glorias, nada más justo que consagrar un recuerdo á la memoria del
viejo humanista de los tiempos de Colón y los Reyes Católicos, que,
aparte de la relación que pueda tener su nombre con la empresa
descubridora, en los días mismos en que el genio de Colón y el arrojo
de los españoles buscaban nuevas tierras para Castilla, fundaba el
estudio científico del patrio idioma, que había de ser en lo futuro el
vínculo más estrecho y más firme de la indestructible fraternidad de
americanos y españoles.
[Ilustración]
LA AURORA EN COPACAVANA
COMEDIA DE DON PEDRO CALDERÓN
Derrocado el secular Imperio de los Incas, ondeando triunfante el
estandarte de Castilla desde Túmbez hasta el Cuzco, creían los
vencedores asegurada su dominación en las auríferas tierras peruanas,
cuando un acontecimiento inesperado vino á poner en grave aprieto el
naciente poderío español: el alzamiento, en 1536, de los indios, los
cuales, en formidable número, sitiaron el Cuzco, guarnecido solamente
por 180 españoles de á pie y de á caballo.
Tres veces incendiaron la ciudad los sitiadores, arrojando piedras
hechas ascuas y flechas encendidas sobre los techos de paja de los
edificios, y otras tantas veces, sin ningún esfuerzo por parte de los
sitiados, se apagó el fuego. Refiérenlo así los antiguos cronistas como
los modernos historiadores, desde Cieza de León hasta W. Prescott.
Atribuyóse por todos á favor divino, con especialidad á la protección
de la Virgen María, á quien, no sólo nuestra gente, sino los indios,
declaraban haber visto con sus propios ojos, ornada de celestiales
resplandores, sobre el paraje mismo en que había de alzarse después el
templo consagrado á su culto.
Este poético episodio es el alma de la comedia de Calderón _La Aurora
en Copacavana_. Y no digo el argumento, porque éste, como vamos á
ver, es más amplio y complicado, si bien dicho episodio constituye en
realidad el núcleo de la acción, en tales términos, que ha podido dar
nombre á toda la comedia.
Subdivídese ésta en tantas otras piezas como actos, con asunto especial
y propio: el primer acto se refiere en exclusivo á la primera llegada
de Pizarro y los suyos á Túmbez; el segundo, al sitio del Cuzco y
aparición de la Virgen; y el tercero, á la milagrosa imagen de Nuestra
Señora de Copacavana. Los dos últimos actos tienen alguna relación y
enlace; no así el primero con los demás, puesto que la Virgen no tiene
en él arte ni parte, como en los otros.
Lígalos todos el poeta en una fábula interesante, invención de su
ingenio: la historia de dos amantes, el indio Jupangui y la india
Guacolda, que sirve de argumento secundario, pero general, á toda la
comedia, desde el principio hasta el fin.
Guacolda, virgen consagrada al culto del Sol, ama á Jupangui, personaje
principal de la corte del Inca Guaxcar, y es correspondida de Jupangui.
Ámala también el poderoso Monarca, pero en secreto, hasta el día en que
tocó en suerte á Guacolda ser sacrificada al Sol. Entonces el Inca no
puede ocultar por más tiempo su ardoroso cariño, y lo confía, para que
la salve, á Jupangui, bien ajeno de sospechar en él un rival
Combatido tan á un tiempo
De celos, lealtad y amor.
Guacolda, fugándose, resuelve el conflicto por el pronto. Búscala y
hállala Jupangui, resuelto á morir con ella, cuando los sorprende el
irritado Inca.
Son delicadas y poéticas las escenas en que Calderón nos presenta á los
amantes pugnando á porfía cada uno por salvar al otro, atribuyéndose
por entero toda la culpa. Mándalos Guaxcar matar; pero es impotente
para conseguirlo, porque Guacolda se abraza á una cruz y Jupangui á
un plátano, atributo de María, y no pueden arrancarlos de ellos los
verdugos. Después de este prodigio, Guacolda y Jupangui se convierten,
y son luego los mayores devotos de la Virgen, á cuyo culto se dedican
toda la vida. Es Jupangui quien por sus toscas manos comienza á labrar
la imagen de la Virgen de Copacavana, concluída después por ministerio
de los ángeles.
