y era tan pronto pájaro como ratón, cambió de casaca y se dispuso
a trabajar por los revolucionarios, como había trabajado antes por
los absolutistas. También estaba con la Revolución el comandante de
Carabineros don Juan Antonio Escalante, que, según se decía, se había
entendido en distintas ocasiones con los contrabandistas, y que, al
parecer, seguía entendiéndose con ellos, a juzgar por la conversación
oída por mí noches antes en la calle de la Madre de Dios.
Pregunté al portero y al dependiente de nuestro escritorio si la
revolución que se preparaba no sería una bullanga más para meter
contrabando, y ambos se indignaron con esta idea. Sin embargo,
reconocieron que había gente interesada en ello, y, principalmente,
José Ignacio Ordóñez, que tenía mucha influencia entre los
revolucionarios.
En la misma compañía que mis empleados, que pertenecían al 1.º de
Cazadores de la Milicia, había algunos tipos populares que eran
contrabandistas; pero, según mi dependiente, estaban vigilados por
los demás milicianos, y no les permitirían que hiciesen maniobras
sospechosas sin darles el alto.
Estos contrabandistas milicianos eran Pacorro, el Niño de Coín, el
Morlaco y el Chispilla.
Me enteré que Pacorro y el Niño de Coín eran aventureros, bandidos, que
habían estado y hecho su aprendizaje en el presidio de Ceuta. Me los
señalaron en el puerto. Los conocía de vista.
El Pacorro era un hombre grueso, de cara redonda, serio, grave, de
mucho empaque, muy doctoral y sabihondo. Tenía una gran cicatriz, que
le cruzaba la cara; vestía marsellés con botones de plata, calzón
corto, también con botones, calañés pequeño y corbata roja; hablaba
despacio y con solemnidad, como si a cada momento bajara del cielo el
Espíritu Santo a iluminarle.
El Niño de Coín era una alimaña: delgado como un alambre, negro por el
sol, picado de viruelas; no tenía mas que músculos y piel. Su cara,
aguileña, mal barbada, con unos cuantos pelos azafranados en el labio
superior, tenía una expresión de zorra o de musaraña.
El Morlaco era un bruto, un matón, dueño de una tabernucha de mala
fama próxima al puerto y frecuentada por los charranes del muelle, el
Chispilla, un vendedor de pescado, pendenciero y amigo de cobrar el
barato.
* * * * *
En la tarde del 16 de julio de 1836 se creyó en Málaga que iba a
ocurrir algo. Yo recuerdo este día porque la criada vieja de Archidona,
de casa de María Teresa, me dijo que su señorita había pasado muy mala
noche y que se tenían muy pocas esperanzas de salvarla.
Salió, como era costumbre en Málaga, la procesión de Nuestra Señora del
Carmen y recorrió algunas calles del barrio del Perchel, acompañada de
un piquete de milicianos nacionales, en el cual iban los dos empleados
de mi escritorio.
Al terminar la procesión el piquete entró en el Paseo de la Alameda,
que en aquella hora estaba muy concurrido. Entre la gente se hallaba
paseando el conde de Donadío con su señora. Cuando fué advertido por
los nacionales, algunos músicos comenzaron a tocar el _Trágala_, y
Pacorro y sus amigos, y todos los charranes que andaban por allí,
insultaron al gobernador.
Los oficiales del piquete, escandalizados, mandaron a los milicianos
que rompieran filas. Este incidente tuvo gran resonancia en el pueblo.
Al día siguiente, en el escritorio, mi empleado y el portero contaron
lo ocurrido; por lo que dijeron, los oficiales se manifestaban muy
descontentos, y el conde de Donadío estaba furioso tascando el freno.
El día 21 de julio llegaron fuerzas del 7.º de línea, lo que provocó
grandes inquietudes en nuestros nacionales.
--Pero, ¿qué les importa a ustedes?--le preguntaba yo a mi empleado.
--Es que nos quieren atropellar; se trata de imponer un Gobierno
moderado, y nosotros no lo aceptaremos.
A las cinco de la tarde del día 22 se convocó a una reunión en el
Consulado, presidida por el general San Just; por lo que se dijo,
concurrieron los jefes de milicianos y se provocaron grandes disputas.
El anuncio de que venía tropa a Málaga se consideraba como un ultraje.
Naturalmente, los comprometidos en la revolución pensaban que la
llegada de regimientos desconocidos podía ser un obstáculo para sus
planes.
