Católico, sino, por el contrario, abundante en elogios. En su _Historia
de España_ lo califica de «varón admirable, el más valeroso y venturoso
caudillo que de muchos años atrás salió de España.» «Príncipe el más
señalado en valor y justicia y prudencia que en muchos siglos España
tuvo.» «Tachas--añade--á nadie pueden faltar, sea por la fragilidad
propia ó por la malicia y envidia ajena, que combate principalmente los
altos lugares. Espejo, sin duda, por sus grandes virtudes, en que todos
los Príncipes de España se deben mirar.»
La carencia de letras de Don Fernando fué tan evidente, que
Guicciardini lo califica de _iliterato_ sin ambajes ni rodeos,
en términos categóricos y precisos. En esta parte, contrastaba
extraordinariamente Don Fernando, no sólo con su esposa, sino con su
padre Don Juan II de Aragón, y mucho más todavía con su sabio tío Don
Alfonso V. En aquellos días clásicos del Renacimiento, y en persona
de las cualidades del Rey Católico, debía maravillar mucho más su
incultura.
Cabe formar cabal idea de ella con saber que encontró excelente una de
las crónicas más indigestas y destartaladas que conocemos, la _Crónica
de los Reyes de Aragón_, de Fray Gauberto Fabricio de Vagad, hasta el
punto de aumentar á su autor el salario que como cronista disfrutaba.
No es, por consiguiente, aventurado creer que Don Fernando no debió
mezclarse en modo alguno en las disputas científicas á que dieron
tanto motivo los proyectos de Colón, ni para favorecerlos ni para
contrariarlos en este punto. Cuando las cosas pasaron del dominio de la
ciencia al terreno de la política; cuando llegó el caso de negociar la
empresa, no es creíble que dejase de intervenir en ella, si no en el
grado y medida de la Reina, en algún modo. La oposición resuelta que se
le atribuye es tan infundada como la protección decidida que otros le
suponen.
Si Don Fernando hubiese sido adversario de Colón, éste, así como nos
dejó dicha la protección especial de la Reina, nos habría contado ó
indicado siquiera la oposición del Rey, á lo menos en sus documentos
familiares. Por el contrario, á su hijo D. Diego, después de lamentar
la muerte de Doña Isabel, escribía lo siguiente: «_Después_ (de
encomendar á Dios el alma de la Reina) _es de en todo y por todo de se
desvelar y esforzar en el servicio del Rey nuestro Señor, y trabajar de
le quitar de enojos. Su Alteza es la cabeza de la cristiandad: ved el
proverbio que diz: cuando la cabeza duele, todos los miembros duelen.
Ansí que todos los buenos cristianos deben suplicar por su larga vida
y salud_, Y LOS QUE SOMOS OBLIGADOS Á LE SERVIR MÁS QUE OTROS, DEBEMOS
AYUDAR Á ESTO CON GRANDE ESTUDIO Y DILIGENCIA.»
¿Se quiere prueba mayor de que Don Fernando, lejos de ser para Colón lo
que las calumnias de algunos inventaron, fué, por el contrario, y por
confesión del primer Almirante de las Indias, favorecedor verdadero é
indiscutible?
Del mismo modo, Bernáldez y Oviedo, que conocieron á Colón, nada dicen
de la supuesta oposición de Don Fernando. Es cierto que habla ya de
ella en 1512, viviendo aún el Rey Católico, Juan Rodríguez Mafra, en
su declaración en el famoso pleito de la Corona y los Colones; pero
esta declaración aislada, eco de algún rumor infundado, no basta por
sí sola para constituir prueba positiva. Es cierto, igualmente, que en
la _Historia del primer Almirante_, atribuida á su hijo D. Fernando,
se dice que Colón halló siempre al Rey «_poco apacible, aun contrario
á sus negocios_;» mas no consta de un modo auténtico que esta obra
saliese á luz tal y como la escribió D. Fernando, debiendo creerse, por
el contrario, que hay en ella alteraciones y errores de bulto que no
cabe atribuir en justicia al fundador de la Biblioteca Colombina.
