gozábamos continuamente nos llevó a rememorar insensiblemente las ideas
religiosas. Manon nunca fué una mujer descreída; tampoco yo era uno
de esos libertinos que se jactan de unir la irreligión a la torpeza
de costumbres. La experiencia comenzaba a hacer en nosotros las veces
de los años. Nuestras charlas, plenas de reflexión, hicieron nacer
en nosotros el deseo de un amor honesto. Fuí el primero en proponer
aquel cambio a Manon. Conocía bien su corazón y sabía que era recta y
justa en su sentir. Hícele comprender que faltaba algo a nuestra dicha.
«Es--díjele--la bendición del cielo. Nuestras almas son demasiado
bellas y nuestros corazones demasiado justos para vivir voluntariamente
en el olvido de nuestros deberes. Pase que hayamos vivido así en
Francia, donde tan imposible nos era dejar de amarnos como legalizar
nuestro amor; pero en América, donde no dependemos sino de nosotros
mismos, donde no tenemos por qué respetar las leyes arbitrarias del
abolengo y la fortuna, donde hasta nos creen ya casados, ¿qué puede
impedirnos que nos casemos efectivamente y que santifiquemos nuestra
unión con un juramento que autoriza la Iglesia? Por lo que a mí atañe,
nada de nuevo os ofrezco al ofreceros mi mano y mi corazón, pero estoy
dispuesto a renovar la oferta al pie de los altares».
Parecióme que aquellas palabras llenábanle de alegría. «¿Me creeréis
si os digo que mil veces pensé en ello desde que estamos en América?
El temor de disgustaros me hizo sepultar ese pensamiento en lo más
hondo de mi corazón. No tengo la pretensión de aspirar a ser vuestra
esposa.--¡Ah, Manon!; pronto serías la de un rey si al cielo pluguiese
que hubiese nacido con corona. No vacilemos más. Ningún obstáculo
podemos temer. Hoy mismo quiero hablar al gobernador y decirle que
hasta hoy le mentimos. Dejemos temer a los amantes vulgares las cadenas
irrompibles del matrimonio. No las temerían si, como nosotros,
estuviesen seguros de llevar siempre las del amor». Fuíme, dejando a
Manon transida de júbilo por aquella resolución.
Estoy seguro que no habría un hombre honrado en el mundo que no
aprobase mi determinación en las circunstancias en que yo me hallaba;
es decir, atado irremisiblemente a una pasión que jamás podría romper y
perseguido por remordimientos que no debía ahogar. Pero ¿habrá alguien
que pueda tachar de injustas mis quejas si lamento la crueldad de los
cielos que rechazaron, qué digo rechazaron, castigaron como tremendo
crimen un plan hecho tan sólo para agradarle. Habíame dejado caminar
tranquilamente por los más arriesgados vericuetos del vicio y reservaba
el más tremendo de sus castigos para cuando intentase marchar por las
sendas de la virtud. Temo carecer de las fuerzas necesarias para acabar
la narración del más funesto lance que sucedió jamás.
Fuí a ver al gobernador, tal y como había quedado con Manon, para
rogarle consintiese en la celebración de la ceremonia de nuestro
matrimonio. Me hubiese guardado muy bien de hablarle a él ni a nadie
si hubiese creído que su capellán, que era el solo sacerdote que
había en la ciudad, me hubiese hecho aquel favor sin su intervención;
pero no esperando que éste se aviniese al secreto, había tomado la
determinación de obrar abiertamente.
El gobernador tenía un sobrino llamado Sinelet, a quien quería
mucho. Era un hombre de unos treinta años, valiente, pero iracundo
y violento. No estaba casado. La vista de Manon había encendido una
pasión en su pecho y la constante vista de su belleza durante los
nueve o diez meses que llevábamos allí habíala atizado hasta hacerle
consumirse en ella. Sin embargo, como se hallaba persuadido, igual que
su tío y todo el resto de la ciudad, de que me hallaba casado con ella,
había dominado su amor hasta no dejar traslucir nada, y aun en varias
ocasiones había puesto verdadero celo en servirme.
