de la muerte de Quesada, y el 12 del último Octubre. Al poner las
primeras piedras del hospital _Isabel la Católica_ y del monumento á
Colón, bien pudo colocarse también la del de Quesada, honrando así
juntamente los tres nombres que simbolizan el natalicio de la hoy libre
nación colombiana á la vida de la civilización.
No ha sido así, quizá por apatía, simplemente, ó acaso más bien porque
las nuevas y reparadoras tendencias no han podido desvanecer aún del
todo arraigadas equivocaciones. Leyendo la prensa bogotana, he podido
advertir acá y allá, al tratar de España, algún juicio erróneo, alguna
frase improcedente, restos de inveteradas preocupaciones. Harto camino
se ha andado en poco tiempo en el terreno de la fraternidad y la
justicia, para abrigar ya, resueltamente, la consoladora esperanza de
que todo se andará seguramente. Sirvan de aliento y estímulo á nuestros
hermanos de Colombia las seguridades de nuestra estimación y afecto.
Después de todo, lo que ocurre en Colombia sucede también en España,
esto es, que aquí, como allá, no faltan quienes, bebiendo en las
envenenadas fuentes de trasnochadas declamaciones, no conocen ni han
podido conocer nunca, á la luz de la verdad, la naturaleza y magnitud
de la empresa civilizadora de España en el Nuevo Mundo, porque el
fanatismo político anubla sus ojos y perturba sus corazones. En
los americanos concurren, además, las memorias de las luchas de la
independencia, luchas que americanos y españoles, al fin y al cabo,
hemos de mirar únicamente como contiendas civiles que pasaron y que no
han de repetirse jamás.
Y si entre nosotros es menos vivo el recuerdo de esas contiendas, si
nos hallamos más fácilmente dispuestos á renovar los sagrados vínculos
de familia, como todo americano que viene á España puede observar desde
luego, con grata sorpresa, nada más natural que así sea, porque en
materias de afecto siempre ha sido mayor el de los padres que el de los
hijos.
Afortunadamente, el digno Ministro de España en Bogotá, D. Bernardo
Cólogan, supo interpretar noblemente los sentimientos de nuestra
patria. Su carta, publicada en _El Correo Nacional_, y su discurso
pronunciado el 12 de Octubre, en la ceremonia verificada en la plaza
de Bolívar, fueron acogidos con inequívocas muestras de aprecio.
«Tan dueños sois--les decía--de vuestros destinos como de vuestros
juicios; pero sabed también que si España escucha solícita vuestras
palpitaciones, es porque una voz de la sangre, respondiendo al dulce
eco de su amplia y sonora lengua, la orienta hacia estas esplendorosas
regiones, y nada puede aventajar en ella á las fruiciones de vuestra
cariñosa correspondencia.»
No habría sido completa la celebración del Centenario si no
hubiese tenido en ella parte la memoria de Jiménez de Quesada. Si
el descubrimiento general del Nuevo Mundo es obra de Colón, el
descubrimiento de cada región americana tiene su Colón particular,
acreedor igualmente á la gratitud de la tierra por su heroísmo
descubierta y conquistada, y en mayor grado si cabe, descubridores
y conquistadores como el fundador de Bogotá, admirable conjunto de
cualidades rara vez unidas: letrado, historiador, poeta, capitán,
poblador, gobernante. Un docto historiador colombiano de nuestro siglo
reconoce, con justicia, que, á excepción de alguna falta, «el carácter
noble de Quesada resplandece en la conquista y sobrepasa entre todos
los caudillos de su época.»
Cuando los americanos se persuadan por entero de que su legítima
emancipación es universalmente acatada, y de que sobre las transitorias
luchas de un día están los permanentes intereses de la civilización y
de la historia, entonces volverán, con más cariño que nunca, sus ojos
á la vieja casa española, noble solar común de todos los que tienen la
dicha de pensar y sentir y hablar en la lengua de los Reyes Católicos,
de Hernán Cortés y Jiménez de Quesada, de Pizarro y de Valdivia.
