Tales reflexiones dejáronme transido de dolor. Pero nada significaban

si había de compararlas con las que miraban a lo porvenir, pues si he

de decir verdad estremecíame de miedo por Manon. Había estado ya en el

_hospital_, y aunque hubiese salido, no ignoraba yo lo peligrosas, por

sus consecuencias, que eran ciertas recaídas en aquel lugar. Hubiese

querido participarle mis temores pero temí alarmarle con exceso.

Temblaba por ella sin osar comunicarle mis zozobras y abrazábale con

tiernos suspiros para por lo menos asegurarle de mi amor, que era el

único sentimiento que osaba expresarle. «Manon--díjele--, háblame con

franqueza; ¿me amáis siempre?». Contestóme que le mortificaba el que

pudiese dudarlo. «Pues bien, ya no dudo y afrontaré a todos nuestros

enemigos con esa fe. Emplearé todo mi esfuerzo en salir del _Chatelet_

y mi sangre no servirá de nada si no empleo hasta la última gota en

sacaros de allí en cuanto yo me vea libre».

Llegamos a la prisión. Nos pusieron en lugar aparte a cada uno. Aquel

golpe me fué menos cruel por haberlo previsto de antemano. Me recomendó

Manon al portero haciéndole saber que yo era persona distinguida y

ofreciéndole una recompensa. Abracé a mi amada antes de separarme de

ella. La conjuré a no afligirse con exceso y a no temer nada mientras

estuviese yo en el mundo. No careciendo yo de dinero díle algo a ella y

pagué al portero un mes de pensión adelantado para ambos.

Mi dinero dió resultados óptimos. Pusiéronme en un cuarto limpio y bien

arreglado y me aseguraron que Manon tenía uno igual.

Ocupéme en seguida de los medios de apresurar mi libertad. No había

nada de realmente criminal en nuestra aventura, y aun suponiendo que

el intento de robo se probase, gracias a la declaración de Marcelo,

no ignoraba yo que las intenciones no podían castigarse. Decidí

escribir en seguida a mi padre para rogarle viniese a París en persona.

Causábame menos vergüenza, como ya he dicho, estar en el _Chatelet_ que

en San Lázaro. Esto sin contar que, aunque conservaba todo mi respeto

por la autoridad paterna, la edad y la experiencia habían disminuido

mucho mi timidez. Escribíle, pues, y en el _Chatelet_ no pusieron

inconveniente a la salida de mi carta. Era, sin embargo, una molestia

que hubiese podido ahorrarme de saber que mi padre llegaba a París al

siguiente día.

Había recibido la carta que le escribiera ocho días antes. Tuvo una

gran alegría; pero por mucho que mi conversión halagase su deseo no

creyó poder confiar del todo en mis promesas. Tomó así el partido de

venir en persona a asegurarse de mi conversión y trazar su línea creada

al tenor de la sinceridad de mi arrepentimiento. Llegó al día siguiente

de mi prisión.

Su primera visita fué a Tiberio, a quien indicábale yo que debía

dirigir la respuesta a mi carta. No pudo saber de él ni mi domicilio ni

mi estado presente. Tan sólo supo mis principales aventuras desde que

me escapé de San Sulpicio. Tiberio le habló con elogio de las buenas

disposiciones que viera en mí en su última visita. Añadió que me creía

libre de Manon, pero que así y todo, causábale sorpresa que le tuviese

sin noticias desde hacía ocho días. Mi padre no se dejó engañar.

Comprendió que había algo que escapaba a la penetración de Tiberio

en aquel silencio de que se quejaba, y tanta maña dióse en seguir

mi rastro que a los dos días de su llegada supo que me hallaba en el

_Chatelet_.

Antes de recibir su visita, que me encontraba muy lejos de creer

inminente, recibí la del Jefe Superior de Policía, o, mejor dicho,

para llamar las cosas por su nombre, sufrí un interrogatorio. Hízome

algunos reproches, pero he de confesar que no se mostró ni severo ni

desagradable. Me dijo que me compadecía por mi mala conducta; que había

mostrado gran falta de tacto al hacerme enemigo de un señor como G...

M...; que había que reconocer que en mi asunto había más imprudencia

que malicia, pero que no por eso dejaba de ser la segunda vez que me

veía sometido a los fallos de un Tribunal y que hubiese sido de esperar

que me volviese más formal después de dos o tres meses de lecciones en

San Lázaro.

