me miró temblorosa, no osando respirar. Di aún algunos pasos, en
dirección a la puerta, sin separar los ojos de ella. Pero hubiese hecho
falta ser inhumano para permanecer indiferente ante tantos encantos.
Tan lejos me hallaba de poseer esa bárbara fuerza que, pasando de golpe
al extremo opuesto, volví hacia ella o, por mejor decir, precipitéme
sin reflexionar. La cogí en mis brazos y le di mil tiernos besos; la
pedí perdón de mi violencia; confesé que era un bárbaro y que no
merecía ser amado de una criatura como ella.
La hice sentar y me arrodillé, a mi vez, rogándole me escuchase así.
Luego, todo lo que un amante, sumiso y apasionado, pueda discurrir,
de respetuoso y tierno, lo encerré en pocas palabras dándola excusas.
Supliquéla, como singular favor, que me perdonase. Dejó caer sus brazos
en torno a mi cuello, diciéndome, con dulce acento, que era ella la que
necesitaba de perdón, por las penas que involuntariamente me causaba, y
que comenzaba a temer, no sin razón, que no me pareciese suficiente lo
que en descargo suyo iba a decirme. «¡A mí!--interrumpí--¡Si no os pido
justificación ninguna! Apruebo cuanto hicisteis. No soy yo quién para
pedir razones de tu conducta. Soy feliz, y me doy por satisfecho si
mi Manon no me priva de la ternura de su corazón. Pero--continué--sin
necesidad de volver sobre mi estado de espíritu, ¡oh, poderosa Manon,
que a capricho creáis mis alegrías y dolores!, humildemente, después
de mostrarte mi arrepentimiento, ¿no me será permitido hablaros de mis
penas y mis sufrimientos? Quisiera saber de vos misma qué ha de ser de
mí hoy, y si pensáis firmar mi sentencia de muerte, pasando la noche
con mi rival».
Puso algún tiempo en meditar su respuesta. «Caballero mío--díjome,
recuperando su aspecto tranquilo--, si, desde luego, os hubieseis
explicado con tal claridad os hubieseis ahorrado no pocos sinsabores
y a mí una escena harto penosa. Puesto que vuestro padecimiento sólo
viene de vuestros celos, os hubiese curado al momento, ofreciéndoos
seguiros inmediatamente, aunque fuése al fin del mundo. Pero he
creído que era la carta que os escribí, bajo las miradas inexorables
de G... M..., y la muchacha que os enviamos lo que provocaba vuestra
indignación. Temí que pudierais mirar mi carta como una burla y a la
joven enviada por G... M... como un síntoma de que renunciaba a vos
para unirme definitivamente a él. Este pensamiento me ha llenado de
consternación, pues por muy inocente que yo fuése, no podía ocultárseme
que las apariencias no me eran favorables. Sin embargo, quiero que
seáis mi juez después de explicaros la verdad de lo sucedido». Hízome
saber entonces todo lo que le había pasado desde que había encontrado a
G... M... que la esperaba en el mismo lugar donde ahora nos hallábamos.
Habíale recibido, efectivamente, como a la primera princesa del mundo.
Habíale enseñado todas las estancias de una limpieza y una riqueza
admirables. Entrególe diez mil libras en su gabinete, añadiendo
algunas alhajas, entre las que se hallaba el collar y los brazaletes
de perlas que ya una vez le diera el padre. Hízole servir, por los
nuevos criados que tomó para ella, ordenándoles que de allí en adelante
le mirasen como a su dueña y señora; hízole, en fin, ver la carroza
y los caballos y todo el resto de sus presentes. Después de lo cual
propúsole una partida de juego para esperar la hora de la comida.
