dependía mi libertad. Díjome que no era dueño absoluto, pero que
esperaba que gracias a sus indicaciones G... M..., a cuyos ruegos el
jefe de Policía habíame encerrado allí, consentiría en devolverme la
libertad. «¿Puedo creer--le dije--que dos meses de prisión sufridos le
parezcan bastante castigo?». Ofrecióme hablarle si yo lo deseaba. A mi
vez le rogué insistentemente que me hiciese aquel favor.
Díjome dos días más tarde que G... M..., no sólo había parecido
sensible a los elogios que de mí le hiciera, y por ende dispuesto a
dejarme ver de nuevo la luz del sol, sino que le había mostrado deseos
de conocerme más particularmente y que se proponía hacerme una visita
en mi prisión. Aunque su presencia no me era muy grata, la consideré
como un paso hacia la libertad.
Vino efectivamente a San Lázaro. Le encontré de aspecto más serio y
menos necio que en casa de Manon. Dirigióme unos discursos llenos de
buen sentido sobre mi mala conducta y añadió, con vistas a justificar
sus propios desórdenes, que le es permitido a la debilidad de los
hombres el proporcionarse algunos placeres que la naturaleza exige,
pero que las indelicadezas y las triquiñuelas culpables merecían ser
severamente castigadas. Escuchábale yo con un gesto de sumisión de
que pareció satisfecho. Ni siquiera me mostré ofendido por algunas
burlas sobre mi pretendida fraternidad con Manon y sobre las muchas
capillitas que seguramente haría en San Lázaro, puesto que tal placer
hallaba en tan piadosa ocupación. Pero escapósele, desgraciadamente
para él y para mí, decir que Manon habría hecho también unas cuantas
muy lindas en el _hospital_. Pese al escalofrío que me causó la palabra
_hospital_, aún tuve fuerzas para, dominándome, rogarle con dulzura
que se explicase. «Sí--dijo--hace dos meses que cursa prudencia en el
_hospital general_ y quiera Dios que la lección le haya aprovechado
tanto como a vos la de San Lázaro».
Aunque hubiese sabido que me esperaba una eterna prisión o aún la misma
muerte, no hubiera sido dueño de mí ante la espantosa noticia. Arrojéme
sobre él con tan furiosa rabia, que en el esfuerzo perdí la mitad de
mis fuerzas. Quedáronme, pese a ello, suficientes para cogerle por
el cuello y arrojarle al suelo. Iba a estrangularle cuando el ruido
de su caída y algunos gritos agudos que apenas le dejaba libertad de
lanzar, atrajeron a mi cuarto al superior y a algunos religiosos que le
libertaron de mis manos.
Había yo mismo, casi perdido las fuerzas y hasta el aliento. «¡Oh, Dios
mío!--clamaba entre suspiros--¡Justicia del cielo! ¿Viviré aún tras
semejante infamia?». Quise arrojarme de nuevo sobre el bárbaro que
acababa de asestarme aquél golpe. Sujetáronme. Mi desesperación, mis
gritos y mis lágrimas, pasaron el límite de lo imaginable. Hice cosas
tan raras, que todos los asistentes, que ignoraban la causa, mirábanse
con tanto terror como sorpresa.
G... M... mientras tanto ponía orden en su traje, arreglábase la
peluca y la corbata y en el despecho de verse tan maltratado ordenó
al superior que me vigilase más severamente que nunca y que me
aplicase todos los castigos acostumbrados en San Lázaro. «No, señor,
no es con personas de la cuna del caballero, con quienes usamos tales
procedimientos. Por otra parte, es de tan buen natural que me cuesta
trabajo creer que sin razón se haya entregado a tales excesos».
Aquellas palabras acabaron de exasperar a G... M..., que salió de allí
profiriendo amenazas contra el superior, contra mí y contra cuantos
osaran oponerse a su voluntad.
El superior, habiendo dado órdenes a los frailes para que le
acompañasen, quedó a solas conmigo. Conjuróme a que le dijese
prestamente de qué procedía todo aquel escándalo. «¡Oh, padre
mío!--dije llorando como un niño--; imaginaos la más odiosa crueldad,
figuraos la barbarie más abominable; eso es lo que G... M... ha tenido
la crueldad de hacer. ¡Oh, me ha destrozado el corazón! ¡Jamás me
consolaré! Quiero contároslo todo. Sois bueno y tendréis piedad de mí».
