esperando unos momentos. Su gestión no había dado mejor resultado que
la mía, y así me lo dijo con abatido rostro. El joven G... M..., aunque
menos irritado que su padre contra mí y contra Manon, no había querido
tomar sobre sí el impetrar piedad para ella. Habíase excusado, alegando
el temor que a él mismo inspiraba aquel viejo vengativo que habíase
enfurecido ya una vez, reprochándole sus proyectos amorosos por lo que
a Manon atañía.
No me quedaba, pues, más camino que el de la violencia, tal y como T...
me había trazado el plan; a él reduje todas mis esperanzas. «Son bien
endebles--díjele--; pero la más dulce y grata para mí es la de perecer
en la empresa». Dejéle, rogándole me auxiliase con sus votos, y ya no
pensé sino en asociarme unos camaradas a quienes contagiar mi valor y
resolución.
Al primero que se me ocurrió recurrir fué al guardia de corps que me
había servido ya para detener a G... M... También proyectaba ir a
pasar la noche a su casa, no habiendo tenido ánimos para procurarme
alojamiento. Le hallé solo. Mostró gran alegría al verme, pues me
creía en el _Chatelet_. Ofrecióme sus servicios; le expliqué los que
podía prestarme. Tenía bastante buen sentido para apreciar todas las
dificultades, pero también bastante generosidad para correr los riesgos.
Pasamos una parte de la noche en madurar mi proyecto. Hablóme de los
tres soldados de la guardia de que se valiera en la última ocasión como
de tres valientes. T... habíame informado con exactitud del número
de los arqueros que debían guardar a Manon en el camino; no eran más
que seis. Cinco hombres valientes y resueltos serían bastante para
sembrar el pánico entre aquellos miserables, incapaces de defenderse
decorosamente si pueden librarse de los riesgos del combate con una
cobardía.
Como no carecía de dinero, el guardia de corps aconsejóme
no escatimar nada para asegurar el éxito de nuestro ataque.
«Necesitamos--dijo--caballos, pistolas y un mosquete cada uno. Yo me
encargo de hacer mañana los preparativos. Hacen falta también tres
trajes de paisano para los soldados, que, claro es, no osarán mostrarse
en una aventura así con los uniformes del regimiento». Puse en sus
manos las cien _pistolas_ que me diera T... y que fueron gastadas al
siguiente día hasta el último céntimo. Los tres soldados desfilaron
ante mí; les animé con promesas y para ilusionarles más di a cada uno
diez _pistolas_.
Llegado el día en que la empresa había de tener lugar envié uno al
_hospital_ desde por la mañana temprano, para cerciorarse por sus
propios ojos de la partida de los arqueros con su presa.
Aunque no había tomado tal precaución sino por un exceso de inquietud
y previsión, resultó que era absolutamente precisa. Había confiado
en algunas indicaciones erróneas que me habían dado sobre el camino
que debían seguir y creía que era en la Rochelle donde la lamentable
caravana iba a embarcar. Hubiese malgastado mis esfuerzos de esperar en
el camino de Orleans. Fuí informado por el soldado de guardia que era
de Havre-de-Grâce de donde partiría el barco para América.
Corrimos a la Puerta de San Honorato, cuidando de ir por distintos
caminos. Nos reunimos en los límites del barrio. No tardamos en ver
venir los seis guardias y los dos míseros coches que tropezasteis en
Passy hace dos años. Aquel espectáculo estuvo a punto de quitarme las
fuerzas y hasta el conocimiento. «¡Oh, fortuna!--gemí--¡Cruel fortuna!
¡Dame la muerte o la victoria!».
Nos consultamos un momento sobre la manera de llevar a cabo el ataque;
los arqueros no iban arriba de cuatrocientos pasos delante de nosotros
y podíamos cortarles el paso con sólo cruzar un pequeño campo al que
bordeaba el camino real. Los guardias de corps fueron de opinión de
hacerlo así, para caer de improviso sobre ellos, sembrando el pánico
en sus filas. Aprobé su idea y fuí el primero en picar espuelas al
caballo. Pero la fortuna mostróse sorda a mis ruegos.
Los arqueros, viendo a cinco caballeros galopar hacia ellos, no
dudaron fuése con intención de atacarles. Pusiéronse a la defensiva,
preparando sus bayonetas y sus fusiles con aire de resolución.
