palabras abandone, de pronto y en absoluto, la causa de Génova,
declarándose resueltamente partidario de una de aquellas pretendidas
patrias, la ciudad de Saona? ¿Acaso el hallazgo de la fe de bautismo
del gran navegante, ú otro documento análogo, capaz de dar al traste
con la autoridad de _quien mejor podía resolver las dudas_? ¿Ó es
que ha resultado apócrifa y supuesta la escritura que contiene las
declaraciones atribuídas á Colón? Solamente en uno ó en otro caso,
esto es, demostrando que Colón no dijo que había nacido en la ciudad
de Génova, ó probando que mintió al decirlo, es como cabe abandonar
fundadamente la causa de Génova, para abrazar la de Saona ó de
cualquier otra de las innumerables poblaciones que pretenden haber dado
nacimiento al descubridor del Nuevo Mundo.
Veamos ahora si se encuentran en uno ó en otro caso las probanzas
recientemente aducidas en pro de Saona. Contiénense en un elegante y
erudito opúsculo de D. Francisco R. de Uhagón, intitulado _La Patria de
Colón según los documentos de las Órdenes militares_. Bien concluyentes
ha debido juzgar el Sr. Uhagón las pruebas deducidas de estos
documentos, para acabar como acaba su folleto con estas palabras:
«No debe discutirse más en este asunto; la materia está agotada, el
problema histórico resuelto.... Digamos con la autoridad de cosa ya
juzgada: _Colón nació en Saona_.»
En consonancia con tales juicios, escribía después el Sr. Fernández
Duro: «Habrán, pues, de estimarse el hallazgo del Sr. Uhagón y su obra
divulgadora entre los más felices resultados de investigación del
Centenario, por darlo definitivo, resolviendo documentalmente uno de
los problemas históricos más enredados.»
Declaro sinceramente que al leer unas y otras palabras, las del autor
del hallazgo y las de su docto padrino, antes de acometer de lleno la
lectura del precioso opúsculo me sentí poseído de alegría y tristeza á
un tiempo: la alegría que toda nueva verdad inspira; la tristeza del
desengaño sufrido, tanto mayor en este caso, cuanto que el engañador
resultaba ser nada menos que Colón en persona. ¡Colón falsario! Era ya
la única acusación que le faltaba, para haber sido objeto de todas.
Sólo que las anteriores se dirigían al genio, al sabio, al marino,
al descubridor y al gobernante, y esta nueva al hombre, acusado de
embustero.
Pero leí después el folleto; lo estudié detenidamente, y ¡cuál no sería
mi asombro al observar que me sentía más colombino que nunca, y más
que nunca creyente en la veracidad del glorioso navegante! No: Colón
no había mentido al decir que nació en la ciudad de Génova. Contra su
testimonio no resultaba en el folleto en cuestión ningún otro superior
y decisivo, como vamos á ver.
Se trata de las pruebas de nobleza que hizo D. Diego, nieto de Colón,
para el hábito de Santiago. En esta _Información_, con fecha 8 de Marzo
de 1535, declararon como testigos Pedro Arana, el Licenciado Rodrigo
Barreda y Diego Méndez. Preguntados que fueron acerca de la patria de
D. Cristóbal, respondieron: Arana, que «_oyó dezir que hera ginoves,
pero que no sabe dondés natural_;» Barreda, que «_oyó decir que era de
la senioria de Genova, de la cibdad de Saona_;» y Méndez, que «_hera
natural de Saona ques una villa cerca de Genova._» Á estas respuestas
se reducen, en suma, las famosas pruebas. Ó en otros términos: tres
testigos, de referencia los tres, comienzan por no estar de acuerdo
en materia que por sus declaraciones se da por resuelta: uno declara
ignorar el lugar de nacimiento de Colón; otro, que _oyó decir_ que
fué Saona; y el restante testigo, aunque dijo que era de Saona, sin
mencionar que lo había oído decir, bien claro se sobrentiende que
hablaba de oídas, en el mero hecho de no referirse en su respuesta á
otra clase de fuentes ni de pruebas.
