otras, y que después de lo que me había sucedido las detestaba a todas
por igual. «Te buscaré una--me dijo mi padre sonriendo--que se parezca
a tu Manon... y que sea más fiel.--¡Ah!, si conservas algún cariño por
mí--le contesté--es ella la que has de devolverme. Está seguro, padre
de mi alma, que no me ha traicionado. Es incapaz de semejante infamia.
El pérfido de M. de B... es quien nos engaña a ti y a mí. Si supieses
lo buena que es, lo tierna y sincera, si la conocieses acabarías por
quererla.--Eres un chiquillo--replicó mi padre--. ¿Cómo puedes cegarte
hasta ese punto después de lo que te he contado de ella? Es ella, ella
misma, quien te entregó a tu hermano. Debes olvidar hasta su nombre y
aprovechar, si eres prudente, la indulgencia que tengo contigo».
Reconocía yo harto claramente que mi padre tenía razón. Pero era un
movimiento instintivo el que me hacía tomar la defensa de la infiel.
«¡Verdad es, desgraciadamente--dije--, que soy víctima de la más
cobarde de las perfidias!--Sí--continué, derramando lágrimas de
despecho--, bien veo que no soy más que un chiquillo. Mi credulidad no
debe haber costado mucho burlarla. Pero bien sé lo que tengo que hacer
para vengarme». Quiso mi padre saber mis intenciones. «Iré a París,
prenderé fuego a la casa del pérfido M. de B... y le quemaré vivo,
con Manon». Aquel arrebato hizo reir a mi padre y no sirvió sino para
hacerme guardar más severamente en mi cárcel.
Pasé en ella seis meses, durante el primero de los cuales hubo poco
cambio en mi estado de ánimo. Todos mis sentimientos no eran sino una
perpetua alternativa entre el odio y el amor, entre la esperanza y el
desconsuelo, según la forma en que se aparecía a mi espíritu la imagen
de Manon. Tan pronto no miraba en ella sino la más encantadora de las
mujeres y ardía en deseos de volver a verla; tan pronto ofrecíaseme
como una malvada y traidora amante y me hacía a mí mismo mil juramentos
de no buscarla más que para castigarla.
Me dieron libros que sirvieron para devolver un poco de tranquilidad a
mi alma. Releí todos mis autores; adquirí nuevos conocimientos; recobré
afición infinita al estudio; ya veréis lo útil que me fué todo ello
luego. La clarividencia que el amor me había dado me hizo orientarme en
multitud de pasajes de Horacio y Virgilio, que hasta entonces hallara
confusos. Hice un comentario amoroso sobre el cuarto libro de la
Eneida; me propongo publicarlo y creo que el público quedará contento
de él. «¡Ay!--pensaba escribiéndolo--Un corazón como el mío hubiese
necesitado la fiel Dido».
Tiberio vino un día a verme en mi cárcel. Quedé asombrado del afectuoso
transporte con que me abrazó. No había recibido de él, hasta entonces,
otras pruebas de cariño que aquéllas que pudieran hacerme mirarle como
sencilla amistad de colegio, de ésas que se forman entre muchachos que
tienen próximamente la misma edad. Le encontré tan cambiado, y sobre
todo tan serio después de aquellos cuatro o cinco meses transcurridos
desde la última vez que le viera, que me inspiró respeto. Hablóme más
como sensato consejero que como amigo. Dolióse del extravío en que
me había yo precipitado; felicitóme por mi curación, que creía muy
avanzada, y exhortóme, en fin, a aprovechar aquella dura lección para
abrir los ojos a lo efímero de los placeres.
Mirábale yo con asombro y acabó por darse cuenta de ello. «Querido
caballero--me dijo--, no te digo nada que no sea la pura verdad, y a
cuyo convencimiento no haya yo llegado después de un profundo examen.
Había en mí tanta inclinación como en ti a la voluptuosidad; pero el
cielo me había concedido al mismo tiempo el amor a la virtud. He usado
de mi razón para comparar los frutos de una y otra y no he tardado
mucho en descubrir sus diferencias. La ayuda del cielo se ha unido a
mis reflexiones. El mundo me inspira un desdén que nada iguala. ¿Serías
capaz de adivinar lo que me detiene para correr a la soledad? Pues
únicamente la tierna amistad que te profeso. Conozco la bondad de tu
corazón y de tu inteligencia; no hay buena acción de que no seas capaz.