Contento de tenérmelas que haber con un juez razonable, expliquéme

con él de un modo tan sensato y respetuoso que pareció satisfecho en

extremo de mis respuestas. Díjome que no debía de entregarme a la

desesperación, pues estaba dispuesto a servirme por simpatía a mi

nacimiento y a mi juventud. Me tomé la libertad de recomendarle a

Manon, y recomendársela loando su dulzura y buen natural. Rióse para

decirme que no la había visto aún, pero que le habían hablado de ella

como de una persona harto peligrosa. Aquellas palabras exaltaron de

tal modo mi ternura por ella que prorrumpí en mil razones inflamadas

de pasión en defensa de mi pobre amada, y aun no pude contener

mis lágrimas. Ordenó que me llevasen nuevamente a mi habitación.

«¡Amor, amor!--murmuró el grave magistrado al verme salir--, ¿no te

reconciliarás nunca con la prudencia?».

Hallábame rumiando mis ideas de siempre y meditando sobre la

conversación que acababa de tener con el Jefe Superior de Policía

cuando sentí abrir la puerta de mi celda: era mi padre. Aunque debía

estar preparado para la visita, que esperaba algunos días más tarde,

impresionóme de tal modo que me hubiese precipitado en cualquier abismo

que se hubiese abierto ante mis pies para rehuir su vista. Abracéle

con señales inequívocas de mi turbación. Sentóse, sin que ni él ni yo

hubiésemos abierto aún la boca.

Como permaneciese en pie, descubierto y con los ojos bajos, díjome

gravemente: «Sentaos, caballero, sentaos. Gracias al ruido escandaloso

de vuestros libertinajes y de vuestras indelicadezas, he hallado el

lugar en que morábais. Es la triste ventaja de tales méritos el no

poder permanecer ocultos. Vais a la celebridad por un camino infalible.

Espero que la meta será pronto la _Greve_ y que disfrutaréis de la

gloria de veros expuesto a la pública admiración».

No contesté nada. Continuó: «¡Qué desdicha para un padre, después de

haber luchado por un hijo y no haber regateado medios para hacer de

él un hombre honrado, hallarse con que no es sino canalla que les

deshonra! Se consuela uno de una pérdida de fortuna; el tiempo la borra

y la pena disminuye. Pero ¿qué remedio contra un mal que aumenta de

día en día, como sucede con los desórdenes del hijo vicioso que pierde

todo sentimiento de honor. ¿No dices nada, desdichado?--añadió--¡Ved

qué aire contrahecho de modestia, qué hipócrita humildad! ¿No se le

creería acaso, al verle así, un hombre honrado, digno de su raza?».

Aunque comprendía merecer una parte de sus ultrajes parecíame que los

llevaba demasiado lejos. Creíme con derecho a hacerme oir.

«Os aseguro, señor, que la humildad con que me presento ante vos no es

fingida; es la actitud natural en un hijo que siente infinito respeto

por su padre, mucho más cuando se muestra irritado con él. No pretendo

tampoco pasar por el hombre más sensato y ecuánime. Reconozco que

merezco vuestros reproches, pero os conjuro a que en ellos pongáis un

poco más de bondad y a que no me tratéis como al más perverso de los

hombres. No merezco tales epítetos. Es el amor, bien lo sabéis, el

causante de todas mis faltas. ¡Fatal pasión! ¿No conocéis su fuerza?

¿Vuestra sangre, que es manantial de la mía, no sintió jamás sus

ardores? El amor me hizo con exceso tierno, apasionado, fiel, quizás

complaciente con exceso a los deseos de una querida encantadora. He

ahí mis crímenes. ¿Veis ahí alguno que os deshonre? Veamos, padre

querido--continué con ternura--, un poco de piedad para un hijo, lleno

siempre de respeto y de afecto por vos, y que no ha renunciado, como

creéis, al honor y al deber, y que es mil veces más de compadecer de lo

que podríais pensar». Vertí algunas lágrimas como acompañamiento de

tales palabras.

Un corazón paterno es la obra maestra de la Naturaleza; reina en él,

por así decirlo, y ella misma maneja todos sus resortes. El mío, que

unía a su calidad de padre el ser un hombre de talento y de gusto

natural, sintióse tan impresionado del giro que había dado yo a

mis disculpas que no fué dueño de ocultarme el cambio habido en su

espíritu. «¡Ven, pobre caballero, ven a abrazarme! Me das lástima».

