NOTAS DEL TRANSCRIPTOR
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* * * * *
[Ilustración]
_ESTRELLA_
[Ilustración]
ABATE
PRÉVOST
MANON
LESCAUT
PALABRAS
LIMINARES
[Ilustración]
_Hay libros amables (es la palabra), divertidos, que, bien por
su clave, bien por encarnar una idea o una modalidad superficial,
flotante en la atmósfera, se leen golosamente, se comentan en vaga y
amena charla y... se olvidan. Son libros actuales; tienen la efímera
trascendencia de una moda; como ella pasan pronto y, como ella también,
después de mucho tiempo, adquieren un valor simplemente anecdótico.
Cuando uno de esos libros, en el transcurso de unos años, vuelve a caer
en nuestras manos, sentimos un gran impulso de alegría y decimos para
nuestro capote: «¡Gracias a Dios que hemos dado con un libro ameno!
¡Éste sí que es divertido!». Pero según avanzamos en la lectura, nos
llamamos a engaño, considerándonos defraudados. ¡Pero es posible! ¡Si
cuando lo leímos la primera vez nos encantó! ¡Y vemos con asombro que
aquel libro ha envejecido atrozmente, que todo lo que antes nos pareció
delicioso ahora nos aburre, y dejámoslo caer con un bostezo; es viejo
ya y no tiene aun el interés documental. Y es así porque trátase de un
conflicto artificial, creado por una «manera» de vida convencional,
porque no es humano. Quiero decir, que los lances pueden parecernos
momentáneamente divertidos, pero el pensamiento fundamental no se basa
en una de esas eternas leyes como tales comunes a todos los tiempos y a
todos los pueblos._
_Existen, en cambio, obras que no nos parecen tan divertidas, que
hasta leemos con cierta dificultad (si confesamos la verdad, no siendo
profesionales, eruditos o no teniendo el espíritu muy predispuesto
a ello, todas las obras maestras se nos hacen un poco fatigosas de
leer), pero que dejan una huella duradera en nuestro espíritu, que
recordamos en momentos dados, por sus raras concomitancias con nuestro
estado anímico, y que cada vez que son leídas se saborean con mayor
delectación, sencillamente por eso, porque son «humanas», porque las
pasiones que hay en sus páginas no son privativas de éstos o los otros,
sino comunes a toda la humanidad, a todos los tiempos._
_«Manon Lescaut», que es además una delicia de gracia, de viveza y de
color, pues que casi ayuna de descripciones, «sugiere» a maravilla el
XVIII francés y revélalo en una serie de estampas mitad sentimentales,
mitad libertino-burlescas, es una novela eterna, porque es la novela
del amor por excelencia. Podrán autores después habernos dado otros
libros en que la tragedia del amor sea más sombría, más violenta, más
recargada de tintas, en que se pinte el descenso hacia la vileza, la
miseria y la muerte por la pendiente de las pasiones con más brío, pero
eso no quitará lozanía a la jugosa narración del abate Prévost, que,
justamente en su sencillez, lleva su encanto de verdad._
_¡Manon, deliciosa muñeca que no eres ni perversa, ni liviana, ni
abnegada, ni apasionada, y que, sin embargo, lo eres todo, porque eres
«atrozmente» femenina! ¡Caballero Des Grieux que amas y ofrendas tu
vida, que sabes envilecerte conservando en la vileza tu innato señorío,
qué reales os ofrecéis a nosotros!_
_Todo, todo es en estas páginas de una pasmosa certeza; todo está
lleno de amorosos apotegmas, «El amor es o no es desde el primer
momento»; y el futuro caballero de Malta ama a Manon desde que la ve
ante aquella deliciosa posada que tiene el encanto de un grabado de la
época. «En todo amor, uno ama y otro se deja amar»; es el caballero Des
Grieux el que ama. Manon se deja amar de él, se deja amar y es liviana
y egoísta, y ambiciosa y cruel y mentirosa, y encuentra las argucias
perversas de todos los que no aman; «la fidelidad que quiero de vos es
la del corazón; la otra no me importa». «En toda historia de mujer hay
un collar»; y un collar de perlas hay en la de Manon Lescaut._
_Y si verdad es ella, no menos verdad es él, con sus
renunciamientos, sus abdicaciones, sus cobardías y las ficciones con
que, exaltando los gestos de ella, pretende engañarse a sí mismo... sin
conseguirlo. Aunque para ello ha de atribuirle virtudes que sabe muy
bien que no posee. El amor envilece al caballero Des Grieux y el amor
le redime._
_Y si ciertos son ellos, ciertos son también los que les rodean, el
viejo G... M..., Tiberio, Marcelo y aquellos guardianes que al saber
«la enormidad» de la pasión del caballero, en vez de compadecerlo, le
explotan y suben sus tarifas hasta agotar su exiguo haber._
_El caballero ama, ella se deja amar; la ama tanto que ella, algunas
veces, cuando es muy desdichada, llega a amarle también... sin
perjuicio de volver a mentirle el día que volviese a ser feliz._
ANTONIO DE HOYOS Y VINENT
[Ilustración]
[Ilustración]
HISTORIA
DE
MANON LESCAUT
[Ilustración]
PRIMERA
PARTE
[Ilustración]
Me veo obligado a hacer retroceder al lector a los días de mi
vida en que encontré por vez primera al caballero Des Grieux. Fué
aproximadamente seis meses antes de mi excursión a España. Aunque
raramente abandonaba mi soledad, el cariño que sentía por mi hija y
el deseo de complacerla llevábanme algunas veces a emprender cortos
viajes, que, a decir verdad, abreviaba todo lo posible.
Volvía un día de Rouen, donde había ido cediendo a sus súplicas,
para solicitar de la administración normanda la resolución favorable
de un asunto de tierras a que tenía derecho por herencia de mi
abuelo materno. Habiendo reanudado mi ruta por Evreux, llegué al día
siguiente a la hora de comer a Passy. Sorprendióme al entrar en la
ciudad encontrarme a los habitantes presa de extraña inquietud; salían
precipitadamente de sus casas para correr a la puerta de una posada
donde veíanse dos carricoches cerrados. Los caballos espumeantes y
cubiertos de sudor, decían muy a las claras que acababan de llegar.
