SÁNCHEZ MOGUEL
ESPAÑA Y AMÉRICA
[Ilustración]
ESTUDIOS HISTÓRICOS Y LITERARIOS
[Ilustración]
MADRID
IMPRENTA Y LITOGRAFÍA DEL ASILO DE HUÉRFANOS
DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
Juan Bravo, núm. 5.
1895
[Ilustración]
REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA
INFORME
Si interesante es el libro publicado hace un año por D. Antonio Sánchez
Moguel con el título de REPARACIONES HISTÓRICAS, no lo es menos el que
acaba de dar á luz con el de ESPAÑA Y AMÉRICA, libro que bien pudiera
considerarse como segunda parte de aquel primero, y cuyo examen é
informe, para los efectos del Real decreto de 12 de Marzo de 1875, me
han sido encomendados por nuestro digno Presidente, Director de esta
Real Academia.
Si la intención patriótica, también, en que se inspiraba aquel escrito
era laudable, como dirigida á estimular tendencias á la conciliación
que vienen observándose entre portugueses y españoles, tan plausible es
y del momento la nueva tarea emprendida por nuestro erudito compañero
para reanudar y apretar los lazos que nos unieron y debieran para
siempre unirnos con nuestros también hermanos de América, aquellos
cuyos Estados formaron parte de la Monarquía española hasta principios
del presente siglo.
Allí, la historia peregrina de los desdichados amores de Inés de
Castro y la de su legendaria coronación después de muerta; la de la
Santa Reina de Portugal, nieta de Jaime _el Conquistador_, y la de
Doña Blanca, que lo era de Alfonso _el Sabio_; con otras varias de
compatriotas nuestros y de portugueses tan dignos de memoria perdurable
como el Dr. Eximio, Fray Luis de Granada y el Infante Don Enrique,
Nuño Álvarez Pereira y muchos más entre unos y otros. Aquí, por otro
lado, las gestas de los más insignes descubridores del Nuevo Mundo, las
de los que más favorecieron el portentoso y entonces incomprensible
proyecto de Colón, y el examen y juicio de los congresos, certámenes y
fiestas con que se celebró en Europa y América el cuarto centenario del
descubrimiento de tan hermosa parte del globo.
El pensamiento no puede ser más feliz ni más conveniente, y su
desarrollo y ejecución corresponden á tan patriótico objeto.
Decíamos en un escrito á propósito del primero de esos libros: «El
Sr. Sánchez Moguel tiende precisamente á convencer á los portugueses
de que ni ahora ni nunca han debida ver en los españoles, y menos
en nuestros soberanos, los desdenes, mala voluntad y rigores que
se han forjado en su acalorada y recelosa imaginación. Amante de
aquel país, á punto de haberse hecho aquí proverbiales sus aficiones
lusitanas, lo ha estudiado detenidamente en las varias expediciones
que sin otro objeto ha hecho á él, y ha podida comprobar, así como los
prejuicios que suponía, el giro reciente que se verifica en los de
muchos, y la consistencia de las ideas de conciliación, verdaderamente
patrióticas, que van arraigando en las clases más ilustradas, en el
mundo científico, sobre todo, y literario del reino portugués. Y siendo
las glorias que pudiéramos decir peninsulares comunes, no pocas veces,
á las dos naciones, nuestro Académico de la Historia ha procurado no
deslindarlas como han hecho otros, excitados quizás por imprudentes
controversias, sino amalgamarlas, para así concentrar en una general
las aspiraciones más legítimas de ambas.»
Pues bien: de igual modo, con idea parecida y procedimiento en nada
desemejante, procura el Sr. Sánchez Moguel atraer los americanos á
su antigua metrópoli, lo mismo en las conferencias celebradas por el
Ateneo de Madrid, á cuyo éxito en ese sentido contribuyó eficazmente,
como en los varios escritos que dio á luz en _La Ilustración Española
y Americana_, algunos de los cuales aparecen en el libro sometido al
examen de esta Academia, y no pocos nuevos ó inéditos que ahora se
presentan en él.
Y ciertamente que el tino, como antes he indicado, en la ejecución ha
correspondido al fin á que se dirigía tan excelente pensamiento.
Cada capítulo del nuevo libro de nuestro asiduo colaborador en los
trabajos encomendados á la Academia, exigiría un comentario tan extenso
y erudito como el capítulo mismo, y, en algunos, como el libro entero,
de haber de apreciar debidamente la importancia que entrañan casi
todos, el espíritu en que se inspiran y la forma y adornos de que están
revestidos. La vasta erudición de su autor, el dominio absoluto, si
cabe, del asunto, y la dificilísima facilidad que posee para darlo á
conocer tan clara como lacónicamente, hacen del libro del Sr. Sánchez
Moguel uno en gran parte nuevo por las investigaciones, nuevas también,
que contiene, y comentario breve quizás de cuanto se ha escrito y
discutido sobre la historia del descubrimiento de América, la de los
más conspicuos personajes que en él intervinieron, y la de cuantos,
al celebrarse en el pasado año de 1892, lo aplaudieron y ensalzaron en
congresos, academias, libros, revistas y periódicos.
Todo eso se necesita, y una gran perseverancia y aptitudes de
investigación y crítica, hasta fortuna para ejercitarlas, si ha de
darse vado á obra que abarca tan distintos asuntos, aunque todos
estén dentro del general y sintético que dió motivo al Centenario del
hallazgo de Colón en las tinieblas del Atlántico. _Las conferencias
americanistas del Ateneo_, que se extendieron al estudio é historia de
regiones que no llegó á ver Colón, abren el campo á las investigaciones
de nuestro ilustrado colega; y arrancando también de aquel palenque
literario, aparece en su libro la acción de los Reyes Católicos en
tan estupendo suceso, acción reciamente disputada por el espíritu de
regionalismo, no sé si útil ó pernicioso en España. La personalidad,
después, del Rey Fernando, la del célebre Almirante de las Indias,
tan expuesta desde el día, y aun antes también de su maravilloso
descubrimiento, á los tiros de sus émulos; la de varios de los que
en esferas más ó menos elevadas, unos guiados por la luz de una
inteligencia superior, como el Cardenal Mendoza y Fray Diego de Deza,
por ejemplo, y cegados otros por su ignorancia ó torpes preocupaciones
de escuela; la de ilustres varones tan hábiles como esforzados,
cuales Pedro de Valdivia y Gonzalo Jiménez de Quesada, historiadores,
dramaturgos y hasta egregias damas, pendencieras amazonas y monjas
literatas, contribuyendo todas á la historia de América y su
esclarecimiento, son tratadas por el Sr. Sánchez Moguel con la más
severa imparcialidad y con tino, en mi concepto, suficiente para darlas
á conocer en su verdadera significación, que en este caso pudiéramos
calificar de americanista.
