Le respondí que no sabía establecer diferencias entre unas mujeres y

otras, y que después de lo que me había sucedido las detestaba a todas

por igual. «Te buscaré una--me dijo mi padre sonriendo--que se parezca

a tu Manon... y que sea más fiel.--¡Ah!, si conservas algún cariño por

mí--le contesté--es ella la que has de devolverme. Está seguro, padre

de mi alma, que no me ha traicionado. Es incapaz de semejante infamia.

El pérfido de M. de B... es quien nos engaña a ti y a mí. Si supieses

lo buena que es, lo tierna y sincera, si la conocieses acabarías por

quererla.--Eres un chiquillo--replicó mi padre--. ¿Cómo puedes cegarte

hasta ese punto después de lo que te he contado de ella? Es ella, ella

misma, quien te entregó a tu hermano. Debes olvidar hasta su nombre y

aprovechar, si eres prudente, la indulgencia que tengo contigo».

Reconocía yo harto claramente que mi padre tenía razón. Pero era un

movimiento instintivo el que me hacía tomar la defensa de la infiel.

«¡Verdad es, desgraciadamente--dije--, que soy víctima de la más

cobarde de las perfidias!--Sí--continué, derramando lágrimas de

despecho--, bien veo que no soy más que un chiquillo. Mi credulidad no

debe haber costado mucho burlarla. Pero bien sé lo que tengo que hacer

para vengarme». Quiso mi padre saber mis intenciones. «Iré a París,

prenderé fuego a la casa del pérfido M. de B... y le quemaré vivo,

con Manon». Aquel arrebato hizo reir a mi padre y no sirvió sino para

hacerme guardar más severamente en mi cárcel.

Pasé en ella seis meses, durante el primero de los cuales hubo poco

cambio en mi estado de ánimo. Todos mis sentimientos no eran sino una

perpetua alternativa entre el odio y el amor, entre la esperanza y el

desconsuelo, según la forma en que se aparecía a mi espíritu la imagen

de Manon. Tan pronto no miraba en ella sino la más encantadora de las

mujeres y ardía en deseos de volver a verla; tan pronto ofrecíaseme

como una malvada y traidora amante y me hacía a mí mismo mil juramentos

de no buscarla más que para castigarla.

Me dieron libros que sirvieron para devolver un poco de tranquilidad a

mi alma. Releí todos mis autores; adquirí nuevos conocimientos; recobré

afición infinita al estudio; ya veréis lo útil que me fué todo ello

luego. La clarividencia que el amor me había dado me hizo orientarme en

multitud de pasajes de Horacio y Virgilio, que hasta entonces hallara

confusos. Hice un comentario amoroso sobre el cuarto libro de la

Eneida; me propongo publicarlo y creo que el público quedará contento

de él. «¡Ay!--pensaba escribiéndolo--Un corazón como el mío hubiese

necesitado la fiel Dido».

Tiberio vino un día a verme en mi cárcel. Quedé asombrado del afectuoso

transporte con que me abrazó. No había recibido de él, hasta entonces,

otras pruebas de cariño que aquéllas que pudieran hacerme mirarle como

sencilla amistad de colegio, de ésas que se forman entre muchachos que

tienen próximamente la misma edad. Le encontré tan cambiado, y sobre

todo tan serio después de aquellos cuatro o cinco meses transcurridos

desde la última vez que le viera, que me inspiró respeto. Hablóme más

como sensato consejero que como amigo. Dolióse del extravío en que

me había yo precipitado; felicitóme por mi curación, que creía muy

avanzada, y exhortóme, en fin, a aprovechar aquella dura lección para

abrir los ojos a lo efímero de los placeres.

Mirábale yo con asombro y acabó por darse cuenta de ello. «Querido

caballero--me dijo--, no te digo nada que no sea la pura verdad, y a

cuyo convencimiento no haya yo llegado después de un profundo examen.

Había en mí tanta inclinación como en ti a la voluptuosidad; pero el

cielo me había concedido al mismo tiempo el amor a la virtud. He usado

de mi razón para comparar los frutos de una y otra y no he tardado

mucho en descubrir sus diferencias. La ayuda del cielo se ha unido a

mis reflexiones. El mundo me inspira un desdén que nada iguala. ¿Serías

capaz de adivinar lo que me detiene para correr a la soledad? Pues

únicamente la tierna amistad que te profeso. Conozco la bondad de tu

corazón y de tu inteligencia; no hay buena acción de que no seas capaz.

