Su consejo era prudente, pero hubiérase precisado serlo yo también para

seguirlo. Tanta lentitud y precaución compaginaban mal con mi pasión. A

todo lo más que llegué fué a prometerle que el siguiente día lo pasaría

durmiendo. Encerróme en su cuarto, donde permanecí hasta la noche.

Empleé gran parte del tiempo en hacer proyectos y en inventar

expedientes para librar a Manon. Hallábame convencido de que su

prisión era aún más severa que lo había sido la mía. No se trataba de

emplear la fuerza ni la violencia, sino la habilidad. Tan poco claras

mostrabanme las cosas que decidí tomarme algún tiempo para enterarme de

la marcha interna del _hospital_.

No bien con la noche recobré la libertad, rogué a Lescaut que me

acompañase. Enhebramos conversación con uno de los porteros, que me

pareció hombre de buen juicio. Fingíme extranjero, que había oído

hablar con elogio del establecimiento y del orden que reinaba allí.

Interroguéle sobre los menores detalles y de unas cosas en otras fuimos

a parar a los administradores, cuyos nombres y cualidades díjele

deseaba saber. Sus respuestas a tales indagatorias hicieron brotar en

mi cerebro una idea que me pareció bien, desde luego, y que no tardé

en poner por obra. Preguntéle, como cosa que era absolutamente precisa

para mis planes, si aquellos señores tenían hijos. Contestóme que por

lo que a la mayor parte se refería no podía contestarme, pero que de

uno, T..., que era de los principales, sí estaba seguro que tenía un

hijo, en edad de matrimoniar, y que había venido ya varias veces con su

padre al _hospital_. Aquella certeza me bastó.

Abrevié nuestra conversación y expuse a Lescaut, al volver a su casa,

el plan que me había trazado. «Supongo--díjele--que T... hijo, rico, y

de buena familia como es, debe de sentir inclinación por los placeres

como todos los jóvenes de su edad. No le creo capaz de ser enemigo de

las mujeres, ni ridículo hasta el punto de negar su ayuda para una

empresa de amor. Tengo el proyecto de interesarle en la libertad de

Manon. Si es un caballero y tiene sentimientos nobles nos concederá su

auxilio por generosidad. Si no es capaz de hacerlo por este motivo,

hará de todos modos algo por una muchacha amable, aunque no sea más que

con la esperanza de tener parte en sus favores. No quiero retrasar mi

visita más allá de mañana. Me siento tan consolado por este proyecto

que me parece cosa de buen agüero».

Lescaut convino en que mis ideas no carecían de sentido. Pasé la noche

menos triste.

A la mañana siguiente me vestí lo más decentemente que pude dada

mi indigencia y me hice conducir en coche a casa de T... Mostróse

extrañado al recibir la visita de un desconocido. Auguré bien de su

cara y de su cortesía. Me expliqué francamente con él, y para ayudar

a su buen natural habléle de mi pasión y de los méritos de mi querida

como de cosas que no podían tener igual sino entre sí. Díjome que

aunque no había visto nunca a Manon por lo menos había oído hablar de

ella si era, como creía, la que fué querida del viejo G... M... No dudé

que le habrían puesto en antecedentes sobre mi participación en aquella

aventura y para ganar más su voluntad fingiendo una confianza absoluta,

le conté detalladamente todo lo que nos sucediera a Manon y a mí. «Ya

veis, señor--continué--, el interés de mi vida y el de mi corazón están

en vuestras manos. La una no me es ciertamente más preciosa que el

otro. No tengo secretos para vos porque sé de vuestra generosidad y

porque la paridad de edades me deja la esperanza de que alguna habrá

entre nuestras inclinaciones».

