En San Sebastián, que es villa,

En la provincia soberbia

Guipuzcoana, la más rica,

A quien el mar lisonjea,

Pues que llega á sus murallas

A contribuir las perlas,

Si bien de las olas se hacen,

Y olas después quedan hechas,

Nací, Don Diego; mas ¿cómo

Te podrá decir mi lengua

Que nací mujer? perdone

Mi valor tan grande ofensa.

Nací mujer, en efecto,

De antigua y noble ascendencia;

Es mi nombre Catalina

De Erauso, que mi nobleza

Me dió este noble apellido,

Bien conocido en mi tierra.

En la edad, pues, si se escucha.

Que es cuando la lengua apenas

Dicciones distintas forma,

Juzgaba naturaleza

Violenta en mí, pues desnuda

De la mujeril flaqueza

Me ocupaba, haciendo afrenta

A Palas, cuando vió á Venus

Pasar los muros de Grecia:

La labor que es ejercicio

De la más noble doncella,

La trocaba por la espada:

Las cajas y las trompetas,

Me daban mayores gustos

Que las músicas compuestas.

Pero mis padres, mirando

En mí condición tan fiera,

En un convento, que es freno

De semejantes soberbias,

Me metieron. ¡Ay, Don Diego!

¡Quién explicarte pudiera

La rabia, el furor, la ira,

Que en mi corazón se engendra

En ocasión semejante!

Mas remito estas certezas

A las violentas acciones

Que has visto en mí en esta tierra.

Once años, y once siglos

Pasó allí mi resistencia,

Casi á imitación del fuego

Cuando le oprime la tierra:

Mas viendo que se llegaba

La ocasión en que era fuerza

Hacer justa profesión,

Ayudada de tinieblas

Y femeniles descuídos,

Dejé la clausura honesta,

Quiero decir el convento,

Y penetrando asperezas.

Montes descubriendo y valles,

Troqué el vestido: que alientan

Las desdichas con venturas,

Cuando los males comienzan.

Llegué á la corte, y Don Juan

De Idiáquez, que entonces era

Presidente, conociendo

Mi guipuzcoana nobleza,

Teniéndome por varón,

Por paje me admite, á fuerza

De peticiones que hice

Para obligar su grandeza.

Supo todo esto mi padre,

Vino á Madrid: mas resuelta

Y animosa, á Madrid trueco

Por Pamplona, ciudad bella.

Á Don Carlos de Arellano

Serví en ella; mas la ofensa

De un caballero atrevido,

A quien dí muerte sangrienta,

Me ausento de allá, y partí

A la ciudad á quien besa

El Betis los altos muros,

Sevilla al fin, real palestra

De los que siguen á Marte;

Al fin seguí á Marte en ella.

En la armada me embarqué

Indiana, llegué á la tierra

Que á España la fertiliza

De oro que cría en sus venas,

Hubo con el Araucano

Soberbio sangrienta guerra;

Hálleme en ella, mostré

El valor que en mí se encierra:

Yo sola en la escaramuza

Que vi trabada primera,

Maté..... mas esta alabanza

Díganla voces ajenas,

Que yo no te diré más

De que en la ocasión primera

Me dió Don Diego Sarabia

De sargento la jineta,

Y después, no pasó mucho,

Me honrara con la bandera

Que honró á Gonzalo Rodríguez,

Muerto á las manos soberbias

De bárbaros araucanos:

Puesto que su muerte cuesta

Muchas vidas á los indios,

Y á mí heridas inmensas,

Que si en mi pecho las miras

Te daran clara evidencia.

* * * * *

II.

(DE «LA MONJA ALFÉREZ», DE CARLOS COELLO).

(Romance primitivo del acto I, escena VI.)

Al pie de un erguido monte

Que el mar Cantábrico azota,

San Sebastián, linda perla

Aprisionada en su concha,

Levanta la sien, saliendo

Como Venus de las ondas.

Allí nació ha veinte años,

De su patria ultraje y honra,

Una mujer, un prodigio,

Que admira, asusta y asombra.

Era desde los albores

De su niñez venturosa,

Tan fuerte y ágil de cuerpo,

De espíritu tan indómita,

Que el crédulo vulgo duda

Lo que la fama pregona.