El día 23 llegaron a Málaga algunos soldados que venían de Ronda, que
fueron bastante mal recibidos por los milicianos.
Por la tarde se dijo que el conde de Donadío iba a marchar a Madrid a
ponerse al habla con el Gobierno para dominar la revolución.
Llegó el 24 de julio, y, a pesar de ser el día de la Reina, se creyó
oportuno suspender el besamanos, y sólo se hicieron los saludos de
ordenanza; el disgusto de los milicianos crecía. Se aseguraba que iban
a ser desarmados.
En los corrillos de la plaza vi yo al Pacorro y al Niño de Coín que
peroraban y decían que había que morir antes de dejar las armas. La
guardia del presidio de Levante, que pertenecía al segundo batallón de
cazadores, fué relevada aquel día por temor a que se sublevase.
Este día 24 fué para mí muy triste; María Teresa, por lo que me
dijeron, se encontraba muy mal y había tenido varios desmayos.
* * * * *
El día 25 no hubo por la mañana alboroto alguno en el pueblo,
limitándose los nacionales a seguir comentando los sucesos de los días
anteriores y a proferir amenazas contra los gobernadores y contra la
gente del alto comercio.
Salí yo de mi escritorio al anochecer y fuí inmediatamente a la plaza
de Riego, y a la calle de la Madre de Dios, a enterarme de cómo se
encontraba María Teresa. Me dijeron que seguía igual, en el mismo
estado de gravedad.
Me topé con mi dependiente y le pregunté qué tal marchaban los asuntos
políticos, y me dijo que en aquel momento iban a relevar las guardias y
que se temía algo; la primera guardia había salido para el Teatro y la
segunda para Levante.
Poco después, los tambores de esta compañía, que pertenecía al primero
de cazadores de la Milicia, empezaron a batir la marcha, por más que
estaba terminantemente prohibido. El Pacorro, el Niño de Coín y sus
amigos comenzaron a dar vivas y mueras.
Al salir de la plaza y pasar por la calle de Santa María, el Morlaco
cogió uno de los tambores y se puso a tocar generala. De todas partes
aparecieron grupos de gente turbulenta que se reunieron con los
nacionales. Un coro de chiquillos y de charranes del muelle les seguían.
Veía yo a lo lejos esta multitud cuando oí que gritaban violentamente.
Me dijeron que había salido al encuentro de las turbas el general
San Just, a restablecer el orden. San Just reconvino a los oficiales
por permitir que se desobedecieran así las órdenes superiores. Los
oficiales se excusaron y el general ordenó que el piquete volviese
inmediatamente a la plaza.
San Just se dirigía a su casa cuando el Pacorro, el Niño de Coín y su
grupo, armados de fusiles y sables, le rodearon y violentamente lo
llevaron al centro de la plaza dirigiéndole los más terribles insultos.
Aquel grupo era en su mayoría de contrabandistas y de gente maleante
conchabada con ellos. Había también algunos exaltados de verdad, y
hasta carlistas, según dijeron; pero la mayoría eran matones del
puerto, amigos de broncas y jaranas, gitanos, taberneros y nacionales,
que se consideraban ofendidos por las maneras adustas de San Just, que
quería que todo el mundo respetase la disciplina.
Era ya de noche. San Just, en medio del tumulto, no perdió su
serenidad; contestó con energía a sus agresores, despreciando el
peligro. Pudo el general imponerse y con algún trabajo entrar en el
Ayuntamiento.
San Just se dirigió al oficial de guardia y le pidió auxilio contra los
revoltosos; mas el oficial le hizo ver lo imposible que era hacerse
obedecer, máxime cuanto que los demás oficiales habían desaparecido al
ver que no podían dominar el tumulto.
Yo me acerqué a la puerta del Ayuntamiento y oí la voz de San Just,
que se dirigía a las turbas recordándoles su amor a la libertad, por
la cual había vertido su sangre en los campos de batalla; sus méritos
de guerra en Puente la Reina y Montejurra. Todo fué inútil. José
Ignacio Ordóñez, que estaba allí entre Pacorro, el Niño de Coín y otros
matones, comenzó a gritar:
--¡Muera, muera!
Entonces el Niño de Coín, disparó un tiro. Dada la señal, los demás
hicieron una descarga cerrada.
