nuestra vuelta a Chaillot, quiso absolutamente acompañarnos. Hubo que
cederle un sitio en la carroza. Fué una verdadera toma de posesión,
porque se aficionó de tal modo a vernos que hizo de la nuestra su casa,
y se hizo dueño en cierto modo de cuanto nos pertenecía. Llamábame
hermano, y pretextando la gran confianza que tenía, dió en llevar
a todos sus amigos a Chaillot y en obsequiarlos a costa nuestra.
Vistióse con magnificencia por nuestra cuenta y hasta nos comprometió
a pagar todas sus deudas. Cerraba yo los ojos a aquella tiranía para
no disgustar a Manon y aun aparentaba no darme cuenta de que de vez
en cuando le sacaba sumas de consideración. Verdad es que, siendo un
terrible jugador, tenía la honradez de entregarle una parte de las
ganancias cuando la fortuna le era favorable; pero la nuestra era
demasiado mediocre para poder atender a tan considerables gastos. A
punto estaba yo de tener una explicación con él para librarme de sus
inoportunidades, cuando un accidente funesto me ahorró el trabajo,
causándonos otro mucho más grave, que nos dejó sin recursos.
Nos habíamos quedado un día a dormir en París, como sucedía con harta
frecuencia. La criada que dejábamos en tales ocasiones en Chaillot al
cuidado de la casa vino a advertirme por la mañana que había habido
un incendio durante la noche en nuestra casa y que había costado gran
trabajo el extinguirlo. La pregunté si nuestro mueblaje había sufrido
algún daño y me respondió que era tal la multitud de gente extraña que
había tomado parte en la extinción que no podía responder de nada.
Temblé por nuestro dinero, encerrado en una cajita, y fuíme a Chaillot
con la mayor premura. ¡Diligencia inútil! La caja había desaparecido
ya. Comprendí entonces cómo puede amarse el dinero sin ser avaro. La
pérdida de mi tesoro me causó tan vivo dolor que casi perdí la razón.
Comprendí de golpe las nuevas desdichas que me aguardaban. La pobreza
era la menor. Conocía a Manon; sabía que por muy fiel y enamorada
que fuése en la fortuna, no había que contar con ella en la miseria.
Gustaba demasiado de la abundancia y los placeres para sacrificármelos.
«¡La perderé!--exclamé--¡Desgraciado caballero, volverás a verte
privado de cuanto amas en el mundo!». Tal idea me hizo caer en tan
negra desesperación que por un momento pensé que tal vez sería mejor
acabar mis males con la muerte.
Sin embargo, quedóme bastante presencia de ánimo para examinar por
anticipado si no me quedaba ningún otro recurso. El cielo me sugirió
una idea que contuvo mi desesperación; parecióme que no sería imposible
ocultar nuestra pérdida a Manon y que por habilidad, o con ayuda de la
casualidad, podría subvenir a sus necesidades en medida suficiente para
que no sintiese privación ninguna.
«Contaba yo--me decía a mí mismo, para consolarme--con que veinte mil
escudos nos bastarían para seis años. Figurémonos que los seis años han
pasado y que ninguno de los cambios que esperaba haya tenido lugar en
mi familia. ¿Qué partido tomaría? No lo sé; pero ¿qué haría entonces
que no pueda hacer ahora? ¡Cuántas gentes viven en París que no poseen
ni mi ingenio, ni mis cualidades naturales y que, sin embargo, deben
sus medios de vida a sus habilidades propias! La Providencia--añadía,
razonando siempre sobre los diversos estados de la vida--, ¿no ha
arreglado las cosas sabiamente? La mayoría de los ricos y de los
poderosos son necios. Esto está bien claro para quien conoce un poco el
mundo. Pues bien, en ello hay una ley de justicia admirable; si ellos
uniesen el talento al poder y a la riqueza serían demasiado felices, y
el resto de los humanos demasiado desdichados. Las cualidades físicas
y morales han sido concedidas a los menesterosos como medio de salir
de la pobreza y la miseria. Los unos tratan de aprovecharse de la
riqueza de los ricos, ayudándoles en sus placeres, y hacen de ellos sus
víctimas; los otros, contribuyen a su instrucción y tratan de hacer de
ellos hombres honrados; claro es que rara vez lo consiguen; pero eso ya
no entra en los planes de la divina sabiduría; por lo menos sacan fruto
a sus desvelos: el de vivir a costa de aquéllos a quienes instruyen. De
cualquier modo que se mire es innegable que es una renta saneada para
los pobres la necedad de los ricos».