Pareció muy sensible a mi prueba de franqueza y de candor. Su respuesta

fué la de un hombre que tiene mundo y buenos sentimientos, cosa que

no siempre da el mundo y en cambio hace perder con frecuencia. Me

dijo que miraba mi visita como algo grato, mi amistad como una de las

adquisiciones más valiosas, y que trataría de merecerla por el celo

que pondría en servirme. No me ofrecía devolverme a Manon, según él,

porque no gozaba de crédito para ello, pero que me ofrecía verla y

hacer todo lo que en él estuviera para devolverla a mis brazos. Más

satisfecho quedé de aquella falta de fe en su poder que si me hubiese

ofrecido una plena y absoluta seguridad de dar satisfacción a todos mis

anhelos. Encontré en la moderación de sus promesas una franqueza que me

encantó. En una palabra, prometímelo todo de sus buenos oficios. La

sola promesa de procurarme una entrevista con Manon me hubiese hecho

realizar cualquier cosa por él. Expreséle algo de tales sentimientos

de modo que vió que tampoco yo era un malnacido. Nos abrazamos y

quedamos amigos sin otras razones que la bondad de nuestros corazones

y esa noble disposición que hace que un hombre leal y generoso profese

amistad a otro que lo es también. Llevó las pruebas de su estima más

lejos aún, pues conociendo mis aventuras, no ignorando mi salida de

San Lázaro y juzgando que no debía hallarme sobrado de medios puso su

bolsa a mi disposición. No acepté, pero le dije: «Es demasiado. Ahora

bien, si con tanta bondad y amistad me hacéis volver a ver a mi adorada

Manon, soy vuestro de por vida; si me devolvéis del todo a esa amada

criatura no creeré pagaros derramando por vos hasta la última gota de

mi sangre».

Nos separamos después de convenir hora y sitio en que debíamos

encontrarnos; por su parte llevó la complacencia hasta no retrasarlo

más allá de aquella misma tarde.

Le esperé en un café donde vino a reunirse conmigo a eso de las cuatro

y, ya juntos, emprendimos el camino del _hospital_. Me temblaban las

piernas al atravesar los grandes patios. «¡Poder del amor--decía yo--,

volveré a ver al ídolo de mi corazón, al objeto de tantas lágrimas e

inquietudes! ¡Cielos, dadme fuerzas para vivir hasta llegar a ella y

disponed luego de mi fortuna y de mi vida! No tengo otra gracia que

pediros».

El señor T... habló con algunos porteros y empleados que se

apresuraron a ofrecerle cuanto estuviese en su mano. Hízose mostrar

el lugar de la prisión de Manon y nos llevaron hasta él mostrándonos

una llave de aterradora magnitud que servía para abrir su puerta. Le

pregunté al lacayo encargado de guiarnos, que era el que le había

servido, cómo había pasado la infeliz el tiempo de su encierro. Díjonos

que era de dulzura angelical; que jamás había recibido de ella una mala

palabra; que no había cesado de llorar las seis primeras semanas de su

reclusión; pero que desde hacía algún tiempo parecía tomar su desgracia

con más calma y que se ocupaba en coser de la mañana a la noche,

excepción hecha de algunos ratos que dedicaba a la lectura. Le pregunté

también si al menos había estado atendida con limpieza, y me contestó

que de lo preciso no había carecido.

Nos acercamos a su puerta. Mi corazón latía con violencia. Dije a

M. de T... «Entrad solo y prevenidla de mi visita, pues temo que mi

súbita presencia la afecte demasiado». La puerta nos fué franqueada.

Permanecí en la galería. No obstante me enteraba de su conversación.

Díjole que iba a llevarle algún consuelo; que era uno de mis amigos y

que se interesaba mucho por nuestra dicha. Preguntóle ella con gran

viveza que si podría enterarla de lo que había sido de mí. Prometióle

llevarme a sus plantas todo lo enamorado y fiel que ella podía desear.

«¿Cuándo?--interrogó--Hoy mismo--dijo él--. No tardará. Si lo deseáis,

en este mismo momento comparecerá ante vuestros ojos». Comprendió

que yo me hallaba tras de la puerta y corrió allí precipitadamente

en el momento en que al sentirla venir entraba yo. Nos abrazamos con

esa efusión de ternura que una ausencia de tres meses hace tan dulce

para los verdaderos amantes. Nuestros suspiros, nuestras entrecortadas

exclamaciones, mil nombres de amor repetidos languidamente por uno y

otro, constituyeron durante un cuarto de hora una escena que llegó a

emocionar a T... «Os envidio--dijo, mientras nos hacía sentar--. No hay

suerte, por gloriosa que sea, a la que no prefiriese yo una querida

tan bella y apasionada.--También desdeño yo todos los imperios del

mundo--le respondí--para asegurarme la dicha de ser amado por ella.

