De tal modo la espantó la explosión de mi voz que, siempre de rodillas,

me miró temblorosa, no osando respirar. Di aún algunos pasos, en

dirección a la puerta, sin separar los ojos de ella. Pero hubiese hecho

falta ser inhumano para permanecer indiferente ante tantos encantos.

Tan lejos me hallaba de poseer esa bárbara fuerza que, pasando de golpe

al extremo opuesto, volví hacia ella o, por mejor decir, precipitéme

sin reflexionar. La cogí en mis brazos y le di mil tiernos besos; la

pedí perdón de mi violencia; confesé que era un bárbaro y que no

merecía ser amado de una criatura como ella.

La hice sentar y me arrodillé, a mi vez, rogándole me escuchase así.

Luego, todo lo que un amante, sumiso y apasionado, pueda discurrir,

de respetuoso y tierno, lo encerré en pocas palabras dándola excusas.

Supliquéla, como singular favor, que me perdonase. Dejó caer sus brazos

en torno a mi cuello, diciéndome, con dulce acento, que era ella la que

necesitaba de perdón, por las penas que involuntariamente me causaba, y

que comenzaba a temer, no sin razón, que no me pareciese suficiente lo

que en descargo suyo iba a decirme. «¡A mí!--interrumpí--¡Si no os pido

justificación ninguna! Apruebo cuanto hicisteis. No soy yo quién para

pedir razones de tu conducta. Soy feliz, y me doy por satisfecho si

mi Manon no me priva de la ternura de su corazón. Pero--continué--sin

necesidad de volver sobre mi estado de espíritu, ¡oh, poderosa Manon,

que a capricho creáis mis alegrías y dolores!, humildemente, después

de mostrarte mi arrepentimiento, ¿no me será permitido hablaros de mis

penas y mis sufrimientos? Quisiera saber de vos misma qué ha de ser de

mí hoy, y si pensáis firmar mi sentencia de muerte, pasando la noche

con mi rival».

Puso algún tiempo en meditar su respuesta. «Caballero mío--díjome,

recuperando su aspecto tranquilo--, si, desde luego, os hubieseis

explicado con tal claridad os hubieseis ahorrado no pocos sinsabores

y a mí una escena harto penosa. Puesto que vuestro padecimiento sólo

viene de vuestros celos, os hubiese curado al momento, ofreciéndoos

seguiros inmediatamente, aunque fuése al fin del mundo. Pero he

creído que era la carta que os escribí, bajo las miradas inexorables

de G... M..., y la muchacha que os enviamos lo que provocaba vuestra

indignación. Temí que pudierais mirar mi carta como una burla y a la

joven enviada por G... M... como un síntoma de que renunciaba a vos

para unirme definitivamente a él. Este pensamiento me ha llenado de

consternación, pues por muy inocente que yo fuése, no podía ocultárseme

que las apariencias no me eran favorables. Sin embargo, quiero que

seáis mi juez después de explicaros la verdad de lo sucedido». Hízome

saber entonces todo lo que le había pasado desde que había encontrado a

G... M... que la esperaba en el mismo lugar donde ahora nos hallábamos.

Habíale recibido, efectivamente, como a la primera princesa del mundo.

Habíale enseñado todas las estancias de una limpieza y una riqueza

admirables. Entrególe diez mil libras en su gabinete, añadiendo

algunas alhajas, entre las que se hallaba el collar y los brazaletes

de perlas que ya una vez le diera el padre. Hízole servir, por los

nuevos criados que tomó para ella, ordenándoles que de allí en adelante

le mirasen como a su dueña y señora; hízole, en fin, ver la carroza

y los caballos y todo el resto de sus presentes. Después de lo cual

propúsole una partida de juego para esperar la hora de la comida.

