Don Manuel Ruiz del Cerro, que tenía las condiciones del murciélago

y era tan pronto pájaro como ratón, cambió de casaca y se dispuso

a trabajar por los revolucionarios, como había trabajado antes por

los absolutistas. También estaba con la Revolución el comandante de

Carabineros don Juan Antonio Escalante, que, según se decía, se había

entendido en distintas ocasiones con los contrabandistas, y que, al

parecer, seguía entendiéndose con ellos, a juzgar por la conversación

oída por mí noches antes en la calle de la Madre de Dios.

Pregunté al portero y al dependiente de nuestro escritorio si la

revolución que se preparaba no sería una bullanga más para meter

contrabando, y ambos se indignaron con esta idea. Sin embargo,

reconocieron que había gente interesada en ello, y, principalmente,

José Ignacio Ordóñez, que tenía mucha influencia entre los

revolucionarios.

En la misma compañía que mis empleados, que pertenecían al 1.º de

Cazadores de la Milicia, había algunos tipos populares que eran

contrabandistas; pero, según mi dependiente, estaban vigilados por

los demás milicianos, y no les permitirían que hiciesen maniobras

sospechosas sin darles el alto.

Estos contrabandistas milicianos eran Pacorro, el Niño de Coín, el

Morlaco y el Chispilla.

Me enteré que Pacorro y el Niño de Coín eran aventureros, bandidos, que

habían estado y hecho su aprendizaje en el presidio de Ceuta. Me los

señalaron en el puerto. Los conocía de vista.

El Pacorro era un hombre grueso, de cara redonda, serio, grave, de

mucho empaque, muy doctoral y sabihondo. Tenía una gran cicatriz, que

le cruzaba la cara; vestía marsellés con botones de plata, calzón

corto, también con botones, calañés pequeño y corbata roja; hablaba

despacio y con solemnidad, como si a cada momento bajara del cielo el

Espíritu Santo a iluminarle.

El Niño de Coín era una alimaña: delgado como un alambre, negro por el

sol, picado de viruelas; no tenía mas que músculos y piel. Su cara,

aguileña, mal barbada, con unos cuantos pelos azafranados en el labio

superior, tenía una expresión de zorra o de musaraña.

El Morlaco era un bruto, un matón, dueño de una tabernucha de mala

fama próxima al puerto y frecuentada por los charranes del muelle, el

Chispilla, un vendedor de pescado, pendenciero y amigo de cobrar el

barato.

* * * * *

En la tarde del 16 de julio de 1836 se creyó en Málaga que iba a

ocurrir algo. Yo recuerdo este día porque la criada vieja de Archidona,

de casa de María Teresa, me dijo que su señorita había pasado muy mala

noche y que se tenían muy pocas esperanzas de salvarla.

Salió, como era costumbre en Málaga, la procesión de Nuestra Señora del

Carmen y recorrió algunas calles del barrio del Perchel, acompañada de

un piquete de milicianos nacionales, en el cual iban los dos empleados

de mi escritorio.

Al terminar la procesión el piquete entró en el Paseo de la Alameda,

que en aquella hora estaba muy concurrido. Entre la gente se hallaba

paseando el conde de Donadío con su señora. Cuando fué advertido por

los nacionales, algunos músicos comenzaron a tocar el _Trágala_, y

Pacorro y sus amigos, y todos los charranes que andaban por allí,

insultaron al gobernador.

Los oficiales del piquete, escandalizados, mandaron a los milicianos

que rompieran filas. Este incidente tuvo gran resonancia en el pueblo.

Al día siguiente, en el escritorio, mi empleado y el portero contaron

lo ocurrido; por lo que dijeron, los oficiales se manifestaban muy

descontentos, y el conde de Donadío estaba furioso tascando el freno.

El día 21 de julio llegaron fuerzas del 7.º de línea, lo que provocó

grandes inquietudes en nuestros nacionales.

--Pero, ¿qué les importa a ustedes?--le preguntaba yo a mi empleado.

--Es que nos quieren atropellar; se trata de imponer un Gobierno

moderado, y nosotros no lo aceptaremos.

A las cinco de la tarde del día 22 se convocó a una reunión en el

Consulado, presidida por el general San Just; por lo que se dijo,

concurrieron los jefes de milicianos y se provocaron grandes disputas.

El anuncio de que venía tropa a Málaga se consideraba como un ultraje.