Todo el resto de una conversación tan ardientemente deseada no podía

dejar de ser infinitamente tierno. La pobre Manon me contó sus

aventuras y yo le narré las mías. Lloramos amargamente al aludir al

estado en que ella se hallaba y al que acababa yo de escapar; T...

nos consoló renovando sus promesas de trabajar fervorosamente para

poner fin a nuestras miserias. Aconsejónos que abreviásemos aquella

primera entrevista para que le fuera fácil proporcionarnos otras. Le

costó no poco trabajo hacernos seguir su consejo. Sobre todo Manon,

no se resolvía a dejarme partir. Reteníame por las manos y por las

ropas; hízome volver a sentar un centenar de veces. «¡Ah, en qué lugar

me dejáis! ¡Quién puede asegurarme que volveré a veros!»; M. de T...

la prometió que vendría a verla con frecuencia, trayéndome consigo.

«En cuanto al lugar--dijo con galantería--no debe llamarse ya el

_hospital_; es Versalles mismo desde que encierra la persona que merece

el imperio de todos los corazones».

Al salir mostréme liberal con el lacayo que la servía, para animarle a

poner celo en sus servicios. Aquel muchacho tenía el alma menos dura y

ruin que sus iguales. Había sido testigo de nuestra entrevista. Aquel

espectáculo le había emocionado. Un luis de oro que le entregué acabó

de hacérmele incondicional. Llevóme aparte cuando bajamos a los patios:

«Señor, si queréis tomarme a vuestro servicio o darme una recompensa

que me indemnice del empleo que perdería aquí, creo que no me sería

difícil devolver la libertad a la señorita Manon».

Agucé el oído ante aquella proposición, y aunque no tenía nada de nada

hícele promesas que sobrepujaban con mucho su deseo. Contaba con que

siempre sería factible recompensar a un hombre de aquel temple. «Puedes

estar persuadido, amigo mío, que no hay nada que no esté dispuesto a

hacer por ti y que tu fortuna está tan segura como la mía». Quise saber

de qué medios pensaba valerse. «Sencillamente, abrirle por la noche la

puerta de su celda y acompañarla hasta la de la calle, donde es preciso

que vos la esperéis pronto a recibirla». Le pregunté si no había

peligro en que fuése reconocida al atravesar las galerías y los patios.

Confesóme que algún peligro habría, pero que era preciso arriesgar

algo.

Aunque estaba encantado de verle tan resuelto, llamé a T... para

comunicarle el proyecto y la única razón que podía hacerme dudar.

Halló más inconvenientes que yo. Convino en que, efectivamente, podía

escaparse así. «Pero si la reconocen--continuó--y si la detienen en su

fuga, será quizás su pérdida para siempre. Por otra parte, tendríais

que abandonar París inmediatamente, pues nunca estaríais bastante bien

escondidos para las pesquisas que se harían en su busca. Redoblaríanse

en este caso, tanto por vos como por ella. Un hombre escapa fácilmente

si está solo; pero le es casi imposible permanecer en el incógnito

teniendo al lado una mujer bonita».

Por muy prudente que me pareciese el razonamiento, no tuvo poder en

mi espíritu sobre la esperanza tan próxima de devolver la libertad a

Manon. Díjeselo así a T..., rogándole perdonase al amor un poco de

imprudencia y de temeridad. Díjele que mi intención era, efectivamente,

abandonar París para instalarme en algún pueblo próximo, como hiciera

ya en otra ocasión. Convinimos con el criado en no retrasar la

empresa sino hasta el día siguiente, y para hacerlo todo lo seguro

que estuviese en nuestra mano decidimos traer un traje de hombre para

facilitar nuestra salida. No era cosa fácil hacerlo entrar, pero

la imaginación me dió medios para ello. Rogué tan sólo a T... que

se vistiese dos chupas ligeras, una sobre otra, pues del resto me

encargaba yo.