Por último, la oposición de Don Fernando, tal y como nos la pintan sus
autores, está en abierta contradicción con el carácter y condiciones
de Don Fernando. Guicciardini (por no citar autores españoles), que
trató y conoció muy bien al gran Monarca, escribía que «sus acciones,
sus palabras y hábitos, y la opinión común que existe hoy, prueban que
es un hombre muy prudente y muy reservado;» añadiendo en otro lugar:
«es fácil llegar hasta él, y sus respuestas son gratas y muy atentas,
y pocos son los que no salen satisfechos á lo menos de sus palabras.»
«Me consta que sabe disimular más que todos los demás hombres.» «No es
jactancioso, ni sus labios pronuncian nunca sino palabras pensadas y
propias de hombres prudentes y rectos.»
Con estos antecedentes, podemos asegurar, sin temor de equivocarnos,
que el Rey Católico, aun en el caso de ser contrario á los proyectos
de Colón, no habría procedido nunca con la violencia y arrebato que
se le supone; del mismo modo que su esposa, al abogar con entusiasmo
por aquellos proyetos, no se habría nunca empeñado en contrariar
abiertamente la voluntad de su esposo, ella, tan prudente en sus
actos, tan respetuosa y amante de su marido. ¿Qué idea es esa que
tienen algunos de las cualidades intelectuales y morales de la excelsa
Soberana, suponiéndola, y en són de elogio, obrando por corazonadas y
terquedades de heroína de folletín?
En suma: Don Fernando entró como debía entrar en la empresa
descubridora, convencido y gustoso. Quizás en algunos puntos de
las negociaciones, sobre todo en lo tocante á los extraordinarios
privilegios que el gran navegante exigía (tanto ó más celoso de su
provecho que de su gloria), opusiera, al principio, algún reparo el
previsor y sagaz monarca. Sea de ello lo que fuere, es lo cierto
que Don Fernando autorizó, por su parte, la empresa, sin lo cual las
capitulaciones no habrían llegado jamás á feliz término.
Esto dicho, supongamos por un instante que no hubiese obrado así el
gran Rey: ¿serían por eso menos grandes sus merecimientos, anteriores y
posteriores al descubrimiento de las Indias? Tendría una gloria menos,
y nada más. Sólo los servicios prestados á Castilla en otras empresas
y de muchos modos, bastarían á conquistarle imperecedera nombradía.
Oigamos á su magnánima compañera. Son sus palabras la mejor hoja de
servicios que tenemos del Rey Católico. Recomendando á sus hijos la
obediencia y amor que debían á su padre, les dice que era mucha razón
que éste fuera «_servido e acatado e honrado más que otro padre, así
por ser tan excelente Rey e Príncipe, e dotado e insignido de tales y
tantas virtudes, como por lo mucho que ha fecho e trabajado con su Real
Persona en cobrar estos mis Reynos que tan enagenados estaban al tiempo
que yo en ellos sucedí, e en evitar los grandes males e daños e guerras
que con tantas turbaciones e movimientos en ellos había e non con menos
afrenta de su Real Persona: En ganar el Reyno de Granada e echar dél
los enemigos de nuestra santa Fe Católica, que tantos tiempos habia que
lo tenian usurpado e ocupado: en reducir estos Reynos á buen regimiento
e gobernación e justicia, segun que hoy por la gracia de Dios están_.»
¿Cabe elogio más exacto y cumplido de los merecimientos de Don
Fernando? Está visto que los mismos Reyes Católicos han de ser siempre
los que defiendan el uno al otro de injustos olvidos ó infundadas
suposiciones.