Naturalmente, los comprometidos en la revolución pensaban que la

llegada de regimientos desconocidos podía ser un obstáculo para sus

planes.

El día 23 llegaron a Málaga algunos soldados que venían de Ronda, que

fueron bastante mal recibidos por los milicianos.

Por la tarde se dijo que el conde de Donadío iba a marchar a Madrid a

ponerse al habla con el Gobierno para dominar la revolución.

Llegó el 24 de julio, y, a pesar de ser el día de la Reina, se creyó

oportuno suspender el besamanos, y sólo se hicieron los saludos de

ordenanza; el disgusto de los milicianos crecía. Se aseguraba que iban

a ser desarmados.

En los corrillos de la plaza vi yo al Pacorro y al Niño de Coín que

peroraban y decían que había que morir antes de dejar las armas. La

guardia del presidio de Levante, que pertenecía al segundo batallón de

cazadores, fué relevada aquel día por temor a que se sublevase.

Este día 24 fué para mí muy triste; María Teresa, por lo que me

dijeron, se encontraba muy mal y había tenido varios desmayos.

* * * * *

El día 25 no hubo por la mañana alboroto alguno en el pueblo,

limitándose los nacionales a seguir comentando los sucesos de los días

anteriores y a proferir amenazas contra los gobernadores y contra la

gente del alto comercio.

Salí yo de mi escritorio al anochecer y fuí inmediatamente a la plaza

de Riego, y a la calle de la Madre de Dios, a enterarme de cómo se

encontraba María Teresa. Me dijeron que seguía igual, en el mismo

estado de gravedad.

Me topé con mi dependiente y le pregunté qué tal marchaban los asuntos

políticos, y me dijo que en aquel momento iban a relevar las guardias y

que se temía algo; la primera guardia había salido para el Teatro y la

segunda para Levante.

Poco después, los tambores de esta compañía, que pertenecía al primero

de cazadores de la Milicia, empezaron a batir la marcha, por más que

estaba terminantemente prohibido. El Pacorro, el Niño de Coín y sus

amigos comenzaron a dar vivas y mueras.

Al salir de la plaza y pasar por la calle de Santa María, el Morlaco

cogió uno de los tambores y se puso a tocar generala. De todas partes

aparecieron grupos de gente turbulenta que se reunieron con los

nacionales. Un coro de chiquillos y de charranes del muelle les seguían.

Veía yo a lo lejos esta multitud cuando oí que gritaban violentamente.

Me dijeron que había salido al encuentro de las turbas el general

San Just, a restablecer el orden. San Just reconvino a los oficiales

por permitir que se desobedecieran así las órdenes superiores. Los

oficiales se excusaron y el general ordenó que el piquete volviese

inmediatamente a la plaza.

San Just se dirigía a su casa cuando el Pacorro, el Niño de Coín y su

grupo, armados de fusiles y sables, le rodearon y violentamente lo

llevaron al centro de la plaza dirigiéndole los más terribles insultos.

Aquel grupo era en su mayoría de contrabandistas y de gente maleante

conchabada con ellos. Había también algunos exaltados de verdad, y

hasta carlistas, según dijeron; pero la mayoría eran matones del

puerto, amigos de broncas y jaranas, gitanos, taberneros y nacionales,

que se consideraban ofendidos por las maneras adustas de San Just, que

quería que todo el mundo respetase la disciplina.

Era ya de noche. San Just, en medio del tumulto, no perdió su

serenidad; contestó con energía a sus agresores, despreciando el

peligro. Pudo el general imponerse y con algún trabajo entrar en el

Ayuntamiento.

San Just se dirigió al oficial de guardia y le pidió auxilio contra los

revoltosos; mas el oficial le hizo ver lo imposible que era hacerse

obedecer, máxime cuanto que los demás oficiales habían desaparecido al

ver que no podían dominar el tumulto.

Yo me acerqué a la puerta del Ayuntamiento y oí la voz de San Just,

que se dirigía a las turbas recordándoles su amor a la libertad, por

la cual había vertido su sangre en los campos de batalla; sus méritos

de guerra en Puente la Reina y Montejurra. Todo fué inútil. José

Ignacio Ordóñez, que estaba allí entre Pacorro, el Niño de Coín y otros

matones, comenzó a gritar:

--¡Muera, muera!

Entonces el Niño de Coín, disparó un tiro. Dada la señal, los demás

hicieron una descarga cerrada.

