Hoy que los españoles de ambos mundos conmemoramos unidos comunes

glorias, nada más justo que consagrar un recuerdo á la memoria del

viejo humanista de los tiempos de Colón y los Reyes Católicos, que,

aparte de la relación que pueda tener su nombre con la empresa

descubridora, en los días mismos en que el genio de Colón y el arrojo

de los españoles buscaban nuevas tierras para Castilla, fundaba el

estudio científico del patrio idioma, que había de ser en lo futuro el

vínculo más estrecho y más firme de la indestructible fraternidad de

americanos y españoles.

[Ilustración]

LA AURORA EN COPACAVANA

COMEDIA DE DON PEDRO CALDERÓN

Derrocado el secular Imperio de los Incas, ondeando triunfante el

estandarte de Castilla desde Túmbez hasta el Cuzco, creían los

vencedores asegurada su dominación en las auríferas tierras peruanas,

cuando un acontecimiento inesperado vino á poner en grave aprieto el

naciente poderío español: el alzamiento, en 1536, de los indios, los

cuales, en formidable número, sitiaron el Cuzco, guarnecido solamente

por 180 españoles de á pie y de á caballo.

Tres veces incendiaron la ciudad los sitiadores, arrojando piedras

hechas ascuas y flechas encendidas sobre los techos de paja de los

edificios, y otras tantas veces, sin ningún esfuerzo por parte de los

sitiados, se apagó el fuego. Refiérenlo así los antiguos cronistas como

los modernos historiadores, desde Cieza de León hasta W. Prescott.

Atribuyóse por todos á favor divino, con especialidad á la protección

de la Virgen María, á quien, no sólo nuestra gente, sino los indios,

declaraban haber visto con sus propios ojos, ornada de celestiales

resplandores, sobre el paraje mismo en que había de alzarse después el

templo consagrado á su culto.

Este poético episodio es el alma de la comedia de Calderón _La Aurora

en Copacavana_. Y no digo el argumento, porque éste, como vamos á

ver, es más amplio y complicado, si bien dicho episodio constituye en

realidad el núcleo de la acción, en tales términos, que ha podido dar

nombre á toda la comedia.

Subdivídese ésta en tantas otras piezas como actos, con asunto especial

y propio: el primer acto se refiere en exclusivo á la primera llegada

de Pizarro y los suyos á Túmbez; el segundo, al sitio del Cuzco y

aparición de la Virgen; y el tercero, á la milagrosa imagen de Nuestra

Señora de Copacavana. Los dos últimos actos tienen alguna relación y

enlace; no así el primero con los demás, puesto que la Virgen no tiene

en él arte ni parte, como en los otros.

Lígalos todos el poeta en una fábula interesante, invención de su

ingenio: la historia de dos amantes, el indio Jupangui y la india

Guacolda, que sirve de argumento secundario, pero general, á toda la

comedia, desde el principio hasta el fin.

Guacolda, virgen consagrada al culto del Sol, ama á Jupangui, personaje

principal de la corte del Inca Guaxcar, y es correspondida de Jupangui.

Ámala también el poderoso Monarca, pero en secreto, hasta el día en que

tocó en suerte á Guacolda ser sacrificada al Sol. Entonces el Inca no

puede ocultar por más tiempo su ardoroso cariño, y lo confía, para que

la salve, á Jupangui, bien ajeno de sospechar en él un rival

Combatido tan á un tiempo

De celos, lealtad y amor.

Guacolda, fugándose, resuelve el conflicto por el pronto. Búscala y

hállala Jupangui, resuelto á morir con ella, cuando los sorprende el

irritado Inca.

Son delicadas y poéticas las escenas en que Calderón nos presenta á los

amantes pugnando á porfía cada uno por salvar al otro, atribuyéndose

por entero toda la culpa. Mándalos Guaxcar matar; pero es impotente

para conseguirlo, porque Guacolda se abraza á una cruz y Jupangui á

un plátano, atributo de María, y no pueden arrancarlos de ellos los

verdugos. Después de este prodigio, Guacolda y Jupangui se convierten,

y son luego los mayores devotos de la Virgen, á cuyo culto se dedican

toda la vida. Es Jupangui quien por sus toscas manos comienza á labrar

la imagen de la Virgen de Copacavana, concluída después por ministerio

de los ángeles.

