M... era capaz de una locura amorosa, pero no de una bajeza, y que si
hubiese tenido la cobardía de hacer una, sería él, que me hablaba,
el primero en castigarla y en reparar el mal que involuntariamente
habría causado. «Os agradezco vuestras intenciones--le repliqué--,
pero el mal estaría hecho y el remedio sería muy difícil. Así es que
lo más prudente es prevenirle, abandonando Chaillot por otro lugar
cualquiera.--Sí--replicó el señor T...--, pero os será difícil hacerlo
con la rapidez que sería menester, pues G... M... estará aquí antes
de las doce. Me lo dijo ayer, y eso es lo que me ha hecho venir tan
temprano para informaros de sus planes. Puede llegar de un momento a
otro».
Aviso tan perentorio hízome mirar aquel asunto con atención creciente.
Como me parecía imposible evitar la visita de G... M... y no menos
imposible impedir que se declarase a Manon, tomé el partido de
prevenirle yo mismo sobre los planes de aquel nuevo rival. Pensé que
estando enterada de las proposiciones que iban a hacerle y oyéndolas de
mí mismo tendría más fuerzas para rechazarlas. Descubrí mi pensamiento
a T..., que me dijo que el plan le parecía arriesgadísimo. «Reconozco
que sí--le dije--, pero todas las razones que puede haber para tener fe
en una querida las tengo para creer en la mía.
[Ilustración]
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No habría sino la cuantía de las promesas que pudiese deslumbrarla y ya
os digo que no conoce el interés. Ama el bienestar, pero me ama a mí
también; y tal como están de florecientes nuestros asuntos, creo que
me preferiría a mí al hijo del hombre que la metió en el _hospital_».
En una palabra, persistí en mi determinación y habiéndome apartado con
Manon, le enteré de todo lo que acababa de saber.
Dióme las gracias por la buena opinión que tenía de ella y me prometió
acoger las ofertas de G... M... de forma que no le quedasen deseos de
renovarlas. «No--objeté--, no conviene irritarle con un exabrupto,
puesto que podría perdernos. Pero bastante sabes tú, pícara--añadí
riendo--, la manera de deshacerte de un adorador pegajoso y molesto».
Después de permanecer unos momentos soñadora, dijo: «Acaba de
ocurrírseme una idea admirable y estoy encantada con ella; G... M...
es el hijo del peor de nuestros enemigos. Debemos vengarnos del padre,
no en la persona, pero si en la bolsa del hijo. Voy a escucharle,
a aceptar los presentes y a reirme de él.--El proyecto es bonito;
pero ¿no te acuerdas ya, criatura, que fué el camino que te llevó al
_hospital_?».
Fué inútil que me esforzase en mostrarla los peligros de la empresa;
respondióme que tan sólo era cuestión de tomar bien nuestras medidas, y
halló respuesta a todas mis objeciones. Dadme el ejemplo de un amante
que no haya cedido a todos los caprichos de una querida adorada y os
confesaré que hice mal en conformarme. Decidimos, pues, hacer de G...
M... nuestra víctima, y por una cruel ironía de la suerte la víctima
fuí yo.
Vimos aparecer su carroza a eso de las once. Hizo mil rebuscados
cumplidos sobre la libertad que se tomaba al venir a comer con
nosotros. No se sorprendió al ver a M. de T..., que le ofreciera la
víspera venir también y que se había excusado con algunos asuntos
urgentes para no venir en el mismo coche. Aunque no había ni uno solo
entre nosotros que no llevase la traición en el corazón, sentámonos a
la mesa con aire de cordialidad y amistad; G... M... halló fácilmente
manera de declarar sus sentimientos a Manon. No debí parecerle molesto,
pues me ausenté exprofeso durante unos minutos.
Noté bien a las claras, a mi regreso, que no le habían descorazonado
con un exceso de severidad. Parecía del mejor humor del mundo. Yo,
por mi parte, afectaba estarlo también. Reíase interiormente de mi
simpleza; yo de la suya. Durante toda la tarde representamos el uno
para el otro una divertida escena. Arregléme de manera de procurarle,
antes de su partida, una nueva entrevista con Manon, de modo que debió
quedar tan satisfecho de mi prudencia como de la buena mesa.
No bien hubo subido a su carroza con M. de T..., Manon corrió a mí con
los brazos abiertos, riendo a carcajadas. Repitióme sus discursos y
sus proposiciones, sin cambiar palabra. Reducíanse a lo siguiente: la
adoraba; quería compartir con ella cuarenta mil libras de renta de que
disfrutaba ya, sin contar lo que heredaría cuando muriese su padre.
