junto á las venerandas cenizas de nuestros Sacerdotes y de nuestros
Obispos. De este sagrado lugar los levanta hoy la gratitud de Lima
para colocarlos en esta histórica capilla. Aquí reposarán en paz,
señores, cerca del Ara Santa del Sacrificio y á la sombra de la Cruz
de la Redención. Bien merecía este honor el noble é ilustre guerrero
que perdonó á sus adversarios, y el héroe cristiano que selló con su
generosa sangre la fe de su corazón.
«Como peruano y como Sacerdote, agradezco á la H. Municipalidad la
iniciativa que ha tomado para honrar á este hombre extraordinario, y
espero que no sea este el último homenaje tributado á su memoria.
«¡Ojalá que en no lejano día los hijos de esta tierra y los extraños
que visiten nuestras playas podamos saludar con admiración y respeto,
en la Plaza Mayor de la metrópoli peruana, la gloriosa estatua del
conquistador del Perú y fundador de Lima!»
[Ilustración]
SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ
Así como la Bética en la España romana, fué Méjico en la América
española la provincia más fecunda en sobresalientes escritores.
Solamente en la poesía, los nombres de Don Juan Ruiz de Alarcón y
Mendoza y de Doña Juana Inés de Asbaje Ramírez de Cantillana, en el
claustro Sor Juana Inés de la Cruz, no tienen iguales en las demás
colonias españolas, en los días en que respectivamente florecieron el
padre insigne de _La Verdad sospechosa_ y la célebre Monja mejicana.
Es de advertir que, aunque nacidos en tierra americana Alarcón y
Sor Juana Inés de la Cruz, por la sangre, como por la cultura y el
ingenio, son igualmente españoles, en tal grado, que nadie que ignorara
el país de su nacimiento podría conocerlo, ni sospecharlo siquiera, por
la lectura de sus obras.
Nació Doña Juana Inés el 12 de Noviembre de 1651, en San Miguel
de Nepanthla, alquería distante doce leguas de la Metrópoli. La
circunstancia de haber recibido el bautismo en Ameca-Ameca, á cuatro
leguas de Nepanthla, ha dado motivo á que algunos biógrafos la supongan
allí nacida.
Su padre, D. Pedro Manuel de Asbaje, era natural de Vergara, en el país
vascongado, y su madre, Doña Isabel, aunque nacida en Ayacapixtla, era
hija de padre y madre peninsulares. El origen de Doña Juana Inés no
podía ser más genuinamente español por una y otra ascendencia.
Los panegiristas de nuestra escritora cuentan maravillas de su
precocidad extraordinaria. Dicen que aprendió ya á leer á los tres
años; que á los ocho compuso su primera obra, una loa sacramental,
y que á los quince sabía cuanto podían saber entonces, no sólo las
señoras, pero los varones más instruídos. Añaden que solicitó con
insistencia de sus padres que la enviasen á Méjico á estudiar en la
Universidad, disfrazada en traje masculino.
Sea de ello lo que fuere, es lo cierto que sus parientes, presumiendo
«el riesgo que podría correr de desgraciada por discreta y de
perseguida por hermosa», la colocaron en el palacio del Virrey, Marqués
de Mancera, cuando contaba apenas diez y siete años. Dama de honor de
la Virreina, amadísima de ésta y del Virrey, pudo entregarse de lleno
al estudio, si bien sin dirección fija y ordenada, abarcando toda clase
de materias, principalmente las de carácter profano.
Por lo visto, no se sentía entonces inclinada al claustro. Amores
contrariados, ó los consejos é instancias del P. Núñez, jesuíta,
confesor de los Virreyes, la llevaron á profesar en el monasterio
mejicano de monjas jerónimas, donde pasó el resto de su vida hasta su
muerte, ocurrida, á los cuarenta y cuatro años y cinco meses de edad,
el 17 de Abril de 1695.
Leyendo los tres abultados volúmenes de sus obras, lo primero que salta
á la vista es la diversidad de los géneros cultivados por la Monja
mejicana, así en verso como en prosa. Villancicos, sonetos, endechas,
sátiras, liras y silvas, loas, autos y comedias, poemas cortos, cartas
y comentarios, publican la fecundidad y variedad de su ingenio, así
por lo que toca á la inspiración poética, como por lo que respecta á
la erudición y la crítica en materias religiosas y profanas. _Fénix de
México, Décima Musa, Milagro del Parnaso_ fué apellidada en el pomposo
lenguaje de su época. Solamente el primer tomo de sus obras alcanzó
cuatro ediciones en cuatro años, de 1689 á 1692, en las prensas de
Madrid, Barcelona y Zaragoza.