El veneno del placer te ha desviado de tu camino. ¡Qué pérdida para la
virtud! Tu fuga de Amiens me causó tan gran pena que no he vuelto a
disfrutar desde entonces ni un momento feliz. Juzga tú mismo por los
pasos que me ha hecho dar». Contóme que después de darse cuenta de
que le había engañado y me había fugado con mi amante había montado a
caballo para alcanzarnos, pero que llevándole cuatro horas de ventaja,
le había sido imposible; que, sin embargo, había llegado a San Denis
media hora después de mi partida; que seguro de que me quedaría en
París había pasado seis semanas buscándome; que había frecuentado todos
los lugares donde acariciaba la esperanza de poderme hallar, y que,
por fin, un día, en el teatro, había reconocido a mi amante, que iba
vestida con tal lujo, que supuso debía su fortuna a un nuevo amante;
que la había seguido hasta su casa, y allí había sabido por un criado
que estaba mantenida por la liberalidad de M. de B... «No me detuve
ahí--prosiguió--. Volví al día siguiente para que ella misma me dijese
qué era de ti. Al oirme nombrarte, desapareció bruscamente y hube de
venirme a provincias sin más aclaración. He sabido tu aventura y la
consternación profunda en que te ha sumido; pero no he querido verte
sin asegurarme de que te hallabas ya más tranquilo».
--Has visto a Manon--exclamé con un suspiro--. «Más feliz has sido,
¡ay de mí!, que yo, condenado a no volverla a ver». Reprochóme aquel
suspiro que indicaba aún en mí una debilidad por ella. Luego halagóme
con tanta maña comentando la bondad de mi carácter y mis inclinaciones,
que hizo nacer en mí desde aquella primera visita un afán de renunciar
como él a todos los placeres del siglo para abrazar el estado
eclesiástico.
Tanto me agradaba la idea que en cuanto me vi solo no pensé en otra
cosa. Recordé los sermones del señor obispo de Amiens que me había
aconsejado lo mismo, y los augurios felices que había hecho en mi favor
si llegaba a tomar aquel partido. La piedad mezclóse también en mis
determinaciones. «Llevaré una vida tranquila y cristiana--decíame a
mí mismo--. Me ocuparé del estudio y de mis deberes religiosos que no
me dejarán pensar en los peligrosos devaneos del amor. Despreciaré
lo que la mayoría de los hombres admiran. Y como estaré seguro de
que mi corazón no deseará sino aquello que estime, tendré tan pocas
inquietudes como deseos».
Construía sobre esa base un plan de vida tan tranquila como solitaria.
Hacía entrar en ella una casa de campo apartada en un bosquecillo,
un fresco arroyuelo y un pequeño jardín; una biblioteca de libros
escogidos, algunos amigos virtuosos y de buen juicio, una mesa limpia
y frugal. Unía a esto un cambio de correspondencia con un amigo que
viviría en París y me informaría de los sucesos acaecidos, menos por
satisfacer mi curiosidad que por distraerme en la contemplación de
las locas agitaciones de los hombres. «¿No sería feliz así?--añadía
yo--¿No estarían satisfechos todos mis deseos?». Es indudable que aquel
proyecto halagaba mis inclinaciones. Pero, para remate de tan sensato
plan, sentía yo que mi corazón aguardaba aún algo, y que, para no tener
nada que desear en la más deliciosa soledad, era preciso... estar con
Manon.
Sin embargo, Tiberio seguía prodigándome sus visitas para fortalecerme
en la determinación que me había inspirado y aproveché la ocasión
para insinuarme con mi padre. Declaróme éste que dejaba a sus hijos
la libertad de escoger el camino que les fuése más grato, y que sólo
se reservaba el derecho de ayudarlos con sus consejos. Diómelos muy
sensatos, tendiendo, menos a hacerme renunciar a mi proyecto, que a
hacérmelo abrazar con conciencia de lo que hacía.
El comienzo del curso escolar se aproximaba. Convine con Tiberio en
ingresar juntos en el seminario de San Sulpicio; él para acabar sus
estudios de Teología, yo para empezar los míos. Su mérito, que era
harto conocido del obispo de la diócesis, le hizo obtener de aquel
prelado un beneficio de bastante consideración antes de su marcha.