«Confieso--dijo--que quedé deslumbrada por tanta magnificencia. Pensé

que sería una tontería renunciar a tales bienes, contentándonos con

llevarnos las diez mil libras y las alhajas; que igual yo que vos

habíamos hecho nuestra fortuna y que podíamos vivir agradablemente a

expensas de G... M... En vez de proponerle el teatro, decidí sondearle,

en lo que a vos se refería, para ver las facilidades que podríamos

hallar para la ejecución de mi sistema. Le he encontrado persona muy

tratable. Preguntóme qué pensaba de vos y si no me había causado

tristeza abandonaros. Contesté que érais tan amable y os habíais

comportado siempre de tal modo conmigo que era natural que no pudiese

odiaros. Confesó que no carecíais de méritos y que él mismo había

sentido vivo impulso de simpatía por vuestra persona. Quiso saber, cómo

creía yo, que tomaríais mi marcha, sobre todo cuando supieseis que

estaba en sus manos. Contestéle que la fecha de nuestro amor era tan

vieja ya, que había tenido tiempo de enfriarse un poco; que al mismo

tiempo pasabais por una crujía material, así que tal vez no miraseis

mi pérdida, que os libraba de pesado fardo, como gran desgracia. Añadí

que no dudando que os conduciríais pacíficamente no había vacilado en

deciros que venía a París para ciertos asuntos, que habíais consentido

en ello y que habiendo venido vos también no parecíais muy inquieto

cuando os dejé. Si le creyese capaz--díjome entonces--de convivir

amistosamente conmigo, sería yo el primero en ofrecerle mis servicios

y mis atenciones. Contesté que conociéndoos como os conocía no dudaba

de que os comportaríais correctamente, sobre todo--añadí--si él podía

ayudaros en vuestros asuntos, harto desarreglados desde la riña con

vuestra familia. Interrumpióme, para hacer protestas de ofreceros toda

la ayuda que de él dependiese, y hasta si queríais embarcaros en un

nuevo amor os presentaría a una querida muy linda que había dejado para

amarme a mí.

»Aplaudí su idea--añadió--, para borrar toda sospecha en él, y

afirmándome más y más en mi proyecto, no hacía sino pensar en la manera

de avisaros de lo que sucedía, por miedo a que os alarmaseis con exceso

al verme faltar a vuestra cita. Fué con tal intención con la que le

propuse enviaros a vuestra nueva amiga aquella misma noche por tener un

pretexto para escribiros. No hubo más remedio que recurrir a aquella

astucia, pues no tenía esperanzas de que me dejase sola ni un instante.

»Rió de mi proposición; llamó a su lacayo, y tras de preguntarle si

sabría encontrar a su antigua amiga, mandóle de un lado para otro

en su busca. Creyó primero que era a Chaillot donde había que ir a

buscaros, pero yo le desengañé diciéndole que, al separarnos, os

prometí ir al teatro, y si algo me lo impedía o se presentaba alguna

dificultad me esperaríais en una carroza en la esquina de la calle de

San Andrés, y que, por lo tanto, más valía enviaros allí a vuestra

nueva amante, aunque no fuése más que para impedir que os consumieseis

de aburrimiento toda la noche. Díjele también que no estaría de más

escribiros dos palabras para advertiros de aquel cambio, que os

costaría trabajo explicaros si no. Consintió, pero me vi obligada a

escribir en su presencia, y claro que me guardé muy bien de explicarme

abiertamente en mi carta. He ahí--concluyó Manon--la manera como han

sucedido las cosas. No os oculto nada, ni de mí ni de mis intenciones.

La joven vino; la hallé bella, y como no dudaba de que mi ausencia os

entristecería deseé sinceramente os entretuviera unos momentos, pues la

fidelidad que en vos deseo es la del corazón. Me hubiese gustado poder

enviaros a Marcelo, pero no tuve ni un momento para explicarle lo que

había de deciros». Remató su narración contándome la perplejidad en que

la carta del señor T... sumió a G... M... «Dudaba si dejarme o no, y me

afirmó que su ausencia no podía durar, y esto es lo que me hace veros

con inquietud y lo que me hizo también mostrar sobresaltada tristeza».

Escuché el discurso con paciencia. Hallaba en él infinidad de cosas

crueles y mortificantes para mí, pues la intención de su infidelidad

estaba tan clara que ni aun había intentado ocultarla. No podía esperar

de G... M... que la dejase toda la noche como a una vestal. Era, pues,

con él con quien esperaba pasarla. ¡Qué confesión para un amante!

Pensé, empero, que yo era en parte culpable de su falta por haberla

puesto en antecedentes de la pasión de G... M... y también por mi

complacencia y ceguedad al entrar en el plan que ella había concebido.

Por otra parte, por uno de esos recodos particulares a mi carácter,

sentíame enternecido por la ingenuidad de su confesión y por la manera

abierta y buena con que me contaba todos los detalles, aun aquéllos

que más debían de ofenderme. «Peca sin malicia--me dije a mí mismo--.

