ser vista del piloto y demandada,
cual Delos se quedó habiendo parido
Latona y Febo y la que a caza es dada.
Al punto para allá fué el mar rompido
donde la costa hace una ancha entrada:
el arena tan blanca que recrea
y de conchas la pinta Citerea.
Tres montecillos frescos se mostraban
con altura soberbia y muy graciosa,
que del florido esmalte se adornaban
haciendo estar la isla deleitosa:
de la cumbre las fuentes abajaban
claras, que la verdura hacen viciosa:
entre las blancas guijas se reía
con dulce son el agua que corría.
A un valle ameno que los montes hiende
vienen las claras aguas a juntarse,
donde una mesa hacen que se extiende
tan bella, cuanto puede imaginarse:
el frutal sobre el agua se desciende
como quien pronto está para afeitarse,
viéndose en el cristal resplandeciente
que en sí lo está pintando propiamente.
Mil árboles al cielo están subiendo
con frutos odoríferos y bellos:
el naranjo en su pomo refiriendo
la color que trae Dafne en los cabellos:
de la cidra los frutos van cayendo,
los ramos con el peso caen tras ellos;
los hermosos limones olor dando,
van los pechos virgíneos imitando.
La silvestre arboleda, que en cuarteles
los montes con sus ramas ha partido,
álamos son de Alcides, y laureles
por quien de Febo el pecho fué herido;
mirtos de Citerea, y los donceles
pinos, de quien Cibeles se ha servido:
allí apunta el derecho cipariso
la parte do está puesto el paraíso.
Los dones de Pomona allí Natura
produce diferentes en sabores,
sin serles necesaria la cultura,
pues sin ella se dan mucho mejores;
la color de cereza roja y pura,
y las moras que el nombre traen de amores;
el fruto que de Persia vino bueno
y mejor se tornó en terruño ajeno.
La granada descubre la rosada
color, con que tu precio, rubí, pierdes:
en los ramos del olmo está abrazada
la vid con sus racimos rubios verdes;
y si quieres vivir, pera, cortada
del árbol, vivirás como te acuerdes
de entregarte a los daños que con picos
en ti pueden hacer los pajaricos.
Pues la tapicería bella y fina
con que se cubre el rústico terreno
la de Aquemenia hace menos dina
y el valle, que es sombrío, más ameno;
la cabeza la flor cifisia inclina
sobre el estanque lúcido y sereno:
florece el hijo y nieto de Ciniras
por quien, oh pafia diosa, aun hoy suspiras.
No hubiera quien juzgara en esta hora,
viendo en el cielo y suelo unas colores,
si las flores la daban a la Aurora
o la Aurora la daba a aquestas flores:
pintando estaba allí Céfiro y Flora
con tinta las violetas de amadores,
el lirio rojo con la rosa bella,
cual se ve en las mejillas de doncella.
La azucena, de aljófar rociada,
y hierbabuena está en lugar distinto;
la flor que fué del claro Febo amada,
con sus letras se ve el triste jacinto,
con Pomona la Cloris igualada
quiere ser con las flores que aquí pinto:
si en el aire cantando aves volaban,
animales el suelo pavoneaban.
[Ilustración: Gerard, dibujó
Reschomme, sc.
De esta arte, en fin, conformes las hermosas
ninfas con sus amados navegantes,
se coronan de flores deleitosas,
de laurel, oro y piedras abundantes;
_Canto IX, Estr. 84._
]
Cerca del agua el blanco cisne canta,
el ruiseñor del árbol le responde;
Anteón de sus cuernos no se espanta,
y aunque se ve en el agua, no se esconde:
aquí la echada liebre se levanta,
la gama quiere huir y no halla dónde;
aquí en el pico trae al caro nido
el pájaro el sustento que ha cogido.
En tal frescura aquí desembarcaban
con gusto los segundos Argonautas,
donde por la floresta se dejaban
andar las bellas diosas como incautas;
algunas, dulces cítaras tocaban;
algunas, arpas; otras, dulces flautas;
otras, con arcos de oro se fingían
seguir la caza, y caza no seguían.