Mi padre, creyéndome curado del todo de mi pasión, no puso dificultad
ninguna en dejarme marchar. Llegamos a París. El traje eclesiástico
sustituyó a la Cruz de Malta, y al título de caballero el de abate Des
Grieux. Me apliqué al estudio con tal aplicación, que hice grandes
progresos en pocos meses. No perdía ni un momento del día y aun
empleaba parte de la noche. Mi reputación se hizo tan notoria que me
felicitaban ya por las dignidades que no podía menos de obtener; y,
sin haberlo solicitado yo, mi nombre fué escrito en la lista de los
beneficios. No menos fervoroso me mostraba en las prácticas religiosas,
a las que era asiduo. Tiberio estaba encantado de lo que miraba como
obra suya y en varias ocasiones vertió lágrimas de emoción ante lo que
llamaba mi conversión.
Que las resoluciones humanas estén sujetas a rápidos cambios es
cosa que no me ha sorprendido nunca; una pasión las engendra y otra
pasión puede destruirlas. Pero cuando pienso en la santidad de las
que me llevaron a San Sulpicio y en la alegría que el cielo me hacía
experimentar al llevarlas a cabo, me espanto de la facilidad con que
pude romperlas. Si es verdad que la ayuda celeste es en todo momento
de una fuerza igual a la de las pasiones, que vengan a explicarme por
qué funesto ascendiente se encuentra uno arrastrado de súbito lejos de
su deber, sin encontrarse capaz de la menor resistencia y sin sentir el
menor remordimiento. Creíame absolutamente libertado de las debilidades
del amor. Parecíame que hubiese preferido la lectura de una página de
San Agustín o un cuarto de hora de cristiana meditación a todos los
placeres de los sentidos, sin exceptuar aquéllos que pudiera ofrecerme
la misma Manon. Sin embargo, un instante desdichado me hizo caer en el
precipicio, y mi caída fué tanto más irreparable porque, hallándome
de súbito en el mismo grado de profundidad de donde había salido, los
nuevos desórdenes en que caí me arrastraron a un abismo mucho más hondo.
Llevaba casi un año en París sin ocuparme para nada de los asuntos de
Manon. Mucho trabajo me había costado al principio; pero los consejos,
siempre prudentes, de Tiberio y mis propios pensamientos habíanme
hecho obtener la victoria. Los últimos meses habían trascurrido con
tal tranquilidad que comenzaba a creerme a punto de olvidar a la
encantadora pérfida. Así llegó el tiempo en que había de hacer un
ejercicio público para ingresar en la Escuela de Teología. Rogué a
varias personas de mi más alta consideración que viniesen a honrar mis
exámenes con su presencia. Mi nombre voló así por todos los barrios de
París y llegó hasta los oídos de mi infiel. No le reconoció con toda
certeza bajo el título de abate; pero un resto de curiosidad, tal
vez el arrepentimiento de haberme engañado (jamás conseguí saber cuál
de aquellos dos sentimientos), hízola interesarse por un nombre tan
semejante al mío. Vino a la Sorbona con algunas otras damas, presenció
mi ejercicio y no cabe duda que debió costarle poco trabajo reconocerme.
No supe nada de aquella visita. Es sabido que en tales lugares existen
habitaciones reservadas para las damas, que permanecen ocultas tras una
celosía. Volví a San Sulpicio cubierto de gloria y de cumplidos. Eran
las seis de la tarde. Un instante después vinieron a avisarme que una
señora quería verme. Fuí inmediatamente al locutorio. ¡Dios Santo, qué
sorprendente aparición! Allí estaba Manon. Era ella, pero más amable
y más radiante que la viera jamás. Había cumplido dieciocho años; sus
encantos sobrepujaban a cuanto puede imaginarse. ¡Tenía un aire tan
dulce, tan fino, tan fascinador!, el aire del amor mismo. Toda ella me
pareció un encanto.