El santuario de Copacavana es desde entonces en el Alto Perú, hoy

Bolivia, lo que el de la Virgen de Guadalupe en Méjico. Hasta en sus

orígenes guardan señalada relación las tradiciones de ambas Vírgenes.

Ya el doctísimo Muñoz, en su _Memoria sobre las apariciones y el culto

de Nuestra Señora de Guadalupe de México_, puso de manifiesto que la

primera de estas apariciones se refiere á un indio; á un indio también,

en la tradición peruana, se aparece la Virgen, sirviéndole de modelo

para su imagen de Copacavana.

Desamparadas por sus antiguos dioses en los días de la derrota, las

razas vencidas buscaban y encontraban igualmente en la Virgen María

el puerto de su refugio y amparo, y en el culto de sus imágenes la

satisfacción religiosa de sus corazones. Acaso, y sin acaso, nada

haya influído tanto en la civilización de los indios, en su barbarie

avezados á los sacrificios humanos, como el tierno y delicado culto de

la Virgen María.

El de Nuestra Señora de Copacavana no sólo se difundió en el Perú,

sino también por España. Sólo en Madrid recuerdo dos iglesias donde le

erigió altares la piedad de nuestros mayores: la Parroquia de San Ginés

y el derruído templo de San Antonio del Prado. En Madrid también salió

á luz su historia, obra de Andrés de San Nicolás, en 1665, quince años

antes de la muerte del madrileño cantor de la peruana imagen. Ya antes,

en Lima, había sido escrita y publicada en prosa (1621) por Alfonso

Ramos Gavilán, y en verso (1641) por Fray Fernando de Valverde. Diríase

que su devoción y culto se propagaron tan rápidamente como en nuestros

días los de Nuestra Señora de Lourdes. De todos modos, la comedia de

Calderón será siempre fraternal vínculo y monumento de la fe americana

y española.

Con relación á la conquista del Perú, y desde el punto de vista

histórico, Calderon se ajusta unas veces á las tradiciones y crónicas,

y en otras se aparta de ellas, rindiéndose en absoluto á la fuerza

creadora de su ingenio. La llegada de los españoles á Túmbez, asunto

del acto primero; el desembarco de Pedro de Candía; la cruz que deja

plantada por señales,

Pues nadie habrá que la vea

Que no diga: «Aquí llegaron

Españoles; que esta es muestra

Del celo que los anima

Y la fe que los alienta»,

se encuentra en el primer caso, y en el segundo las fieras, que se

postran ante ella sumisas, y las flechas disparadas por los indios, que

caen, sin tocarla, á su pie.

El sitio del Cuzco y aparición de la Virgen, del segundo acto, es el

que contiene errores de mayor bulto, tales como los de atribuir dicho

sitio á la segunda llegada de los españoles, el de poner al frente

de los sitiados á Francisco Pizarro, y el de presentarnos al famoso

conquistador escribiendo de su puño y letra á Carlos V y Felipe II la

relación de sus victorias anteriores. Añádanse á éstos los de suponer

reinando entonces á Guaxcar ó Huascar, tiempo antes muerto de orden de

su hermano Atabaliba ó Atahualpa, y otros errores por el estilo. Y por

lo que respecta al acto tercero, con decir que sigue generalmente á los

historiadores de la imagen peruana, dicho está todo.

Ni la naturaleza, ni los indios, tales y como eran en los días de la

conquista, ni las grandiosas escenas de audacia, valor, heroísmo y

aun ferocidad verdadera de que dieron entonces señaladas pruebas los

conquistadores, tienen en nuestra comedia el puesto natural y propio.

Tejido de milagros, de alegorías convencionales y de escenas de amor,

inverosímiles en los indios, trabajo costaría creer, si algunos rasgos

felices no lo revelaran, que el autor de esta comedia es el mismo de

_La Devoción de la Cruz_, y menos todavía del _Alcalde de Zalamea_.

Lo más extraño de todo es que poeta del vigor de Calderón no haya visto

ni sentido la vigorosa figura de Francisco Pizarro, ejemplar y dechado

como pocos de las excelencias y defectos del pueblo español en aquellos

tiempos. Bien es verdad que ningún otro de los grandes conquistadores

ha tenido tampoco la fortuna de inspirar con sus hazañas escenas de

primer orden á nuestros autores dramáticos. Ténganlo en cuenta los que,

sin pararse á comprobarlo, repiten uno y otro día que la historia de

España en ambos mundos ha tenido su mejor órgano de expresión poética

en nuestro viejo teatro.