Encontréle con su tío cuando llegué al castillo. Como no tenía ningún
motivo para ocultarme a él no vi inconveniente en explicarme en su
presencia. El gobernador me oyó con la bondad acostumbrada. Contéle
parte de mi historia, que pareció escuchar con agrado, y cuando le
rogué asistiese a la ceremonia que proyectaba tuvo la generosidad
de ofrecerme costear el gasto que ocasionase la fiesta. Me fuí muy
contento.
Una hora más tarde vi llegar al limosnero a mi casa. Creí que venía
a darme algunas instrucciones respecto a mi boda; pero después de
saludarme fríamente, díjome que el gobernador me prohibía ni aun pensar
en ello, pues tenía otros proyectos respecto a Manon. «¿Otros proyectos
respecto a Manon?--interrogué, con el corazón oprimido por mortal
angustia--¿Y cuáles son, señor limosnero?». Contestóme que no debía
yo ignorar que el señor gobernador era el amo allí y, por lo tanto,
que habiendo sido Manon enviada desde Francia para uso de la colonia
era de su incumbencia disponer de ella; que no lo había hecho hasta
entonces porque la creía casada, pero que habiendo sabido de mis mismos
labios que no era así había determinado entregársela al señor Sinnelet,
que estaba enamorado de ella.
La ira pudo más que la prudencia. Ordené altivamente al limosnero que
saliese inmediatamente de mi casa, advirtiéndole que ni el gobernador,
ni Sinnelet, ni el pueblo entero osarían poner mano en mi mujer o mi
querida, como quisiesen llamarla.
Participé en seguida a Manon el funesto mensaje que acababa de recibir.
Supusimos que Sinnelet había ejercido presión sobre su tío después
de mi marcha y que todo era el resultado de un siniestro propósito
madurado desde hacía tiempo. Eran los más fuertes. Nos hallábamos en
la Nueva Orleans perdidos como en medio del mar; es decir, separados
del resto del mundo por enormes espacios. ¿Dónde huir en un país
desconocido, desierto o habitado por bestias feroces y por salvajes tan
bárbaros como ellas? Sabíame estimado en la población, pero no podía
esperar conmoverlos hasta obtener un auxilio proporcionado a mi mal.
Hubiese necesitado dinero y era pobre. Por otra parte, el éxito de una
revuelta popular era incierto, y si la fortuna nos era adversa nuestra
desgracia no tendría remedio.
Daba vueltas en mi cabeza a todas aquellas ideas. Comuniqué algunas
a Manon; concebí nuevas, sin esperar su respuesta; tomaba una
determinación que abandonaba en seguida pareciéndome descabellada;
hablaba solo, contestaba en voz alta a las preguntas que me formulaba
yo mismo; en fin, hallábame en un estado de agitación que a nada podría
comparar, pues nunca fué igualada. Manon no apartaba de mí los ojos.
Por mi turbación juzgaba de la magnitud del peligro y temblaba por mí y
por ella misma. La pobre criatura no osaba expresar su miedo.
Después de infinidad de reflexiones detúveme en la determinación de
ir a ver al gobernador y tratar de ablandarle con las ideas de la
caballerosidad y el recuerdo de mi respeto y su afecto. Manon quiso
oponerse a mi marcha. Decíame, con los ojos bañados en llanto: «¡Vais a
la muerte; os matarán; no os veré más; quiero morir con vos!». Costóme
grandes esfuerzos convencerla de la necesidad en que me veía de salir y
de la conveniencia de que ella se quedase en casa. Prometíle volver en
seguida. Ignoraba, igual que yo, que era sobre ella sobre quien debía
caer toda la cólera de los cielos y la rabia de nuestros enemigos.
Fuí al castillo. El gobernador hallábase allí con su limosnero.