[Ilustración]
LOS AMERICANOS EN EL ATENEO
La invitación del Ateneo á los americanos para que tomasen parte
en sus conferencias históricas, simultánea de la invitación á los
peninsulares, no se redujo á los Ministros de la América española,
sino que se extendió también, desde su principio, á algunos escritores
residentes en el Nuevo Mundo, conocidos por sus trabajos históricos.
De estos escritores, unos, respondieron rehusando, con razones más ó
menos valederas, la participación ofrecida, y otros, á quienes, como á
los anteriores, les fueron dirigidas las invitaciones por los conductos
más seguros, á pesar del largo tiempo transcurrido no han acusado
siquiera recibo de dichas invitaciones. Omito los nombres de unos y
otros. Baste saber simplemente lo ocurrido. Y sépase también que el
Ateneo, al invitarlos, no les pedía que vinieran expresamente á dar sus
conferencias, sino que les advirtió que podían escribirlas y enviarlas
y que serían leídas por las personas que ellos mismos designasen.
Creía el Ateneo que la ilustración histórica del descubrimiento,
conquista y civilización del Nuevo Mundo era tan necesaria para los
americanos como para los españoles, y que en América como en España
el estudio científico de aquellos grandes hechos distaba mucho
de alcanzar hoy día el florecimiento debido. Por lo que á España
respecta, recuérdese lo que dije, con entera sinceridad y franqueza,
en el primero de los trabajos que comprende este libro. Y por lo
que á América concierne, creo que bien puede afirmarse de ella, en
general, lo que, en particular, de Méjico, escribía no ha mucho el
biógrafo insigne de _Don Fray Juan de Zumárraga_: «De los hombres que
han figurado en nuestro suelo, pocos habrá que hayan sido juzgados
sin pasión, porque el antagonismo de razas, la falta de instrucción,
las discordias civiles, y sobre todo las religiosas, han agriado los
ánimos y ofuscado las inteligencias;» añadiendo que «entre las víctimas
de la ignorancia y del espíritu de partido» se distinguía nada menos
que la venerable figura del primer Obispo y Arzobispo de Méjico.
Por fortuna, así como América cuenta con historiadores tan ilustres
como García Icazbalceta y Barros Arana, no superados, sin duda, por
nuestros mayores americanistas peninsulares, cuenta también, entre
los dignos individuos de su representación diplomática en la antigua
Metrópoli, distinguidos cultivadores de los estudios históricos,
los cuales, comprendiendo la significación y alcance de la empresa
acometida por el Ateneo, se apresuraron á aceptar la participación
ofrecida, con generoso interés y verdadera eficacia.
Invitó el Ateneo, ante todo, á los Ministros de Méjico y Costa Rica
Sres. General Riva Palacio y Peralta, Correspondientes de la Real
Academia de la Historia, uno y otro conocidos ya ventajosamente por su
probada pericia en materias históricas. Á propuesta de éstos, invitó
después á los Ministros de Chile y Colombia, Sres. Vergara Albano y
Betancourt, quienes aceptaron su encargo. Ausentes hoy ambos, no han
podido cumplir su oferta.
La venida á Madrid de los señores Solar y Zorrilla de San Martín
proporcionó al Ateneo nuevos cooperadores. Vicepresidente, el primero,
de la República del Perú y Ministro de su país entre nosotros, debía
llevar la voz de tan importante nación americana en la obra de las
conferencias; Ministro del Uruguay el segundo, venía precedido de gran
renombre literario. Los dos respondieron al llamamiento del Ateneo en
términos verdaderamente fraternales y honrosos para nuestra patria.
Los dos también han desempeñado luego sus respectivos encargos, como
igualmente su compañero el Ministro mejicano. No así el de Costa Rica,
cuya conferencia fué, con su aprobación, anunciada, suspendida por su
encargo después, aplazada para más adelante, y á juzgar por el tiempo
transcurrido y la falta de todo aviso, definitivamente abandonada.
Los temas escogidos por los conferenciantes americanos fueron los
siguientes:
Sr. Ministro del Perú: _El Perú de los Incas_.
Sr. Ministro del Uruguay: _Descubrimiento y conquista del Río de la
Plata_.
