Un día me tomé la libertad de preguntarle si era de él de quien

dependía mi libertad. Díjome que no era dueño absoluto, pero que

esperaba que gracias a sus indicaciones G... M..., a cuyos ruegos el

jefe de Policía habíame encerrado allí, consentiría en devolverme la

libertad. «¿Puedo creer--le dije--que dos meses de prisión sufridos le

parezcan bastante castigo?». Ofrecióme hablarle si yo lo deseaba. A mi

vez le rogué insistentemente que me hiciese aquel favor.

Díjome dos días más tarde que G... M..., no sólo había parecido

sensible a los elogios que de mí le hiciera, y por ende dispuesto a

dejarme ver de nuevo la luz del sol, sino que le había mostrado deseos

de conocerme más particularmente y que se proponía hacerme una visita

en mi prisión. Aunque su presencia no me era muy grata, la consideré

como un paso hacia la libertad.

Vino efectivamente a San Lázaro. Le encontré de aspecto más serio y

menos necio que en casa de Manon. Dirigióme unos discursos llenos de

buen sentido sobre mi mala conducta y añadió, con vistas a justificar

sus propios desórdenes, que le es permitido a la debilidad de los

hombres el proporcionarse algunos placeres que la naturaleza exige,

pero que las indelicadezas y las triquiñuelas culpables merecían ser

severamente castigadas. Escuchábale yo con un gesto de sumisión de

que pareció satisfecho. Ni siquiera me mostré ofendido por algunas

burlas sobre mi pretendida fraternidad con Manon y sobre las muchas

capillitas que seguramente haría en San Lázaro, puesto que tal placer

hallaba en tan piadosa ocupación. Pero escapósele, desgraciadamente

para él y para mí, decir que Manon habría hecho también unas cuantas

muy lindas en el _hospital_. Pese al escalofrío que me causó la palabra

_hospital_, aún tuve fuerzas para, dominándome, rogarle con dulzura

que se explicase. «Sí--dijo--hace dos meses que cursa prudencia en el

_hospital general_ y quiera Dios que la lección le haya aprovechado

tanto como a vos la de San Lázaro».

Aunque hubiese sabido que me esperaba una eterna prisión o aún la misma

muerte, no hubiera sido dueño de mí ante la espantosa noticia. Arrojéme

sobre él con tan furiosa rabia, que en el esfuerzo perdí la mitad de

mis fuerzas. Quedáronme, pese a ello, suficientes para cogerle por

el cuello y arrojarle al suelo. Iba a estrangularle cuando el ruido

de su caída y algunos gritos agudos que apenas le dejaba libertad de

lanzar, atrajeron a mi cuarto al superior y a algunos religiosos que le

libertaron de mis manos.

Había yo mismo, casi perdido las fuerzas y hasta el aliento. «¡Oh, Dios

mío!--clamaba entre suspiros--¡Justicia del cielo! ¿Viviré aún tras

semejante infamia?». Quise arrojarme de nuevo sobre el bárbaro que

acababa de asestarme aquél golpe. Sujetáronme. Mi desesperación, mis

gritos y mis lágrimas, pasaron el límite de lo imaginable. Hice cosas

tan raras, que todos los asistentes, que ignoraban la causa, mirábanse

con tanto terror como sorpresa.

G... M... mientras tanto ponía orden en su traje, arreglábase la

peluca y la corbata y en el despecho de verse tan maltratado ordenó

al superior que me vigilase más severamente que nunca y que me

aplicase todos los castigos acostumbrados en San Lázaro. «No, señor,

no es con personas de la cuna del caballero, con quienes usamos tales

procedimientos. Por otra parte, es de tan buen natural que me cuesta

trabajo creer que sin razón se haya entregado a tales excesos».

Aquellas palabras acabaron de exasperar a G... M..., que salió de allí

profiriendo amenazas contra el superior, contra mí y contra cuantos

osaran oponerse a su voluntad.

El superior, habiendo dado órdenes a los frailes para que le

acompañasen, quedó a solas conmigo. Conjuróme a que le dijese

prestamente de qué procedía todo aquel escándalo. «¡Oh, padre

mío!--dije llorando como un niño--; imaginaos la más odiosa crueldad,

figuraos la barbarie más abominable; eso es lo que G... M... ha tenido

la crueldad de hacer. ¡Oh, me ha destrozado el corazón! ¡Jamás me

consolaré! Quiero contároslo todo. Sois bueno y tendréis piedad de mí».