Tales pensamientos me reanimaron un poco el corazón y la cabeza.
Resolví como primera medida, ir a consultar a M. Lescaut, hermano de
Manon. Conocía perfectamente París y ocasiones no me habían faltado
para convencerme que no era ni de sus rentas, ni de la paga del Rey,
de donde sacaba sus más saneados ingresos. Quedábanme apenas veinte
_pistolas_ que felizmente para mí, guardaba en el bolsillo. Mostréle
mi bolsa confiándole mi desgracia y mis crueles dudas, y acabé por
preguntarle si no veía para mí más solución que morirme de hambre o
saltarme, desesperado, la tapa de los sesos. Contestóme que saltarse la
tapa de los sesos era recurso de necios; en cuanto a morirse de hambre,
efectivamente, había mucha gente de ingenio que se veía reducida a ello
cuando no quería hacer uso de sus habilidades; que sólo de mí dependía
el saber si era o no capaz de ello; que, por lo que a él se refería, no
podía sino ofrecerme su ayuda y su consejo en todas mis empresas.
«Todo eso es muy vago--le respondí.--Mis apuros piden más pronto
remedio, y soluciones más radicales, así por ejemplo, ¿qué voy a decir
a Manon?--A propósito de Manon--me interrumpió--; ¿qué es lo que os
apura? ¿No tenéis en ella el medio, con sólo quererlo, de acabar para
siempre con vuestras inquietudes? Una mujer como ella debía bastar a
sostenernos a los tres». Cortóme la respuesta que tal impertinencia
merecía, para decirme que me garantizaba mil escudos a partir entre los
dos, antes de la noche, si aceptaba su consejo; que conocía a un señor,
liberal en materia de placeres, que estaba seguro que daría gustoso los
mil escudos con tal de obtener los favores de una mujer como Manon.
Le interrumpí: «Tenía mejor opinión de vos; siempre creí que el
motivo que os impulsaba a distinguirme con vuestra amistad era un
sentimiento muy distinto del que os mueve a hablarme ahora». Confesóme
impúdicamente que lo mismo había pensado siempre y que, desde que su
hermana había violado las leyes de su sexo, aunque fuése en favor
del hombre que más amaba en el mundo, no se había reconciliado con
ella sino con el designio de sacar provecho de su mala conducta. Poco
trabajo me costó comprender que hasta entonces habíamos sido sus
víctimas. Por muy grande que fuera la impresión que su discurso me
causara, la necesidad que tenía de él me obligó a contestarle riendo
que su consejo era un recurso extremo, que habría que dejar para un
caso desesperado. Le rogué que me indicase otro cualquier camino.
Propúsome en vista de ello aprovechar mi juventud y mi buena figura
para ponerme bajo la protección de alguna dama vieja y generosa.
Tampoco me agradó aquel medio que me hacía infiel a Manon.
Le hablé yo entonces del juego como del remedio más decoroso y más
conveniente a mi situación. Díjome que el juego era en verdad un
recurso pero que aquello exigía una explicación; que ponerse a jugar
con las esperanzas de la suerte era rematar seguramente mi pérdida; que
tratar de emplear yo sólo y sin ninguna ayuda ajena, los medios que
cualquier hombre hábil usa para corregir las injusticias de la suerte,
era oficio harto peligroso; que quedaba un tercer recurso que era el
de la asociación, aunque mi juventud le hacía temer que los señores
confederados no me juzgasen con las cualidades necesarias para entrar
en la liga. Sin embargo, ofrecióme interponer sus buenos oficios y lo
que es más, y nunca hubiese esperado de él, puso a mi disposición algún
dinero si me urgía. Yo, por mi parte, lo único que le pedí fué que nada
dijese a Manon de la pérdida que habíamos sufrido ni de la conversación
habida entre ambos.