_La patria de Colón_, su _españolismo_ y el concepto que de él se ha
formado en las _publicaciones italianas del Centenario_, han sido
también objeto de examen especial en el libro á que se refiere este
informe; examen á veces detenido, como sucede en el primero y tercero
de esos tres capítulos, así por la importancia que se ha dado al
conocimiento del lugar en que nació el insigne nauta, como por la
grandísima que tiene la _Raccolta di documenti e studi publicati dalla
R. Commisione colombiana del quarto centenario dalla scoperta dell’
America_.
No será quien esto escribe el que meta su hoz en mies cuya siega
corresponde á otro, y menos en la confiada á la peritísima mano de un
distinguido compañero, muy versado en materias americanistas, ajenas
á mis estudios predilectos; limitándome así á manifestar que el Sr.
Sánchez Moguel, después de definir la composición de la junta de
hombres ilustres encargada de la _Raccolta_, señala los trabajos á que
se debía dedicar con cuantos detalles pueden necesitarse para formar
idea exacta de una obra en cuyo elogio acaba por decir: «De todos
modos, la _Raccolta_ merece bien de los estudios históricos, y será, en
lo sucesivo, una de las fuentes más copiosas para los futuros trabajos
colombinos, en los que, sin convencionales y mezquinas divisiones de
nación ó de secta, se estudie el descubrimiento de América á la luz
de la ciencia y dentro únicamente de los sagrados fueros de la verdad
histórica.»
Lo cual quiere decir también que, transcurridos cuatro siglos y después
de haberse escrito y publicado tantos y tan voluminosos y, al parecer,
concienzudos trabajos sobre Colón y su admirable descubrimiento,
estamos todavía muy lejos de oir la última palabra. Pasan días y días
en disputas, no pocas veces enojosas por la pasión que las provoca y
la candente también que las mantiene, para, al pensar que sacudimos
un error, caer quizás en ciento sobre puntos esencialísimos de una
polémica que viene el Sr. Sánchez Moguel á decirnos que durará todavía
largo tiempo.
El deseo, repito, de hallar motivos de conciliación entre España y las
repúblicas hispano-americanas ha conducido al Sr. Sánchez Moguel á
recoger cuantas noticias nos llegan del Nuevo Mundo sobre las muestras
de simpatía que allí se nos dieron al celebrarse el Centenario. Y para
mejor satisfacer su patriótico anhelo, evoca en su libro el recuerdo de
los honores tributados en Chile y el Perú á la memoria de Valdivia y de
Pizarro; allí, coronando la ciudad de Santiago con la estatua del bravo
conquistador de aquella tierra venturosa, y en Lima dando so las naves
de la Catedral digna sepultura á los restos gloriosísimos de su insigne
fundador.
Ese afán lleva al Sr. Sánchez Moguel á, recordando lo de la estatua de
Valdivia, exclamar en su libro: «Aún no tienen estatuas: en Méjico,
Hernán Cortés; en Lima, Pizarro; en Bogotá, Quesada; en Buenos Aires,
Garay; y así otros grandes conquistadores de pueblos y fundadores de
ciudades. Lejos de mi ánimo acusar de ingratas, sino de perezosas, á
las naciones que se encuentran en este caso. Estoy seguro de que no ha
de tardar mucho tiempo en que todas honrarán á sus conquistadores, como
Chile á Valdivia.»
No es poco lo que, en su patriotismo, pretende el Sr. Sánchez Moguel.
Es verdad que debe animarle á ello el discurso, que también estampa,
del Alcalde de Lima al entregar en la Catedral los restos de Pizarro,
en el que se dice: «Don Francisco Pizarro fué el conquistador del Perú,
el fundador de esta capital, el que en sus propios hombros cargó el
primer madero que sirvió para la fabricación del templo en que nos
encontramos; y, lo que es más, fué el que nos legó la Religión que
profesamos, dándonos hasta su última hora pruebas del respeto y de la
veneración que tenia por ella; pues recordaréis que besando la Cruz del
Calvario, que con su propia sangre y puño había formado para elevar sus
preces al Todopoderoso, exhaló su último aliento.
Esto es para alentar al más escéptico en la obra que parece proponerse
nuestro digno compañero.
La contestación al discurso leído por el señor Asensio el día de su
recepción en esta Academia, cierra el libro ESPAÑA Y AMÉRICA, de
que voy dando cuenta; y, como tan recientemente pronunciada, es muy
conocida para que haya de recordar yo ahora las bellezas en que abunda.
La Academia la premió en aquella solemnidad con sus aplausos.
Aun por este, mejor que extracto, breve índice de los asuntos tratados
en el nuevo libro del Sr. Sánchez Moguel, se hace fácil conjeturar
cuáles sean las condiciones históricas que puedan avalorarlo en el
concepto público, una vez destinado á tomar carta de naturaleza en las
bibliotecas del Estado y populares, donde será muy útil su lectura, tan
instructiva como amena.
Porque bajo este último aspecto, el de su amenidad, el libro ofrece
atractivos que en nada ceden á los del científico, ya por la variedad
de asuntos, ya por lo fácil, según dije antes, de su exposición, lo
conciso y propio del lenguaje y lo elegante del estilo en que está
escrito.
