Cortina, el abogado sevillano, era de estos hombres elocuentes que a mí

no me interesan nada. Iba con la brigada de la Milicia nacional como

jefe de Estado Mayor.

El comandante de la brigada era el coronel Silva, del tiempo de la

guerra de la Independencia, el primero que había obtenido la cruz de

San Fernando por la lucha que tuvo con nueve franceses, en la que mató

a cinco e hizo huír a los restantes.

El gasto de la conversación durante la cena lo hizo el abogado Cortina.

Después de cenar, Ros de Olano me convidó a tomar café, y salimos él y

un capellán, Suñer, un valenciano que por la mañana y por la tarde nos

había ayudado a mis sanitarios y a mí a recoger los heridos, a la calle.

Este Suñer, por lo que me dijo Ros, era hombre poco místico; trataba a

los soldados como camaradas y decía la misa en cinco minutos.

Entramos en un pequeño café donde había muchos militares. Suñer y Ros

de Olano hablaron de la batalla que se había dado contra Gómez y del

nombre que se le pondría.

A Ros de Olano no le parecía muy bonito el que esta acción se llamase

la acción de Majaceite; sin embargo, por lo que dijo, era el nombre

exacto que le correspondía, puesto que se había dado en distintos

puntos de la orilla de este río. Me hizo un croquis en un papel del

terreno donde se había verificado la batalla.

El río Guadalete tiene dos brazos que nacen de dos fuentes próximas

de la sierra de Grazalema. Estos dos brazos--el río de Zahara y el

Majaceite--, después de separarse y extenderse por las alturas de la

provincia de Cádiz, se reúnen a una legua, aguas abajo de Arcos, en el

sitio llamado la Pedrosa.

El Majaceite se forma con el arroyo de Benamahona, el de Ubrique,

la garganta de Millán, que comienza en el mojón de la Víbora, y con

algunos otros regatos.

Ya constituído con el nombre de Majaceite, se introduce por una

estrechura llamada la Humbría, y a la distancia de una legua se le une,

en el punto llamado el Charco de los Hurones, la garganta de los Negros

y otros arroyos que proceden de la loma de la Novia. Desde el Charco de

los Hurones hasta la jurisdicción de Algar hay una legua de cañada muy

pedregosa, dominada por dos grandes montes--la Atalaya y el Granado--,

con dos angosturas--la del Moro y la de la Penitencia.

El curso de este río sigue por grandes estrechuras a entrar en el

término de Arcos, pasa por la angostura de Fox y se une con el río de

Zahara a una legua de la ciudad para formar el Guadalete.

Ros de Olano estuvo divagando largo rato y con gracia acerca de los

distintos nombres que se le podrían dar a la acción del día anterior;

pero concluyó diciendo que su mala suerte les iba a dejar siendo héroes

de la batalla de Majaceite.

Después, el capellán y él se pusieron a hablar de Narváez, por quien

sentían gran entusiasmo.

--Este hombre es un hombre de instinto, de inspiración--dijo Ros--;

presentía que había de encontrar a Gómez y que le había de derrotar.

Ros de Olano se sentía muy inclinado a aceptar estas explicaciones

misteriosas. Yo sonreí, porque nunca he creído en presentimientos; pero

no dije nada en contra.

--Este Narváez--siguió diciendo Ros de Olano--es una fuerza de la

Naturaleza. Yo no he visto un hombre más violento y más pintoresco.

A veces es de una modestia terrible y sincera; a veces tiene un amor

propio que no le cabe dentro del cuerpo.

--¿Qué quiere usted? No me entusiasma--le dije yo.

--Lo comprendo. Usted, Aviraneta, es el hombre que responde a las

fatalidades del Destino adverso con una postura gallarda; usted es un

estoico, un romano; lucha usted como un marino contra los vientos y

las tormentas. Usted puede decir como el filósofo: «Dolor, no eres un

mal».

--Tiene usted buena idea de mí.

--Creo que es la justa; ahora, estos tipos como Narváez, no: son

fuerzas de la naturaleza, tienen una suerte, una confianza en sí mismos

irracional, pero la tienen. Este hombre es una furia, un energúmeno. Es

el jugador afortunado que gana y gana y llega a convencer a los demás

de que tiene el poder de ganar porque sí. Este hombre está convencido

de su destino. Es un marino que no sólo hace la maniobra, sino que crea

el tiempo...

--Pero si le viene la mala...

--Si le viene la mala, se romperá, desaparecerá; pero entretanto se

creerá invulnerable.