Narréle abreviada la historia de mi pasión por Manon; la situación

floreciente en que nos hallábamos cuando fuimos robados por nuestros

criados; las ofertas que G... M... había hecho a mi querida; cómo

cerraron el trato y como fué roto. Claro es que presentándole las cosas

del modo más ventajoso para nosotros. «He ahí--continué--las fuentes

del celo que G... M... siente por mi conversión. Me ha hecho encerrar

aquí con el fin de vengarse. Se lo perdono; pero, padre mío, eso no es

todo; no se ha contentado con robarme la más cara mitad de mi vida,

sino que además la ha hecho encerrar en el _hospital_; acabo de saberlo

de sus mismos labios. ¡En el _hospital_, padre mío! ¡Oh, cielos, mi

adorable amada, la reina de mi corazón en el _hospital_, como la más

infame de las criaturas! ¡Dónde hallar fuerzas para no morir de dolor y

de vergüenza!».

El buen padre, al verme en tal estado de aflicción trató de consolarme.

Díjome que jamás se figuró mi aventura del modo que acababa de

narrársela; que sabía sí, que vivía yo de un modo desordenado, pero

que creyó también, que lo que moviera a G... M... a mezclarse en ello,

era una vieja amistad con mi familia, lo cual corroboraron sus mismas

explicaciones, que lo que acababa de contarle cambiaba mucho las cosas

y que no dudaba, que la narración fiel de los hechos, repetida por él

al jefe general de Policía, contribuiría a devolverme la libertad.

Preguntóme por qué no había pensado yo en avisar a mi familia, puesto

que ella nada tenía que ver en mi cautiverio. Dile satisfactoria

respuesta haciéndole ver mi temor de causar una pena a mi padre y mi

propia vergüenza. Ofrecióme por fin, ir él mismo a ver al jefe general

de Policía. «Aunque no sea más--añadió--que para prever algo peor por

parte de G... M..., que ha salido asaz malhumorado de aquí y que es

persona harto influente».

Aguardé el regreso del padre, con las inquietudes y zozobras de

un infeliz que espera su sentencia. Era para mí terrible suplicio

figurarme a Manon en el _hospital_. Aparte de la infamia que pesaba

sobre el lugar, ignoraba cómo la tratarían allí, y esto, unido a

ciertas particularidades que había oído de aquella mansión de horror,

renovaba en todo momento mi angustia. Tan decidido estaba a ayudarla

fuése como fuése, que hubiese prendido fuego a San Lázaro si no hubiese

visto otro modo de salir de allí.

Púseme a pensar sobre los caminos que me quedaban por seguir si el

jefe general de Policía perseveraba en mantenerme prisionero contra mi

voluntad. Puse mi ingenio a prueba y recorrí todas las posibilidades.

No vi nada que pudiese garantizarme una evasión segura y temí verme

aún más vigilado si fracasaba en una tentativa. Pensé qué amigos

podían ayudarme, pero, ¿por qué medios hacerles saber mi situación?

Por fin creí haber trazado un plan hábil y propúseme madurarlo mejor

después que el superior hubiese regresado, si sus gestiones habían sido

infructuosas.

No tardó en volver; no vi desde luego en su rostro las señales

de júbilo que anuncian por anticipado una buena noticia. «He

hablado--díjome--al jefe general de Policía, pero le he hablado

demasiado tarde. El señor de G... M... fué al salir de aquí, y de tal

modo le previno en contra vuestra que estaba a punto ya de enviarme

nuevas órdenes para hacer aún más severa vuestra prisión. «Sin embargo,

cuando le he puesto al corriente del verdadero fondo de vuestros

asuntos se ablandó, y riéndose un poco de la incontinencia del viejo

G... M..., me ha dicho que, de todos modos, habría que dejaros aquí

seis meses para darle una satisfacción, tanto más cuanto que la

estancia aquí os será provechosa. Me ha encargado que os trate bien y

podéis estar seguro de que no tendréis queja de mí».

La explicación del buen superior fué lo bastante larga para darme

tiempo de reflexionar, y así llegué a la conclusión de que mostrar

excesiva impaciencia por la libertad sería exponerme a echar por tierra

todos mis planes. Le aseguré, por el contrario, que, dada la dura

necesidad de permanecer allí, era grato consuelo para mí su estimación.