Detúveme un momento para averiguar las causas del tumulto, pero nada
pude sacar en limpio de aquellas gentes que curiosas se atropellaban
camino de la hostería sin prestar atención ninguna a mis preguntas; por
fin vi en la puerta a un arquero, ostentando su bandolera, un arcabuz a
la espalda, y le llamé; roguéle me explicase las causas de tanto ruido.
«No es nada, caballero--aseguróme--. Son unas cuantas prostitutas que
llevo con mis compañeros a Havre-de-Grâce, donde las embarcaremos para
América. Hay algunas guapas, y eso es al parecer lo que excita la
curiosidad de los buenos campesinos».
Hubiérame contentado con esa explicación a no ser por las lamentaciones
de una vieja que salió del parador clamando con grandes espavientos
que aquello era una cosa bárbara, una cosa que movía al horror y la
compasión. «¿Pero qué es?»--la interrogué. «¡Ah! caballero, entre
usted--me contestó--y verá si el cuadro no es para oprimir el corazón
a cualquiera». La curiosidad obligóme a descender del caballo, que
entregué a mi palafrenero. Entré abriéndome paso dificultosamente por
entre la multitud, y mis ojos vieron efectivamente algo emocionante.
Entre las doce hembras, encadenadas de seis en seis por la cintura,
había una cuyo rostro y cuyo aspecto eran tan poco conformes con su
condición, que en cualquier otro lado hubiérala tomado por persona
principal. Su tristeza, la suciedad y miseria de sus ropas, enturbiaban
tan poco su belleza, que su vista me inspiró respeto y piedad. Trataba,
sin embargo, de ocultar su persona y su rostro, todo lo que la cadena
permitía, para recatarlos a las miradas indiscretas, y lo más notable
era que el esfuerzo que hacía para ocultarse era tan natural que
parecía dictado por un sentimiento de modestia.
Como los seis guardias que acompañaban y vigilaban a las desdichadas
hallábanse en la estancia con ellas, llevéme aparte al jefe que
les mandaba, para pedirle algunos esclarecimientos sobre la suerte
destinada a la joven. No pudo decirme sino generalidades. «La
hemos sacado del _hospital_ por orden expresa del jefe superior de
Policía--aclaró--. Y no es de suponer que estuviese allí por sus
virtudes. Por lo que a mí se refiere, la he interrogado varias veces
durante el viaje, y se obstina en no contestarme. Aunque no tengo
ningún encargo especial de benevolencia para ella, no he dejado de
guardarla ciertas consideraciones, pues me parece de mejor condición
que sus compañeras. Ahí tenéis un joven que tal vez pueda instruiros;
mejor que yo sabe los motivos de su desdicha; viene siguiéndola desde
París sin cesar ni un momento de llorar. Forzosamente, trátase de su
amante o de su hermano».
Volví los ojos en la dirección que me indicaban, y vi al joven sentado
en un rincón. Parecía sumido en profundo ensueño, y, a decir verdad,
jamás vi más exacta imagen del dolor. Vestía muy sencillamente, pero
distinguíase a primera vista al hombre de cuna y educación. Acerquéme a
él; alzóse de su asiento, y vi en sus ojos, en su rostro y sus ademanes
todos, un no sé qué de noble, que me predispuso a desear servirle. «No
quisiera molestaros--díjele sentándome a su lado--. Desearía tan sólo
que satisficieseis la curiosidad que me impulsa a conocer a la bella
damisela, que no me parece hecha para un destino tan cruel como el que
le cupo en suerte».
Contestóme con franqueza que se lo impedía la imposibilidad en que
se hallaba de satisfacer mi curiosidad sin aclarar al mismo tiempo
su personalidad propia, y que esto no le era dable por tener muchas
razones para desear guardar el incógnito. «Puedo deciros, eso sí,
lo que no ignoran ni esos miserables--prosiguió mostrándome a los
arqueros--. Que la amo con una pasión violenta que hace de mí el más
infortunado de los hombres. Hice en París esfuerzos sobrehumanos para
conseguir su libertad, pero las súplicas, la astucia y la fuerza han
sido inútiles. He tomado el partido de seguirla aunque sea al fin
del mundo. Me embarcaré con ella; iré a América. Pero lo cruel, lo
inícuo, es que esos malvados--y aludía a los guardianes--, no me dejan
acercarme a ella. Mi intención era atacarlos a algunas leguas de París;
había conseguido asociarme a cuatro hombres, que, a cambio de una suma
considerable, me ofrecieron su ayuda; los canallas me abandonaron a mis
propias fuerzas y se largaron con el dinero. La inutilidad de intentar
vencer por la violencia me hizo rendir armas; entonces propuse a los
arcabuceros que me permitiesen seguirles ofreciendo una recompensa;
la esperanza de las ganancias les movió a acceder. Me han obligado a
pagarles cada vez que he querido hablar con mi querida. Mi bolsa quedó
exhausta en muy poco tiempo, y ahora tienen la crueldad de rechazarme
cuando intento acercarme a ella. Hace un rato, como sin hacer caso de
sus amenazas me aproximé, tuvieron la osadía de alzar contra mí la
culata de sus fusiles. Me veo precisado, para satisfacer su avaricia
y para poder seguir el camino, a vender aquí un caballo muy malo que
hasta ahora me sirvió de cabalgadura y tendré que seguir a pie».
Aunque pareció hacer su narración con bastante serenidad, dejó,
al concluir, caer algunas lágrimas. La aventura me pareció de las
más emocionantes y enternecedoras. «No quiero arrancaros vuestro
secreto--díjele--, pero si puedo seros útil en algo me ofrezco gustoso
a serviros.--¡Pardiez!--replicó--no veo ni la menor luz de esperanza;
he de someterme a la crueldad de mi destino; iré a América; a lo menos
allí seré libre con la mujer a quien amo. He escrito a un amigo que me
enviara algún dinero a Havre-de-Grâce; no me preocupa sino la manera de
ir hasta allí y la de procurar a esta infeliz criatura--añadió mirando
con ternura a su amada--algunos consuelos durante el camino.--Pues
bien--le dije--voy a poner fin a vuestros apuros. Aquí tenéis algún
dinero que os ruego aceptéis y conste que siento no poder prestaros
mejor ayuda».
