qué pagarlo, contando con los recursos que iba a solicitar de unos
y otros lo tomé. Híceme conducir al Luxemburgo, desde donde envíe a
decir a Tiberio que estaba esperándole. Satisfizo mi impaciencia su
prontitud en acudir. Le expuse la situación apurada en que me veía. Me
preguntó si las cien pistolas que le había devuelto me bastarían, y
sin oponer la menor dificultad fué en el mismo momento a buscarlas con
esa sencillez y esa alegría en dar que son patrimonio del amor y de
la amistad verdadera. Aunque no abrigaba la menor duda sobre el éxito
de mi empresa, sorprendióme haberle obtenido a tan poco precio; es
decir, sin tener que aguantar una homilía sobre mi impenitencia. Pero
me equivocaba al creer escapar tan fácilmente; al acabar de entregarme
dinero me rogó que diese una vuelta con él por la avenida del jardín.
No le había hablado de Manon y por ende ignoraba que estuviese en
libertad; así que su disertación no recayó sino sobre mi temeraria
fuga de San Lázaro y sobre sus temores de que en vez de aprovechar la
lección de cordura recibida, perseverase en mis desórdenes. Díjome
que habiendo ido a visitarme a San Lázaro, al día siguiente de mi
evasión, había quedado estupefacto al enterarse de la manera como había
salido; que había hablado de ello con el superior, y halló que el buen
religioso, aunque no se había repuesto de su espanto, había tenido,
sin embargo, la generosidad de ocultar al jefe superior de Policía
los detalles de mi marcha y de evitar que la muerte del portero fuése
conocida fuera de allí y así de aquel lado no tenía, pues, nada que
temer. Pero, añadió, que si aún quedaba en mí el menor vestigio de
prudencia, aprovecharía el desenlace venturoso que daba el cielo a mis
asuntos; que comenzaría por escribir a mi padre y ponerme a bien con
él, y que si por una vez quería seguir sus consejos, me daría el de
marcharme de París y refugiarme en el seno de mi familia.
Escuché su discurso hasta el fin. Contenía multitud de cosas
satisfactorias. En primer lugar me encantó saber que por parte de San
Lázaro no había nada que temer. Las calles de París volvían a ser campo
libre para mí. En segundo, me alegré de que Tiberio no tuviese idea de
la liberación de Manon y de su vuelta conmigo. Hasta noté que ponía
cuidado en no hablarme de ella creyendo sin duda que ocupaba menos
lugar en mi corazón, puesto que tan tranquilo parecía en lo que se
refería a ella. Resolví, si no volver a mi casa, por lo menos escribir
a mi padre, como me lo aconsejaba y atestiguarle que estaba dispuesto
a volver al camino del deber, que era el de su deseo. Mi esperanza
era decidirle a que me enviase dinero con el pretexto de hacer mis
ejercicios en la academia, pues era muy difícil convencerle de mis
disposiciones para abrazar de nuevo la carrera eclesiástica, sin contar
con que no me parecía desagradable ni imposible lo que le prometía.
Tenía, por el contrario, deseos vehementes de dedicarme a algo honesto
y razonable, siempre que fuése compatible con mi amor. Acariciaba el
plan de vivir con mi querida y al mismo tiempo hacer mis oposiciones.
Eran cosas asaz compatibles. Estaba tan satisfecho con tales ideas,
que prometí a Tiberio enviar el mismo día una carta a mi padre. Entré,
efectivamente, después de dejarle, en un escritorio público y le
escribí en forma tan tierna y sumisa que al releer la carta me lisonjeé
de obtener algo del corazón paterno.
