--Aquí tiene usted quien hizo el Convenio de Vergara--dije yo al señor

Kraft, mostrándole a Aviraneta.

El señor Kraft creyó que yo le hablaba en broma, y se rió, con la risa

estólida que, en general, tienen los alemanes cuando creen que se

burlan de ellos.

Después, con las explicaciones que le di, quedó maravillado y sintió

una gran curiosidad por Aviraneta.

II.

Sentía el ingeniero prusiano gran entusiasmo y admiración por Cabrera y

recordaba los años de su juventud con mucho gusto.

Con motivo de contarnos anécdotas del caudillo del Maestrazgo, muy

conocidas todas, hablamos largamente de los militares españoles.

Los militares españoles--dijo Aviraneta--no se han parecido a los

franceses; entre los franceses ha habido siempre más cultura; en ellos

se han dado tres tipos principales: el de sabio, técnico, hombre de

estrategia, Gouvion de Saint-Cyr, Massena, Jomini; el del hombre de

mundo, Suchet, Marmont, Moncey, y el del fanfarrón sableador, como

Murat, Augereau, Dorsenne, etc. Entre los españoles, estos tipos apenas

han existido; casi todos nuestros generales se han vaciado en el único

molde del guerrillero.

Cierto que don Diego León se podía comparar a Murat, porque era también

brillante, elegante y efectista; cierto que Córdova y Zarco del Valle

tenían algo del político y del técnico; cierto que Zumalacárregui

era un hombre de estrategia; pero, en general, entre nosotros, el

guerrillero es el que ha privado.

El guerrillero nuestro aparece como medio zorro y medio tigre. Mina

y Merino son más zorros; Zurbano y Cabrera, más tigres. Hay también

algunos tipos que tienen algo de león, como el Empecinado y algunos

militares sin ambiciones, valientes e inteligentes, como Oraá, el Lobo

Cano.

Entre los que han tendido a la política, Córdova, Espartero, O'Donnell,

Narváez, Serrano y Prim, ninguno ha sido muy culto; no han llegado a

dominar la historia, ni la geografía, ni la estrategia; se han dejado

llevar, como los guerrilleros, por el instinto, por la intuición. Han

sido tipos de conquistadores más o menos degenerados.

La patología ha influído mucho en ellos. Mina, Zurbano, Cabrera y

Narváez estaban gravemente enfermos del estómago.

--Respecto a Cabrera, es cierto--repuso el prusiano.

--Yo--añadió Aviraneta--no creo gran cosa en el arte de la guerra.

Indudablemente, cuando dos ejércitos se ponen uno frente a otro hay

casi siempre un vencedor y un vencido. Se puede aceptar con muchos

visos de verdad que el general que manda el ejército vencido es un

hombre negado; lo que no se puede creer siempre es que el general

vencedor sea un hombre de mérito. Sin embargo, para la mayoría el éxito

supone constantemente grandes condiciones guerreras.

El ingeniero prusiano creía firmemente en la ciencia de la guerra,

y suponía que Cabrera la tenía de una manera infusa. Este ingeniero

se manifestaba más entusiasta del caudillo del Maestrazgo, que podía

haberlo sido un carlista del país; lo consideraba como un capitán de

los más grandes del mundo, y no aceptaba que se le pudiera comparar

con ningún otro general español de su época, excepción hecha de

Zumalacárregui.

Aviraneta, a pesar de que no había conocido personalmente a Cabrera,

lo emparejaba con Zurbano y con Narváez; y como éste acababa de

presentar la dimisión del Gobierno que presidía, hablamos mucho de él.

Se contaron varias anécdotas del Espadón de Loja.

--¿Usted conoce a Narváez?--le preguntó el prusiano a Aviraneta.

--Sí, lo conocí hacia el año 34, y formó parte de una sociedad secreta

liberal fundada por mí.

--¿De una sociedad secreta liberal?

--Sí.

--_¡Aj!_, ¡qué cosa más extraña!--exclamó el prusiano.

--Luego le volví a ver, después de su gran triunfo contra Gómez, en

Arcos de la Frontera.

Aviraneta sonrió, y yo, como le conocía, supuse que recordaba alguna

cosa.

--Cuéntenos lo que recuerde de Narváez, don Eugenio. Si hay una

historia, venga la historia, porque supongo que detrás de esa sonrisa

hay algo que valdrá la pena de que nos lo cuente usted.