Dile cuatro luises de oro sin que los guardianes se percatasen de ello,
pues suponía, con fundamento, que si le sabían dueño de tal suma,
sus exigencias serían mayores. Hasta ocurrióseme la idea de hacer un
trato con ellos para que el enamorado doncel pudiese hablar libremente
a su querida, hasta llegar al Havre. Dicho y hecho; llamé al jefe y
sin ambages hícele mi proposición. Pareció avergonzado, pese a sus
fanfarronadas. «No es, caballero--comenzó con aire de confusión--,
que nos neguemos a dejarle hablar a esa mujer, pero si fuése por él
estaría perpetuamente a su lado; eso nos crea una molestia; justo es
que pague.--Veamos--interrogué--cuánto haría falta para que no la
experimentaseis». Tuvo la audacia de pedirme dos luises. Se los di
inmediatamente. «Pero tenga cuidado--le previne--que no se les ocurra
hacer ninguna granujada, pues voy a darle mis señas al joven ese con
objeto de que pueda informarme, y esté seguro de que tengo influencia
bastante para hacerles castigar si no cumple lo convenido». Costóme,
pues, el encuentro, seis luises de oro.
La graciosa sencillez y la viva gratitud que el joven desconocido me
mostró, acabaron de persuadirme de que había nacido en nobles pañales y
que merecía mis liberalidades. Antes de partir dirigí la palabra a su
amiga, la cual me contestó con una modestia tan encantadora y dulce,
que sirvió para sugerirme, mientras me alejaba de allí, mil reflexiones
sobre el extraño carácter de las mujeres.
Encerrado nuevamente en mi soledad, nada supe sobre la continuación
de la aventura. Pasaron así dos años durante los cuales llegué a
olvidar el lance, hasta que la casualidad me hizo saber todas las
circunstancias de él.
Volvía yo de Londres a Calais con el marqués de... mi discípulo; nos
habíamos alojado, si no recuerdo mal, en el _León de Oro_, donde por
motivos que no son del caso nos vimos forzados a pasar todo el día y la
noche siguientes. Paseando aquella tarde por las calles, creí divisar
al mismo joven con quien me topara en Passy. Estaba bastante mal de
indumentaria y mucho más pálido que la primera vez que me encontré con
él. Llevaba un viejo portamantas en la mano y parecía recién llegado.
Sin embargo, como era demasiado guapo chico para pasar inadvertido, no
dudé ni un momento, y dije al marqués: «Hemos de abordar al muchacho
ese».
Su alegría no tuvo límites cuando él a su vez me reconoció. «¡Ah!
caballero--exclamó con júbilo--. Soy feliz al poder expresaros una vez
más mi gratitud». Le pregunté de dónde venía y me dijo llegaba por mar
de Havre-de-Grâce, donde hacía poco había desembarcado de América.
«No me parece que os halléis floreciente de dinero--insinué--. Id si
queréis al _León de Oro_, donde habito yo. En seguida iré a reunirme
con vos».
Volví, efectivamente, impaciente por saber los detalles de su
infortunio y de su extraño viaje a América. Hícele mil finezas y di
órdenes para que no le faltase nada. No esperó que yo le incitase
para contarme la historia de su vida. «Caballero--me dijo--os
portáis conmigo de tal guisa que tendría a baja ingratitud ocultaros
nada. Quiero contaros no sólo mis desgracias y mis penas, sino mis
debilidades y mis desórdenes más vergonzosos. Estoy seguro de que, aun
condenándolos, no podréis por menos de compadecerme».
Debo advertir aquí a mis lectores que escribí su historia casi
inmediatamente después de habérsela oído contar, y que por lo tanto
pueden estar seguros y tranquilos respecto a la veracidad y exactitud
de la misma. He sido gráfico hasta en la reprodución de las reflexiones
y el reflejo de los sentimientos que el aventurero expresaba con gracia
encantadora. He aquí la narración en que no entremezclaré nada que no
haya oído de sus labios.
* * * * *
Tenía yo diecisiete años y acababa mis estudios de filosofía en Amiens,
adonde mi familia, perteneciente a una de las más nobles Casas de
P... me había enviado. Llevaba una vida tan ordenada y sensata que
mis maestros me ponían como ejemplo a mis condiscípulos. No es que yo
hiciese esfuerzos extraordinarios para merecer esta opinión halagüeña,
sino más bien que mi carácter es dulce y tranquilo por natural
inclinación. Aplicábame al estudio por afición y me ponían en el activo
de las virtudes lo que en realidad no era sino aversión a los vicios.
Mi nacimiento, mi amor a la aplicación y algunos naturales atractivos
me habían hecho ser conocido y estimado de toda la población.
Acabé mis ejercicios públicos con general aprobación hasta el punto
de que el señor Obispo, que asistía a ellos, me propuso prepararme
para el estado eclesiástico, donde, según él, adquiriría más gloria
que en la Orden de Malta a que me destinaban mis padres. Hacíanme a
este propósito llevar ya la cruz con la denominación del Caballero Des
Grieux. Llegadas las vacaciones, disponíame a volver a casa de mi padre
que me había prometido enviarme en seguida a la Academia.
Mi única pena al dejar Amiens era perder un amigo a quien me uniera
siempre tierna amistad. Era mayor que yo. Nos habíamos educado juntos,
pero siendo su patrimonio harto modesto veíase obligado a abrazar el
estado eclesiástico y a permanecer en Amiens después de mi marcha
para seguir los estudios que correspondían a su profesión. Tenía mil
buenas cualidades. Las mejores las iréis encontrando en el curso de
mi historia, sobre todo un celo y una generosidad en la amistad que
sobrepasan los más célebres ejemplos del mundo antiguo. Si yo hubiese
seguido sus consejos, hubiese sido siempre sensato y feliz. Si a lo
menos hubiese aprovechado sus reproches en el abismo a que mis pasiones
me arrastraron, algo hubiese salvado en el naufragio de mi fortuna y
mi reputación. Pero no recogí otro fruto de sus enseñanzas que la pena
de verlas inútiles, y aún, algunas veces, duramente recompensadas con
las repulsas de un ingrato que se ofendía con ellas y las calificaba de
impertinencias.