El veneno del placer te ha desviado de tu camino. ¡Qué pérdida para la

virtud! Tu fuga de Amiens me causó tan gran pena que no he vuelto a

disfrutar desde entonces ni un momento feliz. Juzga tú mismo por los

pasos que me ha hecho dar». Contóme que después de darse cuenta de

que le había engañado y me había fugado con mi amante había montado a

caballo para alcanzarnos, pero que llevándole cuatro horas de ventaja,

le había sido imposible; que, sin embargo, había llegado a San Denis

media hora después de mi partida; que seguro de que me quedaría en

París había pasado seis semanas buscándome; que había frecuentado todos

los lugares donde acariciaba la esperanza de poderme hallar, y que,

por fin, un día, en el teatro, había reconocido a mi amante, que iba

vestida con tal lujo, que supuso debía su fortuna a un nuevo amante;

que la había seguido hasta su casa, y allí había sabido por un criado

que estaba mantenida por la liberalidad de M. de B... «No me detuve

ahí--prosiguió--. Volví al día siguiente para que ella misma me dijese

qué era de ti. Al oirme nombrarte, desapareció bruscamente y hube de

venirme a provincias sin más aclaración. He sabido tu aventura y la

consternación profunda en que te ha sumido; pero no he querido verte

sin asegurarme de que te hallabas ya más tranquilo».

--Has visto a Manon--exclamé con un suspiro--. «Más feliz has sido,

¡ay de mí!, que yo, condenado a no volverla a ver». Reprochóme aquel

suspiro que indicaba aún en mí una debilidad por ella. Luego halagóme

con tanta maña comentando la bondad de mi carácter y mis inclinaciones,

que hizo nacer en mí desde aquella primera visita un afán de renunciar

como él a todos los placeres del siglo para abrazar el estado

eclesiástico.

Tanto me agradaba la idea que en cuanto me vi solo no pensé en otra

cosa. Recordé los sermones del señor obispo de Amiens que me había

aconsejado lo mismo, y los augurios felices que había hecho en mi favor

si llegaba a tomar aquel partido. La piedad mezclóse también en mis

determinaciones. «Llevaré una vida tranquila y cristiana--decíame a

mí mismo--. Me ocuparé del estudio y de mis deberes religiosos que no

me dejarán pensar en los peligrosos devaneos del amor. Despreciaré

lo que la mayoría de los hombres admiran. Y como estaré seguro de

que mi corazón no deseará sino aquello que estime, tendré tan pocas

inquietudes como deseos».

Construía sobre esa base un plan de vida tan tranquila como solitaria.

Hacía entrar en ella una casa de campo apartada en un bosquecillo,

un fresco arroyuelo y un pequeño jardín; una biblioteca de libros

escogidos, algunos amigos virtuosos y de buen juicio, una mesa limpia

y frugal. Unía a esto un cambio de correspondencia con un amigo que

viviría en París y me informaría de los sucesos acaecidos, menos por

satisfacer mi curiosidad que por distraerme en la contemplación de

las locas agitaciones de los hombres. «¿No sería feliz así?--añadía

yo--¿No estarían satisfechos todos mis deseos?». Es indudable que aquel

proyecto halagaba mis inclinaciones. Pero, para remate de tan sensato

plan, sentía yo que mi corazón aguardaba aún algo, y que, para no tener

nada que desear en la más deliciosa soledad, era preciso... estar con

Manon.

Sin embargo, Tiberio seguía prodigándome sus visitas para fortalecerme

en la determinación que me había inspirado y aproveché la ocasión

para insinuarme con mi padre. Declaróme éste que dejaba a sus hijos

la libertad de escoger el camino que les fuése más grato, y que sólo

se reservaba el derecho de ayudarlos con sus consejos. Diómelos muy

sensatos, tendiendo, menos a hacerme renunciar a mi proyecto, que a

hacérmelo abrazar con conciencia de lo que hacía.

El comienzo del curso escolar se aproximaba. Convine con Tiberio en

ingresar juntos en el seminario de San Sulpicio; él para acabar sus

estudios de Teología, yo para empezar los míos. Su mérito, que era

harto conocido del obispo de la diócesis, le hizo obtener de aquel

prelado un beneficio de bastante consideración antes de su marcha.