Nótese también que Diego Méndez, que fué también grande amigo de
Colón y uno de sus más leales servidores, no dice haber oído de
labios de Colón que era de Saona. Si lo hubiera escuchado de boca del
descubridor, lo habría dicho, sin duda, como argumento y razón de
su aserto. Referíase, pues, como el Licenciado Barreda, á las voces
que corrían entonces sobre la patria de Colón, sobre todo entre sus
compatriotas, los cuales, como refiere Fernández de Oviedo, unos decían
que fué Saona, otros que Nervi, y otros que Cugureo; _lo que por más
cierto se tiene_, añadía Oviedo. En cambio, Gallo, Geraldini, Senarega
y Toglietto, contemporáneos todos de Colón, se inclinaron á Génova,
como Galíndez de Carvajal, antes que nuestros testigos, y Cieza de
León, después, se pronunciaron en favor de Saona. Como se ve, Génova,
Saona y Cugureo tenían entonces partidarios decididos y especiales.
¿Qué extraño, pues, que Méndez y Barreda siguiesen el bando de los
de Saona, como otros los de Génova y Cugureo? Sus declaraciones, ni
añaden ni quitan nada á lo conocido. Eco de lo que habían oído decir,
ni inventan ni prueban nada. Dos votos más, á lo sumo, en pro de Saona,
si esta cuestión se resolviera simplemente por votos y no por razones y
probanzas.
Con mejor acuerdo, los primitivos historiadores de Indias, Pedro
Mártir de Angleria, Bernáldez y Fernández de Oviedo, como más tarde
Las Casas, careciendo de pruebas auténticas, no se resolvieron por
ninguna de las citadas patrias. Y esta sería, aun hoy mismo, la
resolución más prudente, en presencia de tan diversos y contradictorios
pareceres, si quien mejor podía sacarnos de duda no lo hubiese hecho
ya va para cuatro siglos, el 22 de Febrero de 1498. En la escritura de
_Institución del Mayorazgo_, á más de esta frase: _siendo yo nacido en
Génova_, encontramos la cláusula siguiente, que importa transcribir á
la letra:
«Item: mando al dicho D. Diego, mi hijo, ó á la persona que heredare
el dicho Mayorazgo, que tenga y sostenga siempre _en la Ciudad de
Génova_ una persona de nuestro linage que tenga allí casa e muger, e le
ordene renta con que pueda vivir honestamente como persona tan llegada
á nuestro linage, y haga pie y raiz _en la dicha Ciudad_ como natural
della, porque podrá haber _de la dicha Ciudad_ ayuda é favor en las
cosas del menester suyo, PUES QUE DELLA SALÍ Y EN ELLA NACÍ.» ¿Se
quiere declaración más precisa y terminante?
Sólo la prueba de falsedad de la escritura que la contiene podría
invalidarla. Y ni esta prueba ha existido nunca, pero ni fundado recelo
de que pudiera ser falso dicho documento. Confundiéndolo lastimosamente
con el testamento otorgado por Colón en Valladolid, y éste á su vez
con el apócrifo y supuesto _Codicilo militar_ del marino genovés, ha
podido escribir algún autor italiano que era apócrifa la declaración
de Colón como contenida en el _strombazzato testamento_. En honor de
la verdad, ni el Sr. Uhagón ni el Sr. Fernández Duro han incurrido en
tan graves errores. Y era así de esperar, teniendo en cuenta que ya el
insigne Navarrete, al publicar la Institución del Mayorazgo, escribía
que, aunque no había disfrutado el original ni copia legalizada en toda
forma, «no tenemos motivo fundado--son sus palabras--para desconfiar
de la legitimidad de este documento, que ha sido varias veces y desde
antiguo presentado en juicio ante los tribunales y nunca convencido de
apócrifo ó supuesto.»
Pero concedamos por un momento que tal declaración no existiera ó que
fuese apócrifa, que no es poco conceder: ¿quedaría por eso resuelta
la cuestión en favor de Saona y en contra de Génova, Nervi, Cugureo y
tantas otras pretendidas patrias de Colón? Y no se diga que Saona tiene
de su parte la declaración de Diego Méndez y toda una _información de
nobleza_; porque ni tales informaciones son de aquellos documentos
que mayor fe merecen, ni en el dicho de Méndez concurren tampoco
circunstancias singulares de autoridad sobre los de los partidarios de
otras patrias colombinas.