Después de la diversidad de géneros y materias, lo que más nos
sorprende en nuestra escritora es que sus mejores escritos, con ser
obra de una Monja, y de Orden ascética, como la de San Jerónimo, sean
profanos, demasiado profanos y picantes á veces, hasta el punto que
varias composiciones insertas en la edición de Zaragoza de 1692 no
fueron reproducidas en las posteriores.
Pero hay que tener en cuenta que las Comunidades religiosas en América
disfrutaron siempre excepcionales anchuras, superiores ó diversas
de las que gozaban en la Península, en términos de causar verdadera
extrañeza y asombro á los viajeros españoles, no sólo religiosos, sino
seglares, como Ulloa y D. Jorge Juan.
Sin embargo, no faltaron en el mismo Méjico quienes, escandalizados
por algún que otro desenfado de nuestra Monja, trabajaron con
insistencia, no sólo para que no escribiese, sino para que ni estudiase
siquiera. «Una vez (refiere la misma Sor Juana Inés) lo consiguieron
con una Prelada muy santa y muy cándida, que creyó que el estudio
era cosa de Inquisición, y me mandó que no estudiase: yo la obedecí
unos tres meses que duró el poder ella mandar, en cuanto á no tomar
libro; en cuanto á no estudiar absolutamente, como no cae debajo de mi
potestad, no lo pude hacer; porque, aunque no estudiaba en los libros,
estudiaba en todas las cosas que Dios crió, sirviéndome ellas de
letras, y de libro toda esta máquina universal.»
Como nuestra Monja fué poco amiga de vanidades humanas, aun la gloria
legítima entró rara vez como fin ó como parte en la composición de
sus escritos. «En lo poco que se ha impreso mío (escribía al Obispo
de la Puebla de los Ángeles en 1691), no sólo mi nombre, pero ni el
consentimiento para la impresión ha sido dictamen propio, sino la
libertad ajena..... de suerte que solamente unos _Ejercicios devotos_
para los nueve días antes del de la Purísima..... y unos _Ofrecimientos
para el santo Rosario_..... que se ha de rezar el día de los Dolores
de Nuestra Señora, se imprimieron con gusto mío, por la pública
devoción, pero sin mi nombre.» Fué preciso que el Virrey, Conde de
Paredes, y su esposa, Doña María Luisa Gonzaga Manrique de Lara, le
ordenasen la entrega de sus obras, á fin de darlas á la estampa, para
que se resolviese á reunir las que formaron luego el primer volumen
de sus obras. Salieron éstas á luz, en Madrid, 1689, con el gongorino
título, que tanto se prestaba á epigramáticas interpretaciones:
_Inundación Castálida de la única poetisa, Musa décima Soror Juana Inés
de la Cruz_; cambiado después por el más sencillo: _Poemas de la única
poetisa_, etc.
En estos días en que tanto se habla y escribe en defensa de las
mujeres, bueno será recordar que Sor Juana Inés de la Cruz consagró no
escasa parte de sus escritos, en prosa y verso, en pro de esta causa;
de manera que bien podemos colocarla á la cabeza del movimiento en
razón y en justicia. En su estado y en su época era hasta cierto punto
heroica la defensa. Refiriéndose á sus hermosas redondillas _Contra las
injusticias de los hombres al hablar de las mujeres_, que excuso dar al
pie de este trabajo, se ha dicho que nuestra monja fué por extremo dura
con los hombres; pero es no menos cierto que en otras composiciones
juzga á las mujeres con bastante severidad, aun en materias de amor,
como se ve bien claro, entre otras poesías, en el soneto que comienza:
Al que ingrato me deja, busco amante;
Al que amante me sigue, dejo ingrata;
Constante adoro á quien mi amor maltrata;
Maltrato á quien mi amor busca constante.