Iba a ser dueña de su fortuna y de su corazón, y como arras de aquellos
bienes estaba dispuesto a darle una carroza, un hotel amueblado, una
doncella, tres criados y un cocinero.
«He ahí un hijo--dije a Manon--mucho más generoso que su padre.
Hablemos de buena fe--añadí--; tales promesas, ¿no os tientan?--¿A
mí?--respondió, ajustando a su pensamiento estos versos de Racine:
¿Yo? ¿Me creeréis capaz de tal perfidia?
¡Yo! ¿Podría acaso resistir el semblante odioso
que evoca el recuerdo del _hospital_ a mis ojos?
--No--repliqué, continuando por mi parte la parodia:
No; costárame trabajo creer, señora,
que el _hospital_ estuviera grabado
con un trazo de amor en vuestro corazón.
«Pero no deja de ser un porvenir seductor, un hotel con carroza y tres
lacayos, y el amor mismo puede pocas veces hacer así las cosas».
Hízome protestas de que su corazón era mío para siempre y que a nadie
amaría jamás sino a mí. «Las promesas que me ha hecho más son aguijón
a mi venganza que dardos de amor». Le pregunté si entraba en sus
designios aceptar el hotel y la carroza. Respondióme que no quería sino
el dinero.
La gran dificultad estaba en obtener lo uno sin lo otro. Decidimos
esperar las explicaciones de G... M..., que vendrían en una carta que
había prometido escribirle. Recibióla, efectivamente, al día siguiente
de mano de un lacayo sin librea que supo hábilmente hallar ocasión para
hablarla sin testigos. Díjole que esperase su contestación y vino a
traerme la carta a mí. Abrímosla juntos.
Además de los lugares comunes de ternura amorosa, contenía las promesas
de mi rival. No reparaba en gastos. Comprometíase a entregar diez mil
francos al tomar posesión del hotel, y además a reparar de tal modo
las disminuciones que la susodicha cantidad pudiese padecer que Manon
la tuviese siempre delante de sí en dinero contante. En cuanto a la
inauguración no la retrasaba con exceso. Sólo pedía de plazo dos días
para preparar las cosas y hasta la señalaba el lugar donde el hotel
estaría emplazado y la marcaba la hora en que la esperaría si conseguía
escaparse de entre mis manos. Era esto último lo único que debía
inquietarle, pues respecto a todo lo demás parecía estar completamente
tranquilo, pero añadía que, si tenía dificultades para escaparse, él
encontraría medio de que su fuga fuése cómoda y fácil.
G... M... era más astuto que su padre y quería tener su presa entre las
manos antes de soltar el dinero. Deliberamos sobre la actitud que Manon
debía adoptar. Hice aún algunos esfuerzos para quitarle la empresa de
la cabeza, haciéndola ver todos los peligros que encerraba. Nada pudo
quebrantar su determinación.
Escribió breve respuesta a G... M... para decirle que no hallaría
dificultad para ir a París el día señalado y que podía aguardarla con
absoluta certeza.
Arreglamos en seguida las líneas de nuestra acción. Yo debía partir
inmediatamente para buscar en algún pueblecillo, al otro lado de París,
una casa, y llevaría a ella nuestro equipaje. Al día siguiente, que
era el de la cita, ella iría temprano a París, y después de recibir
los obsequios de G... M... le rogaría insistentemente que la llevase
al teatro, cogería consigo todo lo que pudiese llevar de la suma
aquella, encargaría del resto a mi lacayo, que deseaba llevarse con
ella, pues era el mismo que la salvó del _hospital_ y que nos era
ciegamente adicto. Yo me hallaría con un coche en la esquina de la
calle San Andrés de los Arcos, y a las siete, dejando al coche en
espera, avanzaría en las sombras hasta la puerta de la Comedia. Manon
me prometió hallar una excusa para abandonar el palco un momento y,
aprovechándole, venir en busca mía. El resto era cosa fácil; en un
momento estaríamos en mi coche y en poco tiempo habríamos salido de
París por la puerta del barrio de San Antonio, que era nuestro camino
más corto para nuestra nueva morada.