El santuario de Copacavana es desde entonces en el Alto Perú, hoy
Bolivia, lo que el de la Virgen de Guadalupe en Méjico. Hasta en sus
orígenes guardan señalada relación las tradiciones de ambas Vírgenes.
Ya el doctísimo Muñoz, en su _Memoria sobre las apariciones y el culto
de Nuestra Señora de Guadalupe de México_, puso de manifiesto que la
primera de estas apariciones se refiere á un indio; á un indio también,
en la tradición peruana, se aparece la Virgen, sirviéndole de modelo
para su imagen de Copacavana.
Desamparadas por sus antiguos dioses en los días de la derrota, las
razas vencidas buscaban y encontraban igualmente en la Virgen María
el puerto de su refugio y amparo, y en el culto de sus imágenes la
satisfacción religiosa de sus corazones. Acaso, y sin acaso, nada
haya influído tanto en la civilización de los indios, en su barbarie
avezados á los sacrificios humanos, como el tierno y delicado culto de
la Virgen María.
El de Nuestra Señora de Copacavana no sólo se difundió en el Perú,
sino también por España. Sólo en Madrid recuerdo dos iglesias donde le
erigió altares la piedad de nuestros mayores: la Parroquia de San Ginés
y el derruído templo de San Antonio del Prado. En Madrid también salió
á luz su historia, obra de Andrés de San Nicolás, en 1665, quince años
antes de la muerte del madrileño cantor de la peruana imagen. Ya antes,
en Lima, había sido escrita y publicada en prosa (1621) por Alfonso
Ramos Gavilán, y en verso (1641) por Fray Fernando de Valverde. Diríase
que su devoción y culto se propagaron tan rápidamente como en nuestros
días los de Nuestra Señora de Lourdes. De todos modos, la comedia de
Calderón será siempre fraternal vínculo y monumento de la fe americana
y española.
Con relación á la conquista del Perú, y desde el punto de vista
histórico, Calderon se ajusta unas veces á las tradiciones y crónicas,
y en otras se aparta de ellas, rindiéndose en absoluto á la fuerza
creadora de su ingenio. La llegada de los españoles á Túmbez, asunto
del acto primero; el desembarco de Pedro de Candía; la cruz que deja
plantada por señales,
Pues nadie habrá que la vea
Que no diga: «Aquí llegaron
Españoles; que esta es muestra
Del celo que los anima
Y la fe que los alienta»,
se encuentra en el primer caso, y en el segundo las fieras, que se
postran ante ella sumisas, y las flechas disparadas por los indios, que
caen, sin tocarla, á su pie.
El sitio del Cuzco y aparición de la Virgen, del segundo acto, es el
que contiene errores de mayor bulto, tales como los de atribuir dicho
sitio á la segunda llegada de los españoles, el de poner al frente
de los sitiados á Francisco Pizarro, y el de presentarnos al famoso
conquistador escribiendo de su puño y letra á Carlos V y Felipe II la
relación de sus victorias anteriores. Añádanse á éstos los de suponer
reinando entonces á Guaxcar ó Huascar, tiempo antes muerto de orden de
su hermano Atabaliba ó Atahualpa, y otros errores por el estilo. Y por
lo que respecta al acto tercero, con decir que sigue generalmente á los
historiadores de la imagen peruana, dicho está todo.
Ni la naturaleza, ni los indios, tales y como eran en los días de la
conquista, ni las grandiosas escenas de audacia, valor, heroísmo y
aun ferocidad verdadera de que dieron entonces señaladas pruebas los
conquistadores, tienen en nuestra comedia el puesto natural y propio.
Tejido de milagros, de alegorías convencionales y de escenas de amor,
inverosímiles en los indios, trabajo costaría creer, si algunos rasgos
felices no lo revelaran, que el autor de esta comedia es el mismo de
_La Devoción de la Cruz_, y menos todavía del _Alcalde de Zalamea_.
Lo más extraño de todo es que poeta del vigor de Calderón no haya visto
ni sentido la vigorosa figura de Francisco Pizarro, ejemplar y dechado
como pocos de las excelencias y defectos del pueblo español en aquellos
tiempos. Bien es verdad que ningún otro de los grandes conquistadores
ha tenido tampoco la fortuna de inspirar con sus hazañas escenas de
primer orden á nuestros autores dramáticos. Ténganlo en cuenta los que,
sin pararse á comprobarlo, repiten uno y otro día que la historia de
España en ambos mundos ha tenido su mejor órgano de expresión poética
en nuestro viejo teatro.
