Mundo, pero ignorando las primeras fuentes y refiriéndose siempre á
autores que escribieron más de un siglo ó siglo y medio después del
descubrimiento. Básteme decir que el primero de los historiadores de
Indias que menciona la participación de Deza en la obra colombina,
Fray Bartolomé de Las Casas, no viene comprendido entre los autores
consultados por Góngora.
Es, en efecto, el P. Las Casas el primer historiador que consigna la
intervención de su hermano de Orden en la empresa descubridora. Y,
ante todo, es de notar en este punto que el Obispo de Chiapa, que en
tantos otros sigue á la letra la _Historia del Almirante_ de su hijo D.
Fernando, se apartó de ella en este caso, toda vez que aquél omite por
entero en su relato el nombre de Deza; en lo cual obró cuerdamente Las
Casas, porque lo que calla D. Fernando Colón lo cuenta D. Cristóbal, su
padre, como vamos á ver, y entre el testimonio del padre y el del hijo
en este asunto no es dudosa la preferencia.
«_El Sr. Obispo de Palencia, siempre, desde que yo vine á Castilla,
me ha favorecido y deseado mi honra_», escribía Colón á su hijo Don
Diego, en carta fechada en Sevilla el 21 de Noviembre de 1504. Y en
otra carta al mismo D. Diego, de 21 de Diciembre del propio año, añadía
el Almirante que el Sr. Obispo de Palencia «_fué causa que sus Altezas
hobiesen las Indias, y que yo quedase en Castilla, que ya estaba yo
de camino para fuera_.» El Sr. Obispo de Palencia se llamaba Don Fray
Diego de Deza. Ante tan terminantes y categóricas declaraciones del
mejor testigo y juez de los hechos, terminan los olvidos, acaban las
injusticias, y Deza entra en legítima y perpetua posesión del puesto de
honor y gloria que le corresponde en la historia del descubrimiento de
América.
Examinemos ahora, parte por parte, las declaraciones contenidas en la
ejecutoria de nobleza que acabamos de leer.
Colón vino á Castilla en 20 de Enero de 1485. En esta fecha su
protector no había aún alcanzado las altas dignidades que después
obtuvo, á saber: Obispo, sucesivamente, de Zamora, Salamanca, Palencia
y Jaén; Arzobispo de Sevilla y electo de Toledo; Canciller Mayor de
Castilla, Capellán Mayor, y del Consejo Real, Inquisidor General de
España y Confesor del Rey Católico. Las ayudas de costa que se dieron
á Colón desde el 5 de Mayo de 1487 á 16 de Junio de 1488, por cédulas
expedidas por Alonso de Quintanilla, _con mandamiento del Obispo_, no
pueden referirse á Fr. Diego de Deza, como se viene escribiendo, porque
Deza no fué Obispo hasta tres años después del descubrimiento, en 1495,
en que lo fué de Zamora. Y menos aún como Obispo de Palencia, porque
lo fué de esta Diócesis en 1500, por fallecimiento de Fray Alonso de
Burgos, ocurrido el 8 de Diciembre de 1499.
Cuando Colón vino á Castilla, Deza era entonces una de estas dos
cosas: ó catedrático, todavía, de Prima de Teología, en la Universidad
de Salamanca, puesto que había alcanzado en 1477, ó maestro ya del
primogénito de los Reyes Católicos. El P. Las Casas da por sentado esto
último, y de Las Casas lo han tomado los demás. Sin embargo, si Deza no
fué maestro del Príncipe, como otros creen, hasta que éste tuvo ocho
años, no pudo serlo hasta el año siguiente de 1486, porque Don Juan
nació en Sevilla el 30 de Junio de 1478. Por mi parte, la mención más
antigua que conozco del magisterio de Deza se refiere á 1491. Se lee
en la portada de su obra principal: «_In defensiones Sancti Thome ab
inpugnationibus magistri Nicholai_», en la cual se titula: «_magni ac
serenissimi principis Hispaniarum et Siciliæ preceptore_.»