Es ligera e imprudente, pero también recta y sincera». Añádase a esto

que el amor bastaba por sí solo para cerrarme los ojos sobre todas sus

faltas. Hallábame, a decir verdad, demasiado satisfecho con la idea de

robársela aquella misma noche a mi rival. Díjele, sin embargo: «Y la

noche, ¿con quién la hubieseis pasado?». Aquella pregunta, que formulé

tristemente, pareció confundirla. No me contestó sino con evasivas.

Tuve lástima de su confusión e interrumpiendo mi discurso dije que

naturalmente pensaba que me siguiera inmediatamente, sin demora. «Lo

haré--dijo--; pero ¿no aprobáis mi proyecto?--¡Ah!, no basta--dije a mi

vez--, ¿no basta que haya aprobado cuanto hicisteis hasta ahora?--Cómo,

¿ni aun siquiera nos llevaremos los diez mil francos? Me los dió y

son míos». Aconsejela que lo abandonase todo, y que aprovechásemos

el tiempo para alejarnos rápidamente de allí, pues aunque sólo media

hora llevaba con ella, comenzaba a temer el regreso de G... M... Sin

embargo, tales instancias me hizo para convencerme de que no nos

fuésemos con las manos vacías que creí complacerla concediéndole algo,

puesto que tanto me había concedido a mí.

Cuando nos preparábamos a marchar oí, con un estremecimiento de terror,

llamar con grandes golpes dados en la puerta de la calle. No dudé que

era G... M..., y en la turbación que aquella idea puso en mi espíritu,

dije a Manon que era hombre muerto si se dejaba ver. Efectivamente,

aun no era yo bastante dueño de mí mismo para contenerme a su vista.

Marcelo puso fin a mis penas entregándome una carta que acababan de

darle para mí. Era de T...

Comunicábame que habiendo ido G... M... a buscar dinero a su casa,

aprovechaba el tiempo para comunicarme una idea muy divertida que se

le había ocurrido. Que creía que no podía vengarme de mi rival de modo

más sabroso que comiéndome su cena y acostándome con mi querida en el

lecho que había pensado disfrutar con ella, y que aquello le parecía

empresa fácil si podía contar con tres o cuatro hombres que tuviesen

bastante valor para detenerle aquella noche y bastante fidelidad a mí

para guardarle a la vista hasta la siguiente mañana; que, por lo que

a él se refería, prometíame entretenerle aún una hora con razones que

tenía pensadas ya.

Enseñé la misiva a Manon y le conté de qué astucia me había valido para

llegar hasta ella. Mi invención y la de T... le parecieron admirables.

Nos reímos a nuestras anchas unos minutos; pero como la hablase de

la última como de una broma, quedé asombrado al ver que le parecía

cosa muy digna de pensarse y que aun me la proponía como algo cuya

realización le encantaba. En vano fué que la objetase la dificultad

de hallar así, sin más ni más, gentes capaces de detener a G... M...

y vigilarle luego; díjome que, por lo menos, había que intentarlo,

puesto que T... nos garantizaba una hora por lo menos. Y en respuesta

a mis demás objeciones limitábase a decirme que yo actuaba de tirano y

que no tenía la menor complacencia para con ella. Nada le pareció más

divertido que aquel proyecto. «Tendréis su mesa, dormiréis en su lecho

y mañana temprano partiréis llevándoos su dinero y su querida, y así

estaréis bien vengado del padre y del hijo».

Cedí a sus instancias, pese a los avisos de mi corazón, que parecía

presagiarme una catástrofe. Salí con intención de encargar a dos o

tres guardias de Corps con quienes Lescaut me había puesto en relación

se encargasen del cuidado de detener a G... M... Sólo a uno hallé,

pero era hombre resuelto que en cuanto supo de lo que se trataba me

garantizó el éxito. Tan sólo me pidió diez _pistolas_ para recompensar

a tres soldados de la Guardia, a cuyo frente pensaba ponerse. Roguéle

que no perdiese el tiempo. Reuniólos en menos de un cuarto de hora.

Esperábales yo en su casa, y cuando todo estuvo dispuesto llevéles yo

mismo a la esquina de la calle por donde G... M... había forzosamente

de pasar camino de la morada de Manon. Encarguéles que no le hiciesen

sufrir malos tratos, pero que le guardasen tan estrechamente hasta las

siete de la mañana que yo pudiese descansar en la absoluta seguridad

de que no se les escaparía. Díjome que su designio era llevarle a su

cuarto y allí obligarle a desnudarse y aun a acostarse, mientras él y

sus bravos pasaban la noche jugando y bebiendo.