Había yo señalado la fecha de mi marcha de Amiens. ¡Por qué no la
señalaría para un día antes o después! Hubiese llevado a la presencia
paterna el tesoro de mi inocencia. La víspera misma del día en que
debía abandonar la villa, estando paseando con mi amigo, que se
llamaba Tiberio, vimos llegar el coche de Arras y lo seguimos hasta la
posada donde esos vehículos se detenían. Ningún motivo que no fuése
la curiosidad nos impulsaba a ello. Salieron de él algunas mujeres
que al instante internáronse en el parador, pero quedó allí una muy
joven que permaneció en el patio, mientras que un viejo, que parecía
servirle de rodrigón, apresurábase a hacer retirar sus equipajes de
los cestos. Parecióme tan bella, que yo, que jamás me había parado a
pensar en la diferencia de los sexos, ni mirado a una mujer con mediana
atención, yo, repito, de quien todo el mundo admiraba la sensatez y la
tranquilidad, hálleme súbitamente inflamado de pasión hasta el delirio.
Tenía el defecto de ser excesivamente tímido y fácil de desconcertar,
pero en aquel caso, en vez de verme detenido por aquella debilidad,
avancé resueltamente hacia la desconocida.
[Ilustración]
[Ilustración]
Aunque seguramente era más joven que yo, recibió mis galanterías sin
mostrarse azorada. Preguntéle qué le llevaba a Amiens, y si tenía
amistades o conocimientos allí. Contestóme ingenuamente que iba enviada
por su familia para profesar como religiosa. El amor, aunque sólo
hacía un momento que anidaba en mi alma, hacíame tan clarividente,
que desde luego miré aquello como un golpe mortal asestado a mis
deseos. Habléle de manera que no le dejó duda respecto a mis
sentimientos, pues por lo visto poseía mucha más experiencia que yo.
Según dijo, la enviaban al convento contra su voluntad, para evitar,
indudablemente, una naciente inclinación al placer, causa luego de
todas sus desgracias y las mías. Combatí la cruel determinación de sus
padres con todas las razones que mi amor y mi elocuencia escolástica me
sugirieron. No mostró ni enfado ni desdén; díjome, tras un momento de
silencio, que presentía desde luego que iba a ser desgraciada, pero que
indudablemente debía ser voluntad celeste, cuando ningún medio tenía de
evitarlo. La dulzura de sus miradas, un aire encantador de tristeza al
pronunciar las anteriores palabras, o mejor la fatalidad de mi destino,
que me arrastraba a la perdición, no me dejaron ni un instante de duda.
La juré que, si quería confiar en mi honor y en la infinita ternura
que me inspiraba ya, daría gustoso mi vida por librarla de la tiranía
de los suyos y hacerla feliz. Mil veces me pregunté después, con
asombro, de dónde me vinieron entonces la audacia y la facilidad para
expresarme, pero no valdría la pena hacer del amor una divinidad si no
supiese realizar tales prodigios.
Mi bella desconocida no ignoraba que a mi edad no se miente.
Confesóme que si yo creía ver algún medio para ponerla en libertad,
se consideraría deudora a mí de algo que estimaba más que la vida. La
repetí que estaba dispuesto a emprender cualquier empresa por difícil y
arriesgada que fuése, pero que careciendo de la necesaria experiencia
de los medios de qué valerme, tenía que limitarme a aquella afirmación,
que a decir verdad no era de gran utilidad ni para ella ni para mí.
Como llegara entonces su viejo Argos, mis esperanzas iban a evaporarse
a no haber tenido ella suficiente ingenio para suplir la deficiencia
del mío. Quedéme asombrado a la llegada de su ayo, al ver que me
llamaba _primo mío_ y que, sin parecer desconcertada en lo más mínimo,
me decía, que, puesto que había tenido la suerte de encontrarme en
Amiens, dejaba para el día siguiente su entrada en el convento, por
tener el gusto de cenar en mi compañía. Comprendí pronto el alcance de
su astucia y propúsele hospedarse en una posada cuyo dueño, establecido
en Amiens después de haber sido muchos años cochero de mi padre, me era
adicto en cuerpo y alma.
Llevéla yo mismo, mientras el viejo rumiaba no sé qué protestas, y
mi amigo Tiberio, que no comprendía nada de la escena, nos seguía
sin pronunciar palabra. No había este último oído palabra de nuestra
conversación, entretenido en pasear por el patio, mientras hablaba yo
de amor a mi bella desconocida. Como desconfiaba de su severidad, me
deshice de él, dándole un encargo. Así tuve el placer, al llegar al
albergue, de hablar a solas con la dueña de mi corazón.
Pronto me di cuenta de que era menos niño de lo que yo mismo creía.
Esponjábase mi corazón en mil tiernas y deliciosas sensaciones de que
jamás había tenido sospecha; una tibia sensación de bienestar corría
por mi cuerpo. Era presa de loco delirio que por algún tiempo me
quitaba el uso de la palabra y que sólo se exteriorizaba en los ojos.
La señorita Manon Lescaut, así me dijo llamarse, parecía harto
satisfecha del efecto de sus encantos sobre mí. Creí notar que
hallábase no menos emocionada que yo, y aun me confesó que me
encontraba amable y que le encantaría deberme su libertad. Quiso saber
quién era yo, y una vez sabido, el conocimiento pareció aumentar
la naciente simpatía, pues, según dijo, siendo de la misma clase,
halagábala más mi conquista. Buscamos modo de poder ser el uno del otro.
Después de mucho cavilar no hallamos más camino que la fuga. Había
en primer lugar que burlar la vigilancia del guardián que era hombre
de temer, pese a su simple condición de criado. Decidimos que haría
preparar durante la noche una silla de posta, y que vendría con ella
a buscarla antes de que se hubiese despertado, que nos escaparíamos
secretamente y que iríamos a París, donde nos haríamos casar. Tenía
yo unos cincuenta escudos, fruto de mis ahorros; ella poseía poco
más o menos el doble. Nos imaginábamos, como niños que eramos, sin
experiencia ninguna de la vida, que una suma así no se acabaría nunca,
e igualmente contábamos con el éxito de nuestras otras medidas.