Narréle abreviada la historia de mi pasión por Manon; la situación
floreciente en que nos hallábamos cuando fuimos robados por nuestros
criados; las ofertas que G... M... había hecho a mi querida; cómo
cerraron el trato y como fué roto. Claro es que presentándole las cosas
del modo más ventajoso para nosotros. «He ahí--continué--las fuentes
del celo que G... M... siente por mi conversión. Me ha hecho encerrar
aquí con el fin de vengarse. Se lo perdono; pero, padre mío, eso no es
todo; no se ha contentado con robarme la más cara mitad de mi vida,
sino que además la ha hecho encerrar en el _hospital_; acabo de saberlo
de sus mismos labios. ¡En el _hospital_, padre mío! ¡Oh, cielos, mi
adorable amada, la reina de mi corazón en el _hospital_, como la más
infame de las criaturas! ¡Dónde hallar fuerzas para no morir de dolor y
de vergüenza!».
El buen padre, al verme en tal estado de aflicción trató de consolarme.
Díjome que jamás se figuró mi aventura del modo que acababa de
narrársela; que sabía sí, que vivía yo de un modo desordenado, pero
que creyó también, que lo que moviera a G... M... a mezclarse en ello,
era una vieja amistad con mi familia, lo cual corroboraron sus mismas
explicaciones, que lo que acababa de contarle cambiaba mucho las cosas
y que no dudaba, que la narración fiel de los hechos, repetida por él
al jefe general de Policía, contribuiría a devolverme la libertad.
Preguntóme por qué no había pensado yo en avisar a mi familia, puesto
que ella nada tenía que ver en mi cautiverio. Dile satisfactoria
respuesta haciéndole ver mi temor de causar una pena a mi padre y mi
propia vergüenza. Ofrecióme por fin, ir él mismo a ver al jefe general
de Policía. «Aunque no sea más--añadió--que para prever algo peor por
parte de G... M..., que ha salido asaz malhumorado de aquí y que es
persona harto influente».
Aguardé el regreso del padre, con las inquietudes y zozobras de
un infeliz que espera su sentencia. Era para mí terrible suplicio
figurarme a Manon en el _hospital_. Aparte de la infamia que pesaba
sobre el lugar, ignoraba cómo la tratarían allí, y esto, unido a
ciertas particularidades que había oído de aquella mansión de horror,
renovaba en todo momento mi angustia. Tan decidido estaba a ayudarla
fuése como fuése, que hubiese prendido fuego a San Lázaro si no hubiese
visto otro modo de salir de allí.
Púseme a pensar sobre los caminos que me quedaban por seguir si el
jefe general de Policía perseveraba en mantenerme prisionero contra mi
voluntad. Puse mi ingenio a prueba y recorrí todas las posibilidades.
No vi nada que pudiese garantizarme una evasión segura y temí verme
aún más vigilado si fracasaba en una tentativa. Pensé qué amigos
podían ayudarme, pero, ¿por qué medios hacerles saber mi situación?
Por fin creí haber trazado un plan hábil y propúseme madurarlo mejor
después que el superior hubiese regresado, si sus gestiones habían sido
infructuosas.
No tardó en volver; no vi desde luego en su rostro las señales
de júbilo que anuncian por anticipado una buena noticia. «He
hablado--díjome--al jefe general de Policía, pero le he hablado
demasiado tarde. El señor de G... M... fué al salir de aquí, y de tal
modo le previno en contra vuestra que estaba a punto ya de enviarme
nuevas órdenes para hacer aún más severa vuestra prisión. «Sin embargo,
cuando le he puesto al corriente del verdadero fondo de vuestros
asuntos se ablandó, y riéndose un poco de la incontinencia del viejo
G... M..., me ha dicho que, de todos modos, habría que dejaros aquí
seis meses para darle una satisfacción, tanto más cuanto que la
estancia aquí os será provechosa. Me ha encargado que os trate bien y
podéis estar seguro de que no tendréis queja de mí».
La explicación del buen superior fué lo bastante larga para darme
tiempo de reflexionar, y así llegué a la conclusión de que mostrar
excesiva impaciencia por la libertad sería exponerme a echar por tierra
todos mis planes. Le aseguré, por el contrario, que, dada la dura
necesidad de permanecer allí, era grato consuelo para mí su estimación.
