T... me aseguró que respecto a eso podía estar tranquilo; que G...

M... era capaz de una locura amorosa, pero no de una bajeza, y que si

hubiese tenido la cobardía de hacer una, sería él, que me hablaba,

el primero en castigarla y en reparar el mal que involuntariamente

habría causado. «Os agradezco vuestras intenciones--le repliqué--,

pero el mal estaría hecho y el remedio sería muy difícil. Así es que

lo más prudente es prevenirle, abandonando Chaillot por otro lugar

cualquiera.--Sí--replicó el señor T...--, pero os será difícil hacerlo

con la rapidez que sería menester, pues G... M... estará aquí antes

de las doce. Me lo dijo ayer, y eso es lo que me ha hecho venir tan

temprano para informaros de sus planes. Puede llegar de un momento a

otro».

Aviso tan perentorio hízome mirar aquel asunto con atención creciente.

Como me parecía imposible evitar la visita de G... M... y no menos

imposible impedir que se declarase a Manon, tomé el partido de

prevenirle yo mismo sobre los planes de aquel nuevo rival. Pensé que

estando enterada de las proposiciones que iban a hacerle y oyéndolas de

mí mismo tendría más fuerzas para rechazarlas. Descubrí mi pensamiento

a T..., que me dijo que el plan le parecía arriesgadísimo. «Reconozco

que sí--le dije--, pero todas las razones que puede haber para tener fe

en una querida las tengo para creer en la mía.

[Ilustración]

[Ilustración]

No habría sino la cuantía de las promesas que pudiese deslumbrarla y ya

os digo que no conoce el interés. Ama el bienestar, pero me ama a mí

también; y tal como están de florecientes nuestros asuntos, creo que

me preferiría a mí al hijo del hombre que la metió en el _hospital_».

En una palabra, persistí en mi determinación y habiéndome apartado con

Manon, le enteré de todo lo que acababa de saber.

Dióme las gracias por la buena opinión que tenía de ella y me prometió

acoger las ofertas de G... M... de forma que no le quedasen deseos de

renovarlas. «No--objeté--, no conviene irritarle con un exabrupto,

puesto que podría perdernos. Pero bastante sabes tú, pícara--añadí

riendo--, la manera de deshacerte de un adorador pegajoso y molesto».

Después de permanecer unos momentos soñadora, dijo: «Acaba de

ocurrírseme una idea admirable y estoy encantada con ella; G... M...

es el hijo del peor de nuestros enemigos. Debemos vengarnos del padre,

no en la persona, pero si en la bolsa del hijo. Voy a escucharle,

a aceptar los presentes y a reirme de él.--El proyecto es bonito;

pero ¿no te acuerdas ya, criatura, que fué el camino que te llevó al

_hospital_?».

Fué inútil que me esforzase en mostrarla los peligros de la empresa;

respondióme que tan sólo era cuestión de tomar bien nuestras medidas, y

halló respuesta a todas mis objeciones. Dadme el ejemplo de un amante

que no haya cedido a todos los caprichos de una querida adorada y os

confesaré que hice mal en conformarme. Decidimos, pues, hacer de G...

M... nuestra víctima, y por una cruel ironía de la suerte la víctima

fuí yo.

Vimos aparecer su carroza a eso de las once. Hizo mil rebuscados

cumplidos sobre la libertad que se tomaba al venir a comer con

nosotros. No se sorprendió al ver a M. de T..., que le ofreciera la

víspera venir también y que se había excusado con algunos asuntos

urgentes para no venir en el mismo coche. Aunque no había ni uno solo

entre nosotros que no llevase la traición en el corazón, sentámonos a

la mesa con aire de cordialidad y amistad; G... M... halló fácilmente

manera de declarar sus sentimientos a Manon. No debí parecerle molesto,

pues me ausenté exprofeso durante unos minutos.

Noté bien a las claras, a mi regreso, que no le habían descorazonado

con un exceso de severidad. Parecía del mejor humor del mundo. Yo,

por mi parte, afectaba estarlo también. Reíase interiormente de mi

simpleza; yo de la suya. Durante toda la tarde representamos el uno

para el otro una divertida escena. Arregléme de manera de procurarle,

antes de su partida, una nueva entrevista con Manon, de modo que debió

quedar tan satisfecho de mi prudencia como de la buena mesa.