«Confieso--dijo--que quedé deslumbrada por tanta magnificencia. Pensé
que sería una tontería renunciar a tales bienes, contentándonos con
llevarnos las diez mil libras y las alhajas; que igual yo que vos
habíamos hecho nuestra fortuna y que podíamos vivir agradablemente a
expensas de G... M... En vez de proponerle el teatro, decidí sondearle,
en lo que a vos se refería, para ver las facilidades que podríamos
hallar para la ejecución de mi sistema. Le he encontrado persona muy
tratable. Preguntóme qué pensaba de vos y si no me había causado
tristeza abandonaros. Contesté que érais tan amable y os habíais
comportado siempre de tal modo conmigo que era natural que no pudiese
odiaros. Confesó que no carecíais de méritos y que él mismo había
sentido vivo impulso de simpatía por vuestra persona. Quiso saber, cómo
creía yo, que tomaríais mi marcha, sobre todo cuando supieseis que
estaba en sus manos. Contestéle que la fecha de nuestro amor era tan
vieja ya, que había tenido tiempo de enfriarse un poco; que al mismo
tiempo pasabais por una crujía material, así que tal vez no miraseis
mi pérdida, que os libraba de pesado fardo, como gran desgracia. Añadí
que no dudando que os conduciríais pacíficamente no había vacilado en
deciros que venía a París para ciertos asuntos, que habíais consentido
en ello y que habiendo venido vos también no parecíais muy inquieto
cuando os dejé. Si le creyese capaz--díjome entonces--de convivir
amistosamente conmigo, sería yo el primero en ofrecerle mis servicios
y mis atenciones. Contesté que conociéndoos como os conocía no dudaba
de que os comportaríais correctamente, sobre todo--añadí--si él podía
ayudaros en vuestros asuntos, harto desarreglados desde la riña con
vuestra familia. Interrumpióme, para hacer protestas de ofreceros toda
la ayuda que de él dependiese, y hasta si queríais embarcaros en un
nuevo amor os presentaría a una querida muy linda que había dejado para
amarme a mí.
»Aplaudí su idea--añadió--, para borrar toda sospecha en él, y
afirmándome más y más en mi proyecto, no hacía sino pensar en la manera
de avisaros de lo que sucedía, por miedo a que os alarmaseis con exceso
al verme faltar a vuestra cita. Fué con tal intención con la que le
propuse enviaros a vuestra nueva amiga aquella misma noche por tener un
pretexto para escribiros. No hubo más remedio que recurrir a aquella
astucia, pues no tenía esperanzas de que me dejase sola ni un instante.
»Rió de mi proposición; llamó a su lacayo, y tras de preguntarle si
sabría encontrar a su antigua amiga, mandóle de un lado para otro
en su busca. Creyó primero que era a Chaillot donde había que ir a
buscaros, pero yo le desengañé diciéndole que, al separarnos, os
prometí ir al teatro, y si algo me lo impedía o se presentaba alguna
dificultad me esperaríais en una carroza en la esquina de la calle de
San Andrés, y que, por lo tanto, más valía enviaros allí a vuestra
nueva amante, aunque no fuése más que para impedir que os consumieseis
de aburrimiento toda la noche. Díjele también que no estaría de más
escribiros dos palabras para advertiros de aquel cambio, que os
costaría trabajo explicaros si no. Consintió, pero me vi obligada a
escribir en su presencia, y claro que me guardé muy bien de explicarme
abiertamente en mi carta. He ahí--concluyó Manon--la manera como han
sucedido las cosas. No os oculto nada, ni de mí ni de mis intenciones.
La joven vino; la hallé bella, y como no dudaba de que mi ausencia os
entristecería deseé sinceramente os entretuviera unos momentos, pues la
fidelidad que en vos deseo es la del corazón. Me hubiese gustado poder
enviaros a Marcelo, pero no tuve ni un momento para explicarle lo que
había de deciros». Remató su narración contándome la perplejidad en que
la carta del señor T... sumió a G... M... «Dudaba si dejarme o no, y me
afirmó que su ausencia no podía durar, y esto es lo que me hace veros
con inquietud y lo que me hizo también mostrar sobresaltada tristeza».
Escuché el discurso con paciencia. Hallaba en él infinidad de cosas
crueles y mortificantes para mí, pues la intención de su infidelidad
estaba tan clara que ni aun había intentado ocultarla. No podía esperar
de G... M... que la dejase toda la noche como a una vestal. Era, pues,
con él con quien esperaba pasarla. ¡Qué confesión para un amante!
Pensé, empero, que yo era en parte culpable de su falta por haberla
puesto en antecedentes de la pasión de G... M... y también por mi
complacencia y ceguedad al entrar en el plan que ella había concebido.
Por otra parte, por uno de esos recodos particulares a mi carácter,
sentíame enternecido por la ingenuidad de su confesión y por la manera
abierta y buena con que me contaba todos los detalles, aun aquéllos
que más debían de ofenderme. «Peca sin malicia--me dije a mí mismo--.
