ir sin tardanza a ver al jefe superior de policía y al gran preboste
de París. Fuí, pero para mi mal; pues, aparte de que aquel paso, así
como los que hice dar a varios oficiales de policía, no sirvieron para
nada, di tiempo a Lescaut para hablar con su hermana y sugerirle en mi
ausencia una atroz determinación. Hablóla de M. de G... M..., viejo
voluptuoso que pagaba pródigamente los placeres, y le hizo ver tales
ventajas en ponerse bajo su protección que, turbada como estaba por
nuestra desgracia, acabó por aceptar cuanto él tuvo a bien proponerle.
Tan honroso trato cerróse antes de mi regreso, y su realización quedó
aplazada para el día siguiente, después que Lescaut hubiese prevenido
a M. de G... M... Encontré a Lescaut que me aguardaba en mi casa;
pero Manon se había acostado y dado orden a su lacayo de decirme que,
necesitada como estaba de reposo, me rogaba la dejase sola por aquella
noche. Lescaut se separó de mí, no sin ofrecerme unas _pistolas_, que
acepté. Eran ya las cuatro cuando me acosté, y habiendo aun meditado
largamente sobre los medios de rehacer mi fortuna, me dormí tan tarde
que hasta las once no pude despertarme. Levantéme prestamente para ir
a informarme de la salud de Manon y me dijeron había salido una hora
antes con su hermano, que vino a recogerla en una carroza de alquiler.
Aunque tal salida me pareció sospechosa, violentéme para rechazar mis
sospechas. Dejé transcurrir algunas horas, que pasé entregado a la
lectura. Por fin, no siendo ya dueño de mi inquietud, púseme a pasear
a grandes pasos por nuestras habitaciones. Vi en la de Manon una carta
cerrada que estaba sobre su mesa. La abrí con mortal presentimiento.
Estaba concebida en estos términos:
«Te juro, amado caballero, que tú eres el ídolo de mi corazón y que
no hay sino tú en el mundo a quien pueda amar como te amo... ¿Pero no
comprendes, pobre alma mía, que en las circunstancias a que nos vemos
reducidos es necia virtud la fidelidad? ¿Crees que sin pan vive la
ternura? El hambre me causaría alguna equivocación fatal; cualquier día
lanzaría el último suspiro creyendo lanzar uno de amor. Te adoro, ten
la seguridad de ello, pero déjame durante algún tiempo ser yo la que
se ocupe de rehacer nuestra fortuna. ¡Desgraciado aquél que caiga en
mis redes! Trabajo por hacer a mi caballero rico y feliz. Mi hermano te
dará noticias mías y te dirá lo mucho que sufro ante la necesidad de
abandonarte».
Quedé, tras la lectura de esta carta, sumido en un estado que me será
muy difícil describir, pues ignoro aún hoy qué sentimientos me agitaban
entonces. Fué una de esas situaciones únicas que no han tenido paridad
en otra alguna. No sabe uno explicárselas a los demás porque no pueden
tener ni una idea aproximada de ellas, y es muy difícil explicárselas
a sí mismo, porque siendo únicas en su clase no se enlazan a nada en
nuestra memoria y no pueden ni aun compararse con ningún sentimiento
conocido. De todos modos, cualesquiera que fuesen los míos,
participaban desde luego del dolor, del despecho, de los celos y de la
vergüenza. ¡Feliz de mí si no hubiese sido aún mayor la dosis de amor!
«Me ama, quiero creerlo así; pero ¿no necesitaría ser un monstruo para
odiarme? ¿Qué derechos existieron jamás sobre un corazón que no tenga
yo sobre el suyo? ¿Qué podría hacer por ella después de todo lo hecho
ya? ¡Sin embargo, me abandona y la ingrata se cree a cubierto de mis
reproches con decirme que no ha cesado de amarme! Y habla del hambre.
¡Gran Dios, con qué grosería de sentimientos responde a mi delicadeza!
¡No pensaba yo en eso cuando por amor a ella renuncié a mi fortuna y a
las dulzuras del hogar paterno; yo que me he privado hasta de lo más
preciso para proporcionarle sus menores deseos y sus menores caprichos!
Me adora, dice. ¡Si me hubieses adorado, ingrata, no hubieses aceptado
los consejos que te daban, no me hubieses abandonado al menos sin
decirme adiós! Soy yo quien ha de decir los crueles sentimientos que
se experimentan al separarse de las personas a quienes se ama». Mis
quejas viéronse interrumpidas por una visita con la que no contaba. La
de Lescaut. «¡Verdugo!--le dije echando mano a la espada--; ¿Dónde
está Manon? ¿Qué has hecho de ella?». Mi impulso pareció aterrarle.