Así lo aconsejó la maestra experta,
que en el campo anduviesen derramadas,
que aunque la presa fuese vista incierta,
primero se hiciesen deseadas:
algunas, que en la forma descubierta
del bello cuerpo estaban confiadas,
puesta la artificiosa hermosura,
desnudas se metían en la agua pura.
Mas los fuertes mancebos que en la playa
ponen los pies, de tierra codiciosos,
que no hay ninguno entre ellos que no vaya,
cual todos, por hallar caza orgullosos,
no piensan que en su lazo o redes caya
caza en aquellos montes deleitosos,
tan suave, doméstica y benina
cual herida la tiene ya Ericina.
Unos, que en espingardas y ballestas
para herir los ciervos se fiaban,
por los sombríos bosques y florestas
determinadamente se arrojaban;
mas otros a las sombras, que de siestas
defienden la frescura, paseaban
cerca del agua que suave y queda
hace son con el son de la arboleda.
A divisar comienzan de repente
entre los verdes ramos las colores,
colores que la vista juzga y siente
no ser de rojas rosas ni de flores;
mas de lana y de seda diferente,
que incita más y más a los amores,
de que se visten las humanas rosas,
haciéndose por arte más hermosas.
Da Veloso espantado un grande grito:
«Señores, caza extraña, dijo, es ésta:
si aquí dura el gentil y antiguo rito,
a diosas es sagrada esta floresta:
más se descubre aquí que el apetito
humano deseó, y se manifiesta
que son grandes las cosas y excelentes
que el mundo encubre a gentes imprudentes.
»Sigamos estas diosas, y veamos
si fantásticas son o verdaderas.»
Esto dicho, veloces más que gamos
se dieron a correr por las riberas:
huyen las ninfas por entre los ramos,
muy más industrïosas que ligeras;
poco a poco riendo, y gritos dando,
se dejan de los galgos ir cazando.
Los hilos de oro de una el viento lleva;
de otra, al correr, las faldas delicadas:
enciéndese el deseo que se ceba
en las carnes que allí le son mostradas:
una de industria cae, y de que se atreva,
con muestras más donosas que indignadas,
riñe al enamorado que, herido
de amor, sobre ella cae mal advertido.
Otros por otra parte van topando
las diosas que desnudas se lavaban,
y de verlos venir están gritando,
como que asalto tal no lo esperaban:
algunas de ellas, menos estimando
la vergüenza que fuerza, se arrojaban
desnudas al huir, al ojo dando
lo que a las tristes manos van negando.
Otra, como acudiendo más de priesa
a no perder su honra en esta danza,
esconde en la agua el cuerpo; otra se apriesa
y por su ropa afuera se abalanza;
tal de los mozos hay que, por la priesa,
vestido se echa al agua, la tardanza
del desnudar temiendo, no se tarde
matar en agua el fuego que en él arde.
Cual perro de agua, en agua acostumbrado,
a tomar la ave o garza allí herida,
viendo ya el arcabuz enderezado
a la pata o garcilla conocida,
antes del tiro salta en ella airado
y trae de la que fué triste homicida,
nadando va y latiendo así el mancebo
por la que nunca fué hermana de Febo.
Leonardo, mancebo bien dispuesto,
mañoso caballero, enamorado
contra quien el Amor no perdió resto,
pues siempre fué de damas mal pagado,
el cual tiene por firme presupuesto
ser con amores mal afortunado,
pero nunca ha perdido la esperanza
de poder en su hado haber mudanza:
Quiso aquí su ventura que corría
tras Efire, un ejemplo de belleza,
la cual más que las otras dar quería
caro lo que le dió naturaleza;
cansado de correr: «¡Ay me!, decía,
indigna hermosura de aspereza,
espera a quien te da del vivir palma:
lleva el cuerpo, pues llevas, ninfa, el alma.