Es ligera e imprudente, pero también recta y sincera». Añádase a esto
que el amor bastaba por sí solo para cerrarme los ojos sobre todas sus
faltas. Hallábame, a decir verdad, demasiado satisfecho con la idea de
robársela aquella misma noche a mi rival. Díjele, sin embargo: «Y la
noche, ¿con quién la hubieseis pasado?». Aquella pregunta, que formulé
tristemente, pareció confundirla. No me contestó sino con evasivas.
Tuve lástima de su confusión e interrumpiendo mi discurso dije que
naturalmente pensaba que me siguiera inmediatamente, sin demora. «Lo
haré--dijo--; pero ¿no aprobáis mi proyecto?--¡Ah!, no basta--dije a mi
vez--, ¿no basta que haya aprobado cuanto hicisteis hasta ahora?--Cómo,
¿ni aun siquiera nos llevaremos los diez mil francos? Me los dió y
son míos». Aconsejela que lo abandonase todo, y que aprovechásemos
el tiempo para alejarnos rápidamente de allí, pues aunque sólo media
hora llevaba con ella, comenzaba a temer el regreso de G... M... Sin
embargo, tales instancias me hizo para convencerme de que no nos
fuésemos con las manos vacías que creí complacerla concediéndole algo,
puesto que tanto me había concedido a mí.
Cuando nos preparábamos a marchar oí, con un estremecimiento de terror,
llamar con grandes golpes dados en la puerta de la calle. No dudé que
era G... M..., y en la turbación que aquella idea puso en mi espíritu,
dije a Manon que era hombre muerto si se dejaba ver. Efectivamente,
aun no era yo bastante dueño de mí mismo para contenerme a su vista.
Marcelo puso fin a mis penas entregándome una carta que acababan de
darle para mí. Era de T...
Comunicábame que habiendo ido G... M... a buscar dinero a su casa,
aprovechaba el tiempo para comunicarme una idea muy divertida que se
le había ocurrido. Que creía que no podía vengarme de mi rival de modo
más sabroso que comiéndome su cena y acostándome con mi querida en el
lecho que había pensado disfrutar con ella, y que aquello le parecía
empresa fácil si podía contar con tres o cuatro hombres que tuviesen
bastante valor para detenerle aquella noche y bastante fidelidad a mí
para guardarle a la vista hasta la siguiente mañana; que, por lo que
a él se refería, prometíame entretenerle aún una hora con razones que
tenía pensadas ya.
Enseñé la misiva a Manon y le conté de qué astucia me había valido para
llegar hasta ella. Mi invención y la de T... le parecieron admirables.
Nos reímos a nuestras anchas unos minutos; pero como la hablase de
la última como de una broma, quedé asombrado al ver que le parecía
cosa muy digna de pensarse y que aun me la proponía como algo cuya
realización le encantaba. En vano fué que la objetase la dificultad
de hallar así, sin más ni más, gentes capaces de detener a G... M...
y vigilarle luego; díjome que, por lo menos, había que intentarlo,
puesto que T... nos garantizaba una hora por lo menos. Y en respuesta
a mis demás objeciones limitábase a decirme que yo actuaba de tirano y
que no tenía la menor complacencia para con ella. Nada le pareció más
divertido que aquel proyecto. «Tendréis su mesa, dormiréis en su lecho
y mañana temprano partiréis llevándoos su dinero y su querida, y así
estaréis bien vengado del padre y del hijo».
Cedí a sus instancias, pese a los avisos de mi corazón, que parecía
presagiarme una catástrofe. Salí con intención de encargar a dos o
tres guardias de Corps con quienes Lescaut me había puesto en relación
se encargasen del cuidado de detener a G... M... Sólo a uno hallé,
pero era hombre resuelto que en cuanto supo de lo que se trataba me
garantizó el éxito. Tan sólo me pidió diez _pistolas_ para recompensar
a tres soldados de la Guardia, a cuyo frente pensaba ponerse. Roguéle
que no perdiese el tiempo. Reuniólos en menos de un cuarto de hora.
Esperábales yo en su casa, y cuando todo estuvo dispuesto llevéles yo
mismo a la esquina de la calle por donde G... M... había forzosamente
de pasar camino de la morada de Manon. Encarguéles que no le hiciesen
sufrir malos tratos, pero que le guardasen tan estrechamente hasta las
siete de la mañana que yo pudiese descansar en la absoluta seguridad
de que no se les escaparía. Díjome que su designio era llevarle a su
cuarto y allí obligarle a desnudarse y aun a acostarse, mientras él y
sus bravos pasaban la noche jugando y bebiendo.