Le abracé. Me estrechó contra su pecho de un modo que denunciaba a

las claras lo que sucedía en su corazón. «Pero ¿de qué medio nos

valdremos--dijo--para sacarte de aquí? Explícame todos tus asuntos, sin

disfrazar la verdad».

Como no había nada en realidad, mirando bien al fondo de mi conducta,

que pudiese deshonrarme, sobre todo si se le comparaba con otros

jóvenes de mi clase y de mi tiempo, y que, en el siglo en que corremos,

no son miradas como vergüenzas, ni una querida guapa, ni el arte para

forzar la mano a la fortuna en el juego, hice a mi padre una confesión

sincera de la vida que había llevado. A cada falta que confesaba, tenía

buen cuidado de añadir ejemplos célebres que disminuyesen su fealdad.

«Cierto que vivía con una querida, sin hallarme ligado a ellos por

vínculos matrimoniales, pero el duque de... sostiene dos a la vista de

todo París; y el señor de... tiene, hace diez años una, a la que guarda

una fidelidad que no ha guardado nunca a su esposa legítima. Las dos

terceras partes de las gentes honradas en Francia, consideran como

una honra tener una. Cierto también, que usé de algunas supercherías

en el juego, pero el marqués de... y el conde de... no tienen otras

rentas; el príncipe de... y el duque de... capitanean una pandilla

de caballeros de la misma orden». Por lo que se refiere a nuestros

designios, respecto de la bolsa de G... M... hubiese podido probar

con igual facilidad que no me faltaban precedentes, pero me quedaba

aún demasiado sentimiento del honor, para no condenarme a mí mismo en

compañía de cuantos en tal sentido pudiera proponerme por ejemplo, de

modo que rogué a mi padre me perdonase aquella debilidad en gracia a

las dos grandes pasiones que me la inspirase; la venganza y el amor.

Interrogóme sobre si conocía algún medio de apresurar mi libertad y de

forma que evitase el escándalo. Participéle los sentimientos favorables

a mí, mostrados por el jefe superior de Policía. «Si alguna dificultad

hay--expúsele--vendrá de G... M..., así que creo no estaría de más le

viéseis». Me lo prometió así.

No me atreví a suplicarle intercediese por Manon. No fué falta de

audacia, sino más bien efecto del miedo que me hacía temer irritarle

y de resultas sugerirle algún plan funesto para ella y para mí. Aún

está por saber para mí si ese temor no ha sido la causa de los mayores

infortunios, impidiéndome explorar las disposiciones de mi padre e

intentar sugerirle ideas de simpatía y compasión por mi infortunada

querida. Tal vez hubiese excitado su piedad; tal vez le hubiese puesto

en guardia contra las impresiones desfavorables que iba a recibir del

viejo G... M... ¿Qué sé yo? Mi fatal destino hubiese sido quizás más

fuerte que todos mis esfuerzos, pero a lo menos no hubiese tenido sino

a ella y la crueldad de mis enemigos a quienes acusar de mis desgracias.

Después de dejarme mi padre, fuése a hacer una visita a G... M...

Encontróle con su hijo, a quien el guardia de corps había honradamente

devuelto su libertad. Jamás he sabido detalles de su conversación,

pero no me ha sido difícil adivinarlos al juzgar sus mortales efectos.

Fueron juntos, quiero decir, claro es, los dos padres, a casa del jefe

superior de Policía, del que solicitaron dos favores; uno hacerme

salir en seguida del _Chatelet_, el otro encerrar a Manon por todo el

resto de sus días o enviarla a América. Empezábase por aquel entonces

a embarcar multitud de gentes sin ley ni fuero para el Mississipi. El

jefe de Policía dióles palabra de hacer partir a Manon en el primer

barco.

El señor G... M... y mi padre vinieron juntos a traerme la buena

nueva de mi libertad. G... M... hízome un cumplido sobre el pasado y

habiéndome felicitado por la dicha de tener tal padre, exhortóme a

seguir en lo futuro su ejemplo. Mi padre ordenóme le presentase mis

excusas por la pretendida falta cometida con su familia y darle además

las gracias por haber interpuesto sus buenos oficios para devolverme la

libertad.