Rebajóme para enternecerle a sumisiones que me hubiesen hecho morir de
vergüenza si otra hubiese sido la causa que las motivase; ataquéle por
todas las razones que debían impresionar un corazón que no fuése el de
un tigre feroz y cruel.
El bárbaro no opuso a mis razones sino dos razones que repitió cien
veces. «Manon--díjome--depende de mí. He dado palabra a mi sobrino».
Estaba decidido a contenerme hasta el último extremo; contentéme, pues,
con decirle que le creía demasiado amigo mío para desear mi muerte, a
la que consentiría antes que en la pérdida de mi amada.
Tenía, sin embargo, la certeza al salir de allí de que nada podía
esperar de aquel viejo terco, capaz de condenarme mil veces por su
sobrino. Pero yo persistía en mostrarme sereno y moderado, decidido
en el fondo a si llegaban a cometer grandes injusticias conmigo dar
a América el espectáculo de una de las más sangrientas y horribles
escenas de amor que pudiesen soñarse jamás.
Volvía a mi casa meditando en todo aquello cuando el destino, que debía
querer acelerar mi ruina, me hizo topar con Sinnelet. Debió leer en
mis ojos una parte de mis pensamientos. Ya he dicho que era valiente;
vino a mí. «¿No me buscabais?--díjome--Comprendo que mis intenciones
os molestan y supuse siempre que habríamos nosotros dos de andar a
estocadas. Veamos quién es el más feliz». Díjele que tenía razón, que
sólo mi muerte podía acabar con nuestras diferencias.
Nos alejamos un centenar de pasos de la ciudad. Cruzáronse nuestras
espadas y casi a un tiempo le herí y le desarmé. Tanto le irritó
aquella desgracia que se negó a pedirme gracia de la vida y a renunciar
a Manon. Tal vez asistíame el derecho de acabar con una y otra, pero la
sangre generosa que corría por mis venas no podía desmentirse nunca.
«Recomencemos--díjele--y pensad que es sin cuartel». Atacóme con
terrible furia. He de confesar que no era muy ducho en las armas, no
teniendo como preparación sino tres meses de sala en París. Pero el
amor guió mi espada. Sinnelet no dejó de traspasarme un brazo de parte
a parte, pero yo, a mi vez, le di un golpe tan violento que cayó a mis
pies sin sentido.
Pese a la alegría que nos produce la victoria tras de mortal combate,
no pude por menos de reflexionar sobre las consecuencias de aquella
muerte. Conociendo, como conocía, el cariño del gobernador por su
sobrino estaba cierto que no le sobreviviría ni una hora. Pues con ser
apremiante este temor, éralo menos que otro. Manon, el bienestar de
Manon, la necesidad de perderla, perturbábame hasta nublar mis ojos
e impedíame reconocer el lugar donde me hallaba. Sentía lo sucedido
con Sinnelet y la muerte, que pusiese fin a todo, parecíame el único
recurso a mis penas.
Pero hubo un pensamiento que me hizo reaccionar y recobrar mi presencia
de espíritu. «¡Cómo! ¡Quiero morir para acabar mis penas! ¿Puede
haberlas mayores que perder lo que amo? ¡Ah! ¡Suframos todos los
dolores con tal de ser un consuelo para ella y dejemos el morir para
cuando nuestra presencia sea inútil!».
Tomé el camino de la ciudad. Volví a mi casa, donde hallé a Manon medio
muerta de miedo y de inquietud. Mi presencia la reanimó. No podía, sin
embargo, ocultarla el terrible accidente que acababa de tener lugar.
Ante la narración de la muerte de Sinnelet y de mi propia herida
cayó desvanecida en mis brazos. Tardé más de un cuarto de hora en
hacerle recobrar el conocimiento.
[Ilustración]
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Yo mismo estaba medio muerto de espanto, no viendo, como no veía el
menor rayo de esperanza para su salvación y la mía. «Manon, ¿qué
hacemos ahora? ¡Dios mío!, ¿qué será de nosotros? Tengo forzosamente
que alejarme; ¿queréis quedaros vos aquí? Sí, quedaros; aún podéis ser
feliz. Yo parto lejos, para buscar la muerte entre los salvajes o bajo
las garras de las fieras».