DESCRIPCIÓN DE COPACAVANA
Es Copacavana un pueblo
Que casi igualmente dista,
En la provincia que llaman
Chucuitos, las propias millas
De la ciudad de la Paz
Y Potosí. Sus campiñas
Son fértiles, sus ganados
Muchos, y sus alquerías
De frutas, pescas y cazas
Abundantes siempre y ricas:
Cuya opulencia, en su lengua,
Á la nuestra traducida,
_Copacavana_ lo mismo
Que _piedra preciosa_ explica.
Pero aunque pudiera ser
Por esto grande su estima,
Lo hizo mayor que en sus montes
Yace aquella peña altiva
Que adoratorio del Sol
Fué un tiempo, por ser su cima
Donde diabólico impulso
Hizo creer que el Sol podía
Dar á su hijo para que
Los mande, gobierne y rija.
Á esta causa, entre la peña
Y la procelosa orilla
De gran laguna, que hace
El medio contorno isla,
Se construyó templo al sol,
En cuyas aras impías
_Faubro_ al ídolo llamaron
Superior, que significa
Mes Santo, y mientras el cielo
No nos revele el enigma,
Ocioso es que discurramos
Ahora en su etimología.
En él, por los reservados
Juicios de Dios, las insidias
Del antiguo áspid, y en otros
Oráculos, respondían
Inspirando abominables
Ritos, cuya hidropesía
De sangre, mal apagada
Con la de las brutas vidas,
Pasó á beber la de humanas
Virgenes sacerdotisas.
En fin, siendo como era
* * * * *
Copacavana la hidra
De tantas cabezas cuantas
El padre de la mentira
En cada garganta mueve,
En cada anhélito inspira,
Fué la primera en quien Dios
Logró la feliz semilla
De su fe, siendo primeros
Obreros de su doctrina
De Domingo y de Agustino
Las dos sagradas familias.
Roma de América hay
Quien piadoso la publica;
Pues bien, como Roma, siendo
Donde más vana tenía
La gentilidad su trono,
Fué donde puso su silla
Triunfante la Iglesia; así
Donde más la idolatría
Reinaba, puso la fe
Su española monarquía.
Mostrando cuán docta siempre
La eterna sabiduría,
Donde ocurre el mayor daño,
El mayor remedio aplica.
* * * * *
(_La Aurora en Copacavana_, acto III.)
[Ilustración]
PEDRO DE VALDIVIA
Fué Diego de Almagro, al decir de Fernández de Oviedo, «uno de los
escogidos é más acabados Capitanes que á Indias han passado, y aun que
han militado fuera della.» La posteridad ha confirmado plenamente el
juicio del viejo cronista de las Indias; pero para la generalidad de
las gentes, el esforzado compañero y rival de Pizarro no es todavía lo
conocido que merece. Basta decir que en ninguna de las publicaciones
promovidas por la celebración del Centenario, el Adelantado del Cuzco
ha sido recordado en el modo y forma que en justicia reclaman sus
insignes merecimientos.
Solamente el descubrimiento de Chile coloca su nombre entre los más
atrevidos y heroicos descubridores de los tiempos antiguos y modernos.
El paso de los Andes, si indiscutibles testimonios históricos no
lo probaran como lo prueban cumplidamente, parecería increíble. La
travesía por el corazón de las nevadas sierras, que no han podido
cruzar aún las vias férreas, para mayor grandeza, verificada en
invierno, publica la fortaleza invencible de aquel capitán ilustre, á
quien ni la magnitud de la empresa, ni el peso de la ancianidad, ni
los sufrimientos pasados en la conquista del Perú, ni las riquezas
y honores ya adquiridos, pudieron detener un solo instante en la
ejecución de su colosal empeño.
¿Cómo, una vez coronado á tanta costa por el triunfo, después de
arribar á Chile y de llegar hasta el Maule, dio la vuelta al Perú,
sin dejar siquiera fundación alguna que asegurase y conservase lo
descubierto y conquistado? Pregunta es esta, á la que no ha logrado aún
responder satisfactoriamente la historia.