Sr. Ministro de Méjico: _Establecimiento y propagación del Cristianismo
en Nueva España_.
Como se ve, los tres temas se refieren igualmente á la historia
particular de cada uno de los países representados por los
conferenciantes si bien con arreglo á las antiguas divisiones
político-geográficas, como exigía la naturaleza histórica de las
conferencias.
El 18 de Enero de 1892 dió la suya el Ministro de Méjico, primer
americano que ha subido á la cátedra del Ateneo. El nombre y la persona
del General Riva Palacio eran ya bien conocidos por los años que lleva
de residir en España el distinguidísimo mejicano. Sus dotes poéticas y
sus facultades oratorias han podido ser apreciadas más de una vez, así
como su interés vivísimo en estrechar los vínculos de Méjico y España,
acreditado especialmente en la participación activa y preferente que
viene tomando en todo lo relativo á la celebración del Centenario.
Las personas peritas en los estudios históricos tenían noticia de
sus trabajos referentes á los _Orígenes de la raza mejicana_, leídos
en la Real Academia de la Historia, que habían promovido interesante
controversia por sus conclusiones favorables al autoctonismo de las
primitivas razas mejicanas, y conocían también su erudita _Historia
de la dominación española en Méjico_. El insigne General Arteche, en
su magnífica conferencia sobre _La conquista de Méjico_, leída en el
Ateneo en la semana anterior, había mencionado repetidamente con elogio
esta última obra. Meses antes el Sr. Vilanoba se refirió con frecuencia
á la anterior sobre los _Orígenes de la raza Mejicana_.
La conferencia del General Riva Palacio, así por su abundante y selecta
erudición como por la elocuencia de la forma, rivaliza dignamente con
las mejores que el Ateneo había escuchado anteriormente. El sentido
critico del ilustre conferenciante, informado en la doctrina de la
sociología positivista, puede prestarse á animadas polémicas; pero
cualquiera que sea el punto de vista desde el cual se le considere, hay
que reconocer forzosamente que estuvo representado á gran altura.
En sentir del Sr. Riva Palacio, existe «extraña semejanza entre el gran
cambio religioso de los pueblos de América, y sobre todo de la Nueva
España, con el progreso rápido y sangriento del islamismo, no sólo
en los días en que Mahoma sujetaba la Arabia, sino durante el tiempo
de sus sucesores, cuando Omar gobernaba á los creyentes; afirmando
asimismo que no arrancó á los pueblos venidos del culto de los ídolos
la predicación del apóstol, sino la espada del conquistador y el hacha
y la tea del soldado, que derribaban al Dios de los altares, y ponían
fuego á los adoratarios.»
En otro lugar escribe que «los conquistadores españoles sabían también
á qué atenerse respecto á la fe religiosa de los vencidos; pero con
una política verdaderamente hábil, contentáronse casi siempre con la
aparente conversión de los indios, dejando á los misioneros el cuidado
de explorar á aquellas conciencias, de cultivar en ellas las semillas
del Cristianismo y de entregar á las llamas los templos de los ídolos,
y hasta los recuerdos de los tiempos de la idolatría.»
Esta segunda afirmación es más conforme con la verdad histórica,
reconocida y consignada ya en publicaciones anteriores por escritor
tan competente como García Icazbalceta, quien, á este propósito,
escribía lo siguiente: «La Cristiandad se había fundado en México por
orden no común. Lo más ordinario en la predicación del Evangelio es
que sus ministros se abran paso lentamente, en lucha continua contra
el poder de gobiernos despóticos y contra el apego de los infieles á
sus heredadas creencias. En la Nueva España fué muy diverso el caso.
La predicación evangélica contaba con todo el apoyo del poder civil;
las armas le habían allanado el camino, y no podía temer persecución
general, si bien no le faltaron contradicciones, nacidas del carácter
de algunos gobernantes y de la agitación de los tiempos. Los conversos
no arriesgaban, pues, nada en el cambio de religión; antes podían
contar por eso mismo con más favor de los señores de la tierra.» Así
«el pueblo infiel, lejos de oponer resistencia al establecimiento
de la ley cristiana, abrazaba con gusto sus dogmas, y se complacía
grandemente en sus prácticas.»
