Cuando, por su matrimonio con D. Carlos Stuart Fitz-James y

Portocarrero, Duque de Berwick y de Alba, dejó el palacio de Cervellón

para habitar el palacio de Liria, los archivos de la Casa, mermados

por incendios, sustracciones y toda clase de deterioros, requerían

apremiante arreglo, aunque no fuese más que para salvar de segura

pérdida las preciosidades que habían quedado. Sin catálogos ni índices

en toda regla, confundidos los documentos históricos con los papeles

administrativos, y, lo que es más, muchos de aquéllos en legajos

marcados con los peligrosos títulos de _Inútiles_, _Buenos para el

Carnero_, _Sólo sirven para antiguallas_, y otros tales, ignorábanse

el valor y alcance de los principales documentos, y hasta su misma

existencia.

Con ser ya de suyo importantísimo el Archivo de la Casa de Alba, éralo

aún más acrecentado con los de tantas otras casas de Castilla, Navarra,

Escocia, entradas en ella, como las del Almirante de Castilla, Berwick,

Gelves, Lemos, Olivares, Lerín, Monterrey y Módica. Baste saber que

los Duques de Berwick y de Alba, á más de estos títulos, ostentan hoy

_veintinueve más_, cifra superada únicamente por la Casa de Medinaceli.

Y esto sin contar el Condado de Siruela, patrimonial de la Duquesa y

que añade siempre á los de Berwick y de Alba; Condado antiguo, que data

de 1470, un año después en que fué elevado á Ducado el Condado de Alba.

Sin menoscabar lo más mínimo cuidados y quehaceres propios de su

estado, en consonancia con los demás arreglos de su casa, la joven

Duquesa acometió el de los libros, papeles, cuadros, tapices y objetos

artísticos que, en abundancia, atesora el palacio de Liria.

Sólo con los cuadros se puede formar una galería de selectas joyas.

Baste saber que entre ellos se cuentan los siguientes de eminencias

españolas y extranjeras: VELÁZQUEZ: _Retrato de la Infantita Margarita

María_; MURILLO: _Retrato de su hijo D. Gabriel_; GOYA: _Retratos de

Doña María Teresa de Silva_, _Duquesa de Alba_, y de _Doña Tomasa

Palafox y Portocarrero_, _Duquesa de Medina Sidonia_; BEATO ANGÉLICO:

_Madonna de la Granada_; PERUGGINO: _La Natividad_; RAFAEL (?):

_Retrato de un desconocido_; TIZIANO: _Retrato del Gran Duque de Alba

Don Fernando III_, y _La Cena_; GIORGIONE: _Psychis_; RUBENS: _La

Vuelta del mercado_; VAN DICK: _Retrato del Gran Condé_; REMBRANDT:

_Paisaje_; BREUGEL DE VELOURS: _La Vanidad mundana_, y otros de

maestros eminentes.

No está la Biblioteca en igual proporción y riqueza de libros, si

bien se cuentan entre ellos algunos códices, como el de una versión

castellana de la Biblia, único que se conoce. Todos han sido ordenados

y catalogados por la Duquesa, y de su puño y letra están, una por una,

las papeletas del Indice.

En cambio, los documentos históricos no tienen precio, así por su

calidad como por su número. Maravillan verdaderamente la variedad y la

abundancia de los que ha logrado reunir la Duquesa en sus largas y

penosas investigaciones, comparables únicamente con el gusto y primor

con que los más importantes se hallan hoy colocados, por mano de la

ilustre dama, en hermosas vitrinas, en uno de los más espaciosos y

elegantes salones de la Casa. Joyas arqueológicas, entre ellas una

cabeza de Minerva, única en su tipo que se conoce: lanzas, armaduras,

tapices y cuadros, delicadamente repartidos y ordenados, embellecen y

realzan aquel salón de vitrinas, gabinete de estudio, al par, de una de

las señoras más cultas de nuestra época.

Del valor histórico de los documentos podrá juzgarse desde luego con

saber que algunos, como la _Escritura de cambio de un prado en San

Julián_, y el _Fuero de Caldelas_, se remontan, respectivamente, á los

años 1026 y 1172 de nuestra era; que otros datan, sucesivamente, de

los días de Don Pedro I, Don Juan II de Castilla, Don Enrique IV y los

Reyes Católicos; y, por último, que al lado de autógrafos de personajes

como Colón, Carlos V, Felipe II, el Príncipe Don Carlos, Don Juan de

Austria, el Marqués de Santa Cruz, Zurita, Arias Montano y fray Luis de

Granada, hay otros de extranjeros tan ilustres como Pedro Paleólogo,

Emperador de Constantinopla, el Papa Pío IV, Enrique VII, Isabel de

Inglaterra, María Estuardo, el Rey Don Sebastián, Catalina de Médicis,

Guicciardini, Tiziano y J. J. Rousseau.