Volvimos por la mañana al _hospital_. Llevaba yo para Manon

ropa blanca, medias, etc., y por encima de mi jubón un sobretodo

que no dejaba ver demasiado lo abultado de mis bolsillos. Sólo

permanecimos un momento en su cuarto. Nada faltaba sino el calzón que,

desgraciadamente, había olvidado.

El olvido de aquella prenda imprescindible nos hubiese hecho

ciertamente reir si el apuro en que nos ponía hubiese sido menos serio.

Hallábame desesperado de que semejante bagatela pudiese hacernos

fracasar. Al fin, tomé un partido extremo, que fué salir yo sin él.

Dejé el mío a Manon. Mi sobretodo era largo y con ayuda de unos

alfileres quedé en estado de pasar decorosamente por la puerta.

El resto del día me pareció de una lentitud insoportable. En fin,

llegada la noche, fuimos a instalarnos en una carroza, un poco más

abajo de la puerta del _hospital_. No pasó mucho tiempo sin que

viésemos aparecer a Manon con su guía. La portezuela estaba abierta y

ambos subieron en un momento. Recibí a mi amada en mis brazos; temblaba

como una hoja. El cochero preguntó que dónde había de conducirnos.

«Condúcenos al fin del mundo--grité--; llévame donde no haya fuerzas

capaces de separarme nunca de Manon».

Aquel arrebato, que no fuí dueño de contener, estuvo a punto de traerme

fatales consecuencias. El cochero recapituló sobre mis palabras y al

darle después las señas de la calle donde quería ir, díjome que temía

no fuése yo a meterle en un mal negocio; que no se le ocultaba que

aquel adolescente a quien llamaba Manon era una mujer que raptaba del

_hospital_ y que no estaba de humor de perderse por amor a mí.

Los escrúpulos de aquel bergante no eran sino deseos de hacerse pagar

el coche más caro. Estábamos demasiado cerca del _hospital_ para no

pasar por todo. «Cállate--le dije--. Hay un luis de oro para ti».

Después de aquello me hubiese ayudado, incluso a quemar el _hospital_.

Llegamos a la casa en que vivía Lescaut. Como era tarde, T... nos

abandonó a medio camino, prometiéndonos vernos al día siguiente. Sólo

el lacayo quedó con nosotros.

Estrechaba yo a Manon con tal afán entre mis brazos, que los dos apenas

ocupábamos un solo sitio en la carroza. Lloraba ella de alegría y

sentía yo sus lágrimas mojarme el rostro.

Pero cuando hubo que apearse para entrar en casa de Lescaut, tuve con

el cochero una nueva cuestión, cuyas consecuencias fueron funestas. Me

arrepentí de haberle ofrecido un luis, no sólo porque el regalo era

excesivo, sino por una razón mucho más importante, la imposibilidad de

pagarle. Hice llamar a Lescaut. Bajó de su habitación para reunírsenos

en la puerta. Díjele al oído cuál era nuestro apuro. Como era de

genio brusco y no estaba acostumbrado a guardar consideraciones a los

cocheros, lo tomó a broma. «¡Un luis de oro!--gritó--¡Veinte palos

a ese rufián!». Fué inútil que le repitiera que iba a perdernos.

Arrebatóme mi bastón con ademanes de maltratar al cochero. Éste, que

había quizás caído ya alguna vez bajo las manos de un guardia de corps

o de un mosquetero, huyó, gritándome que me había burlado de él, pero

que ya se las pagaría. Pedíle, inútilmente, que se detuviese. Su fuga

me causó gran inquietud, pues no dudé que advertiría al Comisario. «Me

perdéis--dije a Lescaut--. Es preciso alejarnos de vuestra casa, donde

no estaremos seguros por el momento». Di el brazo a Manon y salimos

precipitadamente de la calle peligrosa. Lescaut nos acompañó.