Seguíamos charlando en el café, cuando Ros de Olano preguntó a un joven

teniente:

--Oiga usted: ¿estará ahí dentro el teniente Matamoros?

--Sí; ha hecho una vaca con _Don Lámpiro_ y está perdiendo hasta la

camisa.

--¿Quién es _Don Lámpiro_?--dije yo.

--Es un sanitario.

--¿Y el teniente Matamoros?

--El teniente Matamoros es de Loja y creo que compañero de la infancia

de Narváez; le llamaremos y nos contará alguna anécdota de don Ramón.

V.

Poco después se nos acercó el teniente Matamoros.

Salía de un rincón del café, donde estaban jugando al monte.

Matamoros era un hombre verdaderamente feo; tenía unos cuarenta años,

la nariz gruesa, verrugosa y roja; el bigote, grande y negro; los

ojos, pequeños, brillantes y algo bizcos. Matamoros tenía el aire muy

sonriente y ceceaba al hablar. Era muy ceremonioso y le gustaban las

fórmulas de cortesía y las zalemas. Había sido nacional del 20 al 23 y

vivido en Sevilla de contratista de obras desde la entrada de Angulema

hasta la muerte de Fernando VII, en que dejó las obras para ingresar de

nuevo en el Ejército.

Por lo que me dijo Ros, al teniente Matamoros le dedicaban los

compañeros muchas bromas; decían que tenía un aire tan fiero, que

cuando se miraba al espejo él mismo se asustaba.

Una cantinera, requerida de amores por él, le había dicho:

--¿Usted pretende que le quiera yo? ¡Vamos, hombre! ¡Si es usted más

feo que el cabo Negrón, que murió de feo!

--Sí, pero soy muy gracioso--replicó Matamoros, riendo.

Y la cantinera llegó a enternecerse.

Me había dado estos datos Ros de Olano, cuando se acercó a nuestra mesa

el teniente Matamoros.

--¡A la paz de Dios, señores! ¡Buenas noches!

--¡Buenas noches, teniente! Siéntese usted; tomará café con nosotros.

--Con mucho gusto, mi coronel. ¡Es una de mis debilidades!

--¿Mala suerte en el juego?

--Ese _Don Lámpiro_ es una calamidad. No da una.

--¿Y usted?

--Yo soy tan calamidad como _Don Lámpiro_.

--Este señor--dijo Ros de Olano señalándome a mí--escribe en los

papeles...

--¡Hombre, yo le había tomado por un físico!

--No; escribe en los papeles, y quisiera que usted le contara alguna

cosa de nuestro brigadier Narváez. Porque usted, aunque ha vivido en

Sevilla, es de Loja, ¿verdad?

--Sí, señor; y a mucha honra.

--Y creo que compañero de la infancia de Narváez.

--Me puedo alabar de ello. Don Ramón y yo fuimos a la escuela juntos,

porque aunque yo tengo tres o cuatro años más que él, ya sabe usted

lo que pasa: que a los chicos de los ricos se les lleva a la escuela

más pronto, y adelantan más porque no tienen que hacer otra cosa que

estudiar, y los chicos de los pobres tienen que hacer muchas cosas en

casa y fuera de casa.

--Así que usted recordará alguna historia de Narváez.

--Sí; algo recuerdo.

El teniente debía tener una narración hecha para contarla a sus

compañeros, y comenzó ésta así:

--Pues sabrán ustedes que Loja es una ciudad de la provincia de Granada

muy grande y muy importante, aunque me esté mal el decirlo. Algunos

envidiosos hablan mal de nuestro pueblo y dicen:

Loja:

la que no es p...

es coja.

Y nosotros contestamos:

Y fuera de aquí

todas son así.

Y la verdad es que en todas partes cuecen habas. Pues bien, a Loja, los

Reyes Católicos le dieron en tiempo de los moros por escudo de armas

un castillo sobre un puente; y a los dos lados de él, dos montañas; y

entre ellas, una cadena, que lleva colgando una llave dorada; y encima

este mote: _Loja, flor entre espinas_.

Este mote de la ciudad le viene como de perlas al brigadier don Ramón

Narváez, porque mi paisano es también así, flor entre espinas; tan

pronto le suelta a uno una rabotada que le vuelve loco, como le hace un

favor.

Este hombre, ya desde su más tierna infancia, manifestó que tiraba a

ser algo grande, porque ahora lo ven ustedes de brigadier a los treinta

y seis años, y lo verán ustedes pronto de capitán general, si no llega

ser algo así como Napoleón o como César.