Aquel plan, estrafalario y todo, nos pareció muy bien arreglado. Pero
había una ciega temeridad en creer que, aun resultando todo a las mil
maravillas, hubiésemos podido escapar luego a las consecuencias. Sin
embargo, nos expusimos con la confianza más temeraria. Manon fuése
con Marcelo; así se llamaba nuestro criado. La vi marchar con pena.
Díjela al abrazarla: «Manon, ¿no me engañas? ¿Me serás fiel?». Quejóse
tiernamente de mi desconfianza y me renovó todos sus juramentos.
Según su cuenta debía de llegar a París a las tres. Yo partí después de
ella y fuí a recluirme para perecer de aburrimiento todo el resto de la
tarde al café de Feré, en el puente de San Miguel. Allí permanecí hasta
la noche. Salí entonces para tomar un coche e ir a apostarme con él,
según habíamos quedado, a la entrada de la calle de San Andrés de los
Arcos; después fuí a pie a la puerta del teatro. Sorprendióme no hallar
a Marcelo, que debía de estar esperándome. Esperé pacientemente una
hora, confundido entre los lacayos, ojo avizor, acechando a todos los
transeuntes. En fin, al dar las siete, sin percibir nada que tuviese
relación con nuestros planes, tomé un billete de parterre para ir a ver
si divisaba a Manon y a G... M... en un palco. Ni uno ni otra estaban
allí. Volví a la puerta, donde dejé transcurrir aún un cuarto de hora,
lleno de impaciencia y de inquietud. No viendo nada tampoco, fuí a mi
coche sin resolverme a tomar un partido u otro. Habiéndome visto mi
cochero, vino a mi encuentro para decirme, con aire de misterio, que
una linda damisela me esperaba, hacía una hora, en la carroza, que
había intentado llamar mi atención con multitud de gestos, que él había
visto muy bien, y que sabiendo que había de volver había dicho que no
se impacientaría y me aguardaría tranquilamente allí.
Creí en seguida que era Manon. Me acerqué rápidamente y entonces vi
un rostro encantador que no era el suyo. Tratábase de una desconocida,
que empezó por preguntarme si no era con el caballero Des Grieux con
quien tenía el honor de hablar. Díjele que, efectivamente, aquel era mi
nombre. «Tengo una carta para vos--díjome--, carta que os instruirá del
objeto de mi presencia y de cómo he tenido el honor de conocer vuestro
nombre». Roguéle me diese tiempo para leerla en un establecimiento
cercano. Quiso acompañarme y aun me aconsejó que pidiese un reservado.
«¿De quién procede esta carta?»--le dije, al subir. Pero ella me
respondió que ya lo vería al leerla.
Reconocí la letra de Manon. He aquí, poco más o menos, lo que me decía:
G... M... le había recibido con una cortesía y una magnificencia que
sobrepujaban a toda idea. Le había agobiado de presentes y hecho
entrever un porvenir de reina. Me aseguraba, sin embargo, que no me
olvidaba en aquella nueva fase de su fortuna, aunque no habiendo podido
convencer a G... M... de que la llevase al teatro aquella noche, tenía
que dejar para otro día el gusto de verme. Pero que para consolarme
de la pena que adivinaba podría causarme la noticia había encontrado
manera de enviarme a una de las muchachas más bonitas de París, que
sería la portadora de su carta. _Firmado_: vuestra fiel amante, Manon
Lescaut.
Había algo tan cruel y tan insultante para mí en aquella carta que,
permaneciendo un rato suspenso entre el dolor y la cólera, propúseme
hacer un esfuerzo para olvidar a mi ingrata y pérfida querida. Fijé
los ojos en la mujer que tenía ante mí. Era, en extremo, bella, y yo
hubiese deseado que lo fuése bastante para hacerme a mi vez perjuro y
traidor; pero por desgracia mía no hallé aquellos astutos y tiernos
ojos, aquel divino porte y aquel cutis, cuyos matices había combinado
amor mismo; en fin, aquel conjunto de perfecciones, que constituían el
mágico encanto de mi pérfida amada. «No, no--dije apartando de ella mis
miradas--; la traidora, ingrata que os envió bien sabía que os enviaba
a una tentativa inútil. Volved y decidle que disfrute de su crimen si
puede y que le disfrute sin remordimientos. Renuncio para siempre a
ella, y al mismo tiempo renuncio a todas las mujeres, que si en belleza
no sabrán igualarla, en perfidia le serán todas semejantes». Estuve
entonces a punto de retirarme, sin tratar de saber más de Manon. Los
mortales celos, que me desgarraban el corazón, disfrazábanse de una
opaca y sombría calma, y tanto más me creía próximo a curarme cuanto
que no sentía ninguno de aquellos movimientos de ira que me habían
agitado en circunstancias parecidas. ¡Malhaya mi suerte!, tan víctima
era de las burlas de mi amor como creía serlo de las de Manon y de las
de G... M...