De todos modos, catedrático de Teología ó maestro del Príncipe, Deza
favoreció á Colón desde la llegada de éste en 1485. Colón venía
con el único y exclusivo objeto de proponer á los Reyes la empresa
descubridora: ésta fué sometida al examen de sabios y letrados: ¿fué
Deza de los miembros de la junta encargada de dicho examen? No hay
documento alguno que lo acredite, pero es bien verosímil y probable, ya
que no verdadero y positivo. Era Deza uno de los mayores teólogos de
su tiempo, versadísimo en el conocimiento de las Sagradas Escrituras y
Doctores, como lo prueban sus escritos y la cátedra misma que desempeñó
en Salamanca, que era, como queda dicho, nada menos que la de Prima de
Teología. Las doctrinas de Colón se referían, además, en muchos casos,
á la Escritura y los Doctores: ¿no era, pues, natural que al examen de
aquellas doctrinas fuese llamado el insigne teólogo salmantino?
Mucho se ha escrito sobre la ida de Colón á Salamanca después que
sus proyectos fueron desechados por la mayoría de los vocales de la
famosa junta, de su hospedaje en San Esteban, de sus conferencias
en este convento y en la quinta de Valcuevo, las cuales atrajeron
á su opinión, no sólo á los frailes dominicos, sino también á los
principales maestros de la Universidad, y, sobre todo, de la principal
parte que en todo esto corresponde á Deza. Pero es de advertir, desde
luego, que no consta en documento alguno de la época la existencia de
estas conferencias; que Colón habla sólo del patrocinio personal de
Deza, sin referirse en lo más mínimo á los frailes de San Esteban;
que el P. Las Casas, con pertenecer á la Orden, tampoco menciona la
participación ó intervención de dichos frailes, sino exclusivamente
la de Deza, y que semejante intervención ó participación en tales
conferencias comienza á ser nombrada nada menos que á principios del
siglo XVII, en Remesal (1619) y Pizarro y Orellana (1639), como no han
podido menos de reconocer los apologistas más entusiastas del convento
de San Esteban, Doncel, Rodríguez Pinilla y Torre y Vélez. Este
último, en sus _Estudios críticos acerca de un período de la vida de
Colón_, obra recién publicada, de extraordinaria erudición é ingenio,
declara lealmente que «el hospedaje de Colón en San Esteban no ha sido
consignado hasta entonces», si bien cree que tiene por base antiguas
tradiciones. Pero, como es consiguiente, semejantes tradiciones, aun
admitiendo que real y efectivamente existieran anteriormente, no bastan
por sí solas para constituir indiscutibles pruebas en el terreno de
la historia verdaderamente científica. Además, ni la Orden de Santo
Domingo ni la Escuela Salmantina necesitan nuevas glorias en lo tocante
al descubrimiento de América. Bástanle á la gran Universidad los
nombres de Mendoza, Talavera y Deza, esto es, las tres personas que
mayor influjo ejercieron en las negociaciones colombinas. Deza, por su
parte, asocia la Orden de Santo Domingo á la gloria del descubrimiento
en mayor grado que ninguna otra Orden, como más tarde Las Casas y
tantos otros dominicos, al generoso apostolado del derecho y la
justicia.
Pasemos ahora á la segunda de las declaraciones de Colón referentes
á Deza. Afortunadamente dice cuanto necesitamos saber en este punto,
á saber: que Fray Diego fué causa de que el gran navegante quedase
en Castilla cuando ya estaba de camino para fuera. Si la primera
declaración del Almirante nos pone de manifiesto la injusticia de su
hijo D. Fernando omitiendo el nombre de Deza entre los favorecedores
de su padre, la segunda deshace por completo otra injusticia aún más
grande, pues que al referir las últimas causas que detuvieron al
descubridor en Castilla, no sólo omite la principal, la única, esto
es, Deza, sino que (en el supuesto de que el relato que ha llegado á
nosotros esté tal y como lo escribió) atribuye á Santángel la quedada
de Colón en Castilla que el mismo Colón atribuye á Deza en las palabras
que ya conocemos.