Díjome que si era así como le recibía, justamente cuando venía a darme
cuenta del mayor servicio que cabía ofrecerme, iba a retirarse para no
volver jamás a poner los pies en mi casa. Corrí a la puerta, que cerré.
«No creas--díjele encarándome con él--que vas una vez más a engañarme
con fábulas y cuentos. Has de defender tu vida o devolverme a mi
Manon.--¡Cuidado que sois vivo de genio! Es justamente la única razón
que aquí me trae. Vengo a comunicaros una dicha que no esperáis y por
la que tal vez me debáis un poco de agradecimiento».
Quise una explicación inmediata. Contóme entonces que Manon no pudiendo
con el miedo a la miseria y sobre todo resignarse de golpe y porrazo
a la reducción de nuestro tren, habíale rogado que le presentase a M.
de G... M..., que pasaba por ser hombre generoso. Guardóse, claro es,
muy bien de decirme que había sido él quien se lo propuso y que había
arreglado las cosas antes de decidirla a ello. «La he presentado esta
mañana, y el buen caballero se ha mostrado tan satisfecho que por
primera providencia la ha invitado a ir a pasar unos días con él en su
casa de campo. Yo--prosiguió Lescaut--que he comprendido en seguida de
qué utilidad podía ser aquello para vos, le hice saber discretamente
que Manon había experimentado en estos últimos tiempos grandes pérdidas
en el juego, y de tal modo he sabido exaltar su generosidad que ha
empezado por hacerle un donativo de doscientas _pistolas_. Le he dicho
que eso estaba bien por el momento, pero que el porvenir traería a mi
hermana grandes gastos, que además se había encargado de la educación
de un hermano menor que nos había quedado después de la muerte de
nuestros padres, y que si la estimaba como decía, no la dejaría
padecer en la persona del pobre niño, que Manon miraba como la mitad
de sí misma. Tal narración ha tenido la virtud de enternecerle. Se ha
comprometido a alquilar una casa cómoda para ella y para vos, puesto
que vos sois ese pobre hermanito huérfano; ha prometido amueblárosla
con decoro y pasaros además, todos los meses, cuatrocientas libras
que, o yo no sé contar, o hacen cuatro mil ochocientas al año. Ha dado
orden a su intendente antes de marchar al campo, de buscar una casa y
tenerlo todo dispuesto para su regreso. Entonces veréis a Manon que me
ha encargado mil abrazos para vos y deciros que os ama más que nunca».
Sentéme a meditar sobre aquellos curiosos lances que me deparaba
la suerte. Hallábame en tal perplejidad que tardé mucho tiempo en
contestar a las preguntas con que Lescaut me agobiaba. Fué entonces
cuando el honor y la virtud hiciéronme sentir aún las mordeduras del
remordimiento y cuando eché una mirada retrospectiva que abarcaba
Amiens, la casa paterna y San Sulpicio, todos los lugares, en fin, en
que viví inocente y feliz. ¡Qué inmenso abismo separábame de aquellos
días dichosos! Ya no los veía sino como lejanas sombras que si bien
aun atraían mis deseos y mis nostalgias no tenían ya fuerza para hacer
brotar la voluntad. «¿Por qué fatalidad--decíanme--me han hecho de tal
modo criminal? El amor es una pasión inocente; ¿cómo se ha tornado para
mí en fuente de miserias y desórdenes? ¿Qué me impedía vivir virtuoso y
feliz junto a Manon? Mi padre que tan tiernamente me amaba, ¿no hubiese
cedido de apremiarle con justas instancias? ¡Ah!, mi padre hubiérala
amado él mismo como a una hija querida digna de hacer la dicha de su
hijo y ahora sería yo feliz con el amor de Manon, el afecto de mi
padre, la estima de las gentes honradas, los bienes de la fortuna y la
tranquilidad de la virtud. ¡Cruel contrasentido! ¿Qué infamia vienen
a proponerme? ¿Qué abyecciones voy a compartir? ¿Pero, me queda el
recurso de vacilar siendo Manon la que lo ha arreglado y perdiéndola
yo si no me conformo a ello?». «Señor Lescaut--grité cerrando los ojos
como para apartar tan descorazonadoras reflexiones--, si su intención
es servirme os doy las gracias; tal vez hubieseis podido tomar por más
honrados caminos, pero es cosa hecha, ¿verdad? No pensemos pues sino en
aprovechar vuestros esfuerzos y en poner en práctica vuestro proyecto».