III.

Pocos personajes me han parecido tan interesantes como Aviraneta en

su trato. La desproporción entre su energía, su intuición y su poca

fama, que en este tiempo había desaparecido, dejándole convertido en un

hombre obscuro, me maravillaban siempre.

Generalmente ocurre lo contrario, y el hombre que conocemos que ha

hecho algo grande nos sorprende por su pequeñez.

Recuerdo haber hablado con Castaños, con Mendizábal, con Espartero y

otros políticos y militares famosos de nuestro país, y en la intimidad

no daban ninguna impresión de grandes.

Aviraneta, como era metódico y recordaba haberme contado sus aventuras

hasta llegar a Málaga desde Argel, tomó la narración donde la había

dejado:

--Hecha la revolución en Málaga--dijo--me designaron a mí para ir, como

delegado, a Cádiz. Las primeras ciudades andaluzas se alzaban negando

su obediencia al Gobierno. Se quería ya claramente la Constitución de

1812, aunque modificada.

De Málaga marché a Cádiz en el _Balear_, en el mismo barco donde fuí de

Valencia a Barcelona, y me albergué en la posada de las señoras de San

Quirico, en la calle del Vestuario. Estas señoras eran muy liberales y

amigas y partidarias mías.

Había una de ellas, Consuelo San Quirico, que era revolucionaria y

republicana. Era muy graciosa, muy habladora y tenía unos lunares muy

picarescos.

Consuelo San Quirico me contó cómo se había hecho la revolución en

Cádiz.

--El movimiento lo inisiaron los isabelinos en la plasa de San

Antonio--dijo--. En la tarde del día 28 de julio el Gobernadó militá

pasó un ofisio al comandante de artiyería nasioná para que hisiese

entregá su cañone a la brigada de marina. Semejante arbitrariedá y

atropeyo irritó a los artiyero, que inmediatamente se reunieron en el

baluarte de la Candelaria y cargaron la cuatro piesas, dipuestos a

defenderse. A las nueve de la noche se oyeron viva a la Constitusión,

y a las die y media lo tambore de la guardia nasioná tocaron generala

reuniéndose en la plasa todo sus individuos mandando en seguida varios

comisionaos para conferensiá con el gobernadó militá. Lo milisiano se

pusieron sobre la arma; el batayón veterano de marina formó frente a

su cuarté y el gobernadó sivil y la autoridade militare patruyaron con

alguna fuersa de infantería y cabayería. El orden más completo reinaba

en todas las filas, de donde salían por intervalo lo grito de «Viva la

unión» y de «Viva la Constitusión del año 12». Pidió el primer batayón

que se proclamara ésta, y comisionó a alguno individuo para explorá

la voluntá de sus compañero. El resultado fué el aclamarse también en

Cadi el código que aquí tuvo su cuna. A la cuatro de la tarde se juró

la Constitusión; hubo colgaduras, repique de campanas e iluminasione, y

fué nombrado jefe político don Pedro de Urquinaona.

--¿Y ahora qué hacemos?--le pregunté yo a la de San Quirico.

--Ahora..., adelante..., a demostrá ar mundo entero lo que somo y lo

que valemo lo españole.

--Es lástima que no le podamos hacer a usted algo, Consuelo--le dije yo.

--No sea usted guasón--me contestó ella--. Yo soy ya muy vieja para que

me hagan nada.

Con la revolución triunfante comenzamos los isabelinos a organizarnos y

a pensar en el ministerio futuro.

Pocos días después los sargentos, en La Granja, obligaban a María

Cristina a proclamar la Constitución.

El movimiento de La Granja nos quitó a los isabelinos importancia,

a pesar de ser los precursores, dejándonos, cosa frecuente en las

revoluciones, como anticuados.

Al grito de Libertad y Constitución que había dado el pueblo malagueño

en la mañana del 26 de julio correspondió Andalucía entera, y el

mismo grito se hubiera generalizado en toda España; mas el partido

mendizabalista, que no quería ni le convenía que triunfase la causa

del pueblo con gente nueva, desconocida, se adelantó, apeló a la

insurrección de La Granja y, a consecuencia de aquel alboroto militar,

el hombre de los milagros volvió a apoderarse de las riendas del Poder

con los viejos doceañistas.