San Just, viendo que las balas pasaban a su lado y que el peligro era

inminente y las exhortaciones vanas, se resguardó detrás de la puerta.

Siguieron los disparos, y una bala, entrando por una rendija de la

puerta, dió al general y le dejó gravemente herido.

Alguno que le vió caer avisó a los sublevados, y entonces las turbas

entraron en el Ayuntamiento y a bayonetazos y a sablazos acabaron con

el herido.

En aquel momento Ordóñez, Pacorro y el Niño de Coín huyeron corriendo

hacia el puerto.

* * * * *

Yo, trastornado por estos acontecimientos, volví hacia la plaza de

Riego y a la calle de la Madre de Dios.

La noche estaba sofocante; el cielo, cuajado de estrellas; de vez en

cuando llegaba la brisa del mar y ráfagas de aire saturado del perfume

de las flores de los huertos vecinos. La calle estaba silenciosa; mis

pasos sonaban en las losas gravemente. A veces me cruzaba con algún

transeunte solitario que me miraba con curiosidad; yo volvía la cabeza

temiendo que vieran en mi rostro la angustia y la ansiedad que me

devoraban.

Tenía el presentimiento que esta noche había de ser la última de María

Teresa. Cuando entré por la calle de la Madre de Dios y me acerqué a la

esquina donde ella vivía, no me atreví a mirar a los balcones, temiendo

ver en ellos algo muy definitivo y muy terrible para mí. Luego me

decidí. Levanté la cabeza y miré: todos los balcones estaban cerrados;

sólo por uno de ellos salían rayos de luz. Pensé que por el balcón de

la otra calle adonde daba la casa quizá se vería más, y, efectivamente,

éste estaba abierto, y en unas cortinas blancas, grandes y caídas e

iluminadas por dentro, se veían pasar rápidamente sombras negras.

Yo miraba y escuchaba con una atención angustiosa; quería adivinar

qué pasaba y quién pasaba por detrás de las cortinas. Me parecía oír

un rumor leve de palabras; pero, no, no se oía nada; de pronto, a lo

lejos, sonaba el estrépito de un tambor, se cerraba una puerta y se

escuchaban pasos rápidos de alguien que iba huyendo y que se perdían en

el silencio de la noche.

Esta tensión de todo mi sér me trajo un sentimiento de rabia absurda;

pensé en llamar, dando voces y golpes en el aldabón de la puerta, para

que salieran todos los de la casa, y hasta los vecinos de alrededor, a

decirles a gritos que yo era el único que debía estar allí en el cuarto

iluminado, muy cerca de aquella mujer enferma, que era el único que

tenía este derecho y este deber, puesto que era también el único que

la había querido. Sentía, a veces, el impulso de abrir la puerta del

zaguán, subir a saltos la escalera y meterme en su cuarto para que ella

no viera a nadie mas que a mí, y si estaba en las ansias de la muerte,

fuera yo quien la consolara.

Pero, a pesar de mis proyectos, no tenía valor. Allá estaba la puerta

solamente entornada; sabía que el marido se hallaba fuera de casa, y,

sin embargo, no me atrevía. Me indignaba mi falta de valor; no me

resignaba a quedarme con la duda de cómo estaría ella, quizá no existía

ya; y aquellas idas y venidas de las sombras que se reflejaban en la

cortina blanca e iluminada eran los horribles preparativos que vienen

después de la muerte.

Me figuraba a su madre y a sus hermanas sacando las ropas de los

armarios para hacer el tocado de la muerta, para cubrir el pobre cuerpo

enflaquecido y destruído por la enfermedad.

¿Sería posible que yo no pudiera hacer nada más que estar allí solo, en

medio de la noche, apoyado en una esquina dura y fría, impotente para

todo, mientras ella, quizá en aquel momento supremo, sabiendo que yo

estaba cerca, me llamaba ansiosamente con la esperanza de que fuera a

acompañarla en sus últimos momentos?

No sé el tiempo que estuve apoyado en aquella esquina; me dolía la

cabeza y tenía escalofríos. En esto vi que se abría la puerta de casa

de María Teresa, y que salía un cura y el sacristán con un farol grande

de cristal. Me acerqué a la puerta, y la criada de mi antigua novia me

dijo que acababa de morir.

Le pregunté si podría subir; ella me dijo que estaban la madre y las

hermanas de María Teresa, y que no me permitirían entrar en el cuarto.