»Todas de correr cansan, ninfa pura,
y cansadas se dan a su enemigo:
tú duras en huirme en la espesura.
¿Quién te dijo ser yo el que aquí te sigo?
Si te lo ha dicho ya aquella ventura
que en toda parte siempre anda conmigo,
no la creas, que yo, si la creía,
mil veces cada punto me mentía.
»No canses, que me cansas; y si quieres
huirme porque no pueda tocarte,
es mi ventura tal que, aunque me esperes,
ella hará que no pueda alcanzarte:
espera; quiero ver, si tú quisieres,
qué sutil modo busca de escaparte,
y notarás al fin de este suceso
_tra la spica e la man qual muro è messo_.
»¡Oh!, no me huyas, no: así nunca el breve
tiempo huya de ti y tu hermosura,
pues que con refrenar el paso leve
vencerás mi desdicha y fuerza dura.
¿Qué emperador, qué ejército se atreve
a quebrantar la furia de ventura
que en cuanto deseé, me va siguiendo?
Lo que tú sola puedes no huyendo.
»¿Ayuda das a la desdicha mía?
Flaqueza es dar ayuda al más potente.
¿El corazón me llevas que tenía
libre? Suéltalo, irás más diligente:
no te cargue aquesa alma y su agonía,
que en esos hilos de oro reluciente
llevas atada, si después de presa
no mudó su ventura y menos pesa.
»Con solo aquesta fe te voy siguiendo,
que o tú no sufrirás el peso de ella,
o tu rostro que el alma va sufriendo
le mudará su dura y triste estrella.
Y si se ha de mudar, ¿qué vas huyendo?
Que amor te herirá, bella doncella,
y tú me esperarás si amor te hiere,
y si me esperas, no hay más que yo espere.»
Ya no huye la bella ninfa, tanto
por darse cara al Luso que seguía,
como por ir oyendo el dulce canto,
las lástimas de amor que le decía;
y volviéndole el rostro blando y santo,
todo bañado en risa y alegría,
caerse deja a los pies del vencedor,
que se deshace en frenesí de amor.
¡Qué hambriento besar en la floresta!
¡Qué regalado lloro que sonaba!
¡Qué suaves halagos! ¡Qué ira honesta
que en alegres risadas se trocaba!
Lo que más se pasó mañana y siesta,
que Venus con placeres inflamaba,
mejor será probarlo que juzgarlo,
mas júzguelo el que no puede probarlo.
De esta arte, en fin, conformes las hermosas
ninfas con sus amados navegantes,
se coronan de flores deleitosas,
de laurel, oro y piedras abundantes;
las blancas manos daban como esposas;
con palabras al hecho estipulantes,
aprométense eterna compañía,
en vida y muerte, de honra y alegría.
Entre ellas la mayor, a quien se humilla
todo el coro de ninfas, y obedece,
hija de Celo y Vesta, que, en su silla
puesta, las demás todas obscurece,
hinchiendo tierra y mar de maravilla,
al Gama, que la quiere y la merece,
recibe allí con pompa soberana,
mostrándose señora más que humana.
Después de haberle dicho quién ella era,
por alto exordio de alta gracia ornado,
haciéndole entender cómo viniera
por influjo y suasión del firme hado,
para le descubrir toda la esfera
de tierra inmensa y mar no navegado,
los secretos, por alta profecía,
que sola su nación saber debía:
Llévalo de amor preso, y por la mano,
a la cumbre de un monte alto y divino,
donde está un edificio soberano
de cristal claro, de oro puro y fino.
El día pasó aquí, alegre y ufano,
en dulces juegos y en placer contino:
en los palacios goza sus amores;
los demás por las sombras y entre flores.
De esta suerte la bella compañía
el día casi todo está pasando
en un nuevo placer, nueva alegría
los trabajos prolijos compensando,
que de sus hechos grandes y osadía,
fuerte y famosa al mundo, está aguardando
el premio allá en el fin bien merecido
con fama grande, nombre esclarecido.