Solamente del Gran Duque de Alba pasan de 1.200 las cartas suyas

entre autógrafos y originales, con otros muchos papeles anotados por

su mano, y el testamento, á cuyo pie se lee su rúbrica. Y por lo que

toca á América, me bastará decir que sólo los publicados en el volumen

que conocemos ascienden á _cincuenta y seis_, entre ellos «de mano de

Colón, además de las firmas de los libramientos, cuatro papeles que no

pasan del año 1501. En las espaldas de todos, y encerrándolos en un

cuadro, puso números de orden, que indican con cuánto método disponía

sus documentos.»

Á pesar de los abultados volúmenes que la Duquesa ha publicado en poco

más de un año, sólo en las vitrinas aun quedan muchos otros documentos

autógrafos ó con firma autógrafa de históricos personajes y de

diferentes tiempos, alternando con objetos curiosos de diversa clase y

excelencia.

De estos últimos, bueno será mencionar aquí los siguientes: «Sello

en lacre con retrato de Felipe II, probablemente por Pompeo Leoni;

Hierro de Lanza de Carlos V; Bastón de mando de D. Fernando de Castro,

Conde de Lemos (1592), que tiene los nombres de los regimientos

con letras de oro; Plano iluminado, con multitud de figuras, de la

batalla de Montconcourt (1569); Sellos de plomo, algunos á flor de

cuño, de Alfonso X y demás Soberanos, y otros sellos de placa y de

cera; Privilegios rodados, con ruedas de oro y colores, lujosísimas;

Pergaminos con orlas de miniaturas finísimas de códices de los siglos

XV y XVI, y Esmaltes y Miniaturas, en medallones, con retratos de

inestimable valor.

En cuanto á los documentos no publicados hasta ahora, que existen en

las vitrinas, he aquí una lista completa para conocimiento de los

doctos: Nuño Freire de Andrade (1428); Condestable de Castilla D.

Pedro (1398); Infante de Aragón Don Enrique (1441); Conde de Lemos y

de Trastamara (1444); Fray Agustín Castro (Conde de Lemos), 1632; D.

García Alvarez de Toledo (el de los Gelves), 1510; Alfonso Martínez,

Arcipreste de Talavera (1448); Doña Germana de Foix (1516); Fernando

IV; Don Pedro _el Cruel_; Enrique II, III y IV y la mujer de éste Doña

Juana; Príncipe de Viana; Don Juan II de Castilla; Don Juan II de

Aragón; Reyes Católicos (Cartas autógrafas); Felipe I y Doña Juana

la Loca; Carlos V; Don Sebastián de Portugal; Pío IV; Juan Federico,

Duque de Sajonia (1548); Príncipe de Orange, Guillermo de Nassau

(1560); Filiberto de Saboya (1565); Juan Andrea Doria (1558); Conde

de Lerín, Condestable de Navarra (1469); Suero de Quiñones; Marqués

de Santillana; Conde de Lemos, D. Fernando de Castro (La lealtad de

España), 1367; Cisneros; Cristóbal de Castillejo; Lupercio Leonardo

de Argensola; Infante Don Alfonso, hermano de Isabel la Católica; Don

Juan II y Doña Blanca de Navarra (1430); Don Fadrique, segundo Duque de

Alba; D. Pedro Alvarez Osorio, Conde de Trastamara (1445); Carlos III

_el Noble_, de Navarra (1412); Almirante D. Fadrique Enríquez (1429);

Sancho Dávila; Dux de Venecia Nicolás de Ponte (1578); _il Fratino_,

famoso ingeniero al servicio del Gran Duque de Alba; Padre Nithard;

Don Antonio de Oquendo (1632); D. Rodrigo Calderón; Mazarino; Mariscal

de Villars; Alfonso VIII (1172); Alfonso IX de León (1210); Fueros del

Concejo de San Leonardo (1220); Bula de absolución al Duque de Alba D.

Fadrique (1480), y plano del Brasil, del siglo XVI.