San Just, viendo que las balas pasaban a su lado y que el peligro era
inminente y las exhortaciones vanas, se resguardó detrás de la puerta.
Siguieron los disparos, y una bala, entrando por una rendija de la
puerta, dió al general y le dejó gravemente herido.
Alguno que le vió caer avisó a los sublevados, y entonces las turbas
entraron en el Ayuntamiento y a bayonetazos y a sablazos acabaron con
el herido.
En aquel momento Ordóñez, Pacorro y el Niño de Coín huyeron corriendo
hacia el puerto.
* * * * *
Yo, trastornado por estos acontecimientos, volví hacia la plaza de
Riego y a la calle de la Madre de Dios.
La noche estaba sofocante; el cielo, cuajado de estrellas; de vez en
cuando llegaba la brisa del mar y ráfagas de aire saturado del perfume
de las flores de los huertos vecinos. La calle estaba silenciosa; mis
pasos sonaban en las losas gravemente. A veces me cruzaba con algún
transeunte solitario que me miraba con curiosidad; yo volvía la cabeza
temiendo que vieran en mi rostro la angustia y la ansiedad que me
devoraban.
Tenía el presentimiento que esta noche había de ser la última de María
Teresa. Cuando entré por la calle de la Madre de Dios y me acerqué a la
esquina donde ella vivía, no me atreví a mirar a los balcones, temiendo
ver en ellos algo muy definitivo y muy terrible para mí. Luego me
decidí. Levanté la cabeza y miré: todos los balcones estaban cerrados;
sólo por uno de ellos salían rayos de luz. Pensé que por el balcón de
la otra calle adonde daba la casa quizá se vería más, y, efectivamente,
éste estaba abierto, y en unas cortinas blancas, grandes y caídas e
iluminadas por dentro, se veían pasar rápidamente sombras negras.
Yo miraba y escuchaba con una atención angustiosa; quería adivinar
qué pasaba y quién pasaba por detrás de las cortinas. Me parecía oír
un rumor leve de palabras; pero, no, no se oía nada; de pronto, a lo
lejos, sonaba el estrépito de un tambor, se cerraba una puerta y se
escuchaban pasos rápidos de alguien que iba huyendo y que se perdían en
el silencio de la noche.
Esta tensión de todo mi sér me trajo un sentimiento de rabia absurda;
pensé en llamar, dando voces y golpes en el aldabón de la puerta, para
que salieran todos los de la casa, y hasta los vecinos de alrededor, a
decirles a gritos que yo era el único que debía estar allí en el cuarto
iluminado, muy cerca de aquella mujer enferma, que era el único que
tenía este derecho y este deber, puesto que era también el único que
la había querido. Sentía, a veces, el impulso de abrir la puerta del
zaguán, subir a saltos la escalera y meterme en su cuarto para que ella
no viera a nadie mas que a mí, y si estaba en las ansias de la muerte,
fuera yo quien la consolara.
Pero, a pesar de mis proyectos, no tenía valor. Allá estaba la puerta
solamente entornada; sabía que el marido se hallaba fuera de casa, y,
sin embargo, no me atrevía. Me indignaba mi falta de valor; no me
resignaba a quedarme con la duda de cómo estaría ella, quizá no existía
ya; y aquellas idas y venidas de las sombras que se reflejaban en la
cortina blanca e iluminada eran los horribles preparativos que vienen
después de la muerte.
Me figuraba a su madre y a sus hermanas sacando las ropas de los
armarios para hacer el tocado de la muerta, para cubrir el pobre cuerpo
enflaquecido y destruído por la enfermedad.
¿Sería posible que yo no pudiera hacer nada más que estar allí solo, en
medio de la noche, apoyado en una esquina dura y fría, impotente para
todo, mientras ella, quizá en aquel momento supremo, sabiendo que yo
estaba cerca, me llamaba ansiosamente con la esperanza de que fuera a
acompañarla en sus últimos momentos?
No sé el tiempo que estuve apoyado en aquella esquina; me dolía la
cabeza y tenía escalofríos. En esto vi que se abría la puerta de casa
de María Teresa, y que salía un cura y el sacristán con un farol grande
de cristal. Me acerqué a la puerta, y la criada de mi antigua novia me
dijo que acababa de morir.
Le pregunté si podría subir; ella me dijo que estaban la madre y las
hermanas de María Teresa, y que no me permitirían entrar en el cuarto.