La muchacha que me había traído la carta, al verme dispuesto a salir,
preguntóme qué quería que contestase a G... M... y a la dama que se
hallaba con él. A esta pregunta, volví a entrar en el cuarto, y por
uno de esos rápidos cambios, en que no podrán creer los que jamás
sufrieron las fatigas y zozobras del amor, pasé de golpe, desde la
tranquilidad en que creía hallarme, al furor más ciego. «Ve--dije--y
cuenta al traidor G... M... y a su pérfida querida la desesperación en
que su maldita carta me ha arrojado, pero añádeles que poco se reirán
de mí, pues con mis propias manos les apuñalaré a los dos». Arrojéme
en una silla; mi sombrero y mi bastón rodaron por el suelo, dos ríos
de llanto brotaron de mis ojos. Entonces el acceso de furor por que
acababa de pasar cambióse en profundo dolor; no hice, durante largo
rato, sino llorar, entre suspiros y gemidos. «Acércate, acércate,
pobre niña--dije a la joven--, puesto que es a ti a quien envían para
consolarme. Dime si sabes algún remedio contra la desesperación, algún
calmante contra la rabia, contra el deseo de darte a ti mismo la muerte
después de dársela a los traidores, que no merecen el don de la vida.
Sí, acércate--continué, al ver que iniciaba algunos pasos tímidos
e inciertos para aproximárseme--, ven a secar mis lágrimas, ven a
devolver la paz a mi corazón, ven y dime que me amas, para habituarme
a la idea de poder ser de otra que de mi traidora. Eres bella, y
quizás pueda amarte a mi vez». La pobre muchacha, que apenas tendría
dieciséis o diecisiete años, y que parecía más pudorosa e inocente que
sus iguales, parecía hallarse profundamente asombrada ante la extraña
escena. Acercóse, pese a ello, para hacerme algunas caricias; pero
entonces yo la aparté con mis manos. «¿Qué quieres de mí?--dije--.
¡Ah!, ¡eres mujer!, ¡eres de un sexo que odio! La dulzura de tu rostro
me amenaza de nuevas traiciones. Vete y déjame solo aquí». Hízome una
reverencia, sin osar decirme nada, y me volvió la espalda para salir.
La grité que esperase. «Pero dime, al menos, cómo, por qué y con qué
objeto te han enviado aquí. ¿Cómo has averiguado mi nombre y el lugar
donde podías hallarme?».
Entonces me dijo que conociendo de larga fecha a G... M... éste la
había enviado a buscar a las cinco de la tarde, y que habiendo seguido
al lacayo, que fué en su busca, había hallado a su amigo en una
soberbia casa, donde jugaba al _piquet_, con una dama muy bella, y que
entonces los dos le habían encargado que me entregase la carta que me
había dado, después de prevenirla que me encontraría en una carroza
en la esquina de la calle de San Andrés. Preguntéle si nada más le
habían dicho. Contestó, ruborizándose, que le habían hecho concebir la
esperanza de que la conservaría a mi lado para hacerme compañía. «Te
han engañado, mi pobre niña, te han engañado. Eres mujer y necesitas un
hombre, pero necesitas uno que sea rico y feliz, y no es ciertamente
aquí donde puedes hallarlo. Vuelve, vuelve a G... M... Ese tiene cuanto
precisa para ser amado de las bellas; tiene hoteles, muebles y trenes
que ofrecer. En cuanto a mí, que no tengo sino amor que dar, las
mujeres desdeñan mi miseria y hacen juego de mi simplicidad».
Añadí mil cosas tristes o violentas, según que las pasiones, que me
agitaban alternativamente, cedían o me arrastraban. Pero, a fuerza de
atormentarme, mi delirio disminuyó lo suficiente para dejar sitio a la
reflexión. Comparé aquel infortunio a los que había padecido del mismo
orden, y saqué, en consecuencia, que en aquella ocasión no había por
qué desesperarse más que en las anteriores. Conocía a Manon; ¿por qué,
pues, afligirme de aquel modo por una desgracia que debía de prever?