Quedé suspenso a su vista, y, no pudiendo conjeturar cuál era el objeto
de aquella visita, esperé, con los ojos bajos, tembloroso, a que se
explicase. Su turbación fué durante algún tiempo igual a la mía; pero
viendo que mi silencio continuaba, ocultó sus ojos con la mano para
disimular sus lágrimas. Díjome con un tono lleno de timidez, que
comprendía que su infidelidad merecía mi odio, pero que si era cierto
que alguna vez hubiese yo sentido la menor ternura por ella había
sido también harto cruel dejando pasar casi dos años sin preocuparme
para nada de su suerte, y aún mucho más viendo en el estado en
que se mostraba a mí sin apiadarme de ella ni tener para ella una
buena palabra. Imposible me sería expresar el desorden de mi alma al
escucharla.
Sentóse; yo permanecí en pie, casi vuelto de espaldas, sin osar mirarla
frente a frente. Varias veces comencé a hilvanar una respuesta que
no tuve fuerzas para concluir. En fin hice un esfuerzo para exclamar
dolorosamente: «¡Pérfida, Manon! ¡Ah, pérfida, pérfida!». Repitióme
derramando lágrimas, que no pretendía justificar su perfidia. «¿Qué
pretendéis, entonces?--tuve fuerzas para exclamar aún.--¡Quiero
morir!--respondió--, si no me devolvéis vuestro corazón, sin el cual
no es posible que viva.--¡Pídeme, pues, la vida, infiel!--respondí,
derramando a mi vez lágrimas, que me esforzaba en vano por contener--;
¡Pídeme la vida, que es lo único que me queda por sacrificarte, pues mi
corazón nunca ha cesado de ser tuyo!».
Apenas hube acabado de pronunciar estas últimas palabras, se levantó
para correr a mí y estrecharme en sus brazos con locura. Abrumóme
con las más apasionadas caricias, llamóme con los más tiernos
nombres que inventó el amor para expresar sus más vivas ternuras.
Yo no la contestaba aún, sino con languidez. ¡Qué tránsito desde la
tranquila paz en que había vegetado a los tumultuosos sentimientos
que sentía renacer! Hallábame aterrado; me estremecía, como sucede
cuando nos vemos perdidos de noche en una campiña solitaria: nos
creemos transportados a un mundo desconocido; nos sobrecoge un horror
secreto, del que no nos reponemos hasta haber explorado bien todos los
alrededores.
Sentámosnos uno junto a otro. Cogí sus manos entre las mías. «¡Ah,
Manon!--díjele acompañando mis palabras de una mirada llena de
tristeza--No esperaba la negra traición con que pagasteis mi amor.
Bien fácil os era engañar a un pobre corazón en que reinabais como
única señora y que cifraba su dicha en obedeceros y seros grato.
Decidme ahora si habéis encontrado otro tan tierno o tan sumiso. No,
imposible, la naturaleza no ha hecho otro de mi temple. Decidme al
menos si pensasteis en él alguna vez con nostalgia. ¿Qué fe he de poner
en vuestra bondad, que hoy os hace venir a consolarle? Bien veo que
sois más encantadora que nunca, pero, a cambio de cuanto por vos sufrí,
bella Manon, decidme si seréis más fiel».
Tales y tan tiernas cosas me dijo sobre su arrepentimiento y con
tales juramentos se ligó a la fidelidad inquebrantable que acabó
por enternecerme. «Amada Manon--suspiré con una mezcla extraña de
expresiones amorosas y teológicas--; eres demasiado adorable para una
criatura humana. Siento mi corazón arrebatado por victorioso deliquio.
Todo lo que de libertad se habla en San Sulpicio, no es sino una
quimera. Voy a perder mi fortuna y mi reputación por ti, lo preveo;
leo en tus lindos ojos mi destino, pero ¿de qué pérdidas no me vería
consolado por tu amor? Los favores de la fortuna no me importan,
la gloria me parece humo, mis planes de vida eclesiástica, locos
desvaríos, todo bien que no sea el que a tu lado espero es un bien
despreciable, puesto que no tendría fuerza ni un solo instante en mi
corazón contra una sola de tus miradas».