Le rogué acto seguido que me concediese una gracia que, no siendo
importante para nadie, me serviría a mí de gran consuelo. Limitábase a
avisar a un amigo mío, un santo sacerdote que estaba en San Sulpicio,
de que me hallaba en San Lázaro y a la vez permitirme recibir su
visita. Aquella gracia me fué concedida sin demora.
Tratábase de mi amigo Tiberio; no que esperase de él la libertad, pero
quería hacerle servir como instrumento inconsciente y ciego. He aquí,
en una palabra, mi plan: quería escribir a Lescaut y encargarle a él
y a nuestros comunes amigos del cuidado de libertarme. La primera
dificultad estribaba en hacer llegar a él mi carta; tal era la misión
de Tiberio. Sin embargo, como no conocía al hermano de mi querida,
temía yo que no quisiese encargarse de aquella misión. Mis designios
eran encerrar la carta de Lescaut dentro de otra dirigida a un buen
hombre a quien conocía, rogándole la llevase a su destino; y como era
preciso que yo viese a Lescaut para marchar acordes, quería indicarle
la conveniencia de venir a San Lázaro y de pedir que te dejasen verme,
tomando el nombre de mi hermano mayor y pretextando haber venido a
París noticioso de lo sucedido. Demoraba para nuestra entrevista la
adopción de los medios que nos pareciesen más fáciles y seguros. El
padre Superior hizo advertir a Tiberio de mis deseos. El fiel amigo
habíame perdido de tal modo de vista que ignoraba mis aventuras;
sabía, sí, que estaba yo en San Lázaro, y tal vez no lamentase aquella
desgracia que creía capaz de traerme al buen camino. Apresuróse a venir.
Nuestra entrevista estuvo llena de amistad. Quiso informarse de mis
disposiciones. Abríle sin reservas mi corazón, excepto, claro es,
en lo que a mi fuga se refería. «No es, ciertamente, ante vuestros
ojos, querido amigo, ante los que quiero mostrarme como no soy. Si
habéis creído encontrar un amigo sensato y arrepentido, un libertino
convertido por milagro del cielo, en una palabra, un corazón
desengañado del amor, y vuelto del maléfico encanto de su Manon, me
habéis juzgado demasiado favorablemente. Me encontráis tal y como me
dejasteis ha cuatro meses; siempre enamorado y siempre desgraciado por
ese fatal amor en el que no me canso de buscar mi dicha».
Me respondió que mi confesión me hacia indigno de disculpa, que se
veían muchos pecadores de tal modo embriagados por la falsa felicidad
del vicio que llegaban a preferirla a la de la virtud, pero que tenían
la excusa de que eran imágenes de dicha aquéllas a las cuales se
adherían fuertemente, y que estaban engañados; pero que reconocer, como
reconocía yo, que el objeto de mi pasión no servía más que para hacerme
culpable y desdichado, y continuar, sin embargo, arrojándome en la
desgracia y el crimen, era una contradicción de ideas y de conducta que
no hacía honor a mi buen juicio.
«Tiberio--le repliqué--, ¡qué fácil os es vencer cuando nada se opone
a vuestras armas! Dejadme razonar, a mi vez. ¿Podéis sostener que
lo que llamáis el honor y la virtud esté exceptuado de penas, de
contrariedades y de inquietudes? ¿Qué nombre dais a las prisiones, a
las cruces, a los suplicios y a las torturas de los tiranos? ¿Diréis,
como los místicos, que tales suplicios del cuerpo son un bien para
las almas? No osaréis decirlo; es una paradoja insostenible. Esa
dicha que de tal modo loais está, pues, mezclada con mil penas, o,
para hablar con propiedad, no es sino un tejido de padecimientos,
al través de los cuales se entrevé la felicidad. Pues bien, si la
fuerza de la imaginación puede hallar placer en tales dolores, porque
pueden conducir al término feliz que se espera, ¿por qué tratáis de
contradictoria e insensata en mi conducta una disposición semejante?
Amo a Manon; aspiro, al través de mil dolores y contrariedades, a ser
feliz con ella; el camino porque ando es de espinas, pero la esperanza
de llegar a mi fin esparce siempre dulzura: y me creeré bien pagado,
por un momento pasado con ella, de las penas y fatigas que sufro por
alcanzarle. Todas las cosas ofrecen una gran semejanza, de vuestra
parte y de la mía, y si hay diferencia es en favor mío, puesto que el
bien que espero es un bien cercano y el otro está lejos; el mío es de
la misma naturaleza de las penas, es decir, sensible al cuerpo; el otro
es algo desconocido que no existe sino por la fe».