[Ilustración]

[Ilustración]

Permanecí con ellos hasta que vi venir a G... M..., y entonces me

retiré a un sitio oscuro para ser testigo de escena tan extraordinaria.

El guardia de corps abordóle pistola en mano para advertirle

amablemente que no quería ni su vida ni su bolsa, pero que si oponía

resistencia o gritaba veríase en el caso doloroso de saltarle la

tapa de los sesos. G... M..., viéndole sostenido por tres soldados y

temiendo, sin duda, recibir un tiro si hacía algún gesto, no opuso

resistencia. Vi llevárselo como a un cordero.

Volví a casa de Manon, y para quitar toda sospecha en los criados,

díjele, delante de ellos, que no debíamos esperar a G... M... para

cenar, que asuntos urgentes reteníanle mal de su grado, y que me había

encargado viniese a excusarle y a ocupar su sitio, cosa que miraba yo

como singular honor, por tratarse de dama tan bella. Supo secundarme

hábilmente. Nos sentamos a la mesa. Mientras los lacayos nos servían,

conservamos un continente grave. En fin, después de despedirles o

autorizarles a que se retirasen, pasamos una de las mejores noches de

nuestra vida. Advertí a Marcelo, en secreto, que buscase un coche y le

encargase estuviese a las seis en punto de la mañana a la puerta. Fingí

abandonar a Manon a media noche, pero en seguida, habiendo vuelto a

entrar gracias a la ayuda de Marcelo, dispúseme a ocupar el sitio de

G... M... en la cama igual que lo había ocupado en la mesa.

Durante aquel tiempo, nuestro enemigo malo trabajaba laborando por

nuestra perdición. Mientras nos entregábamos a los locos arrebatos del

placer, la catástrofe estaba suspendida sobre nuestras cabezas. Pero,

para mejor comprender las circunstancias de nuestra ruina, hay que

explicar las causas.

A G... M... seguíale su lacayo cuando los guardias de corps le

detuvieron. El muchacho, aterrado de la aventura de su amo, huyó

desandando el camino, y por primera providencia, para tratar de

socorrer a su señor, fué a advertir al viejo G... M... de lo que

sucedía.

Tales nuevas no podían por menos de alarmarle. Su vivacidad era

extremada para sus años. Quiso, para empezar, saber de boca del lacayo

todo lo que su hijo había hecho aquella tarde; si se había querellado

con alguien, si había intervenido en alguna riña, si había acudido

a algún lugar sospechoso. El criado, que creía a su señor en el más

espantoso de los peligros, y por ende, mirábase como obligado a todo

para salvarlo, descubrió al viejo cuanto sabía de su pasión por Manon,

de los gastos hechos por ella, de cómo pasara la tarde en su casa hasta

cerca de las nueve que había salido y de la desgracia acaecida al

regreso. Fué bastante para hacer sospechar al viejo que el asunto de

su hijo era una querella amorosa. Aunque eran las diez y media de la

noche, no dudó en ir a casa del jefe superior de Policía. Rogóle diese

órdenes apremiantes a todos sus subordinados y tras pedirle una guardia

para sí mismo, corrió a la calle donde su hijo había sido detenido.

Recorrió todos los lugares en que esperaba encontrarle, y por fin,

no hallando trazas de él, hízose llevar a casa de la querida, donde

esperaba que tal vez hubiese regresado ya.

Iba a acostarme cuando llegó. Cerrada la puerta del cuarto, no oí

llamar a la de la calle. Entró seguido de dos arqueros, y tras

informarse inútilmente de lo que había sido de su hijo, sintió deseos

de conocer a la querida, para ver de obtener alguna luz en el asunto.

Subió a su habitación, acompañado siempre de los arqueros. Íbamos a

meternos en la cama, cuando abrió la puerta y con su presencia heló

la sangre de nuestras venas. «¡Dios santo, el viejo G...!»--díjele a

Manon. Salté para coger mi espada. Desgraciadamente, habíase enredado

en mi cinturón. Los arqueros, que vieron mi ademán, se aproximaron para

arrebatármela. Un hombre en camisa, es hombre vencido. Me quitaron el

arma.