Entonces eché a andar por la calle, hacia la plaza de Riego.
* * * * *
Había corrido la noticia de la muerte de San Just; se tocaba generala
por todos los tambores y cornetas, y se habían formado batallones de
infantería y de artillería en la plaza.
Aquel tumulto iba a interrumpir el reposo de la casa de mi antigua
novia, visitada por la muerte.
Me detuve en un grupo de milicianos. Me dijeron que la tropa de línea
estaba en el convento de la Merced.
Mi empleado, a quien vi y que estaba borracho, añadió que se había
formado una Junta marcial, y que Escalante se había puesto a la cabeza.
Este Escalante, al saber que el gobernador militar estaba encerrado en
el Principal, quiso salvarlo o hacer la pamema de salvarlo; pero le
detuvieron los milicianos, y al poco rato se presentó a él un oficial
a participarle que la Milicia, reunida en la plaza, había convenido en
que la única persona que había en Málaga que gozaba en aquel momento
de prestigio entre el pueblo y la tropa era él; por lo cual le pedían
que fuera a ponerse a la cabeza de la revolución para evitar mayores
desgracias.
Mi empleado me dijo que Escalante había aceptado y corrido a la plaza,
donde dijo a los sublevados momentos antes:
--¡Señores! Acaban ustedes de cometer un asesinato; acaban de matar a
un hombre que todavía tenía abiertas las heridas recibidas en la guerra
por defender la libertad de la Patria; éste es un atentado horroroso;
pero ya está hecho, y ya no hay remedio.
--Es verdad que era inocente--contestaron algunos--; por lo mismo es
menester que muera el canalla de Donadío, que es quien lo ha perdido.
Mi empleado hablaba de Escalante como de un tipo de valor y de
abnegación, ¡qué ironía!, ¡qué sarcasmo!; yo sabía que aquel hombre,
que estos pobres cándidos consideraban como un héroe, estaba en aquel
momento haciendo su pacotilla.
--¿Y qué esperan ustedes aquí?--le pregunté a mi empleado.
--Estamos esperando a ver qué actitud toma la tropa que está encerrada
en la Merced; no sabemos si hará causa común con nosotros.
--¿Y el gobernador, dónde está?
--Está también en el cuartel.
Sin duda, al saber el drama que se había desarrollado en el
Ayuntamiento, el conde de Donadío había corrido al antiguo convento de
la Merced, donde estaba la tropa de línea, y había intentado convencer
a los oficiales para que le auxiliaran a dominar el motín; por lo que
se supo después, los oficiales se negaron a obedecer al gobernador por
no ser éste su jefe, alegando, además, que no tomaban armas mas que
para defender la Libertad, y no para batirse contra la Milicia o el
pueblo.
Con estos subterfugios condenaban a un hombre a la muerte.
Aumentaban los grupos en la plaza de Riego, se acercaban al antiguo
convento de la Merced y pedían a voz en grito que la tropa saliera a
fraternizar con ellos.
El Morlaco, el Chispilla y otro, a quien llamaban el Veneno, llevaban
ahora la voz cantante para gritar y alborotar. Después de algunas
discusiones y desavenencias entre la oficialidad, la tropa salió del
cuartel, en medio de grandes aplausos, pasó a la plaza de Riego y se
formó junto a la Milicia.
Rodeado por grupos de exaltados estaba Escalante; los furiosos pedían a
voz en grito que se sacara allí mismo a Donadío para fusilarlo sobre la
marcha.
El conde de Donadío, al verse abandonado dentro del antiguo convento
y creerse, con motivo, en gran peligro, se puso un uniforme viejo que
encontró de miliciano.
Se dijo después que Escalante, penetrando en el cuartel, había
aconsejado a Donadío que se escapara. Era el consejo semejante al del
cocodrilo de la fábula con el perro.
Se opuso el gobernador, pensando, seguramente, que mientras el alboroto
de la plaza existiera sería para él muy peligroso el salir de allá. Se
dijo también que Escalante había ido a conferenciar con los jefes de
los milicianos y a decirles que el general se había escapado.
Los sargentos de la tropa aseguraron que no era cierto; que Donadío
seguía allí, y pidieron entrar en el cuartel para convencerse.
Entraron, y en el mismo momento vieron a Donadío, que bajaba la
escalera principal, y lo reconocieron a la luz de una linterna.
--Este es--dijo uno de los sargentos.