DESCRIPCIÓN DE COPACAVANA

Es Copacavana un pueblo

Que casi igualmente dista,

En la provincia que llaman

Chucuitos, las propias millas

De la ciudad de la Paz

Y Potosí. Sus campiñas

Son fértiles, sus ganados

Muchos, y sus alquerías

De frutas, pescas y cazas

Abundantes siempre y ricas:

Cuya opulencia, en su lengua,

Á la nuestra traducida,

_Copacavana_ lo mismo

Que _piedra preciosa_ explica.

Pero aunque pudiera ser

Por esto grande su estima,

Lo hizo mayor que en sus montes

Yace aquella peña altiva

Que adoratorio del Sol

Fué un tiempo, por ser su cima

Donde diabólico impulso

Hizo creer que el Sol podía

Dar á su hijo para que

Los mande, gobierne y rija.

Á esta causa, entre la peña

Y la procelosa orilla

De gran laguna, que hace

El medio contorno isla,

Se construyó templo al sol,

En cuyas aras impías

_Faubro_ al ídolo llamaron

Superior, que significa

Mes Santo, y mientras el cielo

No nos revele el enigma,

Ocioso es que discurramos

Ahora en su etimología.

En él, por los reservados

Juicios de Dios, las insidias

Del antiguo áspid, y en otros

Oráculos, respondían

Inspirando abominables

Ritos, cuya hidropesía

De sangre, mal apagada

Con la de las brutas vidas,

Pasó á beber la de humanas

Virgenes sacerdotisas.

En fin, siendo como era

* * * * *

Copacavana la hidra

De tantas cabezas cuantas

El padre de la mentira

En cada garganta mueve,

En cada anhélito inspira,

Fué la primera en quien Dios

Logró la feliz semilla

De su fe, siendo primeros

Obreros de su doctrina

De Domingo y de Agustino

Las dos sagradas familias.

Roma de América hay

Quien piadoso la publica;

Pues bien, como Roma, siendo

Donde más vana tenía

La gentilidad su trono,

Fué donde puso su silla

Triunfante la Iglesia; así

Donde más la idolatría

Reinaba, puso la fe

Su española monarquía.

Mostrando cuán docta siempre

La eterna sabiduría,

Donde ocurre el mayor daño,

El mayor remedio aplica.

* * * * *

(_La Aurora en Copacavana_, acto III.)

[Ilustración]

PEDRO DE VALDIVIA

Fué Diego de Almagro, al decir de Fernández de Oviedo, «uno de los

escogidos é más acabados Capitanes que á Indias han passado, y aun que

han militado fuera della.» La posteridad ha confirmado plenamente el

juicio del viejo cronista de las Indias; pero para la generalidad de

las gentes, el esforzado compañero y rival de Pizarro no es todavía lo

conocido que merece. Basta decir que en ninguna de las publicaciones

promovidas por la celebración del Centenario, el Adelantado del Cuzco

ha sido recordado en el modo y forma que en justicia reclaman sus

insignes merecimientos.

Solamente el descubrimiento de Chile coloca su nombre entre los más

atrevidos y heroicos descubridores de los tiempos antiguos y modernos.

El paso de los Andes, si indiscutibles testimonios históricos no

lo probaran como lo prueban cumplidamente, parecería increíble. La

travesía por el corazón de las nevadas sierras, que no han podido

cruzar aún las vias férreas, para mayor grandeza, verificada en

invierno, publica la fortaleza invencible de aquel capitán ilustre, á

quien ni la magnitud de la empresa, ni el peso de la ancianidad, ni

los sufrimientos pasados en la conquista del Perú, ni las riquezas

y honores ya adquiridos, pudieron detener un solo instante en la

ejecución de su colosal empeño.

¿Cómo, una vez coronado á tanta costa por el triunfo, después de

arribar á Chile y de llegar hasta el Maule, dio la vuelta al Perú,

sin dejar siquiera fundación alguna que asegurase y conservase lo

descubierto y conquistado? Pregunta es esta, á la que no ha logrado aún

responder satisfactoriamente la historia.