Es inútil que algunos se esfuercen en divorciar el matrimonio más
afortunado y bien avenido que ha podido existir sobre la tierra. Sus
hechos, sus palabras, protestarán siempre, aun desde el fondo del
sepulcro, donde, unidos, descansan. Y si en monumentos modernos,
olvidando la antigua y loable costumbre, aparece uno solo de los
egregios consortes; si se ha creído de este modo enaltecer las glorias
de la gran Reina, olvidando ó desconociendo las no menos grandes del
vencedor de Toro y del conquistador de Granada, provocando futuras
represalias, no menos injustas, todo español protestará siempre contra
tales arbitrariedades, y más alto que nadie la Reina Católica con
aquellas palabras de su voluntad postrera, en que decía: «_Quiero que
mi cuerpo sea sepultado junto con el cuerpo de Su Señoría, porque el
ayuntamiento que tovimos viviendo, y que nuestras ánimas espero en
la misericordia de Dios ternán en el cielo, lo tengan é representen
nuestros cuerpos en el suelo._»
[Ilustración]
EL CARDENAL MENDOZA EN EL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA
Después de los Reyes Católicos, el personaje naturalmente llamado
á intervenir en primer término en la empresa colombina era el gran
Cardenal de España D. Pedro González de Mendoza, Canciller mayor de
Castilla, que hoy diríamos primer ministro; el cual, como escribía
el Padre Las Casas, «por su gran virtud, prudencia, fidelidad á los
Reyes y generosidad de linaje y de ánimo, y eminencia de dignidad,
era el que mucho con los Reyes privaba;» en tales términos, que bien
pudo apellidarle el cronista contemporáneo Pedro Mártir de Angleria:
_Tertius Hispaniae Rex_, Tercer Rey de España.
Se dirá que no conocemos documento alguno de la época que nos hable
de la intervención real y efectiva del Cardenal en las negociaciones
colombinas, siendo como son muchos los que han llegado á nosotros
referentes á otros hechos de su vida. Es no menos cierto que ni el
cronista de los Reyes Católicos, Bernáldez, ni el primitivo historiador
del descubrimiento, el ya citado Pedro Mártir de Angleria, hacen
mención alguna del Cardenal al tratar de este punto. Es verdad, por
último, que el biógrafo más antiguo del célebre Purpurado, Francisco
de Medina y Mendoza, con referirnos hasta la parte _non sancta_ de la
vida de su biografiado, por ejemplo, sus amores con Doña Mencía de
Lemos, siendo ya Obispo de Sigüenza, y lo que es más, atribuyendo como
atribuye al Cardenal eminente participación en los hechos de su época,
nada nos dice de su intervención en la empresa descubridora, mencionada
después por los biógrafos posteriores Salazar y Mendoza, Porreño,
Sánchez Gordillo y otros.
Con arreglo á estas observaciones podrían tal vez algunos, cuando no
negar, poner al menos en tela de juicio la participación natural y
legítima del Canciller en el asunto que examinamos. Pero al proceder
así, con visos de justicia, obrarían realmente de ligero, porque todos
esos argumentos negativos carecen de consistencia, como vamos á ver.
En primer lugar, el silencio de Bernáldez y Angleria se explica
fácilmente con decir que uno y otro hablan únicamente de Colón y
los Reyes Católicos, omitiendo por completo los nombres de los
intermediarios entre el marino genovés y los Reyes de Castilla; por
lo cual, de su silencio en esta parte no podrá inferirse nunca que no
existieran tales mediadores.
Consta del modo más positivo la intervención de algunos de ellos, aun
por testimonios del propio Colón y de los mismos Reyes Católicos. La
omisión del biógrafo más antiguo del Cardenal corre parejas con otra
por el estilo, en hechos probados, tales como la toma de Loja, en cuyos
hechos tuvo mucha parte el insigne Arzobispo de Toledo.
Y por lo que toca á la carencia de documentos, es cierta, entendiendo
por tales únicamente las cartas, los diplomas y otros documentos
oficiales y privados de igual clase, pero no lo es si consideramos como
documentos de idéntico valor y alcance las declaraciones y memorias de
historiadores de la época, en cuyo caso se encuentra, afortunadamente,
el importante testimonio del cronista Fernández de Oviedo, testigo
de mayor excepción de los sucesos, criado en la Corte de los Reyes
Católicos, paje del Príncipe Don Juan, y que conoció á Colón y al
Cardenal, así como á otras muchas personas conocedoras de los hechos.
Ahora bien: Oviedo, no sólo menciona la intervención de Mendoza en las
negociaciones colombinas, sino que la concreta y precisa en términos
convincentes, diciendo que Colón, recién llegado á la Corte, por
intercesión de Alonso de Quintanilla, Contador mayor de los Reyes, «fué
conosçido del reverendíssimo é ilustre cardenal de España, arçobispo de
Toledo, D. Pedro Gonçalez de Mendoça, el qual començó á dar audiencia
á Colom, é conosçio dél que era sabio e bien hablado, y que daba buena
raçon de lo que decía. Y túvole por hombre de ingenio é de grande
habilidad; e concebido esto, tomóle en buena reputación é quísole
favoresçer. Y como era tanta parte para ello, por medio del Cardenal
y de Alonso de Quintanilla fue oydo del Rey e de la Reyna; é luego se
prinçipió á dar algun crédito á sus memoriales y peticiones é vino á
concluirse el negoçio.»