Tales son, en suma, los tesoros descubiertos en las investigaciones

llevadas á cabo hasta ahora por la entendida Duquesa. Réstale aún por

explorar no escasa parte de los archivos de la Casa. Es posible que

en ésta se logren nuevos y no menos felices hallazgos. Tal vez en

los papeles de los Portocarreros, Señores de Moguer, se encuentren

datos preciosos para la historia del descubrimiento de América. Por

desgracia, entre tantos documentos conservados no ha sido dable

encontrar uno solo referente á insignes protegidos de la Casa, tales

como Juan de la Encina, Lope, Calderón, Santa Teresa y el egregio autor

de _Don Quijote_.

No hay que decir que la iniciativa, la dirección y la obra capital en

la búsqueda, examen y clasificación de los documentas corresponde á la

Duquesa en absoluto. Si ha tenido auxiliares en lo tocante á cuestiones

lingüísticas y paleográficas, y consultores en lo que respecta á la

elección de papeles, es la misma Duquesa quien ingenuamente lo declara

á la cabeza de su primer libro para conocimiento de todos. Sin tales

confesiones, toda persona conocedora de esta clase de trabajos lo

inferiría claramente, sin amenguar por ello lo más mínimo la magnitud

de la empresa acometida y ejecutada por su esclarecida autora.

Tarea tan vasta y tan compleja es de aquellas que no pueden ser

llevadas á feliz término por persona alguna, cualesquiera que sean sus

condiciones de actividad y competencia. No tema, pues, la inteligente y

laboriosa Duquesa que la crítica digna de este nombre deje de reconocer

y admirar nunca sus especiales aptitudes y señalados merecimientos.

Y si la ignorancia ó la envidia los desconocen, descanse en la

magnanimidad de sus pensamientos, recordando, al par, que

De altos espíritus es

Aspirar á empresas altas,

Y ver con dolor las faltas

De los que muerden sus pies.

Para concluir: la Duquesa de Alba es la primera señora española

cultivadora de los estudios históricos en sus fuentes primarias, en

los documentos. Esta sola singularidad le daría, por propio derecho,

lugar aparte en la historia de nuestras letras. Hemos tenido y tenemos

pensadoras, poetisas, novelistas, escritoras de historia; lo que no

teníamos era investigadoras de primera mano en el campo de las ciencias

históricas. La Duquesa de Alba es la primera, y hasta ahora la única.

¡Ojalá que su ejemplo encuentre imitadoras é imitadores en la alta

clase á que pertenece! Que al menos hagan organizar sus archivos y los

abran luego á los estudiosos, si carecen de vocación para ordenarlos y

examinarlos por sí mismos, y publicar sus joyas como hace la Duquesa.

Fuera de España, en las naciones latinas sólo conozco un caso parecido

al que la dama española nos ofrece: la italiana Condesa Lovatelli,

hija del Duque de Sermoneta. Y digo parecido, en cuanto que una

y otra Condesas se dedican á los estudios históricos, si bien en

orden distinto de estos estudios: la Condesa de Siruela, al de los

documentos; la Condesa de Lovatelli, al de las inscripciones, mosaicos

antiguos y objetos arqueológicos. La distinguida autora de _Antichi

monumenti illustrati_ es hoy la primera y única señora que ha tenido

el honor de ingresar, como Académica de número, en la Accademia dei

Lincei, Instituto de Italia, en la Sección correspondiente á nuestra

Real Academia de la Historia. ¿Ingresará en ésta la Duquesa de Alba?

Que lo tiene merecido, y en grado eminente, nadie puede ponerlo en

duda. Cuente desde ahora con mi voto la señora Duquesa de Alba.

[Ilustración]

EL MAESTRO LEBRIJA Y EL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA

Pocos días después que salieron de Palos las naves descubridoras, el 18

de Agosto de 1492, veía la luz pública, en Salamanca, un libro que, á

juzgar por su título, no parecía guardar relación alguna con la empresa

de Colón y los españoles: la _Gramática de la lengua castellana_ del

maestro Antonio de Lebrija.