Tres españoles, Hoz, Camargo y Valdivia, acariciaron al mismo tiempo la

idea de proseguir la abandonada empresa. Mas

Á solo el de Valdivia esta victoria

Con justa y gran razón le fué otorgada,

Y es bien que se celebre su memoria,

Pues pudo adelantar tanto su espada:

Éste alcanzó en Arauco aquella gloria

Que de nadie hasta allí fuera alcanzada;

La altiva gente al grave yugo trujo

Y en opresión la libertad redujo.

Así cantaba, con verdad y justicia, el insigne autor de _La Araucana_;

pero se aparta igualmente de una y otra cuando, más adelante, nos dice

que Valdivia

Con una espada y capa solamente,

Ayudado de industria que tenía,

Hizo con brevedad de buena gente

Una lucida y gruesa compañía.

Valdivia, al emprender la conquista de Chile, no era un simple y vulgar

aventurero de capa y espada, como nos cuenta Ercilla, sino Maestre de

Campo en el Perú, reputado por sus hazañas en las guerras de Italia,

en el descubrimiento y conquista de Venezuela y en la batalla de las

Salinas. Á su bien ganada fama y á su alto grado en la milicia, el

esforzado extremeño añadía una posición desahogada, pues poseía el

valle de la Canela, en las Charcas, que después de su partida fué

suficiente para ser distribuído entre tres conquistadores; y una mina

de plata que, en un decenio, produjo más de 200.000 castellanos. Consta

del modo más auténtico, por confesión del mismo Valdivia en carta al

Emperador Carlos V, fechada el 15 de Octubre de 1550. Si no hubiese

estado acomodado, no habría podido emprender, como emprendió por su

cuenta, la conquista de Chile. De Pizarro sólo recibió el nombramiento

de Teniente de Gobernador y Capitán general de la Nueva Toledo y Chile,

con facultades de explorar la tierra de allende los Andes, á su costa,

como pudiera, sin proporcionarle ninguna especie de auxilio.

Uno de sus compañeros de armas, el capitán Alonso de Góngora Marmolejo,

nos ha dejado el siguiente retrato de Valdivia: «Era hombre de buena

estatura, de rostro alegre, la cabeza grande conforme al cuerpo,

que se había hecho gordo, espaldudo, ancho de pecho, hombre de buen

entendimiento, aunque de palabras no bien limadas, liberal, y hacía

mercedes graciosamente. Después que fué señor rescibía gran contento

en dar lo que tenía; era generoso en todas sus cosas, amigo de andar

bien vestido y lustroso, y de los hombres que lo andaban, y de comer

y beber bien: afable y humano con todos; mas tenía dos cosas con que

obscurecía todas estas virtudes: que aborrecía á los hombres nobles,

y de ordinario estaba amancebado con una mujer española, á lo cual fué

dado.»

No son estas las faltas que censura en Valdivia el autor de _La

Araucana_, sino que fuese

Remiso en graves culpas y piadoso,

Y en los casos livianos riguroso.

Trece años duró el descubrimiento, conquista y gobierno de Chile

por Valdivia; trece años de trabajos en tierras, no auríferas, sino

yermas, y en lucha, no con indios como los del Perú, sino con uno de

los pueblos más fieros y valerosos del Nuevo Mundo: los indómitos

araucanos. «No eran éstos ciertamente--escribe el ilustre historiador

chileno Amunátegui--los cumplidos caballeros armados de lanzas y

macanas que ha pintado Don Alonso de Ercilla en octavas bien rimadas

y peinadas, sino bárbaros sin más religión que algunas supersticiones

groseras, ni más organización social que la que resultaba de la

obediencia á los jefes que sobresalían por el valor ó la astucia;

obediencia que, sobre todo en tiempo de paz, era sumamente floja.»