--¡Matadlo, matadlo!--gritó el Morlaco, que venía delante.
El conde de Donadío intentó retroceder en la escalera; luego quiso
hablar; sonaron varios tiros, y una bala le atravesó el pecho. Nuevos
disparos siguieron a los primeros. Los milicianos sacaron el cadáver
del gobernador a la plaza de Riego, y, aullando y gritando, lo
arrastraron y le dieron bayonetazos. Yo vi pasar al muerto; tenía la
cara negra y un agujero sangriento en el pecho.
El espectáculo me produjo una enorme repugnancia.
Mi empleado y otro miliciano me aseguraron que, habiendo comenzado
con los dos gobernadores, había que seguir la degollina con los
comerciantes ricos opuestos a la revolución.
Si las circunstancias hubieran sido favorables lo hubieran hecho.
* * * * *
Pasé de nuevo por la calle de la Madre de Dios y miré por el balcón.
Ahora, la cortina estaba descorrida y se veía temblar en el techo
la luz de los cirios. Trastornado y loco de dolor marché a mi casa;
pero comprendiendo que aquella noche sofocante no podría dormir, fuí
a la Alameda y me senté en un banco. Caían despacio las hojas de los
árboles. Había por allí unas mujeres que me importunaban, y me marché
al muelle y me senté sobre un fardo.
Estaba tan trastornado que no sabía si lo que me ocurría era sueño o
realidad.
Este final de la mujer que había querido; estas muertes en plena noche;
este aire irreal de las gentes y del pueblo, me perturbaban.
En el muelle era un ir y venir de sombras que corrían llevando fardos;
me pareció adivinar la silueta de José Ignacio Ordóñez, del Pacorro
y del Niño de Coín. A lo lejos se seguía oyendo el retumbar de los
tambores. Pensé si estaría trastornado; indudablemente, tenía fiebre;
pero no, aquello todavía era la realidad...
Luego, de repente, la realidad se transformó en sueño. Me vi en una
calle sombría, que no era de Tarragona, ni de Málaga, mirando unos
balcones con unas ventanas blancas. ¿Qué pasaba allí? Me encontré a un
hombre a la puerta de la casa que se puso a hablarme sin mirarme a la
cara. Este hombre se parecía al Niño de Coín.
--¿Puedo subir?--le pregunté.
--Sí; suba usted.
Comencé a subir unas escaleras interminables. En cada rincón y en
todos los rellanos había un hombre agazapado espiando algo. De pronto
me dije: «Aquí es»; y pasé un cuarto, y otro cuarto, y entré en una
habitación iluminada por cirios y con cortinas blancas. Tenía el
sentimiento de una desgracia, pero no sabía cuál era.
En aquel cuarto habían formado un círculo unos cuantos hombres pálidos
y grises; algunos, vestidos de milicianos. Entre ellos estaban
Aviraneta, Arnau y Secret. Estos hombres conferenciaban. Yo no sabía
qué hacían. ¿Qué hacen?, ¡Dios mío!--me preguntaba con ansiedad--. Uno
de estos hombres arrastraba de pronto un cadáver con la cara negra y
un agujero sangriento en el pecho, y lo llevaba en medio del círculo
de hombres grises. Lo apretaban entre todos, y echaba sangre a una
urna de cristal, que parecía un farol de sacristán para dar los óleos.
Hecho esto medían con una varita la profundidad de la sangre y se
desesperaban porque no era grande...
Pasado un momento, esta sangre no era sangre, sino oro, y todos los
hombres grises y los vestidos como milicianos sacaban este oro con las
manos, hacían grandes fardos, los ponían sobre la espalda, echaban a
correr, tropezaban unos contra otros y se atropellaban horriblemente
y se batían a tiros...; pero alguien había comprendido que era
necesario trabajar este oro y traía un yunque y un troquel, y empezaba
a troquelar monedas a martillazos con un estrépito terrible, como de
tambores, y el hombre se asombraba y se desesperaba al ver que sus
monedas, al caer, se convertían en hojas secas de árbol que volaban por
el aire...
* * * * *
--¿Qué hace usted aquí?--me dijo la voz de un sereno.
Yo no sabía qué hacía allí. El sereno me acompañó a casa creyéndome
borracho. Me tendí en la cama.