Después de cenar con más gusto que lo hiciera nunca, me retiré para
poner en ejecución nuestros planes. Mis arreglos fueron tanto más
fáciles, cuanto que, habiendo tenido intenciones de volver al día
siguiente a casa de mi padre, mi reducido equipaje estaba ya preparado.
No hallé, pues, dificultad ninguna para hacer transportar mi cofre y
tener un coche preparado para las cinco de la mañana, que era la hora
en que se abrían las puertas de la ciudad, pero en cambio tropecé con
un obstáculo con el que no contaba, y que estuvo a punto de dar con mis
planes en tierra.
Tiberio, aunque sólo tenía tres años más que yo, era muchacho de
muy buen sentido y de intachable conducta. Me quería con ternura
extraordinaria. La vista de tan bella damisela como la señorita Manon,
mi apresuramiento en servirla y mi insistencia en deshacerme de él,
hiciéronle concebir sospechas de mi amor. No había osado volver a
la posada por miedo a ofenderme con su vuelta, pero fué a esperarme
a mi habitación, donde le hallé a mi llegada, pese a ser ya más de
las diez de la noche. Su presencia me entristeció; notó él pronto la
contrariedad que me causaba. «Estoy seguro--me dijo sin ambages--que
meditas algún plan que quieres ocultarme; lo veo en tu aspecto».
Contestéle bruscamente «que no estaba ciertamente obligado a rendirle
cuentas de mis acciones». Pero insistió tanto y tan perseverantemente
para que le revelara mi secreto, que no estando acostumbrado a guardar
reserva con él, hícele la confesión completa de mi pasión. Recibióla
con tales muestras de descontento, que me hizo estremecer. Arrepentíme
sobre todo de la indiscreción con que le había descubierto mi plan de
fuga. Díjome que era demasiado amigo mío para no oponerse con todas
sus fuerzas; que quería comenzar por exponerme todo lo que creía
capaz de desviarme del peligroso proyecto, pero que si no renunciaba
inmediatamente a aquella infame resolución, advertiría a las personas
a quienes creyese capacitadas para detener el golpe. Echóme luego un
largo discurso y acabó por reiterarme su amenaza de denunciarme si no
le daba mi palabra de portarme con prudencia y cordura.
Estaba yo desesperado de haberme traicionado tan torpemente, pero
habiendo, el amor, en unas horas, despertado el ingenio, puse mientes
en que no le había dicho que mi decisión debía realizarse a la mañana
siguiente, y decidí engañarle con un equívoco: «Tiberio--le dije--hasta
hoy te he creído mi mejor amigo y he querido probarte con esta
confidencia. Verdad es que amo, y no te engaño con ello, pero por lo
que a mi fuga se refiere, no es empresa para emprenderla al azar. Ven
a buscarme mañana a las nueve de la mañana; si es posible te haré ver
a mi amada y me dirás si vale o no la pena de dar este paso por ella».
Dejóme por fin solo, tras mil protestas de amistad.
Empleé toda la noche en poner en orden mis asuntos y habiéndome
encaminado al amanecer a la hostería de la señorita Manon, la encontré
esperándome. Estaba asomada a su ventana, que daba a la calle, así que,
viéndome a lo lejos, vino ella misma a abrirme. No tenía más equipaje
que su ropa blanca, y de ella me encargué yo mismo. La silla de postas
estaba preparada y así nos alejamos en seguida de la villa. Ya os
contaré a continuación cuál fué la conducta de Tiberio, al darse cuenta
de mi engaño. Su abnegación no disminuyó. Ya veréis a qué extremos
le llevó y cuántas lágrimas debiera yo verter pensando lo mal que le
correspondí.
Tanta prisa nos dimos, que llegamos a Saint-Denis antes de anochecer.
Había galopado a caballo al lado del coche, lo cual nos impidió
hablarnos como no fuése en los relevos, pero viéndonos ya cerca de
París, es decir, casi en seguridad, nos tomamos tiempo para refrescar
y comer algo, cosa que no habíamos hecho desde que salimos de Amiens.
Aunque mi pasión por Manon era muy grande, supo ella persuadirme de que
la suya por mí no era menor, y tan poco reservados éramos en nuestras
caricias, que ni aun paciencia teníamos para esperar a estar a solas.
Los postillones y los hosteleros nos miraban, asombrados de ver dos
adolescentes como nosotros que parecían amarse con tal fervor.
Nuestros proyectos matrimoniales evaporáronse al llegar a Saint-Denis;
frustramos los derechos de la Iglesia y nos encontramos casados sin
saber cómo. Es indudable que, dado mi natural tierno y amante, mi
felicidad estaba hecha para toda la vida si Manon me hubiese sido fiel.
Cuanto más la trataba, más descubría en ella mil amables cualidades.
Su dulzura, su ingenio, su corazón y el encanto de su belleza formaban
una cadena tan fuerte y tan encantadora que jamás hubiera sido yo capaz
de romperla. Espantosa versatilidad de las cosas humanas, lo que hizo
mi desdicha, pudo hacer mi felicidad. Justamente soy el más desgraciado
de los hombres por esa constancia que debió depararme la suerte más
envidiable y las más hermosas recompensas del amor.
Alquilamos un piso amueblado en París, en la calle de V..., y quiso mi
suerte aciaga que resultase próxima a la casa del señor de B..., famoso
Granjero-General. Tres semanas iban transcurridas en las cuales de tal
modo me tuvo embargado el amor, que no tuve tiempo de pensar en el
dolor que debía haber producido a mi padre mi inopinada ausencia. Sin
embargo, como el desorden nada tenía que ver con mi conducta, y Manon
se comportaba con gran decoro, la misma tranquilidad en que vivíamos
contribuyó a recordarme la idea del deber.
Resolví reconciliarme con mi padre si era posible. Valía tanto mi
amante que no dudé poder hacerla grata a sus ojos si conseguía que
llegase hasta él noticia de su bondad y su mérito; en una palabra,
concebí esperanzas de llegar a obtener su consentimiento para casarme
con ella, ya que sin él, había llegado a la conclusión de que era
imposible. Participé mis proyectos a Manon haciéndola ver que, además
de los motivos de amor y de deber, la necesidad podía ser parte en
ello, pues nuestros fondos disminuían de un modo aterrador y comenzaba
a volver sobre mi primitiva idea de que eran inagotables.