Esperando corregirla,

Hízola su padre monja.....

Bramó la fiera, acosada

Por el dolor y la cólera;

Pidió al ingenio la ira

Su intervención protectora,

Y al fin se huyó del convento

De la noche entre las sombras.

Al despuntar la mañana,

Catalina reflexiona

Que lleva por donde marcha

Su delación en su ropa;

Que el que huye, aunque huellas deje,

Ni las mira, ni las borra.

En un castañar penetra,

Y con un vaquero topa,

Que, después de requebrarla,

Quiere pasar á las obras.

Riñe con él Catalina

Y por el monte lo arroja;

Mira después que está herido,

Y su traje se acomoda,

Con el que, en hábito hombruno,

Hace su entrada en Vitoria.

Luchando con la desgracia,

En vez de achicarse, toma

Mayor altivez, más brío

Aquel corazón de roca:

Y la fugitiva es paje,

Y mercader, y blasona

De espadachín, y da tanto

Que hacer á jueces y á rondas,

Que su casa es casi siempre

La cárcel ó la parroquia:

Ó vive presa en la una,

Ó refugiada en la otra.

* * * * *

Y este romance que digo

No es romance, que es historia

De Catalina de Erauso,

Por todo el mundo famosa.

[Ilustración]

LA «HISTORIA DE LA CONQUISTA DE MÉXICO»

DE DON ANTONIO DE SOLÍS

Más que por las historias generales de Indias y las primitivas de la

Conquista de Méjico, inclusas las propias _Cartas de Relación_ de

Hernán Cortés, el glorioso vencedor de Otumba es famoso en el mundo por

el brillante panegírico de D. Antonio de Solís. Traducido al francés,

inglés y alemán; texto para el aprendizaje de la lengua española

en Francia, las prensas de Madrid y Barcelona, de Amberes, París y

Londres no han cesado de difundir la lectura del único libro español de

historia americana que no ha tenido rival hasta el presente ni en el

primor del entretejer los sucesos ni en la magia del estilo.

Al cabo de más de dos siglos de su publicación, bien pueden hoy

repetirse los elogios que la _Historia de la conquista de México_

mereció, en justicia, á los dos mayores eruditos de aquel tiempo, D.

Nicolás Antonio y D. Gaspar de Mendoza Ibáñez de Segovia, Marqués de

Mondéjar. Éste, sin pecar de exagerado, juzgaba nuestra obra «sin

competencia, ni ofensa de cuantas hasta ahora se han trabajado en

nuestra lengua, _por la que más la engrandece y demuestra la hermosura,

la copia y el ornato de que es capaz_.» Y el insigne D. Nicolás Antonio

escribía lo siguiente: «_El estilo es el propio de la Historia, puro,

elegante, claro._ El genio que lo gobierna, ingenioso, discreto,

robusto. Adórnalo con sentencias no afectadas ni sobrepuestas, sino

sacadas ó nacidas de los mismos sucesos, y con reflexiones sobre ellos

muy propias de su gran talento.»

Maravilla verdaderamente que la segunda mitad del siglo XVII, en que el

culteranismo, el conceptismo, el prosaísmo y tantos _ismos_ semejantes

viciaban la poesía y la elocuencia españolas, nos haya podido legar

monumento tan castizo y tan bello como la prosa de Solís, máxime en

la historiografía de Indias, que en tiempos anteriores, fuera de las

excelentes _Décadas_ de Herrera, apenas si había ensayado con acierto

las formas clásicas de la narración histórica.

No hay que decir que en el terreno científico, en que tanto hemos

progresado, la _Historia_ de Solís, como, en mayor ó menor grado, otras

de su tiempo, resulta hoy necesariamente anticuada. Pero aun sin esta

circunstancia, la _Historia de la Conquista de México_ no es comparable

en modo alguno, en punto á erudición de primera mano ni á crítica

de los hechos, con las obras del Canciller Ayala, Zurita, Morales,

Sandoval ó Flórez.