Un poco dogmático el autor, como dedicado al ejercicio de la cátedra, y
batallador á veces por propia índole y la de su tierra natal, que tan
hiperbólicamente nos describe en el último capítulo, no se entrega, sin
embargo, á exponer las ideas y doctrina que abriga sobre las cuestiones
interesantísimas en que se ocupa sin cuidarse de confirmarlas con
documentos y datos de grande autoridad. Allá se las avenga con los
que no acepten esas ideas; que no le faltará, como al Sr. Asensio y
tantos otros de la misma escuela, quien las desapruebe y rechace. No
entra en mi cometido la misión de discutirlas, dando á este informe las
proporciones de un libro tan voluminoso como el que estoy describiendo;
pero, de un modo ú otro, el del Sr. Sánchez Moguel nunca dejará de
ofrecer un grandísimo interés y enseñanzas verdaderamente magistrales.
En resumen: el de ESPAÑA Y AMÉRICA es un libro que reune todas las
condiciones exigidas en el Real decreto de 12 de Marzo de 1875, siendo
_original, de relevante mérito y de utilidad para las Bibliotecas_,
según terminantemente previene aquella soberana disposición. La
Academia, pues, podría recomendarlo á la Dirección general de
Instrucción pública para que adquiriese el número de ejemplares
que exige el mejor servicio del Estado en sus centros literarios y
bibliotecas populares.
Esta es, al menos, la opinión del que suscribe[1].
[1] Leido este informe en junta celebrada por la Real Academia de la
Historia el 28 de Junio, fué aprobado por unanimidad.
Madrid 28 de Junio de 1895.
_José Gómez de Arteche._
[Ilustración]
[Ilustración]
LAS CONFERENCIAS AMERICANISTAS DEL ATENEO[2]
[2] Discurso resumen leído el 19 de Junio de 1892.
SEÑORAS Y SEÑORES:
El Ateneo de Madrid, que desde hace más de medio siglo viene
consagrando á la cultura de la patria el concurso meritorio de
sus luces; que, fiel á sus tradiciones, había de contribuir al
cuarto Centenario del descubrimiento de América en el modo y forma
más adecuados á su instituto; que, á este fin, estimó preferible
á toda obra la de preparar al país para la celebración del
Centenario, mediante una serie de conferencias públicas relativas al
descubrimiento, conquista y civilización del Nuevo Mundo, hoy, que
esta obra toca felizmente á su término, al considerar los resultados
obtenidos, al ver que oradores y escritores de toda filiación política
y científica, militares y marinos, sacerdotes y seglares; y lo que es
más hermoso todavía, americanos, portugueses y españoles, en armonioso
concierto, han contribuído un día y otro día, durante dos años, á la
ejecución de su pensamiento, se complace en publicar solemnemente
su gratitud á todos y cada uno de sus generosos cooperadores, y en
declarar muy alto que es su deseo, su aspiración más viva, que la
campaña terminada no sea la última, sino la primera en pro de la
fraternidad de los pueblos peninsulares y de sus hijos al otro lado del
Atlántico.
Si la empresa de España y de Colón puso en contacto dos continentes,
sea la conmemoración del singular acontecimiento el hecho venturoso
que estreche los vínculos de uno y otro mundo; vínculos más apretados
y duraderos que los antiguos de la conquista: los indestructibles
vínculos de la fraternidad y del derecho.
Empequeñecidos por nuestras discordias, viviendo casi en exclusivo
para los intereses y las luchas del momento, al acercarse el cuarto
Centenario de nuestra gloria mayor, habíamos ya casi perdido la
conciencia de la solidaridad nacional, los alientos para los combates
regeneradores, la esperanza en los destinos de la patria, y hasta la
memoria de lo que fuimos y de lo que hicieron nuestros padres.
Ni en la cátedra ni en los libros, bien lo sabéis, la historia del
descubrimiento de América ha tenido hasta ahora la plaza que en
justicia le corresponde. Si doctas corporaciones, como la Real Academia
de la Historia y la Sociedad Geográfica, han consagrado alguna parte
de su labor al estudio de la historia americana; si no han faltado
nunca en nuestra patria entendidos americanistas, los trabajos de
éstos y las publicaciones de aquéllas, apenas si habían trascendido
más allá del contado número de los eruditos. La gran mayoría de los
españoles, ignorante de estos estudios, satisfacía su escasa curiosidad
por las cosas americanas en libros más novelescos que históricos; y
hubiera llegado seguramente á los días del Centenario incapacitada para
conmemorar dignamente hechos que ignoraba ó que conocía únicamente en
relatos superficiales ó fabulosos, que es peor todavía.
Era, pues, necesario, imprescindible, despertar la atención y el
interés del país por el conocimiento positivo y completo de la empresa
descubridora, y esclarecer una por una, en numerosas conferencias, las
cuestiones que entraña su estudio.
Estas conferencias, primero en los oyentes, después impresas, en toda
clase de lectores responderían amplia y eficazmente á las exigencias
de la cultura general, con tanto mayor motivo, cuanto que ninguna
corporación había pensado en llenar este vacío. Las empresas imaginadas
ó acometidas por los centros oficiales y particulares, exposiciones,
monumentos, congresos, certámenes, publicaciones bibliográficas y
eruditas, trabajos indudablemente valiosos, pero de distinta clase,
y destinados todos para los días mismos del Centenario, estaban bien
lejos de proponerse la preparación de este gran acontecimiento,
ilustrando desde luego á la nación mediante una serie especial de
conferencias apropiadas al efecto.
Para promoverla y llevarla á cabo, ninguna corporación tan adecuada
como el Ateneo de Madrid, centro de la cultura nacional, tribuna
siempre abierta á la libre propagación de todas las doctrinas,
preparación y complemento al par de la vida científica de las demás
corporaciones. La separación entre lo oficial y lo particular, como
las divisiones en partidos, sectas y escuelas, son extrañas á su
instituto. Templo de la tolerancia, caben en él todas las ideas, como
en el Panteón romano todos los dioses.
Su historia es la historia del progreso intelectual en nuestra patria.