Don Ramón, cuando era sólo Ramoncito y estudiaba latín, se inclinaba,

más que a otra cosa, a entretenimientos de iglesia, y le gustaba

levantar altarcitos en su casa, cantar misa y predicar a sus

condiscípulos. Eso sí, su orgullo no le permitía aceptar el papel de

monaguillo; siempre tenía que ser él el prior o el obispo, o, por lo

menos, el vicario de la _pirroquia_, como dicen en mi pueblo. Del juego

con la iglesia y de los altarcitos pasó al del ejército, que ya es cosa

más seria, caballeros, y formó una banda de tambores, parecida a la que

habíamos visto en Loja durante la invasión de los franceses, tomando

el papel de tambor mayor. ¡Y que no se mostraba poco diestro Ramoncito

Narváez cuando recorría las calles del pueblo al frente de su pelotón y

lanzaba el palo por los aires y lo volvía a coger!

A la gente le hacía mucha gracia la soltura y el desenfado de Ramoncito.

El afán de ser el primero le llevó pronto en el juego de soldados a

dejar el título de tambor mayor y a tomar el de capitán general, y

andaba con un sable de juguete haciendo maniobrar a los chicos como si

fueran soldados.

Concluída la edad de los juegos y empezada la de gallear, Narváez se

peleó a cada paso con los mocitos rivales. Tenía el muchacho mucha

sangre, y un valor y un orgullo que no le cedía a nadie.

Viendo el padre de Narváez la inclinación de su hijo por las armas, le

indicó que sería militar.

Antes de entrar de cadete, Narváez estuvo estudiando en Granada, donde

conoció a una señorita de la aristocracia, doña Juana Ponce de León,

que procedía de aquí, de Arcos de la Frontera, y era de la familia del

duque de este título.

Narváez comenzó a galantearla; pero Juanita tenía ya relaciones con un

muchacho granadino de buena familia, aunque de poca fortuna, Alfonso

Pérez del Pulgar. Narváez, al saber que Pulgar estaba más adelantado

que él, se desesperó; quiso armar camorra a su rival y volvió a Loja

furioso.

Cuando concluyó sus estudios preparatorios, el padre de Narváez le

consiguió a su hijo una plaza de cadete en el regimiento de Guardias

Valonas. En este mismo regimiento entraba su rival Alfonso Pulgar.

El odio que se desarrolló entre ambos fué tremendo, y juraron a la

mejor ocasión batirse y comerse los hígados el uno del otro.

Narváez, de cadete, fué, como la mayoría de los jóvenes de nuestro

tiempo, muy calavera, muy mujeriego y muy aficionado a verlas venir.

Todos los meses se jugaba la paga y no había mejor fiesta para él que

un desafío.

Antes de la revolución de Riego presentaron al difunto Fernando VII,

¡maldita sea su estampa!, la lista de seis alumnos de la Academia

propuestos para el ascenso a subtenientes supernumerarios; y

preguntando las condiciones de cada uno de ellos, al llegar al nombre

de Narváez, el rey, que tenía muy buena memoria cuando quería, porque

cuando no quería se hacía el sueco, dijo:

--Ya sé, éste es el cadete que el verano pasado echó a un compañero al

estanque del Retiro para que le trajese la gorra que el otro, en broma,

le había tirado al agua.

En 1820, Narváez formaba parte del cuerpo de Guardias de Corps, y era

del grupo de los leales a la Constitución; en cambio, Alfonso Pérez del

Pulgar estaba con los absolutistas, partidarios acérrimos del rey.

El 7 de julio estuvieron a punto de zurrarse uno con otro. Pulgar fué

de los que atacaron la Plaza Mayor de Madrid con Luis Fernández de

Córdova, y Narváez, de los que esperaban en la Puerta del Sol para

rechazar a los realistas.

Poco después, al formarse en la Seo de Urgel la Regencia absolutista,

el Gobierno envió a Mina para batir el centro de la insurrección, y

Narváez fué nombrado ayudante de aquel general. Herido en Castell

Fullit, exclamó:

--Al primer tapón, zurrapas.

En la invasión del año 23, cuando las tropas de Cataluña tuvieron que

capitular, Narváez fué conducido a Francia, prisionero, y después,

aprovechando el indulto del año 24, regresó a Loja, donde vivió

retirado al lado de su familia.

