Después de Quesada, el historiador más antiguo y más importante es

el autor de las _Elegías de varones ilustres de Indias_, Juan de

Castellanos. Bien como continuación de las _Elegías_ y formando cuerpo

con ellas, que es lo que tengo por más seguro, bien como obra aparte y

especial, como otros creen, ello es que Castellanos escribió en verso

la historia del Nuevo Reino de Granada, desleída más tarde en prosa,

sin decirlo, por Luis Fernández Piedrahita, fuente, á su vez, de los

trabajos históricos posteriores. Castellanos pasó la mayor parte de su

vida en el reino conquistado por Quesada, conoció á éste y á muchos de

sus compañeros, y estaba, por consiguiente, en condiciones de relatar

los sucesos con verdadero conocimiento de causa. Su versificación,

desmayada y ramplona, vecina de la prosa, hace pesada la lectura

de esta historia, por otra parte más fiel y exacta que los poemas

históricos de descubrimientos y conquistas, incluso _La Araucana_ de

Ercilla, su modelo.

No puede decirse otro tanto de la comedia _La Conquista de Bogotá_,

de D. Fernando Orbea. Precisamente esta comedia es todo lo contrario

del poema del buen Clérigo de Alanis. Si éste descuella por su valor

histórico, aquélla sobresale por su desconocimiento de la historia.

De este modo, es el poema de Castellanos crónica rimada, y la comedia

de Orbea pura novela, en su argumento, en sus situaciones, en una

palabra, en todo. Solamente hay de real en ella los nombres de Quesada,

Belalcázar y Lugo, y los de Tundama y Nemequene, aplicados á dos

personajes bogotanos. Hasta en punto á versificación no cabe imaginar

mayor contraste que el que ofrecen el poema y la comedia, prosaico en

superlativo grado el primero, culterana á más no poder la segunda.

Hállase entre los manuscritos de nuestra Biblioteca Nacional

procedentes de la de los Duques de Osuna, adquirida por el Estado. Su

título es el siguiente:

«COMEDIA

NUEVA

_La Conquista de Santa Fee de Bogotá

su autor Don Fernando Orbea. Copiada

fielmente segun su insigne Original._»

Ni de la comedia ni de su autor tenemos otras noticias. Conjeturo que

Orbea era americano ó español residente en América. Me fundo para ello

en las canciones que canta en indio y en español, en el acto III, la

india Florela. En lo que no cabe duda es en que fué compuesta para

Lima, como lo prueban sus últimos versos:

Ilustre Lima, aquí tiene

Fin el concepto expresado:

Vuestra discreción tolere

Los yerros, que han sido tantos.

No dejan de ser, en efecto, muchos los yerros de nuestro autor, desde

el principio al fin de su comedia, sobre todo en lo que respecta á la

verdad histórica, que sale, con leves diferencias, tan bien librada

como en las demás comedias de descubrimientos y conquistas, inclusas

las de Lope y Calderón.

Tundama, general de Osmín, rey de Bogotá, acaba de derrotar, en

descomunal batalla, los ejércitos del rey de Popayán, trayendo entre

los trofeos de su victoria á la infanta Amirena, por quien siente

un amor tan súbito y vehemente como el que ha logrado inspirar á la

intrépida amazona. Llegado á la corte, recíbenlo, con grande fiesta,

el Monarca bogotano y su esposa Palmira. Entonces les sorprende la

venida del Mariscal Quesada con Belalcázar y Lugo, que llegan á Bogotá

por un río tan fantástico como el rey Osmín, la reina Palmira, la

infanta Amirena, el general Tundama, la victoria de éste, las fiestas,

en suma, todo. Bien es verdad que en lo que toca á los españoles, se

permite nuestro autor libertades semejantes, convirtiendo á Belalcázar

y Lugo en compañeros y capitanes de Quesada. Pero donde raya más alto

su inventiva es en la marcha de la acción, que se reduce á una serie de

batallas y de escenas mágicas y milagrosas, en las que ostentan todo

su poder la Religión Cristiana y los dioses bogotanos en simbólicos

combates. Y como si todo esto no fuese bastante para agotar la rica

vena de nuestro autor, Quesada se enamora de Palmira, y ésta de

Quesada, terminando la comedia con la boda en perspectiva del Capitán

español y la Reina bogotana, á quien su futuro acaba de nombrar Duquesa

de Cali y Tunga.

