disconformidad verdadera al apreciar la bondad y alcance de la
civilización española, y, sobre todo, al compararla con la de los
pueblos germánicos. El Ateneo ha escuchado con el mayor respeto y con
la más afectuosa consideración las doctrinas sustentadas por todos
los conferenciantes, demostrando una vez más que tiene bien ganado el
nombre de culto y tolerante que disfruta.
Resta sólo que el magnífico espectáculo de fraternidad y unión que
hemos venido ofreciendo sirva de ejemplo y estímulo á todos los actos
del Centenario, y que la conmemoración de la mayor empresa de nuestra
historia sea principio de una nueva edad de amor y de concordia entre
todos los españoles, y entre los españoles, portugueses y americanos.
HE DICHO.
[Ilustración]
LOS REYES CATÓLICOS EN EL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA
I
Así como en lo pasado y en lo presente han pretendido algunos
menoscabar la legítima gloria del descubridor del Nuevo Mundo, en
provecho de subalternas figuras, no han faltado, ni faltan, por
desgracia, quienes intenten de igual modo amenguar la obra de la Corona
de Castilla en el descubrimiento, atribuyendo soñadas participaciones á
la Corona de Aragón en esta hazaña incomparable.
El colmo de la arbitrariedad en este punto corresponde de derecho á
la especie consignada en unas _Gestas Catalanas_, que vieron la luz
pública en el _Calendari Catalá_ de 1864, en las cuales, hablando del
primer viaje de Colón, se dice «_que había ido al Nuevo Mundo bajo la
protección del Rey Don Fernando el Católico, y con los dineros que le
había dado la ciudad de Barcelona_.»
Por fortuna, no ya los historiadores más autorizados, sino los padres
mismos del descubrimiento, á quienes hay que suponer mejor enterados
de los hechos que el novísimo autor de las _Gestas Catalanas_, nos
han dejado abundantes y concluyentes testimonios para saber á qué
atenernos en la materia, de la manera más evidente y positiva. Á un
lado historiadores y críticos. Interroguemos directamente á Colón y á
los Reyes Católicos.
El conquistador de Granada, en su testamento, otorgado el 20 de Enero
de 1516, al instituir heredera de sus reinos de la Corona de Aragón á
su hija Doña Juana, no comprende entre ellos en modo alguno las islas
y tierra firme del mar Océano, esto es, el Nuevo Mundo. Sin duda no
pertenecía, ni en todo ni en parte, á su Corona aragonesa, cuando no
lo menciona. No cabe atribuirlo á olvido, porque no los hay de tanta
monta, ni menos aún en documentos de esta clase.
En cambio su egregia esposa, la magnánima Reina de Castilla, en su
testamento, fechado en Medina del Campo el 12 de Octubre de 1504,
habla de las islas y tierra firme del mar Océano como parte integrante
de sus reinos de Castilla. Y ¿por qué? Sea la gloriosa Reina quien nos
responda. «_Por quanto..... fueron descubiertas e conquistadas á costa
destos Regnos e con sus naturales dellos._»
Véase, pues, cuánta verdad encierra la vieja letra:
Por Castilla y por León
Nuevo Mundo halló Colón.
Ó esta otra, no menos exacta:
Á Castilla y á León
Nuevo Mundo dió Colón.
¿Á qué intentar hoy reformarlas, contra toda verdad y justicia?
Hoy la gloria del descubrimiento de América es de toda España,
porque no hay ya ni Castilla, ni Aragón, ni León, ni Navarra, sino,
afortunadamente, provincias de la Nación española; pero cuando se trata
de recordar el origen de su descubrimiento, fuerza será que todos
reconozcan, en justo homenaje de admiración y gratitud á sus héroes,
que este acontecimiento, tan capital en la Historia, fué obra tan
exclusiva de la Corona de Castilla como las empresas de aragoneses y
catalanes otros días, orgullo igualmente hoy de todos los españoles, de
la Corona de Aragón.