Salí de su casa aún menos satisfecho que había entrado, y hasta me
arrepentí de haberle confiado mi secreto. Nada había hecho por mí que
no hubiese podido lograr de él sin necesidad de confiarle mi cuita, y
en cambio temía mortalmente que faltase a la promesa que me hiciera
de no decir nada a Manon. Además, llegué a temer, analizando sus
sentimientos para con mi querida, que aspirase a explotarla por su
cuenta, arrancándola de mis manos o aconsejándola por lo menos que me
abandonase por otro amante más rico y más feliz. Respecto a todo esto
hice mil reflexiones que no sirvieron sino para atormentarme y renovar
la desesperación en que me hallaba por la mañana. Varias veces se me
ocurrió el pensamiento de escribir a mi padre fingiendo una nueva
conversión para así obtener algún dinero, pero me detuvo la idea de
que, pese a su bondad, me había encerrado seis meses en severa prisión
por mi primera falta y que después de un escándalo, como el que debió
de producir mi fuga de San Sulpicio, me impondría castigo mucho más
severo.
En fin, en aquel torbellino de ideas se destacó una que devolvió la
calma a mi espíritu y me hizo asombrarme de no haberla concebido antes.
Fué recurrir a Tiberio en quien tenía la seguridad de hallar el mismo
fondo de amistad. Nada hay más admirable, ni nada hace más honor a
la virtud que la confianza con que nos dirigimos a las personas cuya
probidad nos es conocida. Sentimos que no hay riesgo en ello; si no
siempre están en condiciones de ayudar materialmente, por lo menos
estamos seguros de hallar bondad y compasión. El corazón que se cierra
con tan gran cuidado, ante los otros hombres, ábrese espontáneamente en
su presencia como se abre una flor a la luz del sol, del que no espera
sino una dulce influencia.
Miré como prueba de la protección celestial el haberme acordado tan
oportunamente de Tiberio y decidí buscar los medios de verle antes de
la noche. Volvíme inmediatamente a mi casa para escribirle y señalarle
sitio propio para nuestra entrevista. Le encarecía el silencio y la
discreción como uno de los mayores servicios que podía hacerme en mi
situación delicadísima. La alegría que la esperanza de verle encendía
en mi espíritu borró las huellas de la pena que Manon hubiese notado
seguramente. Habléle de nuestra desgracia de Chaillot como de una
bagatela que no tenía por qué inquietarla. Como París era el lugar
del mundo que más le agradaba, oyóme con gusto decir que convenía
permanecer allí hasta que en nuestra residencia campesina se reparasen
algunos desperfectos causados por el incendio.
Una hora más tarde recibí la respuesta de Tiberio que me ofrecía ir
al lugar designado. Corrí impaciente. Sentía, sin embargo, vergüenza
de mostrarme a un amigo cuya sola vista era un reproche para mis
desórdenes; pero la idea que tenía de la bondad de su corazón y el
interés de Manon, sostuvieron mi flaqueza.
Habíale rogado que me esperase en el jardín del _Palais-Royal_. Llegó
antes que yo. Estrechóme largamente entre sus brazos y sentí su
rostro bañado en llanto. Díjele que me presentaba ante él confuso y
avergonzado y que comprendía toda mi ingratitud; que lo primero que
le rogaba era que dijese si me era aún permitido mirarle como amigo
después de haber merecido tan justamente perder su estimación y su
cariño. Respondióme con ternura que nada en el mundo era capaz de
hacerle renunciar a esa cualidad; que mi desgracia, y aun mis faltas
y ligerezas, no habían hecho sino redoblar su cariño hacia mí; pero
que era un cariño mezclado con vivísimo dolor, tal como se siente por
una persona muy amada a quien se ve caminar a su perdición sin poderlo
remediar.
Nos sentamos en un banco. «¡Ay!--le dije con un suspiro que salía del
fondo de mi corazón--Vuestra compasión ha de ser inmensa, querido
Tiberio, si como me aseguráis es igual a mis penas. Vergüenza me causa
confesarlas, pues he de decir que la causa de ellas no es gloriosa;
pero las consecuencias son tan tristes que no es necesario quererme,
como me queréis, para sentirse enternecido».