Harto trabajaron los mendizabalistas en Andalucía para que las cosas

volvieran al ser y estado que tenían al pronunciarse Málaga; es decir,

Estatuto puro y gobierno de Mendizábal; pero al ver sus esperanzas

frustradas con los movimientos de Málaga y de Cádiz, que corrían por

toda Andalucía, improvisaron la insurrección de La Granja y se quedaron

con el mando. Los Magnates aparecieron de nuevo a caciquear.

No tardaron en manifestar su encono a los que habían hecho una

revolución que no era la suya, y se dijo en Madrid que en Málaga, y

sobre todo en Cádiz, se quería proclamar la república.

El ministerio mandó a Cádiz al capitán general de Andalucía, don

Antonio Aldama, con la misión de que fuese duro, y, según se aseguró,

le dió una lista de patriotas, entre los cuales me encontraba yo, para

que fuesen deportados a Ceuta.

El general Aldama se presentó en Cádiz y no encontró, después de haber

practicado escrupulosas investigaciones, mas que un gran entusiasmo en

todas las clases por Isabel II y por la Constitución.

Era preciso una víctima para cubrir el expediente, y fuí yo el

designado para el sacrificio. Los mendizabalistas me suponían al

frente de los patriotas que en el Mediodía habían jurado sostener la

Constitución hasta que se reuniesen las Cortes que debían reformarla, y

me creían enemigo acérrimo de su jefe.

Por entonces publiqué yo en _El Noticioso_, de Cádiz, un artículo

titulado «La Verdad». Decía en él que la libertad española se tomaba

como un derecho y no se recibía como un don; afirmaba que Mendizábal,

el hombre de Israel, hablaba a los liberales lo mismo que Luis Felipe

a los hombres de las barricadas en 1830, y añadía que a nuevas cosas

nuevas personas. Acusaba también a los que formaban el nuevo ministerio

de querer ser dictadores y mangoneadores eternos.

El artículo del periódico de Cádiz se reimprimió como hoja suelta

en Madrid y tuvo cierto éxito. _El Eco del Comercio_ decía que el

tal artículo era un delirio de una imaginación acalorada por la

libertad, que revolvía ideas inconexas y contradictorias, y que debía

considerarse como el último esfuerzo del despecho y de la rabia que

devoraba a su autor al despedirse de la vida política, como el jabalí,

que herido de muerte huye haciendo riza y hasta el postrer momento se

consuela dando dentelladas antes de morder la tierra.

Este artículo mío produjo gran cólera en el club mendizabalista

dominante, que miraba con torvo ceño todo cuanto pudiera poner en

peligro su organizado pandillaje.

Vi próxima que me amagaba la tormenta, que querían vengarse los

Magnates; e instruído de cuanto se maquinaba en mi daño, y para evitar

una tropelía, de acuerdo con el comandante general de la provincia, me

trasladé al Puerto de Santa María, con la idea de esconderme.

Allí se me prendió y encerró en la cárcel pública; y para aparentar que

había motivo, se dispuso formarme causa porque había ido sin pasaporte.

Ridículo pretexto. Fué nombrado fiscal un capitán de ex voluntarios

realistas, y actuario otro prójimo por el estilo, ex sargento del mismo

cuerpo.

Diez días estuve preso, y cuando la causa pasó a manos del general

Aldama, éste, penetrado de la injusticia con que se me trataba, mandó

ponerme en libertad.

Poco tiempo después de salir de la cárcel del Puerto de Santa María me

presenté al mariscal de Campo don Pedro Ramírez, comandante general de

la provincia de Cádiz, hombre que unía el valor a la benevolencia.

Don Pedro Ramírez, en nombre de la comisión de armamentos y defensa

de Cádiz, me nombró delegado de Hacienda de la división de la Milicia

nacional que estaba al mando del general don Fernando Butrón.

Yo conocía a Butrón desde el tiempo de la emigración liberal, en

Bayona, cuando la intentona de Vera, el año 30.

En el mes de octubre, al ser invadida Andalucía por las fuerzas del

cabecilla Gómez, se reunió la división de la Milicia nacional de la

provincia para operar en campaña; y necesitando poner al frente de la

Hacienda un sujeto de inteligencia y de actividad, se propuso, por el

intendente don Manuel González Brabo, padre del luego célebre don Luis,

el que se me nombrase ministro de Hacienda de esta división, y el 5

del mismo mes se me expidió el nombramiento, haciendo que me pusiera

inmediatamente en marcha para el cuartel general del Carpio.