No fué, pues, Solís un erudito ni un crítico de primer orden, como

éstos; pero fué, seguramente, un admirable escritor de historia, rival

de los mejores que hemos tenido hasta el presente, y su obra y la de

Mariana las únicas historias clásicas que han llegado á nuestro siglo

siempre leídas y admiradas. Decía Hartzenbusch que el autor dramático

perfecto será aquel

Que llegue á juntar al fin

El genio, de Calderón,

Y el arte, de Moratín.

Con aplicación á la historia, podríamos decir igualmente que el

historiador _ideal_ sería aquel que hermanase felizmente las dotes de

Zurita y de Solís.

No sabemos á punto fijo cuándo éste dió comienzo á su obra. Que la

emprendió no mucho después de su nombramiento de Cronista mayor de

Indias, verificado en 1666, lo prueba el hecho de tenerla ya adelantada

en 1675, esto es, ocho años antes de terminarla en 1683. En carta de

Solís al Arcediano de Zaragoza D. Diego José Dormer, que existe inédita

en la Biblioteca Nacional, fechada en Madrid á 20 de Julio de 1675, le

decía lo siguiente: «_Será Ud. de los primeros que vean la Historia de

Nueva España, que traigo en las manos_;» testimonio irrefragable de que

pensaba acabarla bien pronto.

Tenía entonces Solís 65 años. Á los 17 había compuesto su comedia

_Amor y obligación_. Algunas otras, como _La Gitanilla_ y _El amor al

uso_, imitadas por Tomás Corneille, le conquistaron señalado lugar

entre nuestros dramáticos. Colaboró en _El Pastor Fido_ con Calderón

y Coello. En estas comedias, como en sus obras líricas, sagradas y

profanas, revélanse ya á las claras las dotes literarias del futuro

prosista.

Como Calderón, Solís abrazó el estado eclesiástico después de los

cincuenta años. Era ya Sacerdote cuando dió principio á su _Historia de

México_, y así se explica que en las páginas de este libro cedan tan

á menudo la palabra el historiador al clérigo y al anciano, si bien

sobre todos hable siempre el literato, con una sencillez y elegancia

superiores á los años.

Se ha dicho y repetido hasta la saciedad, sin entera justicia, que

por no cansarse nunca Solís de corregir y limar su obra, peca ésta de

artificiosa con frecuencia. Pero es de advertir, ante todo, que si

es cierto que desde que nuestro autor comenzó su obra hasta que la

puso término transcurrieron bastantes años, no se ha de creer por eso

que los empleara en su composición enteramente. Por el contrario, es

indudable que dejó pasar, no pocas veces, el tiempo sin poner mano en

su escrito. En carta á su protector y amigo D. Alonso Carnero, el 19

de Octubre de 1680, confiesa Solís sus _negligencias historiales_,

añadiendo que «los señores del Consejo de Indias se habían querido

desquitar de aquellas negligencias pidiéndole repetidos informes sobre

algunas noticias.» Un año después, en 1681, en vísperas de cumplir

los 70, proseguía su obra sin descanso, á pesar--escribía--de que «la

vejez no se descuida en acortar con sus achaques las distancias de la

mocedad.» En el verano de 1683 estaba ya terminada, como lo acredita la

licencia de impresión, fechada el 16 de Agosto de aquel año.

Que Solís fué incansable en la corrección de su _Historia_, nada lo

prueba tanto como el manuscrito original de aquélla, existente, por

dicha, en nuestra Biblioteca Nacional, que he tenido el placer de

examinar detenidamente. Es un volumen de 581 folios, registrado con la

signatura J. 93. Carece de los preliminares que preceden á la primera

edición, esto es, aprobaciones, censuras, licencias, etc., así como de

los dos Índices de capítulos y de las Cosas notables.

Puedo asegurar resueltamente que es el manuscrito mismo que sirvió para

la misma edición. Pruébanlo decisivamente las hojas rubricadas por

Gabriel de Arestí, secretario del Rey y Escribano de Cámara, y la firma

de éste al final del libro. Ahora bien: en la licencia de impresión se

dice terminantemente que se imprima aquél «por el original que en el

nuestro Consejo se vió, _que va rubricado, y firmado al fin de Gabriel

de Arestí y Larrazábal_, nuestro Secretario y Escribano de Cámara.»