[Ilustración]
[Ilustración]
Permanecí con ellos hasta que vi venir a G... M..., y entonces me
retiré a un sitio oscuro para ser testigo de escena tan extraordinaria.
El guardia de corps abordóle pistola en mano para advertirle
amablemente que no quería ni su vida ni su bolsa, pero que si oponía
resistencia o gritaba veríase en el caso doloroso de saltarle la
tapa de los sesos. G... M..., viéndole sostenido por tres soldados y
temiendo, sin duda, recibir un tiro si hacía algún gesto, no opuso
resistencia. Vi llevárselo como a un cordero.
Volví a casa de Manon, y para quitar toda sospecha en los criados,
díjele, delante de ellos, que no debíamos esperar a G... M... para
cenar, que asuntos urgentes reteníanle mal de su grado, y que me había
encargado viniese a excusarle y a ocupar su sitio, cosa que miraba yo
como singular honor, por tratarse de dama tan bella. Supo secundarme
hábilmente. Nos sentamos a la mesa. Mientras los lacayos nos servían,
conservamos un continente grave. En fin, después de despedirles o
autorizarles a que se retirasen, pasamos una de las mejores noches de
nuestra vida. Advertí a Marcelo, en secreto, que buscase un coche y le
encargase estuviese a las seis en punto de la mañana a la puerta. Fingí
abandonar a Manon a media noche, pero en seguida, habiendo vuelto a
entrar gracias a la ayuda de Marcelo, dispúseme a ocupar el sitio de
G... M... en la cama igual que lo había ocupado en la mesa.
Durante aquel tiempo, nuestro enemigo malo trabajaba laborando por
nuestra perdición. Mientras nos entregábamos a los locos arrebatos del
placer, la catástrofe estaba suspendida sobre nuestras cabezas. Pero,
para mejor comprender las circunstancias de nuestra ruina, hay que
explicar las causas.
A G... M... seguíale su lacayo cuando los guardias de corps le
detuvieron. El muchacho, aterrado de la aventura de su amo, huyó
desandando el camino, y por primera providencia, para tratar de
socorrer a su señor, fué a advertir al viejo G... M... de lo que
sucedía.
Tales nuevas no podían por menos de alarmarle. Su vivacidad era
extremada para sus años. Quiso, para empezar, saber de boca del lacayo
todo lo que su hijo había hecho aquella tarde; si se había querellado
con alguien, si había intervenido en alguna riña, si había acudido
a algún lugar sospechoso. El criado, que creía a su señor en el más
espantoso de los peligros, y por ende, mirábase como obligado a todo
para salvarlo, descubrió al viejo cuanto sabía de su pasión por Manon,
de los gastos hechos por ella, de cómo pasara la tarde en su casa hasta
cerca de las nueve que había salido y de la desgracia acaecida al
regreso. Fué bastante para hacer sospechar al viejo que el asunto de
su hijo era una querella amorosa. Aunque eran las diez y media de la
noche, no dudó en ir a casa del jefe superior de Policía. Rogóle diese
órdenes apremiantes a todos sus subordinados y tras pedirle una guardia
para sí mismo, corrió a la calle donde su hijo había sido detenido.
Recorrió todos los lugares en que esperaba encontrarle, y por fin,
no hallando trazas de él, hízose llevar a casa de la querida, donde
esperaba que tal vez hubiese regresado ya.
Iba a acostarme cuando llegó. Cerrada la puerta del cuarto, no oí
llamar a la de la calle. Entró seguido de dos arqueros, y tras
informarse inútilmente de lo que había sido de su hijo, sintió deseos
de conocer a la querida, para ver de obtener alguna luz en el asunto.
Subió a su habitación, acompañado siempre de los arqueros. Íbamos a
meternos en la cama, cuando abrió la puerta y con su presencia heló
la sangre de nuestras venas. «¡Dios santo, el viejo G...!»--díjele a
Manon. Salté para coger mi espada. Desgraciadamente, habíase enredado
en mi cinturón. Los arqueros, que vieron mi ademán, se aproximaron para
arrebatármela. Un hombre en camisa, es hombre vencido. Me quitaron el
arma.