Político, filosófico y literario, principalmente, en sus orígenes,
siguiendo después las fases y etapas de la evolución científica, fué
luego cultivador de las ciencias históricas. Si éstas, en tiempos
anteriores, no tuvieron la vida fecunda de las ciencias morales y
políticas, y las exactas, físicas y naturales, que contaban desde la
fundación de este Centro con secciones propias, hay que reconocer
en justicia que de algunos años acá alcanzan en sus tareas igual ó
semejante participación que estas otras ciencias, sobre todo desde el
establecimiento de una sección especial de Ciencias históricas. Autor
de este pensamiento, me es muy grato poder asegurar que el Ateneo
entero lo acogió favorablemente desde el primer instante, como se
reciben siempre las ideas que sólo necesitan ser enunciadas para pasar
de la categoría de proyectos á la de hechos consumados.
Interesantes y animadas discusiones sobre materias históricas, así
como las notables conferencias dadas durante los cursos de 1885 á
1886 y de 1886 á 1887, sobre _La España del siglo XIX_, aseguraron
á los estudios históricos en la vida del Ateneo la participación
que les correspondía y que hoy alcanzan en el movimiento científico
contemporáneo.
El Centenario del descubrimiento de América debía llevar con
preferencia la atención á la historia del Nuevo Mundo, á sentir
la necesidad de darle entrada en la labor histórica del Ateneo, y
al pensamiento de cooperar á la celebración del Centenario con el
importante contingente de sus valiosos elementos. La bondad del Ateneo,
elevándome á la presidencia de la sección de Ciencias históricas, en
Junio de 1890, me proporcionó la honra de iniciar ya entonces esta
obra, cuya ejecución me fué luego encomendada, y en la que he venido
ocupándome hasta el día, no sé si con cabal acierto, pero sí con
verdadera solicitud y entusiasmo.
Ante todo, las conferencias debían corresponder cumplidamente á la
naturaleza del Centenario, que no era, como algunos habían dado en
apellidarle, _Centenario de Colón_, sino _Centenario del descubrimiento
de América_, y que comprendía, por lo tanto, no sólo los primeros
descubrimientos del gran navegante, por principales que fuesen, sino
también los verificados con posterioridad, así como los precedentes
que pudieran tener en tiempos anteriores. Tampoco, por celebrarse en
España, habían de reducirse los estudios á los descubrimientos de los
españoles, sino abarcar igualmente todos los relativos á la tierra
americana verificados por otras gentes, y asimismo los relacionados
íntimamente con ellos en África, Asia y Oceanía. Por último, el examen
de los descubrimientos, para ser completo, debía enlazarse con el
conocimiento de la América prehispánica: el suelo, la flora, la fauna,
las razas, las civilizaciones; del mismo modo que con el de la obra
europea en América: conquistas, colonización, instituciones; en suma,
debía estudiarse la historia americana, ya que no hasta la emancipación
colonial, al menos en los primeros tiempos, y, como coronamiento de
este vasto estudio, las influencias que en la vida de Europa vino á
ejercer á su vez el descubrimiento de América, por ejemplo, en las
ciencias geográficas, las ciencias médicas, etc., etc.
Obra, en primer término, eminentemente nacional, no debía el Ateneo
limitarse en su ejecución á sus propias fuerzas, á la labor exclusiva
de sus socios, sino, por el contrario, solicitar la cooperación de
todas las personas competentes del país, ya conocidas por sus trabajos
americanistas, ya entendidas en estudios históricos, que pudieran
cultivar ahora los referentes á América, dando así á estos estudios la
extensión y alcance que no tenían en nuestra patria.
Á todas, importa decirlo, á todas igualmente se dirigió el llamamiento
del Ateneo, sin distinción de clases, doctrinas y partidos: todas, con
excepciones contadísimas, respondieron á este patriótico llamamiento:
la Iglesia, la Marina, el Ejército, las Corporaciones científicas y
literarias, oficiales y particulares, especialmente la Universidad
Central, la Academia de la Historia y la Sociedad Geográfica. Algunos
de los conferenciantes, como el Sr. Pí y Margall, hacía ya muchos años
que estaban alejados por completo de la vida ateneística; otros, como
el Sr. Marqués de Cerralbo, no habían atrevesado ni una vez siquiera
los umbrales del Ateneo. Por vez primera en España, historiadores,
geógrafos, literatos, naturalistas, han tomado parte juntos en una
misma obra: la obra gloriosa de nuestros padres.
Ninguna institución tan elevada como la Iglesia, ni de tan considerable
influjo en la vida de la nación descubridora y en la de sus hijos
americanos: ninguna, por consiguiente, con mayores derechos y deberes
en la celebración del Centenario. ¿Cómo, pues, era imposible que
el Ateneo desconociera aquellos derechos, dejando de invocar la
cooperación de la Iglesia en la obra de sus conferencias? ¿Ni cómo,
tampoco, que la Iglesia olvidara sus deberes dejando de responder al
llamamiento del Ateneo?
De los sacerdotes llamados á compartir nuestras tareas, solamente
aceptó su encargo el Sr. Jardiel, Canónigo de Zaragoza. Acaso, y
sin acaso, la absoluta libertad que en el Ateneo disfrutan todas
las doctrinas haya sido causa de que los otros sacerdotes invitados
no hayan querido ó podido aceptar igualmente las conferencias
encomendadas. Es innegable que dicha libertad no ha sido nunca muy del
gusto de algunos católicos, como no lo es menos que otros, muchísimos
por cierto, han creído más conveniente aceptarla y emplearla en
la defensa y propagación de sus ideas y sentimientos genuinamente
católicos.
Socios del Ateneo fueron sacerdotes tan insignes como Lista y Gallego,
cuyos retratos figuran en la galería de ateneístas ilustres. En los
bancos de nuestra casa hemos visto hasta ha poco al inolvidable D.
Miguel Sánchez, librando descomunales batallas en pro de la ortodoxia
más pura, con admiración y aplauso de todos. Entendía el docto
Presbítero más conforme con el espíritu del Evangelio propagar sus
creencias en abierto combate que abstenerse de toda lucha, que es como
igualmente lo han entendido y entienden hoy, no ya simples sacerdotes,
sino príncipes de la Iglesia.
He aquí la importancia excepcional que tuvo la solemnidad celebrada
en el Ateneo el 21 de Marzo último: la entrada de la Iglesia en el
Ateneo, en la persona del respetable Arzobispo de Santiago de Cuba, que
presidió el acto, y del distinguido sacerdote aragonés encargado de
llevar juntamente la voz de la Iglesia y del Ateneo en aquella noche
memorable.