¿Puede caber duda alguna en este punto?

Está el libro escrito de distinta mano que la de Solís, pero son de su

puño y letra las numerosas enmiendas que contiene, unas para corregir

los errores de la copia, y otras, las más, para mejorar el texto con

oportunas alteraciones, testimonio concluyente de que Solís, aun

después de acabar su obra y de estar ésta sacada en limpio para la

impresión, todavía continuaba corrigiéndola. Sólo en el primer capítulo

he registrado numerosas enmiendas. Comienzan éstas en el título mismo

del capítulo. Había escrito Solís primeramente: «Motivos _en cuya

virtud parece es necesario dividir_ en diferentes partes la Historia de

las Indias, para que puedan comprehenderse.» Tachó después las palabras

que he subrayado y las sustituyó con estas otras: «_que obligan á tener

por necesario que se divida_»....., dejando las demás.

Se conoce que las enmiendas fueron hechas antes de presentar el libro

al Consejo, porque aparecen en la primera edición, que fué bastante

esmerada. No así las posteriores, en términos de contener las últimas

tantos y tales errores, mejor dicho, erratas, que reclama con urgencia

nueva y depurada edición, según el precioso manuscrito original que

acabo de dar á conocer á los estudiosos.

En esta tierra de improvisadores, pocos son los que, como Solís,

Moratín, Reinoso, Ayala ó Hartzenbusch, han castigado sus versos y

sus prosas con tanta prolijidad y perseverante esmero. Del Consejo de

Voltaire de escribir con todo el fuego de la inspiración y corregir con

todo el hielo de la crítica, sólo se suele seguir la primera parte. En

cambio nuestros vecinos de allende el Pirineo practican tanto ó más

la segunda que la primera. Acaso por esto en la nación vecina es más

conocido y apreciado que en las demás el libro de Solís.

Con todos los defectos, imaginados ó reales, que se señalan en este

libro, ello es que nuestros modernos escritores de historia tienen

que aprender mucho del historiador de la conquista de Méjico, ya como

elemento educador, ya como ejemplo que seguir, salvas las diferencias

de tiempos, á fin de dotar á nuestra literatura de lo que hoy más

carece, esto es, de verdadero estilo histórico, tan distante de la

pompa y aparato del estilo poético como del pormenorismo y la rudeza de

la erudición deslavazada. Claridad, precisión, elegancia: esas fueron

las cualidades esenciales de Solís, y serán siempre las del estilo

histórico.

[Ilustración]

LOS RESTOS DE PIZARRO

El conquistador del Perú fué asesinado en la mañana del 26 de Junio

de 1541. La crueldad y la saña de los matadores quisieron después

arrastrar el cadáver hasta la plaza, cortarle la cabeza y ponerla en la

picota. Impidiéronlo la compasión y energía del Obispo electo de Quito

D. Garci Díaz, pero no pudieron éstas evitar que el cuerpo del fundador

de Lima fuese, como fué, bárbaramente profanado con «_muchas cosas

de inuminia_ (ignominia) _é vituperio_», por valerme de las mismas

palabras del Cabildo del Cuzco en carta al Emperador Carlos V.

Por la noche, D. Juan de Barragán y su esposa, el Secretario López

y algunos indios, envolvieron piadosamente el cadáver en un paño

blanco (tal vez el manto santiaguista), y lo enterraron en un hoyo,

en la Catedral. «E aún les faltó la tierra para acabar de cobrir su

sepultura», escribía el cronista Fernández de Oviedo.

Al cabo de tres siglos y medio, todavía á principios del año anterior,

la especulación de los sacristanes de la Catedral satisfacía la

curiosidad de los viajeros que preguntaban por los restos de Pizarro,

conduciéndoles á la cripta bajo el altar mayor, señalándoles como la

sepultura del conquistador un nicho longitudinal con puertas de madera

y rejillas de hierro, incrustado en el espesor del muro del lado

izquierdo.

En aquel nicho, y en un cajón de madera ordinaria, pintado de negro,

yacía un cadáver, rígido, completamente desecado y momificado, de color

bruno claro, semejante al de las momias peruanas, enteramente desnudo,

conservando sólo una ligadura, de trapo ordinario, en la parte inferior

de la articulación de la rodilla izquierda.