Aquello que no tuvo otra consecuencia que exasperar nuestra furia en el
guardia de corps y en mí, robó de golpe y porrazo el valor de nuestros
pusilánimes compañeros. Paráronse como de común acuerdo y habiendo
cambiado algunas palabras entre sí, volvieron grupas y a todo galopar
de sus caballos dirigiéronse hacia París.
«¡Dios mío! ¿qué hacer ahora?--díjome el guardia de corps que parecía
tan anonadado como yo ante aquella infame deserción--No somos sino
dos». Habíame quedado mudo de furor y de asombro. Detúveme dudando si
mi primera venganza no debía de emplearla en la persecución y castigo
de los cobardes que así me abandonaban. Mirábales huir y volvía al
mismo tiempo mis ojos a los arqueros. Si me hubiese sido posible
partirme en dos, hubiese caído a la vez sobre los dos objetos de mi
odio.
El guardia de corps, que dióse cuenta de mi incertidumbre por mis
miradas de espanto, rogóme prestase oídos a sus consejos. «No siendo
sino dos, sería locura atacar a seis hombres que están tan bien armados
como nosotros y que parecen esperarnos a pie firme. Hay que volver a
París y escoger mejor a nuestros hombres y mañana alcanzarlos. Los
arqueros no podrán hacer grandes jornadas con esos pesados carromatos y
no nos costará gran trabajo».
Medité un momento sobre aquel partido pero, no viendo por todas partes
sino motivos de desesperación, tomé una resolución verdaderamente
extrema, y fué, después de dar las gracias a mi compañero por sus
servicios, despedirme de él, y luego, en vez de atacar a los arqueros,
acercarme sumiso a ellos y rogarles me permitiesen incorporarme a
su caravana para acompañar a Manon hasta Havre-de-Grâce y pasar
luego con ella al otro lado del mar. «Todo el mundo me persigue o me
traiciona--díjele al guardia de corps--, nada puedo esperar de nadie,
no aguardo nada de la fortuna, ni menos auxilio de los hombres. Mis
males han llegado a la meta, no me queda sino someterme. Así, que
cierro los ojos a la esperanza. Pluga al cielo recompensar vuestra
generosidad. Adiós. Voy a ayudar a mi mala suerte a consumar mi ruina
corriendo a ella voluntariamente». Inútilmente hizo esfuerzos para
convencerme que debía de volver a París. Roguéle que me dejase a merced
de mi destino y que se fuése él, pues temía que los arqueros siguiesen
creyendo en una intención de ataque por nuestra parte.
Fuí hacia ellos con paso lento y tal consternación en el semblante, que
no pudieron creer en una intención de ataque. Sin embargo, permanecían
a la defensiva. «Tranquilizaos señores--díjeles abordándoles--, no os
traigo la guerra; vengo tan sólo a pediros gracia». Roguéles siguiesen
su camino sin desconfianza y expliquéles, mientras caminábamos, el
favor que esperaba de ellos.
Consultáronse sobre cómo debían recibir aquella confesión. El jefe
del destacamento tomó la palabra en nombre de los demás. Respondióme
que las ordenes que tenía para vigilar a sus cautivas eran de rigor
extremo; que, sin embargo, parecíales tan simpático y buena persona,
que él y sus compañeros faltarían un algo a su deber, pero que, como
comprendería aquel sacrificio había de costarme algo. Quedábanme quince
_pistolas_ y no tuve inconveniente en decirles lo que constituía mi
capital. «Pues bien, seremos generosos; no os costará sino un _escudo_
por hora hablar con la mujer que queráis; es el precio corriente en
París».
No les había hablado de Manon, en particular, porque no entraba en
mis planes que conociesen mi pasión. Imagináronse primero que no era
sino una fantasía muchachil la que me hacía buscar una distracción con
aquellas criaturas. Pero, cuando creyeron notar que estaba enamorado,
aumentaron de tal modo el tributo, que al salir de Nantes, donde
dormimos el día que llegamos a París, mi bolsa estaba exhausta.