Al día siguiente me pareció que todo volvía a la vida normal; la muerte
de mi antigua novia me parecía un hecho doloroso, pero ya previsto. Fuí
a mi escritorio; por la mañana se supo que se había nombrado una Junta
en Málaga, bajo la presidencia de Escalante, para restablecer el orden.
¡Oh ironía!
Este mismo día me mandaron la esquela de María Teresa, en donde se
hablaba de su desconsolado esposo. Otra amarga ironía.
Por la mañana fueron llevados al cementerio los cadáveres de los dos
gobernadores: uno, en un féretro del hospital de San Julián, y el otro,
en unas parihuelas. Al mediodía, y con mucho lujo, se verificó el
entierro de mi antigua novia, y a las cuatro de la tarde se promulgó
la _idolatrada_ Constitución en el punto de la Alameda, como decía una
proclama de Escalante.
Itzea, julio, 1921.
FLOR ENTRE ESPINAS
I.
EN 1865, durante el verano estuve una temporada con Aviraneta en las
aguas termales de Trillo. Encontramos allí a un tal Julio Kraft,
ingeniero de minas, prusiano, que acudía a aquellos baños a curarse de
sus dolencias.
Este ingeniero era entusiasta de España, de nuestras comidas y de
nuestra zarzuela; así, que le oíamos constantemente elogiar las
lechugas y las coliflores de la tierra y cantar _El grumete_, _El
dominó azul_ y _Jugar con fuego_.
Por entonces, seguramente, Wagner había escrito muchas de sus obras;
pero Kraft se burlaba de su país, porque decía que allí no gustaban mas
que las nieblas.
--¡Muy roimático, muy roimático, para tanta niebla!
Quería decir reumático. Kraft era de los extranjeros que hablan el
castellano como en los primeros meses de llegar a España.
Un día, en compañía del ingeniero prusiano, fuimos a Cifuentes y
visitamos esta antigua villa amurallada, con sus viejos conventos y su
parroquia gótica, de una restauración lamentable. Otro día estuvimos en
Viana y en sus alrededores.
Hablando de aquellas montañas y cerros de tan rara forma, a los cuales
los habitantes del país dan pintorescos nombres, el prusiano nos dijo:
--Hace mucho tiempo que estuve yo aquí, por cierto con un plan bien
distinto al que ahora tengo.
--¿Pues, a qué vino usted?--le pregunté yo.
--Vine con un objeto exclusivamente militar.
--¡Hombre!
--Sí; vine a ver si podíamos instalar en estos cerros un campamento
carlista.
--¿Ha sido usted carlista?
--Sí; estuve de capitán con Cabrera.
--¡Demonio, qué absurdo!
--Hice la campaña en sus filas hasta la conclusión de la guerra civil.
En 1838 fuí, con el coronel de ingenieros prusiano barón de Rhaden,
desde el Real de Don Carlos al Maestrazgo, y Cabrera nombró al barón
comandante de Ingenieros de su ejército.
Estuvimos en un viaje de estudio en las proximidades de Cuenca, Priego
y Huete, viendo las condiciones que podían tener para instalar un campo
atrincherado donde reunir fuerzas para atacar Madrid.
El barón de Radhen encontró que el mejor sitio, el más próximo a la
corte y el más seguro, eran estos cerros de Trillo.
El barón estaba persuadido de que aquí había habido campamentos
militares en tiempo de los romanos, y, efectivamente, se habla de que
existió por estos contornos una ciudad llamada Bursa o Capadocia.
El barón pensó en convertir dos grandes eminencias que tienen en su
altura una gran plataforma, próximas a Viana, en el campo atrincherado
de Cabrera, con sus almacenes y sus cuarteles de campaña. El agua la
tenía al pie, por donde corre el Tajo, y pensó en un sistema para
elevarla.
Cuando volvimos al campamento de Cabrera y el barón de Rhaden explicó a
don Ramón lo que había visto, éste le contestó:
--Estoy conforme con la opinión de usted, y esa base de Trillo me
servirá para apoderarme de Madrid. Sólo me hacen falta treinta mil
fusiles, que espero con ansiedad, pues tengo hombres que los empuñen.
El motivo por el cual Cabrera no pudo realizar su proyecto fué la
ocupación por el Gobierno de la Reina de siete mil fusiles ingleses en
el puerto de los Alfaques, en el acto de estar desembarcándolos de un
bergantín inglés, y las disensiones que se suscitaron entre Maroto y
Don Carlos, que produjeron el Convenio de Vergara.