Al cabo de cuatro siglos, la obra del viejo humanista yace en tal

olvido, que ni siquiera ha logrado recuerdo alguno de los doctos en

el IV Centenario de su publicación, con saberse á ciencia cierta el

año, el mes, hasta el día en que fué terminada, viniendo como vienen

declarados al final del mismo libro en los términos siguientes:

«_Acabóse este tratado de grammatica que nuevamente hizo el maestro

Antonio de lebrixa sobre la lengua castellana. En el año del salvador

de mil e CCCCXCII á_ XVIII _de Agosto. Empresso en la mui noble ciudad

de Salamanca._»

Mucho ha contribuído, sin duda, á semejante olvido la extremada

rareza de los ejemplares que quedan, así de esta edición como de la

contrahecha que se publicó más tarde, á mediados del siglo xviii, en

sentir del autor de la _Tipografía Española_. Á excepción de nuestra

Biblioteca Nacional, que ha llegado á reunir tres, rarísima es la

Biblioteca española que posee algún ejemplar, bien de la primera, bien

de la segunda de dichas ediciones. No existe ninguno en Salamanca,

donde salió á luz y en cuya Universidad fué catedrático el sapientísimo

filólogo.

En cuanto al extranjero, sube de punto la rareza de los ejemplares.

En Alemania, el fundador de la novísima filología neolatina, el gran

Federico Diez, no pudo proporcionarse ninguno. Puedo decir que, en

mi visita á la Biblioteca de la Universidad de Bonn, no encontré

ejemplar alguno, ni entre los libros de la Biblioteca particular de

Diez, adquirida por aquel centro, ni entre los fondos especiales de

la Biblioteca universitaria. Vióse obligado Diez á hablar siempre de

referencia de nuestro libro, cuyo conocimiento directo hubiérale sido

utilísimo.

Tocante á Italia, me bastará decir que he visto un solo ejemplar, por

cierto de la primera edición y en excelente estado, en la Biblioteca

Ambrosiana, de Milán. Y por lo que á Francia respecta, debo asegurar

que no logré ver ninguno, no ya en las diferentes Bibliotecas

provinciales que visité, sino en todas las de París, que recorrí

detenidamente, una por una, en compañía del ilustre profesor del

Colegio de Francia Mr. d’Arbois de Jubainville, precisamente con objeto

de consultar nuestro libro para el trabajo de que hablaré más adelante.

Muy diversa suerte ha tenido la _Gramática latina_ del gran humanista,

que aun hoy mismo sirve de texto en algunos centros de enseñanza en

España y América. Es cierto que otras obras de nuestro autor figuran

ya únicamente en las Bibliotecas, consultadas de vez en cuando por

algún que otro erudito; pero no es menos cierto que se tiene mayor

noticia de ellas que de la _Gramática castellana_, la cual ni ha vuelto

á ser impresa, ni ha sido objeto nunca de estudios especiales, y, lo

que es más, ni siquiera ha sido examinada, tanto en las bibliografías

generales como en los estudios biográficos referentes al insigne

polígrafo. Nicolás Antonio, y Salvá, por toda noticia, registran su

título solamente; Gallardo no la cita; Méndez y Clemencín incurren en

errores al mencionarla, y Muñoz, en su _Elogio_ del sabio maestro,

encaminado, como nos dice, «á dar á conocer el mérito de Antonio de

Lebrija, rectificar el concepto que de él se ha tenido comunmente, y en

sus estudios, escritos y enseñanza proponer la norma que deberán seguir

los literatos, si quieren serlo de verdadero nombre, para bien suyo

y de sus semejantes», olvida sus merecimientos como padre y fundador

del estudio de la lengua castellana, y con él de la moderna Gramática

neolatina, dentro y fuera de España.

Fué Lebrija, en efecto, el padre y fundador del estudio de la lengua

española. «_Esta, hasta nuestra edad,_ escribía, _anduvo suelta é fuera

de regla; é á esta causa a recebido en pocos siglos muchas mudanças._»

Al acometer tal empresa no obró Lebrija, como suponen algunos, por

encargo de la Reina Católica, ni tampoco, como otros han dicho, á

petición de las damas de la gran Reina, «que quisieron también

cultivar sus entendimientos.» Los autores de tales especies han probado

cumplidamente que no habían leído siquiera el Prólogo de nuestro

libro, pues en él nos declara su autor una por una las causas que le

movieron á escribirlo, y la primera de todas (habla Lebrija) «_porque

mi pensamiento é gana siempre fué engrandecer las cosas de nuestra

nación_.» Sólo el más puro y generoso patriotismo podía inspirar,

en efecto, empresa de esta índole. Por eso son aún más sensibles la

ingratitud y el olvido que ha tenido en recompensa.