Es verdaderamente notable por la exactitud lo que el General Riva
Palacio decía de los frailes que llegaron á las Indias, los cuales
«cifraban todo su empeño y encaminaban todos sus trabajos á sólo dos
objetos: conversión de los idólatras á la fe cristiana, y protección
de la vida y libertad de los vencidos. Fuera de esto--añade--nada
les preocupaba ni llamaba su atención. Ningún anhelo de riquezas,
ningún empeño por los honores, ningún cuidado por los títulos ni por
el fausto; pobres hasta la miseria, abnegados hasta el sacrificio,
ni temían concitarse el rencor y el odio de los encomenderos, ni
vacilaban en desafiar el enojo de los terribles conquistadores, ni
temblaban al levantar sus quejas, no siempre humildes, en favor de
sus protegidos hasta el trono del poderoso Emperador Carlos V.» ¡Qué
diferencia--añadiremos nosotros--qué diferencia tan radical entre estos
medios empleados por el Cristianismo en el Nuevo Mundo y los usados por
los musulmanes para la propagación del Islamismo!
Acabó su discurso el distinguido conferenciante con estas palabras,
que el numeroso y culto auditorio recibió con grandes aplausos: «El
historiador debe decir que el descubrimiento del Nuevo Mundo era una
necesidad de la ciencia; su ocupación un derecho de la humanidad, y la
conversión de sus habitantes al Cristianismo una exigencia ineludible
de la civilización y del progreso.»
Ocho días después, el 25 de Febrero, dió su conferencia sobre el
_Descubrimiento y Conquista del Río de la Plata_ el Sr. Ministro del
Uruguay. Imaginación brillantísima, corazón entusiasta, poeta de
grandes alientos, arrebató á sus oyentes, desde los primeros períodos,
con el encanto y la magia de su elocuencia. Las hazañas de Juan Díaz de
Solís, de Ayola, de Irala, de Garay y Ortiz de Zárate, tuvieron cantor
inspiradísimo en el Sr. Zorrilla de San Martín; la colonización del
territorio argentino, tan distinta de la de otras comarcas, expositor
inteligente y discretísimo.
Aparte de estos merecimientos, el Sr. Ministro del Uruguay ofrecía á
sus oyentes un atractivo mayor en aquellos momentos: el españolismo
noble y generoso que rebosaba en sus frases, el entusiasmo con que
en nombre del mundo de Colón y de Isabel publicaba muy alto la
gratitud americana para con la madre patria. Era aquello _un acto_ tan
deseado como oportuno; la correspondencia debida á nuestro cariño, la
consagración solemne de la fraternidad hispano-americana.
Y lo que daba más autoridad á sus palabras era el conocimiento que
todos tenían de que no las dictaba el artificio retórico, ni las
ceremoniosas formas de la cortesía; porque el nuevo Ministro del
Uruguay, antes de representar á su país en el nuestro, allá, en su
patria, repetidamente en sus discursos, en sus artículos, en sus
versos, había hablado igual lenguaje, hijo siempre de sus convicciones
y de sus arraigados afectos.
América, antes del descubrimiento--decía--«_era un mundo casi vacío_;
todo era grande en ella _menos el hombre_; el hombre que allí existía
no era ni podía ser un principio; era un término, un último vestigio.
Era joven y hermosa la naturaleza: el hombre, decrépito.»
«Colón y sus carabelas no las buscaban; buscaban sólo el Oriente por
el Occidente; no fueron, pues, las carabelas las que salieran al
encuentro de América, fué ésta la que salió al paso á los heroicos
navegantes.....»
Refiriendo las hazañas de los españoles en la conquista del Río de la
Plata, decia: «Somos nosotros, más que vosotros, los que heredamos los
frutos del árbol regado con su sangre, y los que en primer término
estamos en el deber de admirar la memoria de los que la vertieron y de
vindicarla siempre con reconocimiento filial.»