¡Dulce fin! Venus y Marte

Han vencido y han triunfado,

exclama Palmira, satisfecha del venturoso desenlace, y asunto

terminado,

No es cosa de privar á los lectores del conocimiento de algunos otros

incidentes de nuestra comedia. Amirena muere peleando como la más

heroica amazona. Tundama, su amante, que aspiraba á ceñir á sus sienes

la corona de Bogotá, perece en la demanda. El rey Osmín, es, en toda

la obra, trasunto fiel del infortunado Boabdil. Y para serlo en todo,

hasta es reprendido en iguales términos que aquél cuando rompe á llorar

viendo perdido su reino.

Llore, pues, como mujer

Quien valiente no ha sabido

Ser en la campaña rayo

De aleves advenedizos.

Por el contrario, Castellanos nos representa al Rey de Bogotá digno, en

su persona y en sus hechos, del poder que ejercía:

Éste, segun oyeron españoles,

Representaba bien en su persona,

Alta disposición y gallardía

Y gravedad de rostro bien compuesto,

La dignidad y mando que tenía

Sobre los otros reyes desta tierra.

Oviedo nos asegura «que era muy cruel é muy temido y no amado; y el día

que se supo cierto que era muerto, fué general el alegría en toda su

tierra, porque los caciques y señores quitaron de sí una tiranía muy

grande.»

Orbea creyó preferible, sin duda, en vez de consultar los testimonios

históricos, entregarse de lleno al libre vuelo de su fantasía,

comenzando por bautizar al pobre Rey con el nombre turco-moro de Osmín,

tan bogotano como el de Palmira, que da á su esposa.

De la propiedad histórica en todo lo demás, puede juzgarse sólo con

parar mientes en los románticos amores que sirven de base al argumento

de la comedia, recordando que en el territorio descubierto por Quesada

existía la poligamia; que el Rey de Bogotá tenía centenares de mujeres,

y cada uno de su reino cuantas podía mantener, y que, como refiere

Castellanos, cuando un indio gustaba de alguna india

Contrata con los padres ó parientes

Que la tienen debajo de su mano,

Cerca del precio que dará por ella;

Y si la cantidad no les contenta,

El comprador añade por dos veces

La mitad más de lo que dió primero;

Y si de la tercera vez no compra,

Busca mujer que sea más barata;

Mas si les satisface lo que manda,

Dánsela, sin usarse de más ritos

De recibirla, dándoles la paga,

Quedándose con ella quien la vende,

Corre parejas con el romanticismo de los indios la erudición clásica

que nuestro autor les prodiga á manos llenas, y aun más, si cabe, el

manejo de la Historia de España que les atribuye, hasta el punto de que

Amirena, al arengar á los soldados bogotanos, comienza por decirles:

Ea, valientes soldados,

Examinad la campaña;

No quede tronco ni selva

Que no registre la saña,

En pavesas renovando

Los estragos de Numancia.

Á pesar de tantas impropiedades, por otra parte, como el estilo

gongorino, corrientes en nuestro viejo teatro, hay de vez en cuando en

la comedia de Orbea algunos rasgos de cierto mérito, como, por ejemplo,

aquel en que Quesada, después de amonestar al rey Osmín á que se

convierta, le amenaza si no lo hace, diciéndole:

Te quitaré la corona;

Pisarála Carlos Quinto;

Pondré en tus bárbaros templos

Lo estandartes de Cristo.

Pondré la planta en tu cuello,

Después que te haya vencido:

Y al subir á mi caballo

Me servirás por estribo.