Oigamos ahora al primer Almirante de las Indias, tocante á sus negocios
con los Soberanos de Castilla; ¡qué autoridad más competente y
decisiva que la suya! Después de referir á los Reyes sus navegaciones
y estudios, añade: «_Me abrió Nuestro Señor el entendimiento con mano
palpable á que era hacedero navegar de aquí á las Indias, y me abrió la
voluntad para la ejecucion dello_.» «_Con este fuego vine á vuestras
Altezas....._» «_Siete años se pasaron en la plática_», «_disputando
el caso con tantas personas, de tanta autoridad, y sabios en todas
artes, y en fin concluyeron que todo era vano_.» «_Dios fue en mi
favor, y después de Dios sus Altezas_.» «_Plugo á sus Altezas de me dar
aviamiento y aparejo de gentes y navios_» «_y de me hacer su Almirante
en el mar Océano..... Virrey y Gobernador de la tierra-firme é islas
que yo fallase y descubriese....._»
Sirvan estas frases de Colón, entresacadas fielmente de sus documentos,
de cumplida respuesta á los que, por ignorancia ó por malicia, privan
de toda participación en las negociaciones colombinas á uno de los dos
Monarcas reinantes, quiénes á Don Fernando, quiénes á Doña Isabel. Los
dos, de hecho y de derecho, intervinieron en aquellas negociaciones
inmortales; los dos autorizaron las capitulaciones con el gran
navegante: en nombre de los dos partió á descubrir; en nombre de los
dos tomó posesión de las tierras descubiertas; á los dos alabanza y
gloria.
Pero ¿fué igualmente efectivo en los dos Reyes el favor que dispensaron
á los proyectos de Colón? Ó en otros términos: ¿cabe atribuirles
la misma participación, el mismo apoyo en la iniciativa, curso y
resolución de las negociaciones? Salgamos del terreno legal y político,
y entremos en el orden privado. Prescindamos ahora de los documentos
oficiales de Colón á los dos Reyes, y acudamos á las cartas del gran
descubridor. De estas cartas se deduce con la mayor evidencia que, no
sólo en los tratos para el descubrimiento, sino en todo y siempre, fué
incomparablemente más grande el patrocinio de la Reina.
Recordando la acogida que tuvieron al principio sus proyectos, decia:
«_En todos hobo incredulidad, y a la Reina mi Señora dió dello el
espíritu de inteligencia y esfuerzo grande, y lo hizo de todo heredera
como á cara y muy amada hija._» Refiere los inconvenientes que todos
oponían á su pensamiento, y añade: «_Su Alteza lo aprobaba al contrario
y lo sostuvo hasta que pudo._» «_El esfuerzo de Nuestro Señor y de su
Alteza fizo que yo continuase._»
En los días tristes en que el desposeído Virrey y Gobernador de las
Indias procuraba con ahinco el cumplimiento de las reparaciones
ofrecidas, al saber que la gran Reina estaba en trance de muerte,
escribía: «_Plega á la Santa Trinidad de dar salud á la Reina nuestra
Señora, porque con ella se asiente lo que ya va levantando._» Muerta
Doña Isabel, daba rienda suelta á su dolor en estas sentidas y
elocuentes palabras, verdadero retrato de la gloriosa Reina: «_Lo
principal es de encomendar afectuosamente con mucha devoción el ánima
de la Reina nuestra Señora á Dios. Su vida siempre fué católica y
santa, y_ PRONTA Á TODAS LAS COSAS DE SU SANTO SERVICIO; _y por eso se
debe creer que está en su santa gloria, y fuera del deseo deste áspero
y fatigoso mundo_.»
La justicia y el cariño de Colón á su gran protectora son comparables
únicamente á los de ésta con su protegido, «_home sabio é que tiene
mucha plática é experiencia en las cosas de la mar_», como le llama
la misma Reina en una de sus cartas. Es el juicio más verdadero y
compendioso que conozco del descubridor del Nuevo Mundo.
No es de extrañar que en las negociaciones relativas al descubrimiento
tuviese participación tal y tan grande la Reina Católica. En los
asuntos de sus reinos de Castilla y de León, singularmente los de
mayor magnitud y alcance, como el presente, ejerció siempre el mismo
influjo. Verdad es esta que reconocen por entero, no ya los escritores
castellanos, sino los mismos historiadores aragoneses, si bien, como
tales aragoneses, atribuyendo el origen, no á las verdaderas causas,
sino, como hace Zurita, «á la condición de la Reina, que era de tanto
valor y de tan gran punto, que no parecía contentarse con tener con Don
Fernando el Gobierno del Reyno como con su igual», por cuyo motivo el
Rey «se vió forzado á llevar aquel Gobierno en su compañía con tanta
disimulación y mansedumbre.»