Tres españoles, Hoz, Camargo y Valdivia, acariciaron al mismo tiempo la
idea de proseguir la abandonada empresa. Mas
Á solo el de Valdivia esta victoria
Con justa y gran razón le fué otorgada,
Y es bien que se celebre su memoria,
Pues pudo adelantar tanto su espada:
Éste alcanzó en Arauco aquella gloria
Que de nadie hasta allí fuera alcanzada;
La altiva gente al grave yugo trujo
Y en opresión la libertad redujo.
Así cantaba, con verdad y justicia, el insigne autor de _La Araucana_;
pero se aparta igualmente de una y otra cuando, más adelante, nos dice
que Valdivia
Con una espada y capa solamente,
Ayudado de industria que tenía,
Hizo con brevedad de buena gente
Una lucida y gruesa compañía.
Valdivia, al emprender la conquista de Chile, no era un simple y vulgar
aventurero de capa y espada, como nos cuenta Ercilla, sino Maestre de
Campo en el Perú, reputado por sus hazañas en las guerras de Italia,
en el descubrimiento y conquista de Venezuela y en la batalla de las
Salinas. Á su bien ganada fama y á su alto grado en la milicia, el
esforzado extremeño añadía una posición desahogada, pues poseía el
valle de la Canela, en las Charcas, que después de su partida fué
suficiente para ser distribuído entre tres conquistadores; y una mina
de plata que, en un decenio, produjo más de 200.000 castellanos. Consta
del modo más auténtico, por confesión del mismo Valdivia en carta al
Emperador Carlos V, fechada el 15 de Octubre de 1550. Si no hubiese
estado acomodado, no habría podido emprender, como emprendió por su
cuenta, la conquista de Chile. De Pizarro sólo recibió el nombramiento
de Teniente de Gobernador y Capitán general de la Nueva Toledo y Chile,
con facultades de explorar la tierra de allende los Andes, á su costa,
como pudiera, sin proporcionarle ninguna especie de auxilio.
Uno de sus compañeros de armas, el capitán Alonso de Góngora Marmolejo,
nos ha dejado el siguiente retrato de Valdivia: «Era hombre de buena
estatura, de rostro alegre, la cabeza grande conforme al cuerpo,
que se había hecho gordo, espaldudo, ancho de pecho, hombre de buen
entendimiento, aunque de palabras no bien limadas, liberal, y hacía
mercedes graciosamente. Después que fué señor rescibía gran contento
en dar lo que tenía; era generoso en todas sus cosas, amigo de andar
bien vestido y lustroso, y de los hombres que lo andaban, y de comer
y beber bien: afable y humano con todos; mas tenía dos cosas con que
obscurecía todas estas virtudes: que aborrecía á los hombres nobles,
y de ordinario estaba amancebado con una mujer española, á lo cual fué
dado.»
No son estas las faltas que censura en Valdivia el autor de _La
Araucana_, sino que fuese
Remiso en graves culpas y piadoso,
Y en los casos livianos riguroso.
Trece años duró el descubrimiento, conquista y gobierno de Chile
por Valdivia; trece años de trabajos en tierras, no auríferas, sino
yermas, y en lucha, no con indios como los del Perú, sino con uno de
los pueblos más fieros y valerosos del Nuevo Mundo: los indómitos
araucanos. «No eran éstos ciertamente--escribe el ilustre historiador
chileno Amunátegui--los cumplidos caballeros armados de lanzas y
macanas que ha pintado Don Alonso de Ercilla en octavas bien rimadas
y peinadas, sino bárbaros sin más religión que algunas supersticiones
groseras, ni más organización social que la que resultaba de la
obediencia á los jefes que sobresalían por el valor ó la astucia;
obediencia que, sobre todo en tiempo de paz, era sumamente floja.»