En la aceptación y venida del Sr. Jardiel corresponde participación
altísima á su Prelado, el Emmo. Cardenal Benavides, Arzobispo de
Zaragoza. «_Ayer di cuenta al Emmo. Sr. Cardenal de la carta de usted_
(me escribía el señor Jardiel el 30 de Octubre del año pasado), _y no
sólo me concede permiso para aceptar el encargo que usted me propone_,
SINO QUE ME HA ANIMADO Á ELLO CON SEÑALADAS MUESTRAS DE SATISFACCIÓN.»
Al obrar así el Arzobispo cesaraugustano, respondía cumplidamente,
no sólo á patrióticos sentimientos, sino á antiguas y arraigadas
convicciones. En su _Oración fúnebre en las honras de Cervantes_,
celebradas por la Real Academia Española en 1863, se hallan estas
hermosas palabras: «_¿Acaso la dulce y sonora voz evangélica será
extraña al progreso intelectual? ¿No llevará con igual amor sus
consuelos y sus lecciones al ignorante y al sabio? ¿Por ventura haremos
odiosas distinciones que el divino Maestro rechazaba, entre el judío y
el gentil, el griego y el romano, el bárbaro y el escita?_»
Con la memoria de tan fausto acontecimiento se enlaza el recuerdo de
otros también nuevos é importantes, no sólo en el Ateneo, sino en la
celebración del Centenario. Antes que ninguna otra corporación, la
nuestra, desde un principio, acordó solicitar el concurso de americanos
y portugueses, teniendo en cuenta que la obra de Portugal en los
descubrimientos es inseparable de la puramente española, y que á los
americanos importaba tanto como á los peninsulares el esclarecimiento
de hechos históricos de igual valor y alcance para toda la familia.
Así, además de la importancia científica de la cooperación prestada
por americanos y portugueses, podría darse el hermoso y trascendental
espectáculo de aparecer por primera vez unidos portugueses, americanos
y españoles en una misma empresa, principio fecundo de tantas otras en
que, siempre á salvo las respectivas independencias políticas, están
obligados á intervenir de igual modo, como la común historia reclama y
el común interés exige.
No es de extrañar que no todos los portugueses y americanos que el
Ateneo invitó aceptasen igualmente las conferencias ofrecidas, con sólo
tener en cuenta la carencia de precedentes análogos. Por fortuna, el
Sr. Oliveira Martins y los Sres. Riva Palacio, Solar y Zorrilla de San
Martín, han venido á establecerlos, llevando dignamente en la empresa
ateneísta, el primero la representación de Portugal, y los segundos la
de América, con gratitud y regocijo, no ya del Ateneo, sino de España
entera.
De este modo, nuestras conferencias, encaminadas ante todo á ilustrar
la historia americana y á preparar al país para la celebración del
Centenario, han contribuído además á estrechar fraternales vínculos,
por una parte entre las diferentes instituciones y elementos de nuestra
patria, y por otra entre los pueblos peninsulares y americanos;
precediendo en esta obra á todas las corporaciones, no sólo en el campo
de las teorías, sino en la esfera fecunda de la práctica. Bien puede
decirse, en este sentido, que al Ateneo corresponde, en primer término,
la gloria de abrir el camino y señalar el rumbo que debía seguirse en
la celebración del Centenario.
Que no todas las conferencias son de igual mérito ni científico ni
literario, que unas han sido fruto de nuevas investigaciones y otras
mera vulgarización de conocimientos ya sabidos de los doctos, no hay
que decirlo. Que unas y otras han servido, en mayor ó menor grado, á la
cultura general, es evidente. La crítica digna de este nombre no podrá
menos de reconocer en justicia que el Ateneo ha hecho cuanto le ha sido
dable al mejor logro de su intento, y que si no ha hecho más no ha sido
por falta de iniciativa y de deseo, sino porque no lo ha consentido el
estado de los estudios históricos en España.
Temerario sería, señores, pretender compendiar en modo alguno
el contenido de las conferencias, ni mucho menos aquilatarlo
cumplidamente. ¿Quién, dentro ni fuera de nuestro país, posee á un
tiempo aptitudes y conocimientos científicos de tan diversa índole para
examinar obra tan vasta y tan compleja? ¿Ni quién menos autorizado que
yo para intentarlo, ya por mi propia insuficiencia, ya por la parte
que he tenido en esta obra? Sólo me es posible bosquejar ligeramente
los caracteres generales que las conferencias han tenido, por vía de
ojeada al conjunto y á sus partes principales, sin entrar en el examen
analítico de todas y y cada una de las cuestiones estudiadas.
Como era de esperar, el descubridor del Nuevo Mundo ha sido objeto de
distintas conferencias, en las cuales la erudición de primera mano y
la verdadera crítica histórica han imperado algunas veces, y en otras
las dos diversas leyendas colombinas, esto es, la apologética y la
demoledora, la que diviniza á Colón y la que rebaja sus merecimientos
reales y efectivos en pro de figuras subalternas ó en aras de un
mal entendido patriotismo. En una y otra se rompe la unión esencial
é indivisible que en el orden histórico existirá siempre entre los
nombres de España y Colón, factores inseparables del descubrimiento
de América, sacrificando con igual injusticia, ya España á Colón, ya
Colón á España.
En la leyenda apologética, la más general y extendida, Colón no es
un hombre, capaz, por su humana naturaleza, de errores y de culpas;
es un santo, profeta de un Nuevo Mundo, á él solo revelado, y
mártir de la ignorancia, la ingratitud y la barbarie de España. La
nación descubridora, única en comprender los proyectos colombinos,
única también en dar para su ejecución su patrocinio, sus recursos,
sus naves, sus propios hijos, esa nación, salvo alguna que otra
personalidad, es en la inicua leyenda un pueblo de ingratos y
traidores, de envidiosos y malvados, enemigos, perseguidores, verdugos
del sublime, impecable y santísimo genovés.