Me pidió como una prueba de amistad que le contase todo lo sucedido
desde mi salida de San Sulpicio. Satisfice su curiosidad, y lejos de
alterar nada de la verdad, ni tratar de disimular mis faltas para
hacerlas excusables, le hablé de mi pasión con toda la fuerza que me
inspiraba. Se la expliqué como uno de esos golpes del destino que se
complace en la ruina de un infeliz y de que tan difícil es a la virtud
defenderse como a la prudencia prevenirse. Hícele vivísima pintura de
mis zozobras, mis inquietudes, de la desesperación en que me encontraba
dos horas antes de verle y del estado en que recaería si me faltaba el
apoyo de mis amigos tan implacablemente como el de la fortuna. En fin,
conseguí emocionar de tal modo al buen Tiberio, que le vi tan afligido
por la compasión como lo estaba yo por la pena.
No se cansaba de abrazarme y exhortarme a tener conformidad y valor,
pero como insistía en creer que había de separarme de Manon hícele
comprender claramente que era esa separación lo que yo miraba como
la mayor de las desgracias y que estaba dispuesto a sufrir no ya la
miseria sino hasta la muerte antes de aceptar un remedio que me parecía
peor que todos mis males juntos.
«Explicáos--me dijo entonces--. ¿Qué clase de ayuda puedo prestaros
puesto que os subleváis contra todos los medios que os propongo?».
No osaba yo confesarle que era de su bolsa de lo que había menester.
Comprendiólo al fin y permaneció un rato con el aire de persona que
duda. «No creáis--replicó por fin--que mi súbita frialdad provenga
de un relajamiento en mi celo y mi amistad para vos; pero, ¡en qué
alternativa me ponéis, entre negaros el único socorro que queréis
aceptar o faltar a mi deber concediéndooslo!... porque, ¿no es
contribuir a vuestros desórdenes daros los medios de perseverar en
ellos?». «Sin embargo--continuó tras unos momentos de reflexión--,
quiero creer que sea tal vez el estado violento en que os precipita
vuestra indigencia lo que os priva de libertad para tomar el mejor
partido. Hace falta un ánimo sereno para gustar de la sabiduría y de
la verdad. Encontraré medio de procuraros algún dinero. Permitidme,
mi querido caballero--añadió abrazándome--, poneros tan sólo una
condición, y es que a lo menos me indicaréis el lugar donde viváis y no
os opondréis a que realice mis esfuerzos para traeros al camino de la
virtud, del que sólo la violencia de vuestras pasiones os aleja».
Concedíle gustoso cuanto me pedía y tan sólo le supliqué a mi vez que
compadeciese mi mala suerte que me arrastraba a desaprovechar los
consejos de amigo tan virtuoso. Llevóme acto seguido a casa de un
banquero amigo suyo que me prestó cien _pistolas_ contra una letra
suya, pues él no tenía en aquel momento dinero disponible. Ya he dicho
que no era rico. Su beca era de mil escudos, pero como era el primer
año que estaba en posesión de ella, aún no había cobrado sus rentas,
así que era sobre sus futuros beneficios sobre los que me hacía el
préstamo.
Comprendí todo el valor de su generosidad. Me emocioné hasta el punto
de deplorar la ceguedad de un amor fatal que me hacía faltar a todos
los deberes. La virtud tuvo durante unos momentos fuerza bastante para
proyectar vivísima luz en mi espíritu, haciéndome ver la indignidad de
mis cadenas. Pero el combate fué ligero y duró poco. La vista de Manon
me hubiese hecho abandonar el cielo y asombréme, al volver a su lado,
de haber podido, por un momento, considerar vergonzosa una ternura tan
justificada por objeto tan encantador.
Manon era una criatura de carácter extraordinario. Jamás mujer alguna
tuvo menos apego que ella al dinero; pero, en cambio, no podía
permanecer en paz ante el temor de que pudiese faltarle. Eran placeres
y pasatiempos gratos lo que le era menester; no hubiese por su gusto
tocado una pieza de cobre si hubiese sido dable divertirse gratis.
Ni siquiera se informaba de cuál era el estado de nuestra fortuna a
condición de pasar agradablemente el día. De modo que no siendo ni muy
dada al juego, ni apasionada de un lujo extraordinario, nada más fácil
que tenerla contenta con sólo inventar cada día una diversión. Pero
eso sí, érale tan necesario el placer que sin él no había la menor
probabilidad de poder influir sobre su humor y sus inclinaciones. Así
pues, aunque me amaba tiernamente, y era yo el único capaz de hacerle
gustar perfectamente las delicias del amor, tenía la certeza de que su
ternura no resistiría a ciertos temores. Me hubiese preferido al mundo
entero con una fortuna mediocre; pero tenía la triste certeza de que me
abandonaría por un M. de B... cualquiera en cuanto yo no tuviese para
ofrecerle sino mi constancia y mi fidelidad.