Aunque turbado por aquel espectáculo, G... M... no tardó en

reconocernos. «¿Es ilusión de mis sentidos? ¿no tengo realmente ante

mí al caballero Des Grieux y a Manon Lescaut?». Tan ciego me hallaba,

por la ira, que ni aun le contesté. Pareció dar vueltas a algunos

pensamientos en su cabeza y, como si súbitamente se inflamase de

ira, gritó dirigiéndose a mí. «¡Ah, infortunado! ¡Estoy seguro de

que has asesinado a mi hijo!». Aquella injuria me exasperó. «¡Viejo

traidor!--respondí con orgullo--; ¡si hubiese querido matar a alguien,

hubiese sido a ti!--Sujetadle bien--dijo a los arqueros--. Es preciso

que me dé noticias de mi hijo. Le haré ahorcar mañana si no me dice

inmediatamente dónde se halla.--¡Me harás ahorcar!--repliqué--Es a tus

iguales a quienes hay que mandar a la horca. Sabe que soy de sangre más

noble y pura que la tuya. Sí--añadí--, sé que ha sido de tu hijo, y si

sigues agotando mi paciencia, le haré estrangular antes de que sea de

día y tú correrás igual suerte que él».

Fué imprudencia mía decirle que sabía dónde estaba su hijo, pero

el exceso mismo de mi cólera, me hizo cometer esa torpeza. Llamó

inmediatamente a otros cinco o seis arqueros que aguardaban a la puerta

y les encargó se asegurasen de toda la servidumbre de la casa. «¡Ah,

señor caballero!--díjome con tono burlón--¡Con que sabéis a dónde

está mi hijo y le haréis estrangular! Contad con que a mi vez sabré

poner buen orden a las cosas». Comprendí entonces la torpeza que había

cometido.

Acercóse a Manon que lloraba sentada en el lecho. Díjole algunas

irónicas galanterías sobre el imperio que ejercía sobre el padre y

sobre el hijo y del buen uso que de él hacía. Aquel vetusto monstruo de

incontinencia quiso tomarse algunas familiaridades con ella. «¡Guárdate

de tocarla!--grité--¡No habría nada, por sagrado que fuése, capaz de

librarte de mis manos». Salió dejando en el cuarto tres arqueros con el

encargo de hacernos vestir rápidamente.

No sé cuáles eran entonces sus designios respecto a nosotros. Quizás

nos hubiese dejado en libertad si le hubiésemos dicho dónde se hallaba

su hijo. Pensé, mientras me vestía, si no sería aquél el mejor partido.

Pero si se hallaba en tales disposiciones al dejar nuestro cuarto,

volvió con otras muy distintas. Había ido a interrogar a los criados

de Manon, que habían sido detenidos por los arqueros. Nada pudo sacar

de los que G... M... había puesto a su servicio; pero, cuando supo que

Marcelo nos había servido antes a nosotros, decidió hacerle hablar

intimidándole con amenazas.

Era un muchacho fiel, pero sencillo y tosco. El recuerdo de lo que

había hecho en el _hospital_ para libertar a Manon, junto al terror que

G... M... le inspiraba, causaron tal impresión sobre su alma simple,

que creyó que le iban a llevar al potro o a la rueda. Prometió decir

todo lo que sabía si le perdonaban la vida. G... M... comprendió, por

tales palabras, que había en nuestros asuntos algo más serio y más

criminal de lo que hasta entonces se figurara. Ofreció a Marcelo, no

sólo la vida, sino una recompensa si lo confesaba todo.

El desdichado le contó una parte de nuestros proyectos, aquélla de que

no nos habíamos recatado para hablar delante de él, puesto que en ella

había de intervenir forzosamente. Cierto que ignoraba los cambios que

habíamos introducido en París, pero le habíamos informado al salir de

Chaillot del proyecto y del papel que en él debía representar. Contó

que nuestra intención era engañar a su hijo; que Manon iba a recibir o

había recibido ya diez mil francos, que según nuestros planes no debían

volver nunca ya a manos de los herederos de la casa G... M...