No bien hubo subido a su carroza con M. de T..., Manon corrió a mí con

los brazos abiertos, riendo a carcajadas. Repitióme sus discursos y

sus proposiciones, sin cambiar palabra. Reducíanse a lo siguiente: la

adoraba; quería compartir con ella cuarenta mil libras de renta de que

disfrutaba ya, sin contar lo que heredaría cuando muriese su padre.

Iba a ser dueña de su fortuna y de su corazón, y como arras de aquellos

bienes estaba dispuesto a darle una carroza, un hotel amueblado, una

doncella, tres criados y un cocinero.

«He ahí un hijo--dije a Manon--mucho más generoso que su padre.

Hablemos de buena fe--añadí--; tales promesas, ¿no os tientan?--¿A

mí?--respondió, ajustando a su pensamiento estos versos de Racine:

¿Yo? ¿Me creeréis capaz de tal perfidia?

¡Yo! ¿Podría acaso resistir el semblante odioso

que evoca el recuerdo del _hospital_ a mis ojos?

--No--repliqué, continuando por mi parte la parodia:

No; costárame trabajo creer, señora,

que el _hospital_ estuviera grabado

con un trazo de amor en vuestro corazón.

«Pero no deja de ser un porvenir seductor, un hotel con carroza y tres

lacayos, y el amor mismo puede pocas veces hacer así las cosas».

Hízome protestas de que su corazón era mío para siempre y que a nadie

amaría jamás sino a mí. «Las promesas que me ha hecho más son aguijón

a mi venganza que dardos de amor». Le pregunté si entraba en sus

designios aceptar el hotel y la carroza. Respondióme que no quería sino

el dinero.

La gran dificultad estaba en obtener lo uno sin lo otro. Decidimos

esperar las explicaciones de G... M..., que vendrían en una carta que

había prometido escribirle. Recibióla, efectivamente, al día siguiente

de mano de un lacayo sin librea que supo hábilmente hallar ocasión para

hablarla sin testigos. Díjole que esperase su contestación y vino a

traerme la carta a mí. Abrímosla juntos.

Además de los lugares comunes de ternura amorosa, contenía las promesas

de mi rival. No reparaba en gastos. Comprometíase a entregar diez mil

francos al tomar posesión del hotel, y además a reparar de tal modo

las disminuciones que la susodicha cantidad pudiese padecer que Manon

la tuviese siempre delante de sí en dinero contante. En cuanto a la

inauguración no la retrasaba con exceso. Sólo pedía de plazo dos días

para preparar las cosas y hasta la señalaba el lugar donde el hotel

estaría emplazado y la marcaba la hora en que la esperaría si conseguía

escaparse de entre mis manos. Era esto último lo único que debía

inquietarle, pues respecto a todo lo demás parecía estar completamente

tranquilo, pero añadía que, si tenía dificultades para escaparse, él

encontraría medio de que su fuga fuése cómoda y fácil.

G... M... era más astuto que su padre y quería tener su presa entre las

manos antes de soltar el dinero. Deliberamos sobre la actitud que Manon

debía adoptar. Hice aún algunos esfuerzos para quitarle la empresa de

la cabeza, haciéndola ver todos los peligros que encerraba. Nada pudo

quebrantar su determinación.

Escribió breve respuesta a G... M... para decirle que no hallaría

dificultad para ir a París el día señalado y que podía aguardarla con

absoluta certeza.

Arreglamos en seguida las líneas de nuestra acción. Yo debía partir

inmediatamente para buscar en algún pueblecillo, al otro lado de París,

una casa, y llevaría a ella nuestro equipaje. Al día siguiente, que

era el de la cita, ella iría temprano a París, y después de recibir

los obsequios de G... M... le rogaría insistentemente que la llevase

al teatro, cogería consigo todo lo que pudiese llevar de la suma

aquella, encargaría del resto a mi lacayo, que deseaba llevarse con

ella, pues era el mismo que la salvó del _hospital_ y que nos era

ciegamente adicto. Yo me hallaría con un coche en la esquina de la

calle San Andrés de los Arcos, y a las siete, dejando al coche en

espera, avanzaría en las sombras hasta la puerta de la Comedia. Manon

me prometió hallar una excusa para abandonar el palco un momento y,

aprovechándole, venir en busca mía. El resto era cosa fácil; en un

momento estaríamos en mi coche y en poco tiempo habríamos salido de

París por la puerta del barrio de San Antonio, que era nuestro camino

más corto para nuestra nueva morada.