Semejantes juicios son tan inexactos como los de algunos historiadores
castellanos referentes al Rey Católico. Más adelante, en que he de
tratar exclusivamente de Don Fernando y de su participación personal
en el descubrimiento, me haré cargo de estas injusticias, para
desvanecerlas con pruebas y documentos de igual clase de los que empleo
en el presente estudio.
La pasión de Zurita es tan ciega, por amor á su Rey, que le lleva
hasta el extremo de atribuir por entero á Don Fernando la gloria de
la expedición descubridora, omitiendo en absoluto, al tratar de este
hecho, no sólo la participación, sino hasta el nombre de la Reina
Isabel. Pase que se hubiera hecho en las ediciones romanas de la
traducción latina de la relación de Colón de su primer viaje. Pase
igualmente que autores extranjeros, como el italiano Paolo Giovio y el
portugués Juan de Barros, incurran en el mismo error, engañados acaso
por las ediciones romanas que acabo de indicar. Pase, por último, que
historiadores aragoneses y catalanes de segunda fila lo reproduzcan
ó lo inventen de nuevo. Pero ¡historiador tan circunspecto y bien
informado, ordinariamente, como el insigne analista aragonés!...
Verdaderamente es doloroso cuanto incomprensible, tanto más teniendo
en cuenta la admiración justísima que tributa á la Reina en diferentes
lugares de su _Historia de Don Hernando el Cathólico_, sobre todo en
el cap. LXXXIV, donde, al referir la muerte de la Reina, dice que
«ella fué tal, que la menor de las alabancas que se le podía dar era,
aver sido la más excelente y valerosa muger que huvo, no sólo en sus
tiempos, pero en muchos siglos.»
Con verdadera imparcialidad, por su cualidad de extranjero, el más
eminente de los historiadores de Italia, Francisco Guicciardini,
Embajador de la Señoría de Florencia en la corte del Rey Católico,
poco después de la muerte de la Reina, en la _Relación_ de su viaje,
traducida y publicada en la colección de _Libros de antaño_, al tratar
de los grandes hechos de España en el reinado de los Católicos Reyes,
escribía estas palabras, no tenidas hasta ahora en cuenta para el
estudio de aquél período: «Y en esas acciones tan memorables no fué
menor la gloria de la Reina, sino que, antes al contrario, todos
convienen en atribuirle la mayor parte de estas cosas, _porque los
negocios pertenecientes á Castilla se gobernaban principalmente por
su mediación y autoridad_. Despachaba los más importantes, y en los
ordinarios no era menos útil persuadirla á ella que á su marido. Ni
esto se puede atribuir á falta de capacidad del Rey, pues por lo que
hizo después se comprende fácilmente cuánto valía; por cuya razón, ó
hay que decir que la Reina fué de mérito tan singular que hubo de
aventajar al mismo Rey, ó que siendo suyo el reino de Castilla, su
esposo, con algún fin loable, lo dejase encomendado á su gobierno.»
«Cuéntase, añadía, que la Reina fué muy amante de la justicia, muy
casta, y que se hacía amar y temer de sus súbditos; muy ansiosa de
gloria, liberal y de ánimo muy generoso.» En su _Historia de Italia_,
decía que fué la gran Reina (lo dejaré en italiano para conservar la
hermosura de la frase) «_donna di onestissimi costumi, e in concetto
grandissimo nei Regni suoi di magnanimità e prudenza_.»
La prudencia de la Reina fué tal siempre, que no conozco un sólo hecho
en que no se manifestasen juntamente el cariño y la consideración
debidas á su marido. Básteme recordar aquí un hecho que habla por
todos, precisamente de historia aragonesa. Asistió una vez á una
fiesta de toros, y fué tal la repugnancia que este espectáculo le
produjo, que, según escribía á su confesor, «_luego, allí propuse con
toda determinación de nunca verlos en toda mi vida, ni ser en que se
corran;» pero_--añade--«_defenderlos_ (prohibirlos) _no_, PORQUE ÉSTO
NO ERA PARA MÍ Á SOLAS», esto es, sin que fuese también en ello su
marido.