Dedicó nuestro autor su libro á la Reina Católica, su constante

favorecedora. Por su mandado había compuesto antes unas _Introducciones

latinas_, «contraponiendo línea por línea el romance al latín.»

Buscaba ahora el patrocinio de su augusto nombre contra las envidias,

injusticias y malquerencias de sus émulos; que hartos tuvo, como no

podía menos de tener maestro de tan extraordinarias cualidades y

merecimientos.

Doloroso es decirlo: la gran Reina no dió pruebas, en este caso,

de su penetración acostumbrada. Cuando Lebrija le presentó en

Salamanca su libro, Doña Isabel, lejos de comprender desde luego su

necesidad y alcance, _me preguntó_ (cuenta Lebrija) _que para qué

podía aprovechar_.» Entonces (prosigue el maestro) «el mui reverendo

padre Obispo de Ávila me arrebató la respuesta, é respondiendo por

mí, dixo: Que despues que vuestra alteza metiesse debaxo de su iugo

muchos pueblos bárbaros e naciones de peregrinas lenguas, é, con el

vencimiento, aquellos ternían (_tendrían_) necessidad de recebir las

leies que el vencedor pone al vencido é con ellas nuestra lengua,

entonces, por esta mi Arte, podrían venir en el conocimiento della,

como agora nosotros deprendemos (_aprendemos_) el arte de la gramática

latina para deprender el latin.» ¿Cabe imaginar respuesta más elocuente

y decisiva?

Ó mucho me engaño, ó en esa misma respuesta hay algo, tal vez, que toca

al descubrimiento del Nuevo Mundo, que importa precisar en lo posible.

Desde luego las palabras _pueblos bárbaros e naciones de peregrinas

lenguas_ no parecen muy adecuadas tratándose de pueblos europeos, á

los que en modo alguno convenía el dictado de _bárbaros_, ni tampoco

enteramente el de _peregrinas_ á sus lenguas: diríase que se referían

á otros pueblos y naciones. ¿Las del Nuevo Mundo? Pero éste estaba

aún por descubrir cuando ocurrió la escena que acabamos de contar.

Pasó ésta en Salamanca, como nuestro gramático nos dice, aunque sin

mencionar la fecha. Las estadas de la Reina Católica en la ciudad

salmantina anteriores á la publicación de nuestro libro, que hasta hoy

se conocen, corresponden á los años 1486 y 1487, en los cuales parecía

generalmente incierto el pensamiento del futuro descubridor.

Por otra parte, Lebrija no parece referirse á esos años, sino á

fecha reciente, á 1492, cuando, terminado su libro, trataba de su

publicación. Ahora bien: en 1492 la Reina Isabel permaneció en Granada

hasta fines de Mayo. Desde entonces hasta el 10 de Agosto, en que se

sabe que estaba en Barcelona, nada nos dice de su residencia en otras

partes el curioso _Memorial ó registro breve_, de Galíndez de Carvajal,

_de los lugares donde el Rey y Reina Católicos estuvieron de 1468 en

adelante_. ¿Estuvo la Reina alguna vez en Salamanca en ese tiempo,

esto es, por los meses de Junio y Julio? Es de advertir que, aunque

Galíndez de Carvajal no lo consigna en su _Registro_, es indudable que

en Junio estuvieron los Reyes en Guadalupe. ¿Estarían de igual modo en

Salamanca? Aclarada esta cuestión, quedarían resueltas las demás.

En caso afirmativo, bien pueden ser interpretadas como alusivas á

los futuros descubrimientos y conquistas de nuevas tierras y pueblos

y naciones bárbaras las frases que examinamos, como cosa posible y

esperada en días en que la Corona de Castilla había ya aceptado la

empresa del gran navegante. De otro modo, no cabe ver en ellas sino

referencias generales á la dilatación del imperio de España en otros

pueblos y naciones, calificadas de bárbaras en el sentido de extrañas ó

extranjeras.

Es de tener también en cuenta, si no como hecho probado, como verosímil

al menos, que el maestro Lebrija, por sus conocimientos, no sólo en

las letras clásicas, sino en otras muchas y distintas ramas del saber,

así como por el alto aprecio en que era tenido, justamente, por los

Reyes, el Cardenal Mendoza y otros personajes de la corte, parecía

naturalmente llamado, como pocos, á ser oído y consultado en lo

tocante á los fundamentos científicos de los proyectos de Colón, bien

particularmente, bien en el seno de la Junta encargada de examinarlos.