Le rogué acto seguido que me concediese una gracia que, no siendo

importante para nadie, me serviría a mí de gran consuelo. Limitábase a

avisar a un amigo mío, un santo sacerdote que estaba en San Sulpicio,

de que me hallaba en San Lázaro y a la vez permitirme recibir su

visita. Aquella gracia me fué concedida sin demora.

Tratábase de mi amigo Tiberio; no que esperase de él la libertad, pero

quería hacerle servir como instrumento inconsciente y ciego. He aquí,

en una palabra, mi plan: quería escribir a Lescaut y encargarle a él

y a nuestros comunes amigos del cuidado de libertarme. La primera

dificultad estribaba en hacer llegar a él mi carta; tal era la misión

de Tiberio. Sin embargo, como no conocía al hermano de mi querida,

temía yo que no quisiese encargarse de aquella misión. Mis designios

eran encerrar la carta de Lescaut dentro de otra dirigida a un buen

hombre a quien conocía, rogándole la llevase a su destino; y como era

preciso que yo viese a Lescaut para marchar acordes, quería indicarle

la conveniencia de venir a San Lázaro y de pedir que te dejasen verme,

tomando el nombre de mi hermano mayor y pretextando haber venido a

París noticioso de lo sucedido. Demoraba para nuestra entrevista la

adopción de los medios que nos pareciesen más fáciles y seguros. El

padre Superior hizo advertir a Tiberio de mis deseos. El fiel amigo

habíame perdido de tal modo de vista que ignoraba mis aventuras;

sabía, sí, que estaba yo en San Lázaro, y tal vez no lamentase aquella

desgracia que creía capaz de traerme al buen camino. Apresuróse a venir.

Nuestra entrevista estuvo llena de amistad. Quiso informarse de mis

disposiciones. Abríle sin reservas mi corazón, excepto, claro es,

en lo que a mi fuga se refería. «No es, ciertamente, ante vuestros

ojos, querido amigo, ante los que quiero mostrarme como no soy. Si

habéis creído encontrar un amigo sensato y arrepentido, un libertino

convertido por milagro del cielo, en una palabra, un corazón

desengañado del amor, y vuelto del maléfico encanto de su Manon, me

habéis juzgado demasiado favorablemente. Me encontráis tal y como me

dejasteis ha cuatro meses; siempre enamorado y siempre desgraciado por

ese fatal amor en el que no me canso de buscar mi dicha».

Me respondió que mi confesión me hacia indigno de disculpa, que se

veían muchos pecadores de tal modo embriagados por la falsa felicidad

del vicio que llegaban a preferirla a la de la virtud, pero que tenían

la excusa de que eran imágenes de dicha aquéllas a las cuales se

adherían fuertemente, y que estaban engañados; pero que reconocer, como

reconocía yo, que el objeto de mi pasión no servía más que para hacerme

culpable y desdichado, y continuar, sin embargo, arrojándome en la

desgracia y el crimen, era una contradicción de ideas y de conducta que

no hacía honor a mi buen juicio.

«Tiberio--le repliqué--, ¡qué fácil os es vencer cuando nada se opone

a vuestras armas! Dejadme razonar, a mi vez. ¿Podéis sostener que

lo que llamáis el honor y la virtud esté exceptuado de penas, de

contrariedades y de inquietudes? ¿Qué nombre dais a las prisiones, a

las cruces, a los suplicios y a las torturas de los tiranos? ¿Diréis,

como los místicos, que tales suplicios del cuerpo son un bien para

las almas? No osaréis decirlo; es una paradoja insostenible. Esa

dicha que de tal modo loais está, pues, mezclada con mil penas, o,

para hablar con propiedad, no es sino un tejido de padecimientos,

al través de los cuales se entrevé la felicidad. Pues bien, si la

fuerza de la imaginación puede hallar placer en tales dolores, porque

pueden conducir al término feliz que se espera, ¿por qué tratáis de

contradictoria e insensata en mi conducta una disposición semejante?

Amo a Manon; aspiro, al través de mil dolores y contrariedades, a ser

feliz con ella; el camino porque ando es de espinas, pero la esperanza

de llegar a mi fin esparce siempre dulzura: y me creeré bien pagado,

por un momento pasado con ella, de las penas y fatigas que sufro por

alcanzarle. Todas las cosas ofrecen una gran semejanza, de vuestra

parte y de la mía, y si hay diferencia es en favor mío, puesto que el

bien que espero es un bien cercano y el otro está lejos; el mío es de

la misma naturaleza de las penas, es decir, sensible al cuerpo; el otro

es algo desconocido que no existe sino por la fe».