Una de las cosas que organicé fué un hospital de sangre con

facultativos hábiles, y dos boticas, una para la caballería y la otra

para la infantería.

Al acercarse a Arcos de la Frontera el brigadier Narváez, el general

Ramírez me ordenó que, con toda celeridad, me presentase en el campo de

la acción con el hospital de sangre a recoger los heridos de nuestras

tropas y los del enemigo, y hechas las primeras curas, los trasladé,

en ómnibus, a Jerez de la Frontera, donde tenía dispuesto un hospital,

que, según dijo el general don Antonio Aldama, que lo visitó, podía

servir de modelo. En el corto espacio de veintidós días--decía en un

informe el general Ramírez--se presentó el fenómeno, nunca visto hasta

entonces, de la completa curación de todos los heridos, a pesar de

serlo, en su mayoría, de gravedad, marchando los hábiles a incorporarse

a sus cuerpos, y los que quedaron inútiles, al depósito de Sevilla,

sin que se hubiera desgraciado ninguno. Tan admirable ejemplo--seguía

diciendo el general--se debió al brillante estado en que se hallaba el

hospital militar, al mucho aseo, esmero y puntualidad en las curas,

rigurosa policía que se observó en los alimentos y medicinas y a la

presencia no interrumpida del jefe de la Hacienda en el hospital.

Además intenté interesar el patriotismo de los habitantes de Jerez y

contribuí a que el Ayuntamiento, la Junta de beneficencia y el pueblo

entero sufragaran los gastos que se ocasionaron, suministrando a todos

los soldados dos camisas nuevas, un par de zapatos y uniformes a los

que los tenían inservibles y destrozados. Los periódicos de Cádiz me

llenaron de alabanzas por mi patriotismo, habilidad y filantropía.

El general Ramírez me dió varios certificados encomiásticos; yo le

ayudé; y trabajé con él para que no se alterara el orden, puesto que

en aquellas críticas circunstancias, y por el reciente cambio de las

instituciones, las pasiones estaban en una gran efervescencia.

Como les he dicho a ustedes, fuí con mis sanitarios a las proximidades

de Arcos de la Frontera, al aparecer Narváez con sus tropas a atacar a

Gómez, y recogimos los heridos de la batalla de Majaceite.

Por la tarde, terminados mis trabajos, me encontré en el campo con el

jefe de Estado Mayor don Antonio Ros de Olano, y hablé con él. Ros de

Olano era hombre de gracejo, había leído mucho, sabía francés, inglés y

creo que alemán.

Era muy amigo de Espronceda, y después se habló de él como literato

por el prólogo que puso al _Diablo Mundo_; citaba con frecuencia a los

grandes poetas, a Shakespeare, Byron y Goethe. Ros de Olano me preguntó

si no conocía al general Narváez y me instó para que fuera con él a

Arcos.

--Tengo una habitación soberbia en el Palacio de los Duques, con dos

camas--me dijo--. Una se la cedo a usted por esta noche.

--Bueno, vamos allá.

IV.

Arcos de la Frontera es un pueblo en anfiteatro, colocado sobre

una roca elevadísima, rodeada por casi todas partes por las aguas

amarillentas del Guadalete y cortada en algunos sitios a pico. Las

calles de Arcos son estrechas y pendientes; y para llegar a la cumbre

de la ciudad hay que subir una cuesta muy larga y penosa.

Como la roca en que está asentada Arcos, tajada sobre el río, es

medio arenosa, como de asperón, y se desmorona por los costados

con frecuencia, han desaparecido varias calles, y el pueblo, antes

amurallado, al encontrarse sin espacio, se ha extendido por las colinas

próximas.

Arcos, ciudad bastante grande, celebrada por sus frutas y por sus

majos, tiene en la plaza una iglesia, con una fachada de estilo gótico

florido, y algunas casas hermosas.

Al llegar al pueblo y subir a la plaza, Ros de Olano me llevó al

palacio de los Duques de Arcos, en donde se encontraba el brigadier don

Ramón María Narváez.

Narváez me saludó amablemente.

--¿Se conocían ustedes?--preguntó Ros de Olano.