Decidí en vista de todo esto, reducir de tal modo mis gastos
particulares que en cualquier momento me hallase en condiciones de
subvenir a los suyos y antes privarme de mil cosas necesarias que
suprimirle a ella ninguna por superflua que fuése. La carroza me
asustaba más que todo el resto, pues no veía medio de sostener al
cochero y los caballos.
Descubrí mis zozobras a Lescaut. No le había ocultado haber recibido
cien pistolas de un amigo. Repitióme que si quería probar fortuna en el
juego no desesperaba, siempre que estuviese yo dispuesto a sacrificar
un centenar de francos para obsequiar a sus asociados, de que ellos me
admitiesen, gracias a su recomendación, en la liga de la industria.
Pese a mi repugnancia a engañar, dejéme arrastrar por una cruel
necesidad.
Lescaut presentóme aquella misma noche como pariente suyo. Añadió que
tenía yo tantas más probabilidades de éxito cuanto que mayores eran
mis necesidades de dinero. Sin embargo, para hacer ver que mi miseria
no era la de un hombre reducido al último extremo, anuncióles que me
proponía invitarles a cenar. La invitación fué aceptada; tratéles
espléndidamente. Hicieron largos comentarios sobre la gentileza de mi
figura y mis felices disposiciones. Sostuvieron que se podía esperar
mucho de mí, porque habiendo en mi rostro algo que denunciaba a la
legua al hombre honrado, nadie desconfiaría de mis manejos. En fin,
dieron las gracias a Lescaut por haberles proporcionado un novicio de
mis méritos, y encargaron a dos caballeros de darme durante algunos
días las instrucciones necesarias.
El teatro principal de mis empresas había de ser el Hotel de
Transilvania, donde había una mesa de faraón en una sala y otros varios
juegos de cartas y de dados en la galería. Aquella academia funcionaba
en provecho del príncipe de R..., que habitaba entonces en Clagny, y
la mayoría de sus oficiales pertenecían a nuestra sociedad. ¿Lo diré
para vergüenza mía? En poco tiempo supe aprovechar las lecciones de mi
maestro. Adquirí sobre todo gran habilidad para escamotear la carta
y, con ayuda de unos puños largos y rizados, hacíala desaparecer lo
bastante ligeramente para engañar las miradas más hábiles, y arruinar
sin tener apariencias de ello a no pocas gentes honradas. Habilidad tan
extraordinaria acrecentó de tal modo mis ingresos que en pocas semanas
me hallé dueño de sumas considerables, sin contar las que de buena fe
compartía con mis asociados.
No temí entonces ya participar a Manon nuestra pérdida de Chaillot, y
para consolarla, al comunicarle la nueva infausta, alquilé una casa
amueblada donde instalarnos con apariencias de opulencia y seguridad.
[Ilustración]
[Ilustración]
Tiberio, durante aquel tiempo, no había dejado de visitarme con
frecuencia. Sus sermones no acababan nunca. Sin cesar me representaba
todo el daño que hacía a mi conciencia, a mi honra y a mi fortuna.
Oía sus consejos deferente, y aunque no tenía la menor intención
de seguirlos, le agradecía su interés, conocedor del cariño que le
inspiraba. Algunas veces bromeaba con él en presencia misma de Manon,
y exhortábale a no ser tan escrupuloso cuando no pocos sacerdotes y
aun obispos sabían hacer perfectamente compatible una querida con un
beneficio. «Mirad--decíale señalando los ojos de mi amiga--y decid
si no hay falta que esté disculpada por tan bella causa». Hacía
acopio de paciencia; llevóla aún asaz lejos, pero cuando vió que
mis riquezas iban en aumento y que no sólo le había pagado sus cien
_pistolas_ sino que, habiendo alquilado una casa y doblado mis gastos,
iba a precipitarme aún más en los placeres, cambió por completo de
conducta. Quejóse de mi contumacia, amenazóme con el castigo del cielo
y me predijo una parte de las desgracias, que no tardaron en llover
sobre mí. «Es imposible--me dijo--que las riquezas que os sirven para
mantener vuestros desórdenes os hayan venido por vías legítimas. Las
habéis adquirido injustamente y de igual modo os veréis privado de
ellas. El mayor castigo que Dios pudiera daros sería el de dejaros
disfrutar tranquilamente de ellas. Todos mis consejos os han sido
inútiles; ya preveía yo que pronto os parecerían enojosos. Adiós
ingrato y débil amigo. ¡Ojalá vuestros criminales deleites se evaporen
como una sombra, quiera el cielo que vuestra dicha y vuestras riquezas
desaparezcan sin remedio, para que solo y desnudo podáis comprender la
vanidad de los bienes que tan locamente os embriagaron! Entonces será
cuando me halléis dispuesto a amaros y serviros, pero hoy rompo todo
trato con vos y abomino de la vida que lleváis».