Aunque ya estaba en condiciones de tomar y pagar un coche, después
de despedirme de Tiberio me fuí orgullosamente a pie, encontrando un
placer en el ejercicio de mi libertad, que mi amigo me había asegurado
no peligraba ya. Sin embargo, vínome súbitamente a la imaginación la
idea de que sus seguridades no atañían sino a San Lázaro y que tenía,
fuera de eso, el asunto del _hospital_, sin contar con la muerte de
Lescaut en la que me veía mezclado a lo menos como testigo. Aquella
idea me asustó de tal modo que me retiré a la primera avenida que me
pareció discreto refugio e hice llamar una carroza. Fuí en derechura
a casa de T..., que se rió de mis temores. Yo mismo me reí de ellos
al saber que nada tenía que temer del lado del _hospital_, ni del de
Lescaut. Díjome que ante la idea de que creyesen en su complicidad
al conocer la fuga de Manon, había ido aquella mañana al _hospital_
y había preguntado por ella como si no estuviese enterado de nada.
Que tan lejos estaban de creernos culpables que le habían contado la
fuga como noticia fantástica, asombrándose de que una mujer tan bonita
como Manon hubiese tomado el partido de huir con un lacayo. Él, por su
parte, limitóse a responder fríamente que no le sorprendía, pues creía
a la gente capaz de todo a cambio de la libertad. Continuó contándome
que había ido a casa de Lescaut con la esperanza de encontrarme allí
con mi deliciosa querida, y que el dueño de la casa, un alquilador de
carrozas, le había asegurado no habernos visto ni a ella ni a mí, pero
añadió que no le extrañaba, pues si era de Lescaut en busca de quien
íbamos, habríamos sin duda sabido que acababan de matarlo poco más o
menos a la misma hora. Unas dos horas antes, un guardia de corps, amigo
de Lescaut había venido a verle y le había propuesto jugar. Lescaut,
había ganado con tal rapidez, que el otro se había encontrado con cien
escudos menos, todo su capital, en una hora.
Aquel desgraciado había suplicado a Lescaut que le prestase cincuenta
escudos, o sea la mitad de la suma que acababa de perder, y sobre
ciertas dificultades nacidas de la ocasión habíanse querellado con
extremada violencia. Lescaut se había negado a salir espada en mano a
la calle, y entonces el otro había jurado romperle la cabeza donde lo
hallase, cosa que había realizado aquella misma noche; T... tuvo la
generosidad de añadir que había pasado horas de inquietud pensando en
nosotros y volvió a ofrecerme sus servicios. Rogóme al mismo tiempo que
le diese hospitalidad, pues pensaba ir a comer con nosotros.
Como sólo me quedaba adquirir ropas para Manon, díjele podíamos salir
inmediatamente si llevaba su complacencia hasta acompañarme a algunas
tiendas. No sé si creyó que le hacía esta proposición para espolear
su generosidad, o si fué por simple impulso de su alma magnánima,
pero es el caso que conforme con marchar a aquella misma hora llevóme
a los comercios que proveían su casa. Allí me hizo elegir telas de
precios mucho más elevados que los que yo me proponía pagar, y, cuando
intentaba hacerlo, prohibió a los comerciantes recibir moneda alguna
mía. Llevó a cabo aquella amabilidad con tan buena maña que creí poder
aceptar sin desdoro. En fin, tomamos juntos el camino de Chaillot,
donde llegué con menos inquietud que había partido.
* * * * *
Habiendo empleado el caballero Des Grieux más de una hora en su
narración le rogué tomase algún descanso y nos acompañase a la
mesa. Nuestra atención le demostró que le habíamos escuchado con
gusto. Asegurónos que hallaríamos cosas aún más interesantes en la
continuación de su historia; y cuando hubimos acabado de cenar continuó
en estos términos:
[Ilustración]
[Ilustración]
SEGUNDA
PARTE
[Ilustración]
Mi presencia y las amabilidades de T... disiparon todo lo que aún
quedaba de tristeza en el espíritu de Manon. «Olvidemos, alma mía--le
dije al llegar--, nuestros pasados terrores y volvamos a empezar a
vivir más felices que nunca. Después de todo, el amor es buen amo;
la fortuna no guardará seguramente para nosotros tantas penas como
alegrías nos proporciona». Nuestra cena fué una verdadera fiesta. Era
yo más dichoso y me hallaba más orgulloso con mi Manon y mis cien
pistolas que el más rico hacendista de París con sus amontonados
tesoros; hay que contar las riquezas en razón de la facilidad que
ofrecen para dar satisfacción a los deseos, y yo no tenía ni uno solo
que no estuviese realizado ya. El porvenir mismo no me asustaba.