Lescaut a quien mi cólera seguida de tan largo silencio había sumido
en la inquietud, pareció encantado de verme tomar un partido tan
distinto del que temiera. Era todo menos valiente y de ello tuve
buenas pruebas a continuación. «Si, sí, ya lo creo--aseguró--, es un
verdadero favor el que os he hecho y ya veréis cómo trae más ventajas
de las que ahora parece». Pusímosnos de acuerdo sobre la manera de
disipar la desconfianza que M. de G... M... pudiese abrigar sobre
nuestra pretendida fraternidad viéndome mayor y más viejo de lo que
probablemente esperaría. No encontramos sistema mejor que tomar ante el
aire inocente y provinciano y hacerle creer que mi deseo era abrazar
el estado eclesiástico, para lo cual asistía diariamente al colegio.
Resolvimos también que mi indumentaria dejaría mucho que desear la
primera vez que me presentase ante él.
Volvió a la ciudad tres o cuatro días después; llevó él mismo a Manon
a la casa que su intendente había tenido cuidado de preparar. Hizo
prevenir en seguida a Lescaut de su regreso, y habiéndome avisado éste
a mí, los dos nos presentamos en la casa. El viejo amante había partido
ya.
Pese a la resignación con que me había sometido a su voluntad, no pude
reprimir la protesta de mi corazón al verme ante ella. La parecí triste
y mustio; la alegría de su presencia no era suficiente para borrar la
pena de su infidelidad. Ella, por el contrario, parecía transfigurada
por la alegría de verme. Hízome reproches de mi frialdad; no impidió,
sin embargo, que los epítetos de pérfida e infiel se escapasen de mis
labios, acompañados de otros tantos suspiros.
Burlóse primero de mi simplicidad; pero cuando vió mis miradas fijarse
en ella laceradas y la tristeza que ponía en aceptar un cambio tan
opuesto a mi genio y a mis deseos, fuése sola a su habitación, y como
un momento después la siguiera, encontréla deshecha en llanto. Le
pregunté la causa. «¡Bien fácil es adivinarla!--respondióme--. ¿Cómo
he de vivir si mi presencia os da ese aspecto sombrío y os entristece?
No habéis sido para hacerme una caricia en una hora que lleváis aquí
y habéis recibido las mías con la dignidad del Gran Turco en su
serrallo».--«Escuchadme, Manon--repliquéle, abrazándola--. No puedo
ocultaros que tengo el corazón mortalmente afligido. No hablo ahora de
la alarma en que vuestra fuga me sumió, ni de la crueldad que supone
dejarme sin una palabra de consuelo, después de pasar la noche en un
lecho que no era el mío; el encanto de vuestra presencia me haría
olvidar mucho más. Pero ¿creéis que puedo pensar, sin que un sollozo se
escape de mi garganta y las lágrimas se agolpen a mis ojos--proseguí,
vertiendo algunas--, en la triste vida que pretendéis lleve yo en esta
casa? Dejemos mis miramientos y mi honor a un lado; no son tan débiles
razones las que han de combatir un amor como el mío; pero ese mismo
amor, ¿no comprendéis que ha de gemir al verse tan mal recompensado o,
mejor dicho, tan cruelmente tratado por una querida dura e ingrata?».
Interrumpióme: «Escuchad, mi caballero; es inútil atormentarme con
reproches que me desgarran el corazón cuando vienen de vos. Bien veo lo
que os hiere. Esperaba que aceptaríais el proyecto que había discurrido
para rehacer nuestra fortuna y era por respeto a vuestra delicadeza
que comenzara a ponerlo en ejecución sin consultároslo; pero puesto que
no lo aprobáis, renuncio a él». Añadió que tan sólo me pedía un poco
de complacencia para acabar el día, que había recibido ya doscientas
pistolas de su viejo amante, que además habíale prometido traerle
un collar de perlas y algunas otras alhajas, más la pensión anual.
«Dejadme tan sólo--imploró--el tiempo de recibir sus presentes. Os
juro que no podrá jactarse de lo que ha obtenido de mí, pues yo he ido
demorando mi rendición hasta hallarnos de vuelta aquí. Verdad es que
me ha besado más de un millón de veces las manos; justo es que pague
ese placer y no le costará menos de cinco o seis mil francos, precio
proporcionado a sus años y a sus riquezas».