En las palabras que acabo de transcribir está el origen y la fuente de
cuanto después se ha escrito sobre la materia, desde Fray Bartolomé
de Las Casas y Francisco López de Gómara hasta los historiadores de
nuestros días, españoles y extranjeros. Lo que tiene es, que no todos
se han contentado con referir puntualmente las cosas tal y como las
cuenta Fernández de Oviedo, permitiéndose, por el contrario, como en
otros tantos puntos de la historia colombina, alteraciones y ensanches;
más aún: innovaciones de pura imaginación, abiertamente opuestas á la
verdad de los hechos.
En este último caso se hallan la especie consignada por el abad
Gordillo al afirmar que el Cardenal «aiudó á los Reies Cathólicos con
dineros que por medio de Christóual Colon tratasen del descubrimiento
de las Indias;» la no menos fantástica, que leemos en W. Irving,
de que Mendoza, cuando se le habló de los proyectos de Colón, se
alarmó vivamente, creyendo vislumbrar en ellos algunas proposiciones
heréticas; y por último, la novelesca suposición del Conde Roselly de
Lorgues, de que el Cardenal «dès qu’il eut vu Colomb, il comprit sa
supériorité», sin necesidad siquiera de conocer sus intentos, «_au
premier coup d’œil_» únicamente.
Hay que añadir á estas patrañas la popular conseja, que aún hoy circula
so color de hecho histórico, á pesar de las sólidas impugnaciones
de Navarrete, vulgarmente conocida con el nombre de _El huevo de
Colón_, que se supone haber ocurrido en un banquete con que obsequió
en Barcelona al primer Almirante de las Indias, al regreso de su
primer viaje, el gran Cardenal de España. Banquete imaginario, á cuya
divulgación ha contribuído no poco la conocida estampa de Teodoro
Bry, tan imaginario como las invenciones mencionadas en el párrafo
precedente.
En cambio, los hechos que nos cuenta Fernández de Oviedo, aun
prescindiendo de la autoridad que les presta el testimonio de su autor,
conforman perfectamente con las condiciones y prendas personales del
Cardenal Mendoza, y se comprueban al mismo tiempo por hechos análogos y
por circunstancias históricas íntimamente relacionadas con ellos.
La privanza de Alonso de Quintanilla con el Cardenal, y la de éste con
los Reyes, hechos son de absoluta evidencia en la historia de aquella
época. Nada, pues, menos extraño que fuese conocido Colón del Cardenal
por intercesión de Quintanilla, y de los Reyes por mediación del
Cardenal, ó del Cardenal y Quintanilla á un tiempo.
Las audiencias dadas por Mendoza á Colón, aun sin recomendaciones
especiales al efecto, habrían seguramente existido, no sólo por la
naturaleza del asunto de que se trataba y las obligaciones que el alto
cargo que el Canciller Mayor de Castilla desempeñaba le imponían, sino
también porque en aquellos tiempos era quizá más fácil que hoy el
acceso á los grandes personajes, incluso los mismos Reyes, máxime por
lo que respecta al gran Cardenal, de quien sabemos que «notóse mucho
dél que nunca tuvo ora ynpedida ni retirada para el que le hubiese
menester hablar, ni nunca negó su ayuda ni haçienda al que llegase á él
con neçesidad della.»
Es posible, mejor dicho, natural y lógico, que en dichas audiencias
conociese los talentos de Colón; más todavía: la naturaleza é
importancia de sus proyectos, si no con la profundidad y amplitud que
las personas especialmente versadas en las ciencias, al menos con
perspicacia y cultura propias de su elevada inteligencia.