--Sí--dijo don Ramón.

--Sí--añadí yo.

Yo le conocía de cuando estaba organizando la Isabelina. Por entonces,

Narváez, que era masón, se me presentó con una contraseña del Gran

Oriente para entrar en la Sociedad.

No quise referirme a este recuerdo, por si la idea de haberse

encontrado en una situación subalterna con relación a mí no le gustara

al brigadier; y no hice tampoco la menor alusión a esta circunstancia,

lo que pareció tranquilizar por completo al caudillo. Hablamos largo

rato.

A Narváez, después del motín de La Granja, se le consideraba como

liberal exaltado; en cambio, a Espartero se le tenía como amigo de los

moderados.

Mendizábal y Calatrava habían elegido a Narváez para ver si daba el

golpe de gracia al general carlista Gómez; y el ministro de la Guerra,

García Camba, le había dado atribuciones extraordinarias, como la

de obligar al general Alaix a que le cediera su división, cosa que

produjo, días después de la acción de Majaceite, una riña entre los dos

generales y un motín militar.

Los exaltados comenzaban a ver en Narváez un rival de Espartero y lo

elogiaban a cada paso.

En los dos años siguientes, y por la fuerza de los acontecimientos.

Espartero llegó a ser el hombre de los progresistas, y Narváez, el de

los moderados.

Ni uno ni otro tenían ideas claras; no había en ellos mas que envidia y

emulación. La rivalidad que ya había existido entre Espartero y Córdova

siguió existiendo entre Narváez y Espartero, sobre todo cuando murió el

general Córdova.

Narváez era pequeño, violento, y en aquel instante estaba emborrachado

por el éxito; tenía una voz dura, rajada; el aire, fiero y jactancioso;

los ojos, vivos, que relampagueaban a veces, y el labio inferior, un

poco belfo.

Narváez tenía una gran facundia; era persuasivo y turbulento; a veces

parecía de un amor propio, monstruoso; a veces le gustaba hacerse el

pequeño. Sus soldados le querían porque, a pesar de su severidad, era

justo a lo militar y compartía con ellos sus sufrimientos. Narváez

se parecía espiritualmente a Espartero; pero era más impulsivo y más

genial. A pie, sorprendía por su aire violento; a caballo y arengando

a sus tropas, según me dijo Ros de Olano, tenía una gran prestancia.

Yo confieso que sentía cierta antipatía por estos espadones

jactanciosos y fieros. De aceptar un tipo militar, prefería el

organizador frío y tranquilo como Zumalacárregui.

Narváez y yo hablamos de Mina, de quien se decía que estaba gravemente

enfermo y casi moribundo.

Le entusiasmaba a Narváez el que el viejo guerrillero el _Esqueleto_,

como le llamaban cuando era capitán general de Navarra, fuera tan

franco y tan llano.

Me contó cómo don Francisco Espoz, a la hora de comer, mandaba traer un

caldero de habas o de rancho debajo de un árbol, y, sentándose en rueda

con sus oficiales, metía la cuchara de palo en la comida común. Narváez

no comprendía que en esto había algo de efecto teatral.

El viejo zorro navarro sabía que así tenía a sus oficiales encantados.

Narváez creía en toda esta retórica de los conductores de soldados:

«¡Muchachos, hijos míos, adelante!». Ese sentimentalismo de cuartel le

llegaba al alma. Creía en la familia militar, como si fuera lo mismo,

después del peligro de una acción, el ir a vivir a un palacio con un

magnífico sueldo que el quedarse en un sucio cuartel de soldado o de

cabo, o ir a pasar la vida a un hospital de inválidos.

En el Empecinado, y en tipos como él, esta fraternidad con sus soldados

era algo espontáneo, porque su vida no se diferenciaba gran cosa de

la de sus guerrilleros; pero en Mina, que había vivido entre lores y

damas de la aristocracia inglesa, su familiaridad no pasaba de ser una

técnica, un procedimiento.

Narváez sentía un odio profundo por los periodistas y por la Prensa. La

Prensa era la causante, según él, de todo lo malo que ocurría en España.

La razón de su enemiga era que los periodistas tenían en la mano la

popularidad, esta popularidad a la que los militares ambiciosos hacían

ascos y que, a pesar de ello, se derretían por alcanzarla. En todos

aquellos aspirantes a Napoleón se había despertado un ansia inagotable

de aparecer citados en los periódicos.