Alzóse, pese a su debilidad, y me cogió la mano para llevarme hacia
la puerta. «Huyamos juntos--díjome--. No perdamos un instante. Pueden
haber hallado el cuerpo de Sinnelet y entonces no tendríamos tiempo
de partir.--Pero, Manon adorada--díjela enloquecido--, decidme dónde
queréis que vayamos. ¿Veis algún recurso? ¿No sería mejor que trataseis
de vivir aquí sin mí y que voluntariamente llevaseis mi cabeza en
ofrenda al gobernador?
Aquella proposición no sirvió sino para aumentar su ardor; hube de
seguirla. Tuve aun, al partir, la presencia de ánimo de coger algunos
licores fuertes que había y todas las provisiones que pude llevar.
Dijimos a nuestros criados, que se hallaban en el cuarto contiguo, que
nos íbamos a dar nuestro paseo vesperal (teníamos aquella costumbre),
y nos alejamos de la ciudad con más prontitud de lo que la endeble
fragilidad de Manon me dejaba esperar.
Aunque seguía indeciso respecto a la meta de nuestro viaje, no dejaba
de acariciar algunas esperanzas, sin las que hubiese preferido la
muerte a la incertidumbre de lo que podía ser de Manon. Había adquirido
suficiente conocimiento del país en casi diez meses que llevaba en
América para no ignorar la manera como aprovisionaban a los salvajes.
Podía uno ponerse en sus manos sin riesgo de una muerte segura. Había
incluso aprendido algunas palabras de su lengua y algunas de sus
costumbres en las varias ocasiones en que les había visto.
Junto a aquella mísera esperanza tenía otra que radicaba en los
ingleses que, como es sabido, tienen, como nosotros, establecimientos
en aquella parte del Nuevo Mundo. Pero espantábame la distancia; antes
de llegar a sus colonias teníamos que atravesar grandes planicies,
cuyo recorrido exigía días enteros, y algunas montañas tan altas y
escarpadas que su acceso parecía difícil a hombres toscos y vigorosos.
Pensaba, sin embargo, que podíamos contar con dos ayudas: los salvajes
para guiarnos, los ingleses para recibirnos en sus colonias.
Anduvimos cuanto permitieron las fuerzas de Manon, que fueron unas dos
leguas, pues aquella incomparable amante negóse a detenerse antes.
Abrumada al fin de cansancio, confesóme que no podía más. Era noche ya;
sentámosnos en medio de una enorme llanura, sin haber podido hallar un
árbol para cobijarnos. Su primer cuidado fué cambiar los vendajes de mi
herida, que ella misma había curado antes de la marcha. Fué inútil que
me opusiese a su voluntad; hubiese acabado de abrumarla de pena si la
hubiese negado la satisfacción de creerme a gusto y libre de peligro
antes de mirar por su propia conservación. Me sometí unos minutos a sus
deseos y recibí sus cuidados en silencio y avergonzado. Pero cuando
hube satisfecho su anhelo de ternura, ¡con qué fervor no di yo suelta
a la mía! Despojéme de mis ropas para hacer que, extendiéndolas sobre
ella, su lecho fuése menos duro. Púseme, aun contra su voluntad, a
emplear todas mis artes en paliar las incomodidades. Calenté sus manos
con el fuego de mis besos y el aliento de mis suspiros. Pasé toda la
noche en vela, junto a ella, implorando del cielo le concediese un
sueño dulce y sosegado. ¡Dios mío, cuán sinceros eran mis votos y cuán
riguroso fuisteis al no escucharlos!
Perdonadme si en pocas palabras acabo esta narración que me destroza
de pena. Os cuento desgracias que jamás tuvieron iguales; toda mi
vida está destinada a llorarlas. Pero aunque las tengo perpetuamente
presentes en mi memoria, mi ánimo flaquea y parece vacilar de horror
cada vez que intento expresar con palabras mi recuerdo.