En consonancia con estos sentimientos,--añadía al final de su
discurso--«Por eso, señores, como el Perú hace la apoteosis de Pizarro;
como Buenos Aires da el nombre de Garay á una de sus calles; como
Chile levanta la estatua de Valdivia, Montevideo da el nombre de Solís
á su principal coliseo y levanta en una de sus plazas, votada por el
Parlamento, la estatua de su fundador Don Bruno Mauricio de Zabala.
«Es el altar de la raza, señores, que complementa y preside en el orden
cronologico-histórico los otros altares de la patria independiente; es
la protesta de bronce que dice al mundo, y á vosotros especialmente,
que si por ley providencial se pueden y es indispensable romper
vínculos políticos, no pueden romperse ni se romperán jamás los de
la sangre, los de la fe, los de la lengua y los de las tradiciones
y glorias, que nos son comunes y constituyen nuestro orgullo
conjuntamente con las demás glorias nacionales.
«Que Dios proteja, señores, los destinos de nuestra incomparable
raza, de los cuales jamás debemos desesperar. ¡Quién sabe! Acaso
España fué un día, geológicamente considerada, la cabeza del gran
coloso destrozado y sumergido en parte por el Atlántico. Que el tiempo
confirme, señores, esa atrevida suposición: sea ahora España la cabeza,
el cerebro, el pensamiento; palpite en América el corazón, mientras
circula para siempre en todo ese inmenso organismo, dueño tal vez del
porvenir del mundo, la sangre y los recuerdos de los Cortés, de los
Pizarros, de los Valdivias, de los Irala y los Garay, de los Juan Díaz
de Solís y de los Bruno Mauricio de Zabala.»
La conferencia del Sr. Ministro del Perú sobre _El Perú de los Incas_,
el 11 de Febrero siguíente, fué un trabajo erudito, de sobria y severa
forma, que se escuchó con agrado, á pesar de la aridez del asunto.
«En este recinto de la ciencia y de las letras--decía, con
extraordinaria modestia, al comienzo de su disertación--no tienen
derecho á hablar sino los sabios y los literatos: yo no lo soy.
Llevado á la carrera pública cuando apenas había salido de los
claustros universitarios, y empujado, por un cúmulo de especiales
circunstancias, á la política activa, de lucha y de combate en muchos
casos, ha absorbido ésta mi tiempo y mis fuerzas, con detrimento y á
costa quizá de otras muy preferentes exigencias sociales, privándome,
en su consecuencia, de la satisfacción que ofrecen las bellezas y los
encantos de la literatura...
«Pero ¿de qué se trata, señores? De hacer algo en bien de España:
se da al Perú participación en tan importante labor, se me honra
creyéndome capaz de contribuir á ese fin, aunque sea en mínima
parte: no hay entonces excusa ni vacilación posible: se me impone
un verdadero sacrificio, pero estoy acostumbrado á hacerlos por mi
patria; y tratándose de honrar á la de mis padres y la de mis hijos,
no considero nada imposible; no tengo, pues, derechos que ejercer,
sino obligaciones muy sagradas que cumplir, y á cumplirlas he venido,
señores.»
Á pesar de tales protestas, las observaciones sobre el origen é
historia del Perú de los Incas exceden en mucho á todo lo que podría
esperarse de las modestas palabras del Ministro peruano. Claro está
que la originalidad en esta clase de estudios es sólo propia de los
investigadores de profesión, y el Sr. Solar no ha podido dedicar á
ellos el tiempo que ha tenido que emplear en la defensa y gobierno
de su país en los puestos más elevados y en los empeños más penosos;
pero el hecho solo de ser instruido en estas materias, así como la
circunstancia de no dejarse llevar de los exagerados elogios que
algunos historiadores de su patria tributan á la civilización de
los Incas, en mengua de la española, son condiciones por extremo
recomendables y que abonan la elevación y cultura de su inteligencia.
Oir hablar de los Incas á un peruano, por añadidura Vicepresidente
actual de la República y ex Presidente del Consejo de Ministros;
escuchar de sus labios sentidas y generosas frases para la patria de
Pizarro y de la Gasca, en la cátedra de una corporación española y
ante un auditorio de españoles, fué un espectáculo tan nuevo, tan
hermoso, de tanta trascendencia, que figurará dignamente entre los
actos de más valía de la celebración del Centenario.