Su determinación me fué mucho más agradable que la esperanza de los
cinco o seis mil francos. Tuve ocasión de contestar que mi corazón
no había perdido aún todo sentimiento de honor, puesto que palpitaba
satisfecho de escapar a aquella infamia. Pero había yo nacido para
las alegrías cortas y los dolores largos. La fortuna no me salvaba
de un precipicio sino para arrojarme en otro más hondo. Después de
haber mostrado a Manon mi júbilo por mil mimos y caricias, díjele que
convenía advertir a Lescaut para que nuestras medidas fuesen acordes.
Puso él algunos reparos; pero la idea de los cuatro o cinco mil francos
contantes y sonantes hiciéronle entrar alegremente en nuestros planes.
Quedó acordado que nos reuniríamos todos a comer con M. de G... M...,
por dos razones: una, para ofrecerme una escena divertida, haciéndome
pasar por un escolar hermano de Manon; la segunda, para impedir que
el viejo libertino se propasase con exceso con su querida, usando de
un derecho que creería haber adquirido pagándole, tan generosamente,
por adelantado. Debíamos retirarnos Lescaut y yo en el momento en
que subiese a la habitación donde pensaba pasar la noche. Manon
ofreciónos que, en vez de seguirle, se escaparía y vendría a reunirse
con nosotros. Lescaut prometió tener una carroza en la puerta. Llegada
la hora de la cena, M. de G... M... no se hizo esperar. Lescaut y su
hermana estaban en la sala. La primera atención del viejo fué ofrecer
a su bella un collar, brazaletes y arracadas de perlas, que valían,
por lo menos, mil escudos; en seguida contóla en bellos luises de oro
la suma de dos mil cuatrocientas libras, que constituían la mitad de
la pensión, no sin sazonar su presente con mil ternuras, muy en el
género de la antigua Corte. Manon no pudo negarle algunos besos, que al
fin y al cabo eran pago del dinero que le pusiera entre las manos. Yo
esperaba tras de la puerta, a que Lescaut me avisase que podía entrar.
Vino a por mí en cuanto Manon hubo guardado el dinero y las alhajas.
Llevóme a M. de G... M... y me ordenó hacerle una reverencia. Hícele
dos o tres de las más profundas. «Dispénsele, caballero--advirtió
Lescaut--; es un chiquillo, novato en lides sociales. Está muy lejos,
como veréis, de tener los aires de París, pero esperamos que un poco de
costumbre le dará aplomo. Tendréis el honor de ver aquí con frecuencia
al señor--continuó, volviéndose a mí--; aprovechad la lección de tan
noble modelo».
El viejo amante pareció encantado de verme. Dióme unos golpecitos en
la mejilla, diciéndome que era un guapo chico, pero que, por lo mismo,
había de andar sobre guardia en París, donde los muchachos resbalaban
fácilmente hacia el desbarajuste. Lescaut tranquilizóle, asegurándole
que era de natural tan serio que no pensaba sino en hacerme sacerdote
y que mi único entretenimiento consistía en construir rosarios.
«Encuentro en él cierto parecido con Manon--afirmó el viejo, alzándome
la cabeza con la mano.--Caballero, nos tocamos tan de cerca que es
natural... así es que quiero a Manon como a mí mismo.--¿Oís?--hizo
observar a Lescaut--. Tiene ingenio y es lástima que este muchacho no
posea un poco más de mundo.--¡Oh!, caballero--repliqué--. He aprendido
ya mucho en nuestras iglesias y creo que los habrá en París más tontos
que yo.--¿Lo veis? Es pasmoso su despejo para un chico provinciano».
Toda nuestra conversación fué poco o menos la misma durante la comida.
Manon, que era tentada a la risa, estuvo en varias ocasiones a punto
de estropearlo todo con sus carcajadas. En cuanto a mí, tuve en el
trascurso de la cena ocasión de narrarle su propia historia y aun
de predecir la desgracia que le amagaba. Manon y Lescaut estaban
yertos durante mi cuento, sobre todo al trazar yo su retrato; pero
el amor propio puso una venda en los ojos de la víctima impidiéndole
reconocerse, y supe, por mi parte, rematar de tal modo la historia, que
él fué el primero en encontrarla jocosa. Como ahora veréis, no ha sido
sin motivo que me he extendido con respecto a esta ridícula escena.