Aunque ofreciéndole para lo futuro un olvido general de sus pecados
quise saber cómo se había dejado seducir por M. de B... Contóme que,
habiéndola visto asomada a la ventana, se había enamorado de ella; que
le había hecho su declaración en estilo de Granjero-General; es decir,
haciéndole saber que el pago sería proporcionado a los favores; que
había comenzado por capitular aunque sin otra idea que la de sacar de
él alguna cantidad considerable que nos ayudase a vivir cómodamente;
que la había deslumbrado con tan magníficas promesas que se había
dejado vencer poco a poco. Añadió que debía yo, sin embargo, juzgar
su remordimiento por las muestras de dolor que había dado la víspera
de nuestra separación y que, pese a la opulencia de que la rodeara,
jamás había sido feliz con él, no sólo porque no hallaba, añadió, la
delicadeza de mis sentimientos y el encanto de mis modales, sino porque
en medio de los placeres con que la obsequiaba, guardaba en el fondo de
su corazón el recuerdo de mi amor y el remordimiento de su infidelidad.
Hablóme de Tiberio y de la gran turbación que su visita le produjo.
«Una estocada en el corazón hubiese alterado menos mi sangre. Volvíle
la espalda sin poder sostener ni un momento su presencia».
Continuó contándome por qué medios supo mi estancia en París, mi cambio
de condición y mis ejercicios de la Sorbona. Me aseguró que se había
emocionado de tal modo durante la controversia que le había costado
gran trabajo contener sus lágrimas, sus gemidos y aun sus gritos,
que en más de una ocasión estuvieron a punto de estallar. Díjome,
por último, que había salido la última de aquel lugar, para ocultar
a las miradas indiscretas su turbación y que, siguiendo los impulsos
de su corazón y la impetuosidad de sus deseos, había venido derecha
al seminario con la resolución de morir si no me hallaba dispuesto a
perdonarla.
¿Dónde habría un bárbaro que ante arrepentimiento tan vivo y tan
apasionado no se hubiese conmovido? Por lo que a mí se refiere
comprendí que hubiese sido capaz de sacrificar a Manon en aquel momento
todos los obispados de la cristiandad. La pregunté qué nuevo orden
creía ella debíamos poner en nuestros negocios. Propúsome lo primero
salir del seminario y suspender toda decisión hasta hallarnos en lugar
más seguro. Consentí en cuanto quiso, sin replicar. Fuese, pues, en su
carroza, a esperarme en la esquina de la calle. Escapéme un momento
después, sin que el portero me viese, y ganando el coche, subí con
ella. Detuvímosnos en una tienda de ropas usadas; volví a recobrar
galones y espada. Manon corrió con los gastos, pues yo no tenía dinero
alguno, porque ante el temor de que pudiese hallar algún obstáculo
para salir de San Sulpicio no había querido que volviese a mi cuarto
a recogerlo. Por otra parte mi tesoro era escaso y en cambio ella lo
bastante rica, gracias a las liberalidades de M. de B..., para desdeñar
lo que me obligaba a abandonar. En casa del ropavejero discutimos el
partido que convenía tomar. Para hacerme más grato el sacrificio de
M. de B... decidió no andarse en paliativos con él. «Quiero dejarle
los muebles, que son suyos. Es de justicia--dijo Manon--. En cambio me
llevaré, como es natural, mis alhajas y casi sesenta mil francos que le
he sacado en dos años. Ningún derecho sobre mí le he dado--añadió--,
así es que podemos vivir sin temor en París, alquilando una casa
cómoda, donde seremos felices».
Hícele observar que si no había peligro para ella habíalo y muy grande
para mí, que tarde o temprano acabaría por ser reconocido, y que
estaría continuamente expuesto al mismo peligro por el que ya pasé
una vez. Me hizo comprender que sentiría mucho tener que dejar París.
Amábala tanto que temeroso de enojarla no había peligro que no fuése
capaz de correr por ella. Pero, por fin, hallamos un justo medio
razonable, que consistía en alquilar una casa en los alrededores, en
cualquier pueblecillo, desde donde pudiésemos ir a la ciudad siempre
que nos fuése menester para diversiones o negocios. Escogimos Chaillot,
que no está muy lejos. Manon volvió acto seguido a su casa, y yo me fuí
a esperarla a la puerta pequeña del jardín de las Tullerías.
[Ilustración]
[Ilustración]
Volvió una hora más tarde en una carroza de alquiler, con una muchacha
que la servía y algunos baúles, donde estaban encerrados sus
trajes y cuantas cosas tenía de valor.
Poco tardamos en llegar a Chaillot. Nos hospedamos la primera noche en
la posada para tener tiempo de buscar una casa o por lo menos un piso
donde instalarnos con comodidad. Hallamos, al siguiente día, uno de
nuestro agrado.