Alfonso Pérez del Pulgar, su rival, había cambiado de cuerpo y estaba

entonces de guarnición en Granada, ya casado, y Narváez, cuando iba

a la capital, le veía a él paseando con Juanita en el Salón y en las

alamedas de la Bomba.

Narváez tenía a toda la familia de Pérez del Pulgar un odio terrible.

Un día que el padre de Pulgar había entrado en una casa de juego de

Granada y había puesto a una carta una bolsa verde llena de dinero,

Narváez cogió la bolsa, la tiró al aire y dijo:

--Donde estoy yo no apuntan los realistas.

A la muerte de Fernando VII, Narváez entró de nuevo en el ejército, y

yo con él, y el año 34 fué destinado a servir en el Norte, bajo las

órdenes del general Mina. Yo le seguí.

Estábamos en Navarra con don Francisco Espoz y Mina cuando supimos

que Alfonso Pérez del Pulgar se encontraba de coronel en las filas de

Zumalacárregui. Narváez, furibundo, le invitó varias veces a batirse

con él; pero su enemigo no hizo caso de este reto.

Poco después, don Luis Fernández de Córdova dió el mando del regimiento

de la Princesa a Narváez.

En los regimientos sucede que hay mucha imitación: si hay un oficial

de carácter que se muestra estudioso, hay tres o cuatro estudiosos; si

hay un valentón o un bailarín que se distinga, los demás tienden a ser

valentones o bailarines. En el regimiento de la Princesa, donde había

servido Narváez, todos eran, como él, bravucones y espadachines, menos

yo; por eso, cuando le hicieron coronel a Narváez, muchos oficiales de

los que fueron sus compañeros recibieron la noticia con gran disgusto.

Se hallaba el regimiento en Tafalla, y, al presentarse Narváez a los

oficiales reunidos y descontentos por su nombramiento, les dijo:

--Conozco, señores, que este regimiento es el más indisciplinado de

todos en el ejército, y que ustedes tienen de ello la culpa; pero

desde luego deseo hacerles conocer que sabré imponerme y que tengo

más corazón y más carácter que ustedes para hacer cumplir a la fuerza

a todo el mundo con su deber. Para demostrarlo a cuantos se crean

ofendidos por estas palabras, desde ahora hasta mañana al toque

de diana no soy para nadie el coronel, sino el compañero que está

dispuesto a darles satisfacción con las armas.

Ninguno contestó, y Narváez se impuso de esta manera.

Poco después, en la batalla de Mendigorría, se encontraron frente a

frente Narváez y Pérez del Pulgar, mandando cada uno su regimiento.

Narváez, saliéndose de las filas, se lanzó contra su enemigo.

--¿Es que querías hacer retroceder solo a todo el ejército

carlista?--le dijo después el general Córdova con sorna.

--Si me hubieran seguido veinte hombres, ¿por qué no?--replicó el de

Loja con soberbia.

Al día siguiente de esta batalla, al recoger los muertos, se supo

que un coronel enemigo había quedado en el campo: era Alfonso Pérez

del Pulgar. Narváez se enteró; un soldado le entregó las armas, el

uniforme y un paquete de cartas que habían recogido al jefe carlista.

Narváez leyó alguna de las cartas, y supo que la mujer de su rival, su

antigua pretendida, estaba viviendo en Arcos y pasando apuros, porque

las pagas de los militares carlistas no llegaban con puntualidad.

Narváez hizo un paquete con las cartas, el uniforme y la espada del

coronel; añadió su paga, que había cobrado él en billetes, y se la

mandó a la mujer de Pérez del Pulgar. Narváez olvidó en seguida su

odio, y hablaba de su antiguo rival con simpatía.

Por eso digo, cuando hablo de mi paisano, que es, como Loja, flor entre

espinas.

--Otra vez...

Iba a seguir el teniente Matamoros con alguna nueva historia, cuando

dijo Ros de Olano:

--Vámonos ya, porque es tarde; usted, probablemente, Aviraneta, se

habrá levantado muy temprano.

--Sí--le dije yo--; a eso de las cinco estaba ya en pie.

Nos despedimos del teniente Matamoros, salimos del café y fuimos

vagabundeando por los callejones obscuros de Arcos.

Le dejamos al capellán Suñer en su alojamiento.

Era noche de luna, y el cielo, iluminado por ella con un resplandor

azul, se veía arriba, entre los tejados, como una estrecha faja en

ziszás.