Mas ¿qué ejemplo de prudencia mayor que el que nos ofrece su conducta
en lo relativo á las negociaciones colombinas? Creyente en los
proyectos de Colón, más que por ningún otro motivo por la causa suprema
que inspiró siempre sus grandes acciones, la Religión Católica,
por llevar la fe de Cristo á nuevas tierras, lejos de proceder
novelescamente á impulsos de irreflexivos arrebatos de su corazón
de mujer, como tanto se ha supuesto infundadamente, obró, por el
contrario, con la gravedad y circunspección de una gran Reina, haciendo
que asunto tan dudoso se examinase detenidamente en su Real Consejo
y se discutiese por las personas más entendidas, hasta que las cosas
tuvieron la madurez necesaria y la Corona de Castilla, conquistada
Granada, estuvo en condiciones de acometer tan singular aventura.
Ya veremos, en artículos consagrados á los verdaderos favorecedores de
Colón cerca de los Católicos Reyes, singularmente de la Reina, cómo la
influencia real y efectiva de todos ellos se inspiró siempre en los
ejemplos de religiosidad y de prudencia de su católica Soberana, y en
el cariño, confianza y respeto que en todos infundían sus admirables
virtudes.
Huérfana de padre á los tres años de edad, viviendo con una madre loca
en el apartamiento de Arévalo, educada en la escuela de la adversidad y
de las privaciones, entregada á sí misma, la extraordinaria prudencia
de su entendimiento y la inmensa fe religiosa de su corazón fueron
desde la infancia los maravillosos resortes de aquella voluntad
invencible, de aquel carácter magnánimo, admiración y encanto de sus
vasallos, como después de los españoles todos, que vieron y verán
siempre en ella la encarnación más sublime de las ideas y sentimientos,
de los ideales y aspiraciones eternas de nuestra patria.
Su nombre, pronunciado siempre con filial ternura, de siglo en siglo,
por la familia española de la Península, que exaltó á su mayor
grandeza, como de la tierra americana, que ayudó á descubrir, ha sido
igualmente siempre admiración de las naciones extrañas. Los elogios de
Paolo Giovio y Justo Lipsio, de Bayard y de Comines, de Guicciardini y
Navagero, así como los modernos de Robertson y Gervinus, de Prescott,
Irving y tantos otros, acreditan sobremanera la merecida universalidad
de alabanzas tributadas á su gloria.
Entre los homenajes rendidos á sus admirables excelencias, hay uno que
de intento he reservado para lugar aparte y preferente: el homenaje
que el no extinguido afecto, y acaso los remordimientos de haber subido
al tálamo y al trono de la gran Reina á otra mujer después de ella,
dictaban al Rey Católico, moribundo, en su testamento:
«Entre las muchas y grandes mercedes, bienes y mercedes--dice--que de
Nuestro Señor, por su infinita bondad, y no por nuestros merecimientos,
habemos rescebido, una é muy señalada ha sido en habernos dado por
muger é compañía á la Serenísima Señora Reina Doña Isabel, nuestra muy
cara y muy amada mujer, que en gloria sea, el fallescimiento de la qual
sabe Nuestro Señor quánto lastimó nuestro corazón, é el sentimiento
entrañable que dello tuvimos, como es muy justo; que allende de ser
tal persona, y tan conjunta á Nós, merecia tanto por sí, en ser dotada
de tantas y tan singulares excelencias, que ha sido su vida exemplo
en todos actos de virtud é del temor de Dios, _é amaba é celaba tanto
nuestra vida, salud é honra, que nos obligaba á quererla y amarla sobre
todas las cosas de este mundo_.»
He aquí, noblemente declarados por el Rey Católico, los motivos
verdaderos del valimiento y del influjo que en él ejercieron las
excepcionales cualidades de su augusta esposa. Sirvan de respuesta las
frases del Rey de Aragón á sus panegiristas aragoneses, y veamos todos
en ellas la explicación cumplida del «_amor é unión é conformidad en
que el Rey mi Señor é yo estuvimos siempre_», que decía Doña Isabel en
su testamento, proponiéndolos como ejemplo á sus hijos; conformidad,
unión y amor que hicieron posibles una nueva edad de prosperidad y de
unión entre todos los españoles, y el engrandecimiento y gloria de
España en ambos continentes.