¡Para qué deciros cuál fué el triste motivo de mi conversación con
Manon durante el camino, ni la impresión que su vista causó sobre
mí cuando hube obtenido de los guardias la libertad de acercarme al
carricoche! ¡Ah! las palabras no son capaces, sino de dar a medias idea
de lo que sucedía en nuestro corazón. Pero imaginaos a mi infortunada
amiga sujeta por una cadena que le rodeaba la cintura, sentada sobre
un haz de paja, la cabeza apoyada en la pared del vehículo y el rostro
pálido y humedecido por las lágrimas que brotaban de sus ojos a pesar
de tener los párpados cerrados. Ni aun había tenido la curiosidad de
abrirlos al oir el ruido que hacían sus guardianes ante el temor de
ser atacados. Su ropa estaba sucia y en desorden, sus manos delicadas
expuestas a las crueles caricias del frío, aquel rostro capaz de
convertir al universo a la idolatría, parecía devastado y presa de un
abatimiento sin límites.
Ocupaba todo mi tiempo en observarla mientras caminaba a caballo al
lado del carricoche. Tan poco en mis cabales me hallaba, que estuve a
punto de caer varias veces. Mis suspiros y mis constantes exclamaciones
me valieron algunas miradas de ella. Entonces me reconoció y pude
observar que su primer impulso había sido arrojarse del coche para
venir a mí, pero retenida por la cadena, volvió a caer en la primitiva
actitud.
Rogué a los arqueros que por compasión se detuviesen un momento;
cedieron por avaricia. Dejé mi caballo para sentarme a su lado.
Estaba tan debilitada y vencida que permaneció largo rato sin poder
hablar ni mover las manos. Durante aquel tiempo humedecílas con mis
lágrimas, e incapaz de hablar yo mismo, permanecimos así, largo
rato, en la más triste situación que es dado imaginar. No menos
triste fueron nuestras razones cuando hubimos recobrado el uso de la
palabra. Manon habló poco; diríase que el dolor y la vergüenza habían
alterado los resortes de su voz, que era débil y temblorosa. Dióme
las gracias por no haberle olvidado y también por la alegría que la
proporcionaba--díjome suspirando--, verme una vez aún para poder
darme un postrer adiós. Pero cuando le aseguré que no había en el
mundo fuerzas capaces de separarme de ella y que estaba dispuesto a
seguirla al fin del universo para cuidarla y servirla, para amarla y
para ligar mi destino a su miseria, la pobre criatura entregóse a tan
intensas y dolorosas emociones que llegué a temer por su vida ante el
fuerte sacudimiento experimentado. Todos los movimientos que agitaban
su alma parecían reflejarse en sus ojos. Teníalos clavados en mí. A
veces abría la boca sin tener fuerzas para concluir de pronunciar las
palabras que iba a decir. Algunas se le escapaban, sin embargo. Eran de
admiración por mi amor, de protesta contra su exceso, de duda ante la
posibilidad de haberme inspirado una pasión tan perfecta y de súplica
para que renunciase al proyecto de seguirle, y buscar lejos de ella una
felicidad digna de mí que, decía, no podía darme.
Pese a la crueldad de mi suerte, hallaba mi dicha en sus miradas y en
la seguridad de mi amor. Había perdido, es verdad, todo lo que el resto
de los hombres estiman, pero tenía el corazón de Manon, que era lo que
yo más estimaba. Vivir en Europa o en América... ¿qué me importaba, si
era feliz y si vivía con ella? ¿No es acaso el universo entero patria
común para dos seres que se aman? ¿No encuentran el uno en el otro
padre, madre, amante, amigos, riquezas y felicidad?
Si algo me inquietaba era la idea de ver a Manon expuesta a las
privaciones de la indigencia. Figurábame ya en su compañía en un
país inculto y poblado por salvajes. «Seguro estoy--decíame a mí
mismo--que no los habrá tan salvajes y crueles como mi padre. A lo
menos nos dejarán en paz. Si las descripciones que de ellos se hacen
son exactas, viven según las leyes de la Naturaleza, no conocen ni
las fatales leyes de la avaricia que dominan a G... M..., ni las
fantásticas preocupaciones del honor que hacen de mi padre un enemigo.
No molestarán, pues, a dos amantes a quienes verán vivir con igual
sencillez que ellos». Por aquel lado estaba tranquilo.