Llegó, por fin, la hora de acostarse, y el viejo habló de amor y de
impaciencia. Nos retiramos Lescaut y yo. Condujéronle a su cuarto,
y Manon, habiendo salido de él con pretexto de una imprescindible
necesidad, vino a reunírsenos en la puerta. La carroza, que nos
esperaba tres o cuatro casas más allá, avanzó para recogernos y en
pocos momentos nos alejamos del barrio.
Aunque, a mis ojos, aquella acción fuése una verdadera canallada, no
era ciertamente la peor que debía tener que reprocharme. Más escrúpulos
me inspiraba el dinero adquirido en el juego. Pero tan poco disfrutamos
del uno como del otro, y plugo al cielo que el más leve de los dos
delitos fuése el más severamente castigado.
M. de G... M... no tardó mucho en darse cuenta de que había sido
engañado. No sé si hizo desde aquella misma noche gestiones para
dar con nuestro paradero; pero lo que sí sé es que tenía demasiado
crédito para hacerlas mucho tiempo inútilmente, y que nosotros, por
nuestra parte, fuimos lo suficientemente indiscretos para contar con
las dimensiones de París y la distancia que había entre nuestro nuevo
barrio y el suyo. No sólo supo nuestra habitación, sino también la
vida que lleváramos anteriormente en París, los amores de Manon con
B..., la mixtificación de que le hiciera víctima, en una palabra, todos
los lances escandalosos de nuestra historia. Tomó la resolución de
hacernos detener y de tratarnos, más que como a delincuentes, como a
aturdidos libertinos. Aún estábamos acostados cuando entró en nuestra
habitación un inspector de policía, seguido de una docena de guardias.
Por primera providencia incautáronse de nuestro dinero, o, mejor
dicho, del de G... M..., y luego, haciéndonos levantar sin demora, nos
llevaron a la puerta, donde nos esperaban dos carrozas, en una de las
cuales la pobre Manon fué arrebatada, sin razones de ningún género,
mientras la otra me conducía a mí a San Lázaro.
Hay que haber pasado por tales sinsabores para poder juzgar de la
desesperación en que me dejaron sumido. Mis guardianes tuvieron la
crueldad de no permitirme abrazar a Manon, ni decirle ni una palabra de
adiós. Por mucho tiempo ignoré lo que había sido de ella. Fué esto una
suerte para mí, pues una catástrofe semejante me hubiera hecho perder
la razón y tal vez la vida.
Mi pobre amada fué, pues, arrebatada ante mis propios ojos y conducida
a un lugar cuyo solo nombre me estremece. ¡Qué horrenda suerte para
una criatura tan bella, que hubiese ocupado el primer trono del mundo
de tener todos los hombres mis ojos y mi corazón! No la trataban mal,
a decir verdad; pero encerráronle en estrecha prisión y condenáronla a
realizar todos los días algunos trabajos como condición imprescindible
para atender a su alimentación. No supe estos detalles sino algún
tiempo después, cuando yo mismo había pasado por rudas penalidades.
No habiéndome mis guardianes advertido tampoco el lugar donde tenían
orden de conducirme, no lo supe hasta verme en la puerta de San Lázaro.
Hubiera preferido en aquel momento la muerte al estado en que me creí
próximo a caer. Tenía yo una idea terrible de aquella casa. Mi espanto
subió de punto al ver que, una vez allí, mis guardianes registraban mis
bolsillos para cerciorarse de que no me quedaba ningún arma ni medio
alguno de defensa.
Fuí conducido inmediatamente a presencia del superior, que ya estaba
prevenido de mi llegada. Saludóme con gran bondad. «Padre mío,
libradme, os lo suplico, de toda humillación. Mil vidas que tuviese
perdería antes de pasar por una.--No, no, caballero--respondióme--;
vuestra conducta será prudente y quedaremos satisfechos el uno del
otro». Rogóme que subiese con él a una de las habitaciones del piso
alto y le seguí sin resistencia. Los arqueros nos acompañaron y a una
seña del superior se fueron dejándonos solos.
«¿Soy vuestro prisionero?--le dije--Pues bien, padre mío, decidme qué
pensáis hacer de mí». Díjome que estaba satisfecho de verme tomar
aquel tono sensato, que su deber sería trabajar para inculcarme el
amor a la virtud y a la religión, y el mío aprovechar sus enseñanzas,
y que por poca buena voluntad que yo pusiese no hallaría sino placer
en mi soledad. «¡Oh, padre mío!--suspiré--No conocéis lo único capaz
de contentarme en la tierra».--«Lo sé; pero espero que vuestras
inclinaciones cambiarán». Su respuesta me hizo comprender que estaba
enterado de mis aventuras y quizás de mi nombre también. Pedíle una
aclaración y me dijo que, como era natural, le habían informado de todo.
