T... no había vuelto aún a su casa, pero regresó después de estarle

esperando unos momentos. Su gestión no había dado mejor resultado que

la mía, y así me lo dijo con abatido rostro. El joven G... M..., aunque

menos irritado que su padre contra mí y contra Manon, no había querido

tomar sobre sí el impetrar piedad para ella. Habíase excusado, alegando

el temor que a él mismo inspiraba aquel viejo vengativo que habíase

enfurecido ya una vez, reprochándole sus proyectos amorosos por lo que

a Manon atañía.

No me quedaba, pues, más camino que el de la violencia, tal y como T...

me había trazado el plan; a él reduje todas mis esperanzas. «Son bien

endebles--díjele--; pero la más dulce y grata para mí es la de perecer

en la empresa». Dejéle, rogándole me auxiliase con sus votos, y ya no

pensé sino en asociarme unos camaradas a quienes contagiar mi valor y

resolución.

Al primero que se me ocurrió recurrir fué al guardia de corps que me

había servido ya para detener a G... M... También proyectaba ir a

pasar la noche a su casa, no habiendo tenido ánimos para procurarme

alojamiento. Le hallé solo. Mostró gran alegría al verme, pues me

creía en el _Chatelet_. Ofrecióme sus servicios; le expliqué los que

podía prestarme. Tenía bastante buen sentido para apreciar todas las

dificultades, pero también bastante generosidad para correr los riesgos.

Pasamos una parte de la noche en madurar mi proyecto. Hablóme de los

tres soldados de la guardia de que se valiera en la última ocasión como

de tres valientes. T... habíame informado con exactitud del número

de los arqueros que debían guardar a Manon en el camino; no eran más

que seis. Cinco hombres valientes y resueltos serían bastante para

sembrar el pánico entre aquellos miserables, incapaces de defenderse

decorosamente si pueden librarse de los riesgos del combate con una

cobardía.

Como no carecía de dinero, el guardia de corps aconsejóme

no escatimar nada para asegurar el éxito de nuestro ataque.

«Necesitamos--dijo--caballos, pistolas y un mosquete cada uno. Yo me

encargo de hacer mañana los preparativos. Hacen falta también tres

trajes de paisano para los soldados, que, claro es, no osarán mostrarse

en una aventura así con los uniformes del regimiento». Puse en sus

manos las cien _pistolas_ que me diera T... y que fueron gastadas al

siguiente día hasta el último céntimo. Los tres soldados desfilaron

ante mí; les animé con promesas y para ilusionarles más di a cada uno

diez _pistolas_.

Llegado el día en que la empresa había de tener lugar envié uno al

_hospital_ desde por la mañana temprano, para cerciorarse por sus

propios ojos de la partida de los arqueros con su presa.

Aunque no había tomado tal precaución sino por un exceso de inquietud

y previsión, resultó que era absolutamente precisa. Había confiado

en algunas indicaciones erróneas que me habían dado sobre el camino

que debían seguir y creía que era en la Rochelle donde la lamentable

caravana iba a embarcar. Hubiese malgastado mis esfuerzos de esperar en

el camino de Orleans. Fuí informado por el soldado de guardia que era

de Havre-de-Grâce de donde partiría el barco para América.

Corrimos a la Puerta de San Honorato, cuidando de ir por distintos

caminos. Nos reunimos en los límites del barrio. No tardamos en ver

venir los seis guardias y los dos míseros coches que tropezasteis en

Passy hace dos años. Aquel espectáculo estuvo a punto de quitarme las

fuerzas y hasta el conocimiento. «¡Oh, fortuna!--gemí--¡Cruel fortuna!

¡Dame la muerte o la victoria!».

Nos consultamos un momento sobre la manera de llevar a cabo el ataque;

los arqueros no iban arriba de cuatrocientos pasos delante de nosotros

y podíamos cortarles el paso con sólo cruzar un pequeño campo al que

bordeaba el camino real. Los guardias de corps fueron de opinión de

hacerlo así, para caer de improviso sobre ellos, sembrando el pánico

en sus filas. Aprobé su idea y fuí el primero en picar espuelas al

caballo. Pero la fortuna mostróse sorda a mis ruegos.

Los arqueros, viendo a cinco caballeros galopar hacia ellos, no

dudaron fuése con intención de atacarles. Pusiéronse a la defensiva,

preparando sus bayonetas y sus fusiles con aire de resolución.