Aquel plan, estrafalario y todo, nos pareció muy bien arreglado. Pero

había una ciega temeridad en creer que, aun resultando todo a las mil

maravillas, hubiésemos podido escapar luego a las consecuencias. Sin

embargo, nos expusimos con la confianza más temeraria. Manon fuése

con Marcelo; así se llamaba nuestro criado. La vi marchar con pena.

Díjela al abrazarla: «Manon, ¿no me engañas? ¿Me serás fiel?». Quejóse

tiernamente de mi desconfianza y me renovó todos sus juramentos.

Según su cuenta debía de llegar a París a las tres. Yo partí después de

ella y fuí a recluirme para perecer de aburrimiento todo el resto de la

tarde al café de Feré, en el puente de San Miguel. Allí permanecí hasta

la noche. Salí entonces para tomar un coche e ir a apostarme con él,

según habíamos quedado, a la entrada de la calle de San Andrés de los

Arcos; después fuí a pie a la puerta del teatro. Sorprendióme no hallar

a Marcelo, que debía de estar esperándome. Esperé pacientemente una

hora, confundido entre los lacayos, ojo avizor, acechando a todos los

transeuntes. En fin, al dar las siete, sin percibir nada que tuviese

relación con nuestros planes, tomé un billete de parterre para ir a ver

si divisaba a Manon y a G... M... en un palco. Ni uno ni otra estaban

allí. Volví a la puerta, donde dejé transcurrir aún un cuarto de hora,

lleno de impaciencia y de inquietud. No viendo nada tampoco, fuí a mi

coche sin resolverme a tomar un partido u otro. Habiéndome visto mi

cochero, vino a mi encuentro para decirme, con aire de misterio, que

una linda damisela me esperaba, hacía una hora, en la carroza, que

había intentado llamar mi atención con multitud de gestos, que él había

visto muy bien, y que sabiendo que había de volver había dicho que no

se impacientaría y me aguardaría tranquilamente allí.

Creí en seguida que era Manon. Me acerqué rápidamente y entonces vi

un rostro encantador que no era el suyo. Tratábase de una desconocida,

que empezó por preguntarme si no era con el caballero Des Grieux con

quien tenía el honor de hablar. Díjele que, efectivamente, aquel era mi

nombre. «Tengo una carta para vos--díjome--, carta que os instruirá del

objeto de mi presencia y de cómo he tenido el honor de conocer vuestro

nombre». Roguéle me diese tiempo para leerla en un establecimiento

cercano. Quiso acompañarme y aun me aconsejó que pidiese un reservado.

«¿De quién procede esta carta?»--le dije, al subir. Pero ella me

respondió que ya lo vería al leerla.

Reconocí la letra de Manon. He aquí, poco más o menos, lo que me decía:

G... M... le había recibido con una cortesía y una magnificencia que

sobrepujaban a toda idea. Le había agobiado de presentes y hecho

entrever un porvenir de reina. Me aseguraba, sin embargo, que no me

olvidaba en aquella nueva fase de su fortuna, aunque no habiendo podido

convencer a G... M... de que la llevase al teatro aquella noche, tenía

que dejar para otro día el gusto de verme. Pero que para consolarme

de la pena que adivinaba podría causarme la noticia había encontrado

manera de enviarme a una de las muchachas más bonitas de París, que

sería la portadora de su carta. _Firmado_: vuestra fiel amante, Manon

Lescaut.

Había algo tan cruel y tan insultante para mí en aquella carta que,

permaneciendo un rato suspenso entre el dolor y la cólera, propúseme

hacer un esfuerzo para olvidar a mi ingrata y pérfida querida. Fijé

los ojos en la mujer que tenía ante mí. Era, en extremo, bella, y yo

hubiese deseado que lo fuése bastante para hacerme a mi vez perjuro y

traidor; pero por desgracia mía no hallé aquellos astutos y tiernos

ojos, aquel divino porte y aquel cutis, cuyos matices había combinado

amor mismo; en fin, aquel conjunto de perfecciones, que constituían el

mágico encanto de mi pérfida amada. «No, no--dije apartando de ella mis

miradas--; la traidora, ingrata que os envió bien sabía que os enviaba

a una tentativa inútil. Volved y decidle que disfrute de su crimen si

puede y que le disfrute sin remordimientos. Renuncio para siempre a

ella, y al mismo tiempo renuncio a todas las mujeres, que si en belleza

no sabrán igualarla, en perfidia le serán todas semejantes». Estuve

entonces a punto de retirarme, sin tratar de saber más de Manon. Los

mortales celos, que me desgarraban el corazón, disfrazábanse de una

opaca y sombría calma, y tanto más me creía próximo a curarme cuanto

que no sentía ninguno de aquellos movimientos de ira que me habían

agitado en circunstancias parecidas. ¡Malhaya mi suerte!, tan víctima

era de las burlas de mi amor como creía serlo de las de Manon y de las

de G... M...