Manon acogió fríamente mi proyecto; sin embargo, las razones que opuso
a él nacían tan sólo de su misma ternura y el miedo de perderme, si
conocido el lugar de nuestro retiro, mi padre no cedía. No tuve ni la
menor sospecha del golpe cruel que iban a asestarme. A mi objeción de
la penuria monetaria, contestó que aun nos quedaba dinero para vivir
algunas semanas y que después acudiría al afecto y a la munificencia
de unos parientes provincianos. Endulzó su negativa con tan tiernas y
apasionadas caricias, que yo, que sólo para ella vivía, y no sentía la
menor desconfianza de su cariño, no pude menos de aprobar todas sus
palabras y todas sus resoluciones.
Habíale dejado el manejo de nuestra bolsa y el cuidado de saldar los
gastos diarios. Poco tiempo después me di cuenta de que nuestra mesa
era más abundante y de que ella se había comprado algunos adornos de
precio exhorbitante. Como según mis cálculos no debían de quedarnos
sino diez o quince _pistolas_, no pude por menos de expresarle mi
asombro ante aquel aparente aumento de opulencia. Rogóme que no me
preocupara de ello. ¿No te había prometido encontrar recursos?--me
dijo. Queríala yo demasiado y con demasiada ingenuidad para alarmarme.
Un día que había salido a media tarde, habiéndola advertido que
tardaría más que de costumbre en volver, chocóme que a mi regreso
me hiciese esperar dos o tres minutos antes de abrir la puerta. No
teníamos a nuestro servicio sino una mozuela aproximadamente de nuestra
edad. Venido que hubo a abrirme, le pregunté por qué había tardado
tanto. Me contestó con aire de confusión que no me había oído llamar.
Como no había llamado sino una vez, le dije: «¿Pero si no has oído
llamar, cómo has salido a abrir?». Mi pregunta la desconcertó de tal
modo que no teniendo bastante serenidad para contestarme, echóse a
llorar, mientras entre balbuceos me juraba que no era culpa suya, que
la señorita la había prohibido abrir la puerta hasta que el señor de
B... hubiese salido por la otra escalera que correspondía al gabinete.
Quedé tan confuso que ni aun fuerzas tuve para entrar en casa. Tomé el
partido de volver a salir con pretexto de un negocio urgente y encargué
a la sirvienta que dijese a su ama que volvería al instante, pero que
no le dijese, en cambio, que me había hablado de M. de B...
Mi consternación fué tal que las lágrimas rodaban por mis mejillas al
bajar la escalera, sin saber aún a qué sentimiento obedecían. Entré
en un café, y habiéndome sentado junto a una mesa oculté la cabeza
entre las manos, tratando de esclarecer lo que pasaba en mi corazón.
No me atrevía a recordar lo que acababa de oir; quería creerlo una
alucinación y tentado estuve dos o tres veces de volver a mi casa sin
mostrar haberlo dado importancia. Parecíame tan absurdo que Manon
me hubiese traicionado, que temía injuriarla con la sola sospecha.
Adorábala, de ello no había duda; tantas pruebas de amor me había dado
ella a mí, como yo a ella. ¿Por qué había, pues, de acusarla de ser
menos sincera y menos constante que yo? ¿Qué razón podía tener para
traicionarme? No hacía sino tres horas que me había agobiado con sus
más tiernas caricias y que había recibido las mías con delirio; creía
conocer su corazón como el mío mismo. «No, no--repetía sin cesar--. ¡Es
imposible que Manon me engañe! No ignora que sólo vivo para ella; sabe
que la adoro... Eso no puede ser motivo para odiarme».
Sin embargo, la visita, y sobre todo la salida furtiva de M. de B...,
no dejaban de preocuparme. Recordaba también las pequeñas adquisiciones
de Manon, que me parecían exceder nuestros medios presentes. Aquello
parecía denunciar las liberalidades de un nuevo amante. ¡Y aquella
confianza en recursos desconocidos! Costábame trabajo contestar a
tantos enigmas en el sentido favorable en que mi corazón deseaba la
respuesta. Por otra parte, apenas me había separado de ella desde que
estábamos en París. Ocupaciones, paseos, diversiones, siempre habíamos
ido el uno con el otro. ¡Dios mío!, un momento de separación nos
hubiese entristecido demasiado! Teníamos que repetirnos constantemente
que nos amábamos; sin ello hubiésemos muerto de inquietud. No me era
posible figurarme a Manon ni un solo momento ocupada de otro que no
fuése yo.
Al fin creí haber dado con la clave de aquel misterio. «M. de
B...--repetíame--es indudablemente un señor que posee muchas relaciones
y que hace grandes negocios; la familia de Manon se habrá servido de él
para hacer llegar a sus manos algún dinero. Quizá ha recibido ya algo
de él, tal vez haya vuelto hoy a traerle más. Sin duda quiere bromear
ocultándomelo, para sorprenderme agradablemente. Quién sabe si ya me
hubiese hablado de ello si hubiese vuelto tranquilamente como todos los
días, en vez de venir a afligirme aquí. Por lo menos no me lo ocultará
cuando yo mismo le hable de ello».
Me afirmé de tal modo en esta opinión, que inmediatamente tuvo poder
bastante para disminuir mi tristeza. Volví a mi casa y abracé a Manon
que, por otra parte me recibió muy bien, con la habitual ternura.
Tentado estuve de descubrirle mis conjeturas que, más que antes,
consideraba ciertas; detúvome, sin embargo, la esperanza de que tal vez
iba ella a abrirme su corazón, contándome lo sucedido.
Nos sentamos a la mesa; yo estaba muy contento, pero pronto se nubló
mi alegría creyendo percibir huellas de tristeza en el rostro de mi
adorada. Observé también que sus miradas se fijaban en mí de manera
desacostumbrada. No pude definir si era amor o compasión, pero desde
luego me pareció un sentimiento tierno y lánguido. Púseme a mirarla con
redoblada atención; tal vez no sería menor la tristeza que sentiría
ella al juzgar por mis miradas el estado de mi corazón. Ni comíamos,
ni hablábamos; en fin, vi caer lágrimas de sus bellos ojos; ¡pérfidas
lágrimas!