Habíamos pasado tranquilamente una parte de la noche; creíala dormida y
casi no me atrevía a respirar por miedo a turbar su sueño.
Al amanecer noté, al tocar sus manos, que las tenía frías y
temblorosas. Apretélas contra mi pecho para devolverles su calor.
Notólo, y con un esfuerzo, para devolverme la caricia, murmuró con voz
débil que creía ya llegada su última hora.
No atribuí a aquellas palabras otra trascendencia que al lenguaje
corriente en la desgracia y no contesté sino con los tiernos consuelos
del amor. Pero sus frecuentes suspiros, su silencio ante mis preguntas
y las frecuentes crispaciones de sus manos, entre las que estrechaba
las mías, me hicieron temer que se aproximaba el fin de sus males.
No me pidáis que os describa mi pena ni que os cuente sus últimos
momentos.
La perdí. Aun en la agonía recibí de ella pruebas inolvidables de amor.
Eso es cuanto aún tengo fuerzas para deciros de aquel deplorable y
triste accidente.
Mi alma no siguió a la suya. Sin duda, el cielo no me creyó
suficientemente castigado; ha querido que siga arrastrando una vida
lánguida y miserable. Renuncio voluntariamente a llevarla jamás más
feliz.
Pasé más de veinticuatro horas los labios en el rostro y en las manos
de mi adorada Manon. Mi primera idea fué morir, pero pensé al segundo
día que, después de mi muerte, su cuerpo estaría expuesto a ser pasto
de las bestias feroces. Hice el proyecto de enterrarla y luego esperar
la muerte tendido sobre su fosa. Estaba ya tan próximo a ella por la
debilidad que el ayuno y el dolor me habían causado que me costaba
trabajo tenerme en pie. Me vi precisado a recurrir a los licores que
había traído; ellos devolviéronme las fuerzas necesarias para el triste
oficio que iba a desempeñar.
No era empresa difícil cavar la tierra en el lugar donde estaba, que
era una llanura cubierta de arena. Rompí mi espada para servirme de
ella para abrir el hoyo, pero me fué menos útil que mis manos. Abrí un
foso profundo. Sentéme aun junto a ella y la contemplé con arrobo, sin
resolverme a cerrar su tumba. Al fin sentí que mis fuerzas comenzaban a
faltarme nuevamente, y temiendo carecer de ellas para mi triste misión,
sepulté para siempre en la tierra a la criatura más bella y amable que
existió jamás. Tendíme acto seguido sobre su tumba, el rostro vuelto a
la tierra, y cerrando los ojos con el designio de no volverlos a abrir,
impetré la ayuda del cielo y esperé la muerte.
Lo que os costará trabajo, sin duda, creer es que durante el desempeño
de esa triste misión no brotó ni una lágrima de mis ojos, ni un suspiro
de mi pecho. La profunda consternación en que estaba sumido y la
determinación tomada de morir cortaba el curso a toda manifestación de
desesperación y dolor. Así es que no permanecí mucho tiempo en aquella
postura sin perder el conocimiento.
Después de lo que acabáis de oir, el fin de mi historia tiene tan poco
interés que no merece la pena que os dais en escucharla. Trasladado
el cuerpo de Sinnelet a la ciudad, y examinadas cuidadosamente sus
heridas, halláronse con que no solamente no estaba muerto sino que
aquéllas carecían de importancia. Contóle a su tío cómo habían sucedido
las cosas y su generosidad llevóle a dar cuenta de la mía. Me hicieron
buscar, y mi ausencia, junto con la de Manon, hicieron creer en una
fuga. Era ya tarde para salir en mi seguimiento, pero el día siguiente
y el otro empleáronse en mi busca.