Tiberio pareció espantado de aquel razonamiento. Retrocedió dos pasos
diciéndome con aire muy serio que no solamente atacaba, con lo que
acababa de decir, al buen sentido, sino que era además un desdichado
sofisma de impiedad y de irreligión. «Pues--terminó--ese paralelo entre
el término de vuestras penas y el que propone la religión, es una de
las ideas más monstruosas y libertinas que pueden darse».
«Confieso que no es justo--repliqué--. Pero, tened cuidado, pues no es
sobre él sobre lo que se basa mi razonamiento. Mi intención ha sido
explicar lo que considerais como contradicción en la perseverancia de
un amor desgraciado. Y creo haber probado que si contradicción existe
es tanto para vos como para mí. Sólo desde ese punto de vista he
considerado las cosas iguales y desde ese punto de vista, queráis o no,
lo son.
»¿Sostenéis que el objeto de la virtud es infinitamente más elevado
que el del amor? ¿Quién lo niega? ¿Pero es acaso de eso de lo que se
trata? ¿No se trata de las fuerzas que uno y otro puedan prestar para
sobrellevar las penas? Juzguemos por los efectos. ¡Cuántos desertores
no habrá de la severa virtud y cuán pocos en cambio del dulce amor! ¿Me
responderíais, acaso, que los sufrimientos que hay en el ejercicio
del bien son evitables, que no existen ya cruces ni tiranos y que son
muchas las gentes virtuosas que llevan una vida dulce y tranquila? Os
responderé que también hay amores dulces y afortunados y aun llegaré
a hacer una salvedad en mi ventaja, y es que el amor, hartas veces
mentiroso, no promete por lo menos sino satisfacciones y ventajas,
mientras que la religión quiere que se entregue uno a prácticas tristes
y mortificantes. No os alarméis--le dije al ver su celo próximo a
escandalizarse--. Lo único que quiero es demostraros que no hay peor
sistema para curar un corazón del amor que descubrirle dulzuras y
prometerle mayores dichas en la virtud. Tal como somos es indudable que
nuestra felicidad está en el placer; desafío a cualquiera a demostrarme
lo contrario; sentado esto, sólo me resta afirmar que el corazón no
necesita grandes razonamientos para llegar a la certeza de que de todos
los placeres los más sabrosos son los del amor. Bien pronto se da
cuenta de que le engañan cuando le ofrecen más placeres fuera del amor,
y este engaño le dispone a desconfiar de las promesas más sólidas.
»Predicadores que intentáis llevarme a la virtud, decidme que es
indispensable, necesaria; pero no pretendáis convencerme de que no
es severa y penosa. Estableced bien que las dulzuras del amor son
pasajeras, que están prohibidas, que serán castigadas con eternas
penas y, cosa que tal vez me impresione más que nada, que cuanto más
bellas y gratas sean, más generoso será el cielo para recompensar el
sacrificio de renunciar a ellas, pero no me neguéis tampoco que tal y
como están hechos nuestros corazones, son en este bajo mundo nuestras
más perfectas felicidades».
Aquel final de mi discurso devolvió la tranquilidad a Tiberio que me
confesó que tenían algo de razonable mis pensamientos. La sola objeción
que me opuso fué preguntarme por qué no era fiel a mis principios
sacrificando mi amor a la esperanza de aquella renumeración de que tan
alta idea me formaba. «¡Oh!, amigo mío--respondí--, es que reconozco
mi debilidad y mi miseria. Bien sé que es mi deber poner mis actos
al tenor de mis ideas, pero, ¿está en mi mano realizarlo? ¿De qué
sobrenaturales auxilios no necesitaría yo para olvidar los encantos
de Manon?--Dios me perdone--repuso Tiberio--, creo hallarme ante uno
de nuestros jansenistas.--No sé lo que soy--repliqué--, no sé tampoco
lo que debiera ser, pero demasiado experimenté la verdad de lo que
afirman».