Fué en mi habitación, ante los ojos de Manon, donde me dirigió esta
arenga apostólica. Levantóse para retirarse; quise detenerle, pero a mi
vez fuí detenido por Manon, que me dijo que era un loco a quien había
que dejar franca la salida.
Su discurso no dejó de hacerme alguna impresión. Hago notar los varios
impulsos de mi corazón para volver a los senderos del bien, porque
a este recuerdo he debido parte de mi fuerza en las más tristes
circunstancias de mi vida. Las caricias de Manon disiparon en un
momento el disgusto que tal escena me había causado. Seguimos llevando
una vida de placeres y amor. El aumento de riquezas redobló nuestro
cariño. Venus y la Fortuna no tenían esclavos más tiernos y felices.
¡Dioses! ¿Por qué llamar al mundo lugar de miserias, cuando pueden
disfrutarse en él tales dichas? Pero, ¡ay de mí!, su esencia misma
estriba en ser fugaces. ¿Qué otra dicha podría uno anhelar si fuesen de
naturaleza de durar siempre? Las nuestras siguieron el común destino,
es decir, durar poco y traer tras sí un cortejo de amargas nostalgias.
Había realizado en el juego tales ganancias que comencé a pensar en
la conveniencia de colocar parte del dinero. Nuestros criados no
ignoraban nuestra prosperidad, sobre todo mi ayuda de cámara y la
doncella de Manon, delante de los cuales hablábamos sin rebozo. La
muchacha era guapa y mi ayuda de cámara estaba enamorado de ella.
Habíanselas con amos jóvenes y confiados a quienes se figuraron poder
engañar fácilmente. Concibieron el designio, y lo realizaron, tan
desdichadamente para nosotros, que nos colocaron en estado tal que
jamás nos fué posible salir de él.
Habiéndonos invitado una noche Lescaut a cenar, eran cerca de las doce
cuando volvimos a casa. Llamé a mi criado, Manon a su doncella; ni el
uno ni el otro acudieron. Nos dijeron que desde las ocho de la noche
no se les había visto por la casa, pues salieron, haciendo previamente
trasladar unos cajones, obedeciendo las órdenes que decían haber
recibido de nosotros. Supuse desde luego algo de la realidad; pero no
forjé sospecha que no fuése sobrepujada por lo que vi al entrar en mi
cuarto. La cerradura de mi secreter había sido saltada y mi dinero y
mis ropas habían desaparecido. En los momentos en que meditaba sobre lo
sucedido vino a mí Manon, consternada, diciéndome que en su habitación
habían hecho el mismo saqueo.
Fué tan cruel el golpe, que sólo merced a un esfuerzo extraordinario
de mi razón no me abandoné a los gritos y las lágrimas. El temor de
comunicar mi desesperación a Manon hízome tomar aires tranquilos.
Díjele, bromeando, que me vengaría sobre algún incauto del hotel de
Transilvania. Sin embargo, parecióme tan abatida por la desgracia, que
su pena tuvo más fuerza para afligirme que mi fingida alegría había
tenido para impedir su excesivo abatimiento. «¡Estamos perdidos!»,
díjome con lágrimas en los ojos. Traté vanamente de consolarla con
mis caricias; mis propias lágrimas traicionaban mi desesperación y mi
consternación. En efecto, estábamos tan absolutamente arruinados, que
no nos quedaba ni una camisa.