Aquella aclaración fué el más cruel de mis castigos. Empecé a derramar
un torrente de lágrimas con todas las señales de la mayor amargura. No
podía consolarme de una humillación que iba a hacer de mí la comidilla
de todos mis conocimientos y el ludibrio de mi familia. Así pasé ocho
días en la aflicción, incapaz de saber nada, ni de ocuparme de nada que
no fuése mi oprobio. El mismo recuerdo de Manon nada añadía a mi dolor:
todo lo más, entraba como un sentimiento precursor de aquella nueva
pena; la pasión dominante en mi alma era la vergüenza y la confusión.
Pocas personas conocen la fuerza de esos movimientos particulares del
corazón. La mayoría de los hombres no son capaces sino de cinco o seis
pasiones, en cuyo círculo transcurre su vida, reducidas a ellas todas
sus emociones. Quitadles el amor y el odio, el placer y el dolor, la
esperanza y el miedo y, no les quedará ya nada. Pero las personas
de carácter más noble pueden sentirse angustiadas de mil maneras
distintas; diríase que poseen más de cinco sentidos y que pueden
experimentar sensaciones que se salen de las normas de la naturaleza. Y
como poseen este sentimiento que les eleva del nivel de lo vulgar, no
hay nada en el mundo que tengan en más estima. De ahí viene que sufran
tan intensamente ante el desprecio y que la vergüenza sea una de sus
pasiones más violentas.
Tenía yo esa triste ventaja en San Lázaro. Mi pena pareció tan excesiva
al superior, que temiendo las consecuencias ulteriores, creyó deber
tratarme con bondad e indulgencia. Visitábame dos o tres veces al día.
Hacíame con frecuencia acompañarle para dar un paseo por el jardín y su
celo se desbordaba en exhortaciones y advertencias saludables. Yo las
escuchaba con mansedumbre y aun le demostraba reconocimiento. De ahí
sacó la esperanza de mi conversión.
«Sois de natural tan dócil y amable--díjome un día--que no acierto a
comprender los desórdenes de que se os acusa. Dos cosas me asombran:
una, cómo con tan buenas cualidades habéis podido entregaros a tales
excesos de libertinaje; otra, que admiro aún más cómo recibís con tal
conformidad y respeto mis exhortaciones después de varios años de
desorden. Si es arrepentimiento, sois un ejemplo palpable de la bondad
del cielo; si es bondad natural, tenéis por lo menos un excelente fondo
de carácter, que me hace esperar que no necesitaremos teneros aquí
mucho tiempo para haceros volver a una vida honrada y regular».
Contentísimo me hallé de saberle tan buena opinión de mí. Decidí
afirmarle en ella por una conducta que pudiese satisfacerle por
completo, cierto como estaba de que era la manera de abreviar mi
cautiverio. Pedíle libros. Sorprendióse de que habiéndome dejado la
elección de los que deseaba leer, me decidiese por algunos autores
serios. Afecté aplicarme al estudio con el mayor fervor y le di en toda
ocasión pruebas del cambio que anhelaba.
Sin embargo, todo aquello era puramente externo. Debo confesarlo para
mi vergüenza; desempeñaba en San Lázaro hipócritamente un papel de
hipócrita. En vez de estudiar cuando estaba solo no hacía sino lamentar
mi destino. Maldecía mi prisión y la tiranía que me tenía en ella.
No bien se calmó un tanto la zozobra en que me arrojara la vergüenza
primera, volví a caer en los tormentos del amor. La ausencia de Manon,
la incertidumbre en que me encontraba respecto a su destino, el temor
de no volver a verla nunca, eran los únicos motivos de mis tristes
meditaciones. Me la imaginaba en los brazos de G... M..., pues aquella
fué mi primera idea, y lejos de creer que le habían dado el mismo trato
que a mí, pensaba que me había alejado para poseerla tranquilamente.
Pasé así días y noches que me parecieron interminables. No tenía
esperanza sino en el éxito de mi hipocresía. Observaba cuidadosamente
el semblante y las palabras del Superior para cerciorarme bien de lo
que pensaba de mí y me esforzaba en ganar su confianza considerándole
como árbitro de mi destino. Fácil me fué notar que todas sus simpatías
estaban conmigo. Llegué a no dudar de sus buenas disposiciones para
servirme.