Llegados á este punto, podemos fácilmente desvanecer la flamante y
peregrina especie que supone que los castellanos favorecedores de
Colón, á saber: Mendoza, el Duque de Medinaceli, _el maestro del
Príncipe Don Juan, Fray Diego de Deza_, el Contador mayor Quintanilla y
los demás castellanos, que fueron los primeros que obsequian y atienden
á Colón, «_pasado cierto tiempo se cansan, al parecer, y remiten de
su entusiasmo y dan al fin la cosa por desesperada, dejando que Colón
se marche del Real de Santa Fe y abandone á España, tal vez para
siempre_;» mientras que los aragoneses Santángel, Coloma, Cabrero, y
Gabriel Sánchez, si llegan á última hora, «_su acción es más certera
y eficaz, su entusiasmo tal vez más íntimo y profundo, y el resultado
de su acción más seguro y definitivo_.» ¿Caben más inexactitudes en
menos palabras? Baste en este caso lo relativo á Deza. Según acabamos
de ver, el amigo leal é infatigable, el favorecedor incesante, la
persona de mayor confianza de Colón, el que fué causa de que se
quedase en Castilla, aparece en este relato todo lo contrario, esto
es, entre los que pasado cierto tiempo se cansan y dan al fin la cosa
por desesperada, dejando que Colón se marche del Real de Santa Fe y
abandone á España.
Así escribe la ceguedad y la pasión; pero, afortunadamente, contra
esas ceguedades y pasiones estará siempre el testimonio del gran
navegante, recabando para su favorecedor la gloria merecida. Estarán
también los testimonios y las altas pruebas de veneración y cariño que
el gran Prelado recibió, á porfía, de los Reyes Católicos, ya unidos
confiándole la educación de su primogénito y elevándole á las mayores
dignidades, ya individualmente cada uno de los regios consortes, la
Reina instituyéndole su albacea, el Rey nombrándole su confesor y
confiriendo con él hasta su muerte los asuntos más arduos de Aragón
y de Castilla. Á más de otras, en la Real Academia de la Historia
existen muchas cartas originales y autógrafas del insigne Prelado, que
acreditan cumplidamente la estimación, el respeto y la confianza que
mereció siempre en justicia del Rey Católico.
Pruébanlo no menos las cartas de Colón á su hijo D. Diego, así como
también la incansable protección que recibió siempre del Confesor
del Rey y «_la tanta confianza que en su merced tengo_», como Colón
escribía catorce años después del descubrimiento. En los días de
las mayores tribulaciones del desposeído Virrey y Gobernador de las
Indias, cuando con mayor ahinco reclamaba las reparaciones merecidas
y ofrecidas, ¿á quién acudía en demanda de favor y de auxilio? Á su
favorecedor de siempre, escribiéndole y escribiendo también á sus hijos
(son sus palabras) «_de le suplicar que le plega de entender en el
remedio de tantos agravios míos y que el asiento y cartas de merced que
sus Altezas me hicieron, que las manden cumplir y satisfacer tantos
daños_.»
Refiere el P. Las Casas que cuando Colón se presentó al Rey en Segovia,
en Mayo de 1505, «suplicando que le renovase las mercedes fechas, con
acrescentamiento, el Rey le respondió que bien via él que le había dado
las Indias y había merecido las mercedes que le había hecho, y que para
que su negocio se determinase sería bien señalar una persona, dijo el
Almirante: «Sea la que Vuestra Alteza mandare,» y añadió: «¿quién lo
puede mejor hacer que el Arzobispo de Sevilla, pues había sido causa,
con el Camarero, que Su Alteza hobiese las Indias?... Respondió el Rey
al Almirante que lo dijese de su parte al Arzobispo, el cual respondió
que, para lo que tocaba á la hacienda y rentas del Almirante, que
señalase letrados, pero no para la gobernación: quiso decir, según yo
entendí, porque no era menester ponello en disputa, pues era claro que
se le debía.»
De esta suerte, en el transcurso de más de veinte años, desde su venida
á Castilla hasta su muerte, tuvo Colón en Deza el más constante y
eficaz de sus protectores y amigos.
CHRISTOPHORI COLOMBI GENEROSUS FIDUSQUE PATRONUS (protector generoso y
fiel de Cristóbal Colón) se lee en el sepulcro de Deza. Ningún título
más exacto ni de mayor gloria para el ilustre Arzobispo de Sevilla.
[Ilustración]
EL NUEVO MUNDO DESCUBIERTO POR COLÓN
COMEDIA DE LOPE DE VEGA
Hecho de la magnitud del descubrimiento de América había de ser,
necesariamente, tema fecundo de poéticas inspiraciones, sobre todo en
la epopeya y en el drama.