Salimos juntos sin haber pronunciado ni una palabra que se refiriese

a mi querida. Ni aun osé hablar de ella a los carceleros en su

presencia. ¡Inútiles hubiesen sido por otra parte mis recomendaciones!

La orden cruel había llegado al mismo tiempo que la de mi libertad.

Aquella desdichada fué llevada una hora más tarde al _hospital_, para

incorporarse a otras infortunadas criaturas condenadas a compartir su

suerte.

Habiéndome mi padre obligado a acompañarle a la casa donde moraba, eran

casi las seis cuando conseguí, escabuyéndome a sus miradas, volver al

_Chatelet_. Pensaba enviar algunos refrescos a Manon y recomendársela

al portero, pues no creía me permitiesen verla. Tampoco había tenido

aún tiempo de pensar en los medios de libertarla.

Pregunté por el conserje. Había quedado satisfecho de mi generosidad

y cortesía, así es que mostró gusto en servirme. Hablóme de la suerte

de Manon como de una desgracia que lamentaba por que sabía me causaría

pena. No comprendí aquel lenguaje. Hablamos pues algunos momentos sin

entendernos. Al fin, notando que necesitaba una explicación, me la dió

tal y como ya tuve el honor de deciros y aún siento horror a repetir.

Jamás apoplejía causó efecto más rápido y terrible. Caí con

palpitaciones de corazón tan dolorosas, que perdí el conocimiento

y pude creerme libertado de la carga de la vida para siempre. Aún

quedábame algo de aquella impresión cuando recobré el conocimiento.

Volví los ojos a todas partes y aun me palpé para convencerme de si

me quedaba algo de la desdichada condición de ser viviente. Verdad

es que, de seguir tan sólo el natural instinto que nos hace desear

libertarnos de nuestras penas, nada podía parecerme más dulce que la

muerte en aquella hora de angustia y consternación. La misma religión

no podía amenazarme después del tránsito con nada más atroz que las

crueles convulsiones que me atormentaban. La muerte, sin embargo, sólo

a mí hubiese sido útil; Manon necesitaba de mi esfuerzo todo y juré

emplearlo en su servicio sin vacilaciones.

El portero prestóme toda la asistencia que hubiese podido esperar del

mejor de mis amigos. Recibí sus servicios con vivísima gratitud. «¡Dios

mío, os veo compadecido de mis penas! Todo el mundo me abandona. Mi

mismo padre cuéntase entre mis perseguidores más crueles. Nadie tiene

piedad de mí. Vos sólo, en la mansión de la crueldad y la barbarie,

tenéis lástima del más miserable de los hombres».

Aconsejóme no salir a la calle hasta haberme repuesto un tanto del

estado de turbación en que me hallaba. «¡Dejad, dejad!--respondíle

saliendo sin hacer caso--Os volveré a ver antes de lo que creéis.

Preparadme el más lúgubre de vuestros calabozos. Voy a hacer méritos

para ser dueño de él».

Efectivamente, mis primeras resoluciones llegaban nada menos que a

deshacerme de los dos G... M... y del jefe superior de Policía y caer

acto seguido a mano armada sobre el _hospital_ con cuantos pudiese

interesar en mi pleito. Mi mismo padre, con serlo, apenas si escapaba

de la venganza que conceptuaba justa, pues el portero no me había

ocultado que él y G... M... habían sido los autores de mi infortunio.

Pero cuando hube dado unos pasos por la calle y el aire fresco calmado

un poco mis nervios y mi irritación, mi furor dejó sitio poco a poco a

sentimientos más razonables. La muerte de nuestros enemigos no hubiese

servido de nada a Manon y en cambio me hubiese quitado toda manera de

ayudarle. Ensamblé todas mis fuerzas y todos mis pensamientos para

trabajar por la liberación de Manon, dejando el resto para después del

éxito de aquella empresa.

Quedábame poco dinero y aquello era una de las bases por donde había

que empezar. No veía sino tres personas de quienes pudiese esperarlo;

M. de T..., mi padre o Tiberio. Había pocas probabilidades de obtener

algo de los dos últimos y avergonzábame de cansar al otro con mis

abusos. Pero no es ciertamente en las horas de desesperación cuando

se guardan las consideraciones. Fuíme inmediatamente al seminario de

San Sulpicio sin preocuparme de si sería reconocido o no. Hice llamar

a Tiberio. Sus primeras palabras diéronme a entender que ignoraba aún

mis últimas aventuras. Aquello me hizo cambiar en mi plan, que era

emocionarle, compadecerle con mi infortunio. Habléle de la alegría

que había tenido al ver a mi padre y roguéle me prestase algún dinero

para pagar mis deudas antes de abandonar París. Ofrecióme su bolsa

para coger lo que quisiese. Cogí quinientos francos de seiscientos que

había en ella y le ofrecí un recibo. Pero era demasiado delicado para

aceptarlo.