Séame licito ahora consignar aquí las declaraciones más importantes
del respetable Ministro del Perú sobre las relaciones de España y las
naciones americanas sus hijas. «Estas conferencias--decía--han tenido
por fin algo más que dar veladas ilustrativas en historia y literatura,
y es iniciar con estas muestras de exquisita distinción un orden de
relaciones entre España y aquellos países, que no sólo sean de franca
y sincera amistad, sino de acción real y eficaz para su recíproco
desenvolvimiento..... Se quiere que los indisolubles vínculos de origen
y de idioma den unidad y solidez permanente á ese gran todo social que
formaron España y la América española y que deben continuar siendo
unos, por mutuos intereses y conveniencias.»
Reconoce luego que España «envió lo que faltaba á la grandeza
deficiente, á la civilización imperfecta que constituían el
destruido imperio de las Incas.» «Su rico territorio, bastante bien
poblado,--proseguía,--estaba dispuesto á recibir la simiente que en
él quisiera depositarse, para corresponder con óptimos frutos. La
civilización europea, la luz vivificante del Evangelio, sembraron esa
semilla. Hoy el Perú, animado con la vitalidad que lleva á las naciones
americanas por el camino del progreso, ofrece á Europa sus casi
inagotables riquezas en la minería, sus inmensos y vírgenes terrenos,
para recibir emigraciones que los exploten con provecho, la exuberancia
de sus productos como materia prima para la industria.»
Más adelante, tratando de la unión de España y el Perú, decía: «Ahora
bien: ¿qué lazos de más perfecta unión puede haber entre dos naciones
que la identidad que establece la sangre, el idioma, las creencias, los
hábitos, las virtudes y los defectos de los pueblos que las forman?»
Y terminaba diciendo: «¡Si los españoles y americanos llegaran á
convencerse de esta verdad!; si los Gobiernos, penetrados de ella,
dictaran medidas eficaces para conseguir las conveniencias que todos
deben reportar, entonces, eso que hasta hoy es una ilusión, sería
mañana una halagadora realidad! ¿Qué falta para que esa realidad lo
sea? Señores, quererlo, pero quererlo de veras, quererlo resueltamente.
Si pudiera yo influir en este sentido, expresando, como lo hago, á
nombre del Perú, su deseo, y el mío muy en especial, en apoyo de esta
idea; si estas conferencias contribuyeran á alcanzar tan propicios
resultados, ello sería motivo de la más pura satisfacción, tanto para
los iniciadores de esta grande obra y sus colaboradores como para
los Gobiernos que la ejecutaran. Para una nación que pudo descubrir
un mundo y hacerlo suyo, no es, no puede ser labor ardua ni difícil
recuperar, con los valiosos elementos de que dispone, su antigua
grandeza, haciendo también grandes á los que con ella quieran serlo.
Para el Perú, que llama á España con inefable complacencia, _la madre
patria_, nada puede serle más grato que contribuir con sus riquezas y
sus fuerzas al recíproco engrandecimiento de ambas. Una Reina, que se
inmortalizó por su perseverancia y sus virtudes, iluminó la América con
los resplandores del Catolicismo y de la ciencia; otra Reina, no menos
digna y meritoria, está llamada á completar la obra, haciendo poderosos
y felices á dos pueblos que merecen y que deben serlo.»
De manera tan digna y eficaz respondieron los conferenciantes
americanos al llamamiento del Ateneo.
[Ilustración]
COLÓN
EN LAS PUBLICACIONES ITALIANAS DEL CENTENARIO
I
No era posible, en modo alguno, que la patria del descubridor del Nuevo
Mundo dejara de asociarse á la celebración del cuarto Centenario del
incomparable descubrimiento. Y, en honor de la verdad sea dicho, no
sólo la ciudad de Génova, cuna del gran navegante, sino Italia entera
así lo comprendieron por fortuna desde el primer instante.