¿Qué testimonio mayor de la barbarie de estas gentes que lo que

hicieron con Valdivia cuando cayó en sus manos prisionero, en la

desgraciada rota de Tucapel? Según Ercilla, el conquistador de Chile

fué muerto de un golpe de maza. El Padre Alonso de Ovalle dice que le

echaron oro derretido en la boca. Pero lo más cierto en este punto

es la relación de Góngora Marmolejo, confirmada por la carta del

Cabildo de Santiago á la Real Audiencia de Lima, el 26 de Febrero de

1554, según la cual el desgraciado Valdivia, después de prisionero,

vivió hasta tres días, herido y maltrado horriblemente, y, después

de muerto, los feroces araucanos _cortaron el cadáver en pedazos y

se lo comieron_. Ercilla, que con tan patéticos colores nos pinta la

muerte del bárbaro Caupolicán, no tuvo para el heroico español sino

vulgares frases, desnudas de poesía. No sabemos si para la honra de

España han sido más fatales los versos de Ercilla ó las páginas del

Padre Las Casas, abogados igualmente de los Indios é injustos con los

conquistadores.

Codicia, fué ocasión de tanta guerra,

Y perdición total de aquesta tierra.

Decía el autor de la _La Araucana_, La codicia, y solamente la

codicia, han repetido después, en su odio á nuestra patria, los

detractores de sus glorias.

Por dicha nuestra, es la gloriosa figura del conquistador de Chile

una de las que, de manera más cumplida, patentizan ante el mundo la

grandeza civilizadora del descubrimiento y conquista del Nuevo Mundo.

No fué sólo la codicia el móvil de obra tan grande, ni la guerra el

único medio que emplearon nuestros padres. Valdivia, maestre de campo;

Valdivia, acomodado, no fué á Chile por pura codicia; fué por dar

rienda suelta á su espíritu aventurero, religioso y patriótico; fué

por encontrar un campo en que poder dar vuelo á la fuerza de acción

que sentía en sí mismo. Por eso en Valdivia vale, tanto ó más que el

soldado, el civilizador y colonizador, el fundador de la sociedad

chilena. Díganlo, si no, las ciudades que dejó fundadas, que son hoy

las más florecientes de la República chilena. Santiago, La Serena, La

Concepción, La Imperial, Valdivia, Valparaíso, todas fueron erigidas

por Valdivia. En ninguna otra conquista entró por menos la sed de oro

ni el afán de riquezas que en la conquista de Chile. Precisamente

las minas de este país casi no han sido conocidas y explotadas hasta

nuestro tiempo. La población de Chile fué desde el principio de

gente trabajadora y modesta, pero fuerte y valerosa. Á esto quiza

deba principalmente la hoy poderosa República el fundamento sólido y

venturoso de su prosperidad y de su gloria.

Y, dicho sea en su honra, de todas las nuevas naciones americanas de

origen español, Chile es la que más noblemente ha conservado y honrado

las memorias de sus padres. En el cerro de Santa Lucía, en Santiago,

coronando la ciudad, se alza hace años la estatua de Valdivia, ejemplo

que no ha tenido hasta ahora los imitadores que debiera en otros

Estados. Aún no tienen estatuas en Méjico Hernán Cortés, en Lima

Pizarro, en Bogotá Quesada, en Buenos Aires Garay, y así otros grandes

conquistadores de pueblos y fundadores de ciudades. Lejos de mi ánimo

acusar de ingratas, sino de perezosas, á las naciones que se encuentran

en este caso. Estoy seguro de que no ha de tardar mucho tiempo en que

todas honrarán á sus conquistadores como Chile á Valdivia.

Importa añadir que, no sólo la estatua, sino la _casa y capilla de

Valdivia_, en Santiago, publican la gratitud de los chilenos al

desventurado y glorioso conquistador. Es más: la fiesta que anualmente

consagran á su memoria, no fué interrumpida ni en los días de la guerra

entre Chile y España. De este modo el pueblo chileno revela bien á las

claras los caracteres que distinguen á su organización social, fundada

igualmente en la tradición y el progreso, y la fuerza y esplendor de su

cultura, de la que puede envanecerse justamente y con Chile la patria

de Almagro y de Valdivia.

[Ilustración]

GONZALO JIMÉNEZ DE QUESADA

EN LA POESÍA Y EN LA HISTORIA

El 6 de Abril de 1536, D. Pedro Fernández de Lugo, Gobernador de Santa

Marta, envió á su Teniente y Justicia mayor, el Licenciado Gonzalo

Jiménez de Quesada, con 800 hombres, 100 caballos y 5 bergantines, Río

Grande de la Magdalena arriba, «á inquirir particularmente lo que por

este río la tierra adentro se pudiese calar y entender.»