Tiberio pareció espantado de aquel razonamiento. Retrocedió dos pasos

diciéndome con aire muy serio que no solamente atacaba, con lo que

acababa de decir, al buen sentido, sino que era además un desdichado

sofisma de impiedad y de irreligión. «Pues--terminó--ese paralelo entre

el término de vuestras penas y el que propone la religión, es una de

las ideas más monstruosas y libertinas que pueden darse».

«Confieso que no es justo--repliqué--. Pero, tened cuidado, pues no es

sobre él sobre lo que se basa mi razonamiento. Mi intención ha sido

explicar lo que considerais como contradicción en la perseverancia de

un amor desgraciado. Y creo haber probado que si contradicción existe

es tanto para vos como para mí. Sólo desde ese punto de vista he

considerado las cosas iguales y desde ese punto de vista, queráis o no,

lo son.

»¿Sostenéis que el objeto de la virtud es infinitamente más elevado

que el del amor? ¿Quién lo niega? ¿Pero es acaso de eso de lo que se

trata? ¿No se trata de las fuerzas que uno y otro puedan prestar para

sobrellevar las penas? Juzguemos por los efectos. ¡Cuántos desertores

no habrá de la severa virtud y cuán pocos en cambio del dulce amor! ¿Me

responderíais, acaso, que los sufrimientos que hay en el ejercicio

del bien son evitables, que no existen ya cruces ni tiranos y que son

muchas las gentes virtuosas que llevan una vida dulce y tranquila? Os

responderé que también hay amores dulces y afortunados y aun llegaré

a hacer una salvedad en mi ventaja, y es que el amor, hartas veces

mentiroso, no promete por lo menos sino satisfacciones y ventajas,

mientras que la religión quiere que se entregue uno a prácticas tristes

y mortificantes. No os alarméis--le dije al ver su celo próximo a

escandalizarse--. Lo único que quiero es demostraros que no hay peor

sistema para curar un corazón del amor que descubrirle dulzuras y

prometerle mayores dichas en la virtud. Tal como somos es indudable que

nuestra felicidad está en el placer; desafío a cualquiera a demostrarme

lo contrario; sentado esto, sólo me resta afirmar que el corazón no

necesita grandes razonamientos para llegar a la certeza de que de todos

los placeres los más sabrosos son los del amor. Bien pronto se da

cuenta de que le engañan cuando le ofrecen más placeres fuera del amor,

y este engaño le dispone a desconfiar de las promesas más sólidas.

»Predicadores que intentáis llevarme a la virtud, decidme que es

indispensable, necesaria; pero no pretendáis convencerme de que no

es severa y penosa. Estableced bien que las dulzuras del amor son

pasajeras, que están prohibidas, que serán castigadas con eternas

penas y, cosa que tal vez me impresione más que nada, que cuanto más

bellas y gratas sean, más generoso será el cielo para recompensar el

sacrificio de renunciar a ellas, pero no me neguéis tampoco que tal y

como están hechos nuestros corazones, son en este bajo mundo nuestras

más perfectas felicidades».

Aquel final de mi discurso devolvió la tranquilidad a Tiberio que me

confesó que tenían algo de razonable mis pensamientos. La sola objeción

que me opuso fué preguntarme por qué no era fiel a mis principios

sacrificando mi amor a la esperanza de aquella renumeración de que tan

alta idea me formaba. «¡Oh!, amigo mío--respondí--, es que reconozco

mi debilidad y mi miseria. Bien sé que es mi deber poner mis actos

al tenor de mis ideas, pero, ¿está en mi mano realizarlo? ¿De qué

sobrenaturales auxilios no necesitaría yo para olvidar los encantos

de Manon?--Dios me perdone--repuso Tiberio--, creo hallarme ante uno

de nuestros jansenistas.--No sé lo que soy--repliqué--, no sé tampoco

lo que debiera ser, pero demasiado experimenté la verdad de lo que

afirman».