En este último género bien puede decirse que no es escaso el número de
las composiciones escritas hasta el presente, dentro y fuera de España.
En Italia y Francia, acaso más que en nuestro país, Colón y su empresa
han sido objeto de diferentes tentativas dramáticas. Por lo que toca á
la primera de dichas naciones, baste citar aquí las obras de Polleri,
Garassini, Giacometti, Gherardi d’Arezzo, Briano y Cerlone; y por lo
que á Francia respecta, las de J. J. Rousseau, Mestépès y Barré,
Lemercier y Lhermite. He dicho _tentativas_, porque en realidad ninguna
de las composiciones aludidas ha logrado traspasar los límites de meros
ensayos, aun las de Giacometti y Lhermite, que son quizás los autores
que han revelado en las suyas más felices disposiciones dramáticas.
Obras de imaginación, invenciones novelescas, apenas si tiene cabida
en ellas la verdad histórica, casi siempre ó puesta en olvido ó
desfigurada, aun tratándose de los hechos más elementales y conocidos.
Así, por ejemplo, en la obra de Lhermite, _Colomb dans les fers_, muere
asesinado Bobadilla; en el _Colombo_ de Mestépès y Barré, el Guardián
de la Rábida es arrojado por una tempestad á las playas de Génova,
donde lo conoce Colón; y en _Il ritorno di Colombo_, de Cerlone, es
México la primera tierra descubierta por el gran navegante, y, lo que
es más, bautizada por éste con el nombre de América, reconociendo que
Américo Vespucio había tenido noticia antes que él de tal tierra.
Semejantes desatinos sólo pueden compararse con los que contiene
el drama _Columbus_ del alemán Dedekind, publicado en Leipzig este
año, entre los cuales sobresale, sin duda, en primer término la
originalísima especie de que la amistad de Colón con los Pinzones tuvo
origen en la Universidad de Pavía, siendo condiscípulos en sus aulas el
marino genovés y los célebres pilotos de Palos.
En comparación con tales dislates, insignificantes resultan los errores
históricos de los dramaturgos españoles, comenzando por frey Lope Félix
de Vega Carpio.
_El Nuevo Mundo descubierto por Christoual Colon_ es anterior á 1604,
fecha en que había sido ya escrita esta comedia, como lo prueba el
hecho de venir incluída en la lista publicada en _El Peregrino_, dada
á luz en aquel año. Diez más tarde, en 1614, fué impresa en la _Cuarta
parte_ de comedias de Lope. Como hasta ahora, que sepamos, no ha
merecido estudio especial, bueno será dar alguna noticia de ella con
ocasión del presente Centenario.
Al descubrimiento de América se refieren propiamente, en esta obra,
la mayor parte del acto primero, las primeras escenas del segundo y
las últimas del tercero. Las demás tienen por asunto, ya la conquista
de Granada, ya los compañeros que dejó Colón en las primeras tierras
descubiertas entre los cuales incluye Lope á D. Bartolomé Colón y al P.
Buil, que no fueron en el primer viaje, como es notorio. Las escenas
de esta parte abarcan más de la mitad del acto segundo y casi todo el
tercero. La celebración de la primera Misa, y los amores y amoríos de
indias é indios, indias y españoles, groseramente presentados, les
sirven de argumento. Nada de esto se refiere, pues, directamente á
Colón ni á la empresa descubridora.
Tratemos de ésta únicamente. Y desde luego diremos que, desde el
principio hasta el fin, las escenas de nuestra comedia se ajustan
esencialmente á la historia del descubrimiento contenida en las
crónicas españolas que corrían por entonces. El poeta tomó de unas
y otras lo que tuvo á bien escoger, permitiéndose luego algunos
ensanches y alteraciones. Con razón podríamos, pues, calificar su obra
de crónica dialogada, lo mismo en lo que toca á los preliminares del
descubrimiento, que en lo relativo al primer viaje, que en lo tocante
al regreso y presentación de Colón á los Reyes en Barcelona.
Ni las mocedades de Colón, ni sus amores con D.ª Beatriz Enríquez,
explotados después por otros dramaturgos, así como tampoco la supuesta
intervención de la Universidad de Salamanca en las negociaciones
colombinas, y menos aún las decantadas burlas de sus maestros de
los proyectos del gran navegante, figuran en modo alguno en nuestra
comedia. Lope nos presenta solamente al descubridor en los tres
momentos capitales de su empresa: buscando favorecedores hasta que los
encuentra en los Reyes Católicos; llevando á cabo su inmortal viaje;
regresando vencedor á España á noticiar su triunfo.