La muchacha que me había traído la carta, al verme dispuesto a salir,

preguntóme qué quería que contestase a G... M... y a la dama que se

hallaba con él. A esta pregunta, volví a entrar en el cuarto, y por

uno de esos rápidos cambios, en que no podrán creer los que jamás

sufrieron las fatigas y zozobras del amor, pasé de golpe, desde la

tranquilidad en que creía hallarme, al furor más ciego. «Ve--dije--y

cuenta al traidor G... M... y a su pérfida querida la desesperación en

que su maldita carta me ha arrojado, pero añádeles que poco se reirán

de mí, pues con mis propias manos les apuñalaré a los dos». Arrojéme

en una silla; mi sombrero y mi bastón rodaron por el suelo, dos ríos

de llanto brotaron de mis ojos. Entonces el acceso de furor por que

acababa de pasar cambióse en profundo dolor; no hice, durante largo

rato, sino llorar, entre suspiros y gemidos. «Acércate, acércate,

pobre niña--dije a la joven--, puesto que es a ti a quien envían para

consolarme. Dime si sabes algún remedio contra la desesperación, algún

calmante contra la rabia, contra el deseo de darte a ti mismo la muerte

después de dársela a los traidores, que no merecen el don de la vida.

Sí, acércate--continué, al ver que iniciaba algunos pasos tímidos

e inciertos para aproximárseme--, ven a secar mis lágrimas, ven a

devolver la paz a mi corazón, ven y dime que me amas, para habituarme

a la idea de poder ser de otra que de mi traidora. Eres bella, y

quizás pueda amarte a mi vez». La pobre muchacha, que apenas tendría

dieciséis o diecisiete años, y que parecía más pudorosa e inocente que

sus iguales, parecía hallarse profundamente asombrada ante la extraña

escena. Acercóse, pese a ello, para hacerme algunas caricias; pero

entonces yo la aparté con mis manos. «¿Qué quieres de mí?--dije--.

¡Ah!, ¡eres mujer!, ¡eres de un sexo que odio! La dulzura de tu rostro

me amenaza de nuevas traiciones. Vete y déjame solo aquí». Hízome una

reverencia, sin osar decirme nada, y me volvió la espalda para salir.

La grité que esperase. «Pero dime, al menos, cómo, por qué y con qué

objeto te han enviado aquí. ¿Cómo has averiguado mi nombre y el lugar

donde podías hallarme?».

Entonces me dijo que conociendo de larga fecha a G... M... éste la

había enviado a buscar a las cinco de la tarde, y que habiendo seguido

al lacayo, que fué en su busca, había hallado a su amigo en una

soberbia casa, donde jugaba al _piquet_, con una dama muy bella, y que

entonces los dos le habían encargado que me entregase la carta que me

había dado, después de prevenirla que me encontraría en una carroza

en la esquina de la calle de San Andrés. Preguntéle si nada más le

habían dicho. Contestó, ruborizándose, que le habían hecho concebir la

esperanza de que la conservaría a mi lado para hacerme compañía. «Te

han engañado, mi pobre niña, te han engañado. Eres mujer y necesitas un

hombre, pero necesitas uno que sea rico y feliz, y no es ciertamente

aquí donde puedes hallarlo. Vuelve, vuelve a G... M... Ese tiene cuanto

precisa para ser amado de las bellas; tiene hoteles, muebles y trenes

que ofrecer. En cuanto a mí, que no tengo sino amor que dar, las

mujeres desdeñan mi miseria y hacen juego de mi simplicidad».

Añadí mil cosas tristes o violentas, según que las pasiones, que me

agitaban alternativamente, cedían o me arrastraban. Pero, a fuerza de

atormentarme, mi delirio disminuyó lo suficiente para dejar sitio a la

reflexión. Comparé aquel infortunio a los que había padecido del mismo

orden, y saqué, en consecuencia, que en aquella ocasión no había por

qué desesperarse más que en las anteriores. Conocía a Manon; ¿por qué,

pues, afligirme de aquel modo por una desgracia que debía de prever?