Las ninfas de la mar, bellas, graciosas,
Tetis, la isla Angélica pintada,
no es otra cosa que las deleitosas
honras con que la vida es sublimada:
aquellas preeminencias glorïosas,
los triunfos y la frente coronada
de laurel, palma, gloria, nombre y fama,
son los deleites que esta isla derrama.
Las inmortalidades que fingía
la antigua edad que el pecho ilustre ama,
allá en el alto cielo, a quien subía
sobre las alas puesto de la fama,
por obras valerosas que hacía,
por el trabajo inmenso que se llama
camino de virtud alto y fragoso,
mas al fin dulce, alegre y deleitoso:
No eran sino premio, que reparte
por hechos inmortales soberanos
el mundo, con los que el esfuerzo y arte
divinos los hicieron, siendo humanos:
que Júpiter, Mercurio, Febo y Marte,
Eneas y Quirino, dos tebanos,
Ceres, Palas y Juno, con Diana,
todos fueron de flaca carne humana.
Mas la fama, trompeta de obras tales,
les dió en el mundo nombres tan extraños
de dioses, semidioses inmortales,
indígetes, heroicos, y de maños:
por eso los que a ser muy principales
aspiráis, si queréis veros tamaños,
despertad ya del sueño de ocio ignavo,
que el ánimo de libre hace esclavo.
Poned en la codicia un freno duro
y en la triste ambición que indignamente
tomáis mil veces, con el torpe obscuro
vicio de tiranía infame, urgente;
porque esas vanas honras, y oro puro,
verdadero valor no da a la gente:
mejor es merecerlas sin tenerlas,
que poseerlas y no merecerlas.
Dando al pueblo en la paz leyes constantes
que a los pobres protejan y a los buenos,
o tomando las armas rutilantes
contra los enemigos sarracenos,
haréis los reinos grandes y pujantes,
poseeréis todos más, ninguno menos:
gozaréis las riquezas merecidas,
y las honras que ilustran a las vidas.
Haced vuestro rey claro, que amáis tanto,
ahora con consejos bien pensados,
con la espada en la mano, al brazo el manto,
respondiendo al valor de los pasados;
por lo imposible no toméis quebranto
(siempre podrá el que quiere), y celebrados
seréis con los héroes esclarecidos
en esta isla de Venus recibidos.
[Ilustración]
[Ilustración]
CANTO DÉCIMO Y ÚLTIMO
MAS ya el claro amador de Larisea
adúltera los carros inclinaba
para el piélago largo que rodea
Temistitán, do el Occidente estaba:
Favonio el gran calor del Sol recrea
con soplo que en las aguas respiraba,
volviéndole el frescor la dulce vida
al lirio y al jazmín, del sol perdida.
Cuando se van las ninfas y amadores
por la mano conformes y obedientes
a los palacios ricos de labores
con pórfido y cristal resplandecientes;
las mesas tienen llenas, servidores,
de platos de manjares excelentes,
porque puedan allí con tal largueza
cada cual socorrer a su flaqueza.
Allí en las sillas ricas, cristalinas,
se asientan dos a dos amante y dama:
en dos que están primero, de oro finas,
con su diosa se puso el claro Gama:
de iguarias suaves y divinas,
a quien nunca llegó la egipcia fama,
se amontonan los llenos platos de oro,
traídos del atlántico tesoro.
Los vinos odoríferos, que encima
están, no son itálico Falerno,
mas ambrosía que Júpiter estima,
con todo su concilio sempiterno:
en vasos do no puede obrar la lima
blancas espumas alzan, y al interno
corazón mueven súbita alegría,
saltando con la mezcla de agua fría.
Mil pláticas alegres se hablaban,
risas, motes y dichos delicados,
que entre un manjar y el otro se tocaban
ya con los apetitos desbocados:
músicos instrumentos no faltaban
cuales en el Cocito a los penados
hicieron descansar de eterna pena
con una voz de angélica sirena.