Pero no me hacía ilusiones por lo que a la parte material de la vida
se refería. Había experimentado con harta frecuencia que existen
necesidades imprescindibles para una criatura delicada como Manon,
acostumbrada a una vida cómoda y regalada. Estaba desesperado de haber
malgastado inútilmente mi dinero y de que el poco que aun me quedaba
amenazase acabárseme por la bribonería de los arcabuceros. Pensaba
que con una modesta suma hubiera podido, no sólo defenderme contra
la miseria una temporada en América, donde el dinero escasea, sino
emprender alguna empresa duradera.
Aquel pensamiento engendró el de escribir a Tiberio, a quien siempre
encontré propicio a prestarme la noble ayuda de su amistad. Escribíle
desde la primera villa por donde pasamos. No le daba otra razón sino
el gran apuro en que me veía en Havre-de-Grâce, donde le confesaba
había ido acompañando a Manon. Le pedía cien _pistolas_. «Hacedlas
llegar a mi mano--decíale--por el jefe de las postas. Ya veis que es
la última vez que os importuno; pero viéndome forzado a abandonar a mi
infortunada amante no puedo dejarla ir al destierro sin alguna ayuda
que mitigue su situación».
Los arcabuceros hiciéronse tan intratables, cuando pudieron juzgar de
la violencia de mi pasión, y agobiáronme con tales exigencias, que
pronto me vi reducido a la última miseria. El amor, de otra parte, no
me permitía administrar mi bolsa. Pasaba todo el tiempo junto a Manon,
y no era ya por horas sino por días enteros como había que medirme el
tiempo. En fin, agotado mi tesoro, me vi a la merced de aquellos seis
miserables que me trataban con insoportable grosería. Testigo fuisteis
en Passy. Vuestro encuentro fué un feliz respiro que me acordó la
Fortuna. Vuestra piedad ante mi infortunio, la sola recomendación para
vuestro corazón generoso. Vuestro donativo me permitió llegar al Havre,
pues los arqueros guardaron más fe a su promesa de la que les creía
capaces.
Llegamos. Fuí al correo. Tiberio no había tenido aún tiempo de
contestarme. Me informé con exactitud del día en que podría recibir
su carta. Resultó que no podía llegar sino dos días después, y por
una burla cruel de mi destino, que el barco en que nos íbamos salía
por la mañana el mismo día en que debía de llegar el dinero. No puedo
pintaros mi desesperación. «¡Cómo--clamé lleno de angustia--aun en la
desgracia misma he de distinguirme por el exceso de mi mal!». Manon
me contestó: «¡Bah! ¿Merece vida tan miserable nuestros trabajos por
conservarla? Muramos en el Havre, mi amado caballero: ¡Que la muerte
acabe de un golpe con nuestras miserias! ¿Debemos ir a buscarla a una
tierra ignorada, donde deben esperarnos dolores sin cuento, puesto que
de ella han querido hacer un castigo para mí? ¡Muramos!--repitió--. O
por mejor decir, ve a buscar la dicha en los brazos de otra amada menos
infortunada que yo.--No, no--respondíle--, es para mí una dicha ser
desdichado con vos».
Sus palabras hiciéronme temblar. Juzgué que estaba abrumada por sus
penas. Esforcéme en tomar un aire tranquilo para quitarle aquellas
funestas ideas de muerte y desesperación. Resolví comportarme así en
lo futuro y tuve ocasión de aprender que no hay nada capaz de inspirar
confianza a una mujer como la intrepidez del hombre a quien ama.
Cuando hube perdido la esperanza de recibir ningún socorro de Tiberio,
vendí mi caballo. El dinero que obtuve, junto con el que aun me
quedaba de vuestra liberalidad, formaba la modesta suma de diecisiete
_pistolas_. Gasté siete en comprar algunas cosas precisas a Manon y
guardé las otras diez avaramente, como base de nuestra futura fortuna
en América. No me costó gran trabajo hacerme recibir en el barco.
Buscábase entonces gente joven dispuesta a unirse a la colonia. El
pasaje y la comida me fueron concedidos de un modo gratuito. Como el
correo de París debía marchar al siguiente día, dejé una carta para
Tiberio. Era sincera y capaz de enternecerle, puesto que le hizo tomar
una resolución que sólo podía venir de un amigo sincero, lleno de
infinita ternura y generosidad por otro amigo desgraciado.
Nos dimos a la vela. El viento nos fué propicio. Obtuve del capitán un
lugar aparte para mí y para Manon. Tuvo la bondad de mirarnos desde
un principio de manera diferente que a nuestros míseros compañeros.