II
Si la Reina Católica favoreció decididamente los proyectos de Colón,
mereciendo, en justicia, el título de protectora del gran navegante;
si su participación en las negociaciones colombinas fué mucho mayor
sin duda que la de su augusto esposo, ¿hemos de inferir por ello que
ha de corresponder necesariamente al gran Monarca el papel contrario,
esto es, el de adversario de Colón, como algunos suponen? ¿Hemos de
reconocer tampoco, como otros afirman, que la participación de Doña
Isabel excluye por entero la de Don Fernando?
La especie más extendida, sobre todo fuera de España, es la que coloca
al Monarca de Aragón y de Castilla en abierta oposición á la empresa
descubridora, más aún á todos los actos de Cristóbal Colón antes y
después del descubrimiento; llegándose en este punto, en menguados
escritos como los del Conde Roselly de Lorgues, hasta el extremo de
presentarnos al gran Rey como el peor de los hombres y de los reyes,
monstruo de perversidad y de envidia, de avaricia y de falsía, no ya
enemigo, sino perseguidor y verdugo del primer Almirante de las Indias.
Y, sin embargo, para vergüenza de nuestra patria, hay quienes,
presumiendo de historiadores y de españoles, admitan sin reparo,
divulguen con amor y encomien con entusiasmo semejantes patrañas,
mejor dicho, miserables calumnias, tan opuestas á la verdad como
atentatorias al honor y la gloria del Rey Católico por excelencia, uno
de los monarcas más insignes que hemos tenido, y uno también de los más
grandes que registra la historia.
Por lo que toca á la participación del Rey en el descubrimiento
de América, examinadas y comprobadas una por una las doctrinas
sustentadas hasta el presente, es ante todo cierto que no cabe suponer,
en justicia, á Don Fernando ni protector entusiasta, ni enemigo
declarado de los proyectos de Colón.
La protección del Rey Católico ha sido, y aun es hoy, mantenida
por algunos escritores de la Corona de Aragón. Obra del cariño al
Monarca aragonés, cuando no de tendencias regionalistas más ó menos
pronunciadas, las afirmaciones de estos autores carecen de toda prueba.
Así se explica que otros escritores, naturales también de los antiguos
reinos de Aragón, se hayan creído obligados á rebatirlas, poniendo
más alto los sagrados derechos de la verdad que los apasionamientos
infundados.
Dormer, Argensola y Lasala, en otros días, y en los presentes
escritores que no nombraré, pretenden distribuir á su capricho
entre Aragón y Castilla, Doña Isabel y Don Fernando, la gloria del
descubrimiento, alegando en apoyo de sus pretensiones el hecho supuesto
de haber mandado librar Don Fernando por la Tesorería de Aragón los
fondos necesarios para la empresa, á causa de la penuria del Erario
de Castilla, disponiendo después que del primer oro que se trajo de
las Indias se diese parte á Aragón, que se empleó luego en dorar los
techos y artesones de la Sala mayor de la _Aljafería_ de Zaragoza.
Ahora bien: un catalán, Bofarull (D. Antonio), y un aragonés, Nougués
y Secall, han evidenciado respectivamente: el primero, que entre los
papeles de la Tesorería de Aragón no existe orden ni registro de
semejante libramiento; y el segundo, que el dorado de la Sala mayor
de la Aljafería es anterior á la vuelta de Colón de su primer viaje,
como lo prueban las inscripciones de la misma Sala. Por último, un
valenciano, Danvila, ha ilustrado esta cuestión con razonamientos
irrebatibles.