Nuestra conversación tuvo por el pronto la ventaja para mí de avivar

la piedad de mi amigo. Comprendió que había más debilidad que malicia

en mis desórdenes. Su amistad estuvo en lo sucesivo más dispuesta a

prestarme su ayuda, sin la cual hubiese perecido infaliblemente. Sin

embargo, guardéme de descubrirle mi intención de escapar de San Lázaro.

Roguéle tan sólo se encargase de mi carta. Habíala preparado antes de

su llegada y no me faltaron pretextos para justificar mi necesidad de

escribirla. Tuvo la honradez de cumplir con exactitud mi encargo, y

así, Lescaut recibió mi misiva antes de la noche.

Vino a verme al día siguiente y consiguió sin dificultad pasar por mi

hermano. Mi alegría al verle en mi habitación fué extremada. Cerré la

puerta con precaución. «No perdamos ni un solo minuto--le dije--. Dadme

primero noticias de Manon y dadme después un buen consejo para romper

los hierros de mi prisión». Aseguróme que no había visto a su hermana

desde la víspera de nuestra detención, y que si había conseguido saber

algo de ella y de mí fué sólo a fuerza de indagaciones y cuidados. Y,

en fin, que habiéndose presentado dos o tres veces en el _hospital_,

habíanle negado el permiso para comunicar con ella. «¡Desgraciado G...

M...!--rugí furioso--¡cuán caro me lo has de pagar!».

--Por lo que a vuestra liberación se refiere, es empresa más difícil de

lo que podéis suponer. Hemos pasado gran parte de la noche dos amigos

y yo estudiando el edificio y llegamos a la conclusión de que dando

vuestros balcones a un patio rodeado de construcciones, costaría mucho

trabajo sacaros. Por otra parte, habitáis el tercero y es imposible

meter aquí ni cuerdas ni escalas. No veo, pues, ninguna ayuda que pueda

venir de fuera. Es pues, en la casa misma donde hay que hallar los

recursos.

--No--respondí--; lo he examinado todo, especialmente desde que mi

prisión es menos severa gracias a las bondades del superior, la puerta

de mi cuarto no se cierra ya con llave y disfruto de libertad para

pasearme en las galerías que corresponden a las celdas de los frailes;

pero todas las escaleras están obstruidas por fuertes puertas que

tienen buen cuidado de mantener cerradas noche y día, de modo que es

imposible que la habilidad baste a salvarme.

«Esperad--rectifiqué después de haber meditado sobre una idea que

me pareció excelente--; ¿podríais prestarme una pistola?--Muy

fácilmente--me contestó--; ¿pero es que queréis matar a alguien?».

Aseguréle que me hallaba tan lejos de la idea de matar a nadie, que ni

aun era necesario que la pistola estuviese cargada. «Traédmela y no

faltéis por la noche a las once frente a esta casa y acompañado de dos

o tres de vuestros amigos. Espero poder ir a reunirme con vosotros».

Quiso inútilmente otras explicaciones, pero yo le dije que una empresa

tal y como la que yo meditaba sólo después del éxito podía parecer

razonable. Le rogué abreviase su visita a fin de que le fuése más fácil

tener acceso hasta mí al día siguiente. Efectivamente, le dejaron

entrar sin oponer más dificultades que la vez primera. Su aspecto era

grave y no hay nadie que no le hubiese tomado por un hombre de honor.

Cuando me vi en posesión del instrumento de mi libertad no dudé ya del

éxito de mi empresa. Era extraño y arriesgado; pero ¿de qué no sería yo

capaz con los motivos que me animaban? Había yo observado, desde que

me era permitido salir de mi cuarto y pasearme por las galerías, que

todas las noches el portero entregaba todas las llaves al superior, y

que momentos después reinaba profundo silencio, que denunciaba a las

claras que todo el mundo dormía en la casa. Podía yo, sin obstáculo,

ir por una galería de comunicación, desde mi cuarto al de aquel padre.

Mi idea era quitarle las llaves, asustándole con la pistola si oponía

resistencia a dármelas, y ya con ellas abrirme paso. Esperé con

impaciencia. El portero vino a la hora de siempre, es decir, un poco

después de las nueve. Dejé pasar aún una hora para asegurarme de que

todos, frailes y criados, estaban dormidos. Salí al fin con mi pistola

y una vela encendida. Llamé suavemente a la puerta del superior,

procurando meter el menor ruido posible. Oyóme a la segunda vez, y

creyendo, sin duda, que se trataba de algún religioso que se había

puesto enfermo, vino a abrir. Tuvo, sin embargo, antes de franquear

la entrada, la precaución de preguntar quién era y qué querían de él.