En ocasiones semejantes, Orbea suele abandonar el culteranismo y hablar

el lenguaje propio de los afectos del alma. No así en las descripciones

y relatos, en los cuales vierte el caudal de sus tinieblas, como, pongo

por caso, en la relación que hace Tundama de su victoria sobre los

popayanos, que es larga y tenebrosa como noche de invierno.

Para concluir, _La Conquista de Bogotá_ es una de tantas comedias de

descubrimientos y conquistas, en las cuales ni éstas ni aquéllos se nos

muestran con la verdad y poesía que tuvieron. Toda la realidad y la

vida con que aparecen en los monumentos históricos, desaparecen al ser

convertidas en alegorías artificiales, batallas de teatro ó enredos de

damas y galanes, ni más ni menos que en las comedias de capa y espada.

Digámoslo de una vez: los hechos del descubrimiento y conquista del

Nuevo Mundo no caben en el teatro. Caben, sí, en la Historia, que puede

presentarlos en su propia grandeza y con su natural hermosura.

[Ilustración]

EL ALFÉREZ DOÑA CATALINA DE ERAUSO

El Capitán Miguel de Erauso, vecino de San Sebastián, á fines del siglo

XVI y principios del XVII hubo en su mujer María Pérez de Galarraga

tres hijos, militares los tres, otras tantas hijas, todas monjas

profesas, y, además, el sér extraño vulgarmente conocido con el nombre

de _La Monja Alférez_, militar como sus hermanos, monja como sus

hermanas, en el claustro _Soror Catalina de Erauso_, y en los ejércitos

de Chile y el Perú _Alonso Díaz Ramírez de Guzmán_.

La existencia de este fenómeno antropológico consta del modo más

auténtico en documentos y testimonios fehacientes de su época. Hablan

de tan singular mujer: el Dr. Isasti, en su _Compendio histórico de

la Provincia de Guipúzcoa_; el maestro Gil González Dávila, en su

_Historia de la vida del ínclito monarca, amado y santo Don Felipe

III_; Pedro de la Valle, _el Peregrino_, en _Carta á Mario Schipano_,

fechada en Roma el 11 de Julio de 1626, y otros textos de menor

importancia, escritos, como los anteriores, en vida de la célebre Monja.

Á los mismos días pertenece también la comedia de Montalbán _La Monja

Alférez_, compuesta el año en que ésta se hallaba en Roma, que fué el

de 1626.

.......tenga fin aquí

Este caso verdadero.

Donde llega la comedia

Han llegado los sucesos.

_Que hoy está el Alférez Monja

En Roma_, y si casos nuevos

Dieren materia á la pluma,

Segunda parte os prometo.

Aun más importantes son, sin duda, los documentos originales que

existen en el Archivo de Indias, en Sevilla, sobre todo el _Expediente

de méritos y servicios_ del famoso Alférez, encabezado con un pedimento

suyo, verdadera autobiografía, comprobada por las certificaciones de

autoridades militares tan importantes como D. Luis de Céspedes Xeria,

Gobernador y Capitán general del Paraguay, D. Juan Cortés de Monroy,

Gobernador y Capitán general de Veraguas, y D. Juan Recio de León,

Maestre de Campo y Teniente de Gobernador y Capitán general y Justicia

mayor de las provincias de Tipoán y Chunchos. No hay personaje de aquel

tiempo cuyos hechos capitales estén comprobados más plenamente que los

del Alférez Doña Catalina de Erauso.

Á estas fuentes, de autenticidad indiscutible, podemos recurrir,

por fortuna, para conocer la verdad, ya en vida de Catalina,

considerablemente adulterada en narraciones novelescas tenidas por

históricas aun en los mismos días que alcanzamos.

La principal de estas narraciones, considerada como verdadera

autobiografía, y en la cual se funda cuanto dentro y fuera de España se

ha escrito modernamente tocante á nuestra heroína, es la publicada en

París, en 1829, por el ilustre hombre de Estado y de letras D. Joaquín

María Ferrer, con el título: _Historia de la Monja Alférez, Doña

Catalina de Erauso, escrita por ella misma_.