Nuestra conversación tuvo por el pronto la ventaja para mí de avivar
la piedad de mi amigo. Comprendió que había más debilidad que malicia
en mis desórdenes. Su amistad estuvo en lo sucesivo más dispuesta a
prestarme su ayuda, sin la cual hubiese perecido infaliblemente. Sin
embargo, guardéme de descubrirle mi intención de escapar de San Lázaro.
Roguéle tan sólo se encargase de mi carta. Habíala preparado antes de
su llegada y no me faltaron pretextos para justificar mi necesidad de
escribirla. Tuvo la honradez de cumplir con exactitud mi encargo, y
así, Lescaut recibió mi misiva antes de la noche.
Vino a verme al día siguiente y consiguió sin dificultad pasar por mi
hermano. Mi alegría al verle en mi habitación fué extremada. Cerré la
puerta con precaución. «No perdamos ni un solo minuto--le dije--. Dadme
primero noticias de Manon y dadme después un buen consejo para romper
los hierros de mi prisión». Aseguróme que no había visto a su hermana
desde la víspera de nuestra detención, y que si había conseguido saber
algo de ella y de mí fué sólo a fuerza de indagaciones y cuidados. Y,
en fin, que habiéndose presentado dos o tres veces en el _hospital_,
habíanle negado el permiso para comunicar con ella. «¡Desgraciado G...
M...!--rugí furioso--¡cuán caro me lo has de pagar!».
--Por lo que a vuestra liberación se refiere, es empresa más difícil de
lo que podéis suponer. Hemos pasado gran parte de la noche dos amigos
y yo estudiando el edificio y llegamos a la conclusión de que dando
vuestros balcones a un patio rodeado de construcciones, costaría mucho
trabajo sacaros. Por otra parte, habitáis el tercero y es imposible
meter aquí ni cuerdas ni escalas. No veo, pues, ninguna ayuda que pueda
venir de fuera. Es pues, en la casa misma donde hay que hallar los
recursos.
--No--respondí--; lo he examinado todo, especialmente desde que mi
prisión es menos severa gracias a las bondades del superior, la puerta
de mi cuarto no se cierra ya con llave y disfruto de libertad para
pasearme en las galerías que corresponden a las celdas de los frailes;
pero todas las escaleras están obstruidas por fuertes puertas que
tienen buen cuidado de mantener cerradas noche y día, de modo que es
imposible que la habilidad baste a salvarme.
«Esperad--rectifiqué después de haber meditado sobre una idea que
me pareció excelente--; ¿podríais prestarme una pistola?--Muy
fácilmente--me contestó--; ¿pero es que queréis matar a alguien?».
Aseguréle que me hallaba tan lejos de la idea de matar a nadie, que ni
aun era necesario que la pistola estuviese cargada. «Traédmela y no
faltéis por la noche a las once frente a esta casa y acompañado de dos
o tres de vuestros amigos. Espero poder ir a reunirme con vosotros».
Quiso inútilmente otras explicaciones, pero yo le dije que una empresa
tal y como la que yo meditaba sólo después del éxito podía parecer
razonable. Le rogué abreviase su visita a fin de que le fuése más fácil
tener acceso hasta mí al día siguiente. Efectivamente, le dejaron
entrar sin oponer más dificultades que la vez primera. Su aspecto era
grave y no hay nadie que no le hubiese tomado por un hombre de honor.
Cuando me vi en posesión del instrumento de mi libertad no dudé ya del
éxito de mi empresa. Era extraño y arriesgado; pero ¿de qué no sería yo
capaz con los motivos que me animaban? Había yo observado, desde que
me era permitido salir de mi cuarto y pasearme por las galerías, que
todas las noches el portero entregaba todas las llaves al superior, y
que momentos después reinaba profundo silencio, que denunciaba a las
claras que todo el mundo dormía en la casa. Podía yo, sin obstáculo,
ir por una galería de comunicación, desde mi cuarto al de aquel padre.
Mi idea era quitarle las llaves, asustándole con la pistola si oponía
resistencia a dármelas, y ya con ellas abrirme paso. Esperé con
impaciencia. El portero vino a la hora de siempre, es decir, un poco
después de las nueve. Dejé pasar aún una hora para asegurarme de que
todos, frailes y criados, estaban dormidos. Salí al fin con mi pistola
y una vela encendida. Llamé suavemente a la puerta del superior,
procurando meter el menor ruido posible. Oyóme a la segunda vez, y
creyendo, sin duda, que se trataba de algún religioso que se había
puesto enfermo, vino a abrir. Tuvo, sin embargo, antes de franquear
la entrada, la precaución de preguntar quién era y qué querían de él.