Es algo realmente admirable el modo cómo la providencia encadena los

acontecimientos. Apenas habíamos caminado cinco o seis minutos un

hombre reconoció a Lescaut. Buscábale, sin duda, en los alrededores

de su casa con el fatal propósito que realizó. «Es Lescaut--dijo,

disparándole un tiro a quemarropa--: esta noche irá a cenar con los

ángeles». Escapó inmediatamente mientras Lescaut caía sin dar señales

de vida. Apremié a Manon para que huyésemos, pues nuestros auxilios

a un cadáver eran inútiles, y en cambio temía que nos detuviese la

ronda, que no podía tardar en venir. Enfilé con ella y el lacayo el

primer callejón que cruzaba; estaba tan cansada que me costaba trabajo

sostenerla; vi un coche de alquiler en la esquina. Subimos, pero cuando

el cochero me preguntó dónde tenía que llevarnos me vi cohibido para

contestarle. No tenía ni asilo en que me creyese en salvo ni amigo a

quien recurrir; y para colmo veíame sin dinero, pues no tenía en el

bolsillo arriba de media _pistola_. El miedo y la fatiga habían vencido

de tal modo a Manon que estaba a medias desvanecida sobre mi hombro.

Tenía, por otra parte, el pensamiento obsesionado con la muerte de

Lescaut y no estaba tampoco tranquilo respecto a la ronda. ¿Qué partido

tomar? Me acordé felizmente de la posada de Chaillot, donde pasé unos

días con Manon cuando fuimos a instalarnos al pueblo. Pensé que allí

no sólo estaría en seguridad, sino que podría vivir algún tiempo sin

que me apremiasen para el pago. «Llévanos a Chaillot»--dije al cochero.

Negóse a ir allí tan tarde como no le pagase una pistola; otro motivo

de apuro. En fin, convenimos en que le daría seis francos, que era, por

otra parte, cuanto quedaba en mi bolsa.

Mientras nos encaminábamos al lugar de nuestro destino traté de

consolar a Manon, aunque en el fondo reinaba profundo desconsuelo en mi

espíritu. Hubiérame dado la muerte si no hubiese tenido en mis brazos

el solo bien que me ataba a la vida. Era aquél el único pensamiento que

me sostenía. «Es mía, la tengo por fin y me ama. Diga lo que quiera

Tiberio no es un fantasma de dicha. Vería yo hundirse el universo sin

que me importase. ¿Por qué? Porque ninguna otra cosa me interesa ya».

Aquel sentimiento era sincero; sin embargo, mientras despreciaba todos

los bienes del mundo comprendía que me sería necesaria una ínfima parte

de ellos para que mi desprecio por el resto pudiese ser aún mayor. El

amor es más poderoso que la abundancia, que todos los tesoros de la

riqueza, pero necesita de su ayuda y nada hay más terrible para un

amante delicado que verse arrastrado por aquel punto vulnerable a las

cosas más miserables y groseras de la vida.

Eran las once cuando llegamos a Chaillot. Fuimos recibidos en la

posada como personas de absoluta confianza. No se sorprendieron de

ver a Manon en traje de hombre porque están habituados en París y en

sus alrededores a que las mujeres se presenten en las más diversas

trazas. Hice que le sirviesen con igual prontitud que si nadase en

la opulencia. Manon ignoraba mi penuria. Guardéme de decirle nada,

decidido, como estaba, a volver al siguiente día a París para buscar

cualquier clase de remedio a mi antipática enfermedad.

Parecióme, mientras cenaba, pálida y delgada. No me había percibido

en el _hospital_, porque el cuarto donde estaba era de los peor

alumbrados. Pregúntele si no era aquello efecto del miedo pasado al

ver caer a su hermano. Aseguróme que aunque muy afectada por aquella

desgracia su palidez provenía de haber estado tres meses ausente de

mí. «¿Me quieres mucho?--la interrogué--. Mil veces más de cuanto

pudiera decirte--replicóme--. ¿No me abandonarás ya nunca?--añadí--No,

nunca»--replicó ella--. Aquella afirmación fué corroborada por tantos

juramentos y caricias que, efectivamente, parecióme imposible que

pudiera olvidarlos. Siempre he creído que fué sincera. ¿Qué razón

podría haber tenido para fingir hasta aquel punto? Pero si sincera

era aun era más tornadiza o, por mejor decir, ella misma no era dueña

de su albedrío cuando hallábase ante mujeres que, valiendo mucho menos

que ella, vivían en la abundancia, mientras se veía en la miseria.