Entendimiento varonil, ocasiones tuvo en su vida en que midió sus
fuerzas con los hombres más conspicuos de su tiempo. Cuéntase que
el Marqués de Mancera reunió un día en su palacio á los ingenios y
maestros más distinguidos, con el solo fin de someter á examen las
aptitudes y conocimientos de su protegida, y que ésta, que podía tener
entonces 17 años, respondió satisfactoriamente á cuantas preguntas
le hicieron todos, proclamándose su triunfo con indecible asombro de
los examinadores. Baste leer la impugnación que escribió, sin deseo
de que se publicase, en carta á uno de sus favorecedores, relativa al
_Sermón de las finezas de Cristo_, predicado y publicado por el célebre
jesuíta Antonio de Vieira. Cayó en manos del Obispo de la Puebla de
los Ángeles, electo Arzobispo y Virrey de Méjico, D. Manuel Fernández
de Santa Cruz, copia de dicha impugnación, y la encontró tan erudita y
atinada, que la hizo imprimir, con otra carta suya aprobatoria, bajo
el nombre de Sor Philotea de la Cruz. Con este motivo se promovió
interesante y apasionada controversia entre los amigos y adversarios
del famoso predicador. La respuesta de Sor Juana Inés, en carta al
Obispo, es sin duda el mejor de sus escritos en prosa, sobre todo por
la defensa que hace de la conveniencia de que las mujeres estudien y de
la capacidad que tienen para ello.
De la lectura de este trabajo, como de las obras todas de nuestra
escritora, se adquiere clara noción de su inmensa cultura. Acaso
ninguna otra Religiosa ha dedicado al estudio más largas horas, ni
esfuerzo intelectual más sostenido. A 4.000 ascendía el número de
los libros de su biblioteca particular, cuando, dos años antes de su
muerte, consagró por entero su vida á la oración y la penitencia.
En cuanto á sus aptitudes principales, á juzgar por los escritos que
conocemos, tengo por seguro que á la poesía lírica pertenecen sus
mejores composiciones, aunque rara vez éstas rayen á la altura de
las de nuestros mayores líricos, ni en lo religioso ni en lo profano.
Sus loas y sus comedias siguen en un todo la pauta general conocida.
La silva _El Sueño_ es imitación desdichada de las desdichadísimas
_Soledades_, de Góngora. El _Neptuno alegórico_, declaración, en prosa
y verso, de las alegorías del Arco triunfal erigido en la Catedral de
Méjico en la entrada del Virrey Conde de Paredes, pertenece á la clase
de las que Hartzenbusch titulaba _Obras de encargo_, generalmente
malas, como tales. La erudición de nuestra monja tiene en esta obra
los caracteres todos de las pedantescas y culteranas composiciones
de la época. Fué en su tiempo la más celebrada de todas: hoy debe
ser contada entre las más infelices y menos dignas de aplauso. Y lo
mismo cabe decir en justicia de las loas, ya las religiosas, como
las tituladas _La Purísima Concepción y San Hermenegildo_, ya las
profanas, compuestas para los cumpleaños de Reyes, Virreyes y frailes
de campanillas.
Si Sor Juana Inés de la Cruz no nos ha dejado una obra magistral,
encarnación íntegra y acabada de su inteligencia, esparcida en tantos
y tan diversos escritos; si éstos por la mayor parte tuvieron el
nacimiento y la muerte tan cerca, tan unidas como la Rosa de Rioja,
el nombre de la monja mejicana y la memoria de su labor artística y
científica tendrán siempre merecido puesto en la historia literaria de
Méjico y de España, como gloria común de mejicanos y españoles.
[Ilustración]
EL CENTENARIO EN CHILE
La Universidad de Santiago de Chile ha dado á luz un número
extraordinario de sus _Anales_, para conmemorar el cuarto Centenario
del descubrimiento de América.
Contiene este libro poesías, discursos y monografías históricas.
Dos son únicamente las obras poéticas, á saber: un _episodio
histórico-dramático_, en un acto y en verso, intitulado _Amor_ y _Fe_,
que se refiere al descubrimiento, original de nuestro compatriota el
conocido autor dramático Emilio Alvarez, profesor, en la actualidad,
del Conservatorio de Música y Declamación en Santiago; y una _Oda_, en
alabanza de _Colón_, premiada en el certamen universitario, obra del
inspirado poeta chileno Pedro N. Préndez.