Una ninfa cantaba, y sus acentos,
que por los altos aires van sonando,
en consonancia igual los instrumentos
a un mismo tiempo vienen conformando.
Un silencio refrena allí los vientos
y hace blandamente ir murmurando
las aguas: en sus casas naturales
adormece los brutos animales.
Con dulce voz está subiendo al cielo
los varones que aun no han venido al mundo,
cuyas ideas vió Próteo sin velo
en un globo diáfano y rotundo:
Júpiter se lo dió por su gran celo
en sueños, y él después en el profundo
lo dijo, do la ninfa en su memoria
recogió tan ilustre y clara historia.
Materia es de coturno, no de soco,
lo que aprendió la ninfa allá en su lago,
cual Yopas no supo, o Demodoco,
en los Feaces uno, otro en Cartago.
Aquí, sacra Calíope, te invoco
en el trabajo extremo, porque en pago
me des de lo que escribo, y yo pretendo,
el gusto de escribir que voy perdiendo.
Van los años bajando, y del estío
al otoño es el paso corto y breve:
la fortuna me ha hecho ya sin brío,
no se ensalza mi musa ni se atreve:
los disgustos me van llevando al río
do en olvido se queda el que lo bebe:
mas tú me da que cumpla, reina mía,
con lo que el amor quiere y yo quería.
Cantaba aquesta ninfa que vendrían
del Tajo, por el mar que Gama abriera,
gentes que las riberas vencerían
donde el Índico mar hace ribera;
y los gentiles reyes rendirían
al yugo de la luz de Dios sincera,
o por bien, o por mal, con brazo fuerte,
hasta rendirse a él, de él a la muerte.
De uno canta que allá en los Malabares
era de sacerdotes el primado,
y por guardar la fe a los singulares
Portugueses perdió todo su estado:
sus ciudades consiente y sus lugares
ser talados con fuego y hierro airado
por el gran Samorín que nuestra gente
quisiera aniquilar en el Oriente.
Y canta «cómo ve que se embarcaba
en Belén su remedio soberano,
sin saber lo que en sí la mar llevaba:
lleva a Pacheco, Aquiles Lusitano:
sienten su grave peso, cuando entraba
el corvo leño el férvido Oceano,
los troncos que en el agua ya gemían
y en ella sin quererlo se metían.
»Mas llegado a los fines orientales,
ayudándose queda con gran brío
al de Cochín, con pocos naturales,
en brazos del salado y ancho río:
desbarata los Naires infernales
al paso Cambalón, tornando frío
con espanto el ardor grande de Oriente
de lo mucho que hacía tan poca gente.
»Llamará el Samorín más gente nueva;
vendrán del Bipur reyes, del Tanor,
de sierras de Narsinga, que alta prueba
estarán prometiendo a su señor:
hará el Naire que todo al fin se mueva
de Calicut la tierra y Cananor:
vendrán diversas leyes a la guerra,
moros por mar, gentiles por la tierra.
»A todos otra vez desbaratando,
por tierra y mar, el gran Pacheco osado,
la grande multitud que irá matando
a todo el Malabar tendrá admirado:
Samorín, con la rabia, renegando,
al combate saldrá más denodado;
su gente con injuria, y los remotos
dioses, irá llamando con mil votos.
»Ya no defenderá solos los pasos,
mas quemarle ha lugares, templos, casas,
con furor Samorín, viendo ya lasos
a los que las ciudades hacen rasas;
los suyos, de la vida nada escasos,
te los echa Pacheco; mas tu pasas
sus vidas por el filo, y vas, volando,
de la una a la otra parte en todos dando.
»Vendrá allí el Samorín, porque en persona
los suyos a la guerra cruda anime;
mas un ligero tiro su corona
con sangre teñirá, y cetro sublime;
y viendo que a Pacheco le abandona
su fuerza, y que no hay fuerza que él estime,
inventará traiciones y venenos,
mas siempre (Dios queriendo) hará menos.