Después de hacer aquel descubrimiento el viejo subió presto a nuestro

cuarto. Entró en el gabinete donde le fué fácil encontrar la suma y las

alhajas. Volvió a nosotros, el rostro arrebatado de ira, y enseñándonos

lo que dió en llamar nuestra rapiña nos abrumó a injurias. Mostró a

Manon el collar de perlas y los braceletes. «¿Los reconocéis?--díjole

con sonrisa burlona--No es la primera vez que los tenéis en vuestro

poder. ¡Los mismos, a fe mía! ¡Se ve que eran de vuestro agrado,

buena moza!... Ya no me cabe duda.--¡Pobres criaturas--añadió--;

son encantadoras a decir verdad las dos! ¡Lástima que sean un poco

canallas!».

Mi corazón ardía de rabia ante aquel afrentoso discurso. Hubiese dado

por ser libre... ¡Justo cielo!, ¿qué no hubiese yo dado por ser libre

un momento? En fin, violentéme para decirle con una parsimonia que no

era sino refinamiento de furor: «Acabemos, señor, con sus injuriosas

burlas. ¿De qué se trata? ¿Qué pretende hacer de nosotros?--Se trata,

señor caballero--díjome calmosamente--, de ir al _Chatelet_. Mañana

será de día y veremos más claro en el asunto, y espero que entonces me

dirá por fin dónde está mi hijo».

Comprendí, sin necesidad de grandes reflexiones, que era cosa de

terribles consecuencias para nosotros vernos encerrados en el

_Chatelet_. Preví, con un escalofrío, todas las derivaciones. Pese

a mi orgullo dime cuenta de que había que inclinarse al peso de la

adversa fortuna y tratar de obtener algo por el halago de mi más cruel

enemigo. Roguéle con acento de sinceridad leal que me prestase un

momento de atención. «Me hago justicia a mí mismo--le dije--. Confieso

que los pocos años me han hecho cometer grandes faltas y que habéis

sido lo suficientemente perjudicado por ellas para tener el derecho

de quejaros; pero conocéis también la fuerza del amor y debéis saber

lo que padece un infortunado a quien arrebatan lo que más ama; debéis

comprender y perdonar que haya buscado una pequeña venganza o por lo

menos creerme bastante castigado con la afrenta que acabo de sufrir. No

hace falta ni prisión ni suplicios para hacerme confesar dónde se halla

vuestro hijo. Está en lugar seguro. Mi intención no fué ni deshacerme

de él ni ofenderos. Estoy pronto a deciros el lugar donde pasa la noche

si nos concedéis en cambio la libertad».

El viejo tigre, en vez de sentirse ablandado por mi ruego, volvióme la

espalda riéndose de mí. Dejó escapar tan sólo algunas palabras para

mostrarme que conocía nuestros propósitos hasta en su origen. Por lo

que a su hijo se refería dijo que se bastaba para encontrarle puesto

que no le había asesinado. «Conducidles al pequeño _Chatelet_--ordenó

a los arqueros--, y cuidad que no se escapen, pues el caballero es un

lince y se ha escapado ya de San Lázaro».

Salió dejándome en el estado que podéis suponer. «¡Oh, cielos!--clamaba

con desesperación--¡Acepto gustoso todos los castigos que queráis

enviar sobre mí, pero que un malvado pueda hacerme víctima de tales

tiranías es lo que más me desespera!». Los arqueros nos rogaron que

no les hiciésemos esperar más. Tenían una carroza a la puerta. Ofrecí

mi mano a Manon para bajar. «Ven, reina amada--díjele--, ven a aceptar

el rigor injusto de la suerte. Tal vez quiera el cielo que algún día

seamos más felices».

Partimos en la misma carroza. Arrojóse en mis brazos. No le había oído

ni una sola palabra desde la llegada de G... M..., pero al hallarse

sola conmigo díjome mil ternezas acusándose de ser la causa de mi

desgracia. Aseguré que jamás me quejaría de mi suerte mientras ella no

cesase de amarme. «No soy yo a quien debes de compadecer--continué--.

Algunos meses de encierro no me espantan y desde luego prefiero el

_Chatelet_ a San Lázaro. Pero, es por ti, alma mía, por quien tiembla

mi corazón. ¡Qué destino para criatura tan bella! ¡Cielos! ¿Cómo

tratáis así a la más acabada de vuestras obras? ¿Por qué no nacimos con

cualidades acordes a nuestra miseria? Hemos recibido ingenio, gusto,

sentimiento... ¡Qué triste el uso que de ellos hacemos mientras tantas

almas bajas y dignas de esa suerte gozan de los dones y favores de la

fortuna!».

Manon Lescaut(#75868) · 第 9 / 12 段