¿Qué extraño, señores, qué extraño que semejantes falsedades hayan
provocado en nuestro suelo, no ya enérgicas protestas, sino injustas
represalias? Herido por la indignación el sentimiento de algunos
de nuestros compatriotas, no han podido ser, aunque quisieran,
reivindicadores imparciales de nuestras glorias, severos jueces que
separaran la verdad del error, la historia de la novela: no; en el
ardor del combate han traspasado á su vez los límites de lo justo, y
enfrente de la apoteosis de Colón ha surgido, no la historia, sino la
apoteosis de España.
En esta nueva leyenda, Colón es la víctima; el genio divino se
convierte en hombre de alguna ciencia, piloto, cuando no inferior,
igual á lo sumo á los que entonces teníamos: calumniador envidioso de
sus compañeros; desleal á sus palabras y compromisos; ladrón de premios
debidos á otros; y para que nada falte en ese cuadro de horrores, hasta
cobarde, que intentó volverse en el camino de su inmortal viaje. De
igual modo, al santo ha sucedido ahora una especie de delincuente,
sentado en el banquillo de los acusados, á quien no se interroga por
sus virtudes y grandezas, sino por sus errores y culpas, con deleite
indagadas, con crueldad abultadas y esparcidas, ya en irreverentes
burlas, ya en sañudas sentencias inquisitoriales.
Á la luz de la historia, el descubrimiento del Nuevo Mundo no es un
hecho aislado, sin precedentes ni relaciones inmediatas con hechos
anteriores: así como el descubrimiento de la Oceanía fué continuación
y consecuencia del de América, éste, como los descubrimientos de
los portugueses en Asia, fueron también, á su vez, consecuencia y
continuación de las navegaciones, descubrimientos y conquistas de
nuestra Península en África, que habían patentizado con absoluta
evidencia que la tierra no acababa en las columnas de Hércules, que
era navegable el mar tenebroso, habitable la zona tórrida y razonable
y posible arribar á la India siguiendo las costas de África. Así
se explica que antes de 1474 el físico florentino Pablo Toscanelli
idease nuevo camino de las Indias, el camino de Occidente, que fué
el que diez y y ocho años más tarde siguieron, por primera vez, las
naves descubridoras de Castilla. En el estado de los conocimientos
actuales, no sabemos aún, á punto fijo, si Colón tuvo antes ó después
que Toscanelli igual idea. En uno como en otro caso, es lo cierto que
Toscanelli, astrónomo, filósofo, no habría podido jamás poner por
obra su pensamiento. Colón, por el contrario, reunía las condiciones
necesarias al logro de su empresa. «De muy pequeña edad, escribía,
entré en la mar navegando, é lo he continuado fasta hoy. Ya pasan de
cuarenta años que yo voy en este uso--decía en 1502;--todo lo que
fasta hoy se navega, todo lo he andado.» «Hobe (de Dios) espíritu de
inteligencia. En la marinería me fizo abondoso, de astrología me dió lo
que abastaba, y ansí de geometría y aritmética, y engenio en el ánima
y manos para debujar esfera y en ellas las cibdades, ríos y montañas,
islas y puertos, todo en su propio sitio.» Glosando estas palabras,
el doctísimo Navarrete estimaba que «los escritos de Colón sobre las
profecías, sus relaciones, cartas y derroteros, dan pruebas evidentes
de haber tenido la erudición y conocimientos que indica él mismo.» ¿Qué
marino de aquellos tiempos se encontraba en este caso? ¿Cuál poseía,
en la esfera científica y en la práctica de la navegación, iguales ó
semejantes condiciones?
Como si ellas no bastasen, Colón disponía, y en altísimo grado, de
otras facultades no menos precisas y necesarias, si cabe: voluntad
de hierro, audacia insuperable, resistencia invencible. Era Colón,
para decirlo de una vez, la inteligencia, el corazón, el carácter que
necesitan para su ejecución proyectos como el suyo. Si hay genios que
se caracterizan por el predominio absoluto de alguna de sus cualidades,
hay otros que se distinguen por la plenitud y armonía de todas ellas.
Colón fué de esta clase, en magnitud la primera.
Aun cuando en el orden teórico hubiese carecido de originalidad su
pensamiento, no sería por eso menos grande el descubridor real y
efectivo del Nuevo Mundo. Llenas están las páginas de la historia
de ideólogos y proyectistas; ¡qué pocos saben vencer la inercia
tradicional y propia! ¡Qué pocos encarnar en su vida y en sus hechos
las iluminaciones de su espíritu! El progreso de la humanidad obra
es de este corto número de elegidos, de esa apostólica falange de
redentores, altruistas sublimes, que viven para convertir los sueños
en realidades, que carecen de la noción de tiempo y de espacio, porque
viven en la eternidad.
En su fervor religioso, que siempre fué extraordinario, Colón atribuía
á favor divino el origen de su pensamiento. «La Santísima Trinidad
me puso en memoria, y después llegó á perfecta inteligencia, que
podría navegar é ir á las Indias desde España, pasando el mar Océano
al Poniente», escribía en una ocasión. Y en otra decía, en análogos
términos: «Abrióme el Señor el entendimiento con mano palpable á que
era hacedero navegar de aquí á las Indias, y me abrió la voluntad para
la ejecución de ello.» Asimismo, al dar cuenta del descubrimiento,
decía: «He arribado á una empresa que no tocó hasta ahora mortal
alguno; pues si bien ciertos habían escrito ó hablado de la existencia
de estas islas, todos hablaron y escribieron con dudas y por
conjeturas; pero ninguno asegura haberlas visto, de que procedía que se
tuviesen por fabulosas.»
Según estas declaraciones, Colón pensó únicamente en ir á las Indias
pasando el Océano al Poniente. ¿Cómo, pues, se dirá, se ha pretendido
atribuirle el proyecto de descubrir un mundo nuevo? Y sin embargo, en
el proyecto de ir á las Indias iba comprendido el descubrir un mundo;
ó, en otros términos, uno y otro proyecto son uno solo: el mismo. Me
explicaré. Creía Colón que navegando al Oeste hallaría nuevas tierras.