¿Por qué, mejor, no emplear mis fuerzas en buscar remedio? Aun era

tiempo. Por lo menos, no debía malgastar mis energías, si no quería

hacerme luego el reproche de haber contribuido con mi negligencia a mis

propias penas. Púseme, pues, a pensar en los medios que podían abrirme

un camino de esperanza.

Tratar de arrancarla por la violencia de las manos de G... M..., era

una insensatez inútil, que no ofrecía la menor probabilidad de éxito,

pero en cambio parecíame, que si podía procurarme la menor entrevista

con ella, ganaría infaliblemente la batalla. ¡Conocía tan bien los

puntos sensibles de su corazón! ¡Estaba tan seguro de ser amado por

ella! Aquella misma extravagancia de enviarme una mujer bonita para

consolarme, estaba seguro que era a ella a quien se le había ocurrido,

y era prueba de su compasión por mis sufrimientos.

Resolví poner en juego toda mi maña para conseguir entrevistarme con

ella. Entre los varios caminos que fuí examinando, me detuve en el

siguiente: T... había mostrado demasiada buena voluntad en mi ayuda

para que me fuése dado dudar de su sinceridad y su celo. Prometíme

ir a verle inmediatamente y comprometerle a llamar a G... M..., con

pretexto de un asunto importante. Sólo necesitaba media hora para

hablar a Manon. Mi plan era hacerme introducir en su mismo cuarto, y me

parecía cosa fácil en ausencia de G... M...

Habiéndome devuelto tales resoluciones parte de mi calma, pagué

espléndidamente a la joven que aun permanecía conmigo, y para quitarle

las ganas de volver a reunirse con quienes la habían enviado, tomé sus

señas dejándola entrever que tal vez iría a pasar con ella el resto de

la noche. Subí a mi coche e híceme llevar con toda la rapidez posible

a casa del señor T... Tuve la suerte de encontrarle, aunque durante el

camino me atormentara el temor de su ausencia. Una palabra le puso al

corriente de mis penas y del favor que venía a pedirle.

Asombróle de tal modo que G... M... hubiese podido seducir a Manon,

que, ignorando la parte que yo mismo había tenido en mi desgracia,

ofrecióse espontáneamente reunir a todos sus amigos para emplear sus

brazos y sus espadas en libertar a mi querida. Hícele comprender que

todo aquel ruido podía sernos perjudicial a ella y a mí. «Guardemos

nuestra sangre para el último extremo. Medito un medio menos ruidoso y

del que espero igual éxito». Ofrecióse a hacer, sin excepción, cuanto

le pidiese. Y habiéndole repetido que tan sólo se trataba de hacer

llamar, con pretexto de hablar con él, a G... M..., y hacerle faltar de

su casa una hora o dos, salió conmigo para complacerme.

Discutimos sobre el pretexto de que podía valerse para entretenerle

tanto tiempo. Aconsejéle empezar por enviarle una carta fechada en un

figón, citándole urgentemente para un asunto de tal importancia que

no admitía espera. «Espiaré--le dije--el momento de su salida y no

me costará trabajo introducirme en la casa, no siendo, como no soy,

conocido sino de Manon y de Marcelo, mi criado. En cuanto a vos, podéis

decirle que el asunto importante de que deseáis hablarle es un asunto

de dinero. Que acabáis de perder no sólo el vuestro, sino mucho más

sobre palabra. Necesitará tiempo para procurároslo, y yo tendré el que

me hace falta».

M. de T... hizo ce por be todo lo que yo le había encargado. Dejéle en

el figón, donde escribió inmediatamente su carta. En cuanto a mí, fuí

a colocarme a algunos pasos de la casa de Manon, vi llegar al portador

de la misiva, y partir a poco G... M... a pie y seguido de un lacayo.

Tras de darle tiempo para salir de la calle, me aproximé a la puerta

de la infiel, y pese a mi ira, llamé con el respeto con que lo haría

en un templo. Felizmente, fué Marcelo quien vino a abrirme la puerta.

Hícele una seña y, aunque nada tenía que temer de los demás criados,

le pregunté si podía conducirme al cuarto donde estaba Manon sin ser

notado. Dijo que era cosa fácil, con sólo subir con cuidado la escalera

principal. «Vamos pronto--le dije--, y trata de impedir que suba nadie

mientras yo esté allí». Así llegué sin tropiezo al cuarto de Manon.