Aquello que no tuvo otra consecuencia que exasperar nuestra furia en el

guardia de corps y en mí, robó de golpe y porrazo el valor de nuestros

pusilánimes compañeros. Paráronse como de común acuerdo y habiendo

cambiado algunas palabras entre sí, volvieron grupas y a todo galopar

de sus caballos dirigiéronse hacia París.

«¡Dios mío! ¿qué hacer ahora?--díjome el guardia de corps que parecía

tan anonadado como yo ante aquella infame deserción--No somos sino

dos». Habíame quedado mudo de furor y de asombro. Detúveme dudando si

mi primera venganza no debía de emplearla en la persecución y castigo

de los cobardes que así me abandonaban. Mirábales huir y volvía al

mismo tiempo mis ojos a los arqueros. Si me hubiese sido posible

partirme en dos, hubiese caído a la vez sobre los dos objetos de mi

odio.

El guardia de corps, que dióse cuenta de mi incertidumbre por mis

miradas de espanto, rogóme prestase oídos a sus consejos. «No siendo

sino dos, sería locura atacar a seis hombres que están tan bien armados

como nosotros y que parecen esperarnos a pie firme. Hay que volver a

París y escoger mejor a nuestros hombres y mañana alcanzarlos. Los

arqueros no podrán hacer grandes jornadas con esos pesados carromatos y

no nos costará gran trabajo».

Medité un momento sobre aquel partido pero, no viendo por todas partes

sino motivos de desesperación, tomé una resolución verdaderamente

extrema, y fué, después de dar las gracias a mi compañero por sus

servicios, despedirme de él, y luego, en vez de atacar a los arqueros,

acercarme sumiso a ellos y rogarles me permitiesen incorporarme a

su caravana para acompañar a Manon hasta Havre-de-Grâce y pasar

luego con ella al otro lado del mar. «Todo el mundo me persigue o me

traiciona--díjele al guardia de corps--, nada puedo esperar de nadie,

no aguardo nada de la fortuna, ni menos auxilio de los hombres. Mis

males han llegado a la meta, no me queda sino someterme. Así, que

cierro los ojos a la esperanza. Pluga al cielo recompensar vuestra

generosidad. Adiós. Voy a ayudar a mi mala suerte a consumar mi ruina

corriendo a ella voluntariamente». Inútilmente hizo esfuerzos para

convencerme que debía de volver a París. Roguéle que me dejase a merced

de mi destino y que se fuése él, pues temía que los arqueros siguiesen

creyendo en una intención de ataque por nuestra parte.

Fuí hacia ellos con paso lento y tal consternación en el semblante, que

no pudieron creer en una intención de ataque. Sin embargo, permanecían

a la defensiva. «Tranquilizaos señores--díjeles abordándoles--, no os

traigo la guerra; vengo tan sólo a pediros gracia». Roguéles siguiesen

su camino sin desconfianza y expliquéles, mientras caminábamos, el

favor que esperaba de ellos.

Consultáronse sobre cómo debían recibir aquella confesión. El jefe

del destacamento tomó la palabra en nombre de los demás. Respondióme

que las ordenes que tenía para vigilar a sus cautivas eran de rigor

extremo; que, sin embargo, parecíales tan simpático y buena persona,

que él y sus compañeros faltarían un algo a su deber, pero que, como

comprendería aquel sacrificio había de costarme algo. Quedábanme quince

_pistolas_ y no tuve inconveniente en decirles lo que constituía mi

capital. «Pues bien, seremos generosos; no os costará sino un _escudo_

por hora hablar con la mujer que queráis; es el precio corriente en

París».

No les había hablado de Manon, en particular, porque no entraba en

mis planes que conociesen mi pasión. Imagináronse primero que no era

sino una fantasía muchachil la que me hacía buscar una distracción con

aquellas criaturas. Pero, cuando creyeron notar que estaba enamorado,

aumentaron de tal modo el tributo, que al salir de Nantes, donde

dormimos el día que llegamos a París, mi bolsa estaba exhausta.