Aunque turbado por aquel espectáculo, G... M... no tardó en
reconocernos. «¿Es ilusión de mis sentidos? ¿no tengo realmente ante
mí al caballero Des Grieux y a Manon Lescaut?». Tan ciego me hallaba,
por la ira, que ni aun le contesté. Pareció dar vueltas a algunos
pensamientos en su cabeza y, como si súbitamente se inflamase de
ira, gritó dirigiéndose a mí. «¡Ah, infortunado! ¡Estoy seguro de
que has asesinado a mi hijo!». Aquella injuria me exasperó. «¡Viejo
traidor!--respondí con orgullo--; ¡si hubiese querido matar a alguien,
hubiese sido a ti!--Sujetadle bien--dijo a los arqueros--. Es preciso
que me dé noticias de mi hijo. Le haré ahorcar mañana si no me dice
inmediatamente dónde se halla.--¡Me harás ahorcar!--repliqué--Es a tus
iguales a quienes hay que mandar a la horca. Sabe que soy de sangre más
noble y pura que la tuya. Sí--añadí--, sé que ha sido de tu hijo, y si
sigues agotando mi paciencia, le haré estrangular antes de que sea de
día y tú correrás igual suerte que él».
Fué imprudencia mía decirle que sabía dónde estaba su hijo, pero
el exceso mismo de mi cólera, me hizo cometer esa torpeza. Llamó
inmediatamente a otros cinco o seis arqueros que aguardaban a la puerta
y les encargó se asegurasen de toda la servidumbre de la casa. «¡Ah,
señor caballero!--díjome con tono burlón--¡Con que sabéis a dónde
está mi hijo y le haréis estrangular! Contad con que a mi vez sabré
poner buen orden a las cosas». Comprendí entonces la torpeza que había
cometido.
Acercóse a Manon que lloraba sentada en el lecho. Díjole algunas
irónicas galanterías sobre el imperio que ejercía sobre el padre y
sobre el hijo y del buen uso que de él hacía. Aquel vetusto monstruo de
incontinencia quiso tomarse algunas familiaridades con ella. «¡Guárdate
de tocarla!--grité--¡No habría nada, por sagrado que fuése, capaz de
librarte de mis manos». Salió dejando en el cuarto tres arqueros con el
encargo de hacernos vestir rápidamente.
No sé cuáles eran entonces sus designios respecto a nosotros. Quizás
nos hubiese dejado en libertad si le hubiésemos dicho dónde se hallaba
su hijo. Pensé, mientras me vestía, si no sería aquél el mejor partido.
Pero si se hallaba en tales disposiciones al dejar nuestro cuarto,
volvió con otras muy distintas. Había ido a interrogar a los criados
de Manon, que habían sido detenidos por los arqueros. Nada pudo sacar
de los que G... M... había puesto a su servicio; pero, cuando supo que
Marcelo nos había servido antes a nosotros, decidió hacerle hablar
intimidándole con amenazas.
Era un muchacho fiel, pero sencillo y tosco. El recuerdo de lo que
había hecho en el _hospital_ para libertar a Manon, junto al terror que
G... M... le inspiraba, causaron tal impresión sobre su alma simple,
que creyó que le iban a llevar al potro o a la rueda. Prometió decir
todo lo que sabía si le perdonaban la vida. G... M... comprendió, por
tales palabras, que había en nuestros asuntos algo más serio y más
criminal de lo que hasta entonces se figurara. Ofreció a Marcelo, no
sólo la vida, sino una recompensa si lo confesaba todo.
El desdichado le contó una parte de nuestros proyectos, aquélla de que
no nos habíamos recatado para hablar delante de él, puesto que en ella
había de intervenir forzosamente. Cierto que ignoraba los cambios que
habíamos introducido en París, pero le habíamos informado al salir de
Chaillot del proyecto y del papel que en él debía representar. Contó
que nuestra intención era engañar a su hijo; que Manon iba a recibir o
había recibido ya diez mil francos, que según nuestros planes no debían
volver nunca ya a manos de los herederos de la casa G... M...