Los discursos contenidos en este volumen son los que se pronunciaron
el 12 de Octubre último en la fiesta celebrada en la Universidad, con
asistencia de las corporaciones del Estado, por el Ministro de Justicia
é Instrucción pública D. Máximo del Campo, el Rector de la Universidad
D. J. Joaquín Aguirre, el entonces Decano de la Facultad de Filosofía,
Humanidades y Bellas Artes D. Diego de Barros Arana, y el Ministro de
España en Chile D. José Brunetti y Gayoso, Conde de Brunetti.
Chile, á diferencia de las demás naciones, celebró el Centenario
acordando reunir y enviar á España _cuatrocientos diez y ocho
volúmenes de trabajos nacionales_ para la proyectada formación de una
biblioteca americana en nuestra Nacional, y celebrando una festividad
universitaria; porque allí la Universidad no es sólo un cuerpo docente,
sino el centro mayor y supremo de la vida intelectual del país, y
asimismo porque entendía que el descubrimiento de América debía ser
considerado, ante todo, como triunfo de la ciencia.
Los discursos pronunciados en la Universidad responden dignamente á la
naturaleza del acto, y aun más, si cabe, las disertaciones históricas
que juntamente con aquéllos han visto la luz pública en el libro que
examinamos.
_Once_ son las disertaciones históricas, de las cuales _nueve_
versan exclusivamente sobre cuestiones relativas al descubrimiento
de América. Tratan las otras dos, una acerca de _La estatua de Colón
en Valparaíso_, y más propiamente de todos los monumentos erigidos á
Colón en el Nuevo Mundo, pues de todos ellos se da noticia en este
interesante artículo, obra de D. Domingo Amunátegui Solar; y la otra de
_La primera competencia de la autoridad eclesiástica con la civil en
América_, obra póstuma de mi respetable y querido amigo D. Miguel Luis
Amunátegui, gloria de la Universidad y de los estudios históricos en
Chile.
Si de estos estudios no tuviéramos otras muestras que las disertaciones
coleccionadas en el libro universitario, bastarían ellas para probar
cumplidamente que en la República chilena, y con especialidad en el
Cuerpo docente, tienen hoy valiosos cultivadores, comenzando por el hoy
Rector de la Universidad D. Diego de Barros Arana, autor de la mayor
parte de aquellas monografías, universalmente reputado como uno de los
historiadores americanos más eminentes de nuestros días.
Su _Historia general de la Independencia de Chile_, publicada en
1854 á 1858, es bastante más completa que las obras anteriores de
Amunátegui, Melchor Martínez y José Ballesteros. Perito igualmente
en la historia antigua que en la moderna, su _Historia general de
Chile_, impresa en Santiago en 1884, es un monumento inapreciable de
erudición y de talento, especialmente en lo que respecta á las razas
indígenas. Dudamos mucho que ningún otro Estado de la América del Sud
pueda ofrecer en paragón obras semejantes. En los Estados Unidos, en
Inglaterra y Alemania, como en nuestra misma Península, Barros Arana
merece el más alto aprecio por parte de los verdaderos americanistas.
Quéjanse algunos de que el historiador chileno suele ser severo en
demasía con los conquistadores, pero sin negar por eso sus grandes
merecimientos.
Las cinco monografías que contiene el libro universitario son
suficientes para formar idea de la inteligencia, del saber y de
las prendas literarias de Barros Arana. De estos trabajos, los más
originales y eruditos son los que llevan por títulos: _La primera
biografía y el primer biógrafo de Cristóbal Colón_, y _El libro
más disparatado que existe sobre la historia del descubrimiento de
América_. En la primera traduce y comenta la biografía de Colón, que
se contiene en el _Psalterium hebraeum, graecum-arabicum-caldaeum_,
con interpretaciones y glosas de Pantaleón Giustiniani (1516), al
reproducir el versículo 5.º del salmo XVIII, que dice: _In omnem terram
exhibit sonus eorum: et in fines terrae verba eorum_. (La voz de los
cielos se ha propagado en toda la tierra, y sus palabras hasta los
confines de la tierra), Giustiniani pone un comentario, que es quizá
el más extenso de su libro. Ese comentario es una biografía sumaria de
Colón, en cuyos descubrimientos el comentador ve el cumplimiento de una
profecía consignada en esas palabras del salmo. Barros Arana la traduce
y comenta con gran erudición y maduro juicio.