Hallábame casi seguro de que mi padre no pondría grandes dificultades
para darme lo suficiente con que vivir decorosamente en París, pues
habiendo cumplido los veinte años, tenía ya derecho a exigir la parte
de bienes que en la herencia de mi madre me correspondía. No oculté a
Manon que el fondo de nuestra fortuna eran sólo cien pistolas. Era lo
suficiente para esperar mayores bienes, que vendrían, bien fuése por
mis derechos hereditarios, bien por artes del juego.
Así fué que durante las primeras semanas sólo pensé en disfrutar de
mi situación; mi idea del honor, mezclada con cierto sentimiento de
miedo, hacíame aplazar de día en día la renovación de mis tratos con
los socios del hotel Transilvania, y limitéme a jugar en círculos
menos desacreditados, donde, además, los favores de la fortuna me
libraron de poner en práctica habilidades pecaminosas. Iba a jugar a
la ciudad y volvía a cenar a Chaillot, acompañado muy frecuentemente
de T..., cuya amistad por nosotros crecía de día en día. Manon supo
hallar recursos para combatir el tedio. Intimó en la vecindad misma con
algunas muchachas a quien el buen tiempo y los encantos de la estación
habían traído por allí. El paseo y las menudas labores propias de su
sexo constituían, alternativamente, su ocupación. Una partida de juego,
a que ellas habían señalado límites, servía para hacer frente a los
gastos del coche. Iban a tomar un poco aire al bosque de Bolonia, y por
las tardes, a mi regreso, hallaba a Manon más bella, más apasionada y
más contenta que nunca.
Sin embargo, algunas nubes parecieron encapotar el horizonte de mi
dicha; pero fueron prestamente barridas por completo, y el genio
alocado de Manon hizo tan cómico el desenlace, que aún encuentro
melancólica dulzura en un recuerdo que evoca su ternura y la gracia
pícara de su ingenio.
El solo criado que constituía nuestra servidumbre llevóme un día aparte
para decirme, con mucho apuro, que tenía un secreto de gran importancia
que comunicarme. Excitéle a hablar sin rebozo ni temor, y después de
muchos ambages y circunloquios díjome que un señor extranjero parecía
haberse enamorado de la señorita Manon. La sangre se me agolpó al
corazón. «¿Y ella?», interrumpíle con más brusquedad de la que convenía
para seguir enterándome. Mi violencia le asustó. Respondió, con aire
de inquietud, que su perspicacia no había ido tan lejos, pero que como
hacía varios días venía observando que el extranjero iba todos los días
al bosque de Bolonia, y que descendiendo de su carroza, se engolfaba
solo por las avenidas, y pareciendo acechar la ocasión de encontrarse
con Manon, había concebido la idea de trabar amistad con sus servidores
para averiguar su nombre; que le consideraban como a un príncipe
italiano, y que sospechaban ellos también se trataba de una aventura
galante. Añadió, tembloroso, que no había podido proporcionarse otras
luces, porque el príncipe, saliendo del bosque en aquel momento,
habíase aproximado a él y le había preguntado su nombre. Después de
lo cual, como adivinando que se hallaba al servicio de Manon, habíale
felicitado por pertenecer a la criatura más encantadora del mundo.