Ya el docto crítico pudo observar en el texto de esta obra,

comparándola algunas veces con preciosos documentos hasta entonces

desconocidos y por él sacados á luz, numerosas equivocaciones en punto

á fechas y nombres; pero, lejos de entrar en sospechas respecto á la

autenticidad del manuscrito, atribuyó los errores observados _á la

impericia del copista_; cuando estos errores, y otros de más bulto

no reparados hasta ahora; la índole misma de la supuesta _Historia_,

que tiene desde la cruz á la fecha todo el corte y sabor de novela

picaresca, más burda quizás que ninguna otra; la carencia de toda

prueba, ni memoria siquiera de que la Monja Alférez hubiera escrito

su vida en ninguna forma, y, sobre todo, la radical diferencia de la

figura verdaderamente histórica, la que los documentos nos ofrecen con

la que aparece en algunos capítulos de la novela, bastan sobradamente

para evidenciar por completo que la pretendida autobiografía es poco

más ó menos tan histórica como la comedia de Montalbán ó la zarzuela de

Coello.

Como en otros casos, la persona histórica es mucho más interesante,

más poética que la personalidad de la leyenda. La imaginación del

novelista ó del poeta, lejos de embellecer, ha afeado la figura de la

heroína que intentaba enaltecer con sus invenciones, al convertirla

en personaje, ya de comedia de capa y espada, ya de novela picaresca.

El Alférez Monja de su pretendida autobiografía no es siquiera un

pícaro de la familia de los Lazarillos y Guzmanes; es un espadachín ó

perdonavidas adocenado, más bien un guapo ó jaque vulgar, sin talento,

sin grandeza, hasta sin gracia, cuyas aventuras, toscamente referidas,

están siempre lejos de despertar interés, y mucho menos simpatía.

Pasajes hay en ese libro, tan repugnantes los unos, tan chabacanos

los otros, que sólo con sólidas pruebas podían ser atribuidos á la

verdadera Monja Alférez, _hija de padres nobles, hidalgos y personas

principales_, como ella misma nos dice, y de quien sus antiguos jefes

aseguraban á una voz _haberle conocido siempre con mucha virtud y

limpieza_.

¿Pues qué diremos de la licencia para vestir siempre hábito de varón,

que en ese libro se supone haber otorgado á nuestra heroína la Santidad

de Urbano VIII? ¿Ni qué del título de _ciudadano romano_ concedido por

el Senado de Roma? Es cierto que en cambio encontramos en él hechos

ciertos y probados. Todo lo cual nos lleva, naturalmente, á creer

que el autor de la novela tuvo en cuenta algún relato de la vida

del Alférez Monja, en que las invenciones y las verdades andaban ya

mezcladas y confundidas.

La confusión comienza precisamente en lo relativo á la fecha del

nacimiento de Catalina. El retrato de Pacheco, hecho en 1630, dice

que tenía ésta entonces cincuenta y dos años, por cuya cuenta se la

supone nacida en 1578. La novela comienza así: «Nací yo Doña Catalina

de Erauso en la villa de San Sebastián de Guipúzcoa, en el año 1585.»

Ahora bien: en los libros parroquiales de San Vicente consta que

recibió el bautismo el 10 de Febrero de 1592.

Su infancia nos es desconocida por completo. Todo cuanto se ha dicho

sobre la violencia de su condición, que obligó á sus padres á recluirla

desde muy niña en un convento, en el cual, al decir de un escritor

francés, «_on eût dit d’un faucon élevé par mégarde dans un nid de

tourterelles_», pertenece al dominio de la fábula. Entró en el convento

de monjas Dominicas de San Sebastián el Antiguo, como entraron también

en él tres hermanas suyas, como entraban entonces tantas doncellas

principales, esto es, por vocación religiosa ó conveniencia de las

familias. Las condiciones personales de sus hermanas les permitieron

profesar; las suyas le llevaron á abandonar el convento antes que

abrazar una profesión contraria á sus inclinaciones y deseos.