_El Libro más disparatado que existe sobre la historia del
descubrimiento_, no es otro que el publicado en 1621 con el título
_Nova typis transata. Novi orbis Indiae Occidentalis_, atribuido al
padre Boil, y tiene por objeto demostrar que los Padres benedictinos
fueron los primeros predicadores del Cristianismo en el Nuevo Mundo. El
erudito estudio de este libro, sobre todo en lo relativo al P. Boil ó
Buyl, habría sido más completo si Barros Arana hubiera conocido todo
cuanto se ha escrito y publicado en España, especialmente por el Padre
Fita, tocante al célebre primer Vicario apostólico de las Indias. De
todos modos resulta un trabajo, en las cuestiones principales, digno de
la competencia de su autor.
Malparado queda el Conde Roselly de Lorgues de la crítica de Barros
Arana, no sólo en esta monografía, sino en la que examina _El proyecto
de canonizar á Cristóbal Colón_, contra el cual se pronuncia no menos
resueltamente que Fernández Duro en su _Colón y la Historia póstuma_.
Eruditísimas son las disertaciones: _Noticia bibliográfica de los
poemas á que ha dado origen el descubrimiento del Nuevo Mundo_, la
cual abunda en datos y observaciones muy curiosas, y la que lleva por
título _Los Historiadores oficiales del descubrimiento y conquista de
América_, estudio concienzudo y ordenado, el mejor que conocemos, de
los cronistas de Indias, desde Oviedo hasta Muñoz.
Con las monografías de Barros Arana alternan dignamente las demás
que contiene el volumen publicado por la Universidad chilena, á
saber: _El Carácter de Colón_, por D. Eugenio M. Hostos, Rector del
Liceo Miguel Luis Amunátegui; _Las primeras tierras que vió Colón al
descubrir el Nuevo Mundo_, de D. Francisco Vidal Gormaz, y las dos
restantes, debidas al profesor de Historia y Geografía en el Instituto
Pedagógico, D. Juan Steffen, la primera relativa á _La Polémica sobre
la autenticidad de la biografía más antigua de Colón_, y la segunda,
que tiene por tema _Colón y Toscanelli_.
Coincidiendo, sin saberlo, con las doctrinas sustentadas al mismo
tiempo en Italia por Cesare de Lollis, el Dr. Steffen sostiene que
Colón fué _el primero que ejecutó en la práctica_ la idea de Toscanelli
de una travesía del Océano occidental. Y por lo que toca á _La
Polémica_ sobre las _Historias del Sr. D. Fernando Colombo_, el Dr.
Steffen, de conformidad con algunos eruditos españoles, y en oposición
con las teorías de Harrisse, cree en la autenticidad de un primitivo
y legítimo MS. de D. Fernando Colón, alterado después, con nuevos
elementos, en la edición de Venecia.
Las investigaciones de Vidal Gormaz sobre las primeras tierras que vió
Colón dan por resultado las mismas conclusiones á que habían llegado ya
algunos eruditos peninsulares, desde Muñoz hasta D. Patricio Montojo,
esto es, que la isla Guanahaní es la de San Salvador, hoy Watling,
primera tierra descubierta por el marino genovés á la sombra del
pabellón de Castilla.
Por último, el erudito y apreciable estudio de Hostos relativo al
_Carácter de Colón_, se presta á controversias en las cuales no
podemos entrar, por no alargar demasiado esta ligera noticia. Baste lo
dicho para que se comprenda la importancia del libro publicado por la
Universidad de Santiago de Chile, á no dudarlo de los más doctos que
con ocasión del Centenario han visto la luz pública dentro y fuera de
América.
[Ilustración]
EL CENTENARIO EN COLOMBIA
En pocas Repúblicas americanas como en Colombia había llegado á tomar
tan exageradas proporciones el desafecto para con la madre España; en
pocas también han sido luego tan repetidos y completos los nobles actos
de reparación y de cariño.
La participación activa, eficaz, extraordinaria de Colombia en la
celebración del Centenario prueba cumplidamente que los injustos odios
se vienen trocando en amorosa solicitud y filial afecto, principalmente
por obra del Gobierno que preside el Dr. Núñez, amigo cariñoso y
resuelto de la vieja Metrópoli.