Ros de Olano estaba muy inquieto. A cada paso me preguntaba:

--¿Quién va por allá?

--Nadie.

--Allí parece que está escondido alguno.

--¡Quién va a estar! ¿Qué le pasará a este hombre?--me preguntaba yo--.

¿Qué habrá visto? ¿O qué temerá?

--Usted no dirá nada--me dijo Ros de Olano, de pronto, con voz

temblorosa--; le tengo que contar, en confianza, la última parte de

esa historia de Narváez y de Pérez del Pulgar a que se ha referido el

teniente Matamoros.

--¿Hay un epílogo?--le dije yo.

--Sí; hay un epílogo.

Ros de Olano me había llevado a una plazoleta, delante de un caserón

grande, con su portalada y sus rejas.

--¿Ve usted ese sombrío edificio?

--Sí.

--Pues es un convento de monjas franciscanas que algunos llaman de las

Emparedadas.

--¡Qué cosa más lúgubre! ¿Y por qué?

--Antes había aquí en el pueblo, según me han dicho, un beaterio con

este nombre. Ese beaterio estaba unido en otro tiempo a una capilla

de Santa María de la Asunción, que es la iglesia mayor de Arcos. El

beaterio cuidaba de la iglesia y hacía ejercicios espirituales; después

se trasladó a este convento de religiosas franciscanas, que sigue

llamándose por algunos el convento de las Emparedadas. En este convento

está desde la muerte de su marido, Juana Ponce de León.

--¿Profesa?

--Sí.

--Esta mañana, al saberlo Narváez, ha querido visitar a la viuda.

Hemos ido él y yo, y hemos entrado un momento en la iglesia. Se oía el

murmullo del órgano y los cantos de las monjas. Narváez, decidido, ha

ido a la parte de la clausura y ha llamado con fuerza; al venir la lega

ha preguntado por doña Juana, y en vista de que no aparecía ha querido

hablar con la superiora. Ha salido ésta; una mujer pálida, con unos

ojos brillantes e inteligentes.

--¿Qué quería usted?--ha preguntado la superiora a través de la doble

reja.

--Quiero hablar con doña Juana Ponce de León y darle detalles de la

muerte de su marido.

--Sor Teresa no piensa más que en Dios--ha contestado la superiora.

--Pues yo necesito verla y hablarla.

--¡Verla! Es imposible; incurriríamos ella y yo en la pena de

excomunión.

--Sin embargo, a las monjas se las puede ver--ha observado Narváez.

--No le--dije yo--, a cierta clase de monjas no se les puede más que

hablar.

--¡Señora!--ha gritado Narváez--; yo necesito hablar a doña Juana; si

no lo autoriza usted soy capaz de asaltar el convento con mis tropas.

La voluntad de Narváez se impone; es demasiado fuerte para resistirla.

La madre superiora ha intentado calmarle, diciéndole que podría hablar

a doña Juana Ponce de León.

Efectivamente; doña Juana ha aparecido en la reja del locutorio con el

velo echado. Yo me he retirado un poco.

Narváez ha explicado a la monja cómo murió su marido y la parte que

tomó él en recoger sus despojos. Ella apenas contestaba mas que con

monosílabos.

Luego le ha dicho que le suplicaba le dejara ver un momento su rostro.

--No puede ser, no puede ser--ha dicho doña Juana.

Después ha aparecido la superiora.

--Sor Teresa--nos ha dicho--está enferma; ha envejecido mucho y no

quiere que la vean ustedes así; pero para que se convenzan de la

realidad la verán ustedes un momento.

Se cuchicheó dentro del locutorio, y de pronto se abrió una ventana

y se descorrió una cortina. La monja que estaba delante de nosotros

se levantó el velo, y vimos una cara tan vieja, tan arrugada y tan

macilenta, que yo quedé extrañado y Narváez atónito.

Salimos a la calle los dos sin despedirnos de nadie.

--Pero, oye--le dije a Narváez--, ¿cuántos años tiene esa mujer?

--Veinticinco, lo más.

--¿Y ha quedado así? ¡Esto es un milagro!

--Yo no creo en milagros--me ha dicho Narváez.

Ros de Olano me habló espantado de si aquella figura de mujer vieja que

habían visto en el locutorio sería un fantasma. Yo me encogí de hombros.

--¿Usted no ha visto nunca espectros?

--Nunca.

--¿Usted no cree en la metempsicosis?--me preguntó luego.