»Tornará la vez séptima, cantaba,
a pelear con el invicto Luso,
a quien trabajo alguno no espantaba,
y si lo esté, le tiene muy confuso.
Traerá para la guerra, horrenda y brava,
máquinas con maderos fuera de uso,
con que pueda anegar las carabelas,
sin serles de provecho mástil, velas.
»Por la mar llevará sierras de fuego
para abrasarle cuanta armada tiene;
mas la militar arte, e ingenio, luego
en humo volverá el fuego que viene:
ningún claro varón en marcio juego,
que en alas de la fama se sostiene,
llega a éste que la palma a todos toma:
perdónenme la ilustre Grecia y Roma.
»Porque tantas batallas sustentadas
con muy poquitos más de cien soldados,
y con artes de guerras señaladas
tener moros sin cuento ahuyentados,
o parecerán fábulas soñadas,
o que los altos coros invocados
bajaban en su ayuda y les traían
esfuerzo, fuerza, ardid, con que vencían.
»Ni el otro que en los campos Maratonios
el poder de Darío asuela y ofende;
ni el que con cuatro mil lacedemonios
el paso de Termópilas defiende;
ni Cocles el mancebo en los Ausonios
que con todo el poder tusco contiende
por defender la puente, oh Quinto Fabio,
no fué cual éste en guerra fuerte y sabio.»
La ninfa en este punto el son canoro
en ronco lo convierte entristecido,
cantando en baja voz envuelta en lloro
el gran esfuerzo mal agradecido.
«¡Oh Belisario, dice, que en el coro
de Musas serás siempre engrandecido!,
si en ti viste sin precio al bravo Marte,
ya tienes con quién puedas consolarte.
»Aquí habrá compañero, así en los hechos
como en el galardón injusto y duro:
en ti y en él veremos altos pechos
venir a bajo estado, humilde, obscuro:
morir en hospital en pobres lechos
los que a la ley y rey sirven de muro:
esto hacen los reyes cuyo imperio
puede más que justicia en su hemisferio.
»Esto hacen los reyes que, embebidos
en la blanda apariencia que contenta,
dan los premios de Ayace merecidos
a la lengua de Ulises fraudulenta:
vengarme he, que estos bienes mal partidos,
en el que dulces sombras representa,
si no los dan a sabios caballeros,
danlos a fementidos lisonjeros.
»Mas tú, de quien quedó tan mal pagado
un tal vasallo, rey no agradecido,
si no le diste tu sublime estado,
él te dió reino y mando esclarecido;
y en cuanto fuere el mundo rodeado
del Sol, será de todos conocido,
y vivirá entre gentes pobre y claro,
y tú en esto culpado por avaro.
»Otro vendrá, cantaba, intitulado
con el nombre real: traerá consigo
el hijo que en el mar será ilustrado,
siéndole de sus hechos buen testigo:
ambos darán con brazo fuerte, armado,
a la fértil Quiloa cruel castigo,
poniendo en ella un rey tal de su mano,
echando fuera el pérfido tirano.
»Dejarán a Mombaza, que se arrea
de casas suntuosas y edificios,
con hierro y fuego tan talada y fea,
que pague por cabal sus maleficios;
y en la costa, que toda se rodea
de leños enemigos y artificios,
contra los Lusos, a velas y remos,
el mancebo Lorenzo hará extremos.
»Dentro en las naos del Samorín potente,
que henchirán el mar, la gran pelota
que saldrá del cañón de cobre ardiente
dejará casco, mangle y vela rota;
y los garfios echando osadamente,
dará en la capitana, algo remota,
tan presto, que la deje con su espada
de cuatrocientos moros libertada.