¿Por qué, mejor, no emplear mis fuerzas en buscar remedio? Aun era
tiempo. Por lo menos, no debía malgastar mis energías, si no quería
hacerme luego el reproche de haber contribuido con mi negligencia a mis
propias penas. Púseme, pues, a pensar en los medios que podían abrirme
un camino de esperanza.
Tratar de arrancarla por la violencia de las manos de G... M..., era
una insensatez inútil, que no ofrecía la menor probabilidad de éxito,
pero en cambio parecíame, que si podía procurarme la menor entrevista
con ella, ganaría infaliblemente la batalla. ¡Conocía tan bien los
puntos sensibles de su corazón! ¡Estaba tan seguro de ser amado por
ella! Aquella misma extravagancia de enviarme una mujer bonita para
consolarme, estaba seguro que era a ella a quien se le había ocurrido,
y era prueba de su compasión por mis sufrimientos.
Resolví poner en juego toda mi maña para conseguir entrevistarme con
ella. Entre los varios caminos que fuí examinando, me detuve en el
siguiente: T... había mostrado demasiada buena voluntad en mi ayuda
para que me fuése dado dudar de su sinceridad y su celo. Prometíme
ir a verle inmediatamente y comprometerle a llamar a G... M..., con
pretexto de un asunto importante. Sólo necesitaba media hora para
hablar a Manon. Mi plan era hacerme introducir en su mismo cuarto, y me
parecía cosa fácil en ausencia de G... M...
Habiéndome devuelto tales resoluciones parte de mi calma, pagué
espléndidamente a la joven que aun permanecía conmigo, y para quitarle
las ganas de volver a reunirse con quienes la habían enviado, tomé sus
señas dejándola entrever que tal vez iría a pasar con ella el resto de
la noche. Subí a mi coche e híceme llevar con toda la rapidez posible
a casa del señor T... Tuve la suerte de encontrarle, aunque durante el
camino me atormentara el temor de su ausencia. Una palabra le puso al
corriente de mis penas y del favor que venía a pedirle.
Asombróle de tal modo que G... M... hubiese podido seducir a Manon,
que, ignorando la parte que yo mismo había tenido en mi desgracia,
ofrecióse espontáneamente reunir a todos sus amigos para emplear sus
brazos y sus espadas en libertar a mi querida. Hícele comprender que
todo aquel ruido podía sernos perjudicial a ella y a mí. «Guardemos
nuestra sangre para el último extremo. Medito un medio menos ruidoso y
del que espero igual éxito». Ofrecióse a hacer, sin excepción, cuanto
le pidiese. Y habiéndole repetido que tan sólo se trataba de hacer
llamar, con pretexto de hablar con él, a G... M..., y hacerle faltar de
su casa una hora o dos, salió conmigo para complacerme.
Discutimos sobre el pretexto de que podía valerse para entretenerle
tanto tiempo. Aconsejéle empezar por enviarle una carta fechada en un
figón, citándole urgentemente para un asunto de tal importancia que
no admitía espera. «Espiaré--le dije--el momento de su salida y no
me costará trabajo introducirme en la casa, no siendo, como no soy,
conocido sino de Manon y de Marcelo, mi criado. En cuanto a vos, podéis
decirle que el asunto importante de que deseáis hablarle es un asunto
de dinero. Que acabáis de perder no sólo el vuestro, sino mucho más
sobre palabra. Necesitará tiempo para procurároslo, y yo tendré el que
me hace falta».
M. de T... hizo ce por be todo lo que yo le había encargado. Dejéle en
el figón, donde escribió inmediatamente su carta. En cuanto a mí, fuí
a colocarme a algunos pasos de la casa de Manon, vi llegar al portador
de la misiva, y partir a poco G... M... a pie y seguido de un lacayo.
Tras de darle tiempo para salir de la calle, me aproximé a la puerta
de la infiel, y pese a mi ira, llamé con el respeto con que lo haría
en un templo. Felizmente, fué Marcelo quien vino a abrirme la puerta.
Hícele una seña y, aunque nada tenía que temer de los demás criados,
le pregunté si podía conducirme al cuarto donde estaba Manon sin ser
notado. Dijo que era cosa fácil, con sólo subir con cuidado la escalera
principal. «Vamos pronto--le dije--, y trata de impedir que suba nadie
mientras yo esté allí». Así llegué sin tropiezo al cuarto de Manon.