Mi padre, creyéndome curado del todo de mi pasión, no puso dificultad

ninguna en dejarme marchar. Llegamos a París. El traje eclesiástico

sustituyó a la Cruz de Malta, y al título de caballero el de abate Des

Grieux. Me apliqué al estudio con tal aplicación, que hice grandes

progresos en pocos meses. No perdía ni un momento del día y aun

empleaba parte de la noche. Mi reputación se hizo tan notoria que me

felicitaban ya por las dignidades que no podía menos de obtener; y,

sin haberlo solicitado yo, mi nombre fué escrito en la lista de los

beneficios. No menos fervoroso me mostraba en las prácticas religiosas,

a las que era asiduo. Tiberio estaba encantado de lo que miraba como

obra suya y en varias ocasiones vertió lágrimas de emoción ante lo que

llamaba mi conversión.

Que las resoluciones humanas estén sujetas a rápidos cambios es

cosa que no me ha sorprendido nunca; una pasión las engendra y otra

pasión puede destruirlas. Pero cuando pienso en la santidad de las

que me llevaron a San Sulpicio y en la alegría que el cielo me hacía

experimentar al llevarlas a cabo, me espanto de la facilidad con que

pude romperlas. Si es verdad que la ayuda celeste es en todo momento

de una fuerza igual a la de las pasiones, que vengan a explicarme por

qué funesto ascendiente se encuentra uno arrastrado de súbito lejos de

su deber, sin encontrarse capaz de la menor resistencia y sin sentir el

menor remordimiento. Creíame absolutamente libertado de las debilidades

del amor. Parecíame que hubiese preferido la lectura de una página de

San Agustín o un cuarto de hora de cristiana meditación a todos los

placeres de los sentidos, sin exceptuar aquéllos que pudiera ofrecerme

la misma Manon. Sin embargo, un instante desdichado me hizo caer en el

precipicio, y mi caída fué tanto más irreparable porque, hallándome

de súbito en el mismo grado de profundidad de donde había salido, los

nuevos desórdenes en que caí me arrastraron a un abismo mucho más hondo.

Llevaba casi un año en París sin ocuparme para nada de los asuntos de

Manon. Mucho trabajo me había costado al principio; pero los consejos,

siempre prudentes, de Tiberio y mis propios pensamientos habíanme

hecho obtener la victoria. Los últimos meses habían trascurrido con

tal tranquilidad que comenzaba a creerme a punto de olvidar a la

encantadora pérfida. Así llegó el tiempo en que había de hacer un

ejercicio público para ingresar en la Escuela de Teología. Rogué a

varias personas de mi más alta consideración que viniesen a honrar mis

exámenes con su presencia. Mi nombre voló así por todos los barrios de

París y llegó hasta los oídos de mi infiel. No le reconoció con toda

certeza bajo el título de abate; pero un resto de curiosidad, tal

vez el arrepentimiento de haberme engañado (jamás conseguí saber cuál

de aquellos dos sentimientos), hízola interesarse por un nombre tan

semejante al mío. Vino a la Sorbona con algunas otras damas, presenció

mi ejercicio y no cabe duda que debió costarle poco trabajo reconocerme.

No supe nada de aquella visita. Es sabido que en tales lugares existen

habitaciones reservadas para las damas, que permanecen ocultas tras una

celosía. Volví a San Sulpicio cubierto de gloria y de cumplidos. Eran

las seis de la tarde. Un instante después vinieron a avisarme que una

señora quería verme. Fuí inmediatamente al locutorio. ¡Dios Santo, qué

sorprendente aparición! Allí estaba Manon. Era ella, pero más amable

y más radiante que la viera jamás. Había cumplido dieciocho años; sus

encantos sobrepujaban a cuanto puede imaginarse. ¡Tenía un aire tan

dulce, tan fino, tan fascinador!, el aire del amor mismo. Toda ella me

pareció un encanto.