«¡Dios mío!--clamé con angustia--¡Lloras, mi adorada Manon, sufres
hasta llorar, y no me dices palabra de tus penas!». No me contestó sino
con algunos suspiros que sirvieron para aumentar mi inquietud. Alcéme
del asiento tembloroso y la conjuré con todos los extremos que emplea
el amor en tales casos a descubrirme la razón de sus lágrimas; yo mismo
acabé por verterlas tratando de enjugar las suyas; estaba más muerto
que vivo. Un bárbaro hubiérase enternecido ante los testimonios de mi
dolor y mi temor.
En los momentos en que así me ocupaba de ella sentí que varias personas
subían las escaleras. Llamaron suavemente a la puerta. Manon me dió
un beso, y escapándose de mis brazos refugióse en su cuarto, donde se
encerró. Me figuré que estando sin arreglar quería ocultarse a las
miradas de los desconocidos visitantes. Fuí a abrir yo mismo.
Apenas lo hube hecho, me sentí sujeto por tres hombres, en los que
reconocí a los lacayos de mi padre. No emplearon violencias conmigo,
pero habiéndome sujetado dos de ellos por los brazos, el tercero
registró mis bolsillos, sacando de ellos un cuchillito, que era la
única arma que llevaba yo encima. Pidiéronme perdón por la necesidad en
que se veían de faltarme al respeto; dijéronme también, naturalmente,
que obraban por orden de mi padre, y que mi hermano mayor me aguardaba
abajo en una carroza. Tan turbado me hallaba, que me dejé llevar sin
resistencia y sin protestas. Mi hermano me aguardaba, efectivamente.
Colocáronme en la carroza a su lado, y el cochero, que había recibido
órdenes con antelación, nos condujo a buen paso hasta San Denis. Mi
hermano me abrazó afectuosamente, pero no me dijo nada, de modo que
quedé libre para meditar sobre mi infortunio.
Eran tantas las sombras, que no llegaba a mí ninguna claridad que me
permitiese orientarme. Veíame cruelmente traicionado; pero ¿por quién?
El primero que me vino a las mientes fué Tiberio; «¡Traidor!--pensé--;
¡ay de tu vida si mis sospechas se confirman!». Reflexioné, sin
embargo, que ignorando el lugar de mi retiro era imposible que por él
hubiesen llegado a saberlo. En cuanto a acusar a Manon, era cosa de
que mi corazón no se sentía capaz. La tristeza extraordinaria bajo
cuyo peso habíala visto como anonadada, sus lágrimas, el tierno beso
que me dió a punto de partir, parecíanme, sí, un enigma, pero más bien
me inclinaba a explicármelo como un presentimiento de nuestra común
desdicha. Así, mientras me desesperaba ante los acontecimientos que me
alejaban de ella, tenía el candor de pensar que era aún más digna de
lástima que yo.
El resultado de mis cavilaciones fué la convicción de haber sido visto
en las calles de París por algunos conocidos que habrían dado aviso a
mi padre. Aquella idea me consoló algo, pensando que saldría del paso
con alguna reprimenda o algún castigo. Prometíme sufrirlo con paciencia
y ofrecer cuanto exigiesen de mí a trueque de facilitarme ocasión de
volver a París lo antes posible, para devolver vida y alegría a mi
querida Manon.
Llegamos pronto a San Denis. Mi hermano sorprendido por mi silencio
dió a imaginar que era efecto de mi temor y procuró consolarme,
asegurándome que nada tenía que temer de parte de mi padre a condición
de que volviese a él dispuesto a entrar resueltamente por los caminos
del deber, para merecer el gran cariño que me tenía. Hízome pasar la
noche en San Denis, teniendo la precaución de hacer que durmiesen en mi
cuarto los tres lacayos.
Lo que más me entristeció fué verme en la misma posada donde me había
detenido con Manon viniendo de Amiens a París. El amo y los criados me
reconocieron y adivinaron al mismo tiempo la verdad de lo sucedido.
Oí decir al dueño: «¡Ah!, es el guapo caballerito que pasó por aquí
hace seis semanas con una damisela a quien parecía amar con locura.
¡Qué bonita era! ¡Pobres muchachos, cómo se acariciaban! ¡Pardiez! Es
lástima que les hayan separado». Hice como que no me enteraba de nada y
traté de mostrarme lo menos posible.
Mi hermano tenía preparada en San Denis una silla de postas en la que
partimos por la mañana temprano, llegando a casa a la noche siguiente.
Vió a mi padre antes que yo, para prevenirle en favor mío, diciéndole
con qué mansedumbre me había dejado conducir allí; de este modo fuí
recibido con menos dureza de la que esperaba. Limitóse a algunos
reproches generales sobre la falta cometida por mí, ausentándome sin
su permiso. Por lo que a mi amante se refería, redújose a decirme que
me estaba muy bien empleado lo sucedido, por haberme entregado en
brazos de una mujer desconocida; que tenía él mejor opinión de mi
prudencia; pero que esperaba que aquella aventurilla sirviese para
hacerme más cauto. No tomé el discurso sino en el sentido que acordaba
con mis ideas. Agradecí a mi padre la bondad de su perdón, y le prometí
observar una conducta más sumisa y ordenada. En el fondo de mi corazón
me conceptuaba vencedor, pues del modo con que las cosas se arreglaban
no dudaba que se me ofrecería ocasión de escaparme de mi casa, quizás
antes de que trascurriese aquella noche.
Pusímosnos a cenar; burláronse de mi conquista de Amiens y de mi
fuga con aquella _fiel_ amante. Recibí las bromas de buen grado y
aun satisfecho de que me fuése permitido hablar de lo que llenaba
continuamente mi pensamiento. Pero algunas palabras que se le escaparon
a mi padre me hicieron aguzar el oído, con atención grandísima.
Habló de la perfidia y del servicio interesado, prestado por M. de
B... Quedé turbado al oirle pronunciar aquél nombre, y le rogué
humildemente me explicase lo que quería decir. Entonces, volvióse a
mi hermano para preguntarle si no me había contado toda la historia.
Mi hermano contestó que, encontrándome absolutamente tranquilo, no
había creído necesario usar aquel remedio para curar mi locura. Noté
que mi padre vacilaba entre explicarse por completo o no. Supliquéle
tan insistentemente que al fin me satisfizo, o mejor dicho, me asesinó
cruelmente con la más horrible de las narraciones.