De estos tres momentos, el primero es el tratado con mayor extensión en
nuestra comedia. Colón, viviendo en la isla de la Madera, hospeda en
su casa á un piloto, el cual, al morir, en premio de la hospitalidad
recibida, le entrega sus papeles, y con ellos el secreto de la
existencia de un Nuevo Mundo. Porque es de saber que aquel piloto,
navegando por el mar Océano en una carabela empujada por contrarios
vientos y arrastrada por las corrientes, había arribado á América.
Refiérelo á Colón, añadiendo que
La misma tormenta fiera
Que allí me llevó sin alas,
Casi por el mismo curso
Dió conmigo vuelta á España.
No se vengó solamente
En los árboles y jarcias,
Sino en mi vida, de suerte
Que ya, como ves, se acaba.
Toma esas cartas, y mira
Si á tales empresas bastas,
Que si Dios te da ventura,
Segura tienes la fama.
Que Lope no inventó tal historieta, no hay que decirlo. Es ésta en
un todo la misma que nos refiere ya Oviedo, teniéndola por falsa,
repetida después, creyéndola verdadera, por López de Gómara, el Inca
Garcilaso, Acosta y otros, que bautizaron al piloto con el nombre de
Alonso Sánchez de Huelva. Lo más curioso del caso está en que, siendo
Colón, según esta historieta, el único depositario del secreto, y no
habiéndolo revelado jamás á nadie, se haya sabido, sin embargo. Que es
saber.
Poseedor de tan inapreciable secreto, Colón propone su empresa al Rey
de Portugal, quien se mofa del futuro descubridor en los siguientes
términos:
No sé cómo te he escuchado,
Colón, sin auer reído,
Hasta el fin, lo que has hablado;
El hombre más loco has sido
Que el cielo ha visto y criado
Un muerto con frenesí
Te pudo mover ansí
Con dos borrados papeles:
Si de engañar vivir sueles,
¡Cómo te atreves á mí!
La repulsa del Monarca portugués es histórica; pero seguramente no
están en ese caso ni los motivos ni el lenguaje que Lope le atribuye.
Por lo demás, si Colón no hubiera tenido otro argumento que emplear
en apoyo de su empresa que el simple dicho del muerto piloto, habría
obrado cuerdamente al rechazarla el Rey de Portugal. Lo extraño es que,
sin otras pruebas, se dé por convencido y abogue en pro de Colón un
_Duque de Alencastre_ que Lope introduce en los consejos del Monarca
lusitano.
En cambio los españoles Duques de Medina Sidonia y Medina Celi,
á quienes Colón acude una vez venido á Castilla, se pronuncian
resueltamente en contra de sus proyectos, y eso que en esta ocasión,
más cauto y mejor avisado, el primer Almirante de las Indias ofrecía en
apoyo de sus ideas más valederas razones, por ejemplo: la esfericidad
de la tierra, la habitabilidad de la zona tórrida, la existencia de los
antípodas, y otros argumentos por el estilo.
¿Inventó Lope las repulsas de ambos Duques? En manera alguna. Leyólas
en los cronistas que las refieren. Lo único que hizo fué pintarlas
á su modo, poniendo también en esta ocasión en boca de uno y otro
prócer groserías semejantes á las que coloca en los labios del Rey de
Portugal. En cuanto á la verdad histórica, los cronistas leídos por
Lope están bien lejos de reproducirla fielmente, porque ni el Duque de
Medina Celi fue adversario, sino favorecedor de Colón, hasta el punto
de haber estado dispuesto á llevar á cabo por su cuenta la expedición,
que creyó prudente reservar á la Reina Católica, ni tampoco el Duque
de Medina Sidonia dejó de favorecer á Colón por encontrar disparatados
sus proyectos, sino más bien por estar en desgracia de los Reyes y no
atreverse á acometer empresa de esta índole.