Quedé suspenso a su vista, y, no pudiendo conjeturar cuál era el objeto

de aquella visita, esperé, con los ojos bajos, tembloroso, a que se

explicase. Su turbación fué durante algún tiempo igual a la mía; pero

viendo que mi silencio continuaba, ocultó sus ojos con la mano para

disimular sus lágrimas. Díjome con un tono lleno de timidez, que

comprendía que su infidelidad merecía mi odio, pero que si era cierto

que alguna vez hubiese yo sentido la menor ternura por ella había

sido también harto cruel dejando pasar casi dos años sin preocuparme

para nada de su suerte, y aún mucho más viendo en el estado en

que se mostraba a mí sin apiadarme de ella ni tener para ella una

buena palabra. Imposible me sería expresar el desorden de mi alma al

escucharla.

Sentóse; yo permanecí en pie, casi vuelto de espaldas, sin osar mirarla

frente a frente. Varias veces comencé a hilvanar una respuesta que

no tuve fuerzas para concluir. En fin hice un esfuerzo para exclamar

dolorosamente: «¡Pérfida, Manon! ¡Ah, pérfida, pérfida!». Repitióme

derramando lágrimas, que no pretendía justificar su perfidia. «¿Qué

pretendéis, entonces?--tuve fuerzas para exclamar aún.--¡Quiero

morir!--respondió--, si no me devolvéis vuestro corazón, sin el cual

no es posible que viva.--¡Pídeme, pues, la vida, infiel!--respondí,

derramando a mi vez lágrimas, que me esforzaba en vano por contener--;

¡Pídeme la vida, que es lo único que me queda por sacrificarte, pues mi

corazón nunca ha cesado de ser tuyo!».

Apenas hube acabado de pronunciar estas últimas palabras, se levantó

para correr a mí y estrecharme en sus brazos con locura. Abrumóme

con las más apasionadas caricias, llamóme con los más tiernos

nombres que inventó el amor para expresar sus más vivas ternuras.

Yo no la contestaba aún, sino con languidez. ¡Qué tránsito desde la

tranquila paz en que había vegetado a los tumultuosos sentimientos

que sentía renacer! Hallábame aterrado; me estremecía, como sucede

cuando nos vemos perdidos de noche en una campiña solitaria: nos

creemos transportados a un mundo desconocido; nos sobrecoge un horror

secreto, del que no nos reponemos hasta haber explorado bien todos los

alrededores.

Sentámosnos uno junto a otro. Cogí sus manos entre las mías. «¡Ah,

Manon!--díjele acompañando mis palabras de una mirada llena de

tristeza--No esperaba la negra traición con que pagasteis mi amor.

Bien fácil os era engañar a un pobre corazón en que reinabais como

única señora y que cifraba su dicha en obedeceros y seros grato.

Decidme ahora si habéis encontrado otro tan tierno o tan sumiso. No,

imposible, la naturaleza no ha hecho otro de mi temple. Decidme al

menos si pensasteis en él alguna vez con nostalgia. ¿Qué fe he de poner

en vuestra bondad, que hoy os hace venir a consolarle? Bien veo que

sois más encantadora que nunca, pero, a cambio de cuanto por vos sufrí,

bella Manon, decidme si seréis más fiel».

Tales y tan tiernas cosas me dijo sobre su arrepentimiento y con

tales juramentos se ligó a la fidelidad inquebrantable que acabó

por enternecerme. «Amada Manon--suspiré con una mezcla extraña de

expresiones amorosas y teológicas--; eres demasiado adorable para una

criatura humana. Siento mi corazón arrebatado por victorioso deliquio.

Todo lo que de libertad se habla en San Sulpicio, no es sino una

quimera. Voy a perder mi fortuna y mi reputación por ti, lo preveo;

leo en tus lindos ojos mi destino, pero ¿de qué pérdidas no me vería

consolado por tu amor? Los favores de la fortuna no me importan,

la gloria me parece humo, mis planes de vida eclesiástica, locos

desvaríos, todo bien que no sea el que a tu lado espero es un bien

despreciable, puesto que no tendría fuerza ni un solo instante en mi

corazón contra una sola de tus miradas».