Mi felicidad me pareció establecida sobre bases de firmeza
inquebrantable. Manon era la dulzura y la complacencia personificadas.
Tenía para mí tales y tan delicadas atenciones que por ellas me creí
compensado de todas mis penas. Como habíamos adquirido los dos un
poco de experiencia, razonábamos sobre la solidez de nuestra fortuna.
Sesenta mil francos que constituían el fondo de nuestra riqueza,
no eran una suma que pudiera dar de sí para toda una vida. Tampoco
estábamos dispuestos a limitar nuestros gastos con exceso. La mayor
virtud de Manon, como tampoco mía, no era el ahorro. He aquí el plan
que nos trazamos: «Sesenta mil francos--dije--pueden sostenernos
seis años. Dos mil escudos al año nos bastarán si seguimos viviendo
en Chaillot. Llevaremos vida decorosa, pero sencilla. Nuestro único
gasto será la carroza y el teatro. Ya nos arreglaremos. A la Ópera,
que os agrada, iremos dos veces por semana. En cuanto al juego nos
las compondremos de modo que nuestras pérdidas no pasen nunca de dos
_pistolas_. Es imposible que en el espacio de seis años no haya ningún
cambio en mi familia; mi padre es viejo, puede morir y me hallaría
entonces en situación desahogada, por encima de todo temor».
Aquel acuerdo no hubiese sido ciertamente la mayor locura de mi vida si
hubiésemos sido capaces de atenernos a él. Pero nuestras resoluciones
no duraron arriba de un mes: Manon sentía pasión por el placer, yo por
ella. Surgían a cada instante nuevas ocasiones de gastar, y lejos de
lamentar los profusos despilfarros yo era el primero en proporcionarle
cuanto creía que podía serle grato. Nuestra casita de Chaillot
comenzaba a cansarle.
Aproximábase el invierno; todo el mundo volvía a la ciudad, y el campo
iba a quedar desierto. Propúsome volver a París; no consentí en ello,
pero para complacerla de algún modo díjele que podíamos alquilar un
piso amueblado donde pasar la noche los días en que acabasen muy tarde
las reuniones que frecuentábamos, puesto que la gran incomodidad que
suponía volver tan tarde a Chaillot era el pretexto que ponía para
querer abandonarle. Teníamos así dos alojamientos, uno en la ciudad y
otro en el campo. Aquel cambio introdujo pronto el desorden en nuestros
asuntos, provocando dos aventuras que fueron causa de nuestra ruina.
Manon tenía un hermano que era guardia de Corps y que resultó
desgraciadamente vecino de nuestra misma calle. Reconoció a su hermana
viéndola una mañana en la ventana. Vino en seguida a vernos. Era
hombre brutal y sin principios de honor. Entró en nuestra habitación
profiriendo tremendos juramentos, y como conocía una parte de las
aventuras de su hermana abrumóla a injurias y reproches.
Había salido yo momentos antes, lo que no dejó de ser una suerte para
él o para mí, poco dispuesto a sufrir injurias de nadie. No volví a
nuestro albergue hasta después de su marcha. La tristeza de Manon me
hizo, sin embargo, sospechar que algo extraordinario había ocurrido.
Contóme la escena desagradable y la actitud brutal de su hermano. Me
sentí tan indignado que hubiese querido correr inmediatamente a tomar
venganza si ella, con sus lágrimas, no me hubiese detenido.
Mientras estábamos hablando, el guardia de Corps volvió a entrar en la
habitación sin hacerse anunciar. Ciertamente que, de haberle conocido,
no le hubiese recibido con tanta urbanidad como lo hice; pero después
de saludarnos sonriente, dijo a Manon que venía a darle excusas de su
arrebato: que la había creído en una vida de desarreglo, y que aquella
idea había encendido su ira; pero que habiendo interrogado a un criado
sobre mi persona había averiguado cosas tan halagüeñas para mí que su
mayor deseo era el de llevarse bien con nosotros.
Aunque aquella información procedente de uno de mis lacayos tenía
algo de raro y aun de chocante, recibí sus cumplidos de buena fe,
creyendo dar gusto a Manon, que parecía encantada de verle dispuesto a
reconciliarse.
Hicímosle quedarse a comer.