No tuve, pues, más remedio que dar mi nombre, pero lo hice con tono
quejumbroso para darle a entender que me hallaba enfermo. «¡Ah!, sois
vos, querido hijo... ¿Qué es lo que os trae a tales horas?». Entré en
la habitación y ya allí le declaré sin ambages que me era imposible
seguir más tiempo en San Lázaro; que la noche me parecía propicia para
marcharse de allí y que esperaba de su amabilidad me diese las llaves o
me abriese él mismo.
Aquella explicación debió sorprenderle. Permaneció un rato
contemplándome, sin darme explicaciones; como no podía perder el
tiempo, tomé nuevamente la palabra para decirle que estaba muy
agradecido a sus bondades, pero que siendo la libertad el mejor de los
bienes, sobre todo para mí, a quien privaban de ella injustamente,
estaba decidido a procurármela aquella noche, fuése como fuése, y añadí
que para que no se molestase en elevar la voz llevaba en mi cinturón
una razón convincente. «¡Una pistola! ¿Cómo?, ¿queréis arrebatarme
la vida en pago a las bondades que he tenido con vos?--¡Dios me
libre!--respondíle--Tenéis demasiado talento para ponerme en ese
trance, pero quiero ser libre, y mi resolución es tan firme que si mi
plan se desbarata por vuestra culpa os hago responsable de ello.--Pero
hijo mío--protestó lleno de miedo y palideciendo--, ¿qué os he hecho?,
¿por qué razón deseáis mi muerte?--No, no--repliqué impacientándome--;
no quiero vuestra muerte, pero si queréis vivir abridme la puerta y
seré vuestro mejor amigo». Vi las llaves sobre su mesa, las cogí y le
rogué me siguiese, encareciéndole la necesidad de no hacer ruido.
Hubo a la fuerza de obedecerme. A medida que avanzábamos y que
franqueaba las puertas me repetía con un suspiro: «¡Ah, hijo mío, hijo
mío! ¡Jamás lo hubiera creído!--¡Cuidado con el ruido!--limitábame a
responder». Por fin llegamos a la gran puerta que daba a la calle.
Creíame ya libre, y permanecía detrás del fraile, con la pistola en una
mano, la vela en la otra.
Mientras él se apresuraba a abrir, un criado, que dormía en una
habitación vecina, al oir el ruido de los cerrojos asomó la cabeza a
la puerta. El buen padre le creyó capaz de detenerme, y le ordenó, con
harta imprudencia, que interviniese. Tratábase de un fornido bribón,
que se arrojó sobre mí sin vacilar. No me anduve en ambajes y le
disparé un tiro en pleno pecho. «He aquí de lo que sois culpable, padre
mío--díjele a mi guía--. Pero que esto no os impida seguir--añadí,
empujándole hacia la última puerta». No se atrevió a resistir. Salí sin
novedad, y a cuatro pasos de allí hallé a Lescaut con dos amigos, según
me habían prometido.
Nos alejamos. Lescaut me dijo que había creído oir un tiro. «Es culpa
vuestra--respondí--; ¿por qué me trajisteis la pistola cargada?». Sin
embargo, le di las gracias por aquella precaución, sin la cual hubiese
tenido San Lázaro para rato. Fuimos a acabar la noche a una taberna,
donde me indemnicé de la mala mesa que padecía hacía tres meses. No
tenía, sin embargo, humor para gozar de nada; sufría pensando en Manon.
«Hay que salvarla--dije a mis tres amigos--. No he deseado la libertad
más que con tal fin. Os pido la ayuda de vuestra maña; por lo que a
mí atañe estoy dispuesto a jugarme la vida en tal empresa». Lescaut,
que no carecía ni de talento ni de prudencia, nos hizo notar que había
que ir con mucha prudencia; que mi salida de San Lázaro y la desgracia
involuntaria, causada al huir, harían ruido; que el Jefe Superior de
Policía me haría buscar, y tenía las manos largas, y, en fin, que si no
quería exponerme a algo peor que San Lázaro, convenía que permaneciese
oculto unos días para dar tiempo a que el primer fuego de mis enemigos
se extinguiese.