Narváez se quejaba de la confusión de la época.

--Esto es un galimatías--dijo--que no lo entiende ni Dios. Esto es

la mismísima torre de Babel. El uno dice que más libertad y más

Constitución; el otro, que menos libertad y menos Constitución y más

orden; el uno grita que el enfermo se muere; el otro, que el enfermo

se cura; el uno receta cantáridas, y el otro, emolientes; y entre

tanta fórmula y tanta historia, ya no sabemos si nos conviene más la

Constitución neta o la reformada, el Estatuto, la República, Don Carlos

o los demonios colorados.

--Todas esas son consecuencias naturales de la libertad--observé yo--;

no se puede pedir en el campo liberal la uniformidad de ideas que hay

entre los absolutistas.

--Pues todas esas charlas y toda esa confusión no hacen mas que

perturbarnos.

Yo seguí defendiendo la tesis de que la confusión era una consecuencia

natural y lógica de la libertad, y me dejé decir en la conversación que

el ejército iba a ser impotente para acabar la guerra civil.

--¿Y por qué?--me preguntó Narváez con furia, incomodado con esta idea

expuesta por mí.

--Porque más de la mitad de España es absolutista--dije yo--. La

guerra, si sigue en circunstancias como las actuales, acabará por

destruírlo todo. Para liberalizar España hay que contar con el tiempo,

solamente con el tiempo. El liberal tiene las ciudades, mejor dicho, el

elemento culto de las ciudades, pero el carlista domina en los campos.

--Una minoría fuerte, inteligente y que tenga razón puede imponerse a

una mayoría de bestias--dijo Narváez.

--Eso es la dictadura.

--Pues bien, la dictadura. ¿Qué mal puede haber en ella?

--Muchos males y un inconveniente--contesté yo--; que para que haya

dictadura tiene que haber un dictador fuerte que acabe con todos los

que tengan pretensiones de serlo. Ha de haber un dragón que devore

las alimañas. Y eso es lo difícil. Ninguno de nuestros generales ni

de nuestros políticos se someterá, y no sé si habrá alguno capaz de

tragarse a los demás.

--Y bien, ¿usted que haría?

--¡Yo! Entablar una negociación con los carlistas que trajera una

tregua, y luego, en la paz, trabajar contra ellos. Si no, destrozaremos

a España estúpidamente.

--¿Y el honor del ejército?

--El ejército no debe servir mas que para los intereses de la nación.

El político, a dirigir; el militar, a obedecer y a cumplir las órdenes.

--O a dirigir también.

--En ese caso, el militar, ya no es militar, sino político.

Narváez me replicó con extremada violencia, con su fraseología andaluza

plagada de brutalidades y de groserías. Me hubiera retirado a no haber

intervenido varias veces Ros de Olano y a no haber entrado en el cuarto

el ordenanza de Narváez, Bodega, el mismo que cuando el brigadier

llegó a general y a presidente del Consejo de Ministros tuvo tanta fama

y se le consideró casi como un personaje. Bodega traía varias cartas.

--¿Son de Madrid?--preguntó Narváez a Ros de Olano.

--Sí, éstas son de Madrid. Hay una también de tu pueblo, de Loja.

Narváez tomó sus cartas y salió del cuarto.

Yo le dije a Ros de Olano que no tenía gran entusiasmo por esta clase

de gente que cree que no hay más norma en la vida que la del pan y el

palo y que quieren convertir la sociedad en un cuartel.

Ros de Olano me contestó que no hiciera mucho caso de las violencias

del lenguaje de aquel hombre, pues todo esto era en él corteza.

Pensaba marcharme no muy satisfecho de la entrevista; pero Ros de

Olano me convenció de que me quedara a cenar. Cenamos en el palacio

de los duques de Arcos, Narváez con su Estado Mayor y algunos de sus

oficiales. Estaban el ayudante de campo Calleja, el abogado Cortina, el

coronel don Hipólito Silva, el comandante Mayalde y el corresponsal del

_Times_, que marchaba en la división recomendado por el embajador de

Inglaterra, sir Jorge Williers, luego lord Clarendon.

Narváez, aunque con aire de malhumor, se las echaba de modesto y

atribuía la victoria de Majaceite a los demás.

Las Furias · 第 10 / 11 段