No creí incurrir en ningún pecado afrentoso diciéndole que Manon
y yo estábamos unidos en matrimonio. Desde el primer día habíala
llevado aparte, y para atraernos su simpatía habíale contado una
parte de nuestros infortunios. Nos acordó su protección, y palmarias
señales de ella recibimos durante la travesía. Nos hizo dar de comer
decorosamente, sin contar con que las consideraciones que nos guardaba
nos hicieron respetar por nuestros compañeros de miseria. Mi atención
estaba siempre alerta para que Manon no sufriese la menor incomodidad.
Notábalo ella, y aquello, junto con la idea de la extrema miseria a
que por su amor me había rebajado, hacíanla tan tierna y apasionada,
tan atenta a mis menores deseos, que era entre ella y yo un pugilato
de servidumbres de amor. No tenía ni la menor nostalgia de Europa. Al
contrario; según avanzábamos hacia América sentía esponjarse mi corazón
y se hacía en él la paz. Si hubiese estado seguro de no carecer de las
cosas más necesarias para la vida hubiese dado gracias a la Fortuna por
haber dado aquel giro favorable a mi existencia de desdichas.
Después de una navegación de dos meses llegamos, por fin, a la orilla
deseada. El país, a primera vista, no nos ofreció nada de agradable.
Eran llanuras yermas e inhospitalarias en que apenas veíase algún
arroyo y algún árbol deshojado por el viento. No se veía rastro de
hombres ni animales; pero habiendo el capitán ordenado que disparasen
algunos tiros de nuestra artillería, no tardamos en ver aparecer a unos
ciudadanos de la Nueva Orleáns que se aproximaron a nosotros con vivas
señales de júbilo. No habíamos visto la villa, que se halla oculta por
aquel lado tras una pequeña colina. Nos recibieron como a emisarios del
cielo.
Los pobres habitantes apresuráronse a hacernos mil preguntas sobre el
estado de Francia y de cada una de las provincias donde habían nacido.
Abrazábannos como a sus hermanos y como a compañeros amados que venían
a compartir su soledad y su miseria. Con ellos tomamos el camino de la
ciudad; pero al avanzar vimos con pena que lo que nos habían elogiado
como una gran ciudad no era sino un villorrio miserable constituido por
algunas pobres cabañas. Habitábanlo seiscientas o setecientas personas.
La casa del gobernador nos pareció algo mejor por su tamaño y por su
situación. Hállase defendida por algunas fortificaciones hechas con
tierra, en torno de las que corre un largo foso.
Fuimos llevados a su presencia. Conferenció largamente con el capitán y
luego fué pasando revista, una a una, a todas las mujeres de la remesa.
Eran treinta, pues habíamos hallado en Havre otra banda que se reunió
a la nuestra. Después de haberlas examinado atentamente, el gobernador
hizo llamar a algunos jóvenes de la ciudad que se desesperaban en
espera de una esposa e hizo echar a suertes. No había aún hablado a
Manon, pero cuando ordenó retirarse a los demás nos hizo quedar a ella
y a mí. «Me dice el capitán que estáis casados y que ha podido apreciar
durante el viaje que se trata de dos personas de talento y mérito. No
quiero escudriñar en las razones que han causado vuestra desgracia,
pero si es verdad que tenéis tanto mundo como vuestro aspecto me hace
creer, podéis estar seguros que haré cuanto esté en mi mano para
endulzar vuestra suerte, y a la vez vosotros me ayudaréis a hallar
alguna distracción en este lugar desierto y salvaje».
Contestéle del modo que creí más conveniente para confirmarle en la
idea que se había formado de nosotros. Dió entonces algunas órdenes
para hacernos preparar alojamiento y nos invitó a quedarnos a cenar
con él. Encontréle muy tratable para ser el jefe de una penitenciaria.
En público no nos hizo pregunta ninguna sobre el fondo de nuestras
aventuras. La conversación fué general y, pese a nuestra tristeza,
Manon y yo nos esforzamos en distraerle.
Por la noche nos hizo llevar a la habitación que nos habían preparado.
Nos encontramos con una miserable cabaña con muros de barro y de
madera, compuesta de tres habitaciones y un granero. Había hecho poner
cinco o seis sillas y algunas otras cosas necesarias para la vida.