Habituados como estamos á representarnos solamente al gran Canciller
en los consejos de la Corona y en los campos de batalla, hemos
llegado á olvidar ó desconocer al hombre inteligente y culto en otros
órdenes, y al favorecedor de las ciencias y de las letras. Heredero
de las aficiones literarias de su ilustre padre el gran Marqués de
Santillana, fué Mendoza de todos los hijos del docto prócer el que
mostró más favorables disposiciones para los estudios, por cuya razón
fué enviado á Salamanca, donde cursó Cánones y Leyes y se ejercitó
en el manejo de los clásicos, con tal aprovechamiento, que su padre
le encargaba la traducción de algunas obras (son sus palabras) «por
consolaçión y utilidat mía e de otros», «En la prosa castellana
tenía harto buena elegancia clara, donde se muestra su entendimiento
y eloquencia», escribía el más antiguo de sus biógrafos. De su
protección á los estudios habla por todas las memorias que podría
citar aquí la fundación del colegio de Santa Cruz de Valladolid, uno
de los más notables que España ha tenido. Especialista, digámoslo
así, para distinguir los hombres de mérito, y generoso sin medida
para favorecerlos, Cisneros, Deza, Talavera, Quintanilla, y tantos
otros varones insignes como enaltecieron el reinado de los Reyes
Católicos, debieron, en todo ó en parte, su encumbramiento al insigne
Prelado de Toledo. ¿Qué extraño, pues, que quisiese favorecer también
los proyectos de Colón? Lo extraño, precisamente, hubiera sido lo
contrario.
Pero los proyectos del gran navegante, así en el orden de la ciencia
como en la esfera política, requerían amplias y maduras deliberaciones
por parte de los sabios y estadistas, y á ellos debían ser y fueron
confiados. Ni los Reyes ni el Cardenal-Ministro debían resolver de
plano, por pura simpatía, cuestiones tan nuevas y tan graves. Así,
pues, la obra personal de Mendoza, como la de la Reina, sobre todo en
los comienzos de la negociación, no podía ir más allá de las favorables
inclinaciones que sentían en pro de la empresa, dejando su resolución á
la competencia de los doctos.
Y no se diga á este propósito que el Cardenal lo podía todo con los
Reyes: que ni en la paz ni en la guerra determinaron nunca nada de
importancia sin su parecer, ni se dió el caso de que le negaran jamás
cosa que les suplicase. Todo esto es verdad; pero no lo es menos que
el Cardenal-Arzobispo mereció siempre tal valimiento, no sólo por su
fidelidad y sus servicios verdaderamente incomparables, sino ante todo
y sobre todo por la madurez y prudencia con que trataba los negocios,
oyendo siempre el dictamen de sabios y letrados, á los que tenía
por costumbre encomendar el examen de las cuestiones arduas, entre
las cuales ningunas tanto como las cuestiones colombinas. Lo que sí
puede decirse que en la resolución de éstas, en el terreno político
y de Estado, debió entrar por mucho la intervención y el parecer del
Canciller Mayor de Castilla, no sólo por razón de su cargo, sino por
sus merecimientos y prendas personales.
Era el Cardenal Mendoza como Ministro lo que los Reyes Católicos como
soberanos. Pocas veces en la historia de España se ha dado el caso
como entonces de adecuidad tan proporcionada y excelente. Noble,
sacerdote, militar, político, letrado, Mendoza reunía en su persona las
condiciones necesarias para estar al frente del Gobierno de Castilla en
época como la suya, y ejercer universal influjo en todos los órdenes de
la sociedad española.
Hijo de una de las casas más nobles y opulentas de Castilla, la
aristocracia veía en él insigne representante á quien podía obedecer
sin mengua de su orgullo; más todavía: sin la repugnancia con que
resistió después el poder de Cisneros, cuyo humilde origen mortificó
siempre la soberbia de los nobles castellanos.
Personaje ya influyente en la corte de Don Juan II y en la de Don
Enrique IV, fué la más valiosa adquisición con que pudieron contar los
Reyes Católicos en el principio de su reinado. En la batalla de Toro
peleó como el más valiente soldado en compañía del Rey Católico, y lo
mismo en la guerra de Granada, señaladamente en la toma de Loja. Su
cruz fué puesta en la más alta torre de la Alhambra, en la conquista
de Granada. Y las pingües rentas de sus dignidades eclesiásticas
contribuyeron no poco á estas empresas.