Entonces eché a andar por la calle, hacia la plaza de Riego.

* * * * *

Había corrido la noticia de la muerte de San Just; se tocaba generala

por todos los tambores y cornetas, y se habían formado batallones de

infantería y de artillería en la plaza.

Aquel tumulto iba a interrumpir el reposo de la casa de mi antigua

novia, visitada por la muerte.

Me detuve en un grupo de milicianos. Me dijeron que la tropa de línea

estaba en el convento de la Merced.

Mi empleado, a quien vi y que estaba borracho, añadió que se había

formado una Junta marcial, y que Escalante se había puesto a la cabeza.

Este Escalante, al saber que el gobernador militar estaba encerrado en

el Principal, quiso salvarlo o hacer la pamema de salvarlo; pero le

detuvieron los milicianos, y al poco rato se presentó a él un oficial

a participarle que la Milicia, reunida en la plaza, había convenido en

que la única persona que había en Málaga que gozaba en aquel momento

de prestigio entre el pueblo y la tropa era él; por lo cual le pedían

que fuera a ponerse a la cabeza de la revolución para evitar mayores

desgracias.

Mi empleado me dijo que Escalante había aceptado y corrido a la plaza,

donde dijo a los sublevados momentos antes:

--¡Señores! Acaban ustedes de cometer un asesinato; acaban de matar a

un hombre que todavía tenía abiertas las heridas recibidas en la guerra

por defender la libertad de la Patria; éste es un atentado horroroso;

pero ya está hecho, y ya no hay remedio.

--Es verdad que era inocente--contestaron algunos--; por lo mismo es

menester que muera el canalla de Donadío, que es quien lo ha perdido.

Mi empleado hablaba de Escalante como de un tipo de valor y de

abnegación, ¡qué ironía!, ¡qué sarcasmo!; yo sabía que aquel hombre,

que estos pobres cándidos consideraban como un héroe, estaba en aquel

momento haciendo su pacotilla.

--¿Y qué esperan ustedes aquí?--le pregunté a mi empleado.

--Estamos esperando a ver qué actitud toma la tropa que está encerrada

en la Merced; no sabemos si hará causa común con nosotros.

--¿Y el gobernador, dónde está?

--Está también en el cuartel.

Sin duda, al saber el drama que se había desarrollado en el

Ayuntamiento, el conde de Donadío había corrido al antiguo convento de

la Merced, donde estaba la tropa de línea, y había intentado convencer

a los oficiales para que le auxiliaran a dominar el motín; por lo que

se supo después, los oficiales se negaron a obedecer al gobernador por

no ser éste su jefe, alegando, además, que no tomaban armas mas que

para defender la Libertad, y no para batirse contra la Milicia o el

pueblo.

Con estos subterfugios condenaban a un hombre a la muerte.

Aumentaban los grupos en la plaza de Riego, se acercaban al antiguo

convento de la Merced y pedían a voz en grito que la tropa saliera a

fraternizar con ellos.

El Morlaco, el Chispilla y otro, a quien llamaban el Veneno, llevaban

ahora la voz cantante para gritar y alborotar. Después de algunas

discusiones y desavenencias entre la oficialidad, la tropa salió del

cuartel, en medio de grandes aplausos, pasó a la plaza de Riego y se

formó junto a la Milicia.

Rodeado por grupos de exaltados estaba Escalante; los furiosos pedían a

voz en grito que se sacara allí mismo a Donadío para fusilarlo sobre la

marcha.

El conde de Donadío, al verse abandonado dentro del antiguo convento

y creerse, con motivo, en gran peligro, se puso un uniforme viejo que

encontró de miliciano.

Se dijo después que Escalante, penetrando en el cuartel, había

aconsejado a Donadío que se escapara. Era el consejo semejante al del

cocodrilo de la fábula con el perro.

Se opuso el gobernador, pensando, seguramente, que mientras el alboroto

de la plaza existiera sería para él muy peligroso el salir de allá. Se

dijo también que Escalante había ido a conferenciar con los jefes de

los milicianos y a decirles que el general se había escapado.

Los sargentos de la tropa aseguraron que no era cierto; que Donadío

seguía allí, y pidieron entrar en el cuartel para convencerse.

Entraron, y en el mismo momento vieron a Donadío, que bajaba la

escalera principal, y lo reconocieron a la luz de una linterna.

--Este es--dijo uno de los sargentos.