Esperé impaciente el final de su narración, pero tan sólo añadió ya
algunas tímidas excusas, que atribuí a mis imprudentes muestras de
agitación. Roguéle me diera más detalles; pero se excusó diciendo que
nada más sabía, y que habiendo tenido lugar todo aquello la víspera
misma, no hubo tiempo para volverse a entrevistar con la servidumbre
del príncipe. Le tranquilicé, no solamente con mis elogios, sino con
una justa recompensa, y le encarecí, sin mostrar la menor desconfianza
de Manon, vigilase todos los pasos del desconocido.
En el fondo, sus temores me dejaron dudas crueles. Podían haberle hecho
suprimir una parte de la verdad. Sin embargo, tras algunas reflexiones,
volví sobre mis alarmas, hasta el punto de sentir haber dado aquellas
señales de flaqueza. No tenía derecho a mirar como un delito de Manon
el que los demás la amasen. Lo más probable era que ignorase su
conquista; ¿cuál iba a ser su existencia si mi corazón se abría con
tanta facilidad a la duda? Volví a París al siguiente día, sin haber
tomado otra resolución que la de acrecentar mi capital, acelerando las
ganancias, gracias a un juego más fuerte, para ponerme en estado de
salir de Chaillot, al primer motivo de inquietud.
Ninguna noticia atentatoria a mi tranquilidad tuve aquella noche. El
extranjero había reaparecido en el bosque de Bolonia por la tarde,
y aprovechando lo sucedido la anterior, habíase encarado con mi
confidente y habíale hablado de su amor, pero en términos que no
denunciaban ninguna complicidad con Manon. Habíale pedido mil detalles.
Por último, intentó atraerle a su servicio con considerables promesas,
y al fin, sacando una carta que llevaba preparada, habíale ofrecido
inútilmente algunos luises de oro por entregársela a su ama.
Dos días transcurrieron sin ningún nuevo incidente. El tercero fué
más tempestuoso. Supe al volver de París, bastante tarde, que Manon,
durante su paseo, se había separado un momento de sus compañeras, y
que el extranjero, que la seguía a poca distancia, habíase acercado a
ella a una señal que le había hecho, y habíale entregado una carta, que
ella recibió con transportes de júbilo. No tuvo tiempo de mostrarlo
más que besando con transporte la misiva, porque casi inmediatamente
se había ido. Pero durante el resto del día pareció presa de alegría
extraordinaria, y, aun después de volver a casa, aquella alegría no
pareció haberla abandonado. «¿Estás bien cierto--dije tristemente a mi
lacayo--de que tus ojos no te han engañado?». Tomó al cielo por testigo
de su buena fe.
No sé hasta dónde me hubiesen llevado los martirios de mi corazón, si
Manon, que me había oído entrar, no hubiese venido a mí, mostrando su
impaciencia y exhalando amargas quejas sobre mi tardanza. No esperó mi
respuesta para agobiarme a caricias, y cuando se halló a solas conmigo
hízome vivos reproches por la costumbre que iba tomando de regresar tan
tarde. Como mi silencio diese lugar a ello, continuó diciéndome que
hacía ya tres semanas que no había pasado un día entero con ella; que
no podía resistir tan largas ausencias; que, por lo menos, exigía de mi
un día de vez en cuando, y que al siguiente quería tenerme a su lado
desde la mañana a la noche.
«Estaré, no lo dudéis»--respondí con brusquedad. No mostró gran
atención a mi pena, y en el impulso de su alegría, que efectivamente
parecióme de vivacidad extraordinaria, hízome divertidas pinturas
de cómo había pasado el día. «¡Extraña criatura!--díjeme--, ¿qué
esperar de este preludio?». Los detalles de nuestra primera separación
acudieron a mi memoria. Sin embargo, ahora creía ver en la vivacidad de
sus trasportes y en sus caricias un no sé qué de sincero que estaba de
acuerdo con las apariencias.