Aunque ofreciéndole para lo futuro un olvido general de sus pecados

quise saber cómo se había dejado seducir por M. de B... Contóme que,

habiéndola visto asomada a la ventana, se había enamorado de ella; que

le había hecho su declaración en estilo de Granjero-General; es decir,

haciéndole saber que el pago sería proporcionado a los favores; que

había comenzado por capitular aunque sin otra idea que la de sacar de

él alguna cantidad considerable que nos ayudase a vivir cómodamente;

que la había deslumbrado con tan magníficas promesas que se había

dejado vencer poco a poco. Añadió que debía yo, sin embargo, juzgar

su remordimiento por las muestras de dolor que había dado la víspera

de nuestra separación y que, pese a la opulencia de que la rodeara,

jamás había sido feliz con él, no sólo porque no hallaba, añadió, la

delicadeza de mis sentimientos y el encanto de mis modales, sino porque

en medio de los placeres con que la obsequiaba, guardaba en el fondo de

su corazón el recuerdo de mi amor y el remordimiento de su infidelidad.

Hablóme de Tiberio y de la gran turbación que su visita le produjo.

«Una estocada en el corazón hubiese alterado menos mi sangre. Volvíle

la espalda sin poder sostener ni un momento su presencia».

Continuó contándome por qué medios supo mi estancia en París, mi cambio

de condición y mis ejercicios de la Sorbona. Me aseguró que se había

emocionado de tal modo durante la controversia que le había costado

gran trabajo contener sus lágrimas, sus gemidos y aun sus gritos,

que en más de una ocasión estuvieron a punto de estallar. Díjome,

por último, que había salido la última de aquel lugar, para ocultar

a las miradas indiscretas su turbación y que, siguiendo los impulsos

de su corazón y la impetuosidad de sus deseos, había venido derecha

al seminario con la resolución de morir si no me hallaba dispuesto a

perdonarla.

¿Dónde habría un bárbaro que ante arrepentimiento tan vivo y tan

apasionado no se hubiese conmovido? Por lo que a mí se refiere

comprendí que hubiese sido capaz de sacrificar a Manon en aquel momento

todos los obispados de la cristiandad. La pregunté qué nuevo orden

creía ella debíamos poner en nuestros negocios. Propúsome lo primero

salir del seminario y suspender toda decisión hasta hallarnos en lugar

más seguro. Consentí en cuanto quiso, sin replicar. Fuese, pues, en su

carroza, a esperarme en la esquina de la calle. Escapéme un momento

después, sin que el portero me viese, y ganando el coche, subí con

ella. Detuvímosnos en una tienda de ropas usadas; volví a recobrar

galones y espada. Manon corrió con los gastos, pues yo no tenía dinero

alguno, porque ante el temor de que pudiese hallar algún obstáculo

para salir de San Sulpicio no había querido que volviese a mi cuarto

a recogerlo. Por otra parte mi tesoro era escaso y en cambio ella lo

bastante rica, gracias a las liberalidades de M. de B..., para desdeñar

lo que me obligaba a abandonar. En casa del ropavejero discutimos el

partido que convenía tomar. Para hacerme más grato el sacrificio de

M. de B... decidió no andarse en paliativos con él. «Quiero dejarle

los muebles, que son suyos. Es de justicia--dijo Manon--. En cambio me

llevaré, como es natural, mis alhajas y casi sesenta mil francos que le

he sacado en dos años. Ningún derecho sobre mí le he dado--añadió--,

así es que podemos vivir sin temor en París, alquilando una casa

cómoda, donde seremos felices».

Hícele observar que si no había peligro para ella habíalo y muy grande

para mí, que tarde o temprano acabaría por ser reconocido, y que

estaría continuamente expuesto al mismo peligro por el que ya pasé

una vez. Me hizo comprender que sentiría mucho tener que dejar París.

Amábala tanto que temeroso de enojarla no había peligro que no fuése

capaz de correr por ella. Pero, por fin, hallamos un justo medio

razonable, que consistía en alquilar una casa en los alrededores, en

cualquier pueblecillo, desde donde pudiésemos ir a la ciudad siempre

que nos fuése menester para diversiones o negocios. Escogimos Chaillot,

que no está muy lejos. Manon volvió acto seguido a su casa, y yo me fuí

a esperarla a la puerta pequeña del jardín de las Tullerías.

[Ilustración]

[Ilustración]

Volvió una hora más tarde en una carroza de alquiler, con una muchacha

que la servía y algunos baúles, donde estaban encerrados sus

trajes y cuantas cosas tenía de valor.

Poco tardamos en llegar a Chaillot. Nos hospedamos la primera noche en

la posada para tener tiempo de buscar una casa o por lo menos un piso

donde instalarnos con comodidad. Hallamos, al siguiente día, uno de

nuestro agrado.