Hallábase ella entregada a la lectura. En tal ocasión fué cuando
mejor pude admirar el carácter de aquella criatura. En vez de parecer
aterrada o asombrada al verme, no dió sino esas ligeras pruebas de
sorpresa naturales cuando nos encontramos con una persona que creemos
lejos. «¡Ah, sois vos, amor mío!--exclamó viniendo a abrazarme con la
ternura habitual--¡Dios mío, qué audaz sois! ¡Quién hubiese podido
esperaros hoy en tal lugar!». Me desprendí de sus brazos, y, en vez
de corresponder a sus caricias, la rechacé con desdén y retrocedí
dos o tres pasos para alejarme de ella. Aquel ademán no dejó de
desconcertarla. Permaneció inmóvil y fijó sus ojos en mí, cambiando de
color. Tan contento me hallaba en el fondo de volverla a ver que, pese
a los numerosos motivos de ira que tenía contra ella, apenas encontraba
fuerzas para hacerle reproches. Sin embargo, mi corazón sangraba aún
por la cruel ofensa que me había inferido. Llamé en mi auxilio a la
memoria para exaltar mi indignación, y traté de encender en mis ojos
otros fuegos que no fuesen los del amor. Como permaneciese yo un rato
en silencio y Manon reparase en mi agitación, vile temblar al parecer
de miedo.
No pude resistir tal espectáculo. «¡Ah, Manon!--dije con tierna
queja--¡Infiel, perjura Manon! ¿Por dónde comenzaré mis reproches?
Os veo pálida y temblorosa y aun soy tan sensible a vuestros menores
sufrimientos, que temo afligiros excesivamente con mis reproches. Pero
he de decíroslo Manon, tengo el corazón lacerado por la crueldad de
vuestra traición. Esos golpes no se descargan sobre un enamorado si
no se ha decidido su muerte. ¡La tercera vez, Manon! ¡Las llevo bien
contadas! ¡Imposible olvidarlo! En vos misma está decidir en esta hora
suprema, pues mi pobre amor no puede resistir semejante trato. Siento
que va a sucumbir y que está próximo a partirse de dolor. ¡No puedo
más!--gemí sentándome en una silla--. Apenas si me es dado sostenerme y
hablar».
No me contestó; pero, apenas me vió sentado, se arrodilló y, apoyando
la cabeza en mis rodillas, ocultó el rostro entre mis manos. Sentí
que por un momento las humedecía con su llanto. ¡Dios de Dios, pensad
qué turbación no agitaría mi alma! «¡Ah, Manon, Manon!--repuse
con un suspiro--Es ya tarde para llorarme cuando me habéis matado
primero. Fingís una tristeza que estáis lejos de sentir. El mayor de
vuestros males es indudablemente, el de mi presencia, que siempre
vino a interrumpir vuestros placeres. Abrid bien los ojos y veréis
quién soy. No se llora así por un desdichado a quien se traicionó y
abandonó cruelmente». Seguía besando mis manos sin cambiar de postura.
«Inconstante Manon--añadí aún--, mujer ingrata y sin fe, ¿a dónde, a
dónde están vuestras promesas? Amante versátil y cruel, ¿qué has hecho
del amor que me jurabas aún hoy mismo? ¡Justos cielos! ¿puede una
infiel burlarse de nosotros así, después de invocaros fervorosamente?
¿Es el perjuro quien obtiene la recompensa? ¿La desesperación y el
abandono son para la constancia y la fidelidad?».
Aquellas palabras mías fueron acompañadas de tan amargas reflexiones
que, mal de mi grado, dejé escapar algunas lágrimas. Manon lo notó en
el cambio de mi voz. Rompió, por fin, el silencio. «Bien se ve--dijo
con tristeza--que soy culpable, cuando tal dolor pude causaros; pero
que el cielo me castigue si creí serlo o si tal pensamiento me asaltó
siquiera».
Aquel discurso me pareció tan desprovisto de sentido común y buena
fe que no pude librarme de mi primer impulso de cólera. «¡Horrible
disimulo!--exclamé--Veo mejor que nunca que eres una vil y una
pérfida. Ahora es cuando conozco tu miserable carácter. Adiós, ruin
criatura--dije, poniéndome en pie--, mejor quiero morir mil veces que
tener trato alguno contigo. ¡Que el cielo me castigue si te honro con
una sola mirada! Quédate con tu nuevo amante; ámale; ódiame a mí;
renuncia al honor y al sentido de lo justo; me es igual, de todo me he
de reir ya».