No me fué difícil echar la culpa de mi pena, que me era imposible
disimular durante nuestra colación, a una pérdida considerable que
había tenido en el juego aquella tarde. Miraba como una gran suerte que
la idea de no faltar yo de Chaillot al día siguiente hubiese partido de
ella. Siempre era ganar tiempo para mis deliberaciones. Mi presencia
allí alejaba todo temor para el día siguiente, y si no observaba nada
que me hiciese plantear la cuestión, estaba decidido a trasladar dos
días más tarde mi residencia a la ciudad, a un barrio donde nada
tuviese que temer de los príncipes. Aquel arreglo hízome pasar la noche
más tranquilo, pero no me quitó la amargura de tener que temer una
nueva infidelidad.
Al despertarnos Manon me previno que aunque íbamos a pasar el día en
nuestra habitación no por eso quería que tuviese el aspecto descuidado
y que ella misma iba a arreglar mis cabellos. Teníalos yo harto bellos
y aquella era diversión que se había ofrecido en varias ocasiones.
Pero en aquélla puso más cuidado que había puesto en ninguna otra.
Para darle gusto hube de sentarme ante su tocador y dejarla probar
todas las combinaciones que se le antojaron. En el curso de su labor
hacíame muchas veces volverme a ella, y apoyando las manos en mis
hombros mirábame con ávida curiosidad; en seguida, tras mostrarme su
satisfacción con un beso, me hacía colocar en situación para reanudar
ella su faena.
Aquel juego nos entretuvo hasta la hora de la comida. Su diversión,
y el gusto que tomaba en ella, me habían parecido tan naturales, y
su alegría denunciaba tan poco la falsedad temida, que no pudiendo
conciliar tales pruebas de amor con tan negra traición, estuve a punto,
en varias ocasiones, de abrirle mi pecho, descargándole de un peso que
se me hacía insoportable. Pero a cada momento concebía de nuevo la
esperanza de que la confidencia vendría de ella y miraba de antemano,
como un triunfo, aquella confianza.
Volvimos a su gabinete. Púsose nuevamente a acomodar mi cabellera
cuando vinieron a avisarle que el príncipe de... deseaba verla. Aquel
nombre me exasperó hasta la violencia. «¿Qué significa esto?--grité,
rechazándola--¿Quién? ¿Qué príncipe?». No contestó a mis preguntas.
«Hágale subir»--ordenó, glacial, al criado. Luego, volviéndose a mí:
«Mi amado, a ti, a quien adoro, te pido un momento, de complacencia,
uno tan sólo; te amaré mil veces más, te quedaré agradecida toda mi
vida».
La indignación y la sorpresa trababan mi lengua. Ella, mientras,
repetía sus súplicas, y yo buscaba inútilmente palabras de desdén con
que rechazarlas. Pero, al sentir abrir la puerta de la antesala, cogió
mis cabellos, que flotaban sobre mi espalda, con la otra mano cogió un
espejo, y empleando todas sus fuerzas llevóme de tal guisa hasta la
puerta del gabinete, y abriéndola con la rodilla ofreció a los ojos del
recién llegado, a quien el ruido parecía haber petrificado en medio de
la estancia, un espectáculo que debió asombrarle. Vi un hombre vestido
con lujo, pero de bastante mala traza.
Aun en la turbación en que le sumía la escena no dejó de inclinarse en
profunda reverencia. Manon no le dió tiempo a abrir la boca. Presentaba
el espejo. «Vea, señor, miraos bien y hacedme justicia. Me pedís amor.
He aquí el hombre a quien amo y a quien he jurado amar toda mi vida.
Estableced vos mismo la comparación. Si creéis poder disputarle mi
corazón decidme en qué os fundáis, pues a fuer de vuestra muy humilde
servidora he de deciros que a mis ojos todos los príncipes de Italia no
valen uno de los cabellos que tengo en mi mano».