--¡Matadlo, matadlo!--gritó el Morlaco, que venía delante.

El conde de Donadío intentó retroceder en la escalera; luego quiso

hablar; sonaron varios tiros, y una bala le atravesó el pecho. Nuevos

disparos siguieron a los primeros. Los milicianos sacaron el cadáver

del gobernador a la plaza de Riego, y, aullando y gritando, lo

arrastraron y le dieron bayonetazos. Yo vi pasar al muerto; tenía la

cara negra y un agujero sangriento en el pecho.

El espectáculo me produjo una enorme repugnancia.

Mi empleado y otro miliciano me aseguraron que, habiendo comenzado

con los dos gobernadores, había que seguir la degollina con los

comerciantes ricos opuestos a la revolución.

Si las circunstancias hubieran sido favorables lo hubieran hecho.

* * * * *

Pasé de nuevo por la calle de la Madre de Dios y miré por el balcón.

Ahora, la cortina estaba descorrida y se veía temblar en el techo

la luz de los cirios. Trastornado y loco de dolor marché a mi casa;

pero comprendiendo que aquella noche sofocante no podría dormir, fuí

a la Alameda y me senté en un banco. Caían despacio las hojas de los

árboles. Había por allí unas mujeres que me importunaban, y me marché

al muelle y me senté sobre un fardo.

Estaba tan trastornado que no sabía si lo que me ocurría era sueño o

realidad.

Este final de la mujer que había querido; estas muertes en plena noche;

este aire irreal de las gentes y del pueblo, me perturbaban.

En el muelle era un ir y venir de sombras que corrían llevando fardos;

me pareció adivinar la silueta de José Ignacio Ordóñez, del Pacorro

y del Niño de Coín. A lo lejos se seguía oyendo el retumbar de los

tambores. Pensé si estaría trastornado; indudablemente, tenía fiebre;

pero no, aquello todavía era la realidad...

Luego, de repente, la realidad se transformó en sueño. Me vi en una

calle sombría, que no era de Tarragona, ni de Málaga, mirando unos

balcones con unas ventanas blancas. ¿Qué pasaba allí? Me encontré a un

hombre a la puerta de la casa que se puso a hablarme sin mirarme a la

cara. Este hombre se parecía al Niño de Coín.

--¿Puedo subir?--le pregunté.

--Sí; suba usted.

Comencé a subir unas escaleras interminables. En cada rincón y en

todos los rellanos había un hombre agazapado espiando algo. De pronto

me dije: «Aquí es»; y pasé un cuarto, y otro cuarto, y entré en una

habitación iluminada por cirios y con cortinas blancas. Tenía el

sentimiento de una desgracia, pero no sabía cuál era.

En aquel cuarto habían formado un círculo unos cuantos hombres pálidos

y grises; algunos, vestidos de milicianos. Entre ellos estaban

Aviraneta, Arnau y Secret. Estos hombres conferenciaban. Yo no sabía

qué hacían. ¿Qué hacen?, ¡Dios mío!--me preguntaba con ansiedad--. Uno

de estos hombres arrastraba de pronto un cadáver con la cara negra y

un agujero sangriento en el pecho, y lo llevaba en medio del círculo

de hombres grises. Lo apretaban entre todos, y echaba sangre a una

urna de cristal, que parecía un farol de sacristán para dar los óleos.

Hecho esto medían con una varita la profundidad de la sangre y se

desesperaban porque no era grande...

Pasado un momento, esta sangre no era sangre, sino oro, y todos los

hombres grises y los vestidos como milicianos sacaban este oro con las

manos, hacían grandes fardos, los ponían sobre la espalda, echaban a

correr, tropezaban unos contra otros y se atropellaban horriblemente

y se batían a tiros...; pero alguien había comprendido que era

necesario trabajar este oro y traía un yunque y un troquel, y empezaba

a troquelar monedas a martillazos con un estrépito terrible, como de

tambores, y el hombre se asombraba y se desesperaba al ver que sus

monedas, al caer, se convertían en hojas secas de árbol que volaban por

el aire...

* * * * *

--¿Qué hace usted aquí?--me dijo la voz de un sereno.

Yo no sabía qué hacía allí. El sereno me acompañó a casa creyéndome

borracho. Me tendí en la cama.

Al día siguiente me pareció que todo volvía a la vida normal; la muerte

de mi antigua novia me parecía un hecho doloroso, pero ya previsto. Fuí

a mi escritorio; por la mañana se supo que se había nombrado una Junta

en Málaga, bajo la presidencia de Escalante, para restablecer el orden.