¡Para qué deciros cuál fué el triste motivo de mi conversación con

Manon durante el camino, ni la impresión que su vista causó sobre

mí cuando hube obtenido de los guardias la libertad de acercarme al

carricoche! ¡Ah! las palabras no son capaces, sino de dar a medias idea

de lo que sucedía en nuestro corazón. Pero imaginaos a mi infortunada

amiga sujeta por una cadena que le rodeaba la cintura, sentada sobre

un haz de paja, la cabeza apoyada en la pared del vehículo y el rostro

pálido y humedecido por las lágrimas que brotaban de sus ojos a pesar

de tener los párpados cerrados. Ni aun había tenido la curiosidad de

abrirlos al oir el ruido que hacían sus guardianes ante el temor de

ser atacados. Su ropa estaba sucia y en desorden, sus manos delicadas

expuestas a las crueles caricias del frío, aquel rostro capaz de

convertir al universo a la idolatría, parecía devastado y presa de un

abatimiento sin límites.

Ocupaba todo mi tiempo en observarla mientras caminaba a caballo al

lado del carricoche. Tan poco en mis cabales me hallaba, que estuve a

punto de caer varias veces. Mis suspiros y mis constantes exclamaciones

me valieron algunas miradas de ella. Entonces me reconoció y pude

observar que su primer impulso había sido arrojarse del coche para

venir a mí, pero retenida por la cadena, volvió a caer en la primitiva

actitud.

Rogué a los arqueros que por compasión se detuviesen un momento;

cedieron por avaricia. Dejé mi caballo para sentarme a su lado.

Estaba tan debilitada y vencida que permaneció largo rato sin poder

hablar ni mover las manos. Durante aquel tiempo humedecílas con mis

lágrimas, e incapaz de hablar yo mismo, permanecimos así, largo

rato, en la más triste situación que es dado imaginar. No menos

triste fueron nuestras razones cuando hubimos recobrado el uso de la

palabra. Manon habló poco; diríase que el dolor y la vergüenza habían

alterado los resortes de su voz, que era débil y temblorosa. Dióme

las gracias por no haberle olvidado y también por la alegría que la

proporcionaba--díjome suspirando--, verme una vez aún para poder

darme un postrer adiós. Pero cuando le aseguré que no había en el

mundo fuerzas capaces de separarme de ella y que estaba dispuesto a

seguirla al fin del universo para cuidarla y servirla, para amarla y

para ligar mi destino a su miseria, la pobre criatura entregóse a tan

intensas y dolorosas emociones que llegué a temer por su vida ante el

fuerte sacudimiento experimentado. Todos los movimientos que agitaban

su alma parecían reflejarse en sus ojos. Teníalos clavados en mí. A

veces abría la boca sin tener fuerzas para concluir de pronunciar las

palabras que iba a decir. Algunas se le escapaban, sin embargo. Eran de

admiración por mi amor, de protesta contra su exceso, de duda ante la

posibilidad de haberme inspirado una pasión tan perfecta y de súplica

para que renunciase al proyecto de seguirle, y buscar lejos de ella una

felicidad digna de mí que, decía, no podía darme.

Pese a la crueldad de mi suerte, hallaba mi dicha en sus miradas y en

la seguridad de mi amor. Había perdido, es verdad, todo lo que el resto

de los hombres estiman, pero tenía el corazón de Manon, que era lo que

yo más estimaba. Vivir en Europa o en América... ¿qué me importaba, si

era feliz y si vivía con ella? ¿No es acaso el universo entero patria

común para dos seres que se aman? ¿No encuentran el uno en el otro

padre, madre, amante, amigos, riquezas y felicidad?

Si algo me inquietaba era la idea de ver a Manon expuesta a las

privaciones de la indigencia. Figurábame ya en su compañía en un

país inculto y poblado por salvajes. «Seguro estoy--decíame a mí

mismo--que no los habrá tan salvajes y crueles como mi padre. A lo

menos nos dejarán en paz. Si las descripciones que de ellos se hacen

son exactas, viven según las leyes de la Naturaleza, no conocen ni

las fatales leyes de la avaricia que dominan a G... M..., ni las

fantásticas preocupaciones del honor que hacen de mi padre un enemigo.

No molestarán, pues, a dos amantes a quienes verán vivir con igual

sencillez que ellos». Por aquel lado estaba tranquilo.