Mientras duró aquel absurdo discurso, que por las trazas tenía meditado
de antemano, hacía yo desesperados esfuerzos para libertarme, y
compadeciéndome de aquel hombre sentíame dispuesto a reparar el ultraje
con mis atenciones. Pero habiéndose repuesto con bastante facilidad,
su respuesta, que me pareció un tanto grosera, quitóme mis buenas
disposiciones. «Señorita, señorita--dijo con forzada sonrisa--, abro
los ojos y os encuentro en verdad menos novicia de lo que creía».
Retiróse inmediatamente, sin tener ni una mirada para ella, y rumiando
en voz baja, que las mujeres de Francia allá se iban con las de Italia.
Nada me obligaba, en tal ocasión, a hacerle mejorar sus ideas sobre el
bello sexo.
Manon abandonó mis cabellos, y arrojándose en una butaca llenó el
cuarto con el estrépito de sus carcajadas. No ocultaré que me había
llegado al alma aquel sacrificio que sólo podía imputar al amor. Sin
embargo, la broma me pareció excesiva e hícela un reproche por ella.
Contóme que mi rival, después de obsesionarla con su persecución unos
días, y dejarla adivinar con muecas y guiños su amor, habíase decidido
a declararse abiertamente, acompañando su declaración con sus nombres y
títulos en una carta que le había hecho remitir por el cochero que les
conducía a ella y sus compañeras; que aparte de las palabras de amor
la prometía cuantiosos presentes. Según decía había vuelto a Chaillot
con el designio de contarme aquella aventura, pero habiendo creído
que podíamos hallar en ella un motivo de diversión no había podido
resistir a su deseo. Entonces había concedido al príncipe italiano la
libertad de visitarla en su propia casa y habíase divertido en hacerme
entrar en sus planes sin ponerme en antecedentes de ellos. No le dije
que hubiese sabido nada por otros conductos y la embriaguez del amor
triunfante me hizo aprobarlo todo.
He observado en el transcurso de mi vida entera que el cielo escogió
siempre, para castigarme con su mano de hierro, los momentos en que
mi buena suerte me parecía más firme y duradera. Me creía tan feliz
con la amistad de T. y el amor de Manon que hubiese costado mucho
trabajo convencerme de que me amagaba un nuevo infortunio. Sin embargo,
preparábase uno tan funesto, y que me ha reducido al extremo en que me
hallasteis en Passy, y eso pasando por trámites y aventuras tan crueles
que os costará trabajo creer mi narración veraz.
Un día que el señor T... cenaba con nosotros, oímos el ruido de una
carroza que se detenía a la puerta de la hostería. La curiosidad
nos impulsó a querer saber quién era el que llegaba a tales horas.
Dijéronnos que era el joven G... M..., es decir, el hijo de nuestro
más cruel enemigo, del viejo libertino que me encerrara a mí en San
Lázaro y a Manon en el _hospital_. Su nombre empurpuró mi rostro. «Es
el cielo quien le trae--dije a T...--para castigarle de la infamia de
su padre. No se escapará sin que hayamos medido nuestras espadas». T...
que le conocía y que hasta era uno de sus mejores amigos, esforzóse
en hacerme concebir mejores sentimientos para con él. Aseguróme que
era un muchacho muy amable y tan poco capaz en haber intervenido en la
fea acción de su padre, que yo mismo no hablaría con él un momento sin
concederle mi estimación y sin desear la suya. Después de añadir mil
cosas más, me pidió mi consentimiento para ir a saludarle y proponerle
viniese a ocupar un lugar en nuestra mesa. Previno la objeción del
peligro que significaba para Manon descubrir su refugio al hijo de
nuestro enemigo, afirmando por su honor y por su fe que cuando nos
conociese no tendríamos mejor defensor. Con tales seguridades no opuse
ya ningún reparo.
T... nos le trajo, claro que no sin haberse tomado antes unos momentos
para informarle de quiénes éramos. Entró con un aire que desde luego
nos previno en su favor. Abrazóme cordialmente y nos sentamos todos.