¿Qué testimonio mayor de la barbarie de estas gentes que lo que
hicieron con Valdivia cuando cayó en sus manos prisionero, en la
desgraciada rota de Tucapel? Según Ercilla, el conquistador de Chile
fué muerto de un golpe de maza. El Padre Alonso de Ovalle dice que le
echaron oro derretido en la boca. Pero lo más cierto en este punto
es la relación de Góngora Marmolejo, confirmada por la carta del
Cabildo de Santiago á la Real Audiencia de Lima, el 26 de Febrero de
1554, según la cual el desgraciado Valdivia, después de prisionero,
vivió hasta tres días, herido y maltrado horriblemente, y, después
de muerto, los feroces araucanos _cortaron el cadáver en pedazos y
se lo comieron_. Ercilla, que con tan patéticos colores nos pinta la
muerte del bárbaro Caupolicán, no tuvo para el heroico español sino
vulgares frases, desnudas de poesía. No sabemos si para la honra de
España han sido más fatales los versos de Ercilla ó las páginas del
Padre Las Casas, abogados igualmente de los Indios é injustos con los
conquistadores.
Codicia, fué ocasión de tanta guerra,
Y perdición total de aquesta tierra.
Decía el autor de la _La Araucana_, La codicia, y solamente la
codicia, han repetido después, en su odio á nuestra patria, los
detractores de sus glorias.
Por dicha nuestra, es la gloriosa figura del conquistador de Chile
una de las que, de manera más cumplida, patentizan ante el mundo la
grandeza civilizadora del descubrimiento y conquista del Nuevo Mundo.
No fué sólo la codicia el móvil de obra tan grande, ni la guerra el
único medio que emplearon nuestros padres. Valdivia, maestre de campo;
Valdivia, acomodado, no fué á Chile por pura codicia; fué por dar
rienda suelta á su espíritu aventurero, religioso y patriótico; fué
por encontrar un campo en que poder dar vuelo á la fuerza de acción
que sentía en sí mismo. Por eso en Valdivia vale, tanto ó más que el
soldado, el civilizador y colonizador, el fundador de la sociedad
chilena. Díganlo, si no, las ciudades que dejó fundadas, que son hoy
las más florecientes de la República chilena. Santiago, La Serena, La
Concepción, La Imperial, Valdivia, Valparaíso, todas fueron erigidas
por Valdivia. En ninguna otra conquista entró por menos la sed de oro
ni el afán de riquezas que en la conquista de Chile. Precisamente
las minas de este país casi no han sido conocidas y explotadas hasta
nuestro tiempo. La población de Chile fué desde el principio de
gente trabajadora y modesta, pero fuerte y valerosa. Á esto quiza
deba principalmente la hoy poderosa República el fundamento sólido y
venturoso de su prosperidad y de su gloria.
Y, dicho sea en su honra, de todas las nuevas naciones americanas de
origen español, Chile es la que más noblemente ha conservado y honrado
las memorias de sus padres. En el cerro de Santa Lucía, en Santiago,
coronando la ciudad, se alza hace años la estatua de Valdivia, ejemplo
que no ha tenido hasta ahora los imitadores que debiera en otros
Estados. Aún no tienen estatuas en Méjico Hernán Cortés, en Lima
Pizarro, en Bogotá Quesada, en Buenos Aires Garay, y así otros grandes
conquistadores de pueblos y fundadores de ciudades. Lejos de mi ánimo
acusar de ingratas, sino de perezosas, á las naciones que se encuentran
en este caso. Estoy seguro de que no ha de tardar mucho tiempo en que
todas honrarán á sus conquistadores como Chile á Valdivia.
Importa añadir que, no sólo la estatua, sino la _casa y capilla de
Valdivia_, en Santiago, publican la gratitud de los chilenos al
desventurado y glorioso conquistador. Es más: la fiesta que anualmente
consagran á su memoria, no fué interrumpida ni en los días de la guerra
entre Chile y España. De este modo el pueblo chileno revela bien á las
claras los caracteres que distinguen á su organización social, fundada
igualmente en la tradición y el progreso, y la fuerza y esplendor de su
cultura, de la que puede envanecerse justamente y con Chile la patria
de Almagro y de Valdivia.
[Ilustración]
GONZALO JIMÉNEZ DE QUESADA
EN LA POESÍA Y EN LA HISTORIA
El 6 de Abril de 1536, D. Pedro Fernández de Lugo, Gobernador de Santa
Marta, envió á su Teniente y Justicia mayor, el Licenciado Gonzalo
Jiménez de Quesada, con 800 hombres, 100 caballos y 5 bergantines, Río
Grande de la Magdalena arriba, «á inquirir particularmente lo que por
este río la tierra adentro se pudiese calar y entender.»