Volví a casa de M. de T... Con él no guardé reserva de nada. Hícele la

exposición de mis desgracias y de mis penas. Sabía ya hasta los menores

detalles por la precaución que tuvo de seguir la aventura del joven

G... M... hasta su fin. Escuchóme, sin embargo, y pareció compadecerme

mucho. Cuando le pedí consejo sobre el modo de salvar a Manon díjome

que veía tan poca luz de esperanza en ello que de no hacer el cielo

un milagro había que renunciar a toda ilusión; que había ido por el

_hospital_ intencionadamente después de encerrada ella allí y que

ni aun él pudo obtener permiso para verla; que las órdenes del Jefe

Superior de Policía eran muy rigurosas, y que para colmo de desdicha

la banda de infelices con quienes estaba condenada a partir debían de

hacerlo el siguiente día.

Tan consternado me hallaba con sus palabras que hubiese podido estar

hablando durante una hora sin que se me hubiese ocurrido interrumpirle.

Me dijo que no había ido a verme al _Chatelet_ para conservar más

libertad de movimientos no mostrando amistad por mí; que en las horas

que llevaba en libertad había tenido la pena de ignorar dónde me

hallaba y que había deseado ardientemente verme para darme el único

consejo de que creía podía venir algún bien para Manon, pero que se

trataba de un consejo peligroso en el cual me rogaba ocultase siempre

que él había tenido parte, y era elegir algunos valientes que tuviesen

bastante audacia para atacar a los guardas encargados de escoltar

a Manon en cuanto hubiesen salido de París con ella. No esperó que

le hablase de mi indigencia. «Ahí tenéis cien _pistolas_--díjome

ofreciéndome una bolsa--que pueden seros de alguna utilidad. Me las

devolveréis cuando vuestros asuntos estén en orden». Añadió que si el

cuidado de su reputación se lo hubiese permitido él mismo me hubiese

ofrecido la ayuda de su brazo y de su espada.

Aquella generosidad me emocionó hasta el llanto. Empleé en

testimoniarle mi gratitud toda la vivacidad que mi aflicción me dejaba

aún. Pregunté si no se podía esperar nada por el camino de las súplicas

del Jefe Superior de Policía. Díjome que ya había pensado en ello

pero que le parecía inútil, pues una gracia de aquella naturaleza no

podía pedirse sin una razón y que no veía qué razón podía aducirse

para interesar a tan alto y severo personaje, y que si algo podía

esperarse en tal sentido era interesando a G... M... y a mi padre en

nuestro favor y haciendo que ellos mismos implorasen del Jefe Superior

de Policía la revocación de su sentencia. Ofrecióme hacer todos

los esfuerzos imaginables para ganar a nuestra causa al joven G...

M..., aunque creía hallarle un poco frío con él, tal vez por algunas

sospechas concebidas a su cuenta en nuestro asunto. Aconsejóme no

omitir por mi parte esfuerzo para tratar de ganar la voluntad paterna.

No era ni mucho menos empresa fácil para mí y no sólo por la dificultad

natural de realizarla, sino por otra razón que me hacía temer mostrarme

ante él. Habíame escapado de nuestro alojamiento, faltando a sus

órdenes, decidido a no volver más desde que supe el triste destino de

Manon. Temía no me detuviese contra mi voluntad y aun no me obligase

a seguirle a provincias. Mi hermano mayor había empleado en otros

tiempos aquel método. Sin embargo, encontré un medio de verme con él

sin peligro: citarlo en un sitio público y hacerme anunciar a él con

un nombre supuesto. Tomé aquel partido; T... fuése a ver a G... M... y

yo por mi parte al Luxemburgo, desde donde envié a avisar a mi padre

que un caballero que era su servidor le aguardaba. Temí tuviese algún

reparo en venir, pues la noche se aproximaba, pero poco después vile

llegar seguido de un lacayo. Roguéle tomásemos por un paseo solitario

en que pudiésemos hablar a solas. Dimos lo menos cien pasos sin

despegar los labios. Supongo comprendería que tantos preparativos no se

habían hecho sin un motivo de importancia. Esperaba, pues, mi discurso:

yo meditaba.