Mostró su admiración por Manon, por mí, por cuanto nos pertenecía, y
comió con un apetito que hacia honor a nuestra cena.
Cuando alzaron los manteles la conversación se hizo más seria. Bajó los
ojos y puso sordina en la voz para hablarnos de los excesos cometidos
por su padre con nosotros. Presentónos sus excusas más humildes. «Las
abrevio--dijo--para no avivar un recuerdo que me causa rubor». Si sus
palabras eran sinceras en un principio, hiciéronse aún mucho más a
continuación. Y no había pasado un cuarto de hora sin que me diese
cuenta de la impresión que los encantos de Manon causaban sobre él. Sus
miradas y sus maneras hacíanse rendidas por momentos. Sin embargo,
nada dejó aparecer de tales sentimientos en sus palabras, pero aunque
no hubiese estado iluminado por los celos, tenía demasiada experiencia
en las cosas de amor para no saber lo que aquello significaba.
Acompañóme parte de la noche y no nos dejó sin haberse felicitado
de nuestro conocimiento y haber solicitado de nosotros permiso para
renovar de vez en cuando la oferta de sus servicios. Marchó de
madrugada con T..., que aceptó un sitio en su carroza.
No sentía, como he dicho ya, ninguna inclinación celosa. Tenía más fe
que nunca en los juramentos de Manon. Aquella deliciosa criatura poseía
tal ascendiente sobre mi corazón, que no cabía en él ningún pensamiento
que no fuése de fe, amor y respeto. En vez de reprocharle el haber
gustado al joven G... M... estaba orgulloso del efecto de sus encantos,
y hacíame una gloria de ser amado por una criatura que todo el mundo
encontraba bella. Ni aun siquiera juzgué pertinente comunicarle mis
sospechas. Habíamos empleado algunos días en los cuidados de su
vestuario, y, mientras, habíamos discutido si podíamos o no ir al
teatro sin peligro de ser reconocidos. T... vino a vernos antes de
acabar la semana y le consultamos sobre aquel particular. Comprendió,
en seguida, que había que decir que sí para serle agradable a Manon.
Resolvimos ir aquella misma noche.
Pero aquella determinación no pudo ejecutarse, pues, habiéndome
llamado aparte me dijo sobre poco más o menos: «Estoy en un verdadero
compromiso desde la última vez que os vi y mi visita de hoy no es sino
una consecuencia de ello. G... M... está enamorado de vuestra querida;
me lo ha confesado. Soy su íntimo amigo y estoy dispuesto a todo para
servirle; pero también lo soy vuestro. Considero sus intenciones
injustas y se las reprocho desde el fondo de mi corazón. Hubiérale
guardado el secreto si él, para vencer, no hubiese pensado en emplear
sino los procedimientos corrientes, pero está informado del carácter
de Manon. Ha sabido, no sé cómo, que gusta de la abundancia y los
placeres, y como la fortuna de que disfruta es considerable, ya me
ha dicho que piensa tentarla con un magnífico regalo primero, con la
oferta de diez mil libras de renta después. En igualdad de condiciones
ambos, hubiese tenido grandes escrúpulos en traicionarle, pero la
justicia está unida, de vuestra parte, a la amistad, tanto más que
habiendo sido la causa imprudente de su pasión, introduciéndole aquí,
tengo el deber de remediar el mal que involuntariamente he hecho».
Agradecí a T... aquella prueba realmente considerable de amistad y le
devolví su confianza confesándole que el carácter de Manon era tal
y como G... M... se lo figuraba, es decir, que no podía soportar el
nombre de la pobreza. «Sin embargo--dije--, no siendo cuestión sino
de más o menos, no la creo capaz de abandonarme por otro. Estoy en
condiciones de no permitir que le falte nada y aun creo que mi fortuna
se acrecentará de día en día. Lo único que temo es que G... M...
aproveche el conocer nuestro refugio para jugarnos una mala pasada».