También dice la chismosa Clío que el temperamento de don Pedro Polo
era sanguíneo, tirando á bilioso, de donde los conocedores del cuerpo
humano podrían sacar razones bastantes para suponerle hostigado
de grandes ansias, ambicioso y emprendedor, como lo fueron César,
Napoleón y Cromwell. Sobre esto de los temperamentos hay mucho que
hablar, por lo cual mejor será no decir nada. Quédese para otros el
fundar en el predominio de la acción del hígado el genio violentísimo
de nuestro capellán, y en el desarrollo del sistema vascular, así
como en la superioridad de las funciones de nutrición sobre las
de relación, la intensidad de sus anhelos, su fuerza de voluntad
incontrastable. Cierto es que si se dedicara, como su paisano, á
conquistar imperios, los habría ganado con rapidez. Habiéndose
metido, por la fatalidad de los tiempos y de las circunstancias,
á instruir muchachos, los instruía por los modos y estilo que el
otro empleó en domar naciones. Y no comprendía Polo la enseñanza de
otra manera. Se le representaba el entendimiento de un niño como
castillo que debía ser embestido y tomado á viva fuerza, y á veces
por sorpresa. La máxima antigua de _la letra con sangre entra_,
tenía dentro del magín de Polo la fijeza de uno de esos preceptos
intuitivos y primordiales del genio militar, que en otro orden de
cosas han producido hechos tan sublimes. Así, cuando, movido de su
convicción profundísima, descargaba los nudillos sobre el cráneo de
un alumno rebelde, esta cruel enseñanza iba acompañada de la idea
de abrir un agujero por donde á la fuerza había de entrar el tarugo
intelectual que allí dentro faltaba. Los pellizcos de sus acerados
dedos eran como puncturas por las cuales se hacían, al través de la
piel, inyecciones de la sabiduría alcaloide de los libros de texto.
Gran auxilio á don Pedro prestaba el pasante don José Ido, mayormente
en el arte de escribir. Polo escribía mal, y su ortografía era muy
descuidada. Ido le ayudaba también en las lecciones, y hacía leer á
los pequeñuelos, mas con tan delgada voz y entonación tan embarazosa,
que para articular una sílaba parecía pedir prestado el aliento al
que estaba más próximo. Los chicos, desde el mayor al más pequeño,
respetaban y temían tanto á don Pedro, que ni aun fuera de la clase
se atrevían á hacer burla de él; pero al pobre Ido le trataban con
familiaridad casi irreverente. Las paredes del callejón de San Marcos
estaban de punta á punta ilustradas con el retrato del señor de Ido,
en diferentes actitudes, y eran de ver lo parecido del semblante y
la gracia de la expresión en aquellos toscos diseños. No faltaban
explicaciones y leyendas que decían: _Ido diendo á los toros_; y
por otro lado: _Ido del Sagrario calléndosele los calzones_. Porque
este pobre calígrafo tenía las carnes tan flácidas, que toda su
ropa parecía escurrirse, y que cada pieza, desde la corbata á los
pantalones, estaba más baja del sitio que le correspondía. Otra cosa
que daba motivo así á las cuchufletas como á las ilustraciones, era
el cartílago laríngeo, ó la nuez del pasante, la cual era grandísima.
Entre las pinturas murales, que representaban casi siempre escenas de
toros, había una cuyo letrero decía: _El toro, perdone ustez,--me le
enganchó de la nuez_...
Á este hombre, probo, trabajador, honrado como los ángeles, inocente
como los serafines, esclavo, mártir, héroe, santo, apóstol, pescador
de hombres, padre de las generaciones, le trataba don Pedro delante
de los chicos con frialdad y sequedad; mas cuando estaban solos le
abrumaba á cortesanías y piropos, como éste: «Es usted más tonto que
el cerato simple,» dicho con desenfado y sin mala voluntad. Ó bien
le saludaba así: «Cierre usted esa boca, hombre, que se le va por
ella el alma.» Y era verdad que parecía que el alma estaba acechando
una ocasión para echársele fuera y correr en busca de mejor acomodo.
Los capones y pellizcos, los palmetazos y nalgadas, las ampliaciones
de orejas, aplastamiento de carrillos, vapuleo de huesos y maceración
de carnes, no completaban el código penitenciario de Polo. Además
de la pena infamante de las orejas de burro, había la de dejar sin
comer, aplicada con tanta frecuencia, que si las familias no sacaban
de ella grandes ahorros, era porque no querían. Todos los días, al
sonar las doce, se quedaban en la clase, con el libro delante y las
piernas colgando, tres ó cuatro individuos que se habían equivocado
en una suma ó confundido á Jeroboan con Abimelech, ó levantado
algún falso testimonio á los pronombres relativos. Los autores
de estos crímenes no debían alcanzar de nuestro Eterno Padre el
pan de cada día, que todos piden, pero que se da sólo á quien lo
merece. Bostezos que parecían suspiros, suspiros como puños llenaban
la grande y trágica sala. Isaías no habría desdeñado llorar tan
dolorosas penas, y hubiera sacado de su boca algún sublime acento
con que pintar aquellos desperezos tan fuertes, que no parecía sino
que cada brazo iba á caer por su lado. Á menudo las páginas sucias,
dobladas, rotas, de los aborrecidos libros se veían visitadas por un
lagrimón que resbalaba de línea en línea. Pero esta forma del luto
infantil no era la más común. La inquietud, la rebeldía, el mareo, la
invención de peregrinas diabluras eran lo frecuente y lo más propio
de estómagos vacíos. Quién gastaba su poca saliva en mascar y amasar
papel para tirarlo al techo; quién dibujaba más monos que vieron
selvas africanas; quién se pintaba las manos de tinta á estilo de
salvajes...
Cuando la clase concluía, allá sobre las cinco de la tarde, después
de diez horas mortales de banco duro, de carpeta negra, de letras
horribles, de encerado fúnebre, el enjambre salía con ardiente fiebre
de actividad. Era como un furor de batallas, cual voladura de todas
las malicias, inspiración rápida y calorosa de hacer en un momento
lo que no se había podido hacer en tantas horas. Una tarde de Enero,
un chico que había estado preso, sin comer y sin moverse en todo el
día, salió disparado, ebrio, con alegría rabiosa. Sus carcajadas
eran como un restallido de cohetes; sus saltos, de gato perseguido;
sus contorsiones, de epiléptico; la distensión de sus músculos, como
el blandir de aceros toledanos; su carrera, como la de la saeta
despedida del arco. Por la calle de San Bartolomé pasaba una mujer
cargada con enorme cántaro de leche. El chico, ciego, la embistió
con aquel movimiento de testuz que usan cuando juegan al toro. El
piso estaba helado. La mujer cayó de golpe, dando con la sien en el
mismo filo del encintado de la calle, y quedó muerta en el acto.