¡Oh ironía!

Este mismo día me mandaron la esquela de María Teresa, en donde se

hablaba de su desconsolado esposo. Otra amarga ironía.

Por la mañana fueron llevados al cementerio los cadáveres de los dos

gobernadores: uno, en un féretro del hospital de San Julián, y el otro,

en unas parihuelas. Al mediodía, y con mucho lujo, se verificó el

entierro de mi antigua novia, y a las cuatro de la tarde se promulgó

la _idolatrada_ Constitución en el punto de la Alameda, como decía una

proclama de Escalante.

Itzea, julio, 1921.

FLOR ENTRE ESPINAS

I.

EN 1865, durante el verano estuve una temporada con Aviraneta en las

aguas termales de Trillo. Encontramos allí a un tal Julio Kraft,

ingeniero de minas, prusiano, que acudía a aquellos baños a curarse de

sus dolencias.

Este ingeniero era entusiasta de España, de nuestras comidas y de

nuestra zarzuela; así, que le oíamos constantemente elogiar las

lechugas y las coliflores de la tierra y cantar _El grumete_, _El

dominó azul_ y _Jugar con fuego_.

Por entonces, seguramente, Wagner había escrito muchas de sus obras;

pero Kraft se burlaba de su país, porque decía que allí no gustaban mas

que las nieblas.

--¡Muy roimático, muy roimático, para tanta niebla!

Quería decir reumático. Kraft era de los extranjeros que hablan el

castellano como en los primeros meses de llegar a España.

Un día, en compañía del ingeniero prusiano, fuimos a Cifuentes y

visitamos esta antigua villa amurallada, con sus viejos conventos y su

parroquia gótica, de una restauración lamentable. Otro día estuvimos en

Viana y en sus alrededores.

Hablando de aquellas montañas y cerros de tan rara forma, a los cuales

los habitantes del país dan pintorescos nombres, el prusiano nos dijo:

--Hace mucho tiempo que estuve yo aquí, por cierto con un plan bien

distinto al que ahora tengo.

--¿Pues, a qué vino usted?--le pregunté yo.

--Vine con un objeto exclusivamente militar.

--¡Hombre!

--Sí; vine a ver si podíamos instalar en estos cerros un campamento

carlista.

--¿Ha sido usted carlista?

--Sí; estuve de capitán con Cabrera.

--¡Demonio, qué absurdo!

--Hice la campaña en sus filas hasta la conclusión de la guerra civil.

En 1838 fuí, con el coronel de ingenieros prusiano barón de Rhaden,

desde el Real de Don Carlos al Maestrazgo, y Cabrera nombró al barón

comandante de Ingenieros de su ejército.

Estuvimos en un viaje de estudio en las proximidades de Cuenca, Priego

y Huete, viendo las condiciones que podían tener para instalar un campo

atrincherado donde reunir fuerzas para atacar Madrid.

El barón de Radhen encontró que el mejor sitio, el más próximo a la

corte y el más seguro, eran estos cerros de Trillo.

El barón estaba persuadido de que aquí había habido campamentos

militares en tiempo de los romanos, y, efectivamente, se habla de que

existió por estos contornos una ciudad llamada Bursa o Capadocia.

El barón pensó en convertir dos grandes eminencias que tienen en su

altura una gran plataforma, próximas a Viana, en el campo atrincherado

de Cabrera, con sus almacenes y sus cuarteles de campaña. El agua la

tenía al pie, por donde corre el Tajo, y pensó en un sistema para

elevarla.

Cuando volvimos al campamento de Cabrera y el barón de Rhaden explicó a

don Ramón lo que había visto, éste le contestó:

--Estoy conforme con la opinión de usted, y esa base de Trillo me

servirá para apoderarme de Madrid. Sólo me hacen falta treinta mil

fusiles, que espero con ansiedad, pues tengo hombres que los empuñen.

El motivo por el cual Cabrera no pudo realizar su proyecto fué la

ocupación por el Gobierno de la Reina de siete mil fusiles ingleses en

el puerto de los Alfaques, en el acto de estar desembarcándolos de un

bergantín inglés, y las disensiones que se suscitaron entre Maroto y

Don Carlos, que produjeron el Convenio de Vergara.

Las Furias · 第 9 / 11 段