Y en este caso, ¿cabría contar al sabio maestro, al innovador por

excelencia de aquellos tiempos en los estudios y en las ciencias, entre

los que en nombre de la tradición y la rutina fueron adversarios

decididos de las novedades colombinas? En manera alguna.

De todos modos, con ó sin referencias ni relaciones inmediatas con el

descubrimiento del Nuevo Mundo, el libro de Lebrija venía á satisfacer

una necesidad de primer orden y en los instantes más oportunos y

adecuados. El imperio español tocaba ya entonces al período de su mayor

grandeza, y con él la lengua española: era llegado el momento de fundar

el estudio de esta lengua.

Después de cuatrocientos años, mucho de lo que dejó escrito el viejo

filólogo, ó está en pie todavía, ó es de útil recuerdo y consulta.

Si su tecnicismo gramatical, sus teorías en algunas cuestiones, las

ortográficas especialmente, ó sus doctrinas sobre puntos históricos,

bien del lenguaje en general, bien del idioma castellano, han

envejecido, en cambio en materias fonéticas y sintáxicas hay no poco

aprovechable, cuando no vigente, en nuestros propios días. Ya el

mismo Lebrija estaba seguro de que podrían superarle los gramáticos

posteriores, como superados fueron los padres de la gramática griega y

latina; pero, como fundadamente escribía, «_á lo menos fué aquella su

gloria é será nuestra: que fuemos_ (fuimos) _los primeros inventores

de obra tan necesaria_.»

Al emprender la suya, Lebrija, no sólo echó los cimientos de la

Gramática española, sino también los de la Gramática moderna,

introduciendo en el estudio de las lenguas romances el método

gramatical que ha dominado más de tres siglos hasta el nacimiento

de la Gramática histórica y comparativa. Ó en otros términos: la

Gramática más antigua que se conoce de una lengua romance ó neolatina,

con arreglo á las doctrinas del Renacimiento, es la _Gramática de la

lengua castellana_, del maestro Lebrija. Los estudios gramaticales de

esta clase más antiguos en Italia y Francia, todos son posteriores: en

Italia Fortunio (1516) y Bembo (1525), y en Francia Palsgrave(l530),

Robert Estienne (1569) y Canchie (1570). Demostré esta verdad doce años

hace en mi trabajo _España y la Filología principalmente neolatina_,

publicado en la _Revista Contemporánea_ correspondiente á Enero

de 1880, y más tarde en mi Memoria, leída primero en la _Sociedad

lingüística de París_, que acababa de dispensarme el honor de elegirme

socio de número el 19 de Febrero de 1887, y después en la Academia de

Inscripciones y Bellas Letras en 4 de Marzo del mismo año, por M.

d’Arbois de Jubainville. Puede leerse integra en las _Mémoires de la

Société de Linguistique de Paris_ (t. VI, págs. 176-179).

En esta última Memoria, no sólo traté de evidenciar la prioridad de

Lebrija sobre los gramáticos italianos y franceses, sino de probar al

propio tiempo que le pertenecía de derecho y en exclusivo la paternidad

de algunas doctrinas gramaticales que corren en Francia atribuídas á

escritores de este país. Y así fué reconocido por los filólogos de la

nación vecina en términos honrosos para nuestra patria[3].

[3] Al dar cuenta de mi Memoria, leída en la Academia de Inscripciones

y Bellas Letras por M. d’Arbois de Jubainville, escribía lo siguiente

la _Révue critique d’Histoire et de Littérature_ (14 de Mars, 1887,

page 220): «M. d’Arbois de Jubainville communique une remarque due à

un philologue espagnol, M. Sánchez Moguel, professeur à l’Université

de Madrid. La plus ancienne grammaire qui ait eu pour objet une langue

néolatine, depuis la grande rénovation des études provoqués par

l’invention de l’imprimerie, est la grammaire espagnole du célèbre

humaniste Lebrija. M. Sánchez Moguel a reconnu que le grammairien

espagnol du XVᵉ siècle a le premier découvert, et explique le mode

de formation du futur et du conditionel des langues néo-latines,

composées comm’on sait, à l’aide de l’infinitif et d’un temps du verbe

_avoir_, le présent de l’indicatif pour le futur, l’imparfait pour le

conditionel.» Véase también, sobre este punto, entre otras, la _Révue

Archéologique_ de París (troisième serie.--Tome IX, p. 354).

España y América · 第 6 / 13 段