La noticia más antigua que de su vida ha llegado á nosotros se refiere

al año de 1605, décimotercero de su edad y primero de su estancia en

el convento, en el cual estuvo en calidad de novicia hasta Marzo de

1607. Desde esta fecha dejan de mencionarla los libros conventuales. Á

este mismo año pertenecen en cambio las primeras noticias de su vida

militar. «Certifico y hago fe á S. M. que conozco á Catalina de Erauso

de _más de diez y ocho años á esta parte_ que ha que entró por soldado

en hábito de hombre», escribía, en 1625 D. Luis de Céspedes Xeria,

antes citado. Catalina decía en 1626, en su pedimento, que «en tiempo

de _diez y nueve años á esta parte_, los quince los ha empleado en las

guerras del reino de Chile é Indios del Pirú.» Ahora bien: añadiendo

á estos quince años los cuatro siguientes hasta 1626, en los cuales,

descubierto su sexo, dejó de servir en la milicia, resultan los diez

y nueve á que hace referencia, y el de 1607, principio de su vida

militar. Á mayor abundamiento, el Capitán de infantería española D.

Francisco Pérez de Navarrete asegura en su certificación “que cuando

llegué al reino de Chile, que fué _el año de seiscientos y ocho_, le

hallé (al Alférez Monja) sirviendo en el Estado de Arauco.”

Maravilla en verdad que una joven de diez y seis años, casi una niña,

tuviese en tan tierna edad resolución y fortaleza bastante para

abandonar su país, su familia, el convento en que vivía, atravesar el

Atlántico y, lo que es más sorprendente todavía, que la novicia de San

Sebastián el Antiguo se nos muestre de repente convertida en soldado,

combatiendo entre aquellos héroes

Que á la cerviz de Arauco no domada

Pusieron duro yugo por la espada.

Sus condiciones militares fueron tantas y tales, que el Capitán

Guillén de Casanova, castellano del castillo de Arauco, “la entresacó

de la compañía, por valiente y buen soldado, para salir á campear al

enemigo.” Por sus hechos mereció igualmente “tener bandera de S. M.,

sirviendo, como sirvió, de Alférez de la compañía de infantería del

Capitán Gonzalo Rodríguez.” Y en todo el tiempo que sirvió en Chile

y el Perú “se señaló con mucho esfuerzo y valor, recibiendo heridas,

particularmente en la batalla de Purén.”

No conocemos caso semejante en nuestra historia. Nuestras heroínas

antiguas y modernas fuéronlo, por decirlo así, _de ocasión_, en

momentos determinados, en alguna empresa memorable. Pero abrazar la

carrera de las armas, ser militares de profesión, rivalizar con los

mejores soldados en valor, disciplina, fortaleza, heroísmo, y por

espacio de tantos años como la Monja Alférez, ninguna.

Solamente la doncella de Orleans es comparable con la doncella

donostiarra. Naturalezas, no diré idénticas, pero sí parecidas,

parecidos fueron también los impulsos que las arrojaron al combate.

Cuenta la leyenda de Catalina que ésta abandonó el convento por una

reyerta que tuvo con otra monja. ¡Pequeña causa para explicar tan

grandes efectos! Es Catalina quien nos refiere los verdaderos móviles

de su pasada á las Indias: “la particular inclinación que tuvo de

ejercitar las armas en defensa de la fe católica y el servicio del

Rey”, es decir, de la patria.

La fe y la patria, he aquí los grandes sentimientos que despertaron

las energías varoniles de aquella mujer extraordinaria, los que la

infundieron el entusiasmo, el vigor, la constancia con que se arrojó á

defenderlos al otro lado de los mares, en las tierras americanas. La

sublime visionaria de la Lorena y la esforzada doncella vascongada son

hermanas, mayor, si se quiere, la primera, y menor la segunda, pero

hermanas, seguramente. La leyenda, que ha contribuído tanto á sublimar

la figura de Juana de Arco, ha empequeñecido, por el contrario, la de

la heroína del Arauco. La glorificación del martirio corona la grandeza

de la doncella de Orleans: en este punto, como en otros, Juana de Arco

no tiene igual, ni en la historia de Francia ni en la de ningún otro

pueblo.