España, Colón, Isabel la Católica y el descubridor y conquistador
Gonzalo Jiménez de Quesada han sido objeto, en pocos meses, de solemnes
homenajes de admiración y señaladas muestras de gratitud y entusiasmo.
Por lo que á España respecta, baste recordar la brillante concurrencia
de Colombia á la Exposición Hispano-Americana, la novedad y riqueza de
sus antigüedades, y muy en especial la espléndida colección regalada á
España, á no dudarlo el presente más valioso que ésta ha recibido hasta
el día de ninguna de sus hijas allende el Atlántico.
Las fiestas de Bogotá, organizadas por las comisiones reunidas del
Cuerpo Legislativo, del Poder Ejecutivo y del Concejo Municipal, no
han consistido solamente en iluminaciones, salvas, dianas y otros
actos religiosos, militares y civiles, de rúbrica en tales casos,
sino también en hechos de mayor alcance y trascendencia, como la
publicación del libro _Apoteosis de Colón_, colección de piezas de
autores colombianos hecha por D. Ignacio Borda, algunas de las cuales,
como el _Ensayo biográfico de Gonzalo Jiménez de Quesada_, por el Dr.
Pedro M. Ibáñez, han venido á enriquecer, con nuevos datos y juicios,
la historia colombiana. En igual caso se encuentran otras nuevas
publicaciones, como el libro _Aborígenes de Colombia_, del distinguido
autor del artículo _Colombia en la Exposición_.
La patria de Miguel Antonio Caro y de Rufino Cuervo, centro de la
erudición y del gusto en la América Meridional, ha estado á la altura
de sus tradiciones, no sólo en el terreno científico, sino en el ameno
campo de las musas, como lo acreditan las poesías de Rafael Pombo,
Alirio Díaz Guerra, José Joaquín Casas, Roberto Mc-Dowall y las Sras.
Dávila de Ponce, Antomarchi de Rojas y la Srta. Elmira Antomarchi. No
pecaba, ciertamente, de exagerado el peruano doctor Aramburu cuando,
en la fiesta literaria celebrada en Lima el 12 de Octubre último,
apellidaba á Colombia: «_cerebro de nuestro Continente_.»
Colón y la Reina Católica han sido glorificados igualmente en las
fiestas colombianas. En la procesión cívica del 12 de Octubre, los tres
últimos carros tenían por asunto á la gran Reina, ya acogiendo á Colón,
ya ofreciéndole sus joyas, bien dictando en su codicilo la célebre
cláusula, nunca lo bastante bendecida, en que recomienda el tratamiento
humanitario de los indios.
Pero el acto más bello de todos ha sido la colocación de las piedras
angulares de un monumento á Colón y de un hospital bautizado con el
título de _Isabel la Católica_, primer edificio americano que ostenta
el nombre de la magnánima soberana de Castilla.
Quesada falleció de más de ochenta años, el 16 de Febrero de 1579.
Murió pobre. Debía más de 60.000 pesos. Fué sepultado en el convento de
Santo Domingo, en Mariquita, situado frente á la casa en que expiró.
En 1597 fueron trasladados sus restos á Bogotá. Al acercarse la
celebración del Centenario, las cenizas de Quesada carecían de sepulcro
digno de su gloria.
El Municipio de Bogotá no quiso dejar de pagar más tiempo tan sagrada
deuda. El 15 de Julio del corriente año fueron colocadas solemnemente
en un mausoleo de mármol blanco sobre base arenisca, erigido en la
plazuela formada por las portadas de los cementerios públicos, en la
acera del Norte.
Las inscripciones del mausoleo son éstas: al Sur, frente principal:
JIMÉNEZ DE QUESADA; al Occidente: AL FUNDADOR DE SANTA FE DE BOGOTÁ;
al Oriente: EL CONSEJO MUNICIPAL DE BOGOTÁ. y al Norte: EXPECTO
RESURRECTIONEM MORTUORUM. Era esta la única inscripción y epitafio
que el mismo Quesada ordenó se colocase en su sepulcro: _Espero la
resurrección de los muertos_. ¡Digna expresión de su cristiana humildad!
Ya sólo resta que el Municipio bogotano, mejor dicho, la ciudad entera,
la República toda, erijan una estatua al fundador del Nuevo Reino de
Granada. ¿No la tiene Bolívar, segundo padre de Colombia? ¿Pues por qué
negar al primero honor no menos merecido?