Empezó por preguntarme si había caído en la necia credulidad de
suponerme amado por mi querida. Contestéle audazmente que estaba
seguro, y que nada podía inspirarme la menor desconfianza. «¡Ah! ¡ah!
¡ah!--exclamó echándose a reir--¡Es magnífico! Eres un pobre engañado,
y me alegra verte en ese estado de espíritu! Es una verdadera lástima,
mi pobre caballero, hacerte entrar en la Orden de Malta, puesto que
tantas disposiciones tienes para hacer un marido cómodo y paciente».
Añadió mil burlas de tal tenor, sobre lo que él llamaba mi tontería y
mi credulidad.
En fin, como yo permanecía silencioso, siguió diciéndome que, según
el cálculo que podía hacer del tiempo desde mi partida de Amiens,
Manon me había amado doce días. «Sé--añadió--que marchaste de Amiens
el 28 del mes pasado. Estamos a 29 de éste, hace once que M. de B...
me escribió, y supongo que habrá necesitado ocho por lo menos para
trabar conocimiento perfecto con tu querida. Así que quita once y ocho
de treinta, y un día que hay desde el 28 de un mes al 29 del otro, y
quedan doce, poco más o menos». Después de decir esto, volvieron a las
risas.
Oía todo con tal opresión de corazón, que temía no poder resistir hasta
el fin de aquella triste comedia. «Sabrás--añadió mi padre--puesto que
lo ignoras, que M. de B... ha ganado el corazón de tu princesa, pues no
deja de ser una burla querer convencerme de que ha querido quitártela
por celo desinteresado en mi servicio. ¿Es acaso de un hombre como él,
que por otra parte no me conoce siquiera, de quien hay que esperar
sentimientos tan nobles? Contóle ella indudablemente que eras mi hijo
y me escribió entonces el lugar de tu escondite y el desorden en que
vivías, advirtiéndome que hacía falta mano de hierro para apoderarse
de ti, y ofreciendo facilitarme los medios. He ahí como, gracias a sus
lecciones y a las de tu misma amante, ha encontrado tu hermano manera
de apoderarse de ti. ¡Y ahora felicítate de la duración de tu victoria!
Hay que confesar, caballero, que sabes vencer deprisa, pero que no
sabes conservar tus conquistas».
No tuve valor para seguir oyendo su discurso, cada una de cuyas
palabras me taladraba el corazón. Me levanté de la mesa y no bien había
dado cuatro pasos me desplomé, perdido el conocimiento. Volví en mí con
rapidez gracias a eficaces auxilios. Abrí los ojos para derramar un
torrente de lágrimas y los labios para proferir amargas y desgarradoras
quejas. Mi padre, que siempre me amó tiernamente, empleó todo su cariño
en consolarme. Escuchábale yo sin oirle. Acabé por arrojarme a sus pies
y, abrazado a sus rodillas, implorar de él que me dejase volverme a
París, para apuñalar a M. de B... «No--clamaba yo desesperadamente--,
no ha conquistado el corazón de Manon; ha empleado la violencia;
seguramente la ha reducido por un sortilegio o por un veneno o tal vez
la ha forzado brutalmente. Manon me ama. ¿No había yo de saberlo? La
habrá amenazado con un puñal en la mano, para obligarla a abandonarme.
¿Qué no habrá hecho para apoderarse de una amante tan encantadora?
¡Oh! ¡Dioses, dioses! ¿será posible que Manon me haya traicionado y
haya dejado de amarme?».
Como seguía hablando de volverme a París, y me levantaba a cada momento
con esa intención, mi padre comprendió que en el estado de excitación
que me hallaba nada era capaz de detenerme. Condújome a una sala del
piso alto y allí me dejó con dos criados a la vista. Mil vidas hubiese
dado yo por estar solamente un cuarto de hora en París. Comprendía que
habiendo dejado traslucir con tanta claridad mis intenciones, no me
consentirían fácilmente salir de mi cuarto. Medí con los ojos la altura
de las ventanas, y no viendo posibilidad de escapar por aquel camino,
me dirigí humildemente a mis criados. Les ofrecí, con mil juramentos,
hacer su fortuna si querían consentir en mi evasión. Les apremiaba,
les halagaba, les amenazaba; pero aquella tentativa también fué inútil
Perdí entonces toda esperanza. Decidí morir y arrojéme sobre mi lecho
decidido a no dejarle sino con la vida. Así pasé toda la noche y el día
siguiente. Rechacé la comida que me ofrecieron.
Mi padre vino por la tarde a verme; fué tan bueno que empleó los más
tiernos consuelos en tratar de amortiguar mis penas. Me mandó que
comiese, con tal autoridad que, por respeto, le obedecí. Pasaron
algunos días durante los cuales lo poco que comí fué en su presencia,
y por obedecerle. Seguía él por su parte, prodigándome las razones que
podían traerme al buen camino y hacerme olvidar a la infiel Manon.
Verdad era que ya no la estimaba: ¿cómo hubiera podido estimar a la más
cambiante y pérfida de las criaturas? Pero su imagen, las encantadoras
facciones que llevaba grabadas en el fondo del corazón, no se borraban
fácilmente. «Moriré--decíame yo--; debo morir después de tanta
vergüenza y tanto dolor. ¡Pero sufriría mil muertes sin poder olvidar a
la ingrata Manon!».
Mi padre se mostraba sorprendido al verme tan gravemente herido.
Conociendo, como conocía, mis ideas sobre el honor, sabía que su
traición a la fuerza tenía que haberla hecho despreciable a mis ojos
y acabó por creer que mi obsesión venía, más que de aquella pasión en
particular, de una viva inclinación hacia el sexo femenino. Encariñóse
de tal modo con aquella idea que, no consultando sino su afecto por
mí, vino un día a decirme abiertamente: «Caballero, hasta ahora, como
sabes, fué mi intención hacerte ostentar sobre el pecho la noble Cruz
de Malta, pero veo que tu vocación no te lleva por ese camino; te
gustan las mujeres bonitas; voy creyendo que lo mejor será buscar una
que te agrade. Dime con franqueza qué te parece».