No tuve, pues, más remedio que dar mi nombre, pero lo hice con tono

quejumbroso para darle a entender que me hallaba enfermo. «¡Ah!, sois

vos, querido hijo... ¿Qué es lo que os trae a tales horas?». Entré en

la habitación y ya allí le declaré sin ambages que me era imposible

seguir más tiempo en San Lázaro; que la noche me parecía propicia para

marcharse de allí y que esperaba de su amabilidad me diese las llaves o

me abriese él mismo.

Aquella explicación debió sorprenderle. Permaneció un rato

contemplándome, sin darme explicaciones; como no podía perder el

tiempo, tomé nuevamente la palabra para decirle que estaba muy

agradecido a sus bondades, pero que siendo la libertad el mejor de los

bienes, sobre todo para mí, a quien privaban de ella injustamente,

estaba decidido a procurármela aquella noche, fuése como fuése, y añadí

que para que no se molestase en elevar la voz llevaba en mi cinturón

una razón convincente. «¡Una pistola! ¿Cómo?, ¿queréis arrebatarme

la vida en pago a las bondades que he tenido con vos?--¡Dios me

libre!--respondíle--Tenéis demasiado talento para ponerme en ese

trance, pero quiero ser libre, y mi resolución es tan firme que si mi

plan se desbarata por vuestra culpa os hago responsable de ello.--Pero

hijo mío--protestó lleno de miedo y palideciendo--, ¿qué os he hecho?,

¿por qué razón deseáis mi muerte?--No, no--repliqué impacientándome--;

no quiero vuestra muerte, pero si queréis vivir abridme la puerta y

seré vuestro mejor amigo». Vi las llaves sobre su mesa, las cogí y le

rogué me siguiese, encareciéndole la necesidad de no hacer ruido.

Hubo a la fuerza de obedecerme. A medida que avanzábamos y que

franqueaba las puertas me repetía con un suspiro: «¡Ah, hijo mío, hijo

mío! ¡Jamás lo hubiera creído!--¡Cuidado con el ruido!--limitábame a

responder». Por fin llegamos a la gran puerta que daba a la calle.

Creíame ya libre, y permanecía detrás del fraile, con la pistola en una

mano, la vela en la otra.

Mientras él se apresuraba a abrir, un criado, que dormía en una

habitación vecina, al oir el ruido de los cerrojos asomó la cabeza a

la puerta. El buen padre le creyó capaz de detenerme, y le ordenó, con

harta imprudencia, que interviniese. Tratábase de un fornido bribón,

que se arrojó sobre mí sin vacilar. No me anduve en ambajes y le

disparé un tiro en pleno pecho. «He aquí de lo que sois culpable, padre

mío--díjele a mi guía--. Pero que esto no os impida seguir--añadí,

empujándole hacia la última puerta». No se atrevió a resistir. Salí sin

novedad, y a cuatro pasos de allí hallé a Lescaut con dos amigos, según

me habían prometido.

Nos alejamos. Lescaut me dijo que había creído oir un tiro. «Es culpa

vuestra--respondí--; ¿por qué me trajisteis la pistola cargada?». Sin

embargo, le di las gracias por aquella precaución, sin la cual hubiese

tenido San Lázaro para rato. Fuimos a acabar la noche a una taberna,

donde me indemnicé de la mala mesa que padecía hacía tres meses. No

tenía, sin embargo, humor para gozar de nada; sufría pensando en Manon.

«Hay que salvarla--dije a mis tres amigos--. No he deseado la libertad

más que con tal fin. Os pido la ayuda de vuestra maña; por lo que a

mí atañe estoy dispuesto a jugarme la vida en tal empresa». Lescaut,

que no carecía ni de talento ni de prudencia, nos hizo notar que había

que ir con mucha prudencia; que mi salida de San Lázaro y la desgracia

involuntaria, causada al huir, harían ruido; que el Jefe Superior de

Policía me haría buscar, y tenía las manos largas, y, en fin, que si no

quería exponerme a algo peor que San Lázaro, convenía que permaneciese

oculto unos días para dar tiempo a que el primer fuego de mis enemigos

se extinguiese.

Manon Lescaut(#75868) · 第 5 / 12 段