genio militar, que en otro orden de

cosas han producido hechos tan sublimes. Así, cuando, movido de su

convicción profundísima, descargaba los nudillos sobre el cráneo de

un alumno rebelde, esta cruel enseñanza iba acompañada de la idea

de abrir un agujero por donde á la fuerza había de entrar el tarugo

intelectual que allí dentro faltaba. Los pellizcos de sus acerados

dedos eran como puncturas por las cuales se hacían, al través de la

piel, inyecciones de la sabiduría alcaloide de los libros de texto.

Gran auxilio á don Pedro prestaba el pasante don José Ido, mayormente

en el arte de escribir. Polo escribía mal, y su ortografía era muy

descuidada. Ido le ayudaba también en las lecciones, y hacía leer á

los pequeñuelos, mas con tan delgada voz y entonación tan embarazosa,

que para articular una sílaba parecía pedir prestado el aliento al

que estaba más próximo. Los chicos, desde el mayor al más pequeño,

respetaban y temían tanto á don Pedro, que ni aun fuera de la clase

se atrevían á hacer burla de él; pero al pobre Ido le trataban con

familiaridad casi irreverente. Las paredes del callejón de San Marcos

estaban de punta á punta ilustradas con el retrato del señor de Ido,

en diferentes actitudes, y eran de ver lo parecido del semblante y

la gracia de la expresión en aquellos toscos diseños. No faltaban

explicaciones y leyendas que decían: _Ido diendo á los toros_; y

por otro lado: _Ido del Sagrario calléndosele los calzones_. Porque

este pobre calígrafo tenía las carnes tan flácidas, que toda su

ropa parecía escurrirse, y que cada pieza, desde la corbata á los

pantalones, estaba más baja del sitio que le correspondía. Otra cosa

que daba motivo así á las cuchufletas como á las ilustraciones, era

el cartílago laríngeo, ó la nuez del pasante, la cual era grandísima.

Entre las pinturas murales, que representaban casi siempre escenas de

toros, había una cuyo letrero decía: _El toro, perdone ustez,--me le

enganchó de la nuez_...

Á este hombre, probo, trabajador, honrado como los ángeles, inocente

como los serafines, esclavo, mártir, héroe, santo, apóstol, pescador

de hombres, padre de las generaciones, le trataba don Pedro delante

de los chicos con frialdad y sequedad; mas cuando estaban solos le

abrumaba á cortesanías y piropos, como éste: «Es usted más tonto que

el cerato simple,» dicho con desenfado y sin mala voluntad. Ó bien

le saludaba así: «Cierre usted esa boca, hombre, que se le va por

ella el alma.» Y era verdad que parecía que el alma estaba acechando

una ocasión para echársele fuera y correr en busca de mejor acomodo.

Los capones y pellizcos, los palmetazos y nalgadas, las ampliaciones

de orejas, aplastamiento de carrillos, vapuleo de huesos y maceración

de carnes, no completaban el código penitenciario de Polo. Además

de la pena infamante de las orejas de burro, había la de dejar sin

comer, aplicada con tanta frecuencia, que si las familias no sacaban

de ella grandes ahorros, era porque no querían. Todos los días, al

sonar las doce, se quedaban en la clase, con el libro delante y las

piernas colgando, tres ó cuatro individuos que se habían equivocado

en una suma ó confundido á Jeroboan con Abimelech, ó levantado

algún falso testimonio á los pronombres relativos. Los autores

de estos crímenes no debían alcanzar de nuestro Eterno Padre el

pan de cada día, que todos piden, pero que se da sólo á quien lo

merece. Bostezos que parecían suspiros, suspiros como puños llenaban

la grande y trágica sala. Isaías no habría desdeñado llorar tan

dolorosas penas, y hubiera sacado de su boca algún sublime acento

con que pintar aquellos desperezos tan fuertes, que no parecía sino

que cada brazo iba á caer por su lado. Á menudo las páginas sucias,

dobladas, rotas, de los aborrecidos libros se veían visitadas por un

lagrimón que resbalaba de línea en línea. Pero esta forma del luto

infantil no era la más común. La inquietud, la rebeldía, el mareo, la

invención de peregrinas diabluras eran lo frecuente y lo más propio

de estómagos vacíos. Quién gastaba su poca saliva en mascar y amasar

papel para tirarlo al techo; quién dibujaba más monos que vieron

selvas africanas; quién se pintaba las manos de tinta á estilo de

salvajes...

Cuando la clase concluía, allá sobre las cinco de la tarde, después

de diez horas mortales de banco duro, de carpeta negra, de letras

horribles, de encerado fúnebre, el enjambre salía con ardiente fiebre

de actividad. Era como un furor de batallas, cual voladura de todas

las malicias, inspiración rápida y calorosa de hacer en un momento

lo que no se había podido hacer en tantas horas. Una tarde de Enero,

un chico que había estado preso, sin comer y sin moverse en todo el

día, salió disparado, ebrio, con alegría rabiosa. Sus carcajadas

eran como un restallido de cohetes; sus saltos, de gato perseguido;

sus contorsiones, de epiléptico; la distensión de sus músculos, como

el blandir de aceros toledanos; su carrera, como la de la saeta

despedida del arco. Por la calle de San Bartolomé pasaba una mujer

cargada con enorme cántaro de leche. El chico, ciego, la embistió

con aquel movimiento de testuz que usan cuando juegan al toro. El

piso estaba helado. La mujer cayó de golpe, dando con la sien en el

mismo filo del encintado de la calle, y quedó muerta en el acto.

El Doctor Centeno (Tomo I) · 第 12 / 35 题