»Mas de Dios la divina providencia,
que sabe bien de qué es mejor servida,
a do no vale esfuerzo ni prudencia
para guardar la vida ya perdida,
en Chaúl, donde en sangre y resistencia,
con hierro y fuego, el agua está teñida,
le harán que con vida no se vaya
las armadas de Egipto y de Cambaya.
»Allí el poder inmenso de esta gente,
que el grande esfuerzo con su fuerza apoca,
los vientos que le faltan y el ferviente
mar, que lo va arrojando a triste roca,
todo se conjuró contra el potente;
mas vaya el que de fuerte algo se toca
y a Esceva verá aquí despedazado,
sin saber ser rendido ni domado.
»Fáltale una rodilla, que en pedazos
la lleva un ciego tiro que pasara;
mas donde faltan piernas sobran brazos
y el fuerte corazón que le quedara;
hasta que otra pelota dió en los lazos
con que el alma en el cuerpo se enlazara:
de la prisión mortal voló a la hora
al cielo do se halla vencedora.
»Vete, alma, en paz, de guerra tan sangrienta,
en la cual mereciste paz serena;
que al cuerpo, que en pedazos se presenta
quien lo engendró venganza ya le ordena:
ya oigo resonar la gran tormenta
que viene a dar la cruda y triste pena
de esperas, basiliscos y trabucos
a los cambaicos y a los mamelucos.
»Viene el padre con ánimo estupendo,
con lástima y coraje por antojos,
con que el paterno amor le está trayendo
fuego en el corazón, agua en los ojos:
la ira le venía aprometiendo
que ha de ofrecer al hijo por despojos
tal multitud que el Nilo sea en sentirla,
el Indo pueda verla, el Gange oirla.
»Cual el toro celoso, que se ensaya
a la pelea, que sus cuernos tienta
al tronco de una encina o dura haya
y en la tierra su fuerza experimenta,
tal, antes que en el reino de Cambaya
entre Francisco airado, en la opulenta
Dabul su espada afila, y prueba el filo
cortando de los más el vital hilo.
»Y entrando por el puerto de la Dío,
ciudad ilustre en cercos y batallas,
destrozará la armada, con gran brío,
de Calicut, que remos trae por mallas;
la de Melique rendirá con frío
temor, pudiendo el fuego así espantadas,
que a las gentes dará en el hondo asiento
secreto lecho de húmedo elemento.
»Mas la de Mir-Hocén, que, blasonando,
la furia esperará de vengadores,
verá brazos y piernas ir nadando,
sin cuerpos, por el mar de sus señores:
rayos de fuego irán representando
con ciego ardor los bravos domadores:
cuanto allí sentirán ojos y oídos
llamas y humo será, con alaridos.
»Mas ¡ay!, que de esta próspera victoria,
cuando a su patrio Tajo dé la vuelta,
casi le robará toda su gloria
un suceso de suerte a su mal suelta.
El cabo Tormentorio su memoria
con huesos guardará, y allí resuelta
la vida, volverá a su Dios el alma
a quien le dió el Egipto e India palma.
»Tendrán allí los cafres más potencia
que los moros destrísimos tuvieron,
y con palos harán más resistencia
de la que flechas y arcos le hicieron:
juícios de divina Providencia,
a quien gentes que no los entendieron
les llaman hado malo, suerte obscura,
siendo de solo Dios voluntad pura.
»Ved con qué nueva luz el laberinto
del Globo se aclaró, la voz sonaba,
mostrando el mar Melinde en sangre tinto,
con la ciudad de Lamo, de Oja y Brava,
por Acuña feroz, que nunca extinto
será su nombre en todo el mar que lava
las islas de Austro y playas que se llaman
de San Lorenzo, que en el Sur se afaman.
»Esta luz es del fuego y relucientes
armas con que Alburquerque irá amansando
los Parseos de Ormuz, que por valientes
rehusarán el yugo honroso y blando:
las saetas verán allí las gentes
recíprocas volver al gentil bando
contra quien las tiró: que Dios guerrea
por quien por su fe santa entra en pelea.