Pero no me hacía ilusiones por lo que a la parte material de la vida

se refería. Había experimentado con harta frecuencia que existen

necesidades imprescindibles para una criatura delicada como Manon,

acostumbrada a una vida cómoda y regalada. Estaba desesperado de haber

malgastado inútilmente mi dinero y de que el poco que aun me quedaba

amenazase acabárseme por la bribonería de los arcabuceros. Pensaba

que con una modesta suma hubiera podido, no sólo defenderme contra

la miseria una temporada en América, donde el dinero escasea, sino

emprender alguna empresa duradera.

Aquel pensamiento engendró el de escribir a Tiberio, a quien siempre

encontré propicio a prestarme la noble ayuda de su amistad. Escribíle

desde la primera villa por donde pasamos. No le daba otra razón sino

el gran apuro en que me veía en Havre-de-Grâce, donde le confesaba

había ido acompañando a Manon. Le pedía cien _pistolas_. «Hacedlas

llegar a mi mano--decíale--por el jefe de las postas. Ya veis que es

la última vez que os importuno; pero viéndome forzado a abandonar a mi

infortunada amante no puedo dejarla ir al destierro sin alguna ayuda

que mitigue su situación».

Los arcabuceros hiciéronse tan intratables, cuando pudieron juzgar de

la violencia de mi pasión, y agobiáronme con tales exigencias, que

pronto me vi reducido a la última miseria. El amor, de otra parte, no

me permitía administrar mi bolsa. Pasaba todo el tiempo junto a Manon,

y no era ya por horas sino por días enteros como había que medirme el

tiempo. En fin, agotado mi tesoro, me vi a la merced de aquellos seis

miserables que me trataban con insoportable grosería. Testigo fuisteis

en Passy. Vuestro encuentro fué un feliz respiro que me acordó la

Fortuna. Vuestra piedad ante mi infortunio, la sola recomendación para

vuestro corazón generoso. Vuestro donativo me permitió llegar al Havre,

pues los arqueros guardaron más fe a su promesa de la que les creía

capaces.

Llegamos. Fuí al correo. Tiberio no había tenido aún tiempo de

contestarme. Me informé con exactitud del día en que podría recibir

su carta. Resultó que no podía llegar sino dos días después, y por

una burla cruel de mi destino, que el barco en que nos íbamos salía

por la mañana el mismo día en que debía de llegar el dinero. No puedo

pintaros mi desesperación. «¡Cómo--clamé lleno de angustia--aun en la

desgracia misma he de distinguirme por el exceso de mi mal!». Manon

me contestó: «¡Bah! ¿Merece vida tan miserable nuestros trabajos por

conservarla? Muramos en el Havre, mi amado caballero: ¡Que la muerte

acabe de un golpe con nuestras miserias! ¿Debemos ir a buscarla a una

tierra ignorada, donde deben esperarnos dolores sin cuento, puesto que

de ella han querido hacer un castigo para mí? ¡Muramos!--repitió--. O

por mejor decir, ve a buscar la dicha en los brazos de otra amada menos

infortunada que yo.--No, no--respondíle--, es para mí una dicha ser

desdichado con vos».

Sus palabras hiciéronme temblar. Juzgué que estaba abrumada por sus

penas. Esforcéme en tomar un aire tranquilo para quitarle aquellas

funestas ideas de muerte y desesperación. Resolví comportarme así en

lo futuro y tuve ocasión de aprender que no hay nada capaz de inspirar

confianza a una mujer como la intrepidez del hombre a quien ama.

Cuando hube perdido la esperanza de recibir ningún socorro de Tiberio,

vendí mi caballo. El dinero que obtuve, junto con el que aun me

quedaba de vuestra liberalidad, formaba la modesta suma de diecisiete

_pistolas_. Gasté siete en comprar algunas cosas precisas a Manon y

guardé las otras diez avaramente, como base de nuestra futura fortuna

en América. No me costó gran trabajo hacerme recibir en el barco.

Buscábase entonces gente joven dispuesta a unirse a la colonia. El

pasaje y la comida me fueron concedidos de un modo gratuito. Como el

correo de París debía marchar al siguiente día, dejé una carta para

Tiberio. Era sincera y capaz de enternecerle, puesto que le hizo tomar

una resolución que sólo podía venir de un amigo sincero, lleno de

infinita ternura y generosidad por otro amigo desgraciado.

Nos dimos a la vela. El viento nos fué propicio. Obtuve del capitán un

lugar aparte para mí y para Manon. Tuvo la bondad de mirarnos desde

un principio de manera diferente que a nuestros míseros compañeros.