Hallábase ella entregada a la lectura. En tal ocasión fué cuando

mejor pude admirar el carácter de aquella criatura. En vez de parecer

aterrada o asombrada al verme, no dió sino esas ligeras pruebas de

sorpresa naturales cuando nos encontramos con una persona que creemos

lejos. «¡Ah, sois vos, amor mío!--exclamó viniendo a abrazarme con la

ternura habitual--¡Dios mío, qué audaz sois! ¡Quién hubiese podido

esperaros hoy en tal lugar!». Me desprendí de sus brazos, y, en vez

de corresponder a sus caricias, la rechacé con desdén y retrocedí

dos o tres pasos para alejarme de ella. Aquel ademán no dejó de

desconcertarla. Permaneció inmóvil y fijó sus ojos en mí, cambiando de

color. Tan contento me hallaba en el fondo de volverla a ver que, pese

a los numerosos motivos de ira que tenía contra ella, apenas encontraba

fuerzas para hacerle reproches. Sin embargo, mi corazón sangraba aún

por la cruel ofensa que me había inferido. Llamé en mi auxilio a la

memoria para exaltar mi indignación, y traté de encender en mis ojos

otros fuegos que no fuesen los del amor. Como permaneciese yo un rato

en silencio y Manon reparase en mi agitación, vile temblar al parecer

de miedo.

No pude resistir tal espectáculo. «¡Ah, Manon!--dije con tierna

queja--¡Infiel, perjura Manon! ¿Por dónde comenzaré mis reproches?

Os veo pálida y temblorosa y aun soy tan sensible a vuestros menores

sufrimientos, que temo afligiros excesivamente con mis reproches. Pero

he de decíroslo Manon, tengo el corazón lacerado por la crueldad de

vuestra traición. Esos golpes no se descargan sobre un enamorado si

no se ha decidido su muerte. ¡La tercera vez, Manon! ¡Las llevo bien

contadas! ¡Imposible olvidarlo! En vos misma está decidir en esta hora

suprema, pues mi pobre amor no puede resistir semejante trato. Siento

que va a sucumbir y que está próximo a partirse de dolor. ¡No puedo

más!--gemí sentándome en una silla--. Apenas si me es dado sostenerme y

hablar».

No me contestó; pero, apenas me vió sentado, se arrodilló y, apoyando

la cabeza en mis rodillas, ocultó el rostro entre mis manos. Sentí

que por un momento las humedecía con su llanto. ¡Dios de Dios, pensad

qué turbación no agitaría mi alma! «¡Ah, Manon, Manon!--repuse

con un suspiro--Es ya tarde para llorarme cuando me habéis matado

primero. Fingís una tristeza que estáis lejos de sentir. El mayor de

vuestros males es indudablemente, el de mi presencia, que siempre

vino a interrumpir vuestros placeres. Abrid bien los ojos y veréis

quién soy. No se llora así por un desdichado a quien se traicionó y

abandonó cruelmente». Seguía besando mis manos sin cambiar de postura.

«Inconstante Manon--añadí aún--, mujer ingrata y sin fe, ¿a dónde, a

dónde están vuestras promesas? Amante versátil y cruel, ¿qué has hecho

del amor que me jurabas aún hoy mismo? ¡Justos cielos! ¿puede una

infiel burlarse de nosotros así, después de invocaros fervorosamente?

¿Es el perjuro quien obtiene la recompensa? ¿La desesperación y el

abandono son para la constancia y la fidelidad?».

Aquellas palabras mías fueron acompañadas de tan amargas reflexiones

que, mal de mi grado, dejé escapar algunas lágrimas. Manon lo notó en

el cambio de mi voz. Rompió, por fin, el silencio. «Bien se ve--dijo

con tristeza--que soy culpable, cuando tal dolor pude causaros; pero

que el cielo me castigue si creí serlo o si tal pensamiento me asaltó

siquiera».

Aquel discurso me pareció tan desprovisto de sentido común y buena

fe que no pude librarme de mi primer impulso de cólera. «¡Horrible

disimulo!--exclamé--Veo mejor que nunca que eres una vil y una

pérfida. Ahora es cuando conozco tu miserable carácter. Adiós, ruin

criatura--dije, poniéndome en pie--, mejor quiero morir mil veces que

tener trato alguno contigo. ¡Que el cielo me castigue si te honro con

una sola mirada! Quédate con tu nuevo amante; ámale; ódiame a mí;

renuncia al honor y al sentido de lo justo; me es igual, de todo me he

de reir ya».

Manon Lescaut(#75868) · 第 8 / 12 段