Quien, como yo, ha manejado las pruebas de nobleza de muchos hombres
ilustres, precisamente para el mismo hábito de Santiago; quien ha
visto, entre otras, las de Pizarro, cuya bastardía no parece en
ellas por ninguna parte; las de D. Nicolás Antonio, cuyos abuelos,
mercaderes, figuran como caballeros hijosdalgo de la más limpia y
encumbrada nobleza, y, sobre todo, las de Velázquez, en las cuales nada
menos que _setenta y cuatro testigos_ declaran á una que el egregio
autor de _Las Meninas_ pintaba únicamente «por hacer gusto y obedecer
á Su Majestad para adorno de su Real Palacio», no puede conceder á
esas probanzas, sólo por titularse tales, la autoridad decisiva é
inapelable en lo histórico, como en lo jurídico, que el señor Uhagón,
Ministro del Tribunal de las Órdenes Militares, les concede. Ya
Morobeli de Puebla, en escrito de su puño y letra, elevado al Consejo
de las Órdenes, tronaba contra las hidalguías que llama _de trapos_,
hablando lisa y llanamente de _testigos comprados_ y «_de otras mañas
que se suelen usar en estas pruebas_.» En cuanto á las de D. Diego
Colón, que examinamos, ¿qué pruebas de nobleza son esas, en que bastan
las declaraciones de tres testigos para resolverlo todo?
En cuanto á la autoridad de Diego Méndez, yo no pondré frente á ella
la «_pesquisa hecha contra el Alguacil mayor de la Isla Española Diego
Méndez_», que ha creído curioso sacar á luz, en su importante libro
_Autógrafos de Colón y papeles de América_, la ilustre Duquesa de Alba,
«por cuanto aquél, en su testamento, otorgado en Valladolid, asegura
que no obtuvo, á pesar de las promesas de Colón y de su sucesor, el
alguacilazgo de dicha Isla.»
No quiero entrar tampoco en el examen de este documento, ni siquiera
en el de la acusación de falsario que se deduce de las palabras
transcritas. Consideraré á Diego Méndez, como sus padrinos pretenden,
esto es, como «honrado caballero y buen cristiano, incapaz de decir
bajo juramento una cosa por otra; declaró ser Don Cristóbal natural de
Saona; pues por cierto lo tuvo.» Perfectamente, añadiremos nosotros:
lo tuvo por cierto del mismo modo y con iguales fundamentos que otros
honrados caballeros y buenos cristianos como él tuvieron por cierto
igualmente que Colón nació en Cugureo, en Nervi, en Génova, ó en otras
partes de la antigua Señoría. Pero en estas cuestiones no se trata de
si es ó no buen cristiano ni honrado caballero; se trata de verdades
históricas, y de las pruebas y fundamentos en que descansan.
Por otra parte, después de decirnos Colón cuál fué su patria, ¿cabe
sostener sin pruebas en contrario el simple dicho de Méndez ni de
nadie? Aun en el terreno mismo en que se quiere colocar la cuestión,
si la autoridad de Méndez proviene únicamente de ser honrado caballero
y buen cristiano, ¿es que Colón no fué igualmente caballero honrado? Y
sobre todo, ¿cómo se acredita que sabía Méndez mejor que Colón dónde
este había nacido?
Así, pues, los _documentos de las Órdenes Militares_, lejos de venir
á resolver una cuestión siglos ha fallada por sentencia firme, han
venido á enredarla de nuevo, ofuscando aparentemente y por el momento
las nociones sólidas y positivas que, afortunadamente, poseíamos.
¡Ojalá que todas las cuestiones colombinas fueran tan claras como la de
la patria del gran navegante!
[Ilustración]
ESPAÑOLISMO DE COLÓN
A la terminación de las fiestas onubenses de Agosto, salieron para
Cádiz, á bordo de _El Piélago_, los Almirantes de las escuadras
italiana, portuguesa y española. íbamos con ellos los individuos de la
Comisión encargada de examinar los archivos gaditanos, para escoger los
documentos que debieran figurar en la Exposición Hispano-Americana. La
Compañía Transatlántica nos obsequió espléndidamente, como acostumbra.
Llegó, en el banquete, la hora de los brindis: húbolos entusiastas,
señaladamente los de los italianos y portugueses. La bondad del
Almirante español, mi respetable amigo D. Zoilo Sánchez Ocaña, me
concedió la honra de responder á estos brindis, á nombre de los
españoles: «Brindo, dije, por las tres patrias de Colón: la de su
nacimiento, Italia; la de su iniciación, Portugal; la de su gloria,
España.»
De éstas, las verdaderamente patrias, las que Colón amó como tales,
reservando para ellas los tesoros de sus afectos y memorias, fueron, á
no dudarlo, Italia y España, ó, en términos exactos y precisos, Génova
y Castilla: el cariño por la una fué siempre compatible, como era
natural y debido, con el amor de la otra, así en su corazón como en los
hechos de su vida.