Halláronme, sin dar señales de vida, tendido sobre la tumba de Manon,
y los que así me encontraron, casi desnudo y sangrando por mi herida,
no dudaron que había sido robado y asesinado. Me llevaron a la ciudad.
El movimiento del traslado me volvió a la realidad. El suspiro que
proferí al abrir los ojos y mi gemir al encontrarme entre los seres
vivientes, les hicieron comprender que aun era hora de prestarme
auxilio; diéronmelos con demasiada fortuna. No dejé de ser encerrado,
sin embargo, en severa prisión.
Instruyéronme proceso, y como Manon no parecía, acusáronme de haberme
deshecho de ella en un impulso de ira y celos. Conté, claro es, mi
lamentable aventura. Sinnelet, pese a los transportes de dolor que la
narración le produjo, tuvo la generosidad de solicitar gracia para mí.
La obtuvo.
Estaba tan débil que se vieron obligados a trasportarme desde la
prisión a mi lecho, donde permanecí tres meses víctima de grave
dolencia. Mi odio a la vida no disminuía; invocaba constantemente
la muerte y durante mucho tiempo me obstiné en rechazar todos los
remedios. Pero el cielo, después de haberme castigado con tanto rigor,
tenía el designio de hacerme útiles mis desgracias y sus castigos;
iluminóme con sus luces, que hicieron brotar en mí ideas dignas de mi
nacimiento y educación.
Habiendo comenzado a renacer la tranquilidad en mi espíritu, aquel
cambio fué seguido de mi curación. Dejéme llevar por entero de las
inspiraciones del honor y seguí desempeñando mi modesto empleo en
espera de los barcos de Francia, que visitaban una vez al año aquella
parte de América. Estaba resuelto a volver a mi patria para borrar con
una vida ejemplar el escándalo de mi conducta. Sinnelet había tomado
sobre sí el cuidado de hacer trasladar el cuerpo de mi amada a un lugar
digno.
Fueron seis semanas después de mi curación cuando, paseando un día por
la orilla del mar, vi llegar un barco a quien los negocios traían a
Nueva Orleans. Esperé al desembarco de la tripulación. ¡Cuál no seria
mi sorpresa al reconocer a Tiberio entre los que se encaminaban a la
ciudad! Díjome que el único objeto de su viaje había sido verme y
convencerme que volviese a Francia; que habiendo recibido la carta que
le escribí desde el Havre había corrido allí en persona para llevarme
la ayuda que le pedía y había experimentado vivísimo dolor al saber
mi marcha, y que hubiese partido tras de mí si hubiese hallado barco
dispuesto a ello, que habíalo buscado durante meses en varios puertos,
habiendo encontrado por fin uno en _Saint-Maló_ que levaba anclas para
la Martinica habíase embarcado con la esperanza de encontrar allí un
pasaje fácil para Nueva Orleans. Que habiendo sido apresado el barco
por los corsarios españoles y llevado a una de sus islas habíase
escapado gracias a su habilidad, y después de diversas aventuras había
hallado la ocasión en la marcha del barco que le había traído con
felicidad hasta mí.
No podía menos de sentirme lleno de gratitud por un amigo tan generoso
y constante. Le llevé a mi casa e hícele dueño de cuanto poseía.
Contéle cuanto me había sucedido desde mi salida de Francia, y para
darle una alegría con la que no contaba, díjele que las simientes de
virtud que había sembrado antaño en mi espíritu comenzaban a producir
frutos de que podía estar orgulloso.
Pasamos dos meses juntos en Nueva Orleans en espera del barco que
venía de Francia, y tras hacernos, por fin, a la mar, tomamos tierra
hace quince días en _Havre-de-Grâce_. Escribí a mi familia al llegar.
He sabido por la contestación de mi hermano mayor la triste nueva
de la muerta de mi padre, a la que temo, con harta razón, que mis
desvaríos hayan contribuido. Como el viento era favorable para Calais,
me embarqué en seguida con designio de ir a casa de un caballero de mi
familia donde mi hermano me espera.
FIN
[Ilustración]