--No; no he pensado nunca en ello, como no he pensado en la alquimia ni

en la astrología. Al único que he oído hablar de eso ha sido a Somoza

el de Piedrahita; pero me figuro que bromeaba.

Ros de Olano me habló de las obras de Swedenborg, de la _Palingenesia

filosófica_ de Carlos Bonnet, y de otros libros modernos que, según

él, afirmaban la metempsicosis.

Yo me encogí de hombros.

Fuimos a la plaza, entramos en el palacio de los duques de Arcos,

llegamos a nuestra habitación, que era grande, y nos acostamos.

--¿Apago la luz?--le dije yo.

--No, no; todavía, no.

Iba a dormirme, cuando oí que mi compañero me llamaba.

--¿Qué hay?

--¿Tampoco cree usted en los aparecidos?--me preguntó de pronto Ros de

Olano con voz ahogada.

--Tampoco.

--Yo, sí.

Y se incorporó en la cama y me contó una serie de historias truculentas

de fantasmas, de espectros y de casos de doble vista y de magnetismo.

Estaba el hombre espantado.

--Yo pienso si la superiora nos habrá mostrado un espectro. Porque

esas monjas han sido muy dadas a la práctica de la hechicería y de la

nigromancia.

--Vamos. Duérmase usted y no sea usted niño--le dije yo.

--No voy a poder dormir--gimió él.

--Puede usted estar tranquilo. Donde duerme Aviraneta no aparecen nunca

fantasmas.

Era cosa extraña que aquel hombre, que tenía estos terrores infantiles,

fuera luego tan práctico en la vida.

Pensé que Ros de Olano me había llevado a pasar la noche allí por miedo

a estar solo, y me quedé dormido.

* * * * *

Unos días después, la incógnita que trastornaba a Ros de Olano se

despejó. En Jerez supe que doña Juana Ponce de León seguía tan guapa

como antes, y que la superiora del convento había dado el cambiazo,

mostrando a Ros de Olano y a Narváez una monja vieja y enferma que se

parecía algo a doña Juana.

* * * * *

Al día siguiente de mi llegada a Arcos me despertaron los toques de

corneta. Había gran animación en la plaza; iban de acá para allá los

soldados, llevando calderos de rancho; los oficiales, con papeles en

la mano, entraban y salían en la casa del Ayuntamiento; un grupo de

sargentos charlaba en corro. Sonaron cornetas y tambores y se fueron

formando las tropas.

Estaba en el balcón cuando entraron Narváez y Ros de Olano a despedirse

de mí.

--Aviraneta--me dijo Narváez--: sé quién es usted, lo que ha sufrido,

la situación en que se encuentra. Si me necesita usted alguna vez,

cuente usted conmigo.

--Gracias, brigadier.

Nos estrechamos la mano.

Poco después le vi salir a Narváez a la plaza, montar a caballo y bajar

la cuesta, rodeado de Ros de Olano, del coronel Silva y del comandante

Mayalde.

Comenzó a tocar la música, y la columna se puso en marcha; luego se la

vió alejarse por la carretera.

El pueblo había quedado desierto.

Yo pensé en aquel hombre violento y fiero, y se me ocurrió, como al

teniente Matamoros, que le venía muy bien la leyenda antigua de su

pueblo: «Loja, flor entre espinas».

Madrid, agosto, 1921.

FIN DE LAS FURIAS

ÍNDICE

Páginas.

PRÓLOGO 9

I.--El Diario de Pepe Carmona 15

II.--Arruinados 19

III.--Doña Gertrudis y Eulalia 23

IV.--Evocaciones y recuerdos 27

V.--La torre de Arnau 37

VI.--La casa del Negre 45

VII--Recuerdos y evocaciones 55

VIII.--La casa de Montferrat 65

IX.--Elena 77

X.--Un viajero misterioso 79

XI.--El abanico de Elena 85

XII.--Reproches 89

XIII.--Habla Moro-Rinaldi 95

XIV.--Una serenata 101

XV.--El hostal de la Cadena 105

XVI.--En alas de Cupido 111

XVII.--Viaje por mar 119

XVIII.--Ciudades viejas y ciudades nuevas 125

XIX.--Tarraconense 129

XX.--Confusión 133

XXI.--La Ciudadela 137

XXII.--La marea que sube 143

XXIII.--Furinalia 153

XXIV.--Al día siguiente 159

XXV.--Epílogo 163

Los bastidores de la tragedia 169

El sueño de una noche de julio 221

Flor entre espinas 247

Las Furias · 第 11 / 11 段