Pero la patria castellana, después del descubrimiento, había de ser
para él la principal, y lo fué seguramente. En 1498, en la _Institución
del mayorazgo_, lo consignaba así, del modo más explícito y terminante.
He aquí sus mismas palabras: «Item: mando al dicho D. Diego (su
primogénito), ó á quien poseyere el dicho mayorazgo, que procure y
trabaje siempre por la honra y bien y acrecentamiento de la ciudad
de Génova, y ponga todas sus fuerzas e bienes en defender y aumentar
el bien e honra de la república della, _no yendo contra el servicio
de la Iglesia de Dios y alto Estado del Rey ó de la Reina, nuestros
Señores, e de sus Sucesores_.» Nada, pues, más justo que mantener
vivo el afecto de su tierra natal, pero colocando sobre este afecto
la Religión y España. No fué, pues, Colón, ni renegado del país donde
nació, ni ingrato y desleal con su nueva patria. La compatibilidad de
ambos afectos, así como el orden y subordinación que entre uno y otro
establece honran sobremanera á la justicia y nobleza de su alma.
¿Existieron igualmente ese orden y esa subordinación en los hechos
del primer Almirante de las Indias? Ó en otra forma: ¿fué siempre
Colón fiel á sus Reyes, á su patria adoptiva? No vacilo en responder
afirmativamente, sin reservas ni limitaciones de ningún género, sino
del modo más estricto y categórico. Si en dos ocasiones distintas
fué tachado de desleal y traidor por la malicia y malquerencia de
algunos, la primera cuando arribó á Lisboa al regreso de su primer
viaje, diciéndose que había ido allí para dar las Indias al Rey de
Portugal; la segunda cuando fué despojado por Bobadilla del gobierno
de la Española, suponiéndose, entre otros cargos, que había tratado
de alzarse con la soberanía de las islas, bien pronto se vió, en el
primer caso, que no había ido á Lisboa con tal propósito, ni siquiera
por obra de su voluntad, sino de la tormenta que allí le arrojó sin
velas. Y por lo que toca al segundo, no cabe en manera alguna poner en
tela de juicio la lealtad del Virrey de la Española á sus Reyes y á su
patria castellana; el mismo P. Las Casas, que tan duramente censura
otros actos del Almirante, es el primero en reconocer y proclamar
resueltamente su intachable fidelidad. «Verdaderamente--escribía--á lo
que del yo entendí, y de mi mismo padre, que con él fué cuando tornó
con gente á poblar esta isla Española el año de 93, de otras personas
que le acompañaron y otras que le sirvieron, _entrañable fidelidad y
devoción tuvo y guardó siempre á los Reyes_.»
No sólo por gratitud, hasta por conveniencia había de obrar así el
descubridor de las Indias. «¿Quién creerá--decía á los Reyes en la
famosa carta de Jamaica, relación del cuarto viaje--que un pobre
extranjero se hobiese de alzar en tal lugar contra V. A., sin causa,
ni sin brazo de otro Príncipe, y estando solo entre sus vasallos y
naturales, y teniendo todos mis hijos en su Real corte?» «Bien que
yo sepa poco--escribía al ama del Príncipe Don Juan--no sé quién me
tenga por tan torpe, que yo no conozca que, aunque las Indias fuesen
mías, que yo no me pudiera sostener sin ayuda de Príncipe. Si esto
es así, ¿adónde pudiera yo tener mejor arrimo y seguridad de no ser
echado dellas del todo que en el Rey é Reina nuestros señores, que de
nada me han puesto en tanta honra, y son los más altos Príncipes, por
la mar y por la tierra, del mundo?» El corazón y la inteligencia, la
gratitud y el buen sentido hablan de consuno y en tan alto grado en
estas palabras, cerrando victoriosamente el paso á maliciosas cuanto
mezquinas suposiciones: la lealtad de Colón es indiscutible. Entre
sus muchas y relevantes virtudes figurará siempre, al lado de otra
fidelidad no menos viva y profunda, la de sus sentimientos religiosos.