Lo que más es de admirar en el Alférez-Monja es que pudiera conservar,

como rigurosamente conservó, el secreto de su sexo, de tal modo, que

en los quince años que sirvió en Chile no fuera conocida sino por

hombre, hecho el más comprobado de todos en su expediente. Y no es que

debamos atribuirlo exclusivamente al poder de su voluntad, como algunos

pretenden, sino también á la singularidad de sus condiciones físicas,

manifiestamente varoniles, como lo prueban su retrato y la descripción

de su persona, que nos han dejado algunos de los que la conocieron y

trataron.

Su resolución y entereza en la ocultación de su sexo rayaron, á no

dudarlo, en lo increíble. Basta saber «que con estar en compañía del

Alférez Miguel de Erauso, su hermano legítimo, en el reino de Chile,

nunca se descubrió á él, aunque ella le conocía por tal hermano, y esto

hizo por no ser descubierta, negando la afición de la sangre.»

De su aspecto varonil cabe formar cabal idea por la relación de Pedro

de la Valle, que la conoció y trató en Roma en 1626, cuando la antigua

novicia fué en aquel año á echarse á los pies del Papa, confesando su

vida é implorando el perdón de sus faltas. «Es--escribía--de estatura

grande y abultada para mujer, bien que por ella no parezca no ser

hombre. No tiene pechos: que desde muy muchacha me dijo haber hecho no

sé qué remedio para secarlos y quedar llanos, como le quedaron: el cual

fué un emplasto que le dió un italiano, que cuando se lo puso le causó

gran dolor; pero después, sin hacerle otro mal, surtió el efecto.»

«De rostro no es fea, pero no hermosa, y se le reconoce estar algún

tanto maltratada, pero no de mucha edad. Los cabellos son negros y

cortos como de hombre, con un poco de melena como hoy se usa. En

efecto, parece más eunuco que mujer. Viste de hombre á la española:

trae la espada bien ceñida, y así la vida: la cabeza un poco agobiada,

más de soldado valiente que de cortesano y de vida amorosa. Sólo en las

manos se le puede conocer que es mujer, porque las tiene abultadas y

carnosas, y robustas y fuertes, bien que las mueve algo como mujer.»

¿Cómo y cuándo se descubrió que fuese tal mujer? Lo positivamente

cierto que se sabe en este punto, es que se descubrió ella misma, en

1622 ó 23, al Obispo de Guamanga, por unas heridas de muerte que tuvo.

Los pormenores de este hecho han quedado desconocidos. La leyenda se

ha apoderado de él más que de ningún otro. Baste decir que la supuesta

_Historia_, la comedia de Montalbán y la zarzuela de Coello, nos dan

otras tantas versiones, todas ellas igualmente fantásticas. La más

poética, sin duda, es la de Coello, quien, con su admirable instinto

dramático, atribuye al amor el secreto de la mudanza operada en

Catalina.

¿Qué es lo que cambia mi sér?

Ya lo empiezo á vislumbrar:

La desgracia me hizo amar.....

Y el amor me hace mujer.

«Venida á España, en hábito de varón, solicitó y obtuvo, en premio

de «sus servicios y largas peregrinaciones y hechos valerosos», un

entretenimiento de setenta pesos, de á veintidós quilates, al mes, en

la ciudad de Cartagena de Indias, y una ayuda de costa para el viaje.»

Diríase que ya no sabía vivir lejos de la tierra americana, teatro de

sus hazañas, tumba de sus cenizas.

Omito algunos otros pormenores de su vida, por considerarlos

de secundaria importancia para el conocimiento de esta heroína

excepcional, única en su siglo y en los anales de España, cuya

verdadera historia concluyó el día en que se vió forzada á cerrar el

ciclo de sus aventuras con la revelación de su sexo.

APÉNDICES

I

(DE LA «MONJA-ALFÉREZ», DE MONTALBÁN.

Jornada II, escena VII.)

España y América · 第 8 / 13 段