El resultado de esta expedición fué el descubrimiento y conquista del

territorio que Jiménez de Quesada, como granadino que era, bautizó con

el nombre de _Nuevo Reino de Granada_, y que hoy constituye la mejor

parte de la actual República de Colombia.

Entre los héroes españoles en el Nuevo Mundo, el conquistador de

Nueva Granada y autor de la maravillosa expedición á Eldorado, por sus

condiciones personales como por sus gigantescas hazañas, se cuenta sin

duda entre los más grandes, acaso, después del conquistador de Méjico,

y seguramente al lado de Cortés, Pizarro, Valdivia, Almagro y Orellana.

Letrado, poeta, historiador, inteligencia aguda y brillante, añadía á

estas prendas las que más enaltecieron á los mayores conquistadores: la

constancia, la prudencia, la generosidad; en suma, las cualidades del

General y del político á un tiempo.

Fué el descubrimiento del Nuevo Reino de Granada una de las empresas

más admirables de aquella época, tan fecunda en hechos asombrosos.

Buscando el nacimiento del Río Grande de la Magdalena, por las aguas

y por las orillas subieron nuestros expedicionarios _ciento seis

leguas_ hasta llegar á Tora. En el transcurso de _trece meses_, de

los 800 hombres quedaron vivos poco más de 150. El hambre les llevó,

en ocasiones, á comer raíces de árboles, y aun las mismas adargas que

llevaban para su defensa. Al salir de Tora, aquel puñado de héroes,

rendidos, enfermos, caminaban apoyándose muchos en palos y ramas. El

Capitán, no pudiéndose tener á pie ni á caballo, era llevado á hombros

por su gente. Escena verdaderamente grandiosa, que deben tener presente

los que sólo ven en los conquistadores la codicia del oro, olvidando

sus padecimientos incomparables. Así atravesaron las montañas del Opón,

y entraron en las altas tierras de Bogotá.

En estas condiciones acometieron la conquista de un territorio que

podía tener sesenta leguas de N. á S., y sobre poco más ó menos otras

tantas de E. á O. Obra de la prudencia y el ingenio, aunados al valor

y á la firmeza, la conquista y pacificación de la tierra no fueron

acompañadas de ferocidades y matanzas, como otras empresas semejantes.

Y no es de olvidar que en algunas partes tenían que habérselas con

indios como los Panches, «_gente bestial y de mucha salvajía_.» El

hallazgo de las esmeraldas no suscitó tampoco sangrientas luchas

entre los españoles. Las nuevas poblaciones nacieron sin violencia ni

despojos, singularmente Bogotá, que aún conserva, como pocas ciudades

de América, el sello impreso por su fundador en los primeros orígenes.

Cuando Sebastián de Belalcázar, viniendo de Quito, llegó á Nueva

Granada, encontró á Quesada y á los suyos «_en mucha neçesidad, por

que ya les avía faltado casi todas las armas y herraje y vestidos y

cosas de España_.» Estas palabras de Belalcázar se contienen en carta

escrita el 20 de Marzo de 1540, que saldrá íntegra á luz, muy en breve,

en el tomo CIV de la _Colección de documentos inéditos para la Historia

de España_. Precioso testimonio que prueba el penosísimo estado en que

aquellos héroes se encontraban después del vencimiento.

Por fortuna, los sucesos principales de tan gran empresa quedaron

registrados en documentos del más autorizado origen y procedencia.

El primero de todos es la relación escrita por el conquistador, cuyo

original se ha perdido, pero que manejó y copió en gran parte el

cronista Fernández de Oviedo. «Muchas veces--escribe--tuve plática en

Madrid con el licenciado Ximenez, y en Valladolid, en la corte del

príncipe Don Felipe, nuestro señor, y nos comunicamos; y á la verdad

es hombre honrado y de gentil entendimiento y bien hábil. Y como yo

sabía quél avía conquistado el nuevo reyno de Granada y descubierto la

mina de las esmeraldas, y avía visto la relaçion que los offiçiales

avían enviado a Su Magestad Cessárea... quise informarme dél de algunas

cosas _viva voce_, y él no solamente de palabra, pero por escripto, me

mostró un gran cuaderno de sus subçesos, y lo tuve muchos días en mi

poder, y hallé en él muchas cosas de las que tengo aquí dichas en los

capítulos preçedentes, y de otras que aquí se pondrán.»

España y América · 第 7 / 13 段