No creí incurrir en ningún pecado afrentoso diciéndole que Manon

y yo estábamos unidos en matrimonio. Desde el primer día habíala

llevado aparte, y para atraernos su simpatía habíale contado una

parte de nuestros infortunios. Nos acordó su protección, y palmarias

señales de ella recibimos durante la travesía. Nos hizo dar de comer

decorosamente, sin contar con que las consideraciones que nos guardaba

nos hicieron respetar por nuestros compañeros de miseria. Mi atención

estaba siempre alerta para que Manon no sufriese la menor incomodidad.

Notábalo ella, y aquello, junto con la idea de la extrema miseria a

que por su amor me había rebajado, hacíanla tan tierna y apasionada,

tan atenta a mis menores deseos, que era entre ella y yo un pugilato

de servidumbres de amor. No tenía ni la menor nostalgia de Europa. Al

contrario; según avanzábamos hacia América sentía esponjarse mi corazón

y se hacía en él la paz. Si hubiese estado seguro de no carecer de las

cosas más necesarias para la vida hubiese dado gracias a la Fortuna por

haber dado aquel giro favorable a mi existencia de desdichas.

Después de una navegación de dos meses llegamos, por fin, a la orilla

deseada. El país, a primera vista, no nos ofreció nada de agradable.

Eran llanuras yermas e inhospitalarias en que apenas veíase algún

arroyo y algún árbol deshojado por el viento. No se veía rastro de

hombres ni animales; pero habiendo el capitán ordenado que disparasen

algunos tiros de nuestra artillería, no tardamos en ver aparecer a unos

ciudadanos de la Nueva Orleáns que se aproximaron a nosotros con vivas

señales de júbilo. No habíamos visto la villa, que se halla oculta por

aquel lado tras una pequeña colina. Nos recibieron como a emisarios del

cielo.

Los pobres habitantes apresuráronse a hacernos mil preguntas sobre el

estado de Francia y de cada una de las provincias donde habían nacido.

Abrazábannos como a sus hermanos y como a compañeros amados que venían

a compartir su soledad y su miseria. Con ellos tomamos el camino de la

ciudad; pero al avanzar vimos con pena que lo que nos habían elogiado

como una gran ciudad no era sino un villorrio miserable constituido por

algunas pobres cabañas. Habitábanlo seiscientas o setecientas personas.

La casa del gobernador nos pareció algo mejor por su tamaño y por su

situación. Hállase defendida por algunas fortificaciones hechas con

tierra, en torno de las que corre un largo foso.

Fuimos llevados a su presencia. Conferenció largamente con el capitán y

luego fué pasando revista, una a una, a todas las mujeres de la remesa.

Eran treinta, pues habíamos hallado en Havre otra banda que se reunió

a la nuestra. Después de haberlas examinado atentamente, el gobernador

hizo llamar a algunos jóvenes de la ciudad que se desesperaban en

espera de una esposa e hizo echar a suertes. No había aún hablado a

Manon, pero cuando ordenó retirarse a los demás nos hizo quedar a ella

y a mí. «Me dice el capitán que estáis casados y que ha podido apreciar

durante el viaje que se trata de dos personas de talento y mérito. No

quiero escudriñar en las razones que han causado vuestra desgracia,

pero si es verdad que tenéis tanto mundo como vuestro aspecto me hace

creer, podéis estar seguros que haré cuanto esté en mi mano para

endulzar vuestra suerte, y a la vez vosotros me ayudaréis a hallar

alguna distracción en este lugar desierto y salvaje».

Contestéle del modo que creí más conveniente para confirmarle en la

idea que se había formado de nosotros. Dió entonces algunas órdenes

para hacernos preparar alojamiento y nos invitó a quedarnos a cenar

con él. Encontréle muy tratable para ser el jefe de una penitenciaria.

En público no nos hizo pregunta ninguna sobre el fondo de nuestras

aventuras. La conversación fué general y, pese a nuestra tristeza,

Manon y yo nos esforzamos en distraerle.

Por la noche nos hizo llevar a la habitación que nos habían preparado.

Nos encontramos con una miserable cabaña con muros de barro y de

madera, compuesta de tres habitaciones y un granero. Había hecho poner

cinco o seis sillas y algunas otras cosas necesarias para la vida.