Aparte de estas consideraciones, el españolismo de Colón no estriba
sólo en su lealtad acendrada, sino también en sus incomparables
servicios á nuestra patria. «Yo vine--escribía--con amor tan entrañable
á servir á estos Príncipes, y he servido _de servicio de que jamás
se oyó ni vido_.» Y, en efecto, ¿qué servicio de la naturaleza del
suyo? Pudo añadir, igualmente, que fué el mayor servicio que España ha
recibido, no ya de extranjero, pero de los nacidos en tierra española.
Dícenos la leyenda que Colón comenzó á ser español desde el punto y
hora en que fué objeto de sus amores la cordobesa Beatriz Enríquez.
Nada más inexacto. Embarazada estaba doña Beatriz cuando su amante,
que no su esposo, andaba en tratos todavía con el Rey de Portugal, sin
pensar, pues, en reservar á España su empresa por el hecho de ser su
amada española. Colón, consagrado al servicio de una idea, no podía
considerar como nueva patria sino á la nación que le ayudase á ponerla
por obra, y desde el instante mismo en que comenzase esta ayuda. El
primer Almirante de las Indias principió en realidad á ser español el
día en que unió para siempre su suerte á la de España en las famosas
Capitulaciones de Santa Fe. Desde entonces Colón y España son términos
inseparables, porque sólo unidos dan nombre al acontecimiento capital á
un tiempo de la vida de Colón y de la vida de España.
El nombre mismo de _Colón_ es vocablo español exclusivamente. El
_Colombo_ italiano, pasando por las formas _Colomo_ y _Colom_,
llegó á ser definitivamente el _Colón_ castellano. Diríase que las
alteraciones y cambios de la palabra italiana representan al vivo las
transformaciones mismas operadas en el navegante genovés hasta su plena
naturalización en la tierra castellana. Aun sin tener en cuenta otras
muchas consideraciones, baste recordar aquí el hecho de que el gran
descubridor llegó de tal manera á abandonar, por la nuestra, la lengua
de sus padres, que en castellano escribía á sus mismos compatriotas
genoveses.
_Española_ apellidó Colón á la que juzgó más hermosa y principal de
las islas descubiertas en el primer viaje. Sin tomarse el trabajo de
leer en el _Diario_ del Almirante las razones que tuvo para darle tal
nombre, y la genuina significación de éste, en abierta contradicción
con la verdad de la Historia, por pura fantasía se ha llegado á decir
que dicho nombre podrá ser debido al acaso, á la casualidad, á un
capricho ó á un sentimiento de intuición, adivinación ó inspiración;
pero es lo cierto que con él quedó impreso, en el descubrimiento
de América, el sello de consagración de la unidad de España, desde
el momento mismo en que Colón no dió á aquella isla el nombre de
castellana, sino el de española. Ahora bien: este nombre no fué debido
al acaso ni á ninguna de las supuestas causas que se indican por los
autores de la flamante especie. Es Colón quien nos dice en su _Diario_
que aquella isla tenía «_unas vegas las más hermosas del mundo y cuasi
semejables á las tierra de Castilla_.....; _por lo cual_, añade,
_puse nombre á la dicha isla, Isla Española_.» Como se ve, para Colón
Castilla y España, español y castellano, eran términos idénticos.
Éranlo también en su época y aun hoy día, en muchos conceptos. Así, por
ejemplo, _lengua castellana_ y _lengua española_ son voces equivalentes
y de igual significación. Del mismo modo, en la época de Colón se decía
indistintamente _Rey de España_ y _Rey de Castilla_, ó _Rey de Castilla
y León_. _Cardenal de España_ era apellidado D. Pedro González de
Mendoza, y España aquí ni tenía ni podía tener entonces otro sentido
que sinónimo de León y Castilla, como _Castilla_ á secas denotaba
juntamente ambos reinos. En documentos mismos de los Reyes Católicos,
al hablar de Santiago, se le llama unas veces _Patrón de España_ y
otras de _Castilla y León_, como frases idénticas.
Ni Colón podía haber dado otro alcance al nombre de Española que el
que él mismo nos refiere, no sólo en las palabras transcritas, sino en
otros muchos pasajes de su _Diario_. Por Castilla partió á descubrir;
por Castilla tomó posesión de las tierras descubiertas. El título de
Almirante le fué conferido «según e como los llevan é acostumbran
llevar el nuestro Almirante mayor de los nuestros Reinos de Castilla»,
dicen los Reyes en el título original, su fecha 30 de Abril de 1492.