Notábase asimismo en él, á primera vista, la falta completa de las

manos y casi todos los dedos de los pies, la de la piel y partes

blandas de algunas regiones, como la genital y perineal, y las de

la cara superior é interna de ambos muslos. La masa cerebral había

quedado reducida á polvo de color castaño. En el cráneo existía

incrustado un ojo, del que se llegaba á distinguir el círculo de la

pupila. Por último, se advertían substancias calcáreas en algunas

partes del cuerpo.

¿Era éste en realidad el de Pizarro? ¿Cuándo y cómo había sido

trasladado á la cripta de la Catedral, junto á los sepulcros de los

Arzobispos de Lima? No existe documento alguno que refiera y compruebe

esta traslación. Ni la caja ni el nicho tenían tampoco inscripción

alguna, ni siquiera el nombre del muerto.

Por toda prueba de autenticidad é identidad de los restos se invocaba,

como en otros muchos casos semejantes, la tradición únicamente.

Desde el mes de Junio del año pasado se pueden ofrecer pruebas de

mayor peso que la simple tradición, á saber: el examen antropológico

y antropométrico del cadáver, practicado por los Catedráticos de la

Facultad de Medicina de Lima Dr. D. José Anselmo de los Ríos y D.

Manuel Antonio Muñiz, y el informe evacuado por los Sres. D. Eugenio

Larraburo y Unánue, D. José Antonio Lavalle y D. Ricardo Palma,

correspondientes, en Lima, de nuestra Real Academia de la Historia.

Las deducciones del examen técnico, que tengo á la vista, fueron, á la

letra, las siguientes:

«1.ª Que el cadáver examinado ha sido inhumado en un terreno

artificialmente rico de cal.

«2.ª Que la talla medida directamente en el cadáver es de un metro 673

milímetros.

«Aplicando las diversas tablas de talla existentes (Orfila), se

encuentra que á un número de 31 centímetros corresponde una talla de

un metro 67; á un radio de 24 centímetros, una talla de un metro 67,

etc.; de modo que la talla de un metro 675 milímetros de este cadáver

se halla comprobada por las tablas de reconstitución.

«Esta talla, según la clasificación de Topinard, está comprendida en el

grupo de tallas «_sobre la media_.»

«3.ª Que la edad á que murió ha sido de más de setenta años.

«4.ª Que el cadáver examinado pertenece al sexo masculino, tanto porque

están unánimemente conformes todos los caracteres dependientes del

cráneo, pelvis, fémur, etc., correspondientes á este sexo, cuanto por

su mismo aspecto exterior y la ausencia de mamas.

«5.ª Que parece haber sido de individuo perteneciente á una raza

superior (la blanca).

«6.ª Que á pesar de su completa momificación, presenta señales

precisas de destrucción, debidas probablemente á la putrefacción de

algunas regiones del cuerpo (lado derecho del cuello, parte superior é

izquierda del tórax, antebrazo izquierdo, etc.), siendo muy posible que

correspondan á heridas (una mortal) recibidas en vida; y

«7.ª Que el examen de este cadáver demuestra la existencia de algunas

anormalidades individuales, prognatismo facial inferior, profundidad

de la bóveda palatina, existencia de la fosita occipital mediana de

Lombroso, diámetro extraordinario del empeine de los pies, etc.»

Veamos ahora las pruebas que se desprenden de las deducciones

facultativas, sobre todo de la 6.ª, que es la más importante por

las concordias históricas que se pueden establecer. Pizarro murió á

consecuencia de una terrible cuchillada en la garganta, por cierto

dirigida de costado y traidoramente. Recibió también otras heridas en

el brazo y en el pecho, y un fuerte golpe en la cabeza, que le dio el

soldado Barragán con una jarra de plata, cuando aún respiraba en el

suelo el vencedor de los Incas. Ahora bien: el cadáver examinado por

los médicos presenta vestigios que pueden fundadamente ser atribuídos

á heridas y contusiones como las recibidas por Pizarro.