El resultado de esta expedición fué el descubrimiento y conquista del
territorio que Jiménez de Quesada, como granadino que era, bautizó con
el nombre de _Nuevo Reino de Granada_, y que hoy constituye la mejor
parte de la actual República de Colombia.
Entre los héroes españoles en el Nuevo Mundo, el conquistador de
Nueva Granada y autor de la maravillosa expedición á Eldorado, por sus
condiciones personales como por sus gigantescas hazañas, se cuenta sin
duda entre los más grandes, acaso, después del conquistador de Méjico,
y seguramente al lado de Cortés, Pizarro, Valdivia, Almagro y Orellana.
Letrado, poeta, historiador, inteligencia aguda y brillante, añadía á
estas prendas las que más enaltecieron á los mayores conquistadores: la
constancia, la prudencia, la generosidad; en suma, las cualidades del
General y del político á un tiempo.
Fué el descubrimiento del Nuevo Reino de Granada una de las empresas
más admirables de aquella época, tan fecunda en hechos asombrosos.
Buscando el nacimiento del Río Grande de la Magdalena, por las aguas
y por las orillas subieron nuestros expedicionarios _ciento seis
leguas_ hasta llegar á Tora. En el transcurso de _trece meses_, de
los 800 hombres quedaron vivos poco más de 150. El hambre les llevó,
en ocasiones, á comer raíces de árboles, y aun las mismas adargas que
llevaban para su defensa. Al salir de Tora, aquel puñado de héroes,
rendidos, enfermos, caminaban apoyándose muchos en palos y ramas. El
Capitán, no pudiéndose tener á pie ni á caballo, era llevado á hombros
por su gente. Escena verdaderamente grandiosa, que deben tener presente
los que sólo ven en los conquistadores la codicia del oro, olvidando
sus padecimientos incomparables. Así atravesaron las montañas del Opón,
y entraron en las altas tierras de Bogotá.
En estas condiciones acometieron la conquista de un territorio que
podía tener sesenta leguas de N. á S., y sobre poco más ó menos otras
tantas de E. á O. Obra de la prudencia y el ingenio, aunados al valor
y á la firmeza, la conquista y pacificación de la tierra no fueron
acompañadas de ferocidades y matanzas, como otras empresas semejantes.
Y no es de olvidar que en algunas partes tenían que habérselas con
indios como los Panches, «_gente bestial y de mucha salvajía_.» El
hallazgo de las esmeraldas no suscitó tampoco sangrientas luchas
entre los españoles. Las nuevas poblaciones nacieron sin violencia ni
despojos, singularmente Bogotá, que aún conserva, como pocas ciudades
de América, el sello impreso por su fundador en los primeros orígenes.
Cuando Sebastián de Belalcázar, viniendo de Quito, llegó á Nueva
Granada, encontró á Quesada y á los suyos «_en mucha neçesidad, por
que ya les avía faltado casi todas las armas y herraje y vestidos y
cosas de España_.» Estas palabras de Belalcázar se contienen en carta
escrita el 20 de Marzo de 1540, que saldrá íntegra á luz, muy en breve,
en el tomo CIV de la _Colección de documentos inéditos para la Historia
de España_. Precioso testimonio que prueba el penosísimo estado en que
aquellos héroes se encontraban después del vencimiento.
Por fortuna, los sucesos principales de tan gran empresa quedaron
registrados en documentos del más autorizado origen y procedencia.
El primero de todos es la relación escrita por el conquistador, cuyo
original se ha perdido, pero que manejó y copió en gran parte el
cronista Fernández de Oviedo. «Muchas veces--escribe--tuve plática en
Madrid con el licenciado Ximenez, y en Valladolid, en la corte del
príncipe Don Felipe, nuestro señor, y nos comunicamos; y á la verdad
es hombre honrado y de gentil entendimiento y bien hábil. Y como yo
sabía quél avía conquistado el nuevo reyno de Granada y descubierto la
mina de las esmeraldas, y avía visto la relaçion que los offiçiales
avían enviado a Su Magestad Cessárea... quise informarme dél de algunas
cosas _viva voce_, y él no solamente de palabra, pero por escripto, me
mostró un gran cuaderno de sus subçesos, y lo tuve muchos días en mi
poder, y hallé en él muchas cosas de las que tengo aquí dichas en los
capítulos preçedentes, y de otras que aquí se pondrán.»