Las armas que le dieron los mismos Reyes en 20 de Mayo de 1493 fueron
un Castillo y un León. Y según su hijo D. Fernando, de orden del Rey
Católico se le puso al morir, por epitafio, la consabida letra:
Á Castilla y á León
Nuevo mundo dió Colón,
tan exacta y verdadera que la no menos conocida:
Por Castilla y por León
Nuevo mundo halló Colón.
Las dos publican igualmente el indestructible consorcio de los nombres
de Colón y su nueva patria en la empresa más grandiosa de la historia
moderna. Pretender separar estos nombres, cuya unión consagraron
para siempre el heroísmo de la común aventura y la gloria del común
vencimiento, es tan pueril como nocivo. Los que tal hacen acreditan
simplemente que desconocen ú olvidan las más elementales nociones de la
justicia y de la Historia.
[Ilustración]
LA DUQUESA DE ALBA
Entre los personajes conspicuos de la corte de los Reyes Católicos
que mayor y más eficaz patrocinio dispensaron á Colón, singularmente
en la aceptación de sus proyectos por parte de la Reina, figura una
señora, no menos ilustre por su inteligencia y sus virtudes que por
su nacimiento, amiga predilecta de Doña Isabel, con la cual se crió
algún tiempo y á quien prestó más de una vez señalados servicios: Doña
Beatriz de Bobadilla, Marquesa de Moya.
Hoy, que se trata de honrar la memoria del glorioso navegante con la
celebración del IV Centenario de su incomparable hazaña, entre las
personas que de un modo provechoso y principal contribuyen á la buena
obra, hay que contar, en puesto preeminente, otra señora ilustre, de
la más alta nobleza de España, en quien resplandecen á un tiempo, y en
feliz armonía, virtudes, entendimiento, cultura, juventud y belleza:
Doña María del Rosario Falcó y Osorio, Duquesa de Alba.
Su libro _Autógrafos de Colón y Papeles de América_, colección de
documentos peregrinos, inéditos los más, interesantes todos, es una de
las publicaciones más importantes del Centenario, y asimismo de las más
útiles que han visto la luz pública en este siglo, dentro y fuera de
España, relativas á la historia del Nuevo Mundo.
Educada con insuperable esmero por ayas verdaderas; versada en idiomas,
sobre todo en el francés, italiano, alemán é inglés, que posee como
la propia lengua castellana; aficionada desde niña á las bellezas de
la Literatura y á las verdades de la Historia; imaginación pronta y
viva; espíritu serio y reflexivo; memoria verdaderamente asombrosa;
carácter entero y constante, varonil en ocasiones y comparable sólo con
la sencilla severidad de sus virtudes, ó con la llaneza elegante de su
trato, la inteligente y hermosa hija de los Duques de Fernán-Núñez,
aun sin sus méritos especiales en el cultivo de los estudios
históricos, es, á todas luces, una de las figuras más sobresalientes de
la nobleza española.
Hasta ella, las Duquesas de Alba, como las principales señoras de
nuestra aristocracia, habían estado bien lejos, no ya de acometer, pero
ni de imaginar siquiera empresas como la llevada á feliz término por
la joven Duquesa, si necesarias y meritorias, modestas, prolijas, sin
lucimiento, fatigosas para un erudito de vocación, cuanto más para una
señora, máxime en los floridos días de su existencia y en posición tan
encumbrada, ajena, por sus usos y aficiones, á esta clase de trabajos.
Las Memorias de la Casa de Alba en sus relaciones con la cultura patria
se refieren únicamente á la protección que algunos Duques y Duquesas
dispensaron á escritores insignes ó artistas eminentes. Las Duquesas
Doña Isabel Pimentel, Doña María Enríquez y Doña María Teresa de Silva
figuran en nuestra historia literaria y artística como favorecedoras de
grandes ingenios: la primera, de Juan de la Encina; de Santa Teresa y
fray Luis de Granada la segunda, y de Goya la última.
La misma que tantas almas
Esclavizó á su belleza
Y cuyos ojos, si miran,
No hay corazón que no venzan,
que cantaba Quintana.
Caso único en la Casa de Alba, como en la nobleza española, la autora
del libro _Autógrafos de Colón y Papeles de América_ ha fundado y
organizado por sí misma el archivo histórico de su casa, y por sí misma
también examinado, escogido y hasta copiado por su mano los documentos
más preciosos, entregándolos en gran parte á la publicidad después en
el volumen referido y en el que publicó poco más de un año antes, no
menos interesante y curioso.