En efecto; la momificación general del cadáver se interrumpe en todas

las partes correspondientes á las heridas, debido, probablemente

á la putrefacción que inmediatamente sobrevino en dichas partes á

consecuencia de las heridas. Así, por ejemplo, en la garganta han

desaparecido sólo los tendones por efecto de dicha putrefacción,

mostrándose el paso del cuchillo por entre dos vértebras de la espina

dorsal, mientras que la piel cubre casi íntegramente el rostro, uniendo

la cabeza con el tronco.

De la misma manera, la completa desaparición de las regiones genital

y perineal, quedando sólo informes restos de músculos desecados, sólo

se explica, en sentir de los médicos, por algo de extraordinario

ocurrido desde el primer momento de la muerte, tanto por la falta

de momificación de estas regiones, cuanto por no existir señales de

sección ó arrancamientos posteriores á la momificación; observaciones

que concuerdan perfectamente con las históricas, pues ese algo

extraordinario ocurrido desde el primer momento de la muerte, en

aquellas regiones, puede explicarse cumplidamente por las _muchas cosas

de inuminia é vituperio_ con que fué profanado el cuerpo de Pizarro

apenas fallecido.

Por estas y otras concordancias, como la del prognatismo de la barba,

con los retratos conocidos de Pizarro, fué declarada la autenticidad

é identidad de los restos examinados, proclamándose en el dictamen

académico que «Lima podía, pues, sentirse orgullosa de estar en

posesión de tan rico tesoro, y de poder tributarle los honores á que el

Marqués Don Francisco tenía derecho; pues si grandes defectos tuvo el

descubridor del Perú, no se le puede negar su perseverancia ejemplar,

su valor heroico y su verdadero cariño de padre á esta ciudad, que

levantó desde sus cimientos.»

El Municipio de Lima, en 30 de Abril de 1891, considerando de dignidad

nacional dar honrosa sepultura á dichos restos, acordó trasladarlos

á una capilla de la Catedral, solicitando para ello la licencia

correspondiente del Ilmo. Señor Arzobispo y del Cabildo metropolitano.

Uno y otro, aplaudiendo la feliz idea del Ayuntamiento, designaron

desde luego la capilla de los Reyes, fundando esta elección en la

especial circunstancia de estar á ella vinculados grandes recuerdos de

la Iglesia peruana. Allí se recibieron por autorización apostólica las

informaciones de vida y milagros de la Santa Patrona de Lima, de San

Francisco Solano y de los beatos Fr. Juan Macías y Fr. Martín de Porres.

Después del reconocimiento facultativo arriba indicado, fueron

colocados los restos en un ataúd forrado de paño negro, con placas

plateadas, siendo la parte superior de cristal, para que así pudiese

ser visto el cadáver.

Con gran solemnidad, en presencia del Presidente de la República,

Cabildo Catedral, Ayuntamiento, Jefes y oficiales del Ejército,

Corporaciones científicas y literarias, y con asistencia de D. Emilio

de Ojeda, Ministro plenipotenciario de España, fué depositado el ataúd

en una urna de mármol y cristales, en cuya base había sido esculpida la

inscripción siguiente: «_Capitán general D. Francisco Pizarro, fundador

de Lima en 18 de Enero de 1535. Muerto en 26 de Junio de 1541. Fueron

depositados sus restos en esta urna el 26 de Junio de 1891, por acuerdo

del Honorable Concejo provincial de Lima, y por iniciativa del Sr.

Alcalde D. Juan Revoredo._»

En este acto pronunciaron elocuentes discursos el Alcalde, el Deán

de la Catedral, el Ministro de España y el Presidente de la Comisión

organizadora de la ceremonia, Dr. D. Manuel Aurelio Fuentes. «Por la

primera vez,--decía el Sr. Ojeda,--desde hace tres siglos y medio,

agrúpanse peruanos y españoles en derredor de los manes del ilustre

fundador de Lima, confundidos en un mismo profundo sentimiento

de gratitud y admiración.» «Ha querido el Concejo,--decía el Sr.

Fuentes,--en primer lugar, sentar que se debe á todo trance mantener

en un pueblo el constante recuerdo de su origen y de su historia...