Afortunadamente, los proyectos de Colón tuvieron en nuestra patria, si
no muchos, señalados favorecedores en todas las clases de la sociedad:
en la aristocracia, con personalidades como el Duque de Medina Celi
y la Marquesa de Moya; en la Iglesia, en el Cardenal Mendoza y fray
Diego Deza; y en el pueblo, doblemente representado en los frailes
mendicantes y en la gente de mar.
Prosigamos el examen de nuestra comedia. Después de los Duques de
Medina Sidonia y Medina Celi, es Enrique VII de Inglaterra quien
rechaza las ofertas de Colón, hechas por conducto de su hermano
Bartolomé. Ya no le resta otra esperanza que los Reyes Católicos.
Pinzón, el Contador mayor Quintanilla y el Cardenal Mendoza, que dan
crédito á sus proyectos, le instan vivamente á que espere la rendición
de Granada. Lograda ésta, los Reyes aceptan la empresa, presta
Santángel el dinero necesario y parte Colón para Palos, prometiendo á
la Reina dar nombre
Á la tierra que hallare conveniente
Del vuestro, y que llamándola _Isabela_
Exceda á la de César y Alexandro;
promesa que no cumple luego, poniendo á la tierra descubierta por
nombre el de _Deseada_, de la cosecha de Lope.
Salvo el patrocinio de Pinzón, en los demás se atuvo Lope á las
tradiciones y las crónicas. Es de advertir también que en los tratos
de Colón con los Reyes no es Doña Isabel, en nuestra comedia, quien
principalmente interviene, sino Don Fernando.
El viaje de Colón que Lope nos presenta se reduce, en suma, á la
escena del motín á bordo de las naves descubridoras, motín puesto en
duda y aun negado hoy por algunos, contra el unánime sentir de los
historiadores primitivos de Indias, Pedro Mártir de Angleria, el Cura
de los Palacios y Fernández Oviedo.
No son sólo, en nuestra comedia, simples marineros los alzados, sino
también Pinzón. En boca de los amotinados pone Lope estos versos:
Este, pues, Luzbel Segundo
Como Dios se quiso hacer;
Y mirad en qué me fundo:
Que por mostrar su poder
Quiso formar otro mundo.
Pues quien le quiso igualar
Y su poder y gobierno
Como aquel ángel tomar,
Ya que no cae al Infierno,
Justo es que cayga en la mar.
Y así lo habrían hecho sin la bondadosa intervención del P. Buil, que
no fué en este viaje.
Descubierta al fin la anhelada tierra, regresa Colón á España. Llega
con seis indios _bozales_, barras de oro, papagayos y _alcones_.
Ya sois DUQUE DE BERAGUA.
le dice Don Fernando, anticipando á Colón el ducado que no llevaron
hasta bastantes años después sus descendientes. Duplícale también las
armas que el verdadero Rey Católico le concediera, otorgándole.
Dos castillos, dos leones,
* * * * *
Y aquí, Senado, se acaba
La historia del Nuevo Mando.
Si no tuviera Lope otros títulos que presentar á la admiración de las
edades que el de autor de esta comedia, medrada sería la gloria del
_Fénix de los Ingenios_. Bien es verdad que no han sido mucho más
afortunados los demás dramaturgos españoles y extranjeros. Si en alguna
de las obras de éstos podemos hallar más poesía, en cambio la verdad
histórica suele salir peor librada que en las escenas que acabamos de
examinar. De todos modos, fuerza es decirlo, la gigantesca figura de
Colón y su asombrosa empresa no han tenido hasta el día intérpretes de
primer orden en el teatro. Dudamos que los tenga en lo futuro, y no
tanto por carencia de facultades en los poetas, cuanto por la índole
y grandeza del asunto. Lo mismo sucede con la epopeya y por iguales
causas.
[Ilustración]
LA PATRIA DE COLÓN
La debatida cuestión del pueblo en que vino al mundo Cristóbal Colón
está juzgada en España desde su principio por fe cumplida en la
declaración de quien mejor podía resolver las dudas. «_Siendo yo
nacido en Génova_--dijo--_vine á servir aquí en Castilla_.... De
Genova--repitió--noble ciudad y poderosa por la mar.... _de ella salí
y en ella nací_.» Con estas palabras, americanista tan entendido como
el Sr. Fernández Duro respondía cumplidamente, hace dos años, á los
defensores de supuestas patrias colombinas.