Por fin hablé. «Señor--díjele temblando--, sois un buen padre. Me

habéis colmado de bienes y me habéis perdonado un número infinito de

faltas. El cielo me es testigo de que tengo por vos los sentimientos

filiales más tiernos y respetuosos. Pero me parece que vuestra

severidad...--¡Mi severidad!...--contestó mi padre, que debía de

hallar que hablaba yo con excesiva calma para la medida de su

impaciencia--. ¡Ah, señor!--repliqué--, paréceme si que vuestra

severidad es excesiva en el trato que habéis infligido a la desdichada

Manon. Habéis escuchado a G... M... Su odio os la ha representado con

los más negros colores. Os habéis hecho de ella una idea odiosa. Sin

embargo, es la más dulce y amable criatura que se vió jamás. ¡Pluguiera

al cielo que hubieseis deseado verla un momento! Estoy seguro que os

habría parecido tan encantadora como a mí. Hubieseis tomado su defensa;

hubieseis detestado las negras astucias de G... M...; hubieseis tenido

compasión de nosotros. Estoy cierto de que vuestro corazón no es

insensible y os hubieseis dejado enternecer».

Interrumpióme al ver que el fuego con que hablaba no me permitía

acabar. Quiso saber a dónde iba a parar con mi inflamado discurso.

«¡A imploraros la gracia de mi vida, que no podré conservar ni un día

más si Manon parte para América!--No, no--díjome con tono severo--.

Prefiero verte muerto que sin honra y sin decoro.--¡No sigáis

adelante!--dije, cogiéndole por el brazo--¡Arrancadme esta vida odiosa

e insoportable, pues en el estado de desesperación en que me arrojáis

la muerte será un favor para mí! ¡Es regalo digno de la mano de un

padre!--No te daría sino lo que mereces--replicó--. Conozco a muchos

padres que no hubiesen esperado tanto tiempo para ser tus verdugos,

pues mi bondad excesiva es lo que te ha perdido».

Arrojéme a sus plantas: «¡Ah, si aún os queda un poco de amor por

mí--clamé, abrazándome a sus rodillas--no os mostréis duro e implacable

ante mis lágrimas. Pensad que soy vuestro hijo... Acordaos de mi madre,

a quien amabais tiernamente. ¿Hubieseis sufrido que la arrancasen de

vuestros brazos? No, la hubieseis defendido hasta la muerte. ¿Es que

los demás no tenemos también corazón? ¿Puede serse implacable después

de haber gozado una vez de las dulzuras del amor?--¡No me hables más

de tu madre!--replicóme con irritado acento--. Su recuerdo no sirve

sino para atizar mi indignación. Tus desórdenes la matarían de pena si

hubiese vivido bastante para verlos. Acabemos ya esta entrevista que

me importuna y no me hará cambiar de resolución. Me vuelvo a casa y te

ordeno que me sigas».

El tono duro y seco con que me intimó aquella orden me hizo comprender

que su corazón era inflexible. Alejéme algunos pasos con el temor que

se le ocurriese la idea de detenerme por su propia mano. «No aumentéis

mi desesperación--díjele--forzándome a desobedeceros. Es imposible que

vaya con vos. No lo es menos que viva después de la dureza con que me

habéis tratado. Os doy mi eterno adiós. Mi muerte, de la que tendréis

pronto noticia, hará tal vez más paternales vuestros sentimientos para

conmigo». Como volviese la espalda para abandonarle, gritó colérico:

«¿Te niegas a venir conmigo? Ve, corre a tu perdición. ¡Adiós, hijo

ingrato y rebelde!--¡Adiós!--díjele con ciego arrebato--¡Adiós, padre

cruel y desnaturalizado!».

Salí en seguida del Luxemburgo. Anduve por las calles como un loco

hasta dar en casa del señor T... Alzaba, mientras iba caminando, las

manos al cielo para invocar todas las potencias celestiales. «¡Oh,

cielos!--repetía--, ¿seréis siempre implacable para los míseros

mortales? ¡Sólo de vos puedo esperar ayuda!».

Manon Lescaut(#75868) · 第 10 / 12 段