Manon pareció aterrada a la vista de tan triste morada. Era más

por mí que por ella por lo que se sentía afligida. Cuando quedamos

solos sentóse y púsose a llorar amargamente. Impúseme el deber de

consolarla; pero cuando me dijo que era más por mí que por ella por

lo que lloraba con tanto desconsuelo, y que el motivo de su aflicción

era pensar en las privaciones que por ella me imponía, tomé sobre mí

la misión de consolarla y hacer aquello menos triste. «¿De qué he de

quejarme si tengo cuanto deseo en el mundo? ¿No me amáis? ¿Qué otra

dicha puedo haber deseado? Dejemos al cielo el cuidado de nuestra

fortuna. La situación no es tan desesperada. El gobernador es un hombre

considerado; ha mostrado estima por nosotros; no dejará, seguramente,

que carezcamos de lo preciso. Por lo que a la miseria de nuestra cabaña

y a la tosquedad de los muebles se refiere, habréis podido observar que

hay aquí pocas gentes mejor alojadas que nosotros. ¡Eso sin contar con

que vos sois admirable alquimista, porque todo lo transformáis en oro

con vuestra sola presencia!».

--Entonces seréis la persona más rica del universo--díjome--, pues si

es verdad que jamás hubo amor como el vuestro, no menos verdad es que

jamás ser humano fué más tiernamente amado que lo sois vos. Quiero ser

justa para conmigo misma--continuó--y confesar que nunca merecí la

prodigiosa devoción que me mostráis. Os he causado penas y sinsabores

que han necesitado de toda vuestra bondad para hallar perdón. He sido

infiel, ligera y aun, amándoos con toda mi alma como os amé siempre,

fuí hasta ingrata. Pero nunca podéis imaginaros hasta qué punto he

cambiado. Las lágrimas que tantas veces visteis brotar de mis ojos

ni una sola vez fueron motivadas por mis propios males. Ésos dejé de

sentirlos cuando vos vinisteis a compartirlos conmigo. No lloraba sino

de ternura y compasión por vos. No podré consolarme de haberos hecho

sufrir ni un solo momento. No ceso de reprocharme mi liviandad ni de

admirar vuestra abnegación por una infortunada indigna de ella, que con

toda la sangre de sus venas no podría pagarla--añadió con abundancia de

lágrimas y suspiros.

Su llanto, su discurso y el tono en que lo había pronunciado hicieron

sobre mí tan gran impresión que creí sentir partírseme el corazón.

«Tened cuidado--díjela--, tened cuidado, mi adorada Manon; no tengo

fuerzas para soportar pruebas tales de vuestro amor, pues no puedo

habituarme a júbilo tan grande. ¡Oh, Dios mío!--gemí--. Ya nada os

pido, estoy seguro del corazón de mi Manon, que es cuanto deseo

para ser feliz. Ya no cesaré de serlo nunca. Ya soy feliz.--Lo

seréis--respondióme--si de mí hacéis depender vuestra felicidad, y por

lo que a mí se refiere ya no sé dónde hallar la mía».

Me acosté con aquellas ideas, que hacían de mi cabaña un palacio digno

del más poderoso monarca del mundo. América parecióme después de eso

un lugar de delicias. «Es a Nueva Orleáns--decíale frecuentemente a

Manon--donde hay que venir si queremos gozar de las delicias del amor.

Es aquí donde puede amarse sin celos, sin interés y sin infidelidades.

Nuestros compatriotas vienen a buscar oro, ¡no saben que hemos hallado

tesoros mucho más valiosos!».

Cultivamos cuidadosamente la amistad del gobernador. Algunas semanas

más tarde me dió un pequeño destino que había vacado en el castillo.

Aunque no era cosa muy admirable, aceptéla como un don del cielo, pues

me colocaba en condiciones de vivir sin ser una carga para nadie. Tomé

un criado para mí y una doncella para Manon. Nuestra pequeña fortuna

quedó en orden. Yo, por mi parte, era muy ordenado; Manon no lo era

menos. No dejábamos pasar ninguna ocasión de hacer un favor o ser

útiles a nuestros convecinos. Aquella servicialidad y nuestro natural

simpático y deferente nos atrajeron las simpatías de la colonia toda.

En poco tiempo llegamos a estar tan considerados que pasábamos por ser

las primeras personalidades de la colonia después del gobernador.

Manon Lescaut(#75868) · 第 11 / 12 段