Y tanto lo creía, que antes de emprender su viaje se hizo nombrar
Virrey y Gobernador de las islas y tierra firme que descubriera. En sus
viajes descubrió, en efecto, no sólo islas, sino la tierra firme; en
una palabra, lo que buscaba, lo que fué á descubrir seguro, segurísimo
de su existencia. Es no menos cierto que Colón creyó también que
las tierras descubiertas constituían otro mundo. Dícelo así el gran
navegante á los Reyes Católicos en estas palabras: «Ningunos príncipes
de España jamás ganaron tierra alguna fuera de ella, _salvo agora que
vuestras Altezas tienen acá_ OTRO MUNDO.»
El error de Colón estuvo únicamente en creer, con areglo á los
conocimientos de su época, como aquí ha sido doctamente demostrado,
que ese mundo, esas tierras, pertenecían al Asia, que eran las Indias.
Error secundario ante la magnitud de la empresa acometida y realizada.
Si se engañó al dar á las nuevas tierras el nombre de Indias, ¿qué
diremos de los que mudaron este nombre en el de América?
Entre tanto como se ha publicado estos días tocante al gran
descubrimiento, hay una especie que no ha sido rectificada hasta ahora
en las conferencias colombinas, y que no debe quedar sin respuesta. Me
refiero á la pretendida novedad que supone que Colón no descubrió el
Nuevo Mundo en 1492, sino en 1477. Ahora bien: hace más de tres siglos
y medio que en obras como las _Ilustraciones de la Casa de Niebla_, de
Pedro Barrantes Maldonado, publicada en 1857 por la Real Academia de
la Historia, se dice que Colón había descubierto las Indias antes de
1492, y que el viaje de este año no fué, por consiguiente, el primero,
sino el segundo. No trae Barrantes la fecha de aquél, pero en el
_Códice Colombino_, de Spotorno, publidado en 1815, se señala la de
1477, esto es, la misma que ahora se quiere dar como cosa nueva. ¿Puede
dudarse, en vista de estos testimonios, que la flamante especie del
descubrimiento de América en 1477 es una _novedad antigua_?
Á este linaje pertenecen del mismo modo otras especies no menos
fantásticas tocante al piloto innominado ó bautizado con el nombre de
Alonso Sánchez, vizcaíno, portugués ó andaluz, llegado á América, sin
saberlo, por las tormentas de la mar ó la fuerza de las corrientes, y
que á su regreso había revelado á Colón la existencia de un Nuevo Mundo
y el derrotero que debía seguir para llegar á él. Hablillas y consejas,
como tantas otras de igual clase con que la ignorancia ó la malicia
ha pretendido amenguar, de antiguo, la gloria de Colón, ó simplemente
explicarse á placer de la imaginación, por vía novelesca, como tantos
otros descubrimientos, el de América.
Sobre estos puntos capitales son bien claras y terminantes las
declaraciones de Colón, ya cuando dice que su «_empresa era ignota á
todo el mundo_», «_é abscondido el camino á cuantos se fabló_» (de
las Indias), ya cuando, de un modo más categórico todavía, asegura
que por el camino de Occidente--son sus palabras--«_no sabemos por
cierta fe que haya pasado nadie_.» ¿Y qué testimonios, qué pruebas
existen en contra de estas declaraciones? Absolutamente ninguna.
Por el contrario, otras que las fortifican y comprueban. Los mismos
marineros que compartieron las glorias y los trabajos de la singular
empresa, «nunca oyeron hablar de descubrimientos, ni siquiera de la
existencia de las Indias, hasta la llegada de Cristóbal Colón.» Después
del descubrimiento, los Reyes Católicos escribían al descubridor: «Una
de las principales cosas porque esto nos ha placido tanto es por ser
inventada, principiada é habida por vuestra mano, trabajo é industria.
Y cuanto más en esto platicamos y vemos, conocemos cuán gran cosa ha
seido este negocio vuestro, y que habéis sabido en ello más que nunca
se pensó que pudiera saber ninguno de los nacidos.» España entera, con
profundo convencimiento y con inmensa gratitud, debe repetir siempre
estas palabras de los Reyes Católicos, y más que nunca en los días del
Centenario.
El verdadero patriotismo debe mirar como propios el nombre y los
merecimientos de Colón, que si no nació en España la sirvió y enalteció
como el mejor de sus hijos. Con razón ha escrito un célebre historiador
de nuestros días: «Trajano, nacido en España, fué el primero de los
romanos; Colón, nacido en Italia, fué el primero de los españoles.»
No es posible, señores, ni en una ni en muchas conferencias, examinar
cumplidamente las negociaciones de Colón en los reinos de Castilla
para llevar á cabo su empresa. La historia del primer Almirante de las
Indias, desde que vino de Portugal á Andalucía hasta que de esa misma
Andalucía salió á descubrir las nuevas tierras, es, al presente, ó
una serie descarnada é incompleta de datos sueltos, insuficiente para
formar un cuadro histórico, ó un conjunto novelesco de conjeturas,
hipótesis, juicios é incidentes contradictorios, en que dominan á sus
anchas la imaginación y el sentimiento. La ida del futuro descubridor
al convento de la Rábida, con su hijo Diego de la mano, como Belisario,
pidiendo un vaso de agua para el niño; las juntas de letrados y
sabidores, las intrigas de las camarillas palaciegas en pro ó en contra
de los proyectos colombinos, como si se tratase de la provisión de una
prebenda, las corazonadas proféticas de la Reina Isabel, la oposición
encarnizada de Don Fernando, que cede, al fin, ante la actitud resuelta
de su esposa, todo publica que no hay hecho ni figura de que no se haya
apoderado la leyenda para alterarlas á su capricho.
De todos modos, es indudable lo más esencial, á saber: que los Reyes
de Castilla dieron á Colón, como él mismo nos dice: «_aviamiento
de gentes y navíos_, y le hicieron _su Almirante en el dicho mar_
(Océano), _Visorey y Gobernador de la tierra firme é islas que
yo fallase y descubriese_.» Es no menos cierto que la empresa
descubridora entraba de lleno en la política atlántica de Castilla.