Hallábame en vísperas de topar con la prueba más clara y evidente de

cuantas hasta entonces tuviera, prueba que dió lugar a la más extraña

aventura de que fué víctima jamás un hombre de mi nacimiento y mi

fortuna.

Como sabíale de aquel natural, apresuréme al día siguiente a ir a

París. La muerte de su hermano, y la necesidad de procurarnos ropas

para ella y para mí eran cosas tan naturales que no necesité pretexto

ninguno. Salí de la posada con el designio, según dije a Manon y al

hostelero, de tomar una carroza de alquiler; pero en realidad aquello

no era sino una fanfarronada. La necesidad me obligaba a caminar a pie

e hícelo rápidamente hasta Cours-la-Reine, donde tenía intenciones de

detenerme. Bien necesitaba de unos momentos de soledad y descanso para

ordenar mis pensamientos y prever lo que iba a hacer en París.

Sentéme sobre la hierba. Pronto me engolfé en un mar de razonamientos

y reflexiones que, poco a poco, redujéronse a tres únicos capítulos.

Necesitaba un socorro inmediato para hacer frente a una serie de

necesidades inmediatas; tenía que abrirme un camino que fuése una

esperanza de vida para lo futuro; y, esto no era lo menos importante,

tenía que tomar informes y precauciones para la futura seguridad de

Manon y mía. Después de haberme extendido en proyectos y combinaciones

sobre aquellos tres puntos creí aún deber aplazar los dos últimos.

No estábamos mal ocultos en un cuarto de Chaillot, y en cuanto a las

necesidades futuras sería hora de pensar en ellas cuando estuviésemos a

cubierto de las presentes.

Tratábase, por lo pronto, de llenar mi bolsa; T. habíame ofrecido

generosamente la suya, pero causábame repugnancia extrema ser yo quien

volviera sobre el asunto. ¡Qué vergüenza, ir a exponer mi miseria a

un extraño y rogarle me ayudase con su dinero! No hay sino las almas

ruines a quienes la natural bajeza impida ver la indignidad o las almas

cristianas que por un exceso de humildad que les hace superiores a

esa vergüenza no se sientan humilladas y la acepten sin lucha. No era

yo ni un hombre ruin ni un buen cristiano, y hubiese dado la mitad de

mi sangre por evitar aquel bochorno. «Tiberio, el buen Tiberio, ¿me

negará aquello que buenamente pueda darme? No; se sentirá compadecido

de mi miseria, pero en cambio me abrumará con su moral. Tendré que

aguantar sus peroratas, sus consejos, sus exhortaciones, y me hará

pagar tan cara su ayuda que daría una parte de mi sangre por evitarme

esa escena que me dejaría lleno de turbación y de remordimientos.

¡Bueno!--replicábame a mí mismo--, he de renunciar a toda esperanza

puesto que no me quedan otros caminos, y antes que tomar por ellos

derramaría gustoso la mitad de mi sangre, es decir, toda mi sangre

antes que aceptar ambos. Sí, mi sangre toda--añadí, después de un

momento de reflexión--, sí, daríala toda mejor que humillarme a

miserias y bajezas. ¿Pero qué tiene mi sangre que ver en todo esto? Se

trata de la vida de Manon, de su amor y de su fidelidad. ¿Qué puedo

equiparar a ella? Nada hasta ahora. Ella es para mí la gloria, la dicha

y la fortuna. Hay muchas cosas, sin duda, que daría la vida por obtener

o por evitar; pero estimar algo, más que a mi vida, no significa

estimarlo tanto como a Manon». No tardé mucho tiempo, después de tal

razonamiento, en decidirme. Continúe mi camino decidido a ir primero a

ver a Tiberio, luego a T...

Manon Lescaut(#75868) · 第 6 / 12 段