Mi felicidad me pareció establecida sobre bases de firmeza

inquebrantable. Manon era la dulzura y la complacencia personificadas.

Tenía para mí tales y tan delicadas atenciones que por ellas me creí

compensado de todas mis penas. Como habíamos adquirido los dos un

poco de experiencia, razonábamos sobre la solidez de nuestra fortuna.

Sesenta mil francos que constituían el fondo de nuestra riqueza,

no eran una suma que pudiera dar de sí para toda una vida. Tampoco

estábamos dispuestos a limitar nuestros gastos con exceso. La mayor

virtud de Manon, como tampoco mía, no era el ahorro. He aquí el plan

que nos trazamos: «Sesenta mil francos--dije--pueden sostenernos

seis años. Dos mil escudos al año nos bastarán si seguimos viviendo

en Chaillot. Llevaremos vida decorosa, pero sencilla. Nuestro único

gasto será la carroza y el teatro. Ya nos arreglaremos. A la Ópera,

que os agrada, iremos dos veces por semana. En cuanto al juego nos

las compondremos de modo que nuestras pérdidas no pasen nunca de dos

_pistolas_. Es imposible que en el espacio de seis años no haya ningún

cambio en mi familia; mi padre es viejo, puede morir y me hallaría

entonces en situación desahogada, por encima de todo temor».

Aquel acuerdo no hubiese sido ciertamente la mayor locura de mi vida si

hubiésemos sido capaces de atenernos a él. Pero nuestras resoluciones

no duraron arriba de un mes: Manon sentía pasión por el placer, yo por

ella. Surgían a cada instante nuevas ocasiones de gastar, y lejos de

lamentar los profusos despilfarros yo era el primero en proporcionarle

cuanto creía que podía serle grato. Nuestra casita de Chaillot

comenzaba a cansarle.

Aproximábase el invierno; todo el mundo volvía a la ciudad, y el campo

iba a quedar desierto. Propúsome volver a París; no consentí en ello,

pero para complacerla de algún modo díjele que podíamos alquilar un

piso amueblado donde pasar la noche los días en que acabasen muy tarde

las reuniones que frecuentábamos, puesto que la gran incomodidad que

suponía volver tan tarde a Chaillot era el pretexto que ponía para

querer abandonarle. Teníamos así dos alojamientos, uno en la ciudad y

otro en el campo. Aquel cambio introdujo pronto el desorden en nuestros

asuntos, provocando dos aventuras que fueron causa de nuestra ruina.

Manon tenía un hermano que era guardia de Corps y que resultó

desgraciadamente vecino de nuestra misma calle. Reconoció a su hermana

viéndola una mañana en la ventana. Vino en seguida a vernos. Era

hombre brutal y sin principios de honor. Entró en nuestra habitación

profiriendo tremendos juramentos, y como conocía una parte de las

aventuras de su hermana abrumóla a injurias y reproches.

Había salido yo momentos antes, lo que no dejó de ser una suerte para

él o para mí, poco dispuesto a sufrir injurias de nadie. No volví a

nuestro albergue hasta después de su marcha. La tristeza de Manon me

hizo, sin embargo, sospechar que algo extraordinario había ocurrido.

Contóme la escena desagradable y la actitud brutal de su hermano. Me

sentí tan indignado que hubiese querido correr inmediatamente a tomar

venganza si ella, con sus lágrimas, no me hubiese detenido.

Mientras estábamos hablando, el guardia de Corps volvió a entrar en la

habitación sin hacerse anunciar. Ciertamente que, de haberle conocido,

no le hubiese recibido con tanta urbanidad como lo hice; pero después

de saludarnos sonriente, dijo a Manon que venía a darle excusas de su

arrebato: que la había creído en una vida de desarreglo, y que aquella

idea había encendido su ira; pero que habiendo interrogado a un criado

sobre mi persona había averiguado cosas tan halagüeñas para mí que su

mayor deseo era el de llevarse bien con nosotros.

Aunque aquella información procedente de uno de mis lacayos tenía

algo de raro y aun de chocante, recibí sus cumplidos de buena fe,

creyendo dar gusto a Manon, que parecía encantada de verle dispuesto a

reconciliarse.

Hicímosle quedarse a comer.

Manon Lescaut(#75868) · 第 2 / 12 段