Los intereses creados en África por los castellanos, principalmente
los de Andalucía; el incremento poderoso que iban adquiriendo los
portugueses en las islas y costas africanas, y el espíritu religioso
y aventurero de nuestros padres, debían naturalmente aprovechar la
ocasión que se ofrecía de dilatar los dominios de la fe y de la patria
en nuevas tierras. Los Reyes Católicos, que, aun en los mismos días
de la conquista de Granada, se afanaban por la adquisición definitiva
y completa de las Canarias, no podían en manera alguna dejar de
proseguir las empresas oceánicas. La ida á las Indias había de halagar
tan vivamente á los castellanos como á los portugueses. Portugal
tenía su camino; Castilla lo tuvo con los proyectos de Colón. Ya los
dos pueblos hermanos tenían señalados los respectivos rumbos de la
expansión peninsular en que habían de eclipsar á fenicios y griegos,
á la cabeza de la civilización europea, en la obra redentora de los
descubrimientos y conquistas.
Obra de los Reyes Católicos debe ser apellidada la empresa política de
Castilla, aunque tuviese mayor parte en ella la Reina Católica que su
augusto esposo, como se dice obra de los Reyes Católicos la conquista
de Granada, en la que es indudable que corresponde la parte principal
á Don Fernando. Los monumentos de la época representan siempre juntos
á los egregios consortes. Estaba reservado á nuestros días interrumpir
la antigua y loable costumbre en monumentos recientes. En esta cátedra
se han oído sobre ello voces de protesta; pero para el Ateneo eran ya
tardías, porque mucho antes, su Delegado en la Junta del Centenario,
con no ser natural de la vieja corona de Aragón, sino de la de
Castilla, las había alzado ya en el seno de dicha Junta, seguro de
interpretar así los sentimientos del Ateneo.
En iguales injusticias se incurre intentando amenguar la gloria, por
una parte de Colón y por otra de los marinos españoles, en provecho de
los Pinzones, mejor dicho de Martín Alonso Pinzón. Fué éste _persona
esforzada y de buen ingenio_, al decir de Colón. Ni Portugal ni
Castilla tenían entonces mejor marinero. Sus hermanos y parientes,
sus amigos y paisanos reconocían la superioridad de Martín Alonso,
y es indudable que al contar Colón con él, contaba con los demás.
Corresponde, pues, al marino de Palos el más alto lugar entre los
compañeros del primer Almirante de las Indias. Pero de esto á suponerle
otro Colón, como algunos pretenden, hay gran distancia, tanta como
la que separa la verdad de sus indisputables merecimientos, de las
injusticias y calumnias con que han tratado al capitán de _La Pinta_
los idólatras del marino genovés.
Si los de Palos, como Colón escribía, «no cumplieron con el Rey y la
Reina lo que habían prometido, dar navíos convenientes para aquella
jornada», ello es que los dieron, y no Pinzón, como ha dicho alguno.
No menos fabulosa es la especie que supone que al llegar Colón á Palos
se encontró con que nadie quería acompañarle, y que entonces solicitó
de los Reyes provisión especial para reclutar su gente entre los
presos de la cárcel, de los cuales no hubo uno solo que consintiese
en seguirle. La falsedad de semejantes aserciones quedará probada
con decir que la cédula mandando suspender el conocimiento de los
negocios y causas criminales contra los que fuesen con Colón data de
30 de Abril de 1492, con anterioridad á la ida del Almirante á Palos
á disponer su expedición, y que no consta en modo alguno que hiciese
uso de aquella cédula, que llevó consigo para el caso en que fuese
necesaria, demostración evidente de que encontró muy luego quienes
se prestasen á ir en su compañía. Que los Pinzones, con su ejemplo y
con su influjo, contribuyeron sin duda al mejor logro de la empresa,
está fuera de duda; pero no hay que rebajar por ello los merecimientos
de los demás, atribuyéndoles apocamientos, resistencias ni cobardías
anteriores, impropias de los valerosos copartícipes de los Pinzones en
la gloriosa empresa.
Perdonad, señores, que me haya alargado más de lo que pensaba en el
examen de estas cuestiones colombinas. Por fortuna, réstame poco que
decir de las demás conferencias, las cuales han estado bien distantes
de los apasionamientos de que aquellas otras adolecen, y no por
voluntad ni propósito de sus autores, sino por el estado actual de las
controversias históricas.
Las ciencias naturales, con la severidad de sus procedimientos, nos han
informado copiosamente respecto á la gea, la metalurgia, la flora,
la fauna y la razas indígenas del continente americano. Y en íntima
consonancia con estos trabajos, la filología y la arqueología han
venido á completar el conocimiento de las sociedades primitivas con el
de las más altas manifestaciones de su vida, de sus instituciones y de
su cultura.
Únicamente en lo tocante á las relaciones históricas del nuevo con
el viejo mundo antes del descubrimiento se ha presentado alguna
disparidad, siempre serena, siempre científica, en las doctrinas
sustentadas por los conferenciantes, ya en el orden de la arqueología y
antropología, como en los estudios geográficos y en lo relativo á los
precedentes colombinos.
En cambio las conferencias consagradas á los descubridores y
conquistadores han resultado esencialmente armónicas en la exposición
de las empresas y en el juicio de los héroes que las llevaron á cabo.
Cortés, Balboa, Pizarro, Valdivia, Magallanes, Elcano, Solís, Quirós,
se destacan del fondo de esas doctas lecciones con la grandeza y
majestad que corresponde á sus hechos inmortales. Cabe decir otro tanto
del Pacificador del Perú y del venerable Obispo de la Puebla de los
Ángeles, cuyos grandes merecimientos han sido noble é imparcialmente
patentizados en elocuentes conferencias. Ovando, Bobadilla, la
condición social de los indios, la propagación del Cristianismo, el
Consejo y las leyes de Indias, el Virreinato, el apostolado redentor de
los misioneros, las campañas jurídicas de Fr. Bartolomé de las Casas,
el influjo científico del descubrimiento; en suma, la obra civilizadora
de España en el Nuevo Mundo, han tenido inteligentes intérpretes en
nuestras conferencias. Y para que nada faltase, ha venido á tomar
parte en ellas ilustre escritora que ha mantenido con gloria la doble
representación de su sexo y de su elevada inteligencia.