Por último, si por la grandeza de los discípulos puede juzgarse la de
los maestros, por la de Cisneros puede ser apreciada la de su maestro
y protector especialísimo el gran Cardenal de España. La gloria de
Cisneros, lejos de eclipsar, aumenta el brillo de la gloria de Mendoza.
En estos días preparatorios de la celebración del Centenario, el nombre
del Canciller mayor de los Reyes Católicos debe ser recordado, en justa
veneración y cariño, no sólo como favorecedor del gran navegante, sino
como una de las figuras más nobles de nuestra historia y de las que más
han contribuído á la prosperidad y esplendor de nuestra patria.
[Ilustración]
COLÓN Y FRAY DIEGO DE DEZA
Los modernos historiadores colombinos, todos, amigos como adversarios
del gran descubridor, están contestes en contar entre los mayores
favorecedores de Colón y de su empresa al sabio catedrático de la
Universidad salmantina, maestro doctísimo del Príncipe Don Juan, D. Fr.
Diego de Deza.
En cambio, ni los primitivos historiadores de Indias, ni el único
cronista de los Reyes Católicos que trata del descubrimiento, ni los
antiguos biógrafos del insigne dominico, nos han dejado noticia alguna
referente á este punto. El silencio de Pedro Mártir de Angleria y el
de Gonzalo Fernández de Oviedo son menos de notar que el del célebre
Cura de los Palacios, que fué Capellán de Deza, y que, en su virtud,
debía estar bien enterado en la materia, y tenía motivos de gratitud y
respeto para no haber callado hechos que, de ser verdaderos, honraban
sobremanera á su ilustre favorecedor y Prelado.
Todavía, por lo que toca á Fernández de Oviedo, es de advertir que no
sólo en su _Historia general de las Indias_, sino en las noticias que
escribió de Deza en sus _Quincuagenas_, omite por completo toda memoria
concerniente á la participación del preceptor del Príncipe Don Juan
en el descubrimiento del Nuevo Mundo. Y sube de punto la extrañeza
teniendo en cuenta que Oviedo fué paje del primogénito de los Reyes
Católicos, que conoció y trató mucho á Deza, y, sobre todo, que en las
_Quincuagenas_ nos habla de diferentes protegidos de D. Fray Diego, y
nada mas nos dice, ni de lejos ni de cerca, del primer Almirante de las
Indias.
Bien es verdad que la biografía de Oviedo, como las de otros biógrafos
del mismo gran Prelado, no pueden servir de guía para conocer los
hechos principales de su vida, ya omitidos, ya muy á la ligera
indicados en estas narraciones, mientras que, por el contrario, se
alargan por extremo refiriendo cosas y sucesos de escasa ó de ninguna
importancia. La mitad del relato de Oviedo se reduce á contarnos que
Deza, siendo Arzobispo de Sevilla, tenía un león domesticado que le
acompañaba á todas partes, incluso á la Catedral, con el susto y
espanto consiguiente de los diocesanos.
De igual manera, el Licenciado Sánchez Gordillo, en la biografía de
Deza, comprendida en su _Catálogo de los Arzobispos de Sevilla_,
original é inédito en la Real Academia de la Historia, dedica las dos
terceras partes de su escrito á relatar menudamente la _Fiesta del
Obispillo_, como si su establecimiento hubiera sido la obra capital
del pontificado de nuestro Arzobispo. Asimismo, las dos monografías
que ha merecido á su Orden el docto dominico, las de Quetif y Echard y
Tourón, pasan en silencio hechos principalísimos de la vida de Deza.
La biografía más extensa de éste que se conoce, la del sevillano D.
Diego Ignacio de Góngora, contenida en su _Historia del Colegio Mayor
de Santo Tomás de Sevilla_, fundación admirable de Deza, historia
recientemente publicada, se compone de _noticias de referencia en lugar
de primera mano_, siendo, además, _bastante deficiente en lo que á la
vida y hechos del Prelado hispalense se refiere_, como atinadamente
observa un religioso de la Orden de Predicadores tan conspicuo como el
Cardenal D. Fr. Ceferino González en el prológo de dicha _Historia_.