Después de hacer aquel descubrimiento el viejo subió presto a nuestro
cuarto. Entró en el gabinete donde le fué fácil encontrar la suma y las
alhajas. Volvió a nosotros, el rostro arrebatado de ira, y enseñándonos
lo que dió en llamar nuestra rapiña nos abrumó a injurias. Mostró a
Manon el collar de perlas y los braceletes. «¿Los reconocéis?--díjole
con sonrisa burlona--No es la primera vez que los tenéis en vuestro
poder. ¡Los mismos, a fe mía! ¡Se ve que eran de vuestro agrado,
buena moza!... Ya no me cabe duda.--¡Pobres criaturas--añadió--;
son encantadoras a decir verdad las dos! ¡Lástima que sean un poco
canallas!».
Mi corazón ardía de rabia ante aquel afrentoso discurso. Hubiese dado
por ser libre... ¡Justo cielo!, ¿qué no hubiese yo dado por ser libre
un momento? En fin, violentéme para decirle con una parsimonia que no
era sino refinamiento de furor: «Acabemos, señor, con sus injuriosas
burlas. ¿De qué se trata? ¿Qué pretende hacer de nosotros?--Se trata,
señor caballero--díjome calmosamente--, de ir al _Chatelet_. Mañana
será de día y veremos más claro en el asunto, y espero que entonces me
dirá por fin dónde está mi hijo».
Comprendí, sin necesidad de grandes reflexiones, que era cosa de
terribles consecuencias para nosotros vernos encerrados en el
_Chatelet_. Preví, con un escalofrío, todas las derivaciones. Pese
a mi orgullo dime cuenta de que había que inclinarse al peso de la
adversa fortuna y tratar de obtener algo por el halago de mi más cruel
enemigo. Roguéle con acento de sinceridad leal que me prestase un
momento de atención. «Me hago justicia a mí mismo--le dije--. Confieso
que los pocos años me han hecho cometer grandes faltas y que habéis
sido lo suficientemente perjudicado por ellas para tener el derecho
de quejaros; pero conocéis también la fuerza del amor y debéis saber
lo que padece un infortunado a quien arrebatan lo que más ama; debéis
comprender y perdonar que haya buscado una pequeña venganza o por lo
menos creerme bastante castigado con la afrenta que acabo de sufrir. No
hace falta ni prisión ni suplicios para hacerme confesar dónde se halla
vuestro hijo. Está en lugar seguro. Mi intención no fué ni deshacerme
de él ni ofenderos. Estoy pronto a deciros el lugar donde pasa la noche
si nos concedéis en cambio la libertad».
El viejo tigre, en vez de sentirse ablandado por mi ruego, volvióme la
espalda riéndose de mí. Dejó escapar tan sólo algunas palabras para
mostrarme que conocía nuestros propósitos hasta en su origen. Por lo
que a su hijo se refería dijo que se bastaba para encontrarle puesto
que no le había asesinado. «Conducidles al pequeño _Chatelet_--ordenó
a los arqueros--, y cuidad que no se escapen, pues el caballero es un
lince y se ha escapado ya de San Lázaro».
Salió dejándome en el estado que podéis suponer. «¡Oh, cielos!--clamaba
con desesperación--¡Acepto gustoso todos los castigos que queráis
enviar sobre mí, pero que un malvado pueda hacerme víctima de tales
tiranías es lo que más me desespera!». Los arqueros nos rogaron que
no les hiciésemos esperar más. Tenían una carroza a la puerta. Ofrecí
mi mano a Manon para bajar. «Ven, reina amada--díjele--, ven a aceptar
el rigor injusto de la suerte. Tal vez quiera el cielo que algún día
seamos más felices».
Partimos en la misma carroza. Arrojóse en mis brazos. No le había oído
ni una sola palabra desde la llegada de G... M..., pero al hallarse
sola conmigo díjome mil ternezas acusándose de ser la causa de mi
desgracia. Aseguré que jamás me quejaría de mi suerte mientras ella no
cesase de amarme. «No soy yo a quien debes de compadecer--continué--.
Algunos meses de encierro no me espantan y desde luego prefiero el
_Chatelet_ a San Lázaro. Pero, es por ti, alma mía, por quien tiembla
mi corazón. ¡Qué destino para criatura tan bella! ¡Cielos! ¿Cómo
tratáis así a la más acabada de vuestras obras? ¿Por qué no nacimos con
cualidades acordes a nuestra miseria? Hemos recibido ingenio, gusto,
sentimiento... ¡Qué triste el uso que de ellos hacemos mientras tantas
almas bajas y dignas de esa suerte gozan de los dones y favores de la
fortuna!».