Manon pareció aterrada a la vista de tan triste morada. Era más
por mí que por ella por lo que se sentía afligida. Cuando quedamos
solos sentóse y púsose a llorar amargamente. Impúseme el deber de
consolarla; pero cuando me dijo que era más por mí que por ella por
lo que lloraba con tanto desconsuelo, y que el motivo de su aflicción
era pensar en las privaciones que por ella me imponía, tomé sobre mí
la misión de consolarla y hacer aquello menos triste. «¿De qué he de
quejarme si tengo cuanto deseo en el mundo? ¿No me amáis? ¿Qué otra
dicha puedo haber deseado? Dejemos al cielo el cuidado de nuestra
fortuna. La situación no es tan desesperada. El gobernador es un hombre
considerado; ha mostrado estima por nosotros; no dejará, seguramente,
que carezcamos de lo preciso. Por lo que a la miseria de nuestra cabaña
y a la tosquedad de los muebles se refiere, habréis podido observar que
hay aquí pocas gentes mejor alojadas que nosotros. ¡Eso sin contar con
que vos sois admirable alquimista, porque todo lo transformáis en oro
con vuestra sola presencia!».
--Entonces seréis la persona más rica del universo--díjome--, pues si
es verdad que jamás hubo amor como el vuestro, no menos verdad es que
jamás ser humano fué más tiernamente amado que lo sois vos. Quiero ser
justa para conmigo misma--continuó--y confesar que nunca merecí la
prodigiosa devoción que me mostráis. Os he causado penas y sinsabores
que han necesitado de toda vuestra bondad para hallar perdón. He sido
infiel, ligera y aun, amándoos con toda mi alma como os amé siempre,
fuí hasta ingrata. Pero nunca podéis imaginaros hasta qué punto he
cambiado. Las lágrimas que tantas veces visteis brotar de mis ojos
ni una sola vez fueron motivadas por mis propios males. Ésos dejé de
sentirlos cuando vos vinisteis a compartirlos conmigo. No lloraba sino
de ternura y compasión por vos. No podré consolarme de haberos hecho
sufrir ni un solo momento. No ceso de reprocharme mi liviandad ni de
admirar vuestra abnegación por una infortunada indigna de ella, que con
toda la sangre de sus venas no podría pagarla--añadió con abundancia de
lágrimas y suspiros.
Su llanto, su discurso y el tono en que lo había pronunciado hicieron
sobre mí tan gran impresión que creí sentir partírseme el corazón.
«Tened cuidado--díjela--, tened cuidado, mi adorada Manon; no tengo
fuerzas para soportar pruebas tales de vuestro amor, pues no puedo
habituarme a júbilo tan grande. ¡Oh, Dios mío!--gemí--. Ya nada os
pido, estoy seguro del corazón de mi Manon, que es cuanto deseo
para ser feliz. Ya no cesaré de serlo nunca. Ya soy feliz.--Lo
seréis--respondióme--si de mí hacéis depender vuestra felicidad, y por
lo que a mí se refiere ya no sé dónde hallar la mía».
Me acosté con aquellas ideas, que hacían de mi cabaña un palacio digno
del más poderoso monarca del mundo. América parecióme después de eso
un lugar de delicias. «Es a Nueva Orleáns--decíale frecuentemente a
Manon--donde hay que venir si queremos gozar de las delicias del amor.
Es aquí donde puede amarse sin celos, sin interés y sin infidelidades.
Nuestros compatriotas vienen a buscar oro, ¡no saben que hemos hallado
tesoros mucho más valiosos!».
Cultivamos cuidadosamente la amistad del gobernador. Algunas semanas
más tarde me dió un pequeño destino que había vacado en el castillo.
Aunque no era cosa muy admirable, aceptéla como un don del cielo, pues
me colocaba en condiciones de vivir sin ser una carga para nadie. Tomé
un criado para mí y una doncella para Manon. Nuestra pequeña fortuna
quedó en orden. Yo, por mi parte, era muy ordenado; Manon no lo era
menos. No dejábamos pasar ninguna ocasión de hacer un favor o ser
útiles a nuestros convecinos. Aquella servicialidad y nuestro natural
simpático y deferente nos atrajeron las simpatías de la colonia toda.
En poco tiempo llegamos a estar tan considerados que pasábamos por ser
las primeras personalidades de la colonia después del gobernador.