Digámoslo de una vez: ni Aragón ni su Rey, como tal Rey de Aragón,
contribuyeron lo más mínimo á la empresa del descubrimiento, obra
exclusiva de los reinos y los Reyes de León y de Castilla. Si no
satisfacen las pruebas aducidas; si el testimonio mismo de los Reyes
Católicos no basta, ahí están, por último, la Bula de Alejandro
VI concediendo las tierras descubiertas á los Reyes de Castilla,
descubridores, y á sus herederos en estos reinos, y la legislación
primitiva de Indias no consintiendo pasar á ellas sino á los
castellanos, en términos «que si algún aragonés allá iba era con
licencia y expreso mandamiento», como escribe el doctísimo catalán
Capmany. Sirva de muestra el permiso otorgado el 17 de Noviembre de
1504 por el Rey Católico al aragonés Juan Sánchez, de Zaragoza, para
que pudiese llevar mercaderías á la isla Española, aunque no era
natural de los reinos de Castilla. Hasta muy cerca de un siglo después
del descubrimiento, reinando Felipe II, en 1585, en las Cortes de
Monzón, no fueron derogadas las prohibiciones establecidas por los
Reyes Católicos. ¿Hubieran jamás existido si Aragón, ó su Rey, como tal
Rey, hubieran tenido alguna parte en el descubrimiento?
Túvola, sin duda, Don Fernando de hecho y de derecho, pero
exclusivamente como Rey de Castilla. Dicen algunos que Don Fernando,
por tradición, por herencia, por inclinación propia, sólo podía mirar
con interés las empresas mediterráneas, y en su virtud, que ó debió
oponerse abiertamente á las aventuras oceánicas, ó mostrarse al menos
con ellas indiferente ó desdeñoso. Suposiciones semejantes provienen
igualmente de considerar á Don Fernando exclusivamente como Rey de
Aragón, desconociendo ú olvidando que el Rey Católico fué ante todo y
sobre todo Rey de Castilla.
Hijo de padre y madre castellanos, casado muy joven con una Princesa
castellana, Castilla fué su residencia continua, teatro de las glorias
del militar y el gobernante, escuela de sus talentos políticos, plantel
de sus grandes hombres, centro mayor y preferente de su actividad y de
su vida. Muerto, su cadáver, por voluntad del regio finado, descansa
en tierra de Castilla. Amólo ésta, no ya como Rey, sino como padre. El
inicuo atentado que puso una vez en peligro su existencia, ni ocurrió
en Castilla, ni era castellano el regicida.
Aun sin estas circunstancias, el hecho solo de ser Rey de Castilla
había de llevar forzosamente su atención y sus cuidados al otro lado
del Estrecho, para la prosecución de la política castellana, no sólo
en la cruzada contra los infieles, sino para amparar y favorecer los
intereses castellanos, máxime teniendo en cuenta las conquistas y
descubrimientos portugueses en las islas y costas del Atlántico.
Gloriábase nuestro Rey de haber trabajado mucho «_por tener ganados en
África puertos de mar_» y de que «_la guerra contra los infieles era_
(son sus palabras) _la cosa que sobre todas las del mundo he yo más
siempre deseado y deseo_.» Los esfuerzos para la adquisición definitiva
y completa de las Canarias, llevados á cabo por los Católicos Reyes,
acreditan cumplidamente cuánto interesaban á uno y otro soberano las
empresas oceánicas.
Los proyectos de Colón entraban de lleno en la tradición y en las
aspiraciones del pueblo castellano: ensanchar los dominios de la patria
y llevar la fe católica á nuevas tierras. ¿Cómo, pues, podían ser nunca
indiferentes estos proyectos ni al Rey ni á la Reina de Castilla?
Para precisar en lo posible la intervención de Don Fernando en los
asuntos colombinos, importa distinguir en ellos la cuestión científica
y la empresa política. Ahora bien: la primera era de todo en todo ajena
á las condiciones personales de Don Fernando. La esfericidad de la
tierra, los antípodas, la posibilidad ó imposibilidad de navegar á las
Indias, competían á los doctos y podían interesar en algún modo á la
ilustrada Reina, amantísima de las Ciencias y las Letras, favorecedora
incesante de sabios y letrados; mas era imposible que hallasen eco en
Don Fernando, hombre de Estado y de guerra como pocos, pero al propio
tiempo uno de los Reyes más iletrados de su época.
El insigne autor _Del Rey y de la Institución Real_, tratando de lo
necesarias que son las letras á los Príncipes, después de mencionar
algunos que las cultivaron poco ó nada, escribía: «Tenemos ahora
recientemente el ejemplo de Fernando el Católico, que no sólo ha
logrado arrojar á los moros de toda España, sino también sujetar á su
imperio muchas naciones; más ¿quién duda que si á su excelente índole
se hubiese añadido el estudio, hubiera salido mucho más grande y
aventajado?»