_Ni hijo sin padre; ni pueblo sin fundador._» Y más adelante añadía:

«La nación generosa y noble que en otra época mirara á nuestro país

como parte componente de sus vastos dominios, no ha desprendido nunca

de nosotros su mirada, como no la desprende el padre del hijo que al

amparo de la ley se emancipa. Verá por eso gustosa que no renegamos de

nuestro origen, y que, no sólo lo proclamamos, sino que aun decimos que

es honroso para nosotros tributar hoy justo homenaje al que, sin rehuir

sacrificios ni privaciones, puso la primera piedra de la ciudad de Lima

y sentó la base, en los países de América, de la verdadera fe y de la

civilización del Viejo Mundo.

«Tardío acto de justicia, pero prueba evidente de que la actual

Municipalidad de Lima ha tenido en cuenta su deber. Sea el

reconocimiento de este vínculo de sangre y de este vínculo histórico

un nuevo motivo para que la nación española vea la justicia con que sus

antiguos hijos proceden para con la que antaño fué la madre patria.»

España entera, con profunda gratitud y cariño, ha visto, en

efecto,--añadiremos nosotros--la noble y generosa conducta de sus

hijos peruanos. Pizarro debía ser y ha sido el vínculo común de la

fraternidad y la concordia. Como el Cid, ha ganado batallas después de

muerto, pero batallas incruentas, las batallas de la paz y del amor, de

más fecundos y durables efectos que las batallas de la conquista.

APÉNDICES

_Proposición de la Alcaldía para trasladar los restos de Pizarro._

«Considerando: Que es de dignidad nacional dar honrosa sepultura á los

restos del conquistador del Perú, que hoy se encuentran en la bóveda de

la Iglesia Catedral,

«Propone: Que se autorice á la Alcaldía para que solicite del

Ilmo. y Rmo. Sr. Arzobispo y del Cabildo metropolitano la licencia

correspondiente para colocar los restos del Capitán general D.

Francisco Pizarro en una de las capillas de la Iglesia Catedral,

quedando autorizada igualmente la Alcaldía para hacer construir una

urna donde reposen estos restos, hasta que la nación pueda construir un

monumento para tal objeto.

«Lima, Abril 30 de 1891.--_Juan Revoredo._»

II

_Discurso del Alcalde de Lima al entregar la urna que debía guardar los

despojos mortales de Pizarro._

«EXCELENTÍSIMO SEÑOR:

«SEÑOR ILUSTRÍSIMO:

«SEÑORES:

«Conmemoramos en este momento el aniversario del fallecimiento del

ilustre Capitán general D. Francisco Pizarro, acaecido hace hoy

trescientos cincuenta años.

«Nos encontramos en presencia de sus restos, de cuya autenticidad no

podemos dudar desde que la Historia así nos lo demuestra y desde que

las generaciones que se han venido sucediendo nos los han ido haciendo

conocer de padres á hijos hasta llegar á nosotros.

«Don Francisco Pizarro fué el conquistador del Perú, el fundador de

esta capital, el que en sus propios hombros cargó el primer madero que

sirvió para la fabricación del templo en que nos encontramos, y, lo

que es más, fué el que nos legó la Religión que profesamos, dándonos

hasta su última hora pruebas del respeto y de la veneración que tenía

por ella; pues recordaréis que besando la Cruz del Calvario, que

con su propia sangre y puño había formado para elevar sus preces al

Todopoderoso, exhaló su último aliento. Estamos obligados á creer,

señores, que el alma del que así murió tiene que estar gozando de las

delicias del Paraíso.

«Toca á nosotros honrar sus inapreciables restos, que continuarán bajo

la custodia del Muy Ilustre Cabildo metropolitano.»

III

_Contestación de Monseñor Dr. D. Manuel Tovar, Obispo de Marcópolis y

Deán de la Catedral, á nombre del Cabildo eclesiástico._

«SEÑOR ALCALDE:

«El Venerable Capítulo metropolitano recibe, agradecido, del H. Concejo

provincial esta urna cineraria, en la cual se guardarán desde este

momento los restos mortales del Capitán general D. Francisco Pizarro.

España y América · 第 9 / 13 段